Hello! Gracias a todos por leer. Ya nos acercamos al final, así que vayan pensando que van a poner en la review del último capítulo, y no acepto un no por respuesta jajaja. Que lo disfruten, los amo a todos :P Besos! :D


Capítulo 24: Previo a la batalla

Tulkandur llegó cansado de los entrenamientos a la cabaña que compartía con su amada en las afueras de Edoras, en el asentamiento que compartía con la mayoría de los soldados. Nambelle lo esperaba con comida, bastante hambrienta porque era ya muy tarde. Se saludaron sólo con una mirada cariñosa y ella sirvió una sopa sencilla. Al probarla, él soldado torció la nariz en una expresión de asco.

-Lo siento, hice lo mejor que pude con lo poco que había –se dirigió al hombre y enseguida bajó la mirada, no quería que viera que sus ojos se llenaban de lágrimas. Sin embargo, él lo notó. Se levantó y pasó por detrás de ella, abrazándola por los hombros.

-No, yo siento que debamos vivir así, es culpa de mis errores. Pero ya falta poco, no te preocupes –acarició suavemente sus muñecas con sus pulgares.

-¿Poco? Siete años y contando –balbuceó con la voz quebrada.

-Lo siento tanto, preciosa –entrelazó sus dedos con los suyos y la besó despacio.

-¿Y qué tal si nunca llega? ¿Y qué tal si no volvés de la batalla? ¿Tenés idea lo importante que sos para mí? –Tulkandur abrió los ojos muy grandes con esa revelación. Para él, ella siempre se había sentido mal por la repentina pobreza en la que se veían. Pero ahora podía darse cuenta de que en verdad temía por él. Se decidió a hacer algo especial por ella esa noche. Lamentó no poder brindarle algo mejor para cenar, pero no importaba realmente; porque la cubrió de besos y caricias, susurrándole palabras tranquilizadoras. Sabía que ella había sufrido mucho por culpa suya, y ese era un peso muy grande. Sólo esperaba poder brindarle una buena vida cuando todo esto terminara. Dedicó toda la noche a hacerla feliz, con dulzura y suavidad, pero también con pasión y entrega. Se quedaron dormidos entre sábanas revueltas, en su cama sencilla e incómoda; pero que era para él el mejor lugar del mundo, porque estaba con ella.

De repente unos violentos golpes en su puerta los sobresaltaron. Nambelle se acercó a la puerta, asombrada. Con un grito preguntó quien era, pero nadie contestó, sino que seguían los golpes violentos. Desconfiada y algo molesta de que hubieran interrumpido su momento de intimidad, abrió la puerta una rendija pequeña y se asomó. Lo primero que vio fue un par de pies, pero lo que más le impresionó fueron los zapatos. Zapatillas, en realidad; algo nunca visto en ese mundo. La estrella blanca de las All Star brillaba bajo la luz de la luna. Levantó la mirada hacia unos jeans, y luego un buzo de deporte; esos que tienen dos bolsillos al estilo canguro. Una capucha cubría la cabeza gacha del visitante, pero ella pudo reconocer en la oscuridad esos ojos grises y rizos dorados. Esa ropa le recordó un tiempo más feliz.

-Sofía –susurró.

-Buenas noches, Belén –subió la cabeza y le clavó la mirada- ¿Puedo pasar? –asintió y se corrió de la puerta. Tulkandur esperaba sentado a la mesa, expectante de quien rayos podía ser a esas horas de la noche –Nicolás –saludó cortésmente con la cabeza y se quitó la capucha; sentándose a la mesa sin pedir permiso.

-¿Qué hacés acá? –preguntó Belén- ¿Y por qué estás vestida así en Rohan? –la elfa esbozó una sonrisa.

-Para recordarte otra época. No vine como la reina de Rohan, sino como tu amiga –tragó saliva- aunque ya no estoy tan segura.

-No sé Sofi, después de tanto –buscó las palabras- Yo ya tengo treinta. Parece que vos te quedaste en veintitrés –lanzó una carcajada.

-Tengo dos mil doscientos ochenta y dos años, chiquitina. Me mantengo bien, ¿eh? –la mujer no pudo evitar reír.

-Detalles, detalles –por primera vez en mucho tiempo, rieron juntas.

