Buenas! volví de mis vacaciones, y tengo más escrito ja! Espero que no me hayan extrañado demasiado.. o quizá sí, me encanta que me lean jajaja. A todo esto, hay algunos o algunas que están leyendo anónimamente, sin dejar ninguna review ni nada; pero me lo sopló el traphic graph por país jajaja. Así que porfa, salgan de las sombras y diganme que opinan! :D Espero que les guste este cap, gracias por leer, son geniales todos :D
Capítulo 11: Las bestias
Diecisiete días pasaron desde que Mithduil fuera encerrada por Saruman. Diecisiete días en los que Danuin se culpaba y se desesperanzaba sin que nadie pudiera sacarle una palabra o una expresión agradable. Tomó su caballo y salió sin pista alguna, sin rumbo, a buscarla; y Legolas decidió acompañarlo. Sospechaba que no estaba demasiado estable mentalmente por aquellos días y optó por protegerlo. Estaban muy lejos de la camaradería que habían empezado a forjar, no porque sintieran menos afecto, sino que Danuin estaba abstraído en sus propios pensamientos, cada vez peor. Su primo estaba algo asustado y rogaba que pronto volviera a ser el mismo. Sin embargo, era fuerte aún y era la ira lo que lo empujaba, concentraba todas sus energías en encontrar a su amada y aunque pareciera adormecido, su mente y su corazón trabajaban sin descanso.
Para la rubiecita la perpetua oscuridad, soledad y silencio eran una verdadera tortura, junto con la alimentación en base a pan mohoso y agua una vez cada dos días; y la falta de tratamiento de la herida que había empezado a mejorar. Ahora estaba más flaca, casi en sus huesos, y muy débil. Sin embargo, en la carencia de estímulos sus sentidos estaban más alerta. Comenzó a idear un plan para huir, que lamentablemente implicaba aceptar la propuesta de Saruman, matar al o a los dragones en lugar de amaestrarlos, y salir corriendo hacia Bosque Negro más rápido que el jinete oscuro. Sonaba un poco imposible, pero era su última esperanza.
Comenzó a hablar primero en un susurro, luego a gritar desesperadamente; hasta que los orcos la oyeron y le llevaron el mensaje a su amo: iba a aceptar la propuesta. De este modo el mago le proveyó una espada, y la dejó tirada en medio de las Montañas Nubladas. Bueno, todo había ocurrido tan rápido que no había mucho más para describir. Tomó su espada, que era casi tan alta como ella, y se puso en guardia. Podía oír a las bestias acechándola entre las sombras, podía sentirlas con cada célula de su cuerpo, y hasta oler el peligro. Era algo extraño que el mago la hubiera dejado sola, quizá no quería arriesgarse, quizá estaba seguro que moriría allí, o quizá hubiera algún orco de guardia donde ella no podía verlo.
La luz la encandilaba luego de tantos días en la oscuridad, pero el aire libre despertó su pensamiento y raciocinio adormecidos. Oyó un rugido y supo por experiencia que un wargo andaba cerca. Era solo uno, podría ponerlo de su lado si tuviera que combatir con un dragón de fuego. Lo llamó con un chasquido y la enorme bestia se acercó amenazante. Mithduil decidió no moverse, se dejó acorralar contra las rocas de la montaña y sin demostrar miedo alguno dejó que el wargo la investigara. La olió por varios minutos, mientras ella sentía su respiración cálida sin soltar su arma. Entonces con un movimiento suave y para nada amenazante, rozó el cuello de la bestia con la espada. Esta gruñó y tensó sus músculos, pero no atacó. Si la atacara a esa distancia, no tendría posibilidad alguna; puesto que se clavaban la mirada a pocos centímetros uno de otro. La elfa comenzó a susurrarle y el wargo comenzó a calmarse, relajando sus músculos. Aflojó un poco la espada del cuello del animal, y estiró su mano izquierda para acariciarlo detrás de su oreja.
