Capítulo 20: Plan de acción
Había sido un día aburrido para los reyes de Rohan. Luego de que Erkenbrand volviera del concilio los citó a una reunión en el despacho de Danuin, donde reveló que Aragorn le había dado convenientemente una lista de las resoluciones. Era una lista interminable, en un pergamino que al abrirse llegaba a medir muchos metros. El mariscal las leyó una a una en voz uniforme, y después de medio día de escucharlo, Mithduil se preguntaba cuanto más debía soportar ese suplicio. Pero la otra opción era irse a la cama y todos entenderían que por su condición ya no podía ocuparse de las tareas del gobierno. Entonces la verían como una damita boba de la clase de costura, y verdaderamente le huía a eso, así que esperó. Su cabeza comenzó a divagar por lugares muy lejanos al concilio de Gondor, pensaba en Mardion y en lo cerca que estaba ya; y pensó fugazmente que allí no existía la anestesia que podrían haber tenido en el Mundo de los Hombres. Se molestó un momento, pero concluyó que no habría problema, era una guerrera muy fuerte.
Miró de reojo al rey y percibió que estaba tan distraído como ella. No se puede esperar que se preste toda la atención a una lección que dura más de doce horas con la misma voz uniforme sin pausa alguna, ni siquiera para un elfo. El mariscal estaba tan agotado como ellos, pero no lo dejó notar. Supuso que así era él, intentaba mostrar que cumpliría con sus tareas a cualquier precio. Hombres, se quieren mostrar incorruptibles; pero cuando llega la hora la carne es débil, tan volubles como Nambelle aquel día que le puso nombre al caballo que le había robado a Thranduil. Nambelle. Su pensamiento se detuvo, ¿estaría viva? Tenía un plan desde hacía medio año, pero ahora iba a mejorarlo un poco, debían actuar ahora. Por lo que había sacado en limpio de las conclusiones que les escribió el rey de Gondor, la batalla final de todos los pueblos de la alianza no sería sino hasta dentro de siete años. Siete años no es nada para un elfo, así que no se molesto. En cambio Erkenbrand parecía bastante decepcionado. Y para la morocha, siete años era una gran diferencia entre su vida y su muerte. Se encogió de hombros mentalmente y lo dejó terminar, mientras imaginaba formas violentas de taparle la boca. Sonrió apenas ante esa idea, y debió contener la risa.
Pensó también en Anne y Legolas, el cambio comenzaba a notarse físicamente; y no podrían estar más felices. Estaba complacida con el hecho de que su pequeño Mardion creciera al lado de un primo de la misma edad. Quizá serían como hermanos, al igual que Danuin y Legolas. Se preguntaba hasta cuando se quedarían en Rohan, era cierto que la pasaban muy bien los cuatro, o los seis; pero el caso era que la ciudadela de Edoras no era su hogar. ¿Qué pensaría Thranduil? Seguramente estaba complacido, o quizá no. No podía olvidar así como así la muerte de Thalion y el hecho de que Anne no era una elfa, pero le tenía sin cuidado. El pequeño Aradan sería feliz con tantas personas que lo amaran y cuidaran alrededor. De veras habían elegido un nombre precioso, y volvió a sonreír. El mariscal le clavó una mirada severa como diciéndole que preste atención, y arqueó las cejas en señal de disculpa.
Pero cuatro horas después, el divague se había convertido en violencia. Estaba harta y cabreadísima, y sólo quedaba un metro más de pergamino por leer. Contó hasta los segundos, y cada vez que el fuego de la ira inundaba sus ojos, Danuin estaba allí dedicándole una caricia bajo la mesa para calmarla. Sólo respiró aliviada cuando terminó, y sin siquiera despedirse, salió a su habitación dejando solo al rey con el mariscal. Se ubicó debajo de la ducha y dejó que ese líquido cálido la llenara y se llevara todo el hartazgo y agotamiento que le había generado. Se quedó muy quieta, con los pensamientos en blanco, sólo sintiendo. Sintió a Mardion moverse dentro suyo y fue una sensación maravillosa. Llevó sus manos a la línea bajo su ombligo, al tiempo en que se cruzaba con otras manos cálidas y fuertes y una respiración pesada en su nuca. La envolvió con fuerza, bajo ese chorro cálido; y le dedicó una línea de besos desde detrás de su oreja, avanzando hasta la caída de su hombro.