-Mirá Belu, vine a recordarte algunas cosas. Hace como diez o doce años que nos conocemos, ¿verdad? –asintió- y sé que para vos ese tiempo es muchísimo; pero yo recuerdo muy bien. ¿Recordás cómo nos conocimos?

-En el hipódromo, ¿no?

-¿Te acordás qué estabas haciendo? –siguió.

-Sí, intentaba comprarme un purasangre, pero no tenía dinero –se le cortó la respiración cuando vislumbró a dónde quería llegar- Vos me prestaste plata.

-Y nunca me la devolviste –se mordió el labio, pero fue el hombre quien tomó la palabra.

-No tenemos ni para comer, y vos sos la reina, ¿cómo te atrevés a venir acá a mitad de la noche a pedirnos plata? –se exasperó, pero Sofía sólo le lanzó una mirada asesina.

-Esto es entre ella y yo –se volvió a dirigir a la mujer- ¿Qué hiciste por mí? ¿Recordás haberme hecho algún favor alguna vez? –pensó un momento.

-No, lo siento.

-Sin embargo, yo siempre fui generosa con vos, ¿verdad? Siempre te ayudé, ¿sabés por qué? –Belén negó con la cabeza- Porque la verdadera amistad es desinteresada. Pero ahora vamos a hablar de lo que pasó hace siete años –Nicolás tragó saliva.

-Mmm… El levantamiento de Gondor no tuvo nada que ver con vos. No era personal –Sofía subió una ceja, desconcertada.

-Sabés de que estoy hablando, no te hagas la boluda. Me refiero a cuando Nicolás te rescató de la torre de Isengard. Había un dragón.

-¿Cómo olvidarlo? –esbozó una sonrisa que pareció más falsa de lo que realmente era.

-Juan Pedro. ¿Sabés por qué ayudó a Nicolás? –negó con la cabeza- Porque yo lo ayudé. Le propuso un trato en mi nombre –la mujer abrió muy grandes sus ojos castaños.

-Lo imaginé. Nunca pude darte las gracias, pero realmente lo aprecio.

-¡Más vale que lo apreciás! De no ser por eso probablemente no estarías viva –Belén bajó la cabeza- Lo que quiero que entiendas es cuánto te ayudé sin pedir nada a cambio –su expresión se dulcificó un poco. Pasaron unos momentos de silencio.

-Tenés razón. Lo siento, de verdad estoy agradecida –Sofía asintió.

-Mucho mejor, me alegro de verdad –tomó aire- Por eso es el colmo del mal gusto que le hayas disparado a mi hijo –a la morocha parecía caérsele la mandíbula, no esperaba eso-. ¿Qué tan cobarde hay que ser para dispararle a un niño que está aprendiendo a caminar sin siquiera dejarse ver? ¿Me estás jodiendo? –frunció el ceño y entrecerró los ojos, de modo que parecían disparar chispas.

-No, no –balbuceó- no sabía que era tu hijo. Juro que no lo sabía –Nicolás comprendió entonces por qué había sido Danuin el que el había transmitido el mensaje sobre el dragón, en lugar de ella.

-¿Y eso que importa? Es el hijo de alguien, no es excusa.

-¿Está bien? –siguió, con la voz quebrada.

-Sí, porque tu mala puntería hizo que le dieras en el brazo.

-Lo siento –Belén comenzó a llorar, pero Sofía no se conmovió en lo más mínimo.

-Ya estoy cansada, ¿sabés? Me cansé de dar, dar, y nunca recibir. Es todo, esto no te va a salir gratis –en ese momento Nicolás perdió los estribos, se levantó y se colocó entre ellas, en un vano intento por proteger a su amada- Está bien, no voy a matarla –cruzaron una mirada asesina.

-De verdad lo siento, de verdad –sollozó.

-Si vieras a tu hijo retorciéndose de dolor entenderías cómo se resquebraja tu alma con su sufrimiento. Así que vas a tener que hacer algo por mí –la pareja cruzó una mirada, imaginando cualquier posibilidad.

-Trataré –susurró.

-Se trata haciéndolo, ¿lo habías pensado? –hizo una pausa-. Me falta algo de caballería, así que estás dentro.

