Capítulo 18: Súplica
Tulkandur se dejó conducir a la celda que le estaba destinada y sintió más frío que nunca, aunque el invierno estaba pronto a terminar. Se acurrucó en un rincón contra las paredes de piedra fría, helada; y repasó en su mente todo lo que habría pasado. Ya había jugado sus cartas y ya no dependía de él. Esperaba que en cualquier momento Aragorn abriera personalmente la pesada puerta de madera de la celda y le cortara la cabeza con la espada de Isildur. Sería un lindo detalle al menos quedar en la historia y que alguien lo recordara, aunque fuera el tarado que intentó traicionar a Saruman sólo por amor. Sí, al menos sería una figura romántica.
Pensó en Nambelle, en una celda también; pero una celda lujosa. ¿Y qué si ya la había matado? ¿Qué podía garantizar que el mago iba a cumplir su trato? Un escalofrío recorrió su espalda y se hizo una bolita en el suelo envolviendo sus piernas flexionadas. No, era una idea demasiado dolorosa, pero debía admitir que era una posibilidad. Una posibilidad bastante grande. Suplicó a todos los dioses, a todo lo sagrado; dejó de importarle lo que le pasara a él. Sólo quisiera que ella estuviera bien, que fuera feliz. Sabía que un elfo ama para siempre, pero los humanos no. En su corazón, nadie sabe que puede depararles, y Nambelle podía tener un futuro feliz con otra persona aunque no fuera con él. Sintió asco siquiera de la idea de que otro pudiera poseerla, pero quería lo mejor para ella. ¿Pensaría en él acaso? ¿Estaría enojada? El jinete sabía que el cautiverio de la mujer de los caballos había sido culpa suya nada más, y esa carga era aplastante.
¿Qué podía hacer más que ser miserable? Sólo esperar, y esa era la peor parte; en eso coincidían todos los guerreros. La calma previa a la tormenta, el futuro incierto, no saber si nuestros seres amados viven o mueren. Pensó un momento que le hubiera sido mejor tratar de convencer a Thranduil, el rey de los elfos; pero era un poco difícil si él pensaba que su hijo mayor había muerto por culpa de él. Lo era, era su culpa sin duda, no jodamos. Y Aragorn era sin duda el rey de los hombres, si lograba convencerlo a él, tenía media batalla ganada. Y finalmente estaba Danuin. No tenía demasiada fe en el nuevo rey de Rohan, pero si Saruman decía que era el mejor estratega de la Tierra Media, por algo lo diría. Más aun, había vivido igual que él en el Mundo de los Hombres, y podía buscar cierta empatía de su parte. Era un rey elfo en un reino de hombres, y por eso podía torcer la balanza para cualquiera de las dos razas. Además era el más joven de los tres, y eso lo tenían en común.
Por otro lado, en la segunda línea, había visto al príncipe de Bosque Negro y a la reina de Rohan. Podría ser una buena idea intentar convencerlos a ellos también, podían influir infinitamente en los reyes. Quizá pudieran ayudarlos si ellos se lo pidieran. Legolas parecía inaccesible, su hermano había muerto en sus brazos, y le echaba la culpa a él. Así que el príncipe estaba descartado. Sin embargo Mithduil era otro cantar. Había sido amiga de Nambelle en el Mundo de los Hombres, sabía que se conocían muy bien, habían estudiado juntas. Sin embargo, la morocha la había entregado. Si aun sentía afecto por su amiga, podría estar dispuesta a ayudarlo. Sino, igual podría decirle que él la había amenazado, que la había obligado. Tenía que aprovechar esa amistad para torcer su voluntad a su favor. Observó que la rubia estaba un poco sola rodeada de tanto macho aquí en la Tierra Media, pero por lo que le había contado Darío, se divertía mucho entre mujeres. Decidido, iría por ella y por el elfo más joven como primera opción. Sólo quedaba el detalle de que los había perseguido hasta el cansancio, y debían obviarlo si iban a ayudarlo. ¿Serían capaces de hacer algo así? Tulkandur sospechó que no, pero igual debía intentar.
