Capítulo 16: Alianza de tres reinos

Legolas decidió que entraría solo al despacho de su padre, sintió que era su deber y sólo suyo informarle las malas nuevas sobre Thalion. Él sin embargo, ya había presentido que algo andaba mal, pero decidió esperar. Thranduil miraba por los ventanales a los viajeros que llegaban, incluido el lujoso y triste carruaje. ¿Qué podía hacer Legolas sino transmitirle sus miserias? Largo rato estuvieron ahí adentro, mientras los dos reyes, de Rohan y de Gondor, esperaban para entrar a hablar con el rey elfo. Ranuin sintió que no tenía nada que hacer allí y se fue a recorrer el salón común buscando algo que comer.

Mithduil ni siquiera se molestó en entrar al palacio, dejó su wargo en los establos y se quedó en los jardines con su amiga Anne, quien le presentó a Adlanna, la esposa de Thalion. A la elfa le punzó el corazón pero sintió que debía decírselo. Fue un golpe duro para las tres. Anne y Mithduil contemplaron horrorizadas como las facciones de la nueva viuda se transformaban monstruosamente para reflejar la más enorme pena que hubieran visto jamás. Aunque intentaron animarla por todos los medios que se les ocurrieran, no había caso, estaba desconsolada. Las otras dos tampoco se sentían muy bien que digamos, entonces lloraron juntas.

Cuando la puerta del despacho de Thranduil se abrió, Legolas fue el primero en salir, y Anne se abalanzó sobre él. Se envolvieron con fuerza entre sus brazos, bebiendo de sus labios y de sus lágrimas, dándole nueva calidez a su maltrecho corazón. Adlanna se preguntó fugazmente por qué Mithduil no reaccionaba de la misma manera teniendo a su prometido allí mismo, y comentó que debería amarlo mientras aún lo tuviera. Asintió, de verdad no quería ser tan dura con él, de verdad quería perdonarlo; pero no podía aún.

No hubo banquete de bienvenida esa noche, sólo se colgaron banderas negras en señal de luto y los tres reyes y el príncipe se pasaron la noche reunidos en secreto. Las mujeres se quedaron juntas para reconfortarse, cuchicheando y hablando por lo bajo, visiblemente perturbadas. En eso estaban, muy entrada la madrugada, cuando Danuin las interrumpió.

-Buenas noches damas –comenzó educadamente y las tres lo saludaron cortésmente con la cabeza, en una formalidad innecesaria- Mithduil, vamos a Gondor.

-¿Qué? –se sorprendió la reina-. No me interesa ir a Gondor –ahora su amado era el sorprendido.

-Mirá, si van el rey y el príncipe de Mirkwood, y el rey de Gondor; el rey de Rohan necesita a su reina. La idea es presionar a Tulkandur para que le devuelva el trono a Aragorn.

-¿Y si no quiere? –inquirió Anne.

-Nos apoyan Erkenbrand guiando a mi ejército y Veryan con el ejército local, si se niega entonces atacamos. De todas formas no creo que se atreva.

-Entonces no me necesitan –volvió a hablar Mithduil-. Me quedo. –Adlanna llenó sus ojos de lágrimas y habló con sinceridad y con la voz quebrada.

-Mirá, hoy perdí a mi esposo. Y vos tenés a tu rey tan cerca tuyo, no lo rechaces; no hagas esto. Vas a arrepentirte, por favor, abrí los ojos –Mithduil resopló.

-¿Anne?

-Yo estoy de acuerdo contigo, no debes ir si no quieres. Entiendo tus motivos y probablemente haría lo mismo que tú.

-Empate –volvió la rubiecita, reflexionando hasta que Danuin sintió otra vez esa sensación extraña. Era la cuarta vez, y cada vez había sido más fuerte que la anterior. Algo en su interior le decía que debía llevársela como fuera, que sólo le esperaba desgracia en el reino dónde él había nacido.

-Mirá, esto es así –dijo en voz más dura de lo que pretendía- yo soy el rey, si digo que venís, venís. Punto. –Todos intercambiaron miradas incrédulas, mientras Mithduil lanzó una mirada encendida del fuego de la ira.

-Sí señor –se levantó y pasó a su lado sin siquiera mirarlo. Volvía a preguntarse si estaría haciendo bien en obligarla, ¿qué estaría pasándole? Cada vez comprendía menos. Intentó preguntarles a las muchachas pero no llegó a abrir la boca que se retiraron con la menor cortesía de la que fueron capaces y lo dejaron hablando solo.