-¡¿Qué?! –Belén y Nicolás gritaron a la vez, y ella siguió- Eso quiere decir, ¿en el frente?

-Sí, así es. Podrías llevar el caballo que me robaste, parece que lo tenés bien entrenado.

-No, no, por favor –rompió en llanto.

-No seas marica, es como un videojuego. Además, sos buena con los caballos; sinceramente no creo que mueras. Tampoco es mi intención. Sólo quiero darte un escarmiento –Nicolás tomó la palabra.

-Si le pasa algo voy a ir a buscarte –Sofía se encogió de hombros.

-Ok, trato hecho. Ahora tengo que irme –y sin esperar ninguna respuesta se levantó, volvió a ponerse la capucha del buzo, y salió sin pedir permiso.


La costumbre dictaba que la noche anterior a partir a la batalla se brindara un gran banquete para los soldados. En esos días, dependiendo de las distancias; los cinco reinos de la alianza estarían celebrando este banquete de despedida. Llegarían a Isengard por todos los flancos para rodearla. En Edoras, el banquete estaba presidido por los reyes, junto con los dos hombres de confianza del rey; Ranuin y Erkerbrand. Todo el resto se repartía en unas mesas enormes que habían instalado en el salón principal. Se habían encargado de que todo el mundo pudiera comer y beber hasta saciarse. Era una velada llena de alegría, cantando canciones de guerra; en general se sentía un buen ánimo. Mithduil se ocupaba de cortar pequeños pedazos de carne para el pequeño Mardion, mientras el mariscal del Folde Oeste comía una enorme pierna de res sólo con sus manos y sus dientes. Buenos modales, pensó con ironía; y es que la verdad era que los elfos eran bastante más delicados para comer que los rohirrim.

La costumbre también decía que al terminar el banquete, el rey debía dar un discurso motivador sobre la batalla. Estaba un poco nervioso, no había podido escribir nada; y envidiaba la habilidad de Aragorn para motivar hasta al más deprimido con sus discursos. Tomó de golpe la copa de vino y cruzó su mirada con la de su amada. Ella le sonrió y lo acarició despacio en la rodilla para darle ánimos. Se levantó y miró en forma panorámica toda la enorme estancia. Cuando todos se hubieron callado, tragó saliva y empezó a improvisar.

-Amigos míos, mañana partimos a la batalla más importante de esta era. Una alianza de cinco reinos de elfos y hombres, cinco reinos que defenderán su libertad, que mantendrán el mal a raya. Muéstrenle al mundo el honor y la valentía de los guerreros de Rohan –muchos levantaron sus jarras y brindaron, mientras Danuin los silenciaba con un ademán-. Es un honor para mí luchar codo a codo con ustedes, hombres y hermanos –hizo una pausa- Muchas gracias –la audiencia se deshizo en vitores y brindis por la batalla que vendría. El elfo se sentó pesadamente y masajeó su sien con dos dedos, resoplando.

-Ey tranquilo –le dijo Mithduil mientras le dedicaba una pequeña caricia en la rodilla- lo hiciste bien –y sonrió.

-¿Muy breve? Hablar en público no es lo mío, sin duda.

-A mí me pareció perfecto –y con esto se acercó a darle un beso en los labios, que se mezcló con su sonrisa.

-No sé que haría sin vos –susurró el rey-. Si llegara a pasarte algo no podría perdonarme –ella lo calló con un dedo sobre sus labios.

-Tranquilo terquito, puedo cuidarme sola. Va a ser un honor luchar codo a codo a tu lado, como bien dijiste –él la envolvió entre sus brazos y la apretó un poco.

-Lo digo en serio. Esta batalla va a ser más larga de lo que estamos acostumbrados; y sin duda va a ser mucho más dura –ella le dedicó una sonrisa dulce.

-Te prometo que va a estar todo bien, terquito –sonrieron juntos y pasaron su mirada hacia Mardion, que jugaba con el pelo de Ranuin, tirándolo y riéndose; mientras al mayor se le llenaban los ojos de lágrimas. No pudieron evitar reír al contemplar esa escena. Todos pasaron a otro salón a finalizar la velada. Era una costumbre arraigada desde tiempo inmemorial, con la estancia finamente decorada. Era una oportunidad para que los soldados compartieran un último baile con sus parejas, la oportunidad para despedirse con una canción triste y romántica. Para los solteros ese baile estaba prohibido, era exclusivo de los amantes. Como anfitriones, a los reyes les tocó abrir la pista; siguiendo la dulce cadencia de la banda, clavándose los ojos. La música era realmente inspiradora para el corazón.

