Wow, cuántas visitas en los 10 días que van de mayo, me morí; los amo! Les dejo un nuevo capítulo, disfruten! :D


Capítulo 23: Siete años

-¡Majestad, mejor que vea esto! –Erkerbrand, señor del Folde Oeste entraba gritando nerviosamente al despacho del rey de Rohan, quien trabajaba con tranquilidad –y algo de lentitud- en la estrategia para la guerra que vendría. Ranuin, su hermano y capitán lo acompañaba mientras brindaban con unas jarras de cerveza helada. Así cualquiera querría trabajar, pensó fugazmente el mariscal. Lo que lo había mantenido más ocupado era seleccionar y entrenar a los nuevos reclutas que marcharían entre los rohirrim. Además estaba el tema del comercio de los materiales para forjar las armas, y la organización de la defensa. Sin embargo, los elfos se lo tomaban con la mayor tranquilidad, sabían que para los hombres siete años era muchísimo tiempo. Por eso ver a Erkenbrand entrar gritando repentinamente, les crispó los nervios.

-¿Qué pasa? ¿Algún problema con los nuevos reclutas? Estoy algo ocupado aquí –resopló Danuin.

-Deberíamos esconder la cerveza –susurró su hermano para que sólo él lo oyera, y tuvo que esforzarse para no estallar en carcajadas allí mismo. El hombre puso mala cara por un segundo, pero enseguida volvió a su educación habitual.

-Algo así. Uno de ellos –se corta- Bueno, véalo usted mismo –a regañadientes, el elfo siguió a su mariscal hasta los talleres, donde se les estaba proveyendo de armas a los nuevos soldados. Ellos se preguntaron qué rayos hacía el rey allí, era bastante extraño que la máxima autoridad anduviera rondando con lo último de la cadena de mando; y algunos incluso pensaron que habían cometido algún grave error. Pero nada de eso, sino que siguió al mariscal hasta un soldado que había dejado aislado. Estaba en buena forma, a simple vista no tenía nada de extraño. Al contrario, sus hombros anchos y fuertes le hacían intuir que sería un guerrero extraordinario. A través del pesado casco sólo pudo ver unos ojos azules, y comenzó a percibir que estaría pasando.

-Soldado, quítese el casco –ordenó Danuin con decisión, y el soldado obedeció. Era entonces la tercera vez que estaban frente a frente. No se había equivocado con sus ojos, realmente era él.

-Sólo busco redención majestad –hizo una pausa y agachó la cabeza un momento- si me lo permite, quisiera luchar a su lado, completar el entrenamiento para convertirme en rohirrim –el rey asintió.

-Muy bien. Te recuerdo que el reglamento requiere que todos los soldados juren lealtad, y que al romper ese juramento se te considerará traidor y se te juzgará al respecto. ¿Lo entendés?

-Sí señor –asintió- Ya tengo suficiente con ser considerado traidor en Gondor –el elfo se encogió de hombros.

-Estarás de acuerdo en que lo tenés bien merecido –Tulkandur asintió, mientras el rey volvió a dirigirse a Erkerband- Dale una espada a este, está dentro –el mariscal hizo una seña desde lejos para indicar que había oído. Sin demasiado preámbulo se retiró de los talleres y volvió a su despacho.


Lejos de allí, en las verdes planicies de fuera de las murallas de Edoras, una elfa se rodeaba de una gran cantidad de wargos. Sesenta y tres en esta tanda para ser exactos. Un poco a punta de espada y otro poco en base a premios que consistían en generosas porciones de carne, les daba órdenes simples. Saltar, correr, detenerse, agazaparse, ese estilo. Era un espectáculo magnífico ver a esa enorme cantidad de bestias feroces realizando movimiento perfectamente sincronizados. Se había pasado los últimos tres meses entre los wargos, la guerra y la familia; y esta era la segunda tanda que había reclutado y entrenado. Más adelante, debía realizar un entrenamiento conjunto con los soldados para que aprendieran a manejar a las bestias y ponerlas a su servicio.

