Buen día! Volví a escribir un poco más rápido ja. Estaba un poco carente de inspiración, pero ahora ya sé como sigue la historia. Espero que les guste este también, en la guerra no pasa demasiado; pero en los corazones pasa mucho más. Gracias por seguir leyendo, son increíbles. Hasta pronto, besos!
Capítulo 19: Respiro en paz
-Vamos a Rohan –unos ojos azules se abrieron doloridos, entre paredes de piedra. Hacía una semana que no comía demasiado bien, estaba confundido. La visión de la reina elfa era demasiado para él, quisiera adorarla, agradecerle y venerarla; lo estaba sacando de la horrible prisión de Minas Tirith. Sólo se incorporó con dificultad e inclinó la cabeza en señal de aceptación. Tulkandur no lo sabía, pero cada vez que inclinaba la cabeza y seguía las órdenes de los reyes de Rohan, Gondor, o cualquier otro; Nambelle recibiría un latigazo.
-Sí, majestad –la siguió por los intrincados pasillos, donde en las puertas del castillo los esperaban las monturas. Federico, el wargo; y los caballos. La bestia era un poco intimidante, pero parecía dócil e intentó contener su miedo. Danuin, Legolas, Thranduil y Aragorn esperaban a los dos que llegaban. Fue una despedida corta y cálida de parte del rey de Gondor y la realeza de Bosque Negro.
-Nos vemos pronto hermano –gritó Danuin a su primo mientras se alejaban para su propio reino.
-Pensé que venía con nosotros –Mithduil hizo un pucherito- lástima, voy a extrañar al principito psicópata –ambos rieron.
-Vendrá en unos días, primero tiene que ir a su casa a poner las cosas en orden, y buscar a Anne.
-¿También viene? –Sonrió- Maravilloso, me encanta la idea de pasar algún tiempo juntos los cuatro. ¿Y Ranuin?
-En Edoras, le pedí que se ocupara mientras no estábamos. Estaba complacido –ella frunció el seño.
-¿No pensabas decirme Dan? Yo le había pedido que se quedara con Anne en Mirkwood.
-Lo sé, lo sé –la calmó con un ademán de sus manos, ante la mirada atenta de Tulkandur, que sólo pensaba en su amada mientras dejaba que el viento juegue con su cabello negro- Pero Ranuin siempre quiso esto, y yo necesitaba su ayuda en Rohan. Igual que las chicas están bien. –Mithduil asintió.
-Si no fuéramos con este –señalo a Tulkandur, quien le lanzó una mirada con descarado desdén- llegaríamos más rápido.
-Vos quisiste que viniera, ¿por qué? –la elfa lanzó una carcajada.
-Ahora yo también voy a hacerme la misteriosa, ya vas a ver.
-Sos muy rebelde, mi señora –sonrió- una de las cosas que me encantan de vos. Me quedo con la intriga. –ella cambió de tema sin descaro.
-¿Deberíamos atarlo por la noche? –el jinete oscuro se sintió perdido en la oscuridad, le molestaba que se rieran de él como si no estuviera allí. Sabía sobradamente que eran muy sabios y la tenían muy clara, pero era exasperante. Mithduil se dirigió a él sonriendo, como si hubiera leído sus pensamientos-. Tranquilo, así somos siempre.
-Sino preguntale a Elrohir, todavía está rabiando desde que nos fuimos de las Montañas Nubladas –remató el rey, y se ahogaron en una carcajada.
-Mis señores, si me permiten preguntar; ¿no es políticamente arriesgado burlarse del hijo de Lord Elrond?
-No hay cuidado –siguió Mithduil-. Hace muchos años que nos conocemos, sabe que estamos jugando. Además es el mejor amigo de Ranuin.
-¿Quién es? –preguntó Tulkandur.
-Mi hermano –respondió Danuin- Lo vas a conocer pronto. Los amargos se juntan, pero ahora son un poco más alegres –le lanzó a su prometida una mirada cómplice- Y se va a alegrar más –y ella asintió divertida.
