Epílogo: Buenos Aires

Ajedrez. Era quizá el único juego que podía jugar al aire libre ahora que sus viejos huesos crujían con la edad. Le gustaba ir al Parque Rivadavia, los fines de semana se juntaba con otros ancianos que todavía estaban lo suficientemente lúcidos como para jugar al ajedrez y no morir en el intento. Ya tenía ochenta y dos años. Tenía tres hijos, siete nietos; y hasta un bisnieto. Jugaba contra el mejor, un hombre que había ganado el torneo anual por los últimos veinte años. Ahora parecía de cuarenta, tenía el cabello largo y lacio; de un precioso color chocolate. Lo más impactante era el azul de sus ojos, profundo y soberbio. La mayoría de los jugadores del parque se tragaban la historia de que había estado jugando desde los dieciocho años, pero Nicolás sabía la verdad. Lo había conocido cincuenta años atrás, cuando Lord Morten le cerró la puerta de la embajada del sur. Le recordaba a aquella época cuando su cabello era de un negro azabache y de un lacio perfecto, en vez de una desprolija melena blanca. Pero sus ojos azules, azul francia, eran siempre los mismos. Jaque mate. Nicolás perdió el partido, y se retiró en silencio.

Nunca le había ganado al elfo, así que no se molestó. De hecho nunca le había ganado en nada a ningún elfo. Le gustaba recorrer la feria de libros usados que había allí en el parque, cerca de las mesas de ajedrez. Los libros eran un tesoro en extinción, ahora casi todo era digital. Le encantaba el aroma de los volúmenes amarillos, de las historias viejas. Recorrió la feria vacía, casi nadie se acercaba a ojear los libros en esa época. Paró la oreja, escuchó algo que le pareció vagamente familiar. "Something's crept in under our door, silence soaking through the floor". Se acercó a la fuente de la música, y sin quererlo estaba tarareando la canción, hasta llegar al último puesto; que estaba casi escondido entre los árboles. "We walk in circles, the blind leading the blind, we've been disconnected somehow".

-Ya sé –dijo en voz más alta de lo que pretendía- ¡Keane! ¡Hacía cincuenta años que no escuchaba nada de Keane!

-A mi madre le gusta, ella toca el piano –Nicolás levantó la mirada para cruzarla con la de un muchachito que ojeaba los libros amarillentos. No tendría más de doce o trece años. Era bellísimo. Sus rizos dorados caían en una delicada melena, coronada por unos ojos turquesa, un color que nunca había visto antes. No iba solo, sino que lo acompañaba otro muchacho, de cabello negro y ojos azules; algo más pálido. El hombre sólo asintió, aunque intentó disimular que se quedó pensando en esos ojos; y fingió meterse entre los libros para volver a mirarlos de reojo. Ahora eran esmeralda. Más tarde volvió a mirar y eran de un gris casi plateado. Unos ojos profundos, de una belleza que dolía. Dejó de pensar en el muchachito cuando tomó un ejemplar grueso forrado en cuero verde.

"Historia de la Cuarta Era" rezaba el título. Pasó los capítulos hasta la mitad del libro, ya conocía la mayoría de esa historia. Pero un capítulo más adelante encontró algo que le llamó la atención, "Darío era lector y periodista. Siempre se había definido así…". Supo que él estaría en esa historia y sintió curiosidad sobre cómo lo habrían retratado los historiadores de la Tierra Media. Pasó despacio algunas hojas más, y leyó el capítulo sobre el levantamiento de Gondor, y luego sobre la traición de Tulkandur a Saruman. Se indignó y habló en voz alta, sin quererlo.

-Esto hace quedar al jinete oscuro como un cobarde, como un hijo de puta, y su versión no aparece –gruñó, y el muchacho de cabello oscuro, que seguía allí, habló por primera vez.

-Lo era. Yo también leí esa historia, y mirá esto. Prometió seguir a Saruman, pero se dio vuelta enseguida. Prometió proteger a su amada, pero la abandonó seis meses en una prisión donde era azotada todos los días. Prometió darle su anillo negro al rey de Rohan, pero faltó a su palabra –Nicolás abrió la boca para responder, pero el chico rubio lo detuvo.

-Disculpá a Mariano, él sentía un afecto especial por Thalion. Ya vez, su ira es justificada, pero no es objetivo. Hay que escuchar las dos campanas –sonrió- Por cierto, me llamo Benjamín.

-Nicolás –le estrechó la mano al muchacho.

-Mirá, se enfrentó solo a un dragón, al ejército entero de Isengard; traicionó a Saruman sólo por amor y lealtad. Después marchó entre los rohirrim sólo para redimirse, condenándose a una vida de pobreza, sólo por honor. En el frente le salvó la vida a su amada, y siempre la defendió. Hay que tener muchos huevos para hacer todo eso –el anciano sonrió, mientras Mariano ponía los ojos en blanco.

-¿Y dónde se metió el anillo negro? –remató el muchacho, Benjamín se encogió de hombros.

-Igual Danuin no lo quería, no lo hubiera aceptado –para Nicolás, eso fue una revelación, y decidió que necesitaba más información.