Lo hacía de forma casi automática, lo cierto es que el movimiento de los wargos era algo hipnótico, que le recordaba a Nambelle con los caballos. ¿Qué habría sido de ella? ¿Estaría viva aún? Se encogió de hombros, no era su batalla. Pero siguió divagando y pensó en Anne y Legolas, que habían vuelto finalmente a Bosque Negro para que su hijo -y heredero al trono- naciera allí. Era lógico, pero extrañaba su amistad. Los cuatro habían sido inseparables el último tiempo, y ahora se sentía un poco sola. La guerra los tenía ocupados. Sólo lograba ver a Danuin por la noche, y muchas veces él llegaba a altas horas de la madrugada, cuando ella ya se había dormido; y se retiraba muy temprano. Sólo podía saber que había pasado por allí porque sentía su aroma entre las sábanas. Pero lo que más le dolió fue tener que dejar a Mardion a cargo de las niñeras del palacio, viéndolo muy poco realmente. Se lo tomaron quizá demasiado en serio, y muchas veces ni siquiera la dejaban que fuera ella quien lo alimentara. Era frustrante, era la reina maldita sea, y le daban órdenes a ella.

Ese razonamiento la exasperó, y mientras caía el sol decidió que ya estaba bien de entrenamiento por hoy. Sabía que Danuin estaría ocupado, así que se fue a buscar a Mardion. Las niñeras lo tenían en un verdadero lecho de rosas, todo en su habitación era delicado y acogedor. Pero nunca podría ser perfecto, porque sus padres quedaban afuera. Excusó a las mujeres de su trabajo por ese día, sin escuchar ninguna de sus razones; con menos delicadeza de la que hubiera querido. Parecieron enojarse, pero de todas formas les estaban pagando una pequeña fortuna, así que no debía importarles demasiado. Pasó las siguientes horas dedicada por entero a su hijito, lo alimentó, lo bañó con cuidado, y habló un poco con él. Al final lo acurrucó entre sus brazos, pegado a su corazón, hasta que finalmente se durmió. Decidió que por esa noche quería que durmiera con ellos, así que lo llevó con ella a su habitación. Naturalmente, el lecho estaba vacío. Se acurrucó entre las frazadas y se durmió con el pequeño cobijado en su pecho.

El rey se sorprendió gratamente cuando ya entrada la madrugada entró a su habitación y se encontró con tan bello espectáculo. Se sentó a su lado y por largo rato los vio dormir, hasta que no pudo con su genio y acaricio suavemente el pómulo de su amada con sus nudillos.

-Gi melin, Mithduil –susurró casi imperceptiblemente, pero con toda la fuerza de su corazón; y aunque no quiso despertarla, ella abrió sus ojos grises. Con un ademán le indicó que bajara la voz, mientras él acariciaba suavemente la espalda del pequeño.

-Gi melin –sonrió, y sus ojos se llenaron de lágrimas. Se acercó a besarla en los labios con delicadeza, clavándole la mirada azul.

-No estés triste preciosa, ¿qué pasa? –se preocupó.

-Es sólo que –se mordió el labio-. No, olvidate. Soy muy egoísta –sorbió con la nariz y volvió a cerrar los ojos, con el seño fruncido.

-Lo que sea, podés contármelo. ¿O no confiás en mí? –Danuin también podía ser un poquito manipulador si quisiera hacerlo, y la animó con una sonrisa.

-Estamos tan ocupados últimamente, y yo los extraño tanto a ambos. Pasan días enteros que no nos cruzamos. No es exactamente la clase de vida que tenía planeada, la mayoría del tiempo estoy muy sola –hizo un pucherito.

-No creo que sea egoísta, al contrario. Debo confesar que yo también los extraño mucho a ustedes –Mithduil se incorporó con cuidado y ese movimiento hizo que Mardion abriera sus ojos turquesa. Su padre le clavó la mirada y le sonrió, para tomarlo entre sus brazos, donde parecía aun más pequeño. La elfa también sonrió, y lo envolvió por los hombros.