-¿Eso qué mierda quiere decir? –subió el tono y Mithduil cruzó el wargo y le interrumpió el camino.
-Quiere decir que te dimos demasiada confianza, comportate bien si no querés ser la próxima cena de Federico. –Se sintió empequeñecer, se le había ido la lengua. Es decir, podían ser muy jodidos; pero eran los reyes. Y ella era la que tenía el wargo y estaba en buenos tratos con el dragón. Quizá sólo debería obedecer. Agachó la cabeza con respeto.
-Disculpen el atrevimiento –en ese momento, Nambelle lloraba de dolor mientras sangraba inconteniblemente. La ironía del destino quiso que todo lo que intentaba hacer para salvarla provocara la ira de Saruman, y le dejara cortes profundos en su cuerpo y en su alma. Si acaso supiera, el mago reía con la cruel ironía del destino de los dos jinetes -¿Falta mucho?
-Es cerca. Sólo bordear esas montañas que se ven ahí en el horizonte –el hombre intentó agudizar su vista, pero no pudo ver tan lejos como los elfos.
-Dan, cerca y lejos, mucho y poco tiempo; es distinto para los hombres –lanzó una carcajada que exasperó al jinete oscuro, pero se mordió la lengua.
-¿De cuánto hablamos exactamente? –subió una ceja.
-Con Federico corriendo yo puedo llegar en tres días –sonrió- pero no es el caso. Siete, ocho días; diría yo –Tulkandur resopló, no quería aguantar ni un minuto más. Cada vez los reyes de Rohan le parecían más insoportables, pero no tenía opción alguna.
La muchacha de cabello castaño y ojos azules estaba en la cima de la cascada de siempre. Suspiró, esto de la guerra no le causaba gracia; y menos aún que nadie le dijera nada. No era una damita boba de la clase de costura, estaba un poco harta de que los guerreros la dejaran afuera de sus planes. Había cuidado de Adlanna, pero no había caso; temía realmente que muriera de pena. Lo extrañaba y necesitaba a su lado, le molestaba que en su afán de protegerla; la dejara sola en una jaula de cristal. Podría haber sido como su amiga, domadora de dragones o algo así; luchando codo a codo con su rey y con sus amigos. A quién engañaba, ella no tenía esas habilidades, y quizá sí fuera una damita boba. Unos pasos detrás de sí interrumpieron sus pensamientos.
Se volteó y allí pudo ver a su príncipe, con una sonrisa de oreja a oreja y esperándola con los brazos abiertos. Se lanzó sobre él, lo hizo trastabillar pero se las arregló para no caer al suelo. Se besaron con desesperación, abrazándose y fundiéndose uno contra otro, clavándose la mirada intensamente.
-Ay… -comenzó ella mientras se le llenaban los ojos de lágrimas- Te extrañaba.
-Y yo a vos, preciosa –sonrieron juntos.
-Legolas –susurró, y él la apretó contra su pecho, para no dejarla ir nunca más.
-Ya no quiero que estemos tanto tiempo separados –Anne sonrió.
-Justo eso estaba pensando.
-¿Vendrías conmigo a Rohan? Por ahora, hasta el próximo concilio; son seis meses –se preguntó que querría decir eso, estaba molesta porque nadie le contaba nada.
-¿Por qué no podemos quedarnos aquí?
-Es demasiado amargo recordar a mi hermano y ver a mi padre desolado. El Bosque Negro es una vida que termina. Quiero estar con una vida que comienza –la muchacha se desconcertó.
-Enigmático como siempre, elfo psicópata –sonrió divertida- ¿vas a explicarme?
-Claro, ¿vas a venir conmigo? –sonrió el príncipe, y Anne asintió. La tomó de la mano, entrelazando sus dedos, y guiándola a la aventura que iban a vivir juntos; mientras le contaba las novedades. Sin embargo, pronto el temple del elfo rubio se fue por tierra, y acabaron revolcados entre sábanas y caricias; saciando un antiguo anhelo.
