Buen día! Seguimos con un nuevo cap entonces. Nunca pensé que iba a llegar a ser tan largo, la historia ya a esta altura tiene vida propia ja. Gracias por leer y por sus reviews y todo el amor awww *_* Espero que les guste este también. Besos a todo, nos leemos pronto!


Capítulo 21: Trato hecho

Ya lejos de la ciudadela de Edoras, un corcel negro corría a través del campo abierto a una velocidad jamás vista. El hombre que lo comandaba recordaba que su amada estaría orgullosa de que hubiera logrado esa conexión con su caballo, ya que ella parecía entrenarlos con su mero pensamiento. Su mente y su corazón se inquietaban, rogando porque aun estuviera viva y porque fuera capaz de convencer al dragón para ayudarlo. También reflexionó fugazmente que si fracasaba, lo que era muy probable, podría idear otro plan. Había sido muy cobarde al aceptar esperar los seis meses que le habían impuesto los reyes de Rohan. Seis meses que había pasado en una habitación de lujo sin demasiadas preocupaciones, y podría haber huido de allí y rescatarla por su cuenta; sin la ayuda de los elfos. En verdad, como lo estaba haciendo ahora.

Después de varios días, sólo se animó al comenzar a ver las montañas en el horizonte. Tardó varios días más en subir y recorrer las intrincadas paredes de piedra que formaban ese lugar laberíntico y desolado. La espesa niebla parecía colarse por entre las rocas en forma que casi parecía un líquido. Comenzó a preguntarse cómo diablos la elfa iba a allí a charlar con el dragón como si nada, cómo tenían ese sentido de la ubicación, y cómo parecía que no se cansaban nunca. Al tercer día se desmayó por el hambre y se despertó horas después con la sensación de que una estampida de olifantes le hubiera pasado por encima.

Vio cuervos rodeando su débil cuerpo por encima de su cabeza, y pudo distinguir un wargo que acechaba entre las rocas, listo para saltar a rematarlo. Su caballo estaba inmóvil a su lado, como hechizado; o quizá solo estaba exhausto. Antes de que Tulkandur pudiera incorporarse, el wargo saltó mostrando sus afiladas garras y pudo ver su corta vida pasar por delante de sus ojos. En la desesperación, gritó con toda la fuerza de su alma corrompida.

-¡Quieto, Lorenzo! –se cubrió la cara con el brazo derecho y cerró los ojos, sólo esperando el zarpazo que acabara muy rápido con su vida. ¿De dónde había sacado ese nombre para la bestia? Lo dijo sin pensar, pero ya no importaba en verdad. Después de varios segundos, se atrevió a abrir los ojos y lo que vio lo dejó pasmado. El wargo estaba sentado frente a él, agachando la cabeza y esperando sus órdenes. Se preguntaba cómo había pasado eso, no podía ser que lo hubiera domesticado con el mero hecho de pronunciar su nombre. Hasta Mithduil tenía que tomarse un tiempo para entrenarlos en seguir órdenes. Entonces cayó en la cuenta, miró sus manos y allí estaba en su mano derecha, el anillo negro. Quizá el hecho de mostrar el anillo de poder y haber logrado nombrar la esencia de la bestia lo habían logrado. Recordó que iba a regalárselo al rey de Rohan por su ayuda, pero no había cumplido con su promesa. Pero muy probablemente no volvería a verlo. Decidió probar, se incorporó y le habló a la bestia, firme pero calmadamente.

-Lorenzo, ¿podrías traerme algo para comer? –la bestia asintió con un movimiento de su cabeza, y a los pocos minutos le traía una liebre entre sus fauces. Sonrió por el descubrimiento, el anillo finalmente estaba siendo útil. Aunque en realidad, no sabía todo lo que lo había ayudado hasta ahora.


Para los reyes el tiempo parecía acelerarse de golpe, o quizá se sentía más lento a cada momento, no estaban seguros. Lo que la elfa sí sabía era que nunca había tenido tanto miedo en su vida entera. Maldijo para sus adentros a la Tierra Media y su pobre tecnología en materia de medicinas anestésicas. Cada vez que alguien le hablaba, sólo le temblaba la voz y no lograba articular dos palabras seguidas. Cada vez que los sanadores pasaban corriendo por al lado de su lecho mullido, se confundía más. A veces le parecía que eran tres o cuatro, otras veces que eran veinte. Al rato, le empezaron a parecer todos iguales, y sólo distinguía al rey de Rohan; aterrado pero firme a su lado. Danuin se sentía tan confundido como ella, y apenas distinguía las voces que le daban indicaciones. Algunas veces se perdía en la mirada de su amada y le temblaba el labio, otras sólo atinaba a reír nerviosamente.