Un poco arisco al principio, pero enseguida ronroneó y supo que ya lo tenía. Al final el animal inclinó su cabeza hacia abajo en señal de respeto hacia su nueva ama, para indicarle que ahora estaba a su servicio. Le susurró su nombre al oído, porque quien nombra por primera vez la esencia de algo o alguien, tiene el poder de dominarlo. Le pidió permiso para subir a su lomo, y avanzó por entre las montañas, buscando a su verdadero adversario. Le venía bien la compañía, siempre le habían gustado los wargos; eran como mascotas grandes pero en el fondo siempre necesitaban cariño. Además podían ser perezosos, y si por ellos fuera estarían todo el invierno entre las frazadas, al igual que Gabriel y Sofía en su departamento-caja-de-zapatos.
Danuin cabalgó siguiendo sus pasos hacia las Montañas Nubladas junto con su primo, sin saber que estaba muy cerca de su amada. Al igual que ella, oía las bestias acechándolos, entonces cabalgó más lentamente para no llamar la atención y alertó todos sus sentidos. Los dos elfos podían oler algo extraño en el ambiente.
-¿Huele a azufre? –preguntó Legolas levantando una ceja.
-Creo que huele a dragón de hecho –Danuin se encogió de hombros, no estaba muy seguro; era Mithduil la que sabía de eso. Siguieron avanzando, más allá de la niebla, hasta que no pudieron ver adelante de la cabeza de sus caballos. Horas más tarde sintieron de golpe la extraña sensación de que la tierra temblaba. Legolas preparó una flecha en su arco, pero Danuin prefirió la espada, que era su favorita. Se acercaron aun más para cubrirse las espaldas, y la tierra volvió a temblar. Casi podía sentirse los músculos tensos, la mente alerta, listos para luchar o correr. Ambos notaron que ya habían perdido completamente el rumbo o alguna idea de dónde estuvieran. La tierra volvió a temblar y la temperatura subió repentinamente. Entonces se acercó lo suficiente para que pudieran verlo.
El enorme reptil alado estaba casi sobre ellos, ya era tarde para huir; los elfos lograron ver sus escamas brillante carmesí, sus ojos dorados llenos de malicia, sus enormes garras. No tuvieron mucho tiempo para detenerse a ver su belleza terrible, porque con un rugido sonoro lanzó una espiral de llamas sobre ellos, que esquivaron apenas. Legolas lanzó una flecha, luego otras dos sobre el pecho del dragón, que se clavaron certeras pero no tuvieron efecto alguno en la bestia. Danuin, en un movimiento arriesgado e insensato, casi tanto como lo haría su mujer, se acercó a las patas del animal y arremetió su espada contra una de ellas, pero no pudo penetrarlo. Con una mirada estuvieron de acuerdo, debían huir.
Cabalgaron rápidamente por los angostos pasillos de piedra de entre las montañas, y percibieron horrorizados que el animal levantó el vuelo aventajándoles distancia, creyeron perderlo. Quizá había perdido su interés o había encontrado una presa más grande. Cuando llegaron a un espacio más abierto entre las rocas ya era tarde, el dragón los esperaba allí. Danuin volvió a arremeter contra él con más fuerza, pero con un zarpazo el dragón lo arrojó lejos, junto con su corcel que resultó muerto. Legolas intentó apuntar sus flechas a los ojos, pero era un enemigo demasiado esquivo. Entonces la tierra volvió a temblar, y los dos primos de Bosque Negro pensaron fugazmente que eso sería todo si llegaran a encontrar otro espécimen. Se oyó un fuerte rugido y Danuin, que acababa de levantarse dolorido con dificultad, supo enseguida qué era.