Mithduil acompañó a Tulkandur a su celda en la ciudad de Edoras, mucho más lujosa que la horrenda caverna tallada en roca que ocupaba en Minas Tirith. También le prometió que comería muy bien, pero bajo ninguna circunstancia saldría de la celda. Pensó que aún no le tenía confianza, pero al menos ya no era un prisionero maltratado, sino un prisionero mimado. Por otro lado, estaba bien estar protegido donde Saruman no podría entrar, esperanzadamente.
-Ahora hay que esperar, jinete oscuro. Este es un adiós, nos veremos en seis meses –le sonrió, mientras el otro abría los ojos azules muy grandes.
-¿Seis meses? –frunció el seño- Para dentro de medio año Nambelle podría estar muerta.
-No hay cuidado, Saruman no va a matarla, te lo aseguro –hizo ademán de retirarse, pero el hombre no pudo dejar de hablarle.
-No entiendo, siempre tanto misterio los elfos –Mithduil puso mala cara y contestó con cierta brusquedad.
-¿Sabés que pasa? Si la mata, ¿con qué va a extorsionarte? –hizo una pequeña pausa y tomó aire- Cuando sepamos las decisiones tomadas en el concilio, voy a saber cómo ayudarte –Tulkandur se sorprendió visiblemente.
-¿Vas a hacerlo?
-Sí, y tengo una especie de plan; pero hay que ver lo que deciden los demás. Pero hay una advertencia –se acercó despacio, en plan amenazante y le habló en un susurro al oído- Si le decís algo a alguien, voy a matarte y asegurarme de que no sea divertido, ¿entendido? –El jinete bajó la cabeza y asintió, al tiempo en que Nambelle se cortaba con un nuevo latigazo. Mithduil se retiró de la bonita celda, sabiendo que en medio año no volverían a verse. Subió las escaleras hasta el salón común del palacio de Meduseld, donde su prometido saludaba a los recién llegados.
-¡Buenas tardes muchachos! –saludó animadamente, mientras Anne se abalanzaba sobre su amiga, hacía tanto que no se veían. Luego de un abrazo y los típicos intercambios sobre cómo habían estado, pasaron a la comida. Un banquete impresionante, digno de los reyes y sus mejores amigos. Ranuin completaba el cuadro, riendo y contando las anécdotas sobre el manejo de la ciudadela en ausencia de la realeza. Todos estaban segurísimos de que estaba exagerando, pero lo dejaron hacer. Lo cierto es que a todos los elfos les encanta contar historias, y acabaron contándolas hasta la madrugada. Sabían que les esperaban unos meses de paz, mientras la guerra estaba parada hasta las decisiones del concilio. Danuin sabía sobradamente que no debía confiarse, sino reforzar la seguridad más que nunca en caso de un ataque sorpresivo. Pero en general, estaba relajado y de buen humor.
Los días que siguieron los recordarían como los mejores de su vida. Mientras Mardion crecía, el amor entre sus padres se hacía más fuerte aún. Por otro lado, las peripecias del gobierno comenzaron a hacerse más fáciles, mientras aprendían sobre la marcha. Eran ellos como pareja, como amigos o hermanos, como grupo, y como individuos. Todos juntos crecieron y aprendieron uno de otro en modo exponencial, acostumbrándose a la nueva vida de poder y gobierno. Mithduil comenzó a notar pasados unos meses que Anne estaba algo nerviosa, y decidió hacer algo para animarla. La invitó a reunirse muy temprano, antes del amanecer en los establos. Dudó, pero finalmente accedió. Apareció con bolsas bajo sus ojos, y una sombra en ellos.
-Buen día Anne –sonrió la elfa.
-Yo creo que todavía corresponde decir "buenas noches" –esbozó una sonrisa, pero no del todo- ¿vamos a cabalgar?
-No exactamente, sino que vamos a montar un wargo –la maga se sorprendió.