¿Cuánto tiempo estarían ellos en Gondor? ¿Qué los retenía allí? Deberían volver a Rohan para retomar el gobierno, y si ellos se iban ya no podría hablarles. Se acercó a la pesada puerta de la celda, y por la pequeña abertura con barrotes pudo ver a un guardia. Intentó hablarle, decirle que intentaba pedir audiencia con el rey de Rohan; pero el guardia sólo se rió sonoramente de él. Siguió intentando, todo el día, hasta que el hombre comenzó a cansarse. Al final, con el cambio de guardia, el que ya estaba harto se decidió a transmitir el mensaje a sus superiores. Ahora otra vez sólo quedaba esperar.
Saruman lo había visto en sus piedras videntes, su aprendiz lo había traicionado; y no estaba nada complacido por la situación. Subió las escaleras de la fortaleza de hierro hasta llegar a la lujosa celda donde tenía dormida a la mujer de los caballos. A partir de ahora no dormiría ya más, para que sea consciente de su desgracia, para que perciba lo hondo de la traición de Tulkandur. Sería ella, no él; quien pagara por eso. Con un movimiento de su magia la obligó a abrir sus ojos negros, mientras la alerta inundaba su corazón, ¿qué sucedía? No llegaba a vislumbrarlo.
Con otro movimiento la hizo levitar, de un modo agresivo y doloroso, estaba rígida suspendida en el aire. Sin poder moverse, sin poder gritar por ayuda, como si unas sogas invisibles la ataran fuertemente. El mago se acercó a ella y le sonrió, mientras ella pudo percibir hasta el aroma de la maldad misma. Entonces pudo verlo, un látigo negro y larguísimo, duro y poderoso; era palpable a la vista. Con otro movimiento de sus manos, su vestido cayó hecho pedazos al suelo. Estaba desnuda e indefensa, en todo su esplendor y brillo, pero también con todo su miedo y alerta. Hubiera querido llorar, temblar, o insultar; pero no podía mover ni una sola célula de su cuerpo. Hubiera querido desmayarse, dormirse, cerrar los ojos para escapar del horrendo espectáculo que estaba a punto de presenciar, pero nada podía hacer. Al igual que para su amado, la expectación era lo peor.
Saruman estiró el látigo tomándolo por su extremo. Nambelle pudo verlo tomando aire y se preguntó fugazmente si ese cuerpo de anciano sería lo suficientemente ágil y fuerte como para herirla. Pero no pudo seguir pensando porque sintió el ardor de su carne abriéndose, y era lo más horrendo que hubiera sentido jamás. Ese dolor penetrante y profundo parecía esparcirse por cada una de sus terminaciones nerviosas, envolviéndola en la agonía. Y era un dolor contenido, porque no podía gritar, siquiera perturbarlo con una mueca, sólo aguantar. Ni siquiera podía imaginar una razón, por qué le estaba haciendo esto, por qué su amado no venía a ayudarla.
Pudo ver frente a sus ojos el látigo filoso goteando su sangre, y se hundió en el pánico, el corte le surcaba toda la espalda. Y antes de que pudiera saberlo, arremetió otra vez contra ella. Esta vez le cortó el torso, el golpe cayó justo entre sus pechos, manchándolos de rojo intenso. Ese dolor la quemó hasta lo más profundo, esa vulnerabilidad, esa humillación, pero sobre todo; no poder hacer nada. Nada. Lo repitió en su cabeza, sólo podía esperar que terminara pronto. Si las circunstancias hubieran sido normales, ya hubiera perdido la conciencia gracias al dolor, pero no podía. Una vez más, y luego otra sin siquiera tener tiempo de respirar, una en cada uno de sus muslos. Hubiera querido inflar el pecho, tomar el aire frío como si eso pudiera calmar su dolor; pero ni siquiera eso podía hacer. Era desesperante, se quemaba por dentro y por fuera.
