Hello! Aquí estoy otra vez! Debo decir que estoy profundamente agradecida porque me lean y por sus reviews. Quizá es algo trillado de tanto agradecer, pero es cierto! A ver si no se esperaban todo esto, sorpresas! ;)
Capítulo 9: La torre oxidada
Nicolás siguió a Camilo por las calles del centro de Buenos Aires, haciendo cuadras y cuadras en la oscuridad de la noche porteña. En realidad no eran muchas, pero al hombre le pareció un camino larguísimo. Llegaron a las Torres Catalinas, particularmente a la única que no estaba forrada de cristales y aceros que brillaran al sol. En cambio, esta era de ladrillo y con las vigas de hierro sin pintar. El muchacho recordó la afición de cierto mago por las torres altas, un rascacielos como este; y se imaginó por un momento que la fortaleza de hierro se había oxidado.
-¿Cómo se llama este lugar? –Preguntó Nicolás- ¿Isengard? –a ver si hacía picar al viejo y confirmaba su sospecha sobre quién era realmente.
-No, Techint –contestó Camilo con naturalidad, y el hombre reconoció el nombre de esa empresa; que ocupaba una de las torres que concentraban las empresas más ricas del país, del continente, y en muchos casos del mundo; como la torre de Samsung que tenía enfrente. Entonces empezó a imaginarse que el viejo debía tener bastante dinero, y volvió a las preguntas mientras subían en un ascensor veloz hasta la planta más alta.
-¿Vivís acá?
-No, sólo hago negocios –contestó el mago.
-¿Te gustan las torres? –siguió el muchacho.
-Sí, esta tiene bella vista –y era cierto, porque cuando llegaron al último piso, Nicolás se acercó a la ventana para ver la limpieza de Puerto Madero, la Reserva Ecológica, el Puerto de Buenos Aires; y más allá, el Río de la Plata. Era un paisaje espléndido, y se alegró por primera vez de vivir en esa ciudad. Volvió la vista y comenzó a estudiar el interior del edificio, que parecía un palacio de mármol y marfil, lo más lujoso en toda Arda y en todos sus mundos. No había notado que el viejo estaba revolviendo un armario de madera tallada que había abierto con su llave. Sacó una capa abrigada de una tela extraña y liviana que no se parecía a ninguna que el hombre hubiera visto jamás; se quitó su saco elegante (que después notó era un Armani) y se colgó la capa blanca al cuello. Era de una blancura que dolía a los ojos, un tipo de confección que nunca se hubiera imaginado.
Pero algo más llamó la atención de Nicolás mientras el anciano buscaba entre sus cosas, y era un elemento largo y fino, no llegaba a verlo. Pero entonces notó que era su vara, la fuente del poder; y ahogó un gritito mientras su lengua comenzaba a sisear, intentando expirar aire entre sus labios, definiendo una sola letra. Pero el mago lo calló con un chist como si se tratara de un perrito desobediente, y le lanzó una mirada severa.
-Mi nombre no debe ser pronunciado en este mundo –Nicolás confirmó ante quien estaba y a la vez se asustó mientras que se convencía del poder que era capaz de darle el anciano. Entonces se animó a preguntar.
-Pero no entiendo, ¿no estabas –se cortó y buscó la palabra, pero no encontró otra mejor- muerto? –el anciano levantó una ceja, intrigado.
-¿Quién dice? –Nicolás volvió a balbucear.
-No sé… los libros… no terminan así –hizo una pausa y tragó saliva, preguntándose si no había sido demasiado atrevimiento- No entiendo.
-Los espíritus de los Istari son inmortales, el cuerpo es irrelevante Nicolás –pensó un momento, le quemaba la cabeza por la información y seguía sin entender muy bien, pero supuso que todo podía pasar y era más prudente dejar de irritar al mago. Lo siguió por las escaleras hasta la terraza de la torre oxidada, sufriendo el vértigo de tener toda la ciudad a sus pies. Sin embargo, el vértigo también lo hacía sentir poderoso e imponente.