-Buenas noches mi rey –sonrió.
-Buenas noches mis amores, ¿inquietos los dos? –susurró.
-Me imaginaba formas creativas de cortarle la cabeza a Erkenbrand, desde usar una cuchara, hasta un tanque de guerra –Danuin rió.
-Es un buen hombre, pero se pone pesado –le dio otro beso en el cuello, y Mithduil se giró sobre sus tobillos para quedar frente a frente- Ya falta poco, ¿no?
-Sí –tragó saliva- sabés, le corte la cabeza a un dragón; pero nunca había tenido tanto miedo como ahora.
-Entiendo, me pasa igual. Pero estoy seguro que vamos a hacerlo bien –entrelazó sus dedos con los de su amada, al tiempo que le regalaba un beso suave en los labios.
-En fin, tengo que pedirte un favor.
-Lo que sea, mi amor –respondió el rey sonriendo.
-Andá a hablar con Tulkandur. No quisiera que me vea así, cuanto menos sepa; mejor. Te voy a explicar el plan, y transmitíselo tal cual, por favor no confundas ni una palabra, es importantísimo –Danuin apretó más sus manos y sonrió.
-Dale, no soy tonto, no te preocupes. Contame –la animó con una sonrisa, allí mismo, bajo la ducha. Intentó ser breve para no repetir el suplicio por el que acababan de pasar, y quince minutos después el rey estaba listo para ir a ver al jinete oscuro.
La puerta de la lujosa celda hizo un ruido ensordecedor cuando se abrió por primera vez en medio año, sobresaltando al hombre que vivía allí. Tulkandur quedó frente a frente con Danuin y recordó aquella vez en batalla donde frente a frente se habían insultado y atacado. Ahora ambos estaban desarmados, clavándose los ojos azules. Sin embargo la tensa calma sólo duró un segundo, el hombre inclinó la cabeza frente al rey de Rohan, sin saber que eso le provocaba un nuevo azote a su amada; el primero en medio año.
-Buenas noches –comenzó Danuin- Mithduil me mandó a explicarte el plan para salvar a Nambelle. –Tulkandur abrió muy grandes los ojos y sintió que se le caía la mandíbula, no esperaba eso. Tanto tiempo de espera finalmente tendría sus frutos.
-Lo escucho majestad –respondió educadamente sin demostrar el entusiasmo que inundaba cada una de sus terminaciones nerviosas.
-El concilio de Gondor ha decidido que la batalla final, donde todos los pueblos libres se unan, será dentro de siete años.
-¡Siete años! –se molestó, pero el rey lo hizo callar con un ademán.
-Como no podés esperar tanto, vas a tener que actuar solo –el jinete se exasperó, ¿acaso le estaba jugando una broma cruel? Ya había visto lo jodidos que podían ser los reyes, y no estaba nada complacido con cómo seguía la conversación. Entonces le gritó.
-¿Cómo mierda esperan que un hombre solo se meta en Isengard, se lleve a la muchacha y salga como si nada? Hay orcos, uruks, trampas… -Danuin se deleitó dándole un buen golpe en la nariz, que de milagro no le rompió nada.
-Vas a hablarme bien, ¿sí? Mi mujer te está haciendo un favor enorme a cambio de nada, así que al menos comportate –Tulkandur agachó la cabeza en obediencia- No vas a ir solo, podés llevar al dragón que te venció.
-¿Qué? Pero señor, yo no sé nada de comandar bestias –Danuin se agarró la cabeza y sintió ganas de golpearlo otra vez, pero en lugar de eso respiró profundamente y me clavó una mirada asesina.