A partir de ese día Mithduil se cerró aún más en sí misma. Hubiera querido que sus amigas le acompañaran en el viaje, pero no se les estaba permitido. Era uno de los inconvenientes de haber sido la única mujer en meterse en cosas de chicos, como la guerra o el entrenamiento de bestias. Muchas veces deseaba la compañía de sus amigas, aquí no era como en el Mundo de los Hombres, sino que podían pasar mucho tiempo sin verse. Estaba más que molesta porque Danuin la hubiera obligado a ir y frustrado sus planes perfectos. Se estaba quedando sin tiempo, ya casi no sería posible. Pensó en lo que había dicho Adlanna y lo repitió en su cabeza. No lo rechaces, no hagas esto, vas a arrepentirte, deberías amarlo mientras puedas. Algo así. Como siempre, viajaba sola delante de toda la caravana, apretándole las garras al wargo para que corriera muy rápido. La velocidad del viento provocaba un sonido aturdidor en sus orejitas puntudas y despeinaba su cabello.

Volvía sólo lo indispensable para comer y dormir con el resto de los muchachos, e intentaba hacerlo cuando todos estuvieran durmiendo para no tener que hablar con nadie. El rey de Rohan comenzó a sentir que había perdido a su amada, y la había perdido teniéndola incluso frente a sus ojos, eso era peor que cualquier distancia física que el camino pudiera darles. Una noche de tantas se quedó despierto para esperarla. La vio pasar caminando y la siguió hasta el borde de un arrollo que había un poco más adelante. Contempló la luna llena, las estrellas bailando, era una noche preciosa.

Danuin avanzó silenciosamente y la abrazó rodeándola, una mano envolviendo su cintura y otra envolviendo sus hombros. Acarició con sus pulgares la línea de su clavícula y una línea invisible entre su ombligo y su cadera. Un escalofrío la recorrió y suspiró pesadamente. Cerró los ojos un momento y tomó las manos de su amado con ternura. Sintió la suavidad de su piel, la respiración temerosa en su cuello, los latidos de su corazón; su cercanía, su contacto, eran una súplica. El rey la besó despacio en el cuello y descansó su cabeza en su hombro, aunque para eso tuviera que curvar un poco la espalda. Le habló en un susurro al oído, pero con toda la fuerza de su corazón.

-Lo que sea podés contármelo, pensé que ya sabías que podías confiar en mí –ella le apretó las manos con delicadeza.

-Lo sé, lo siento –tomó aire pesadamente-. Quiero, de verdad. Pero no puedo. Tengo mucho miedo Dan, no sé que hacer.

-Dejame cuidarte –volvió a besarla en el cuello- Dejame amarte. No me rechaces, por favor –con un tercer beso ella comenzó a temblar.

-Perdón amor, no puedo. Estoy tan bloqueada, no entiendo –una lágrima solitaria resbaló por su mejilla, llena de reproches no expresados, y él la levantó con su pulgar.

-No importa, te voy a esperar lo que sea necesario, hasta que me cuentes cuál es el peso que llevás. Yo puedo ayudarte a levantarlo. Dicen que hasta una hoja de papel pesa menos si dos la levantan.

-No lo sé –admitió derrotada.

-Puedo, créeme. Cuando estés lista voy a estar ahí para escucharte y ayudarte –y con esto ambos se quedaron callados, desbordados por sus propios fantasmas. Era la primera vez desde que Eowyn se había quitado la vida que estaban así de cerca, y finalmente Danuin consideró que había hecho algún avance. Supo que le quedaba un largo camino, pero estaba con ella y eso lo relajaba.

Fue sólo cuando se relajó que agudizó sus oídos y logró escuchar. Escuchó los latidos de sus corazones latiendo al unísono, pero había algo más. Una voz, un susurro, que lo llamaba por su nombre. Pero no era una voz que escuchara con los oídos, sino con su corazón. Eso lo desconcertó, era la primera vez que oía algo semejante. Supo que no era una fuerza oscura que buscaba tentarlo, sino algo diferente; una fuerza luminosa, irresistible. Sintió la necesidad de ir donde fuera que la voz lo llamara, pero no sabía de dónde salía o acaso si era su imaginación porque parecía salir de dentro de sí mismo. Ese llamado lo llenaba, inundaba su corazón y barría con todo su pesar y todo sentimiento negativo. Quería responder a ese llamado, pero no sabía cómo. Entonces ella lo soltó y le propuso ir a dormir, que ya era tarde. El extraño llamado se calló y todo volvió a ser como antes.


El poder de Tulkandur al volver a Gondor había menguado considerablemente. Había prometido victorias y riquezas y sin embargo había vuelto con una batalla perdida, un ejército del que casi no quedaba nadie en pie, y sin la mujer de los caballos. Arnarmo lo increpó sobre la ubicación de su hija, y sólo pudo mentir diciendo que se había quedado en Isengard por propia voluntad. Sin embargo, el militar comenzaba a sospechar y no tardaría mucho en perder su poder. Los rumores de los hombres atravesaban las paredes, y el jinete oscuro sabía por demás que el pueblo de Gondor ya no estaba feliz con él. Si Aragorn volviera sería todo para él, lo tomarían prisionero o lo matarían, y nunca volvería a ver a Nambelle. Tampoco podía disponerse a atacar Bosque Negro con un ejército diezmado y soldados que no lo apoyaban en lo más mínimo.