-¡Wargos! –subió al caballo con su primo y nuevamente intentaron la retirada. Pudieron oír los pasos de la bestia y la vieron avanzar velozmente, saltando desde una pendiente cercana hasta el cuello del dragón, clavándole certeras sus enormes garras. El reptil se retorció de dolor ante la mirada asombrada de ambos elfos, que no podían creer que fueran testigos de un combate entre bestias. Pero Legolas pudo percibir algo más, un brillo extraño, como de una hoja acaso.
-¡Hay alguien! –gritó el príncipe.
-Lo sé –respondió Danuin- Esperemos un momento.
-¿Esperar? ¿Estás loco? ¿Suicida? Huyamos mientras aún podamos hacerlo –enfiló su caballo más lejos, pero su primo no lo siguió.
-¡Confiá en mí! ¡Esperá! –se detuvo a contemplar el horrendo y formidable espectáculo. El wargo seguía clavado al cuello del dragón de fuego, que gemía de agonía en un sonido que estremecería al más valiente. La hoja se veía reflejada por diversos lugares pero nunca quien la blandía. Legolas decidió confiar en su primo, porque supuso que sabía lo que hacía; o quizá no, pero se lo debía después de que su competencia estúpida lo desanimara tanto. Sin embargo, el miedo invadía cada tejido de su cuerpo. En un segundo una catarata de sangre salió del cuello del dragón, seccionando parcialmente su grueso cogote; temblando todo su cuerpo y finalizando en una fuerte caída en cámara lenta que hizo temblar la tierra. Era todo, estaba muerto, en un enorme charco de sangre. Los dos se miraron incrédulos de que la batalla hubiera durado tan poco, realmente quien fuera había sido un guerrero formidable.
Sin embargo nunca lograron tener un segundo de tranquilidad, porque ahora el wargo se acercaba lento y amenazante hacia ellos, con sus garras y dientes chorreando la sangre del dragón; con una mirada amenazante.
-¡Quieto! –gritó Danuin.
-¡¿Qué?! –Legolas intentó correr, pero su primo lo tomó firmemente del brazo y le clavó una mirada dura que fue suficiente convencimiento. El wargo los acorraló y clavó sus ojos verdes en los azules de Danuin, como si quisieran derretir el aire. La bestia gruñó amenazante y sintieron su aliento, ya no había tiempo para huir.
-Confiá en mí –susurró Danuin, mientras Legolas estaba aterrado aunque jamás lo demostraría frente a la bestia. Pero no importaba, podía sentir su miedo, y sabía que Danuin no le temía. Un pequeño "chist" hizo que el wargo desviara su mirada una fracción de segundo, mientras el príncipe se preguntaba que estaría pasando. Sin embargo, eso no lo detuvo y se acercó aún más; hasta que una voz le ordenó.
-¡Federico! ¡Quieto! –Danuin sonrió aliviado, sabía quien podía ser la única persona sobre la faz de la tierra en ponerle ese nombre a un wargo, y esa voz fue su salvación. El animal se movió dócilmente e inclinó la cabeza- Buen chico –volvió la voz. Entonces sus miradas se cruzaron por primera vez en mucho tiempo, gris contra azul, esa mirada que dejaba fuera del universo todo aquello que no fuera su inmenso amor. Estaba sucia, muy flaca, cubierta en sangre, pero sus ojos brillaban con distintos colores según como se miren, y con una sonrisa enorme. Era hermosa y perfecta, y él la amaba con todo lo que era.
Se acercaron despacio, sin palabras, como sin creer que el destino iba a juntarlos justamente ahí, ante la mirada incrédula de Legolas. Primero sólo rozaron sus dedos, pero se acercaron aún más, envolviéndose con sus brazos doloridos pero sintiendo su calor otra vez. La sonrisa se convirtió en beso, y de vuelta en sonrisa, y otra vez en beso; profundamente agradecidos por volver a verse. Nunca habían pasado tanto tiempo sin saber uno del otro, eran inseparables; incluso frente a las fuerzas oscuras. Disfrutaban de su contacto olvidando que estaban en medio de una montaña llena de bestias, jugando con sus lenguas y pegando sus cuerpos. Cuando al final separaron sus bocas no pudieron evitar una sonrisa radiante. Así, pegaron sus narices y sus frentes, cerraron los ojos, relajándose por fin mientras ninguno se animaba a romper el silencio. Entonces fue el príncipe quien lo hizo, para cuando volvieron la mirada acababa de rematar a un orco de un flechazo en la garganta.
