Hello! Bueno, voy a dejarles el suspenso que estaba metiendo, pero es que quería generar alguna review. Sino igual me juré que cuando llegara a un número redondo de visitas este mes se los pondría. Se la pasan leyendo los domingos ustedes, son los días con los mejores números jajaja. En fin, ya con este y el epílogo es lo último. Disfruten el final. Sobre la banda sonora, Disconnected de Keane y Invincible de Muse. Ciao.


Capítulo 26: Desenlace

Danuin se encontró solo en una suerte de cueva gigantesca, observando horrorizado ríos de lava y azufre. Pero lo que más le asombró fue la desgracia. A donde mirara veía pilas de cadáveres pudriéndose al calor. Calor abrazador, como nunca había sentido antes. Lo peor era el olor, el olor de la muerte impregnándolo. Se desplomó y comenzó a llorar. Cuando volvió a abrir los ojos pudo observar despavorido que sus manos también se estaban pudriendo. Frente a él habían aparecido dos cadáveres apilados, con los ojos muy abiertos. Una mujer y un niño, ojos grises y ojos turquesa. Lo único distinguible de sus cuerpos deformados. Se le cortó la respiración y gritó desesperadamente, con toda la fuerza de su corazón. Nunca se imaginó que podría experimentar un sufrimiento tan profundo. Quería morir. No valía la pena vivir sin ellos. Gritó desaforado, como un loco, como si eso acaso calmara el dolor de su alma.

Abrió los ojos de golpe para encontrarse empapado en transpiración y respirando frenéticamente. Pero era otro ambiente completamente distinto aquello que vio. Estaba en una cama enorme, en una habitación que no era la suya pero que ya había visto alguna vez. La cabeza le quemaba, al igual que el resto del cuerpo. Se notó vendas por todos lados y dejó salir el aire de sus pulmones. Una pesadilla, sólo eso. Se frotó los ojos e intentó razonar qué habría pasado. La guerra. Mithduil, ¿estaría viva? Tembló mientras recorría la habitación con la mirada intentando encontrar algún indicio de algo. Lo encontró en dos sobres colocados en la mesa de luz junto con un vaso con una sustancia vagamente dorada.

Sin tocar el vaso, por las dudas; abrió el primer sobre. Sonrió enormemente y se relajó por primera vez. Encontró unos garabatos infantiles, unos muñequitos que esperanzadamente se parecían a las personas. Un hombre alto, una mujer bajita, y un niño. Y un ¿wargo? No pudo evitar una risita, era el mejor regalo que le podrían haber hecho jamás. Una perfecta obra de arte, decidió colgarla en su despacho cuando volviera a Rohan. Le dio la vuelta y encontró una sola línea con una delicada cursiva. Se relajó incluso antes de leerla, conocía esa caligrafía: "Para papi, mejorate pronto", con una carita sonriente. Volvió a reír, no tenía idea del precioso tesoro que le había regalado. Entonces decidió abrir el segundo sobre, y sonrió al ver repetida la misma caligrafía.

"Buenos días mi rey. Si te lo estás preguntando, estamos en Bosque Negro, y ganamos la guerra. Thranduil le dio su merecido a Saruman, hay paz en la Tierra Media una vez más. Hace ya cinco días que llegamos (al momento de escribirte, cuándo despiertes es cosa tuya). Te cayó una de esas bolas de fuego de la catapulta, pero la sacaste bastante barata; vas a estar perfectamente. Sin cicatrices ni nada en tu cuerpo perfecto y deseable –volvió a sonreír, con picardía-. Todos estamos bien, despreocupate. No intentes gritar ni llamar a nadie, tenés la tráquea quemada; vas a hacerte daño. Te dejé un calmante en la mesa de luz. Esperame, paso a verte bastante seguido. Siempre tuya, siempre mío, siempre nuestro. Gi melin"

Volvió a leerla como si no lo creyera. Tomó el contenido del vaso de a traguitos pequeños, le quemaba. Enseguida comenzó a hacer efecto y sintió los músculos adormecidos, hasta que el dolor comenzó a menguar. Volvió a mirar el dibujo de Mardion por largo rato, luego la carta otra vez. Le habían hecho un regalo invaluable, por favor; cuánto los amaba. La puerta se abrió unos centímetros pero no pudo ver a nadie, y pensó fugazmente que sería el viento. Cerró los ojos, pero los abrió de golpe. Mardion saltó a su cama rugiendo como un tigre, jugando alegremente como si nada hubiera pasado. Lo abrazó y lo besó entre las finas hebras de su pelo, mientras no paraba de reír. Derramó algunas lágrimas sin dejar de sonreír, pero la expresión del pequeño cambió. Nunca lo había visto llorar, aunque llorara por la felicidad de su reencuentro. Le limpió las lágrimas con sus deditos y eso fue una caricia para su alma.

