Capítulo 13: Levantamiento de Gondor
En Rivendell, Legolas se enteró por la carta de su amada que su primo estaba de camino a Rohan, y se debatió entre conservar la competencia para la batalla que venía, o ir a ayudar a su primo. Se decidió por esto último, estaba muy enojado con su padre, no daba crédito a que realmente lo hubiera hecho. Sin embargo, no podía irse sin antes consultarlo con su amigo, que seguía allí con tranquilidad. El elfo no comprendía del todo el porqué de esa decisión, ya le había comunicado que tenía dudas sobre el accionar de algunas de las autoridades de su ejército, y así y todo había dejado a su pueblo sin el rey presente, ¿cuál era el motivo? Estas dudas le quitaban el sueño, y se encontró a la madrugada paseando por bajo las estrellas, entre las galerías y los jardines de esa ciudad. Mientras estaba abstraído en sus pensamientos, unos pasos le advirtieron que no estaba solo.
-Parece que no soy el único que no puede dormir –dijo el encapuchado entre las sombras, pero Legolas sólo sonrió aliviado.
-¿Qué hacés así? ¿Volviste a la personalidad de Trancos? La bipolaridad te está afectando –el hombre se quitó la capucha con una sonora carcajada, y el elfo rió con él.
-¿Qué es lo que te mantiene en vela amigo mío? –pensó un momento.
-Ya no estoy tan seguro de que Rivendell vaya a ser atacada –Aragorn se desconcertó.
-¿Por qué crees eso?
-No lo sé, es sólo una sensación que tengo –suspiró, le molestaba no tener una buena explicación, sólo era algo que se le había ocurrido.
-Te creo –respondió firmemente el hombre- si algo aprendí en estos años es a fiarme de los instintos de los elfos.
-Además –siguió el elfo- mi padre echó a mi primo y a su prometida de Bosque Negro, y eso me enfurece. No es justo.
-En realidad está haciendo lo que debe hacer un líder, proteger a su pueblo. Ningún gobernante en su sano juicio se quedaría con la carnada para Saruman dentro de sus murallas –Legolas levantó una ceja en señal de desaprobación.
-¿Hubieras hecho lo mismo en Gondor?
-Sí –sentenció Aragorn- es una decisión difícil, pero nadie dijo que el gobierno era fácil. Es una gran presión pensar que las vidas de miles de personas dependen de nuestras decisiones con un montón de papeles, ¿lo habías pensado? –el elfo hizo silencio y bajó la mirada, reflexionando profundamente. Pasados unos minutos pudo comprender que había sido injusto con su padre, había hecho lo correcto.
-Tienes razón –admitió finalmente, y Aragorn sonrió satisfecho.
-¿Y a dónde irá tu primo? Sospecho que quisieras ayudarlo, ¿verdad? –Legolas asintió.
-A Rohan, Danuin fue capitán del ejército de Eomer por muchos años. Quizá sería buena idea ir –dejó la frase suspendida en el aire, como dejando puntos suspensivos.
-Entonces tenés que ir, confiá en tu propio instinto; no es usual que se equivoque –Legolas sonrió, regocijando su alma en la fe ciega que su amigo tenía en sus capacidades. Siempre le había estado agradecido por eso, y sabía que generaba en él la misma confianza a cambio.
-¿Y vos por qué seguís acá si sospechás que Arnarmo va a traicionarte? –se encogió de hombros.
-No creo que pase nada, sólo nos quedamos visitando a la familia de Arwen. Es todo, no hay más misterio.
-Gondor me genera una cierta intranquilidad, mi instinto dice que no deberías haberte ido –lo dijo por lo bajo, en realidad no estaba tan seguro como su amigo en seguir ciegamente a sus instintos.
-¿Crees que Gondor es mayor blanco que Rivendell? –preguntó luego de una pausa larga.
-Es posible, después de lo que me contaste, y si Tulkandur está formando un ejército, necesita soldados. Y tu oficial podría llegar a seguirlo. Me huele extraño, yo que vos iría a ver que pasa. –admitió el elfo.
-Entonces iré, y vos andá a Rohan con tu primo. Si no hay ataque, de poco servimos aquí Legolas.
-No estoy seguro –se encogió de hombros.
-¿Te sentís bien? Nunca había visto eso en tus ojos –se preocupó Aragorn.