-¿Y es seguro? ¿Podés montar con ese peso extra que llevás? –Mithduil lanzó una carcajada.
-El estar embarazada no me convierte en inútil, vamos.
-Oh lo siento –se sonrojó- Realmente te ves radiante y feliz.
-Gracias, pero vos te vez algo… sombría –frunció el seño- no encuentro una palabra mejor. –Anne bajó la mirada, oscura. Subieron al lomo del wargo, con algo de desconfianza, pero enseguida se acostumbró. Federico caminaba despacio, hasta que salieron a las afueras de Edoras.
-¿Dónde vamos? –inquirió la invitada.
-A perseguir el amanecer –Mithduil sonrió, y Anne logró sonreír con ella. Comandaba el wargo con habilidad y sin ninguna duda. Se dirigió a las montañas cercanas a la ciudad y dirigió la bestia cuesta arriba, cada vez a mayor velocidad. El viento en sus rostros era refrescante, y despeinaba sus cabellos; negro y dorado entrelazados. Anne sintió la energía y la adrenalina que la bestia emanaba en su veloz carrera bajo el manto de las estrellas, y eso era reconfortante para su alma turbada. Cuanto más subían, comenzaron a vislumbrar un brillo que se veía desde lo alto de la montaña, el sol que comenzaba a asomar. La elfa cambió la dirección, y comenzó a dirigir a la bestia en diagonal hacia arriba; mientras el sol se colaba entre las rocas.
Llegaron al límite de luz que separaba el día de la noche, era una visión increíble que esa línea se moviera a la par de la montura con las dos amigas. Parecía incluso que las patas del wargo empujaban el sol, que quisiera atravesar la cadena montañosa. Las estrellas comenzaban a desaparecer, mientras el firmamento atravesaba una transición entre azul y celeste, y luego naranja. La morocha se dejó llenar por ese inmenso regalo y no pudo evitar sonreír, era una experiencia maravillosa. La elfa comandó a Federico haciendo algunas curvas hasta llegar a la cima de una de las montañas. Anne derramó una lágrima por lo bello de esa visión, una enorme bola de fuego parecía rozar el horizonte, iluminando los valles y montañas del reino de Rohan en todo su esplendor.
Sonrieron juntas mientras bajaban de la montura, y Mithduil con un gesto la invitó a sentarse en el suelo, entre la hierba, observando el espectáculo que la naturaleza les regalaba. Abrió un morral que Anne no había notado antes, y le ofreció un brownie, una receta del Mundo de los Hombres. Ahora la muchacha no dejaba de sonreír, realmente había funcionado el intento de animarla.
-Todo esto es bellísimo, gracias amiga –sonrió Anne.
-No es nada, sólo quería que te sintieras mejor –respondió Mithduil, y su compañera asintió.
-Realmente lo has logrado, te lo agradezco –la elfa le colocó una mano en el hombro en señal de apoyo y acompañamiento.
-¿Vas a decirme que te pasa? –bajó la mirada.
-Estuve pensando en algo… hace meses te dije que deberías deshacerte del inconveniente. Y verlos tan felices me hace darme cuenta de lo equivocada que estaba, lo siento –con un ademán le colocó su mano sobre el vientre por unos segundos, pero la elfa sólo pudo sonreír.
-No hay cuidado, no olvido que fui yo la de la idea.
-Ahora entiendo porque no pudiste hacerlo –un destello de suspicacia pasó por sus ojos celestes y comenzó a imaginar por donde venía el problema.
-¿Por qué Anne? –tomó aire profundamente antes de responder.
-Porque yo tampoco puedo hacerlo. –Mithduil sonrió con toda la fuerza de su corazón, feliz por sus amigos.
-No tendrías por qué hacerlo, créeme. Estoy segura que Legolas estará tan feliz como Danuin.
-No lo sé –siguió- ¿y qué tal si me abandona? –la rubia resopló.