-Dejá de interrumpirme. El dragón se llama Juan Pedro, Mithduil está en buenos términos con él desde hace como 400 años. El tema con los dragones es su enorme poder, nadie puede controlarlos. Se hacen favores, favor con favor se paga.
-Juan Pedro –susurró el jinete por lo bajo- Es extraño.
-Es su costumbre ponerle a las bestias nombres del Mundo de los Hombres, así es más fácil –se encogió de hombros- un truquito que muchos saben, pero pocos dominan como ella.
-¿Cuál? –inquirió Tulkandur, y Danuin concluyó que no había nada de malo en decirlo, al fin y al cabo era un truco conocido.
-El poder de las palabras es mucho más del que te imaginás. El pensamiento es la manipulación mental de las palabras, por lo tanto quien controla las palabras puede controlar pensamiento. Los nombres son especiales, porque designan esencias. El que tiene poder para nombrar algo o alguien, es aquel que descubre su esencia; y es por eso que puede dominarlo. Por eso quizá nombramos a nuestros hijos o a nuestras mascotas, o ella nombra a las bestias y Saruman te dio un nuevo nombre. El que puede nombrar la verdadera esencia puede ejercer dominación –el jinete se asombró de saber el porqué de su nuevo nombre, e intentó recordar el antiguo, pero no tuvo éxito.
-Pero Saruman ya no me da órdenes. Y vos mismo dijiste que no puede ordenarle al dragón. –Danuin se encogió de hombros.
-Lo sé, pero las órdenes no son la única manera de ejercer dominación. Para el dragón la dominación es la posibilidad de mantener un diálogo con él. ¿O acaso conocés mucha gente que pueda charlar con los dragones? Ella puede hacerlo, lo he visto.
-Es increíble, ahora veo por qué Saruman la buscaba –el rey sonrió y se hinchó de orgullo por su amada.
-En fin, ahora están en paz, no se deben nada –siguió el elfo.
-¿Y la batalla de Rohan fue gratis? –dudó Tulkandur.
-Pregunta usted demasiado, pero no. Mithduil mató al otro dragón de las Montañas Nubladas, que era su enemigo y le había robado parte de su tesoro. Fue un gran favor quitarle de encima a su enemigo, y se lo pagó con la misma moneda.
-Entiendo. ¿Y eso que tiene que ver conmigo? –Danuin sonrió.
-He aquí el quid de la cuestión. El plan es que vayas a buscar a Juan Pedro y le ofrezcas un trato en nombre de Mithduil. Rescatar a Nambelle a cambio de los libros negros.
-¿Los libros negros? ¿Qué es eso? –el rey puso los ojos en blanco, hombres; todo hay que explicarles.
-Son libros antiguos, muy antiguos. Poseen hechizos de magia negra, los más poderosos, que le permiten a Saruman un poder inimaginable. Los tiene en la torre, quizá los viste.
-Sí, los recuerdo. Sé donde están. –asintió.
-Bien. Antes mucho antes de que los istari aparecieran en la Tierra Media, esos libros eran de Juan Pedro; hasta que Saruman los robó. Por eso sabe exactamente dónde encontrar al dragón. Por eso el dragón odia al mago. Quizá el error es pretender doblegarlo, y quizá por eso nunca intentó hacer un trato con él. –Tulkandur se sorprendió con la historia, y se preguntó fugazmente que tan antiguo era el mundo, el dragón, o el mago; o incluso los elfos.
-¿Para qué necesitaba un dragón libros de magia? ¿Lo han visto? –el rey rió un poco.
-No, claro que no. Es de hace tiempo inmemorial, mucho antes de que yo naciera. Mucho antes de que Elrond o Galadriel nacieran, hace muchos muchos años. Él no los necesita, esa es la idea –el jinete no comprendió.
-¿Entonces para qué los quiere? ¿Y por qué vamos a dárselos?