-¿Qué cosa?
-Duda. –el elfo sonrió, sabía qué le pasaba.
-El amor ha hecho estragos con mi temple, pero es un precio pequeño por la felicidad que ella me da –ambos rieron un poco.
-¡Sos un romántico eh! Sin embargo, admito que me encanta verte feliz amigo mío. Lamento que entonces debamos despedirnos.
-Podemos cabalgar juntos un trecho, ¿no? –siguió Legolas.
-Sí, igual vamos a volver a vernos pronto. Se avecina una guerra, y es claro que yo voy a matar más orcos que vos –lanzó una risa sonora.
-Eso está por verse –remató el elfo, riendo a carcajadas.
Nambelle y Tulkandur atravesaron sin problema las puertas de Gondor a paso firme y decidido. La población por las calles los observaba con atención y recelo al jinete oscuro recién llegado, ¿qué querría allí? En las puertas del palacio anunciaron su llegada a los guardias y pidieron audiencia con el rey. Sonrieron por dentro y se deleitaron cuando les informaron que toda la familia real estaba ausente, como ellos se imaginaban. Se colaron en el despacho de Arnarmo, el padre de Nambelle, quien estaba sumido en mapas y anotaciones; moviendo fichas que representaban ejércitos. No oyó su entrada, y fue ella quien debió romper el silencio.
-Papá, ¿qué estás haciendo? –el oficial se sobresaltó y subió la mirada.
-Creo que se acerca una guerra –lanzó un suspiro- el escuadrón de reconocimiento ha visto las bestias agrupadas, siguen a Saruman.
-¿Eso te intranquiliza? –siguió la muchacha y su padre asintió. Entonces Tulkandur habló por primera vez.
-Arnarmo, ¿cuál es su mayor anhelo? –usó las mismas palabras que Saruman había utilizado para seducirlo a él.
-Poder –susurró el hombre con una sonrisa macabra.
-Gondor debe elegir su bando –replicó Tulkandur-. Usted cree que bajo la tutela de Aragorn ese bando ya está elegido, ¿verdad? Pero él no está aquí.
-¿Qué está insinuando señor? –se sorprendió el oficial, entonces Nambelle se acercó y tomó su mano. Le clavó la mirada y le sonrió.
-Papá todos saben que si ese –remarco despectivamente la última palabra- no hubiera regresado, podrías haber sido rey. Te perfilabas bien, sólo faltaba un poco de apoyo político, ¿o no? Ahora podés serlo. Por mí, podés hacer esto. Tenemos que resarcir a nuestra familia, recuperar nuestro honor. –Arnarmo dudó un momento, cerró los ojos y juntó sus manos. Meditó profundamente por unos momentos, hasta que sus ojos se abrieron brillantes y pudo percibir la revelación de su destino. Tulkandur supo que ya lo tenía. Convocaron un concilio secreto para la noche siguiente, con todos los oficiales del ejército. Era un secreto que se decía en susurros, pero las voces de los hombres pueden incluso atravesar paredes, por lo que ya al mediodía; todos en la ciudadela sabían que algo se estaba gestando.
Lejos de allí, dos elfos y un hombre cabalgaban intranquilos, pero a paso lento y constante. Ya no iban cantando, era definitivo que cada uno pensaba en sus cosas, pero todo relacionado con el destino de la guerra que se avecinaba. Aragorn había pensado mucho en la conversación con Legolas la noche anterior a su partida de Rivendell, y se fiaba de su instinto. El elfo tenía razón, Gondor sería un blanco perfecto si se trataba de un golpe pacífico, corrompiendo oficiales, ¿cómo no lo había notado antes? Todas las señales estaban frente a sus ojos, casi tatuadas en sus retinas. Debía haber increpado a Arnarmo, o no dejar que el jinete oscuro abandone la ciudad con la mujer de los caballos. Incluso la guardia le había informado sobre las bestias que rondaban las fronteras.
Por todo lo sagrado, ¿cómo había sido tan estúpido? Recordó la respuesta de Legolas, el amor le había arruinado el temple. Y era cierto, estaba tan feliz con su familia que se olvidó por un momento de la política. Pasó su mirada a su amigo, que le devolvió la sonrisa, luego a su hermano mayor. Thalion estaba ausente, y se preguntó si él también estaría pensando en su esposa. Pero una extraña sensación lo puso más nervioso, y a lo lejos pudo percibir una bandada de pájaros que se acercaban. Los tres estuvieron de acuerdo en esconderse entre unas rocas por unos momentos, sin siquiera cruzar palabra hasta que estuvieron muy lejos.
