Hello! Bueno, hemos llegado al clímax del asunto, el punto álgido de este relato, el momento para el cual han estado preparándose los últimos siete años. Más sorpresas y suspenso por aquí. Espero que les guste :D


Capítulo 25: La batalla final

Fue recién pasado el mediodía que vieron en el horizonte la torre de Isengard. Nambelle tardó mucho más en verla porque iban muy atrás, con los soldados de poca monta; y se le hizo un nudo en el estómago al recordar los seis meses que estuvo prisionera allí. Sintió náuseas, miedo, ganas de salir corriendo; pero al ver a su lado cruzó la mirada con la de su amado que la consolaba sin palabras. Había recuperado su corcel negro, en su opinión; el mejor caballo que hubiera podido encontrar. Ella había hecho caso del consejo de Mithduil y se había quedado con el caballo robado, Salvador. Le hubiera gustado comandar un wargo como ella; pero estaban reservados para los cargos más altos. El sol del mediodía la encontraba recordando a su antigua amiga. Largamente había pensado en sus palabras, y se dio cuenta de que en el fondo –muy en el fondo- quería ser como ella. Una gran guerrera, pero además una mujer amorosa, y una persona compasiva que siempre la había ayudado. Tomó aire y trató de pensar en otra cosa, no era buen momento para sentimentalismos.

Desde los terrenos más altos, Danuin cruzó su mirada con la de su primo; a varios kilómetros de donde estaba él; y le dedicó una sonrisa. Era su primo, su hermano, su mejor amigo; y añoraba esos tiempos de paz en los que estaban todos juntos. Su prometida miraba fijamente al frente, buscando con sus ojos grises a los comandantes de todos los ejércitos. Saludó con la mirada a Legolas y a Thranduil, a Elrond y a Galadriel; y luego a Aragorn, pero sus ojos humanos no le permitieron verla desde lejos. Ranuin le dedicó un guiño a su mejor amigo, a quien no veía hacía tiempo, Elrohir. Avanzaron un poco más y pudieron ver el ejército al que se enfrentarían. Los orcos eran tantos y se agrupaban en tan poco espacio que eran indistinguibles uno de otro. Parecía una unidad amorfa, una masa de una negrura que dolía. Fuego, trincheras, humo; horror. Y en el centro, la fortaleza de hierro; y el mago observando satisfecho desde el balcón.

Como esperaban, fue Thranduil el que rompió la tensa calma y dio la orden de atacar. Los rohirrim se fundieron en un grito guerrero y avanzaron en una carrera desesperada. Mithduil le susurró a Federico, su wargo; tenían una tarea diferente, encargarse de las bestias del enemigo. Con unos zarpazos se llevó a cinco orcos, manchando de rojo la mano blanca que teñía sus cabezas. Había elegido una espada larga, de un metro y medio; que le permitía cortar cabezas a mansalva. Pero el verdadero objetivo eran los trolls de la montaña que aplastaban a sus soldados con un garrote. Era bastante fácil, ya lo había hecho muchas veces. Llegaba por detrás y con un salto de Federico a su espalda, que le clavaba las garras, le cortaba el cuello con la espada larga. Se tomó unos segundos para buscar a Danuin y a su hermano con la mirada, y él le respondió con una sonrisa.

-¿Cómo van? –preguntó la reina, algo divertida.

-Dieciocho –contestó Ranuin orgulloso, mientras remataba a un uruk.

-Veintisiete –siguió Danuin.

-¡Flojitos! –mató otro troll- ¡cuarenta y dos! –rieron, por más absurdo que parezca; quien pudiera reír en medio de tamaña batalla.

-¡Eso no es nada! –dijo una voz detrás de ellos mientras cinco flechas remataban a cinco orcos distintos- ¡Cincuenta y uno! –Mithduil no pudo evitar reír. Presumido, pensaba; pero se alegraba de verlo. Subió un poco la mirada, todo estaba bien por allí y no había más bestias a la vista por ahora. Sin embargo, entre los soldados menores estaban teniendo algunos problemas. Era su deber como reina ir a ayudar, pero hubiera ido de todas formas.