Por eso cuando vio llegar a la caravana de reyes, ya lo tenía decidido. Les abrió las murallas y los recibió en el trono de Aragorn. Eso hacía rabiar al legítimo rey y atemorizaba a Tulkandur. Cuando avanzaron por las callejas de la ciudadela, el pueblo vitoreaba al verdadero rey de Gondor, al principio con disimulo y temor; pero luego sin guardarse las voces. El apoyo estaba del otro lado, el pueblo ahora deseaba salir de la anarquía de un gobierno de facto. Los tres reyes avanzaron primero y se presentaron formalmente, lo cual siempre había molestado a Danuin.

-Thranduil, hijo de Oropher, rey de Mirkwood.

-Danuin, hijo de Anuin, rey de Rohan.

-Aragorn, hijo de Arathorn –hizo una pausa- rey de Gondor. –Tulkandur no lo contradijo, sino que se limitó a asentir educadamente.

Detrás de los reyes se encontraban Mithduil y Legolas, sin poder decir una palabra, sólo expectantes. Ranuin se había quedado en Bosque Negro a pedido de su cuñada, que le encomendó que cuidara de Anne y Adlanna mientras ella estaba obligada a hacer el maldito viaje a Gondor. No es que no apoyara la causa de su amigo Aragorn, sólo que sentía que su presencia era innecesaria. Ranuin en cambio hubiera querido ir, se deleitaba con la idea de tener algún tipo de cargo en el gobierno de su hermano y quería demostrarle sus aptitudes. Pero para ninguno de los dos salió bien, ella debió viajar y él debió quedarse.

Mithduil miró a Legolas y ambos pensaron en Anne y Adlanna, esperando que se sintieran algo mejor. El príncipe también hubiera querido que su prometida lo acompañara; no se sentía bien, y necesitaba ese amor incondicional que sólo ella tenía para él. Se preguntó brevemente cómo podía hacer su padre para aparentar esa fortaleza de carácter frente al usurpador del trono, porque sabía que aparentaba; lo había oído todo el viaje hablar de las terribles miserias que nublaban su corazón gracias a la muerte de su hijo mayor. Además, para él la elfa era un misterio, y al igual que a su primo, la tenía en una alta estima y hubiera deseado ayudarla. Terminadas las presentaciones, volvieron a prestar atención a qué tendría Tulkandur para decir, debía haber algún motivo por el que los recibía con esa facilidad; pero no lo vislumbraban. Aragorn fue el primero en hablar.

-Entregá la corona de Gondor y ya nadie tiene por qué salir lastimado. Los ejércitos esperan nuestra orden para sacarte a la fuerza, y no tendrán piedad. ¿Sabés lo que te conviene? –a los lados del hombre, los dos elfos observaban impasibles. Tulkandur no respondió, sino que se levantó del trono y tomó la corona con ambas manos. Avanzó hacia Aragorn sin decir ni una palabra y se arrodilló ante él, agachando la cabeza y tendiéndole su corona.

-Es suya, majestad –susurró. Los tres intercambiaron miradas desconcertadas, mientras más atrás Mithduil y Legolas observaban sorprendidos, con el ceño fruncido. Nadie esperaba eso, sino algún tipo de resistencia. Aragorn avanzó hacia el trono que había dejado libre y se sentó allí, usando de nuevo su propia corona. Todos los presentes se arrodillaron con solemnidad para reconocer en una excesiva formalidad la legitimidad del rey de Gondor.

-Sin embargo –siguió Tulkandur- lamento decir que tengo una condición –todos los presentes se sorprendieron aún más, como si todo eso fuera parte de un plan macabro para joderlos a todos. Legolas, quizá contagiado del espíritu voluble de su primo, no pudo con su genio. Avanzó en un movimiento rápido y colocó amenazadoramente su espada brillante en el cuello del jinete oscuro. Danuin, Thranduil y Mithduil se limitaron a quedarse quietos, congelados, las formas protocolares eran intimidantes para la pareja. Y para Thranduil, bueno; él mismo intimidaba a la gente con esa mirada azul gélida. Aragorn hizo un movimiento conciliador con la mano y se dirigió a Legolas

-Mellon-min –dejó el susurro suspendido en el aire. El elfo decidió confiar en los instintos de su amigo, como él había confiado antes cuando le aseguró que debía ir a cuidar su ciudad. Apartó la espada y la guardó en su cinturón, alejándose un poco más.

-¿Qué tenés para decir? –Tulkandur estaba aterrado, pero sabía que la ira de Saruman sería mil veces peor. Tomó aire, y se dispuso a negociar su rendición esperando que de alguna manera pudiera salvar a su amada.


Buen día! disculpen la tardanza, es que la logística del internet.. bueno, no andaba bien! Igual tengo un poco de suspenso, no? Gracias por leer, nos veremos pronto. El próximo cap es más tierno que triste, prometido :P Beso! :D