-Perdón –comenzó el príncipe- ¿te hice doler? –Danuin negó con la cabeza sin dejar de sonreír. Le sorprendía. ¿Cuándo había empezado a hablar de golpe como un loro? Que grande estaba. Tomó su manito con la suya y sólo lo miró sonriendo. Pero por un momento, porque enseguida había vuelto a su juego, personificando a un tigre; rugiendo y mostrando sus garritas. No pudo evitar reír, era liberador saber que estaba tranquilo y feliz. Cerró sus ojos un momento y descansó, pero sin dormir; sólo disfrutando de la alegre compañía de su pequeño. Sólo volvió a abrirlos cuando saboreó unos labios sobre los suyos. Sonrieron juntos, sin despegarse ni un milímetro.

-Hola –susurró Mithduil- ¿cómo te sentís? –Danuin hizo un ademán con su pulgar, el símbolo universal de "ok". Pero enseguida volvió a atraerla hacia él y la besó con más fuerza. La observó con atención, pero sólo pudo ver algunos cortes y quemaduras a medio cerrar. Parecía estar bien, y eso lo alivió. Quizá no se había quebrado después de todo. La elfa se acomodó en el pecho de su amado, con cuidado de no rozar sus heridas, y él la envolvió por los hombros. Cerró los ojos y se acercó aun más, aspirando su dulce aroma. Mardion no podía ser menos, y se acomodó también con su padre, quien lo envolvió con su brazo libre. Sonrió enormemente y agradeció que lo de hacía rato sólo hubiera sido una pesadilla. Había sentido cómo sería perderlos, había sentido que su vida perdía todo sentido y sólo le esperaba morir de pena. Y tenerlos ahí, acurrucados en su pecho, era maravilloso. Se hubiera quedado toda la vida en ese momento.


Lejos de allí, en su casucha en las afueras de Edoras, una pareja exhausta volvía a casa. Él se desplomó en la cama, herido y sangrando; pero vivo. Había logrado su cometido, mantener a salvo a su prometida. Aunque quizá le debiera algo a Mithduil, que la había sacado en el momento justo. No, ella la había mandado a la batalla en primer lugar. No le debía nada a la elfa, nada. Nambelle retiró su armadura con delicadeza y limpió sus heridas con cuidado. Era en vano, porque le provocaba una nueva mueca de dolor a cada momento. No tenían siquiera hilo y aguja para los cortes, pero se rehusaron a ir con los sanadores que atendían a los soldados. Ella quiso devolverle el favor de siete años atrás, él la había cuidado y alimentado hasta curar su cuerpo y su corazón. Comprendió que curar a las personas que uno ama es verdaderamente un acto de entrega y amor desinteresado. Después de mucho contenerse, lloró sin poder parar siquiera a respirar. El horror de la guerra había sido demasiado para ella.

-Ya pasó todo mi amor, no llores –la envolvió entre sus brazos, ese era el lugar más seguro. Ahora sabía que nunca más nadie podría lastimarla, si él estaba a su lado.

-Fue horrible. La guerra, la muerte. ¿Cómo pueden dedicarse a eso? –Tulkandur se encogió de hombros.

-Quizá no tienen corazón –aventuró.

-No creo que así sea, no hables así.

-¿Lo decís por tu amiga? –asintió.

-Un elfo ama para siempre, ¿crees que eso se aplique también a los amigos? ¿Por qué me salvó dos veces después de que la traicioné dos veces? Tan fácilmente podría haberme dejado morir.

-Es posible, pero entonces, ¿por qué te ordenó marchar a la guerra? –dudó un momento, pero respondió.

-Quería enseñarme algo, y creo que lo logró –Tulkandur se desconcertó.

-¿Qué aprendiste de esto?

-La fragilidad de la vida. Hace que la aprecie mucho más –volvió a derramar algunas lágrimas, y él la apretó con más fuerza.

-Yo te aprecio mucho más a vos. Estuve tan cerca de perderte –se mordió el labio-. Te amo tanto. Vámonos a Buenos Aires –Nambelle sonrió.

-¿Cuándo? ¿Ahora? ¿Y dónde vamos a vivir? ¿Tenés una casa o algo? –rieron juntos.

-Tenía hace siete años, ni idea si sigue en pie –volvieron a reír-. Pero vámonos lejos de todo esto, donde pueda darte una vida en paz. Quiero pasar el resto de mi vida a tu lado, por favor; vení conmigo –esbozó una media sonrisa, pero ella le clavó un beso suave y delicado.