La presencia del wargo alteró a los reclutas más nuevos, muchos no podían definir de qué bando estaba. Pero pronto volvió a llevarse orcos con facilidad, entre las garras del animal y el filo de la espada larga. Escuchó un grito y se volvió a ver. Una mujer había perdido las armas y el casco, estaba acorralada entre tres o cuatro orcos. Sin dudarlo asesinó a las bestias y tomó a la muchacha por la muñeca, subiéndola al lomo de Federico. Quedaron frente a frente, mirándola a sus ojos castaños; viendo el miedo en el fondo de su alma. Pero sólo le sonrió.

-Buenas tardes, ¿cómo lo llevás? –no dejaba de comandar el wargo, y Nambelle sólo pudo balbucear.

-Gracias. Otra vez –la elfa sólo sonrió y la llevó montada en su bestia hacia donde estaba Tulkandur, quien le agradeció con un ademán mientras se alejaba rápidamente a seguir matando trolls.


La tarea de Danuin era menos demandante físicamente, pero más difícil; dar las órdenes. Estaba controlando todas las facciones de su ejército, y luego de que Mithduil ayudara a los menores; corroboró que ninguno tuviera problemas graves. Desde hacía siete años que su amada había entrenado un wargo especialmente para él, una hembra feroz y de un color más claro que cualquier otro que hubiera visto. La había llamado Ramona, y había aprendido a llevarse muy bien con su mascota fiel. Pero más que nada le gustaba que había sido un regalo de la reina elfa. Pudo ver a lo lejos que el enemigo traía catapultas que disparaban rocas encendidas, unas llamas rojas que sólo pudieron ser obra de Saruman. Dio la orden de alejarse de ellas lo más posible, con toda la fuerza de su voz; que se oyó en todo el valle. Lanzó una mirada fugaz a Legolas y a Ranuin que seguían a su lado, y más allá; a Mithduil asesinando trolls sin piedad alguna.

Una bola de fuego pasó muy cerca de ellos para su gusto y ordenó que se replegaran unos metros. Observó horrorizado como dejaba una estela de fuego por donde pasara, mejor razón para alejarse de esos artefactos. Observó desde lejos cómo su amada se enfrentaba a un olifante, pero no podía ir en su ayuda porque la tenía bastante complicada allí mismo entre las catapultas. Observó desde lejos cómo la tiró del lomo la bestia con un movimiento de su trompa y oyó un sonido extraño. Enseguida pudo ver que le había roto un brazo, inundando su semblante con una mueca de dolor. Frunció el ceño y volvió a subir a la espalda de Federico, y siguió. A los pocos minutos logró rematarlo y Danuin respiró aliviado. Volvió a pensar que no podría vivir sin ella, suplicó por todo lo sagrado que estuviera bien.

Pensó también en Mardion, pero supo que estaba seguro; muy lejos de la batalla, y muy lejos de Rohan. En Bosque Negro, con su primo Aradan; cuidado por Anne y Adlanna. Sí, seguramente estaría bien allí entre juegos y cuidados, no tendría que preocuparse por nada. Sólo esperaba volver a verlo pronto, pero la batalla estaba muy lejos de terminar. Con los violentos zarpazos de Ramona remató algunos orcos más. Decidió que ya estaba bien de pensar en su hijito y debía volver al campo de batalla. A lo lejos pudo ver a su tío, Thranduil, como nunca antes lo había visto. Siempre había sido tan serio, frío, inaccesible; y ahora lo veía inundado por la ira. Tenía la espada y la armadura manchadas de la sangre de los enemigos que asesinaba sin piedad alguna. La venganza era su mayor satisfacción, era palpable.

Si alguien iba a matar a Saruman, iba a ser él sin duda alguna. Se merecía su venganza, ojo por ojo; por su hijo mayor. Danuin comprendió que si alguien le arrebatara a su hijo de esa manera haría lo mismo; y decidió ayudarlo. Lo veía acercarse a la torre cada vez con más desesperación, y lo siguió; gritándole.

-¡Tío! –le dedicó una mirada gélida, pero siguió avanzando- ¡Llevate mi wargo! –con eso reaccionó y fue a su encuentro.

-Gracias, Danuin –agachó la cabeza en señal de profundo respeto y agradecimiento, y su sobrino hizo lo mismo. Le susurró a Ramona para indicarle que obedezca al rey de Mirkwood, y bajó de su lomo.

-Se llama Ramona, es la mejor. Entrenada por una reina, para un rey. Ahora es tuya –sonrió y ayudó a su tío a subir, mientras tomaba su alce. Siempre le había parecido un poco ridículo ese animal, en verdad hubiera preferido un caballo color café con leche, como Salvador. Pero el objetivo de todo esto era que hiciera uso de la habilidad del wargo para trepar y subir a la torre.