-Que bellos se los ve juntos, extrañaba esto –le dio a su amado un beso en la mejilla.

-Yo también. Hacía días que no te sostenía, principito –con esto lo acercó a su pecho y lo besó suavemente, y el pequeño sonrió. Luego volvió a dirigirse a la reina-. Tenés razón, tenemos que hacer algo, esto no puede seguir así.

-¿Qué tal si nos tomamos un día libre por semana? Así podríamos tener algo de tiempo para estar todos juntos –asintió.

-Me parece bien. Y hay otra cosa que extraño –Danuin esbozó una sonrisa pícara que la hizo sonreír y avanzar para besarlo con un poco más de fuerza.

-¿Qué? No me imagino –bromeó.

-Vamos, no seas tonta –ahogó una risita, pero luego su expresión se dulcificó-. Tengo muchas ganas de demostrarte con mi cuerpo cuanto te ama mi corazón.

-Yo también tengo muchas ganas, amor –hizo una pausa-. Además estaba pensando que deberíamos tomarnos unos días para ir a Bosque Negro. En algún punto tendrías que ir a conocer a tu sobrino, ¿no?

-Me parece una idea excelente. Mañana podríamos arreglar bien los detalles.

-Mis ocupaciones son un problema –resopló Mithduil- no puedo delegar nada, los wargos se van a comer al primer boludo que intente darles órdenes. Igual este grupo ya casi está listo, unos días y ya.

-Quizá podríamos irnos cuando termines con ellos. Te van a venir bien unas vacaciones, te veo nerviosa –ella descansó por un momento su cabeza en el hombro del elfo, realmente estaba muy cansada.

-Sí, cierto. ¿Podemos dormir? –no terminó de decirlo que estaba bostezando. Se acomodaron los tres muy juntos, era una noche fría; pero Danuin no parecía tener intención alguna de dormir. Tenía los ojos muy abiertos, clavados en los de Mardion, tanto que parecían disparar chispas al ambiente- Ya, duérmanse ustedes dos.

-Me colgué –rieron-. Todavía no puedo creerlo –Mithduil puso los ojos en blanco.

-¿Todavía? ¿Después de tres meses? Hola, tierra llamando a Dan –ahogó una carcajada y el pequeño rió con él.

-Es que tenemos un hijo perfecto, ¿no te parece? –ella asintió, sonrieron juntos, y volvieron a colgarse mirándolo por largo rato, hasta que volvió a dormirse.

-Se está portando bien eh. Lo amo muchísimo pero a veces me parece que dormido es como mejor está –siguió la elfa-. Y me parece que deberíamos imitarlo.

-Bueno –la besó suavemente en los labios y entrelazó sus dedos con los suyos- Buenas noches mi reina. Te amo, no te olvides. Y siempre te extraño –esta vez fue ella quien lo besó.

-Yo también te amo y extraño. Soy afortunada por esta noche con ustedes –sonrió- Buenas noches, que duerman bien.


Siete años es en verdad un tiempo breve para un elfo, aunque para los hombres sea muchísimo. Una vez solucionado el tema de los tiempos entre la guerra y la familia; las cosas se encaminaron solas. Pronto los cuatro amigos volvieron a estar juntos, viendo como su amistad se transmitía a sus hijos, Aradan y Mardion. Aunque las obligaciones eran muchas, se las arreglaban para ir y venir viajando entre ambos reinos para pasar tiempo todos juntos. Danuin y Legolas retomaron esa amistad fraternal que se había amargado por la muerte del hermano mayor, y solían pasar hasta altas horas de la madrugada observando las estrellas y bebiendo. Whisky, vino o cerveza, cualquier cosa era buena para ellos.