Lo único que pudo hacer fue dejar que las lágrimas salieran a borbotones de sus ojos, mezclándose con su sangre, la única forma que tenía de expulsar el inmenso dolor que estaba sintiendo. Esas lágrimas parecieron exasperar al mago, pudo verlo en la forma en que frunció el seño, y de alguna manera podía sentir su ira en el aire. Tomó tanta fuerza como fue capaz y apuntó el látigo en forma certera, clavándose en su pómulo; y abriendo una grieta profunda en su bello rostro. Estaba empapada en sangre, en lágrimas, en su propio sudor; desnuda, indefensa y llorando. Pero más que nada, sufría; y era ese sufrimiento lo que inundaba su alma, lo que la llamaba más y más adentro en la oscuridad y la hacía perderse. Sólo quería salir de allí y escaparse a algún lugar muy lejano donde nadie la encontrara. Con un movimiento violento, la soltó; y cayó pesadamente al suelo. No pudo moverse, dolía demasiado.
-Tranquila, dama de Gondor –comenzó el mago, y se preguntó si sería alguna especie de broma macabra- No voy a matarte, sólo para que tu noviecito tenga algo para perder. Esto es porque intentó traicionarme, quiere atacar Isengard en lugar de obedecerme. Y cada vez que haga algo en mi contra, voy a azotarte –Nambelle llegó a ver que el mago sonreía-. No voy a ser tan suave como ahora –Y con esto se retiró, dejándola sola y presa del dolor más profundo. No pudo pensar más nada, se le nubló la vista, y sin siquiera poder moverse; finalmente perdió la conciencia.
Lejos de allí un elfo elevaba un lamento sin palabras bajo la luz de la luna. Desde lo alto de Gondor podía ver los valles y las montañas que por tantos siglos habían surcado juntos, y pensar que no volvería a verlo era un peso muy grande para su corazón. Mientras su padre había sido muchas veces frío e inaccesible, su hermano mayor había tenido siempre un consejo sincero, siempre un acompañamiento aunque sea en silencio. Lo había abrazado cuando se lastimaba siendo un niño, incontables años atrás, lo había visto enamorarse y luego lo había acompañado a él; explicándole cómo era el amor verdadero. Pero antes de eso, ya se lo había mostrado, ese afecto sincero e incondicional que le enseñaron el verdadero valor de la amistad y del amor.
Entre juegos y consejos, cuando era aún muy pequeño; no podía darse cuenta de la profundidad de su enseñanza. Estaba hondamente agradecido por eso, porque le hubiera enseñado todo; y hubiera querido poder decírselo. Sus ojos azules se llenaron de lágrimas, y supo que sólo podría honrar su recuerdo; en parte, ejerciendo bien su herencia. Unos pasos silenciosos interrumpieron sus reflexiones. Parte de sí esperó desesperadamente que fuera Anne, necesitaba que lo reconfortara; pero sabía que ella no estaba allí, sino en Bosque Negro.
-Legolas –comenzó el recién llegado-. Buenas noches.
-Danuin –se giró y lo saludó cortésmente con la cabeza.
-Primo necesito pedirte un favor –el príncipe puso los ojos en blanco, no estaba de humor para ayudar a nadie, en verdad no podía siquiera con su alma.
-Trataré, decime –el rey le sonrió.
-¿Podrías explicarme qué decidieron? –era un pedido extraño, pero en realidad Legolas ya había notado que Danuin no había escuchado ni una coma de la reunión que tuvieron intentando decidir el destino de los pueblos libres. Lo había notado porque no dijo una sola palabra, ni aportó nada con su estrategia. Más bien, sabía que alguna otra cosa ocupaba sus pensamientos.
-Para nada estuvimos dieciocho horas hablando –resopló, pero el rey de Rohan sólo pudo reír, estaba feliz. El otro no lo entendía, maldita sea; cómo puede reír así.
-Oh, lo siento –se encogió de hombros- pueden ser muy aburridos, un resumen por favor.