-Uno a cero, voy ganando –comentó riendo, sabiendo que ya no podía sacar a ninguno de sus compañeros del buen humor.
-Bueno, pero el dragón cuenta como 25 orquitos, así que voy ganando yo –le contestó Mithduil, y Danuin le dedicó una sonrisita con algo de reproche, como si hubiera hecho una travesura.
-¿Y Federico? ¿Cómo se te ocurrió? –rieron sonoramente, eso era liberador.
-No lo sé, no tenía muchas ideas cuando tenía sus dientes encima de mi cuello, pero es bonito ¿o no? –acarició un poco la oreja del enorme animal, que ronroneó; y los muchachos asintieron.
-Bueno, ¿nos vamos o qué? –Legolas había notado que donde hay un orco suele haber otros cerca.
-Por cierto, Saruman me busca, quizá me persiga.
-Lo sé –siguió el príncipe- varias novedades del concilio, quizá deberíamos separarnos. –Mithduil y Danuin echaron una mirada en la que dejaban muy claro que ni locos iban a separarse ahora.
-Quizá podrías llevarte tu caballo y advertir en Rivendel, y nosotros volvemos sobre Federico a Bosque Negro, no sospecharían que estamos ahí; y mi nueva mascota es más rápida y difícil de seguir –el príncipe puso los ojos en blanco y Danuin estaba sonriente, pícaro y divertido.
-Vamos, podrías dejarnos algo de intimidad ¿eh?
-Ah, así que era eso –resopló Legolas levantando una ceja- parece que no tengo opción. -Con esto se despidieron y los amantes subieron al lomo del wargo, que se perdió entre la niebla a toda velocidad; mientras el príncipe y su corcel iban un poco por detrás.
Sólo al caer la noche se atrevieron a parar mientras recorrían algún bosque, no sabían muy bien cual. Se acomodaron bajo un árbol y Mithduil le pidió a Federico que cace algo para comer, lo cual se le daba bastante bien a la bestia. Mientras tanto, prendieron una fogata y se acurrucaron agotados. No tenían ahora nada para protegerse del frío, porque había quedado con el caballo de Danuin; pero ya no les importaba.
-Ey, ¿estás herido? –preguntó Mithduil en un susurro.
-No mucho, sólo algunos moretones –se encogió de hombros- ¿y vos?
-Creo que igual, me duele todo; pero sobre todo tengo un hambre atroz.
-¿Comiste este tiempo? –se preocupó el elfo.
-Sí, pero un pedazo de pan asqueroso cada dos días, espero que Federico nos traiga algo bueno, eso traería mucha felicidad a mi vida –sonrió y parecía babear imaginándose la comida. En ese momento el wargo volvió, realmente había tardado muy poco y le era bastante fácil; tenía un ciervo agarrado por el cuello.
-¡Muy bien chico! –lo felicitó Mithduil con una caricia. No tenían un solo instrumento de cocina, por lo que carnearon al ciervo y cortaron su carne usando las espadas. Lo cocinaron en la fogata clavando pequeños pedazos en las flechas de Danuin, quien comentaba que era una especie de brocheta improvisada. No dijeron una sola palabra mientras comían con desesperación. Federico, que había cazado otro ciervo mientras los muchachos se ocupaban del primero, se lo tragó de pocos bocados y se echó a dormir como un gatito, hecho una bolita e inflando la panza relajado. Comieron hasta saciarse, tenían comida de sobra, y finalmente se acomodaron muy cerca uno de otro oyendo el crepitar de las llamas en esa noche fría. Danuin pasó su brazo alrededor de los hombros de su amada y la apretó contra su pecho.