Danuin curvó un poco su espalda para apoyar su cabeza en el hombro de su amada y cerrar los ojos un momento. Ella aprovechó para besarlo entre el cabello y apretarlo con más fuerza contra sí. Sintió que su corazón estallaba, cuánto lo amaba. Ella tampoco sabría qué hacer sin él. Poco a poco, las parejas se animaron a seguirlos, y pronto la pista estaba llena. La elfa lo apretó con más fuerza y derramó algunas lágrimas, muy consciente de los susurros que eso provocaba entre la multitud.

-No llores mi amor, no es una despedida –Danuin le limpió las lágrimas con las yemas de sus dedos y la besó muy lentamente. Cuando se separaron sonrió, y siguió- Estás preciosa –se sonrojó un poco.

-Vos también, muy guapo –suspiró- No sé qué haría sin vos, cuidate mucho por favor –él se rió un poco.

-¿Quién es la terquita ahora? –tomó su rostro entre sus manos y volvió a besarla.

-Te amo tanto, no podría estar sin vos –él esbozó una media sonrisa.

-Y yo te amo a vos, mi reina –se acercó riendo a su oído, como un niño que cuenta un secreto- Ey.

-¿Qué? –le siguió el juego, divertida.

-Casate conmigo, por favor –le dio un besito en el cuello, para luego volver a mirarla a los ojos. Sonrieron juntos.

-Encantada, mi rey –se besaron una vez más, pero esta vez sin ningún reparo en beber uno de otro, explorando sus lenguas por largo rato. La multitud debió estallar en un aplauso para que se detuvieran, sin dejar de reír.


-¿Me concede esta pieza, bella dama? –Tulkandur le tendió su mano a su amada y la invitó a bailar con él. Aunque sonreía, la tristeza inundaba su corazón. La pegó contra su cuerpo y disfrutó de su suave contacto, preguntándose cuándo volverían a estar así de cerca. Bailaron juntos esa canción triste, mirándose a los ojos llenos de miedos, acariciándose suavemente las espaldas y los brazos. Nambelle escondió su rostro en el hueco de su cuello y dejó que esa calidez la llenara.

-Te queda muy bien el uniforme –intentó una sonrisa-. Estás muy guapo –y él se la devolvió.

-Vos sos la mujer más hermosa de todo el reino –le dirigió una mirada fugaz a la pareja de reyes que bailaba muy cerca, que se besaban con una lentitud que dolía. Estaban radiantes, cualquiera que los viera diría que se amaban, y luego volvió a su amada-. Bueno, la más hermosa de toda la tierra. ¿Puedo preguntarte algo?

-Decime

-Me encantó tu nombre en el mundo de los hombres, ¿cómo es completo? –no esperaba esa pregunta, pero respondió.

-María Belén Bolívar –sonrió- ¿y vos?

-Nicolás Monroe. ¿Bolívar como Simón Bolívar? –rió.

-Sí, lo vi en un póster en la calle que publicitaba las elecciones en Venezuela, república bolivariana.

-Lo sé, yo nací en ese mundo, pero ¿por qué?

-Dejame terminar –sonrió y le dio un beso pequeño en los labios- En el póster estaba sobre uno de mis caballos favoritos, y pensé que era una señal. Investigué un poco más, y resultó ser un gran jinete; y tenía mucho en común conmigo. Pero no sé nada de él como político, sólo los caballos –Tulkandur asintió.

-Y tres tildes además –rió.

-Me encantan, no las tenemos en la Tierra Media –lanzó una carcajada, pero se vio interrumpida por un beso largo y profundo.

-Bueno, María Belén Bolívar; quiero que sepas que te amo con todo mi corazón, que sos lo más importante que tengo en la vida entera –la pegó contra su cuerpo y se fundieron en un abrazo perfecto que parecía derretirles el corazón.

-Yo también te amo, Nicolás Monroe –volvió a sonreír.

-¿Segura? –bromeó.