-Te amo, voy con vos –sonrieron juntos, y pasaron el resto de la noche intentando averiguar cómo diantres iban a viajar al mundo de los hombres.


Cuando el rey de Rohan abrió los ojos volvía a encontrarse solo. Ahora era de noche, y la estancia estaba iluminada por la suave luz de lámparas de aceite en las paredes. Se había quedado dormido, pero ahora estaba tranquilo. Sólo en su cabeza y en su corazón, porque un dolor atroz envolvía su cuerpo. No había otro vasito de calmante, maldita sea. Se tomó un momento para inspeccionar las heridas de su cuerpo. Quemaduras, sin duda. Los muslos, luego el pecho; supuso que se habría agachado en ese momento, era consistente con la zona de las quemaduras. El pecho se sentía peor, seguramente porque el impacto había venido desde arriba. Pero lo peor de todo eran los antebrazos y las manos. Recordó que se había cubierto el rostro y el cuello con ellos, y habían recibido la mayor parte del impacto. Ese impacto seguía aun más, hasta los hombros; pero con menor intensidad. Notó que las peores quemaduras manchaban las vendas de sangre y pus, que se habían pegado a lo que le quedaba de piel.

Tomó aire y cerró los ojos, intentando controlar el dolor que lo envolvía; pero no lo logró. Los abrió cuando oyó la puerta abrirse, y vió a su amada entrar con una sonrisa. Se sentó a su lado, acariciando su barba apenas crecida con los nudillos. Cerró los ojos, susrpiró; y se perdió en esa caricia, que acabó en un beso en los labios.

-Buenas noches Dan –dijo con voz baja y dulce- ¿Cómo te sentís? –él respondió con el pulgar hacia abajo, no se sentía nada bien. Ella torció un poco la boca, pero siguió- ¿Tenés hambre? –No lo había notado, pero hacía rato que no comía nada. De repente se dio cuenta de que moría de hambre. Asintió con la cabeza-. Ahora vengo entonces –lo besó rápidamente y salió. Volvió más pronto que tarde, con una bandeja con algo para comer, y un vaso de calmante. El elfo sonrió, le alegró esa dedicación que le daba su futura esposa. Ese pensamiento lo asaltó de golpe, pero era cierto; si ya había terminado la guerra, no había nada que les impidiera casarse. Sólo esperaba que ella realmente quisiera, aunque había dicho que sí; no la había visto muy segura.

Pero la cabeza de Mithduil estaba muy lejos de eso. Le ayudó a comer, era un pure de frutas pisadas, quizá una de las pocas cosas que pudiera pasar por su garganta herida. Y pensar que sólo el líquido le quemaba, debía ir muy lentamente, de a bocados muy pequeños. Con las vendas que apretaban firmemente sus manos, y el dolor que las envolvía, no logró sostener los cubiertos por más de unos segundos. Finalmente se rindió, y dejó que ella le diera de comer. Lo hacía sentir inútil, pero también se sentía protegido, y eso era precioso para su corazón. Le parecieron horas hasta que se sintió satisfecho. La elfa acarició suavemente el antebrazo de su amado con las yemas de sus dedos, y él tensó sus músculos, envuelto en dolor. Enseguida se apartó.

-Perdón –se disculpó con pesar- ¿Te duele mucho? ¿No hizo efecto el calmante? –volvió a bajar el pulgar- Mala cosa. Hay que cambiar estas vendas sucias, pero se pegaron –él se mordió el labio, pensando que le esperaba un dolor aún peor. Ella acarició su pómulo y le dedicó una mirada dulce- Ey, tranquilo. Tengo una idea, podría prepararte un baño, eso ablandaría las vendas para quitarlas fácilmente, ¿te parece? –asintió. Un cuarto de hora después ya lo tenía listo. Apoyó los pies en el suelo y pasó su brazo por los hombros de su amada, que a su vez lo sostenía firmemente por la cintura. Así y todo, cada paso que lo separaba del baño de la habitación fue un desafío horrendo y doloroso. Era un lugar lujoso, más que una bañera parecía una piscina.

Aunque con algunos movimientos complicados, logró sumergirse hasta quedar con el agua hasta el cuello. Ahogó un suspiro, se sintió mucho mejor. Era evidente que había inundado el agua con calmantes y antibióticos. Pero enseguida una idea cruzó por la cabeza del elfo, y con un movimiento rápido y bastante doloroso tomó a su amada por la muñeca y la empujó hacia él. Cayó en la enorme bañera salpicando y derramando el agua por todos lados. Entonces se limpió los ojos y se mordió el labio, para luego poner los ojos en blanco; pero sonriendo.