-Hay que saltar para pasar por el portal al otro mundo, cuento hasta tres –dijo el mago con naturalidad, sacando a Nicolás de su ebriedad de poder y asustándolo. La mayoría de los edificios se veían pequeños al lado de la inmensidad de la torre. El anciano movió su vara con impaciencia y el muchacho comprendió que hacía rato que no tenía otra opción. Uno, bueno espero poder volver algún día; dos, para qué iba a volver si acá no tenía a nadie; tres, además voy a tener un anillo de poder y comandar el ejército de Saruman. Sonrió. Ya, y dio un paso para pisar el vacío.
Cuando volvió a abrir los ojos yacía boca abajo en la nieve; frío, mojado y confundido. Entonces subió la mirada y pudo apreciar al mago en todo su esplendor y poder, reluciendo con la capa que había sacado del armario en las Torres Catalinas y eso lo mareaba sobremanera.
-Levántate –el muchacho lo hizo temblando un poco de frío y un poco de miedo- Dí mi nombre –le ordenó el mago. Nicolás titubeó, y tuvo que balbucear un par de intentos para que le saliera la palabra que ya sabía.
-Saruman –susurró.
-Bien –hizo una pequeña pausa para dedicarle al muchacho una sonrisa macabra- aquí serás Tulkandur, siervo del poderoso –El muchacho de golpe sintió que el otro nombre no le pertenecía, y que ese era el nombre que siempre había tenido; ignorando que quien nombra por primera vez la esencia de algo, puede dominarlo. Tulkandur entonces inclinó la cabeza en señal de profundo respeto y aceptación de la misión que le había sido encomendada.
-Sí, mi señor –y cuando volvió a levantar la vista el mago ya no estaba allí.
Tulkandur se tomó un momento para adaptarse a las nuevas condiciones, miró sus manos y le parecieron más grandes y fuertes que antes. Tocó su cintura, y notó que ya no era un flacucho, sino un hombre musculoso. ¿Hombre? ¿Seguía siendo un hombre? Recordó a los hombres que corrompidos por el poder se volvieron espectros del anillo, pero enseguida pensó que eso no le iba a pasar a él. Sintió que no estaba solo y se volteó, ¿sintió? ¿cómo era que ahora era capaz de sentir una presencia? Caminó un poco siguiendo su instinto y vislumbró un maravilloso corcel negro que inclinaba su cabeza indicándole que ahora era su dueño.
Subió a su lomo y comenzó a montar, preguntándose cuando diablos había aprendido a montar; pero supuso que eso era parte de sus anhelos hechos realidad: podía percibir más, pensar mejor, era más fuerte, más rápido, más inteligente. Cabalgó siguiendo su instinto por algunas horas hasta que pasó por las orillas de algún lago congelado y ahogó un grito al verse a sí mismo reflejado en el hielo. Ya no era el nerd con acné que supo ser en algún momento en su mundo de origen, sino que ahora era guapísimo, sus facciones eran angulosas y armónicas, su piel reluciente y perfecta, su cuerpo hábil y esbelto, sus ojos ahora muy azules (pensó que era como el azul de la bandera francesa), y su cabello largo y castaño; muy lacio y arreglado.
Sin embargo ya no había duda en él, y supo enseguida lo que debía hacer. Pensó con tristeza en su amigo que sería inmensamente feliz de estar allí a su lado, pero también recordó que había sido demasiado débil como para cumplir la misión encomendada por el mago. Aprendió de él su labor investigativa, y pensó que a él le sería mucho más fácil encontrar criaturas oscuras en la Tierra Media que lo que le había costado encontrar una elfa en una ciudad de millones de personas sin saber siquiera su nombre. Forzó al animal a ir más rápido, y se perdió en la noche.
Más al sur, donde no había nieve; tres elfos cabalgaban de Bosque Negro a Rivendell. Thalion y Legolas se turnaban para tararear algunas canciones alegres, ya que aunque tenían sospechas se sentían aun en tiempos de paz. El canto de los elfos era un sonido maravilloso para todos aquellos que lo oyeran, dejando ver entre toda esa sabiduría de siglos, la alegría juvenil de los espíritus libres hijos de Arda, aquellos que alguna vez vieron la luz de los árboles. Sin embargo Danuin se sentía desdichado por haber tenido que dejar a Mithduil herida en la ciudad, sin saber que pasaría con ella; y lo inquietaba que Elrond haya adelantado el concilio. Debía haber alguna razón, pero no vislumbraba cuál. De buenas a primera, ni siquiera sabía que temas iban a tratarse en la reunión.