-Bueno –comenzó- por ahora en la alianza somos nosotros tres, como siempre. Mi padre aceptó, pero no por ayudar a Tulkandur, sino por vengarse de Saruman. Por el resto, se enviaron comitivas a todos los pueblos para informarles. En medio año exactamente una nueva reunión para decidir la alianza definitiva y hacer un plan de guerra. Creo que Rivendell va a unirse a nosotros, pero el resto es incierto.
-Aquí mismo en medio año –repitió susurrando y sonrió otra vez- Gracias.
-Pasas de chico callado a chico risueño en cinco minutos, sos la persona más voluble del universo –reprochó Legolas.
-Yo también estoy dolido, primo. Bueno, en realidad ya te dije: sos para mí un hermano. Pensás en Thalion, ¿verdad?
-Sí –susurró y se quedó en silencio.
-Me acuerdo de algo –comenzó Danuin- éramos unos púberes bastante temerarios, y nos fuimos al bosque porque queríamos ver cómo eran las arañas –sonrieron y cruzaron sus miradas.
-En realidad fuimos a ver quién podía matar más, siempre compitiendo.
-Ahora podemos comportarnos como adultos –Legolas puso los ojos en blanco- Bueno, sólo a veces –lo hizo reír por primera vez en mucho tiempo, y eso fue liberador.
-Pero nos jodimos solos, porque las arañas nos atraparon. Éramos un poco idiotas al pensar que podíamos matarlas en cinco minutos sólo con un palo –volvieron a reír.
-Cierto, pero por suerte él llegó a salvarnos. O intentar, porque disparó como veinte flechas y sólo cinco le dieron a las arañas –Legolas lanzó una carcajada.
-Ese fue el día en que decidió que iba a dedicarse a los consejos, se moría de hambre como arquero –Danuin asintió.
-Nadie te puede superar con eso ¿eh?
-Bueno, recuerdo que la última vez ganaste la competencia partiendo mi flecha al medio –frunció el seño entre avergonzado y divertido.
-Sólo fue suerte, todos saben que sos el mejor arquero.
-Gracias por tenerme fe, a veces fallo en eso. Ya me lo dijo Aragorn también.
-¿Y por eso la competencia? –Legolas asintió- ¿y ahora vamos a ver quien va a ser mejor rey? –volvieron a reír.
-Suena bien, pero no hace falta. Mejor podemos ser aliados y dominar el mundo –Danuin se ahogó con su propia carcajada.
-Dios mío, es la primera vez en dieciocho siglos que hacés un chiste, después el voluble soy yo –su interlocutor le dio un empujón en el hombro.
-Tarado –volvieron a reír- ¿En qué pensabas que no escuchabas el destino de la Tierra Media? ¿Vas a decirme qué bicho te pico ahora Dan?
-Podría, pero es un secreto. Por lo menos hasta que termine la guerra –se hizo el misterioso.
-Dale, ¿no confiás en mí? Mis labios están sellados –hizo un ademán como si se cerrara la boca con un cierre, y con una sonrisa lo animó a hablar. Danuin miró a su alrededor para cerciorarse de que estaban solos, aunque en realidad buscaba una excusa para zafarse. Sin embargo, necesitaba compartir con su querido hermano del corazón qué era aquello que lo hacía tan feliz. Se acercó y tomó aire, para hablar en un susurro; bajo la mirada expectante del príncipe.
-Voy a ser papá –sonrió, y Legolas le devolvió la sonrisa. Una sonrisa de corazón, de oreja a oreja, verdaderamente feliz.
-Wow. No sé qué decir, no esperaba eso –Danuin lo empujó como lo había hecho el otro cinco minutos antes.
-La gente suele decir cosas como felicitaciones, tarado –le devolvió el mismo insulto, pero en verdad estaban jugando.
-Claro que los felicito, realmente se merecen lo mejor –volvió a sonreír y sus ojos brillaron con una revelación- Entonces yo sería… una especie de tío, ¿no?
-Si querés seguir siendo mi hermano –Legolas asintió- Pero ojo que no se te escape. Sos el primero que lo sabe.
