Capítulo 10: Encuentros

A Tulkandur no le costó demasiado trabajo convencer a orcos de unirse a él, y otras bestias de fuerza e intelecto menor en base a algunos sobornos. Pasados dos días ya contaba con una dotación de cien soldados armados dispuestos a seguirlo, y eso lo llenaba de orgullo. Recorrió los países hacia el sur, hasta que no pudiera ver nieve y el frío fuera menguando, reclutando más y más criaturas en su camino. Por el momento se movían entre las sombras, esperando que el mago les diera la orden de atacar a la ciudad que el creyera conveniente. En las cercanías de las fronteras de Gondor, pudo vislumbrar un jinete rápido, más rápido que cualquiera que hubiera visto en sus pocos días en la Tierra Media; y decidió que lo quería de su lado. Cuando afinó sus ojos, percibió que quien comandaba el corcel era en verdad una mujer, de talla pequeña y cuyo cabello negro ondeaba salvaje jugando con el viento.

La llamó con toda la fuerza de su voz, y la morocha acudió en su ayuda, para cruzar sus ojos negros y su piel de marfil sobre la figura del misterioso jinete oscuro. Ella se conmovió con el dolor detrás de sus ojos azul Francia, con sus facciones angulosas, con su cabellera al viento; y sus armas formidables. La humana se regocijó con la idea de un compañero tan envidiable para la caza en la que estaba inmersa y enseguida se imaginó que necesitaba llevarlo a su ciudad y presentarlo a su padre. Tulkandur no resistió la suave seducción de la compañera que tenía en vista, y sus ojos chispeaban en el aire. Al final, inclinó su cabeza en señal de saludo, movimiento que fue imitado por su corcel negro, y se presentó.

-Mi nombre es Tulkandur, siervo del poderoso. Quisiera conocer su nombre, dama de Gondor. –la joven dudó un momento y contestó con calma.

-Mi nombre es Nambelle –inclinó la cabeza también, y cabalgaron juntos. Entró a la ciudad junto a ella, ignorando que su buen y único amigo ya se había cruzado con esta dama en otra ocasión, esa tarde que oyó la primera pista en el bar. Y a ella había algo que le resultaba prohibido e irresistible, lo más sagrado y lo más profano; que le daba una inmensa curiosidad. Y era ese objeto negro y de fino tallado, de una negrura que dolía a los ojos, que el hombre llevaba en uno de sus dedos y jugaba entre las riendas.

Allí el guerrero se acercó a Arnarmo, padre de Nambelle y comandante del escuadrón de exploración de Gondor. El nuevo poder de Tulkandur para dominar las palabras lo llevó a una reunión donde él prometió seguirlo hasta el fin del mundo para evitar la guerra. Entre miradas, Nambelle lo sedujo y decidió que debía tomarla; ser la primera mujer en la Tierra Media en cumplir su profundo anhelo. Finalizada la velada, la tomó violentamente por la cintura y ella se dejó guiar hasta su habitación.

Con el deseo ardiendo en sus ojos, negro contra azul, la joven entregó su cuerpo y sin quererlo también su alma al recién llegado. Se besaron con toda la fuerza de su antiguo deseo, quemándose sus cuerpos, tocándose con urgencia como si uno fuera para el otro un océano en medio del desierto. Las descargas eléctricas dirigidas a la zona donde sus cuerpos se fundían eran cada vez mayores, hasta que se dejaron ir un gemido y eso fue todo.

Ella decidió seguirlo en su empresa hasta las mismísimas fronteras de Arda, ayudarlo a formar su ejército y servir al istari que le había encomendado. Por la noche, sin despedirse de nadie cruzaron las fronteras de Gondor y se marcharon por el mismo camino por el que habían llegado. Ignoraban que desde la lejanía, un hombre los había oído hablar con Arnarmo y aunque no vislumbraba sus intenciones, comprendió que su capitán de escuadrón estaría dispuesto a sublevarse contra su rey en caso de que Tulkandur se lo pidiera. Eso lo intranquilizaba, por lo que el rey de Gondor resolvió llevar su duda al concilio que se realizaría en pocos días en la casa de su suegro, en Rivendell. Pero los caminos de los nuevos amantes habrían de separarse tempranamente para cumplir la otra misión encomendada por Saruman.