-Muy segura. Nunca estuve más segura de nada en mi vida –un brillo se encendió en sus ojos azules, pero se apagó con un recuerdo.

-Tenés que saber que yo no era tan guapo en el mundo de los hombres, quizá al volver recupere mi apariencia anterior.

-No importa mi amor, tu corazón siempre va a ser mío; no importa el aspecto.

-Debo advertirte que era muy feo, ¿seguirías amándome? –no pudo evitar una risita.

-Siempre –sentenció Nambelle.

-En ese caso, tengo otra pregunta –tomó aire, con una risita nerviosa- María Belén Bolívar, ¿serías mi esposa? –ella se paró en seco, clavándole sus ojos castaños en los azules; que se llenaban de lágrimas. Lo besó con suavidad y susurró sobre sus labios.

-Sin dudarlo, mi amor –el beso se convirtió en sonrisa, y siguieron bailando sin que existiera nada más que ellos solos en el universo. Un ensordecedor aplauso los hizo salir de esa ensoñación. Se voltearon para ver a la reina de Rohan colorada por la vergüenza, y riendo como una colegiala de quince años que da su primer beso; mientras el rey la envolvía entre sus brazos con una alegría juvenil que le dio a Tulkandur un poco de envidia. La tienen fácil, aman para siempre; en cambio nosotros tenemos que encontrar algo para refrescar la relación cada tanto. Quien pudiera estar tantos años y seguir pareciendo el primer novio de la escuela. Sonrió al recordar que el tímido nerd que era nunca antes había tenido una novia.


El rey de Rohan se acomodó entre las sábanas sin un ápice de sueño, con los ojos muy abiertos aunque ya era muy tarde. Se preguntó quien había tenido la brillante idea de que la tradición implicara acostarse tan tarde el día anterior a despertarse tan temprano. De todos modos no tenía ni una gota de sueño. Mithduil se acostó a su lado y suspiró. Lo más difícil había sido explicarle a Mardion que no iban a volver a verse en vaya a saber cuánto tiempo, si acaso volvían. Esa imagen rompía su corazón, pero supo que le debía la verdad. Que fuera pequeño no era excusa para tratarlo de tarado, o para mentirle descaradamente. Ella se acurrucó pensando en su hijito, mientras que Danuin comenzó a acariciar la curva de su espalda con las yemas de sus dedos.

-Mientras estoy aun en la cama mis pensamientos se lanzan a sí mismos hacia ti, mi eternamente amada –comenzó a susurrar-. De a ratos alegres y entonces otra vez tristes, esperando al destino: si este nos otorgará una resolución favorable. Yo puedo solo vivir ya sea totalmente contigo, o no viviré –le dio un beso en el omóplato, respirando su suave aroma.

-Beethoven y la amada inmortal, ¿no? –él asintió- Si he resuelto vagar sin rumbo en la distancia, hasta que pueda volar a tus brazos, y pueda considerarme enteramente en casa contigo –la siguió ella, y lo hizo sonreír y volver a besarla.

-Oh, Dios ¿por qué tener que separarse uno mismo de lo que uno ama tanto? Y así mi vida en Viena como es ahora es una vida miserable –tomó aire y susurró más cerca de su piel- Tu amor me hace el hombre mas feliz.

-Danuin, Danuin –sonrió con tristeza- tu amor me hace la mujer más feliz también. Te amo –la abrazó un poco más fuerte.

-Y yo, mi cielo. Permanece calma, solo a través de la tranquila contemplación de nuestra existencia podremos alcanzar nuestro objetivo. Sé paciente –Mithduil suspiró, y siguió donde él lo había dejado.

-Ámame hoy; ayer, que doloroso anhelo de ti, de ti, tú mi amor, mi todo. Adiós.

-Oh, continúa amándome. Nunca juzgues mal el más fiel corazón de tu amado. Siempre tuyo.

-Siempre mío –susurró la reina con los ojos llenos de lágrimas.

-Siempre nuestro –terminó el elfo para apretarla contra su pecho y besarla profundamente. Era evidente que el miedo los tenía más sensibles que de costumbre, y con razón; al día siguiente partirían a la batalla. Sólo entre su cálido contacto lograron dormir, un sueño intranquilo y entrecortado.