-Como dije, mis labios están sellados –le puso una mano en el hombro en señal de apoyo, pero de alguna manera se abrazaron fraternalmente. Tres veces un abrazo en tan poco tiempo, eso no era normal. Se habían abrazado más durante esta visita a la Tierra Media que en toda la vida.
-Gracias –Danuin volvió a reír- sólo espero que seas un tío bueno y no un tío psicópata, no te saques de quicio tan fácilmente –ambos soltaron nuevas carcajadas.
-Si te sale tan voluble como vos la vas a tener jodida –la expresión del rey cambió y abrió los ojos muy grandes, con pánico –No te asustes, es un chiste.
-¿Ahora hacés chistes? –remató divertido.
-Sí, estoy feliz, dejame hacerlos. ¿Son buenos? –Danuin pensó un momento.
-No del todo, seguí intentando –volvió a reír.
-¿Pensaron un nombre? –Legolas cambió de tema sin disimulo.
-No, ¿alguna idea?
-Tengo una, a Thalion le gustaba, y sería una pena que se desperdicie.
-No estoy seguro si sentirme halagado o sentir escalofríos –rió el rey de Rohan- a ver, ¿cuál?
-Mardion –susurró Legolas.
-Hogar –repitió Danuin- suena bien. Suponiendo que es un niño –el príncipe se encogió de hombros.
-No sé, me da esa impresión –no dejaba de sonreír.
-Te creo, confío en tu instinto. Tenés que creer un poco más en vos mismo.
-Al principio de esta historia vos eras el más inseguro –remarcó Legolas.
-Lo sé, supongo que Mardion puede darme fuerza –se mordió el labio.
-Pero no te olvides que fue mi idea –lo volvió a empujar por el hombro- Tarado.
Mithduil, Danuin y Legolas compartían una mesa en un desierto salón común. Estaban en general de buen humor, cantando canciones del mundo de los hombres. Legolas tomó la jarra de vino y la vertió generosamente en las copas.
-No –dijo la rubiecita-. Como quisiera embriagarme, las charlas de borrachos no tienen tanta gracia cuando una no puede tomar –los otros dos estallaron en carcajadas.
-Mi sola sensualidad es embriagadora –dijo Danuin con expresión provocadora, y su prometida rió.
-Que bobo, ¿yo también soy así? Hay que dejar esto –empujó la jarra de vino hacia afuera. Pensó que era algo increíble que hacía tan poco eran miserables, y ahora estaban riendo a carcajadas los tres. Sólo les faltaba Anne para completar el cuarteto, extrañaba a su amiga y Legolas sin duda necesitaba a su chica. Pensó fugazmente que la istari había apoyado la idea de deshacerse del inconveniente, ¿cómo pudo pensar eso? Sin embargo, había sido idea suya en primer lugar, y se avergonzó incluso de haberlo considerado. Adlanna tenía razón, ¿cómo pudo ser tan ciega? No se preocupó demasiado, la risa de los elfos era más que contagiosa.
Sin embargo la relajación les duró poco, hasta que Tulkandur atravesó la puerta del salón, encadenado por los tobillos y las muñecas; escoltado por dos guardias, con la cabeza gacha. Se sentó en la mesa, frente a los tres, que se desconcertaron. Legolas y Danuin volvieron a reír, perdidos de borrachos, y sólo Mithduil pudo vislumbrar la gravedad del asunto que lo traería hasta allí.
-Quisiera hablar a solas con los reyes de Rohan, si no es molestia –comenzó.
-No, no me voy –remató Legolas, y Tulkandur subió una ceja, perturbado.
-Hablá conmigo por favor –comenzó la reina- ¿qué te trae por aquí? –se le quebró la voz e hizo lo posible por continuar.
-Necesito ayuda para salvar a mi amada. Vengo humildemente a suplicar, hagan conmigo lo que quieran; pero por favor, sálvenla.