Nambelle avanzó sola por entre los bosques hasta que pudo ver a su amiga descansando. Se encontraba cobijada entre las ramas, con sus piernas jugueteando entre el aire y sus cabellos mezclándose entre las hojas; deteniéndose por primera vez en su desesperada carrera hacia Rivendell que nada tenía que ver con ningún concilio. La conocía muy bien aunque no hubiera vivido sus siglos, pero para los humanos el tiempo transcurre de una manera diferente. No se asombró de que estuviera disfrutando del sol en su piel y del canto de los pájaros para regocijar su corazón por el momento solitario, despreocupada de la turbación del plan que se estaba gestando. Elfa insensata y perezosa, andar con la espalda descubierta perdida en el atardecer con tantos enemigos al acecho en esta época.

Decidió sorprenderla y tomó un fruto silvestre que crecía cercano, y con la diversión de aquellos días de universidad en Buenos Aires, le lanzó el objeto contundente. Sin embargo, Mithduil, que ya había percibido la presencia que se acercaba, tomó el fruto en el aire antes de que pudiera golpearla; y con una sonrisa se lo devolvió a la mujer para acabar con el cabello negro y lacio lleno de pulpa. La rubia rió libremente, y fue música para los oídos de Nambelle; porque las risas de los elfos al igual que sus cantos, son sonidos que encierran la belleza de los dos árboles; y más aun cuando el sonido venía de su amiga.

-Parece que el burlador terminó burlado eh –comentó la elfa entre risas mientras su compañera se limpiaba los restos de fruta- ¿qué hacés por acá?

-Voy a Rivendell, pero creo que llego tarde al concilio –respondió Nambelle y se encogió de hombros.

-¿Vos llegando tarde? ¿Con tu corcel perfecto? Todos sabemos que sos la mejor jinete de todo el reino de Gondor –se sonrojó.

-Bueno, quizá llegue con el tiempo justo.

-Además, si vos estás llegando tarde yo no debería estar descansando; sino haciendo explotar los cascos de este animalito –le dirigió una mirada al caballito exhausto, sabiendo que el verdadero amor de su amiga eran estos especímenes. Se podía pasar horas en su compañía, entrenándolos hasta que parecían obedecerla con su pensamiento.

-¿Cómo se llama?

-No estoy segura, se lo pedí prestado a Thranduil –la morocha levantó una ceja sin creer una palabra y la animó a confesar con la mirada- Bueno, lo tomé prestado sin pedírselo –ambas rieron.

-Podríamos ponerle un nombre, ¿no te parece? –Mithduil se encogió de hombros.

-¿Cómo crees que debería llamarse? –pensó un momento.

-Salvador.

-Un nombre en español para un caballo de Bosque Negro, interesante –sonrió un poco y se decidió a bajar del árbol.

-Para que te recuerde tu ciudad, además su nombre quizá sea su destino –volvió a asentir. Notaron que no tendría sentido seguir por caminos separados si iban al mismo lugar y ambas podían cabalgar rápidamente. Además, la compañía de su amiga reconfortaba a Mithduil y hacía doler algo menos la herida a medio cerrar en su abdomen y el vacío en su corazón. Entre risas y charlas amenas, el viaje se hizo más corto, y dos horas exactas antes del concilio estaban ante las murallas de Rivendell.

Por otro camino, los príncipes de Bosque Negro y su primo, al igual que el rey de Gondor y otros invitados de los reinos y razas más diversos ya estaban allí; algunos desde hacía días. Elfa y mujer anunciaron su llegada y atravesaron los preciosos jardines dorados coronados por las hojas secas caídas ese invierno. Mithduil intentó salir corriendo a buscar a su amado en cada rincón de la ciudad, pero su amiga la retuvo. Le pidió que la acompañara hasta los establos dejar su corcel para que descanse, su compañero perfectamente entrenado que la obedecía con su pensamiento; porque era muy celosa de él y no dejaba que nadie más que ella lo montase y cuidase.

Entraron en el establo llevando a sus corceles por las riendas, y ambas se dedicaron a la tarea tediosa para Mithduil pero apasionante para Nambelle de quitarles las monturas a los caballos y proveerles de comida y agua. Una chispa oscura pasó por la mente de la elfa y de repente se sintió intranquila, algo en su instinto le decía que debía salir. Pero cuando se acercó veloz y silenciosamente a la puerta, ya era tarde. El jinete oscuro estaba frente a ella, clavándole los ojos azules; y sólo necesitó un movimiento para inmovilizarla, horrorizada.