-Tontorrón –rió, mientras se quitaba los zapatos, ahora de cuero empapado. Con algo de dificultad se quitó el vestido, que parecía pesar diez kilos, todo mojado. Danuin abrió los ojos muy grandes y brillantes, admirando su cuerpo desnudo bajo el agua. Quería tocarla, quería sentir su piel; pero las vendas en sus manos se lo impedían. Sonrió, no podía dejar de mirarla, de estudiar cada milímetro con su mirada, para creer que estaba allí. Si algo le hubiera sucedido no hubiera podido seguir, eso lo sabía. Abrió la boca e intentó hablar, pero sólo logró un ardor en su cuello. Volvió a intentar.

-Bella –sonrió, aunque fue más un gruñido que esperanzadamente llegaba a entenderse, y que le provocaba un ardor enorme. Ella le tapó la boca con un dedo.

-Chist, vas a hacerte daño –pero él apartó su dedo y siguió.

-Te amo –sonrió, y se sonrojó un poco.

-Yo también. Pero ya callate, no quiero que te lastimes, ¿sí? –el elfo asintió, y comenzó a tirar sin delicadeza alguna de las vendas de sus manos. Mithduil puso los ojos en blanco y lo detuvo- A ver, te ayudo –Desenvolvió con una lentitud que dolía, despegando cada trozo de piel quemada. Lo hacía bajo el agua para suavizar el dolor, que de todas formas no menguaba. Danuin apretó los dientes y los párpados, suplicando porque acabara pronto. Su paciencia y la tranquilidad con la que lo hacía era admirable, no perdía la calma. Pensó que si fuera él, ya estaría gritando y llorando como un nene chiquito. Terquito, voluble, calentón; recordó los apodos que ella le dedicaba en ese tipo de momentos. Vio como el agua se manchaba de la sangre que salía de entre las fibras de sus músculos.

Le parecieron años, pero terminó bastante rápido. Miraron horrorizados, casi no quedaba piel; sólo carne viva y sangrando. El contacto del agua lo hacía temblar. Pero era lo que estaba buscando. La buscó bajo el agua, entrelazó sus dedos con los de ella, mientras la flexión de sus dedos y el contacto lo hacía sangrar aun más. No quiso apretar, pero finalmente acabó acariciando suavemente el dorso de su mano con su pulgar. Se clavaron la mirada por un momento, hasta que la reina tomó esa mano y besó su dorso. Ese contacto fue su salvación, fue su mejor calmante. Siguió con el antebrazo, que fue aún peor. Cada milímetro sentía una agonía indescriptible. Apretaba los dientes y los párpados, respirando frenéticamente, transpirando aun bajo el agua; hubiera querido gritar, pero sólo podía tensar los músculos.

Ella comenzó a temblar, y supo que tarde o temprano perdería los nervios. No podía soportar verlo sufrir de esa manera, nunca en tantos siglos lo había visto así. Y saber que era ella la que le provocaba ese dolor, la mataba. Sabía que lo hacía para curarlo, como hacía bastante poco, cuando había cosido el brazo de Mardion. Sin anestesia, un mundo difícil. Poco a poco, pasando las horas; fue avanzando. Los brazos, el pecho, los muslos. Finalmente terminó, con el corazón oprimido. Se alejó un poco y lo observó, de pies a cabeza. Herido, pero aún más. Roto, destrozado. No se le ocurrieron más palabras. Enseguida y sin preámbulo alguno, rompió a llorar. Verla llorar por él le rompió el corazón.

La envolvió despacio entre sus brazos, aunque le doliera; más le dolía verla llorar. ¿Por qué hacía eso, maldita sea? Aunque fuera él quien necesitara más atención, allí estaba resignando toda su comodidad sólo por hacerle bien a ella. Pensó que era muy egoísta, y se apartó bajando la mirada.

-No llores amor –susurró Danuin, quemando su garganta; pero ella no pudo evitarlo.

-No me hables, no me toques; no puedo soportar hacerte más daño –escondió su rostro entre sus manos y lloró con más fuerza. Pero como buen terquito, no hizo caso.

-Me hacés bien. Me curás –volvió a acercarla a su pecho, aunque eso lo hizo sangrar; y el agua estaba tomando un tono rosado translúcido- Tranquila, todo está bien.

-No –sollozó.

-Sí –y con esto la besó en el cuello, mordisqueando el lóbulo de su orejita puntuda; pero ella volvió a callarlo, y otra vez no hizo caso- Sofi, Sofi-ta.

