Buenas! Aca les dejo un nuevo cap. Por cierto, el domingo esta historia tuvo más visitas que nunca en la vida, gracias! :D Parece ser que hubo alguien que se tomó todo el domingo para leerse de un tirón todos los capítulos, según dicen las estadísticas jajaja. A esta persona anónima, quisiera preguntarle qué le parece, aunque el hecho de haber leído todo en un día habla por sí mismo. Al resto le pregunto lo mismo, qué les parece este cap? En fin, gracias por leer, besos para todos!
Capítulo 22: Rescate
Tulkandur subió a la espalda del dragón y se sintió perturbado desde lo más hondo. Sentir su piel escamada y bermellón bajo sus palmas lo hizo presentir el enorme peligro que corría al acercarse tanto a tamaña bestia. No confiaba en Juan Pedro, y ciertamente él no confiaba en el jinete oscuro. Levantar vuelo fue como dejar su alma allí abajo, muy lejos en la tierra. La velocidad del viento en sus oídos lo ensordecía, y afinaba su pensamiento. Había sido un cobarde al esperar los seis meses que le habían propuesto desde Rohan para ir a buscar a Nambelle, es cierto; pero se sentía compensándolo por el enorme riesgo que estaba corriendo ahora. Más temprano que tarde pudieron visualizar la torre de Isengard en el atardecer.
Sin embargo, ahora se veía mucho más amenazante, los jardines se habían convertido en talleres donde los orcos y los uruks forjaban armas y veían nacer nuevos guerreros. Era evidente que el mago había recibido las noticias de la batalla que se daría en siete años, y se había mantenido ocupado preparándose para la verdadera guerra. Los orcos dejaron pronto sus tareas cuando vieron al dragón que se acercaba amenazante en la noche. Tulkandur pensó por un momento que sería bueno destruir los talleres y acabar con la preparación de Saruman, pero enseguida descartó esa idea: no había sido parte del trato.
El hombre guió al dragón con sus palabras directamente hacia el balcón de la torre donde sabía que estaba la celda de Nambelle, y con un certero movimiento de sus garras, penetró en las gruesas paredes de piedra, creando una abertura suficiente para que el hombre pudiera entrar. Pero antes de hacerlo, le indicó la ubicación de los libros negros; dejándolo solo con la muchacha mientras buscaba su tesoro perdido. Tulkandur no dio crédito a sus ojos cuando la vio en la cama hecha un ovillo, desnuda y mucho más flaca y pálida de cómo la recordaba. Pero lo que más le llamó la atención fueron los cortes, algunos frescos y sangrantes, otros meras cicatrices enrojecidas; por todos lados cubriendo y desfigurando su cuerpecito. Era una visión lastimera de ver, y no pudo evitar estallar en lágrimas al contemplar destruido el cuerpo de su amada.
Pero la amaba aún más sabiendo que estaba viva, que podía seguir con él; y en ese momento dejó de importarle lo que ella pensara sobre él, o si acaso siguiera amándolo. Sólo quería que ella dejara de sufrir, que fuera feliz, que viviera una vida plena. Se acercó y sin decir una palabra se clavaron la mirada. Pensó por un momento que sus ojos castaños, aunque nublados por la tragedia y el sufrimiento, eran lo más hermoso que hubiera visto jamás. La apretó contra su pecho y dejó que los débiles latidos de su corazón lo llenaran y se sincronizaran poco a poco con los suyos. Supuso por un momento que los orcos entrarían a buscarlo en cualquier instante, pero ya no podía escuchar nada, ni ver nada; sólo sentir inmenso amor y gratitud por la mujer que acunaba entre sus brazos. No decía nada, no lloraba, no gritaba; estaba en estado de shock.
La subió en sus brazos y se acercó a la abertura en la pared por donde había venido. En ese momento cruzó los ojos con los de Juan Pedro, que llevaba la enorme biblioteca de los libros negros entre sus garras. Le gritó con toda la fuerza de su alma mientras el dragón se alejaba satisfecho.
-¡Volvé! ¡Sacanos de acá! –lo escuchó ya casi a kilómetros mientras agitaba las alas y se perdía.
-No era parte del trato –susurró la voz, y Tulkandur intentó forjar un nuevo plan, no esperaba eso. Abrió la pesada puerta de la celda con la mujer en sus brazos sólo para cruzarse con una horda de orcos que iban a buscar al intruso. Una idea cruzó como un destello por su mente y lo hizo intentar algo desesperado. Subió su mano izquierda para que todos vean el anillo negro mientras gritaba que les abrieran el paso. Milagrosamente funcionó, y los orcos se abrieron dejando un pasillo para que ellos salieran. Siguieron los intrincados pasillos de la torre, espada en mano, y siempre con el anillo en alto. Sólo al llegar a los jardines ahora devenidos en talleres el hombre notó que no contaba con ningún tipo de transporte. Nambelle pareció leer su mente y susurró por primera vez.