Pero lo que realmente resquebrajó su alma fue morder el polvo amargo de la traición, cómo su amiga la había engañado tan fácilmente para entregarla al jinete recién llegado, alguien que había conocido días atrás y seducida por el anillo que portaba. Cruzó por un momento sus ojos grises con los negros de la mujer, pero ella los esquivó avergonzada. Humanos extraños, pueden ser tan nobles y tan corrompibles con segundos de diferencia. Definitivamente, no comprendía esa naturaleza volátil de ideología y de principios; y eso hacía más profunda la pena de su corazón. Sintió los dedos de Tulkandur quemando alrededor de su cuello y pronto perdió la consciencia.


Los tres jinetes de Bosque Negro habían llegado a Rivendell justo a tiempo para asistir a un banquete de bienvenida a todos los concurrentes al concilio, que se realizaría al día siguiente. Legolas se reunió con sus amigos, Aragorn y Gimli luego de muchos años, y luego de algunas bromas competitivas, invitaron a Thalion y a Danuin a beber con ellos. Este último seguía sin mejorar su humor, pero el alcohol le sentaba bien para ahogar sus penas, y cabe mencionar que la risa del enano le causaba gracia. El rey de Gondor cambió su semblante y se decidió a hablar en serio.

-He visto en mis tierras un jinete oscuro que parece ser seguido por bestias a su servicio, eso me ha informado la guardia.

-Quizá se lo quieren comer –comentó Gimli alegremente.

-No lo parece. Este jinete pasó la noche en Gondor, se reunió con Arnarmo, capitán de escuadrón, y lo convenció para seguirlo. Y enamoró a su hija.

-Eso no tiene importancia –comentó Legolas- cada uno puede amar a quien se le de la gana.

-Sí claro –siguió Aragorn- pero resulta ser ella es la mejor jinete, entrena nuestros caballos, uno de nuestros bienes más preciados. Parece que los encantara y ellos sólo la siguieran con su pensamiento.

-Suena como un valor importante en tu reino como para perderlo –aventuró Thalion.

-¿Y para qué necesita bestias que lo sigan, oficiales de Gondor, o al mejor jinete? ¿Y cómo los convenció en una noche de seguirlos? –Danuin habló por primera vez preguntándose como nadie había hecho esas preguntas antes. Sin embargo, no era todo lo que captaba su atención, sino unos ojos celestes, verdes, o grises.

-No estoy seguro, pero algo parece estar gestándose –admitió Aragorn derrotado.


Para Danuin la reunión con los oficiales de los reinos fue más que aburrida. Tuvo que soportar las largas presentaciones de "fulano, hijo de, hijo de, hijo de…" y así casi hasta llegar al mismísimo Eru. Cuando fue su turno, intentó ser breve y sólo comentó hasta su abuelo. De todas formas se sentía algo molesto porque podría incluir quién era su novia, quién era su primo, quienes eran sus amigos; como si sólo el progenitor fuera importante. Y era ella, más que nadie, con quien estaba su pensamiento. Sólo escuchaba los que ya conocía, y los que conoció a través de la bebida la noche anterior; y al istari que le llamó la atención y cuyas leyendas había oído, Gandalf. Pero todo lo veía lejano, como si alguien le estuviera contando la historia de su vida, porque no estaba allí.

Alineando las piezas concluyeron que era Saruman quien estaba controlando al jinete oscuro, que estaba formando un ejército, que le había dado a su siervo un anillo de poder para facilitarle la tarea; y que seguramente intentaría atacar los pueblos libres y controlar la Tierra Media. Para Danuin ni siquiera estas conclusiones llamaban su atención, pensó que era más de lo mismo, que ya había habido guerras antes y que luego habría otras; y que como estratega al fin y al cabo eran las guerras lo que le daban trabajo. Se encogió de hombros, como contestándole a sus pensamientos, y sólo Legolas lo notó, enviándole una mirada que parecía decir "vamos a hablar más tarde".

Decidieron al fin que lo mejor que podían hacer era reforzar la seguridad de las principales ciudades, cuidar las fronteras, y organizar un sistema de mensajeros veloces para llevar las noticias rápidamente. Fue Thalion el que comentó que Mithduil era muy buena con las bestias, y quizá sería bueno contar con algunas de ellas en su equipo. Entonces todas las miradas se dirigieron a Danuin, quien bajó la mirada y habló en un susurro pero firmemente.