-Hay peligro en Gondor, tenés que irte Aragorn –sentenció Legolas.
-Lo sé, voy a adelantarme, aunque tenga que hacer explotar a este caballo –respondió con gesto serio.
-¿Querés llevarte el mío? –inquirió Thalion.
-No hace falta, los caballos de Nambelle son excelentes. Entrenó este para mí, es un buen compañero –le dio una palmada al animalito.
-Hay algo de ironía en eso –sonrió Legolas, y Thalion abrió los ojos grandes; ese tipo de comentario era algo impropio de él, siempre tan solemne y serio. Se despidieron apresuradamente y observaron por un momento como el rey de Gondor se volvía un puntito en el horizonte.
-¿Y eso? –preguntó el mayor.
-Creo que Danuin me pegó algunas expresiones del mundo de los hombres.
-Parece que de verdad lo apreciás, a pesar de que quiso quitarte tu puesto –sentenció.
-No hermano, eso no es verdad. Todo eso es superficial, pero en el fondo él es tan hermano mío como vos –hizo una pausa-. Si de verdad crees eso, no hace falta que me acompañes, puedo ir solo a Rohan –Thalion bajó la mirada avergonzado, se dio cuenta que había hablado sin pensar.
-No, no pienso eso. También es hermano mío, ¿sabés? –Legolas sonrió.
-Bien, eso pensé –volvieron a cabalgar sin detenerse, esta vez con más velocidad, apretando el paso hacia el reino de los hombres.
Los príncipes de Mirkwood y el rey de Gondor no eran los únicos que viajaban. Un wargo se acercaba rápidamente a las murallas de Rohan, llevando dos elfos silenciosos y decididos. En las murallas, los soldados reconocieron al ex capitán y se alegraron de su llegada. Enseguida se reunieron con Eowyn, quien les facilitó una habitación en las estancias lujosas del palacio de Meduseld. Sabían que no había tiempo que perder, debían reunirse con Eomer para organizar una defensiva en caso de que Saruman los encontrara. Sin embargo ella les impidió ver a su hermano sin explicar por qué. Danuin y Mithduil intercambiaron miradas, sabiendo que algo pasaba en Rohan. Con un silbido su amigo emplumado apareció muy cerca.
-¿Qué se les ofrece señores? –preguntó Elin cortésmente.
-Necesito que recorras los alrededores y nos informes dónde está el ejército de Tulkandur, si es que tiene uno –preguntó Danuin, y sin embargo no necesitó volar a ningún lado, porque esa información ya la tenía. Así y todo, mintió con todo descaro.
-El ejército se dirige a Rivendell –Mithduil sonrió, habían previsto bien.
-Bien, gracias Elin –pero el estratega se sintió intranquilo. Había sido su propia idea ir a cualquier lado menos a Rivendell, y sin embargo le parecía demasiado obvio que todo vaya tan de acuerdo a sus ideas. Si algo le había enseñado la guerra era que si el plan iba demasiado bien es porque alguien está siendo engañado. Y quizá fuera él. Decidió entonces que armaría y entrenaría un ejército lo suficientemente grande como para vencer al de Tulkandur, sea lo grande que fuera y viniera de donde viniera. Pero primero debía hablar con Eomer e informarse de lo que él supiera.
Dejó de importarle un carajo lo que dijera cualquier autoridad y se precipitó al despacho del rey de Rohan. Necesitaba que lo nombre otra vez, recuperar su puesto y comenzar cuanto antes con su estrategia militar. Abrió la puerta de un golpe para entrar en la tan conocida habitación donde habían movido juntos fichas de ejércitos, donde habían decidido el destino de muchas vidas aliadas y enemigas. Todo seguía igual, los libros, los mapas, el armario con las armas, la caja fuerte escondida, los planos, el escritorio de pesado algarrobo, las antorchas anaranjadas. Pero Eomer no estaba allí, sino su hermana, encerrada entre mapas y fichas con lágrimas en los ojos, quien se sobresaltó con la entrada precipitada del elfo.
-Eowyn –murmuró inclinando la cabeza.