Pensó fugazmente que eran demasiado jóvenes. Él era el que se había pasado los últimos nueve meses llenándose la boca sobre cómo aprenderían juntos y todo saldría perfectamente, pero hasta que no estuvo allí no vislumbró realmente la dificultad de la tarea que tenían delante. Pensó que quizá no serían capaces, y esa idea lo deprimió. Cada vez que Mithduil se retorcía en dolor y ahogaba un grito, se le encogía el corazón. Odiaba verla sufrir, y se preguntaba si Mardion también sentiría dolor. Cada vez más, cada diez minutos, cada cinco, cada dos. Su prometida se retorcía y lloraba, y eso le perturbaba a un nivel profundo y primario. Entrelazó sus dedos con los suyos y sin quererlo, lloró con ella. Miró fijamente a sus ojos grises y pudo ver hasta el fondo de su alma aterrada. Ella se culpaba porque se suponía que debía ser el momento de mayor felicidad de su vida entera, pero no dejaba de pensar en todo lo que podría salir mal, y en el dolor que la comprimía y envolvía cada vez más seguido.

Cuando el dolor era tan intenso que se sentía perder el sentido, comenzó a pensar que sólo quería dormirse una siesta y que todo haya acabado al despertar. Entre tanto griterío, sólo pudo distinguir una frase: "esto no está funcionando". Mithduil sintió que el universo se quebraba bajo sus pies y el mundo entero acababa allí. Cruzó su mirada con la de su prometido, quien derramaba lágrimas con una expresión aterrada que nublaba sus ojos azules. Cuando vio el bisturí, sintió caerse por ese precipicio sin fin que se había abierto. ¿Por qué diablos nadie le decía que carajo pasaba? ¿O es que sí lo decían y ella no lograba comprenderlo? Para Danuin el peor horror fue ver como el afilado acero partía con precisión la delicada piel de la reina. Ahogó un grito de dolor y se aferró fuertemente a sus manos. Ella decidió concentrarse en los ojos de su amado para no perder la conciencia, y para no ver el sangriento espectáculo que se ofrecía a escasos centímetros de su mirada.

Sentir manos escrutando en su interior fue la sensación más extraña, pero más aún cuando estas tiraron hacia afuera. Lo recordaría para siempre como lo más extraño que hubiera sentido en la vida entera, un despojo que no se parecía a nada. Por unos momentos todo pareció silenciarse, y recordó fugazmente el hechizo de silencio que Paula había hecho para intimidar a Darío. Probablemente estaba delirando. Miró a Danuin, quien ahora estaba sonriendo; y le devolvió la mirada mientras apretaba un poco más sus manos. En ningún momento la había soltado. Lo oyó llorar por primera vez y volvió del abismo en donde estaba inmersa, sonriendo. Lo sintió sobre su pecho, y sus ojos se cruzaron, de un precioso turquesa; algo más claros que los de su padre. Dejó de sentir cualquier tipo de dolor, ahora era pura felicidad y puro amor. El elfo se acercó y la besó suavemente en los labios, y luego a Mardion en la coronilla, manchándose un poco. Los sanadores lo retiraron para limpiarlo, y la pareja se quedó sola por primera vez en mucho tiempo. Ni siquiera se había dado cuenta de la sutura que le habían hecho.

Sin decir una palabra, Danuin se acurrucó al lado de su amada, sin haberla soltado aún. Le acarició el pómulo suavemente con sus nudillos y la besó con dulzura pero apasionadamente. Dudó antes de hablar, pensando que arruinaría ese momento perfecto.

-¿Estás bien, preciosa? ¿Te duele? –la preocupación en sus ojos era palpable.

-Estoy bien, gracias –susurró- Estoy muy, muy cansada –mientras lo decía, él acariciaba el dorso de su mano con el pulgar. En ese momento los sanadores volvieron a traer al pequeño, colocándolo entre ambos. Largo rato se quedaron mirándolo, era perfecto por donde se lo mire. Mithduil pasó sus ojos a uno y a otro, inundada de felicidad y amor hacia los dos hombres de su vida. Cerró los ojos un momento, estaba demasiado cansada.

-Dan –susurró con un hilo de voz, mientras él con la mirada la animó a seguir- Te amo tanto. A ambos –derramó algunas lágrimas.

-Le melin –contestó reverencialmente, y lo dejó flotando en el aire; sonriendo más a cada segundo, si eso era acaso posible- Descansá, yo puedo cuidar de ustedes –le limpió una lágrima con un beso, mientras acariciaba arriba y abajo la espalda de Mardion con las yemas de sus dedos.