-Salvador –Tulkandur pensó que se refería a él, ignorando que así había nombrado al caballo que Mithduil le había robado a Thranduil mucho tiempo antes, cuando la capturó en Rivendell. Nunca se había preguntado qué había sido de la vida de su montura. La entrenadora de caballos recordó fugazmente cuando su entonces amiga le preguntó por el nombre del animal, quizá su nombre sea su destino. Pues bien, así fue; porque lo vieron llegar corriendo desde algún lado, no distinguieron de dónde. El hombre subió al corcel con la mujer aún en brazos y lo forzó como si los cascos le explotaran hasta que estuvieron fuera de los dominios del mago. Saruman. Le olía mal no habérselo cruzado en su propia casa, y pensó que aún les aguardaba lo peor de parte del mago. Sin embargo, pronto dejó de pensar en eso y se concentró en su amada y en su incontenible pérdida de sangre.
Tulkandur se preguntó donde iría, visto que Danuin le había negado la entrada a Rohan; y supuso que lo mejor sería llevar a Nambelle con su padre, a Gondor. Sabía que Aragorn se vengaría de él por haber encabezado el breve levantamiento que lo destituyó, pero de todos modos era el único lugar donde podría atenderla. Sólo al amanecer, cuando aun estaban lejos de su destino, se atrevió a parar. Se cobijó bajo un árbol mientras comenzó a realmente ocuparse de la mujer por primera vez. La vistió con sus ropas y la acurrucó entre mantas hasta que su cuerpo volvió a una temperatura normal. Se había ido de Rohan previendo casi todo, y aunque gran parte de su equipaje había quedado en las Montañas Nubladas con su corcel negro, su bolso de mano tenía todo lo necesario.
Más que nada, había previsto que acabarían heridos, por lo que poseía toda clase de elementos de curación. Comenzó por limpiar sus heridas más frescas, intentando dilucidar en sus ojos castaños que habría en su corazón, pero pronto fue evidente que seguía en shock. Suplicó porque el daño mental no fuera permanente, la necesitaba con él otra vez; porque aunque su cuerpo se haya dañado, era su corazón lo que verdaderamente amaba. Luego de un rato comenzó a percibir que su inexpresión fue reemplazada por una mueca de dolor cada vez que tocaba uno de los profundos cortes. De alguna manera su reacción, aunque adversa, lo tranquilizó. Le untó hierbas curativas y luego la vendó de forma rudimentaria pero con mucho cuidado y dedicación.
Cuando hubo acabado con sus heridas se ocupó de que quedara bien abrigada del frío de la mañana, y sacó la comida que tenía. Se la ofreció, pero no movió un solo músculo. Entonces cortó un trozo de la fruta que llevaba y lo acercó a los labios de la mujer. Ella lo tomó y masticó lentamente, hasta lograr tragarlo con dificultad. Curar y alimentar a su amada conmovió a Tulkandur a un nivel primario, sintió que podía darle todo incondicionalmente, y no le importaba si ella no le daba nada a cambio. Siguió dándole pedacitos de fruta hasta que ella ya no los tomó, supuso que estaba satisfecha.
Se acurrucó con ella bajo la manta, abrazándola con fuerza y conteniéndola con todo el poder de su corazón, mirando sus ojos castaños perdidos en el infinito. Enterró su nariz en el hueco de su cuello y la besó dulcemente detrás de la oreja, cuidando de transmitirle todo aquello que su boca callaba. Ese contacto la hizo volver a la realidad, y fue su perdición. Tembló con el frío que salía desde adentro de ella misma, y sin quererlo, sus ojos comenzaron a desbordar de lágrimas. Primero tímidamente, luego de forma incontenible. Se hizo un ovillo contra el pecho del jinete oscuro, escondiéndose entre sus brazos, mientras él la abrazaba y la acariciaba. No se atrevía a decir ni una palabra, pensando que ella no podría perdonarlo. Por primera vez en mucho tiempo disfrutó de su contacto, de su calor, y dejó que su calidez lo llenara. Nunca se imaginó que podría necesitar tanto de otra persona. Comprendió que quizá de eso hablaban las viejas canciones cuando trataban sobre el verdadero amor. Sin embargo, pronto estaba susurrándole al oído.