Para Anne y Mithduil también significó una nueva etapa de amistad, habían notado que los temas de conversación se ampliaban. Ahora no sólo era sobre sexo, comida, o tecnología del mundo de los hombres; sino cosas como ¿cuántas veces te despertaste anoche? Sin embargo, no hay duda de que fueron años felices. Incluso se dedicaron a viajar al mundo de los hombres por breves días, a Buenos Aires y a Madrid; visitando a los amigos y a la familia que habían dejado allí. Pocas semanas antes de la batalla final, los reyes aliados se reunieron para ultimar los detalles logísticos. En definitiva eran Aragorn, Thranduil, Elrond, Galadriel y Danuin. Cinco reinos, de hombres y elfos; listos para protagonizar lo que sin duda sería una batalla espectacular.

Por otro lado para Nambelle y Tulkandur su nivel de vida había bajado notablemente. Después de pasar un breve tiempo como reyes de Gondor y otros cargos importantes para el mago oscuro, ahora eran sólo un rohirrim común y corriente, con una novia común y corriente, viviendo en una choza común y corriente en las afueras de Edoras con la mayoría de los soldados. Para Nambelle lo peor había sido estar alejada de sus caballos y dedicarse a las tareas de lavado y costura que ocupaban a la mayoría de las damas plebeyas. Era por eso que cada vez que se frustraba, tomaba las riendas de Salvador –se había tomado el atrevimiento de robarse el caballo robado- y se perdía por algunas horas en el bosque. Cada vez que el dolor le ensombrecía el semblante volvía a la realidad con un juego que había inventado: disparaba una flecha a un árbol lejano, o a algún pobre animalito que anduviera por la planicie. Tanto lo hizo en siete años que llegó a ser la mejor, incluso casi como los elfos.


Uno de esos días que los reyes de Rohan se tomaban libres para dedicarse a ellos mismos decidieron salir fuera de las fronteras de la ciudad. Mithduil se las ingenió para volver a preparar su receta estrella aunque en ese mundo los ingredientes no fueran exactamente los mismos; brownies. Se tendieron en el pasto, olvidando la guerra y el honor; eran sencillamente ellos, y nada más. Recordó fugazmente aquella vez donde comieron entre las rocas de las sierras de Córdoba, aquel día que dejaron tirado a Darío en medio de la montaña, y se rió sola con ese recuerdo. Sin quererlo, acostada bajo el sol de primavera, se quedó dormida. Danuin y Mardion decidieron no despertarla y pasar un momento de machos. Quizá cabe señalar un detalle aquí, para los elfos el tiempo pasa en forma diferente que para los hombres. Aunque habían pasado siete años, cualquiera que viera al pequeño príncipe en el reino de los hombres hubiera pensado que no llegaba a cumplir dos.

Era un momento pleno para el rey de Rohan, puesto que tomaba las manos de su hijito y caminaba junto a él, compartiendo unos primeros pasos. Cada tanto intentaba soltarlo, intentando que se atreviera a dar algunos pasos solo; pero no había caso. Se asustaba y ponía mala cara, entonces se aferraba con más fuerza a las manos de su padre. De vez en cuando le echaba una mirada a su amada, quien seguía profundamente dormida. Se tomó un momento para taparla con la manta que habían llevado; no porque hiciera frío, sino para evitar que su piel se quemara por el sol. Cuando levantó la mirada pudo ver que Mardion había logrado dos pasos solo. Lo levantó en sus brazos y lo abrazó con fuerza, felicitándolo con palabras alentadoras, riendo juntos. ¿Debería despertarla ahora? Se veía con tanta paz que prefirió dejarla así por un rato, en verdad las tareas del entrenamiento la agotaban. Siguieron practicando caminar hasta que se alejaron sin darse cuenta de la elfa que dormía.

Los dos pasos se convirtieron en cinco, en ocho, en diez. Estaba radiante, riendo al sol revoleando sus finos rizos rubios, brillando sus ojos turquesa; orgulloso de sus logros. Y su padre también lo estaba, y era de hecho aquello que más orgullo le daba en su vida; más aún que el reino entero. Cuando vio a su pequeño un poco más seguro, lo dejó alejarse unos metros solo, con no pocas caídas de bruces contra el suelo. Sin embargo, se las tomaba bastante bien y sólo reía y volvía a intentar.