-Lo sé amor, gracias –sonrió- No te vayas, soy muy feliz acurrucada con ustedes.

-Gracias a vos. Me quedaría toda la vida en este momento. Dormí tranquila –no pudo terminar la frase que ya estaba dormida, y observó su respiración suave. Sin embargo, él no durmió ni un solo segundo, disfrutando de la maravillosa visión de madre e hijo durmiendo tranquilos; sin lograr dejar de sonreír.


Luego de la comida proporcionada por su nueva mascota, Tulkandur sintió energías renovadas, tanto física como mentalmente. Ahora tenía esperanza de lograrlo. Fue Lorenzo quien, como Virgilio en el infierno con Dante; lo guió hacia el dragón. Sin embargo, se acercó sólo lo suficiente a la cueva. La verdad que tenía enfrente lo aplastó, debía entrar solo. Era una cueva enorme, y la recorrió por horas cada vez más dentro de la montaña. Olía el azufre de un modo cada vez más intenso, mientras la completa oscuridad le hacía perder el sentido. Llegado un punto que estaba tan mareado que sentía que perdería el sentido a cualquier momento, vio luz al final del túnel.

Corrió hasta llegar a una cámara inundada de tesoros, tantos que no abarcaba la vista. Nunca había visto tantos objetos brillantes juntos, tanto oro y plata que dolían los ojos. Pero no pudo admirar la maravillosa cámara del tesoro por mucho tiempo porque algo se movió entre las monedas. Unos ojos dorados y feroces se abrieron, mirando fijamente al aterrado hombre. Pensó que lo mataría allí mismo sin dirigirle la palabra, entonces se decidió a hablar primero.

-Juan Pedro, vengo a ofrecerle un trato en nombre de Mithduil, reina de Rohan. –el dragón esbozó lo que a Tulkandur le pareció una sonrisa y habló con una voz extraña y resonante, amenazadora y poderosa; distinto a cualquier otro sonido que hubiera oído jamás.

-Ciertamente conozco a la reina elfa, forastero –se acercó más y el hombre sintió su aliento en llamas- Pero no lo conozco a usted, ¿cuál es su nombre? –le tembló la voz, estaba aterrado, pero la fuerza de su amor por Nambelle le dio el valor para volver a hablar.

-Tulkandur –sentenció, y el dragón movió la cabeza en señal de desaprobación.

-Tu nombre real, forastero. El nombre con el que naciste –respondió, perdiendo la paciencia. El hombre agachó la cabeza y se forzó por recordar. Finalmente lo logró.

-Nicolás Monroe, hijo de Carlos, hijo de Vicente –sonrió al recordar a su padre y a su abuelo, prácticamente hacía años que no oía ni recordaba nada de ellos. El dragón pareció sonreír- Sería justo que usted me dijera su nombre verdadero también.

-No podrías pronunciarlo, Nicolás Monroe –reflejaba una cierta suspicacia en su mirada dorada- ¿Qué trato tenés para ofrecerme?

-En la fortaleza de hierro reside Saruman –comenzó pero Juan Pedro lo interrumpió.

-Lo sé, no soy idiota, Nicolás Monroe. Al grano, por favor –perdió la paciencia y Tulkandur se preguntó fugazmente si lo mataría en ese mismo instante.

-Disculpe mi insolencia, sólo pretendía explicarme con claridad –el dragón asintió y lo animó con la mirada a continuar- Allí, Saruman tiene secuestrada a mi prometida -¿prometida? ¿realmente había dicho eso?- y allí mismo también, he visto donde guarda los libros negros.

-Los libros negros –repitió con su lengua viperina acariciando cada palabra.

-Si me ayudas a liberarla, te abriré el paso hacia tu tesoro arrebatado. Es tuyo, debes recuperar lo que te corresponde. De igual manera que ella es mía –sentenció en forma posesiva.

-Cierto, cierto –estuvo de acuerdo la bestia- ¿Y cuándo pretende usted realizar esta hazaña, Nicolás Monroe? –tragó saliva.

-Lo antes posible –el dragón cerró sus ojos, en profunda reflexión; mientras Tulkandur no movió un solo músculo. Rogaba que aceptara el trato en lugar de matarlo, o al menos que lo dejara vivir en caso de que no aceptara. Recordó lo que había dicho Danuin, favor con favor se paga. Sólo esperaba que el pago que le estaba ofreciendo fuera suficiente. Finalmente abrió los ojos que parecían más dorados aún, como si una llama se hubiera encendido en ellos. Se acercó, casi pegando su hocico al aterrado rostro del hombre, y habló en un susurro.