-Chico callado, ¿qué tal si nos enseñás una canción del mundo de los hombres? –dijo Thalion al fin, dirigiéndose a Danuin. Reflexionó un momento y se decidió a darles el gusto, a la vez que elegía la canción favorita de Mithduil esperando que de alguna manera ella pudiera oír su lamento. Por cierto, se lamentaba de no poder volver a mandar mails como estaba tan acostumbrado. Empezó a tararear la melodía triste, porque no tenía a su amada para que la tocara en el piano, y eso lo hacía sentir un poco vacío.
"Tuve que enfrentarme a mi condición, en invierno no hay sol" comenzó temblando, con voz armoniosa de haber practicado muchas veces esa canción triste. Legolas notó enseguida la desdicha en sus palabras, y lo conmovió profundamente su lamento. "Y aunque digan que va ser muy fácil, es muy duro poder mejorar. Hace frío y me falta un abrigo, y me pesa el hambre de esperar" siguió el recién llegado. Thalion se sintió asombrado por la certeza de sus palabras, y recordó todas aquellas veces en que se había sentido así. "Sé que entre las calles debes estar, pero no se partir" se le quebró un poco la voz y se le puso la piel de gallina, pero siguió.
"Dios es empleado en un mostrador: da para recibir. ¿Quién me dará un crédito, mi señor? Si sólo se sonreír." Legolas pensó en el significado de esa frase, y el por qué su primo se sentía vacío, sin nada para entregar a cambio de ¿qué? ¿Qué era aquello que anhelaba? ¿La canción se refería a su amada? "Y tal vez esperé demasiado, quisiera que estuviera aquí" y con ese verso notó que estaba en lo cierto. Su hogar estaba donde ella estuviera, al igual que él lo sentía por su prometida. Danuin bajó la voz y terminó con la última estrofa en un susurro: "y es que a veces me acuerdo de ella, dibujé su cara en la pared; solamente muero los domingos, y los lunes empiezo otra vez…" Los hermanos comprendieron con esto que se enfrentaba a la eternidad, y quizá no fuera capaz de pasar todos los siglos que hubieran de quedarle solo, cuando es bien sabido que un elfo ama para siempre. Vislumbraron apenas la profundidad de su herida, que ya nada tenía que ver con los celos y la competencia.
-Que hermosa poesía, gracias por enseñárnosla –Legolas rompió el silencio- ¿vos la escribiste?
-No, no soy muy bueno con eso –respondió.
-¿Cómo se llama? Quisiera cantársela a mis hijos algún día –ahora era Thalion quien hablaba, y Danuin sonrió por primera vez en el viaje.
-Confesiones de invierno –el mayor asintió.
-Muy acertado, por cierto –señaló el príncipe menor. Siguieron cabalgando un poco más lento, adaptándose al clima de la canción triste; mientras aún estaban a dos días y medio de Rivendell.
Dos ojos grises se abrieron doloridos y solitarios en Bosque Negro, sin saber muy bien dónde. Mithduil se levantó, doblada de dolor, y seguramente en contra de todo consejo; para asomarse a la ventana. Ya estaba muy frío y supo instintivamente que estaba en una ciudad élfica, pero que no era la ciudad que la había visto nacer. En esa habitación había un baño y un vestidor, así que se encogió de hombros y se decidió a utilizarlos. Se sumergió en el agua tibia y aromática, haciendo una mueca porque el contacto repentino le provocó dolor en la herida a medio cerrar, pero enseguida esa agua la calmó. Observó con atención y cuidado el agujero que había dejado la bala y agradeció que la medicina élfica no dejara cicatrices, sino tendría una horrenda. También agradecía que en este mundo utilizaba productos naturales para limpiarse, que hacían imposible que el cabello se despeinara, entre otros males menores que aquejaban el cuerpo en el Mundo de los Hombres. Se preguntaba que estaría haciendo Danuin que no estaba allí. Eligió el vestido que le pareció menos feo del guardarropa y salió.