-Gracias. Cuidalo bien también –lo vio alejarse entre los orcos que asesinaba en su camino.

-¡No tengas piedad! –le gritó a lo lejos y le dio una palmadita al enorme alce en su cuello- Ahora somos vos y yo, pequeño Bambi –ironizó el rey de Rohan y volvió a la batalla.


Legolas observó de lejos toda esa escena y enseguida fue en busca de su primo para indagar sobre lo que había sucedido. Disparaba sus flechas a una velocidad que lo sorprendía a sí mismo, porque era para él el fuego de la venganza lo que lo empujaba, al igual que a su padre. Sintió algo de pesar por los terribles sentimientos que albergaba en su corazón, porque él no era así; él era bueno, generoso y amoroso. Se lo repetía para sus adentros como un mantra, como si aquello disminuyera el odio hacia el asesino de su hermano mayor. Pensó en Anne, una mujer hermosa como nunca antes había visto; pensó en la eternidad que le esperaba a su lado y sonrió para sus adentros.

Recordó su boda, y que aunque su padre estaba un poco enojado por no haber cumplido el protocolo –se habían casado después de nacer Aradan- al final estaba encantado. Pensó en su pequeño y recordó sus primeros pasos, hacía muy poco; yendo de su esposa hacia él, y viceversa, por largo rato. No pudo evitar sonreír, en verdad que el príncipe de Mirkwood se había hecho de una buena vida. No llegaba a comprender el por qué o incluso el cómo esa enorme felicidad y ese amor precioso podían convivir en su pecho con el odio que albergaba hacia Saruman y hacia Tulkandur. Pero no olvidaba que ahora era sólo un soldado más, sin un wargo, sin una espada, sin ninguna corona. Y sin hermano. Ese pensamiento le estrujó el corazón.

Danuin pasó a su lado y se sorprendió de que el príncipe estuviera soñando despierto en medio de la batalla, eso era muy poco usual en él. Lo tomó por el antebrazo y lo empujó en el momento justo que una bola de fuego de la catapulta les rozaba las cabezas. El rey le puso los ojos en blanco a modo de reprimenda, pero luego sonrieron juntos. Legolas buscó a su padre con la mirada y lo vio muy cerca de la fortaleza de hierro. Suplicó por que lo lograra, quería ver muerto al mago oscuro. Más adelante pudo ver a su buen amigo, el rey de Gondor, y le sonrió desde lejos. Hacía varios años que no se veían, y se veía algo más envejecido. Sin duda deberían hacerle una visita cuando acabara la guerra. Se alegró un poco con ese pensamiento, pero seguía preguntándose cómo diantres podían convivir en su pecho sentimientos tan diferentes.

-Voluble como el primo eh –rió Danuin, como leyendo sus pensamientos, mientras Legolas le dedicaba un golpecito en el hombro.

-Tarado –rió, a la vez que esquivaba el ataque de un uruk y le metía una flecha en su garganta- Ciento dieciocho –comentó orgulloso de su logro en materia de enemigos muertos. Pero el rey de Rohan no le respondió, sino que la preocupación nubló sus ojos azules, de un azul profundo y precioso. No veía a Mithduil por ningún lado, y recordó que hacía rato se había quebrado el brazo. Maldita sea, debió haber ido por ella antes, y no tenía con Bambi –así lo había bautizado- la movilidad que tenía con su bella mascota Ramona.

Un troll se acercó a ellos y eso lo sorprendió aún más. Se suponía que la elfa los había matado a todos, entonces ¿qué hacía este allí? ¿Y dónde estaba su amada? Temió lo peor mientras Legolas le apuntaba al cuello y a los ojos. En un movimiento osado, Danuin saltó sobre la espalda del troll, quien luchó desesperadamente por liberarse; pero no hubo caso, lo tenía agarrado con fuerza. Con un movimiento violento logró apuñalarlo en el cuello con su espada larga. Un momento después la bestia se desplomó, y debió de tener cuidado de no quedar aplastado. Tomó aire, cansado, y pensó que Mithduil lo hacía parecer más fácil de lo que realmente era. Subió a su montura nuevamente e intentó observar más allá. Claro que había habido bajas, más de las que le hubiera gustado; pero estaban consiguiendo que el ejército de Saruman se replegara. Una nueva bola de fuego pasó por sobre sus cabezas, haciéndolos jadear por el calor abrazador que emitía.