-Danuin –sonrió disimulando sus nervios, pero él lo notó- No les he dado una bienvenida apropiada a Rohan, ¿quisieran comer algo? El cocinero de la familia real es excelente.
-No gracias, estoy buscando a tu hermano, necesito verlo urgentemente –una lágrima resbaló solitaria por el pómulo de la mujer, y el elfo pensó en lo peor.
-Eomer murió –dijo en un susurro y escondió su rostro entre sus manos. Danuin sintió una punzada en el pecho, era su mejor amigo, por todos los cielos, ¿qué había pasado? ¿Y por qué tanto misterio? Se acercó instintivamente y le apoyó la mano en su hombro en un gesto de consuelo, pero la mujer se abalanzó sobre el elfo y lloró en su pecho. Él la dejó hacer, su desconsuelo le inspiraba compasión, y a él también le dolía la muerte de su amigo. Ella inclinó la cabeza y sin dejar de llorar le clavó la mirada, esos ojos grises, pero que no eran como los de su amada; sino que no brillaban con la luz de los árboles.
Eowyn avanzó con un movimiento rápido y besó a su compañero, quien no respondió pero se quedó petrificado. Fue un golpe mental, nunca hubiera esperado eso de la humana. La apartó despacio, dejándola con los ojos llenos de lágrimas y se dispuso a salir de la estancia. La estrategia de guerra la resolvería luego, ahora le quemaba la cabeza, ¿qué estaba pasando? ¿Cómo había llegado ella a confundirse así? Tenía a la humana en una gran estima, y no era su intención herirla, pero ¿qué otra opción tenía? Antes de que saliera, ella lo llamó por su nombre de otra tierra, y eso lo hizo despertar.
-¡Gabriel! –se giró sobre sus tobillos y la miró sin decir nada, sintiendo una evidente tensión en el aire- Huyamos juntos, vayámonos al mundo de los hombres. Podemos ir a Budapest con tu hermano –Danuin subió una ceja, preguntándose si se estaba volviendo loca- Te amo, y sé que vos también, porque me salvaste. –La desesperación en su voz era palpable, y al elfo se le encogió el corazón al oír esas palabras tan contundentes. Sólo pudo susurrar.
-No –dejó la palabra resonando en el ambiente, derretida en el aire caldeado.
-Entiendo –susurró Eowyn aún llorando, y abrió un cajón de su escritorio que Danuin no llegó a ver- Quiero que seas vos el rey de Rohan, yo no puedo con esta responsabilidad –abrió los ojos grandes, no podía creer lo que le estaba pidiendo; y si el sufrimiento de su alma no hubiera sido tan profundo, se hubiera regocijado con la idea. Pero en vez de eso sólo asintió con evidente pesar. La mujer hizo un movimiento rápido con la filosa daga que él recién ahora podía ver, y lo siguiente que supo fue que borbotones de sangre salían rápidamente de sus muñecas.
-¡No! ¡Alguien ayúdeme! –gritó el elfo y se apresuró a envolverla entre sus brazos, mientras sus músculos se ablandaban y sentía que se le escapaba la vida. Eowyn, sin dejar de llorar, acarició el pómulo de Danuin con toda la ternura de la que fue capaz, mientras él llenaba sus ojos de lágrimas. La muerte de dos amigos, tan repentina, y saber que ahora era el rey; eran un peso muy grande para su corazón.
-Abrazame por favor –siguió la mujer, y el elfo no pudo hacer más que apretarla contra su pecho y llorar con ella. Escuchó gente en los corredores, la ayuda vendría en camino, pero su instinto le decía que ya era tarde y aunque tuviera toda la ayuda que pudiera, ella había decidido su destino. Le acarició la espalda, hundiendo su nariz en su cabello y en el hueco de su cuello, le besó la cabeza con suavidad-. Besame, por favor. Es mí último deseo. Quiero que me ayudes a irme en paz.
Danuin parpadeó incrédulo, sin dar crédito a lo que estaba oyendo. Lo había nombrado rey, y le prometió a su amigo que la cuidaría y ahora estaba muriendo en sus brazos. En cierto sentido, se lo debía aunque le pesara. Era un sacrificio que debía hacer por ella y por Eomer; aunque no la quisiera de esa manera, se sintió obligado a cumplir su último deseo. Con un movimiento suave posó sus labios en los de la humana, quien le respondió con un suave movimiento. Fue en sus labios, salados por las lágrimas que ambos derramaban, que exhaló su último aliento. Sintió sus músculos aflojarse, y supo que era todo. La apretó un momento más contra su pecho y la levantó en sus brazos.