-Terquito –susurró Danuin, pensando en voz alta, y recordando ese apodo que Mithduil tenía para él cuando se ponía cabeza dura. Sí, en verdad se parecían. De repente, algo lo intranquilizó. Si su instinto no se equivocaba, debían volver a la ciudad pronto. Exploró el terreno con la mirada pero no pudo ver nada fuera de lo normal -¡Mardion! ¡Vení para acá! –lo llamó con un grito y comenzó a dar unos pasos inseguros en dirección a su padre. Algo pasó frente a sus ojos que le cortó por un momento la respiración. Una flecha. Oyó el grito desesperado de su hijo cuando vio que esa flecha le atravesaba el brazo y liberaba un chorro de sangre. ¿Quién puede ser tan cobarde para dispararle a un niño que está aprendiendo a caminar sin siquiera darse a conocer? Corrió hacia él, que lloraba y gritaba con desesperación, y lo llevó en sus brazos. Sólo pudo ver a Mithduil corriendo hacia ellos, pero nada del origen de la flecha.

Con un silbido sonoro llamó a su wargo, Federico. Danuin arrancó con fuerza y bronca una manga de su camisa para hacerle un rudimentario torniquete al bracito del pequeño, que ahogó un grito de dolor. Subieron al lomo de la bestia que la elfa comandaba con decisión, pero con el fuego de la ira inundando sus ojos. El rey acunaba al príncipe entre sus brazos, hasta que a mitad de camino se calló y comenzó a parecer más somnoliento.

-No te duermas, no te duermas –repetía Danuin con desesperación, presionando su herida para parar el flujo de sangre. Mithduil subió la mirada un poco más allá y entonces lo vio. Una mujer de ojos castaños, sobre un caballo cuyo color recordaba al café con leche, arco en mano; con una expresión horrorizada. Y pensar que había contribuido enormemente para salvarla, y pensar que había sido su amiga y la había traicionado otra vez. Pero esta vez no iba a escaparse sin consecuencias, iba a saber lo que era capaz de hacer con sus bestias. Entre estos casi razonamientos violentos sobre la morochita, cruzaron las murallas de la ciudad, corriendo directamente hacia su habitación.

¿No hubiera sido mejor buscar algunos sanadores? En verdad estaban acostumbrados, luego de tantos años en el camino, a curarse entre ellos si se lastimaban de alguna manera. Y esta no sería la excepción, porque para ellos curar a quienes aman es verdaderamente un acto de afecto y entrega. Danuin dejó al pequeño en la cama al cuidado de su madre mientras corría hacia el botiquín del baño.

-Mami, duele –balbuceó Mardion, y a Mithduil le rompió el corazón. Acarició su cabello mientras observaba su respiración frenética entre sollozos.

-Lo sé, pero vas a estar bien enseguida –tomó una de sus manos entre las suyas-. Sos muy valiente, ¿sabés? No te duermas, vamos a curarte. Tranquilo mi principito –le dio un beso pequeño en el pómulo mientras Danuin volvía con todos los elementos necesarios. Pero lo primero era sacar la flecha que todavía estaba clavada allí en su bracito. Lo hicieron entre los dos, ella lo sostuvo mientras él se dispuso a tirar hacia afuera. Sabía que desgarraría muchos músculos, pero no tenía otra opción si quería sacar el arma de entre su carne.