Ella sintió los latidos de su corazón, mientras cerraba los ojos y ese suave sonido la llenaba, todo el universo alrededor dejaba de existir. Cuánto lo había extrañado, cuánto lo había necesitado. Entrelazaron sus dedos con fuerza, como si nunca fueran a soltarse, y sin quererlo ella comenzó a derramar lágrimas tímidas por sus mejillas. Su amado las recogió con pequeños besos, sosteniéndola mientras dejaba salir todo su dolor contenido. Entre sollozos, le contó todo lo que había sufrido en estos días, y él con una voz suave y tranquilizadora la puso al tanto de lo que había sucedido en su ausencia. Sin embargo, pronto se calló y dejó que su contacto hablara por él, acariciándola con delicadeza y adoración. Comenzó a besarla suavemente, rozándose apenas, recorriendo su espalda y sus brazos con las yemas de los dedos; hasta que finalmente dejó de llorar y dejó de pensar, acurrucada y exhausta.
-Amor, gracias por venir a buscarme –susurró Mithduil- ¿cómo me encontraste?
-No lo sé, sólo seguí a mi corazón –le dedicó una sonrisa- gracias por estar aquí –y con esto le regaló un beso más intenso aún, desesperado. Ella le clavó la mirada, sabiendo que en ese momento nadie podría robarse la felicidad de su reencuentro.
-Cuanto te amo Danuin –tomó su rostro entre sus manos y volvió a besarlo, para terminar con una sonrisa.
-Te amo también preciosa –se acomodaron abrazados para conservar el calor, y finalmente se durmieron; después de un día demasiado largo.
Lejos de allí, Tulkandur y Nambelle también tenían un momento de relajación, paseando por los jardines de la torre de Isengard. Se tomaban de las manos y se clavaban la mirada, los corazones corrompidos también podían sentir amor. Sin embargo esa paz duró poco, cuando cierto mago se cruzó en su camino, con la mirada más dura de lo que él hubiera visto jamás. Y para ella, era la primera vez que lo veía y se intimidó de su poder.
-¿Podrías decirme por favor cuánta guardia dejaste en las Montañas Nubladas? –puso esa voz harta, como si quisiera confirmar lo que ya sabía, y Tulkandur se encogió de hombros.
-Cinco, seis orcos creo, ¿por qué?
-¡Cinco! ¿¡Sos idiota?! –el jinete oscuro empezó a preguntarse que quizá no había comprendido la naturaleza de su misión, y la muchacha dio algunos pasos atrás.
-Cinco para una sola elfa me pareció más que suficiente.
-Claro, no contando al dragón que nos iba a traer –ironizó Saruman, y Tulkandur notó que se había equivocado feo, en verdad nunca había creído que el dragón de fuego existiera realmente o que la rubiecita fuera capaz de amaestrarlo; o bien no existía, o bien la mataba en cinco minutos- Subestimaste el poder de esa pequeña guerrera. –Con esto hizo un movimiento con su vara y revoleó al jinete lejos, hasta darse un golpe sonoro y doloroso que creyó le rompió algunas costillas. Pero él se levantó y agachó la cabeza, arrepentido.
-Lo siento amo. No volverá a suceder, la traeré para usted.
-Bien, y que esta vez no se te escape. Por tu culpa perdimos el elemento sorpresa, ahora puede contar todo. Y si no quiere cooperar, asegurate de que no vuelva a contar nada a nadie, ¿si? –asintió con profundo pesar- y si volvés a fallar, temo que la morochita amiga de los caballos no va a quedar tan bella –Nambelle llegó a clavarle una mirada horrorizada, entonces el mago dio media vuelta y volvió a la torre.