-Siento decirles que Mithduil se quedó en Bosque Negro porque está herida, sucedió en un encuentro con el hombre que se hace llamar Darío.

-Es posible que él sea el jinete oscuro –aventuró Lord Elrond.

-No lo creo señor, yo mismo lo maté.

-Es probable que Saruman haya corrompido a otro muchacho para que sea su aprendiz –siguió Gandalf, y Danuin se encogió de hombros. Recién ahí comprendió para qué Darío buscaba a su mujer, y eso lo perturbó. Entonces volvió a hablar.

-Si Darío buscaba a Mithduil, quizá el jinete oscuro también la busque –una ráfaga de pensamiento le decía que el desconocido también tendría un nombre de Buenos Aires, pero lo desechó enseguida. Algo se despertó dentro suyo que lo hacía necesitar más a su mujer, no era ahora una tristeza honda sino una ira que lo empujaba a protegerla y a no dejarla sola ni un minuto sabiendo que Saruman la buscaba. Si hubiera sabido que hacía algunas horas ya la había encontrado.


Mithduil se despertó en una habitación oscura y por entero de piedra, iluminada sólo por una pequeña antorcha y sin ninguna abertura; parecía aun más una caverna que cualquier otra cosa. Se le partía la cabeza y no vislumbraba por qué estaría allí. Una pesada puerta se abrió y dejó paso al mago que le sonreía con malicia.

-Saruman –dijo la rubia en un susurro, casi sin pensarlo.

-Querida Mithduil, un placer tenerla como huésped en mi casa.

-¿Qué querés? Dejame, no soy más que una elfa común, no tengo nada para darte –sabía sobradamente que de ninguna forma lo convencería, pero intentó.

-Pero claro que sí, y por eso quería hacerte una propuesta.

-Olvidate –sentenció Mithduil con la voz llena de odio.

-Primero escuchá, insolente –le lanzó una mirada asesina.- Necesito que entrenes algunos dragones de fuego para mi ejército.

-¿Dragones de fuego? Nadie sabe donde están, o si existen acaso; y nadie puede domarlos.

-Yo sé donde están, puedo llevarte a ellos y estoy seguro que podés domar cualquier bestia.

-¿Y yo que sacaría con eso? -¿dónde está la trampa?

-Poder absoluto para hacer todo lo que quieras por la eternidad –Mithduil pensó un momento que eso ya lo tenía, y el mago no tendría nada para ofrecerle.

-¿Y si no lo hago vas a matarme? –lo desafió con la mirada, así era de insensata.

-No, voy a darte de comer y dejar que vivas en esta celda, en completa oscuridad y soledad, torturándote por toda la eternidad –sonrió.

-Suena bien, me gusta esa opción –Mithduil le devolvió la sonrisa, esperando que su estadía en esa celda horrenda sin ver la luz del sol ni tener contacto con nadie no dure demasiado.

-Como quieras, avisame cuando cambies de opinión. Seguramente tu compañerito, el único elfo de pelo corto podría ayudarte a decidirte.

-¿Estás amenazándolo? –Levantó una ceja y se lanzó sobre el mago, desarmada como estaba; y antes de que pudiera rozarlo siquiera, con un movimiento de sus manos, la elfa fue lanzada con fuerza contra las paredes de piedra. Cayó al suelo con un ruido seco, mientras Saruman salió dejándola otra vez en la oscuridad. La herida de su costado había vuelto a sangrar, y una vez en soledad dejó salir su miedo. Había sido riesgoso desafiar y burlarse del mago, y ahora esperaba que su amado estuviera bien. Se acurrucó dolorida, hacía siglos que no se sentía tan mal.


I'm back again pretty people! tenganme paciencia porque mañana me voy de vacaciones unos días breves, pero estaré leyendo sus reviews con mi supercool teléfono. Igual pueden verme por twitter, o instagram torredemarfil14.
Espero que les haya gustado este cap, falta poco para el reencuentro; y de paso están muy cerca Ranuin y Elrohir, cuya misión es ser un poco más razonables que nuestros amigos insensantos, que hacen esas cosas como burlarse irónicamente de Saruman o tratar a los wargos como gatitos.

Hasta pronto, mellon-min