-Gabi, Gabi-to –esbozó una sonrisita.

-Muy bien, eso me gusta –le sonrió- Sólo necesito verte sonreír para estar bien. Tuve pesadillas, sentí lo que era estar sin vos, sin ustedes. Creeme, este dolor no es nada, nada; comparado con el dolor de perderlos. Solo no soy nada. Ustedes me completan. Vos me completás. Sonreí, ya pasó todo.

-Está bien. Tenés razón, lo siento. Es sólo que me duele verte sufrir.

-¿Me regalás una sonrisa? –ella asintió y sonrió, recordando que era ella quien había inventado esa frase. Estaba usando sus propias armas contra ella.

-Es tuya –dijo sin dejar de sonreír, mientras él se acercaba a besarla.

-Soy tuyo. Todo está bien, no te preocupes. Gi melin, Mithduil.

-Gi melin –apoyó su cabeza en su hombro y descansaron juntos, cerrando los ojos, con el agua al cuello; dejando el resto de la atención médica para más tarde, sólo existían ellos. Fue algo difícil para Danuin salir de la bañera, pero lo hizo no con poco dolor. Después de casi toda la noche el vapor en el ambiente era muy denso. Pero tuvo una idea divertida, que lo hizo reírse solo. Se acercó al espejo del baño y escribió con la yema de un dedo en el cristal empañado; y manchándolo un poco de sangre: "Casate conmigo ;)". Ella lanzó una carcajada, no podía creer que le escribiera un guiño como si fuera uno de los mails del mundo de los hombres. Se acercó al cristal y le siguió el juego: "Sí 3". Lo besó una vez más antes de volver a la tarea que le quedaba curando las heridas de su cuerpo.


Días después, Danuin entró al salón común del palacio, en Bosque Negro; ayudado por su prometida que lo sostenía por la cintura. Todos se alegraron al verlo de pie, en especial sus dos hermanos; Legolas y Ranuin. Pero fue Thranduil el que tomó la palabra primero.

-Danuin, fue realmente tu wargo el que me ayudó. No lo hubiera hecho sin vos. Gracias –sonrió, era la primera vez que lo veía sonreír en muchos años.

-No es nada, cuidala bien. Fue un regalo de mi amada –cruzaron una mirada cómplice- ¿Qué tal si me cuentan cómo fue que terminó la guerra?

-Bueno –comenzó el rey, entre avergonzado y orgulloso- Saruman me desarmó con relativa facilidad. Es un mago, maldita sea –puso los ojos en blanco-. Pero tan distraído estaba conmigo que no vio que Ramona había llegado detrás de él, le mordió el cuello. Aproveché ese momento para rematarlo.

-¿Le diste el tiro de gracia? –siguió Danuin, dirigiéndole una mirada a Legolas que miró para otro lado sin disimulo.

-Le corté la cabeza, ¿te parece suficiente? –lanzó una carcajada, pero el rey de Rohan se quedó helado, no esperaba esa brutalidad de su parte; y menos tomada tan a la ligera. Pero al final asintió. Miró en forma panorámica por toda la enorme estancia, y sólo pudo sonreír. Anne y Legolas tomados de las manos y perfectamente a salvo, igual que Ranuin. Mardion y Aradan jugaban corriendo entre las mesas vacías, inundando el salón de risas. Estaban absortos de la guerra o todo lo que hubiera pasado. Y a su derecha, la elfa más hermosa de toda la Tierra Media. Y era suya, era su futuro, ya nada se interponía entre ellos. Entrelazó sus dedos con los de ella y se aclaró la garganta.

-Chicos, vengan –llamó a los pequeños, que dejaron su juego un poco a regañadientes- Quiero contarles algo a todos –ella lo supo con una mirada, y asintió casi imperceptiblemente, pero con una sonrisa- Bueno –se mordió el labio, hablar en público no era lo suyo. Aunque su público era reducido-, vamos a casarnos –la audiencia aplaudió y ambos se sonrojaron, no esperaban eso.

-Ya era hora –bromeó Legolas, y todos rieron. Danuin se acercó con dificultad, sólo para darle un golpecito en el hombro.

-Tarado –mientras, notó que Anne se había abalanzado a abrazar a Mithduil. Pero enseguida la dejó ir al notar que Mardion tiraba de su vestido intentando llamar su atención. La llamó con una seña para que se agachara, y le susurró al oído, junto con una risita.

-Yo quiero llevar la cola de tu vestido –lanzó una carcajada y aceptó con gusto, para luego apretujarlo en un abrazo.