-Nambelle, preciosa mía –ella comenzó a temblar con más fuerza, nunca hubiera pensado que siguiera siendo hermosa con todas esas cicatrices en su cuerpo- Todo esto es culpa mía, espero que algún día puedas perdonarme –en ese momento él lloró con ella, devastado por el sufrimiento de su amada. Se sorprendió cuando ella le contestó en un susurro.
-Tulkandur –por un momento pensó que se había imaginado esa respuesta, pero siguió- ¿Por qué viniste? -¿qué tipo de pregunta era esa?
-Porque te amo –contestó sin dudar ni un segundo, y volvió a besarla; esta vez en la cabeza, mientras acariciaba su espalda con suaves movimientos circulares.
-Estoy rota, ya nadie podría amarme –él negó con la cabeza.
-No importa cómo estés, siempre voy a amarte. Puedo curarte –hizo una pausa- aunque estoy seguro que me odiás por esto.
-No, no –siguió Nambelle en un susurro desesperado- Aún te amo –se le quebró la voz y lloró con más fuerza aún. Él tomó su rostro entre sus manos, acariciándole los pómulos con sus pulgares; y la besó suavemente en los labios. Era un beso lleno de promesas rotas, de disculpas vacías, de reproches callados; un beso lleno de miedo y dolor. Fue su contacto lo que lo hizo saber que todos los riesgos habían valido la pena, que lo haría todo otra vez por tener un segundo más a su lado. Aunque sabía que le había hecho un daño incalculable, supo que nunca podría amar a nadie más; tanto que dolía, tanto que no le importaba su propio bienestar.
Cruzar las puertas de Minas Tirith otra vez fue para Tulkandur una experiencia desagradable. Los guardias lo apuntaron con las espadas y las lanzas directamente a su cuello, y lo siguiente que supo fue que estaba en un calabozo. No le importaba demasiado, porque sabía que Nambelle estaría bien atendida, pero la deseaba y la extrañaba inmensamente después de tanto. Notó que se había pasado la mayor parte de los últimos meses de calabozo en calabozo, y esa idea lo desesperaba. Pasados algunos días, un guardia abrió la pesada puerta de la celda y lo guió entre los pasillos sin decirle a dónde. Lo hizo pasar a un pequeño despacho, donde un hombre de mirada severa y ojos negros lo esperaba detrás de un pesado escritorio de algarrobo. Reconoció enseguida a Arnarmo, el padre de su amada; y sospechó que estaba en problemas.
-Buenas noches señor –comenzó el militar, y el jinete tragó saliva. Por algún motivo enfrentar a su ¿suegro? le daba más miedo que enfrentar al dragón- Debo decir que estoy impresionado –Tulkandur sólo pudo balbucear un poco hasta articular un saludo esperanzadamente audible.
-Buenas noches –agachó la cabeza en señal de respeto, esperando que su buena voluntad atenuara el castigo que seguramente recibiría.
-Silencio, yo soy el que habla aquí –al joven se le puso la piel de gallina, pero disimuló- Si por mi fuera estarías condenado a muerte, pero resulta que no tendrás juicio; resulta que mi hija no presentó cargos contra vos. De hecho, su testimonio te exonera totalmente. Increíble –Tulkandur subió la mirada mientras abría la boca hasta que la mandíbula parecía caerse; y miró fijamente al capitán.
-Yo la salvé –comenzó-. Pero sé que fue mi ineptitud lo que la puso en peligro desde un principio, pido perdón humildemente.
-Por más que me caigas muy mal, debo admitir que me devolviste viva a mi hija, y eso tiene valor. Sos libre por eso –el jinete oscuro volvió a agachar la cabeza en agradecimiento, profundamente sorprendido.
-Gracias señor. Quisiera verla, si me lo permite –casi al instante de haberlo dicho, se preguntó si no había sido demasiado atrevimiento.
-Se lo permito –tomó aire- No olvides que sos un traidor, por todo el temita del levantamiento; y tarde o temprano el rey va a citarte a una audiencia –recordó fugazmente que Arnarmo fue el primero que lo siguió, pero le pareció imprudente responder a una acusación con otra acusación. Seguramente Aragorn sabía cómo juzgaba a sus oficiales traidores, no era su problema realmente.
-Gracias señor –se retiró sin darle oportunidad de decir más nada y se dirigió a la habitación de Nambelle.
La encontró acurrucada en su cama, que parecía demasiado grande para su pequeño cuerpo maltrecho; pero se veía mejor. Se notaba que se había alimentado y sus heridas comenzaban a sanar. Al verlo, ella se sentó en la cama y lo invitó con la mirada a sentarse a su lado. Para su sorpresa, fue ella quien lo besó con pasión y entrega, saciando un antiguo anhelo, sacando todo el miedo y el odio contenido. Él la siguió con un suave movimiento de sus labios, hasta que se animó a asomar su lengua, y acabar explorándose con verdadero deseo. Al finalizar ese beso que parecía durar siglos, se fundieron en un cálido abrazo. Fue ella la primera en susurrar.