-¿Por qué nosotros? –siguió Mithduil, mientras los otros dos no dejaban de reír. El jinete oscuro estaba visiblemente incómodo, y ella los hizo callar con un gesto. Danuin puso mala cara, se sintió desautorizado.
-Nambelle es tu amiga –comenzó en un susurro- si alguna vez sentiste afecto hacia ella, ayudala, por favor –tembló.
-Pero me traicionó, me entregó a Saruman, ¿cómo podría olvidarlo?
-Yo la obligué –siguió Tulkandur- Perdón, sólo ayudala.
-No la obligaste, yo lo sé. Pude verlo en sus ojos –hizo una pausa- Se enamoró.
-Lo sé, lo sé –una lágrima cayó solitaria por su pómulo, ante la mirada incrédula de dos elfos borrachos, así de absurdo era- Ayudá a un hombre enamorado. Me tiene suplicando, majestad. –Le tembló la voz hasta que se dispuso a responder, pero Danuin lo interrumpió.
-¡Dejala en paz! ¡Ya condenaste a tu mujer, no jodas a la mía! –el fuego de la ira desbordaba sus ojos, y todos se quedaron callados; no esperaban esa reacción cuando cinco minutos antes estaba riendo. Precioso niño borracho, y además voluble, pensó Mithduil.
-Av-'osto, hîr vuin (= No tengas miedo, amado señor) –le contestó en élfico para no desautorizarlo aún más, pero lo cierto es que Tulkandur era el único que no hablaba sindarin, y sentía que los estaban cargando. Él abría su corazón, y los elfos parecían despreciarlo. Torció la nariz, pero se contuvo; mientras la reina de Rohan tomaba las manos del rey entre las suyas y su primo observaba sin saber muy bien que decir.
-¿Prestad? (= ¿Algún problemas?) –Legolas parecía más perdido incluso que Danuin, y Mithduil intentó disimular su sonrisa. El jinete oscuro no dejaba de mirar sorprendido.
-Ollo vae… (= Dulces sueños) –Dijo sonriendo y fue más bien una orden muy educada que un deseo- Losto vae (= Duerman bien).
-Galu, hiril vuin (= Adiós, amada señora) –se levantó un poco tambaleante y se dispuso a salir, pero se giró a volver a hablarle- Gi melin (= Te amo)
-Gi melin, Danuin –sonrió y le dedicó una mirada dulce. Legolas lo siguió, estaba aún más tambaleante; y miró fijamente al extraño.
- Pe-channas! (= ¡Idiota!) –todos los elfos estallaron en carcajadas, y Tulkandur percibió que lo estaba insultando. Mithduil le clavó una mirada severa.
-Perdonalos, han bebido demasiado.
-¿Y vos no? –Inquirió- ¿Sos abstemia? –Mithduil le lanzó una mirada asesina.
-No te incumbe, no juegues conmigo. ¿O te olvidás que yo comandaba el dragón que te venció? –Tulkandur asintió
-No todos los días uno conoce a alguien que puede controlar un dragón, es increíble.
-Nadie puede controlarlo en realidad, no es una mascota como los wargos; sino que hay que pedírselo, y acepta si le conviene.
-¿Por qué le convenía atacarme a ese dragón particular?
-Como dije, no es de tu incumbencia. Ahora, ¿para que viniste? –sentenció fríamente.
-A suplicar ayuda para Nambelle –Mithduil cerró los ojos un momento y reflexionó profundamente. Pensó en su amiga, tuvo el presentimiento de que estaba sufriendo y que no merecía ese tipo de trato por parte del mago ni de nadie. Después tendrían tiempo de discutir y arreglar sus diferencias. La hirió saberla herida y que ella, pudiendo hacer algo, iba a soltarle la mano. Quizá sólo estaba algo sensible, sería mejor consultar con Danuin cuando no esté tan ebrio. No olvidaba sus años de montaraz, y sabía que echarse atrás era de cobardes. Buscaría la forma de ayudarla, pero sin ser obvia; no estaba seguro de que fuera políticamente conveniente. Abrió los ojos, ahora verdes brillante; y Tulkandur se deslumbró por ese cambio.