Los dos primos avanzaron juntos por el campo de batalla, asesinando orcos sin escrúpulo alguno. Ranuin se unió a ellos para cuidarse las espaldas, y su hermano pudo notar que tenía algunas quemaduras en la espalda, como si el fuego lo hubiera salpicado en pequeñas gotas. O quizá fueran chispas aquello que lo había quemado. Observaron a Thranduil, quien había logrado llegar al balcón desde donde Saruman observaba la batalla. Se batían en un duelo mano a mano inundados de odio uno hacia otro. Era algo increíble, pero duro de ver. Ninguno de los presentes había visto jamás tanto odio en el aire entre dos seres. Pero Danuin no se quedó quieto mirando, sino que apretó los cascos del alce y recorrió el valle buscando desesperadamente a su amada.

Miles de posibilidades pasaron frente a sus ojos. Lo primero que pensó fue que la encontraría muerta en cualquier momento, que vería apagados sus ojos de tres colores según como se miraran; y que pronto moriría de tristeza. Pensó fugazmente en cómo sería el resto de su vida solo con Mardion, pensó que no podría hacerlo solo. Desechó rápidamente ese pensamiento, era demasiado duro siquiera para pensarlo. ¿Y qué tal si estuviera gravemente herida y no pudiera defenderse? En ese caso, debía encontrarla rápido, no importaba como. La protegería siempre, la curaría con su amor, y nunca más dejaría que nadie le haga daño. Rogó a todos los dioses, a todo lo sagrado, la necesitaba. La oyó gritar a lo lejos. Supo que era ella y siguió su voz, pero aunque intentó, no pudo verla. A lo lejos pudo ver a Tulkandur, con Nambelle pegada a su espalda y protegiendo su cabeza entre sus brazos. Así que ese había sido su castigo, ir al frente. Estaba aterrada, era palpable; y su amado la defendía aunque tuviera que usar su propio cuerpo como escudo.

Incluso el hombre que había traicionado a Saruman protegía a su mujer. Maldita sea, por qué se había despegado de ella. Danuin no paraba de culparse y de pensar lo peor. Sin quererlo derramó algunas lágrimas que nublaron su visión. Por un momento todo le pareció en un perpetuo silencio. Vio a su alrededor muerte y caos, pero chequeó con la mirada. Thranduil luchando en el balcón, Legolas y Ranuin cuidándose las espaldas. A lo lejos Aragorn aguantaba a pesar de que ya estaba un poco entrado en años para estas cosas. Pero por ningún lado pudo ver a Mithduil. No había dejado de avanzar ni cortar cabezas, pero lo hacía en forma automática, sin siquiera ver hacia donde se dirigía.

De repente un resplandor rojo inundó su visión, seguido de un calor abrasador. Soltó su espada porque lo caliente del mango le quemaba. Instintivamente miró solo para horrorizarse al notar su mano derecha en carne viva. Sintió el aroma de su propia carne quemándose. Agachó la cabeza para proteger su cuello y se cubrió el rostro con los antebrazos. Pero ya era muy tarde, ese fuego extraño y mágico lo rodeaba. Sintió que su piel se derretía, que el fuego le quemaba la garganta y los pulmones; un dolor inimaginable. Intentó retorcerse, huir, o fruncir el rostro en una mueca; pero ya nada le respondía. Ni siquiera podía decir si aún estaba de pie o estaba en el suelo; que era lo más probable. Estaba completamente solo, rodeado de fuego, no pudo ver a nada ni a nadie más. Y aun en esa desesperación, su corazón seguía buscándola.

-Mithduil –susurró con la voz quebrada, esperando que de alguna manera pudiera oír su lamento, un susurro que le quemó desde lo más hondo- Mardion –fue casi imperceptible incluso para él. Ya no podía sentir nada más que dolor en su cuerpo y en su corazón. No sabía si ella vivía o no, había fallado. Lo invadió la desesperanza y dejó de luchar. Se abandonó al dolor, y pronto dejó de ver. Todo se volvió oscuro.


Mucho suspenso aquí! Les juro por dios que si no vuelven a dejar reviews no les pongo el final (neh, cómo voy a hacer eso) Pero háganlo jajajaj. Adieu! Besos!