Notó que estaba en un palacio, y llegada al salón común pudo ver algunos elfos que aun no se habían ido a la cama después de la velada de canto, baile e historias que solían hacer. Se acercó a una muchacha cualquiera y le preguntó educadamente en qué ciudad estaba. Bosque Negro era la cuna de su prometido, y se imaginó que habían ido allí a causa de su primo. Por lo tanto si no veía a Danuin, buscaría a Legolas o a Thalion; que de todas formas eran los únicos que conocía por esos pagos. Ya había amanecido y seguía sin encontrar a ninguno de ellos. Salió a los jardines y se dedicó a ver el amanecer mientras disfrutaba como podía del paseo. Lo necesitaba, ¿dónde diantres estaría? ¿Por qué no estaba ahí caminando con ella? Tomó aire y al igual que Danuin, comenzó a cantar en un susurro.
"El sueño de un sol y de un mar, y una vida peligrosa. Cambiando lo amargo por miel y la gris ciudad por rosas" aunque realmente no se le daba tan bien, sino que mejor tocaba el piano; y esa canción era una de las favoritas de su amado. "Cambiaste de tiempo y de amor y de música y de ideas; cambiaste de sexo y de dios, de color y de fronteras… pero en sí, nada más cambiarás" pensó un poco en Darío, ¿habría sobrevivido? Sospechaba que con el mal genio de Danuin, el nerd-jabalí no tenía posibilidad. ¿Cuándo se había complicado tanto? Parecía tan inofensivo, solo y triste, buscando en otra raza la amistad que no encontró en la propia. Lo lamentó con toda la fuerza de su corazón, sólo había sido tentado. "Y cierras los ojos y ves todo el mar en primavera. Hojas muertas que caen, siempre igual: los que no pueden más se van." Le dedicó al hombre las últimas frases de su lamento, esperando que él pudiera saberlo de alguna manera. Sintió pasos detrás de ella, que habían estado escuchando la canción; y se volteó haciendo una pequeña reverencia con la cabeza.
-Buen día majestad –se sorprendió de que Thranduil se levantara tan temprano, y él le respondió con un gesto- ¿Puedo preguntar si ha visto a su sobrino señor?
-Danuin, Legolas y Thalion partieron hacia Rivendell hace tres días y medio.
-Ya veo, gracias –se quedó un poco embobada observando la belleza del amanecer en Bosque Negro, en silencio y en compañía del rey. Al rato volvió a hablar -¿cree que sería un atrevimiento pedirle un corcel prestado? Quisiera ir también.
-No hay corcel tan rápido como para llevarte a la ciudad de Elrond antes de que se celebre el concilio.
-Insisto majestad, por favor –comenzaba a desesperarse, le picaban las piernas de las ganas de ir a buscar a Danuin. No le importaba demasiado ningún concilio, sólo necesitaba volver a encontrarlo.
-¿Tenés armas, ropas de viaje, algo?
-Nada, pero Rivendell es mi hogar, y hace veinte años que no lo piso –hizo un pucherito, aunque sabía que era un poco en vano con el rey, quien reflexionó un momento.
-No, necesitamos los caballos, puede que pronto haya batallas –Mithduil no se lo hubiera imaginado, y eso despertó más su ansia de ir a Rivendell a ver qué estaba pasando. Y lo haría con o sin autorización del soberano.
-Entiendo –volvió a agachar la cabeza en señal de saludo y se fue a su habitación. Allí descansó todo lo que no había dormido a la noche, y cuando no se oía una sola alma en el castillo tomó sus pocas pertenencias y se dirigió hacia los establos. Eligió un corcel que no era de los más altos, lo mejor que su pequeña estatura le permitía, le pidió permiso al animal y subió a su lomo. Llevaba su arco y sus flechas, pero también su espada colgadas a la espalda, atravesó la muralla sin dar demasiada explicación sobre quién era o a dónde iba, y apretó el paso sin intención de parar en ningún momento para llegar a Rivendell en menos de tres días.
Debo darle crédito a los increíbles poetas de Sui Generis por brindarnos Confesiones de invierno en 1973, y a los genios de Serú Girán por traernos Viernes 3am en 1979. Deberían escucharlas, realmente llegan al alma. Gracias totales a todos! :'D