-Te contestaré antes de irme a casa –asintió.
-Sí majestad, gracias –sonrió, esa fórmula le sonaba tan rara aun.
Danuin sintió un peso sobre el colchón e instantáneamente abrió los ojos. No había dormido un solo segundo, sino que estaba mareado y se le partía la cabeza. Quizá esta vez sí se hubiera excedido con el vino, la acidez le doblaba el estómago. Mithduil le sonrió y acarició su pómulo con dulzura.
-¿No podías dormir? –susurró, sabía que en ese estado los ruidos fuertes eran más que molestos, hasta dolorosos.
-No, sabiendo que estabas sola con ese loco –resopló.
-Tranquilo terquito, puedo cuidarme sola –el rey hizo un pucherito y se aferró a ella tironeando de su ropa, como un niño.
-Me duele la panza –ella sólo pudo reír, pensó que si el enemigo veía a los reyes de Rohan comportándose de esa manera infantil, su gobierno perdería toda autoridad. Se acostó a su lado y lo acarició en el estómago, al tiempo que le plantaba un beso en los labios.
-¿Quisieras un té o algo? –él negó con la cabeza y la acarició también.
-Gracias –hizo una pausa- Estaba pensando en algo.
-Dicen que las mejores ideas con la última copa de la noche son las peores con el primer té del desayuno –rió Mithduil.
-Es que no estoy seguro de querer ir a la guerra –subió una ceja desconcertada, sabía que nada lo divertía más que la guerra y jugar con sus soldaditos de plomo.
-¿Por qué? –se intrigó, y él cerró los ojos. Se le partía la cabeza, podía verse.
-Mithduil –susurró- Mardion –sorbió con la nariz y se quedó callado.
-¿Mardion? Vamos, no te duermas ahora, explicame. –apretó sus párpados y con un gesto le indicó que bajara la voz.
-Todos los que aceptemos ser aliados tenemos que reunirnos aquí en medio año exactamente.
-Seis meses –pensó en voz alta, y él la apretó más contra sí, acariciando su vientre.
-¿Entendés por qué no quiero? –sorbió otra vez.
-Sí, pero ya aceptamos ser aliados –Danuin hizo en gesto con la mano para quitarle importancia.
-Lo mando a Erkenbrand –se acurrucó entre las sábanas y se tapó los ojos, ya no quería hablar más.
-Mardion –repitió en un susurro- ¿cómo se te ocurrió? ¿No pensabas consultarme? –lo dijo más risueña que reprochando.
-Se le ocurrió a Legolas, ¿te gusta? –se destapó para responderla mirándola a los ojos y luego volvió a envolverse entre las sábanas.
-Sí, suena bien. Así que le contaste. –asintió y se acomodaron abrazados, él con su pecho pegado a la espalda de ella, respirándole pesadamente en su cuello. Hubiera deseado no tener ese olfato agudo, el olor a alcohol de su respiración era palpable.
-Gi melin, hiril vuin (= Te amo, mi señora) –sonrió pegado a su cuello, y pudo percibir esa sonrisa aunque no estuviera viéndolo- Gi melin, henig (= Te amo, ni niño) –Mithduil apretó sus manos, entrelazando sus dedos entre los de su amado.
-Gi melin, hîr vuin (= Te amo, mi señor) –sonrieron juntos.
-Amor –susurró Danuin.
-¿Qué? Dormite de una vez –rió.
-Cuando termine la guerra, casate conmigo –lanzó una carcajada.
-Te lo voy a recordar cuando estés sobrio, ahora dormite –la apretó suavemente contra él.
-Dale, ¿sí o no? –acarició sus manos.
-Sí amor. Ahora dormí –sonrió y la besó suavemente en el cuello, y pocos segundos después ya estaba roncando.
Hello! Siguen ahi? Mm extraño las reviews u.u No importa, muchas veces escribo para mí. Anyway, espero que les haya gustado este cap, gracias por leer; como siempre. Subiere más en breve, love u all! :D