-¿De veras crees que sería capaz de algo así? Yo también tuve miedo, pero tenés que comprender que los elfos son muy distintos a cómo es el mundo de los hombres. Ningún elfo jamás en toda Arda abandonaría a un hijo. Y a eso le pongo la firma –Anne esbozó una pequeña sonrisa.
-¿Tu crees?
-Sí, me lo puedo imaginar. Quisiera que nuestra amistad se transmita a nuestros hijos, sería maravilloso –esta vez fue la morocha quien iluminó sus ojos y sonrió.
-Tienes razón –Mithduil realizó el mismo gesto en ella, quien cerró los ojos por un momento- Gracias.
-No hay porqué amiga –sonrió.
-De verdad, necesitaba este apoyo –la elfa se deleitó con la idea de que su hijo creciera al lado del hijo de Legolas y Anne. Una idea increíble, aunque comprendía el porqué de sus miedos. Al menos ahora podían aprender juntas, y eso las reconfortaba. Con una mirada supieron que su amistad era verdadera y para siempre.
Danuin gruñó en su cama aunque ya era media mañana. Se había despertado muy temprano para impartir las órdenes para los caballeros que partían para el concilio en Gondor. Decidió enviar a Erkenbrand, señor del folde oeste; antes siervo de Eomer y ahora fiel al nuevo rey. Ahora sólo le quedaba esperar, pero la guerra no le quitaba el sueño; sino observar como embobado a su amada durmiendo tranquila a su lado. La envolvió entre sus brazos y ella gruñó un poco, mientras el rey sólo pudo reír. Entonces trazó una línea imaginaria de pequeños besos entre su ombligo y su cintura, despertándola de una vez.
-Buen día, preciosa –abrió los ojos despacio y volvió a cerrarlos enseguida.
-Mmm –sonrió sin abrir los ojos- cinco minutos más –volvió a besar la misma línea muy despacio, sintiendo el aroma de su piel. Sus ojos se iluminaron y sonrió de oreja a oreja.
-Mardion ya está despierto –apoyó una de sus manos y sintió los empujoncitos que su hijo le daba desde adentro.
-Parece que está bailando eh –Mithduil volvió a reír sin abrir los ojos, mientras le dedicaba al elfo una caricia en su cabello.
-Vamos, arriba –volvió a insistir y tiró suavemente de su muñeca.
-Uno me empuja de adentro y otro de afuera –Danuin no pudo evitar una carcajada- están en un complot para que no duerma. –Abrió los ojos y se sentó en la cama mientras estiraba sus músculos- Ey Dan estaba pensando que el que inventó las camas es un genio –volvió a reír.
-Yo estaba pensando en el que inventó los desayunos, tengo hambre –rió, y se acercó a abrazarla, descansando su cabeza en el hombro de su amada.
-Yo también –volvió a dirigirse al pequeño- Ya te vas a calmar, que quiero meter algo de comida ahí adentro –no dejaban de reír- Pero antes, tengo que decirte una cosa.
-¿Qué pidamos el desayuno a la habitación? –le lanzó una mirada suspicaz.
-No, pero es buena idea –sonrió- ¿Has hablado con Legolas últimamente?
-Sí, aunque está un poco distraído. De hecho tenía pensado hablar con él cuando termináramos con los recados que llevó Erkenbrand y toda esa comitiva.
-Anne también, y me contó, ¿querés saber o guardo el secreto? –el elfo meditó un momento.
-No deberías, pero me da mucha intriga –sonrió- podemos decir que se te escapó.
-Pero él no dijo nada cuando le pediste que no diga nada.
-Pero sí se lo dijo a su prometida, ¿o no? –asintió- Entonces es igual, decime. ¿Es lo que me imagino? –Mithduil sonrió enormemente.
-Vas a ser tío Dan –también sonrió, de oreja a oreja.
-Genial –se quedó un momento mirándola hasta que reaccionó- ¿vamos a comer algo? –salieron rápidamente, mientras ya nada podía arruinar su buen humor.