-Ahora voy a sacarte esto peque, tenés que estar muy quieto. Cuento hasta tres, ¿sí? –intercambiaron miradas, tragando saliva; y al "tres" tiró hacia afuera con toda su fuerza, liberando un nuevo chorro de sangre y un grito de dolor del niño. La elfa lo sentó en su regazo y lo envolvió entre sus brazos por detrás, un poco para calmarlo con su suave contacto, y otro poco para poder mantenerlo quieto. Lo besó entre su cabello y limpió sus lágrimas con cuidado, mientras su amado limpiaba la herida. Toda la escena les ponía la piel de gallina, con cada roce Mardion lloraba con más fuerza. Mithduil le susurró palabras tranquilizadoras al oído, mientras Danuin preparaba las hierbas curativas que venían a continuación. Sabía por experiencia propia lo mucho que ardía esa porquería, por lo que lo sostuvo con más fuerza para que no se moviera.

-Va a arder un poquito, tenés que ser muy valiente –le susurró su madre-. Pero no te preocupes, es sólo un momento –y con esto el elfo comenzó con la tarea que tenía delante, haciéndolo temblar y retorcerse de dolor. La culpa nublaba su mirada, lo último que quisiera era provocarle dolor. Y todavía faltaba lo peor, tarea que le tocaba a Mithduil simplemente porque se le daba mejor. Tomó aire e intercambiaron lugares. Tragó saliva con dificultad mientras enhebraba la aguja. La pareja sólo pudo mirarse con algo de miedo antes de comenzar. Lo recordaría como una de las cosas más difíciles que había hecho en su vida, y aunque lo había hecho miles de veces; el dolor de su hijo la hería profundamente.

Terminó en cinco minutos, aunque a los tres le parecieron años. Sólo faltaba lo último, el cálido calmante que untaba con cuidado. Con esto Mardion tomó aire y se relajó visiblemente, pero sin dejar de llorar. Su mamá terminó vendándolo con cuidado, y uniéndose al abrazo. Largo rato se quedaron así, muy quietos; intentando asimilar lo que había sucedido, hasta que lograron calmarse.

-¿Puedo dormir? –preguntó el pequeño con voz temblorosa, y ambos asintieron. Mithduil también se acostó y dejó que el príncipe se acurrucara en su pecho, pero con los ojos muy abiertos.

-Bastante duro ¿eh? –Danuin sonrió por primera vez, pero su amada no le correspondió, sino que le dedicó una mirada severa.

-¿Podés explicarme qué carajo pasó? –el rey se encogió de hombros.

-En verdad no lo sé, la flecha pareció salir de la nada. No me lo explico, aunque mi primera opción sería que Saruman debe tener espías por ahí, y sabe que atacar a Mardion es una buena forma de atacarnos a nosotros –la reina negó con la cabeza- ¿No te parece?

-No, bueno; debe tener espías seguramente. Pero no fue eso lo que pasó. Yo la vi –susurró lo último, y dejó que su mirada se perdiera, profundamente dolida y enojada.

-¿Entonces para qué me preguntás a mí? –ella le lanzó una mirada asesina y decidió ignorar esa pregunta- ¿Quién fue? –Mithduil tomó aire y se le llenaron los ojos de lágrimas.

-Nambelle –se mordió el labio, intentando contener las lágrimas, pero fueron más fuertes y salieron de todas formas. Danuin se acostó a su lado y dulcificó su expresión, entrelazando sus dedos con los de ella.

-Lo siento.

-Yo no. Mostró su verdadera cara, voy a tener que ir a hablar con ella –lo dijo con un tono que sugería que lo que menos haría sería hablar.

-No la mates, no es para tanto –susurró el elfo.

-No, soy un Neanderthal. Sólo me faltaría comenzar a jadear y arrastrarme con mis nudillos. Pero algo se me va a ocurrir.

-Deberíamos descansar nosotros también, calmarte un poco –acarició el dorso de su mano con el pulgar, y esbozó una sonrisita.

-Sólo si me das un beso de buenas noches –y él obedeció-. Aunque técnicamente aún es la tarde –entonces le dio otro-. Además nos quedan pocos días antes de la batalla, y no quisiera arruinarlos con cosas amargas. –Aunque en el fondo, ni ella se lo creía. Debía aprovechar la oportunidad para hablar con su ex amiga, tenía cuatro cosas que decirle.