-Los quiere porque los dragones aman acumular tesoros. Quieren tener muchas monedas de oro aunque nunca se gasten ni una, se deleitan sólo poseyéndolas. Los libros son un tesoro para él, un tesoro que le fue arrebatado. Algunos son los diarios de Saurón cuando era aprendiz de Melkor, mientras otros fueron escritos directamente por el maestro. Los más antiguos salieron de la pluma de Morgoth. Imaginarás que no todos los días uno tiene la oportunidad de hacerse con un libro escrito por un valá.
-Entiendo –Tulkandur hizo una pausa y pensó antes de hablar- Entonces el plan es, Nambelle por los libros negros.
-Claro –confirmó Danuin- tenés que decirle que los va a tener en el mismo momento, porque todo está en Isengard. En el momento en que te entregue a Nambelle, le das acceso a los libros. Es sencillo, favor con favor se paga.
-¿Sencillo? No me parece –refutó el hombre.
-No olvides que aunque Nambelle viva o muera, hay que pagarle. Es el nombre de mi mujer lo que está en juego, vas en su nombre y si no pagás; va a traernos problemas. Así que más te vale que lo hagas bien.
-Sí señor –bajó la cabeza- ¿Y cree que puedo convencerlo de que me ayude? –Danuin se encogió de hombros.
-No lo sé, suena a una oferta jugosa, no tendría por qué no aceptar. Además, si Saruman ya no tiene esos libros, su poder será menor. Todos ganan. Y si Juan Pedro, o el mago te matan; no perdemos nada tampoco así que me tiene sin cuidado –el elfo sonrió con toda la simpatía de la que fue capaz, lo cual perturbó al hombre.
-Suponiendo que salga bien, ¿qué tengo que hacer después?
-Mithduil dijo que te ofrezca atención médica aquí en Edoras, diplomáticamente está muy bien –hizo una pausa-. Pero entre nosotros, no se te ocurra volver. Si tenés éxito, el mago no va a estar nada complacido, y va a salir a buscarte para matarte. Y no me interesa tener carnada para Saruman dentro de mis murallas. De hecho, a ningún rey le podría interesar –recordó como Thranduil lo había echado de Bosque Negro y lo comprendió, pero no lo demostró.
-Entonces voy a ser un paria, no podría ir a ningún lado. Aunque tengamos éxito, podríamos morir en el medio de la nada por las heridas. –Danuin volvió a encogerse de hombros.
-No es mi problema. Andá a los establos, tu caballo está listo junto con tu armadura y tus armas. Buena suerte –le tendió la mano y Tulkandur dudó un momento antes de estrechársela con firmeza, pero con el corazón lleno de miedo y dudas. Se preguntó quien lo había mandado a meterse en este lío- A veces uno hace locuras por amor –sentenció el rey, como leyendo sus pensamientos, con una sonrisa- ¿Me permitís un consejo?
-No podría negarme señor.
-Soy un estratega, y me costó aprender que los soldados son personas, no fichas en un tablero. Por eso hay que saber cuando retirarse. En el primer momento en que te surja la duda, es el momento; para proteger a las personas. Hay una sola cosa por la que vale la pena no rendirse jamás. –sonrió.
-¿Cuál señor?
-La familia, Tulkandur. Vale la pena morir por ella. Te toca una batalla en la que, aunque te llenes de dudas, no te retires. Seguí, aunque parezcas un loco; porque la victoria es eterna y en otro plano, una riqueza que no se mide en monedas. No te rindas. –el jinete asintió, con las palabras del joven elfo aún resonando en su cabeza; mientras lo veía alejarse por los intrincados pasillos de Meduseld.
El jinete oscuro atravesó las murallas de Edoras armado hasta los dientes al mismo tiempo que otro rostro conocido volvía a la ciudad. El elfo le dedicó al hombre una mirada severa y llena de ira, y pasó a su lado sin siquiera saludarlo. Tulkandur se quedó pasmado, pero comprendió, y decidió que debía una charla antes de morir. Le gritó con toda la fuerza de la que fue capaz, y el otro se acercó cabalgando; quedando frente a frente en las puertas de la ciudad.