-Gracias por salvarme –tragó saliva-. Verte aparecer así, cuando ya no tenía más esperanza… no te das una idea lo mucho que significó para mí. Gracias –una lágrima solitaria resbaló por su mejilla, y el hombre la recogió con la yema de sus dedos.
-No se merecen –le dio un beso pequeño-. Fui yo el que te metió en esto, espero que puedas perdonarme –Nambelle lo interrumpió sellando sus labios suavemente con su dedo índice.
-Sin dudarlo, mi amor. Por eso declaré a tu favor –esta vez fue ella quien la besó.
-Gracias, también me salvaste a mí –el hombre esbozó una sonrisa tímida, por primera vez en mucho tiempo; y ella logró corresponderlo. Volvió a tomarla entre sus brazos y a besarla con pasión y entrega, recorriendo sus curvas con suaves caricias. El deseo se apoderó de él, y sólo necesitaba fundirse con ella, demostrarle su amor con su cuerpo y su alma desnudos. Con toda la delicadeza de la que fue capaz desabrochó el botón superior de su camisa y acarició suavemente sus pechos. Ella ahogó un pequeño gemido, pero enseguida tomó su mano y lo retiró. Le clavó la mirada llorosa, y él se arrepintió enseguida del atrevimiento que se había tomado. Sabía que por más que se desearan, estaba herida; y necesitaba protegerla. La acunó entre sus brazos, besando suavemente su cuello y sintiéndola temblar.
-¿Te hice daño? Me dejé llevar, lo siento mucho –la morocha rompió en llanto, y a Tulkandur le rompió el corazón haberla herido otra vez.
-No hiciste nada, soy yo –contestó entre sollozos.
-¿Quisieras contármelo? –ella lloró aún más fuerte mientras el hombre continuaba mimándola y consolándola despacio. Sólo después de un rato logró que se calmara y dejara de llorar. Descansó sobre su pecho y finalmente logró hablar, aún temblando y sin abrir los ojos.
-Es que no quiero que me veas así, destrozada –tomó aire y siguió- me da vergüenza –a Tulkandur le estrujó el corazón y la apretó contra su pecho.
-No digas eso, sos la mujer más hermosa que ví en mi vida entera. Las demás deberían tener vergüenza de pararse al lado tuyo –no pudo evitar una risita.
-¿Te parece? ¿Incluso Mithduil? –remató, con algo de diversión. Él se alegró por encontrarla finalmente de mejor humor.
-La reina elfa es hermosa sin duda –le dedicó una mirada pícara- pero parece un orco a tu lado –terminó con una carcajada.
-¿Reina? ¿De que me perdí? –el hombre notó entonces que tenía mucho que contar a su amada sobre su ausencia, y se decidió a ponerla al tanto. Ella lo escuchó con los ojos muy abiertos, sin interrumpir, con toda su atención; como un niño que escucha un cuento. Cuando terminó simplemente se acomodó entre las sábanas y propuso que se vayan a dormir. El hombre aceptó encantado, acurrucándose con ella; disfrutando de su preciosa compañía. Unos momentos después no puedo evitar que sus pensamientos surgieran en voz alta.
-Mi cielo no sabés cuánto necesitaba tenerte así, tan cerca de mí –sonrió enormemente, y ella le correspondió.
-Yo también –sonrió-. Propongo que no nos separemos nunca más. Sigue en pie la propuesta de volver a Buenos Aires a jugar al polo –el hombre rió mientras acariciaba suavemente sus muñecas con las yemas de sus dedos.
-Sí, claro que sí. Pero primero tengo que redimirme por este error. Por el sufrimiento que sobrevino en la Tierra Media por mi culpa, por lo que te hice sufrir a vos. Pensar que yo alimenté toda esta guerra, que tantos sufrieron por mi culpa; es un peso demasiado grande. Necesito encontrar redención.
-¿Y cómo pensás hacer eso? –se intrigó Nambelle.
-No lo sé, pero faltan siete años todavía, hay tiempo. Disfrutemos esta noche de paz, ya me ocuparé de eso –ella asintió mientras bostezaba y se acurrucaba contra el pecho de su amado. Para ambos era la primera vez que lograban un descanso tranquilo, sin preocuparse de despertar muertos en cualquier momento. Y para ellos eso tenía más valor que cualquier tesoro o cualquier victoria.