-Trato hecho.


Mithduil recordó ese día como el que mejor había dormido en su vida entera, pero no duró demasiado. El llanto de Mardion a escasos centímetros de sus oídos la despertó de un salto, y fue por un momento presa del pánico. Abrió los ojos y allí seguía Danuin, acariciándole la espalda al pequeño, sin dejar de sonreír; para luego pasar su mirada hacia ella.

-Parece que terminó la siesta –comentó risueño- Tendrá hambre, ¿no? –rió un poco, pero su amada no supo muy bien que responder a eso. Se encogió de hombros.

-Sí, supongo –asintió y lo levantó en sus brazos, era la primera vez que lo hacía. Se quedó petrificada mirando a sus ojos turquesa, sus orejitas puntudas, su piel enrojecida por el llanto. Le rompió el corazón verlo llorar, lo único que quería en su vida era hacerlo feliz. Lo acercó a su pecho e intentó alimentarlo, pero resultó ser más difícil de lo que hacían parecer. Después de un cuarto de hora, comenzó a perder los nervios; y rompió en llanto. El rey sonrió, dormían juntos, lloraban juntos. Los envolvió entre sus brazos, mimando a cada uno con una de sus manos; hasta que le habló al oído a su amada, susurrándole palabras tranquilizadoras. Pero no había caso, por lo que cambió de táctica. Tomó al pequeño entre brazos, fuertes y fibrosos; de forma tal que parecía aun más pequeño allí acurrucado. Sonrió clavándole sus ojos, y le habló en un susurro.

-Buenas tardes príncipe –rió un poco, mientras Mardion dejaba de llorar y lo miraba a los ojos con atención. Lo acercó aun más, y lo acurrucó en su pecho; pegado a los latidos de su corazón, calmándolo con suaves caricias y besos. Respondió aferrándose a la ropa de su padre con sus manitos, arrugándola y pegándose más a su pecho, mientras Danuin sentía que iba a explotarle el corazón por tanta felicidad. Volvió a hablarle en un susurro al oído- Tranquilo hijito, nadie lo logra perfectamente a la primera –le dio un beso pequeño en la cabeza- Intentá un poco más, sé que podés hacerlo muy bien –Con esto sonrió y miró a su amada, quien se secaba las lágrimas con la sábana mientras observaba satisfecha el acercamiento entre padre e hijo. Le tendió al niño y la animó con la mirada a volver a intentar. Suspiró, y esta vez lo logró a la primera; mirando impresionada como el pequeño príncipe se alimentaba con avidez. Era una sensación extraña y perfecta, y Mithduil no logró ocultar su sorpresa.

-¿Qué le dijiste amor? –sonrió y se acercó para besarla en los labios.

-Sólo que esté tranquilo y que estaba seguro que podía hacerlo –volvió a besarla- Y lo mismo te digo a vos. –La abrazó por detrás, descansando su cabeza en el hombro de ella, rozando su cuello con la punta de su nariz, susurrándole al oído cuanto la amaba y lo agradecido que estaba por compartir ese momento juntos. Ella sólo escuchó en silencio, sus palabras tranquilizadoras y alentadoras eran como maná celestial. Sólo cuando él se quedó callado se animó a hablar.

-Te amo Danuin –susurró, y derramó algunas lágrimas- Gracias por todo lo que hacés por mí, por nosotros. Gracias. –El la apretó más contra su pecho, y disfrutó del contacto de estar los tres acurrucados.

-No llores, mi señora, mi reina, mi cielo –logró sacarle una risita.

-Son lágrimas de felicidad tonto –y con esto le clavó un beso en los labios.

-Lo sé –siguió- pero no hay nada que agradecer, es un placer para mí. Siempre voy a estar aquí, amándolos y cuidándolos con todo lo que soy.

-Tus palabras significan tanto para mí, ¿lo sabés? –asintió.

-Te amo muchísimo, Mithduil. Te necesito, no quiero separarme de vos nunca más –sonrieron juntos- Tengo una pregunta.

-Decime amor

-¿Cuándo vas a casarte conmigo? No me olvidé, aunque estaba borracho. ¿Qué tal ahora? –la reina lanzó una carcajada.

-Ahora mismo estoy un poco ocupada, ¿podría ser más tarde? –Danuin hizo un pucherito y se volvió a acurrucar entre ambos. Cerró los ojos, no había notado que estaba tan cansado, y ahora era su turno de dormir. Nunca dormiría tan bien en su vida entera.