-Príncipe del Reino del Bosque –comenzó el hombre- Quisiera decirle algo si no vuelvo vivo de esta –Legolas resopló y puso los ojos en blanco, pero escuchó- Quisiera decirle que nunca fue mi intención que su hermano muriera, lo siento. –Después de una pausa larga y tensa, el elfo se animó a hablar.
-Entiendo, la guerra se trata de la eliminación física del enemigo. Cada uno hizo lo que debía. Gracias. –Tulkandur sonrió.
-¿Eso significa que estamos en paz? –le tendió la mano- ¿Sin rencores? –Legolas le clavó una mirada asesina que lo intimidó.
-Jamás –se dio media vuelta para irse, pero el hombre volvió a llamarlo.
-Tengo una pregunta, ¿para dónde quedan las Montañas Nubladas? –esbozó una sonrisa, avergonzado.
-Vos solo podés partir a un viaje sin saber para donde –se burló el elfo- Bueno, voy a explicarte el camino.
Pocos minutos después, el jinete oscuro se alejaba en la noche, atravesando con velocidad el valle, a encontrarse con un dragón. Pensó en el consejo de Danuin, que no debía rendirse y que valía la pena morir por ella; pero también en saber cuando rendirse para proteger a nuestros soldados. Comenzó a vislumbrar la profundidad y complejidad de su estrategia, y de que modo podría predecir los movimientos de ejércitos. Comprendió de golpe por qué Saruman lo consideraba el mejor estratega, incluso mejor que Aragorn; lo cual le había parecido algo extraño en un principio. Apretó los cascos del caballo con toda la fuerza de la que fue capaz y se perdió en la noche.
No lo sabía, pero los reyes de Rohan lo habían observado irse desde lo alto de la torre. Mithduil no se sentía muy bien esa noche, no había logrado pegar un ojo pensando en si Tulkandur le arruinaría la buena relación con el dragón. Para Danuin también había sido un riesgo muy grande, pero sólo pensaba en su amada, envolviéndola por los hombros y disfrutando en silencio de su compañía. Cada vez que la sentía tan cerca suyo, sentía que sólo existían ellos; una familia perfecta por la que valía la pena morir. Cerró los ojos y tomó su mano, tratando de pensar en relajarse un poco luego de una noche difícil. Un escalofrío recorrió la columna de la reina elfa y apretó con fuerza la mano de su amado, al tiempo que ahogaba un grito. Se había asustado y sorprendido, no esperaba eso; helada en un charco de líquido pegajoso.
Por unos segundos se clavaron la mirada llena de pánico, hasta que ella derramó algunas lágrimas, aterrada. Él también sentía el miedo en cada célula de su cuerpo, pero sólo pudo esbozar una sonrisa nerviosa. Con un movimiento hábil, con toda la fuerza de su corazón, la levantó en sus brazos y aprovechó para besarla en los labios con cariño.
-Te llevo –sonrió- ya es la hora –asintió.
-Tengo miedo –respondió con la voz quebrada mientras volvían al interior del palacio.
-Yo también amor, pero tranquila –intentó calmarla con su voz, pero en el fondo estaba tan aterrado como ella- Todo va a estar bien. –En lugar de calmarse, sintió algo que la asustó aún más. Un dolor extraño e indescriptible, diferente a todo aquello que hubiera sentido jamás, como si alguien tomara sus entrañas y las estrujara; y un momento después había pasado. Dios mío, y recién empieza, volvió a derramar lágrimas.
-Te amo mi rey –susurró.
-Yo también –intentó sonreír- Tranquila –la apretó contra su pecho mientras suplicaba por todo lo sagrado que todo saliera bien, y que no sufriera dolor; aunque sabía que eso no era posible. Tragó saliva, e intentó prepararse.
Llegamos al capítulo 20, no puedo creerlo! Gracias a todos los que llegaron hasta aca, espero que estén disfrutando de esta historia. Subiré otro cap prontamente, hasta dentro de poco. Beso!