¿Dónde estaba la ayuda? Debía buscar a alguien, un sanador, un familiar, alguien. Empujó con el pie la puerta que había quedado entreabierta para abrirla por completo, y sus ojos azules se cruzaron con unos ojos verdes brillantes y empapados en lágrimas. Maldita sea, ¿qué diablos tenía que hacer Mithduil espiando? ¿Cuánto hacía que estaba allí? ¿Tan egoísta podía llegar a ser para ver que Eowyn estaba muriendo y quedarse mirando?
-Dan, en el piso siguiente, tercera puerta a la derecha; los sanadores te esperan –dijo con la voz quebrada y el corazón roto, era palpable. Él solo asintió y siguió el camino que su amada le había indicado. ¿Cómo se había complicado tanto? Pensó fugazmente que quizá ella no sería capaz de perdonarlo. Desechó esa posibilidad, era demasiado dolorosa incluso para pensarla. Entregó el cuerpo de la dama de Rohan a los sanadores y volvió a buscar a Mithduil, pero ya no estaba allí.
Volvió a su habitación y allí la encontró acurrucada entre las almohadas. No tenía ya palabras para ella ni para nadie, estaba abrumado. Sólo se acurrucó a su lado y la envolvió alrededor de su cintura, pegando la espalda de ella con su pecho. Una sensación fugaz perturbó su corazón cuando la abrazó de esa manera, pero la desechó rápidamente. Sucedía en realidad que era demasiado para él. Sólo la beso en el cuello y le susurró al oído cuánto la amaba, pero ella no respondió ni dejó de llorar. En ese mismo momento, ignoraba que sus primos estaban entrando a la ciudadela de los hombres.
Por otro lado, y en otro momento en Gondor; ya no quedaba nada por hacer. Toda la ciudad se había sublevado contra su rey, seducidos por las promesas falsas y vacías de Tulkandur, el nuevo rey de Gondor. Aragorn se acercó a las murallas pero supo enseguida lo que pasaba y se decidió a no entrar. Era seguro que si se metiera allí, lo tomarían prisionero; entonces se decidió que sólo podía seguir a su amigo hasta Rohan. Apretó el paso, pasando demasiado cerca de su hogar para su gusto, y siguió. Sin embargo, el jinete negro lo había visto acercarse, desde el balcón que antes ocupaba; desde la habitación del máximo gobernante. Y mientras prestaba atención, regocijándose en su éxito (¡había logrado que el rey se fuera de Gondor sin siquiera intentar nada!) una pequeña ave apareció silenciosa en la noche.
-¿Has averiguado algo? –preguntó Tulkandur.
-Sus blancos están en Rohan señor –el pajarito inclinó la cabeza- No sospechan nada.
-Muy bien Elin, gracias. Retírate –volvió a inclinar la cabeza, y se fue en silencio. El hombre volvió adentro, donde Nambelle lo esperaba ya en el lecho, era muy tarde en la noche. Sonrió satisfecho, y ella le correspondió. Jugaba en sus manos con una pequeña ficha que se había quedado de la sala de estrategias de su padre, un árbol blanco que representaba ese reino.
-Los tortolitos imbéciles no podrían estar en mejor lugar, en unos días atacaremos Rohan –sonrió, y ella dejó el pequeño árbol blanco en la mesa de luz; y en su lugar tomó una figurita de un caballo blanco.
-Rohan –susurró mientras jugaba con su emblema, y esbozaba una sonrisa macabra- ¿Por qué no podría ser mejor?
-Porque si desde Gondor atacamos Rohan, entonces dominaremos por entero los reinos de los hombres, al menos la mayoría. Así tendremos una unidad fuerte, y podremos dominar cualquier ciudad de elfos –tomó el caballo de entre sus manos y la besó con dulzura– Serás mi reina –sonrieron juntos y se dispusieron a descansar, conscientes de lo que vendría.
Hello! Hasta aquí este cap, espero que les haya gustado :P Pajarito traidor, pero era adorable, le tengo un amor-odio. Más sorpresas en la batalla que se avecina! Besos!