-¿Cómo sabés eso? ¿Está en este libro? ¿Cuánto sale?

-No, no está en el libro. No sé cuánto sale, yo no soy el dueño del puesto –Mariano ahogó una risita.

-¿Y cómo sabés? –insistió.

-¿Por qué hacés tantas preguntas? –el morocho se exasperó y puso mala cara, pero el otro lo calmó con un ademán de sus manos.

-Porque me lo contó mi padre –contestó Benjamín con toda naturalidad.

-¿Y él cómo lo sabe? –el muchacho se encogió de hombros y se mordió el labio.

-Vámonos Benja –dijo Mariano y se retiró sin la menor educación. Pero a su amigo le había picado el bichito de la curiosidad, no pudo con su genio, y se quedó hablando con el anciano. Le clavó la mirada, como inspeccionando sus ojos.

-Yo nunca te había visto antes, pero creo que sos vos –sentenció el muchacho al final- Sos el protagonista de esa historia.

-¿Qué? –a Nicolás nunca se le hubiera ocurrido que el chico dijera justamente eso- Esto es ficción. Una ficción excelente, pero ficción.

-Si eso crees entonces estoy perdiendo el tiempo. Llevate el libro. Perdete en la ficción –tomó aire- ¿Dónde está el anillo negro?

-Tulkandur descubrió que era de un material extraño derivado del platino, y lo vendió en una subasta en Budapest por siete millones de euros –Benjamín abrió enormes sus ojos turquesa.

-Wow, nunca vi tanto dinero.

-Él tampoco en verdad. Hizo una transferencia desde una cuenta bancaria falsa. Se lo dio todo a la madre de su amigo, Darío. Siempre se sintió responsable por su muerte, porque él le había pedido ayuda. Ayuda que le negó. Ayudar a su madre le ayudó a aliviar el peso de su corazón.

-Vez, yo tenía razón –sonrió triunfante-. No era un hijo de puta, tenía honor.

-También pensó en repartirlo, en darle la mitad a Thranduil, pero ¿de qué le serviría al rey elfo el dinero de los hombres? Además, no tenía modo alguno de hacérselo llegar. Pero no hubo un solo día en que no se arrepintiera del dolor que había causado –Nicolás bajó la mirada, ¿por qué le había confesado todo esto al muchacho? Este le puso una mano en el hombro y se lo apretó en señal de apoyo. Sin decir nada más se fue detrás de su compañero, pero se volvió para gritarle desde lejos.

-Andá esta noche al Clover de Avenida de Mayo –sonrió, y se perdió entre la multitud con una facilidad extraordinaria.


Hacía unos días que Nicolás quería llevar a su esposa a algún lindo paseo, pero no había tenido la oportunidad. Debía admitir que volver al Clover después de tanto le hacía notar que ya estaba muy viejo. Allí había conocido a Saruman, y por un momento temió verlo allí. Belén entrelazó sus dedos con los suyos y lo animó a pasar el umbral del bar, mientras él se perdía en sus ojos castaños. Aun ahora era la mujer más hermosa de la tierra, y la amaba tanto como aquella primera noche en Minas Tirith. Habían dispuesto un pequeño escenario con un piano, debía ser noche de show. Se sentaron en la mesa más tranquila que pudieron encontrar, y compartieron una botella de vino blanco. Buscó al muchacho con la mirada, pero no pudo hallarlo.

Una mujer subió al escenario y se sentó frente al piano, mientras la iluminación se dirigía hacia ella. Belén se sobresaltó y apretó la mano de su esposo.

-Sigue pareciendo de menos de veinticinco, y mirame a mí –dijo por lo bajo, y le dedicó una sonrisa dulce.

-Ya te lo dije, parece un orco a tu lado –la envolvió por los hombros y la acercó a su pecho, dispuesto a disfrutar de la música. Un hombre subió al escenario con ella, y se ubicó en un banquito del otro lado del piano. Sí, ya había visto esto. Ella tocaba el piano, él cantaba; las voces de los elfos eran maravillosas. Sonrió, regocijando su alma con la música que vendría. Nicolás conocía la dulce cadencia de esa canción, y se la recitó a su amada al oído; aunque Gabriel cantara mucho mejor. "Follow through, make your dreams come true. Don´t give up the fight, you will be alright...'cause there's no one like you in the universe". Hacía muchos, muchos años que no escuchaba algo así. Probablemente para la mayoría de los espectadores era la primera vez que la oían. Sofía y Gabriel se miraban cada tanto, era obvio que se dedicaban esa canción uno a otro. Era obvio que se amaban, que eran uno y se completaban.

"And tonight we can truly say: together we're invincible" cantaron a coro en esta línea, mientras el hombre se la susurraba a su esposa, y ella cerraba los ojos, dejando que la dulce melodía la llenara. Eso siempre había sido verdad, juntos eran invencibles. Se besaron despacio como hacía tiempo que no lo hacían, lo cierto era que la vejez había aplacado esa pasión adolescente de sus primeros encuentros. Él le acomodó el cabello, blanco y fino, detrás de su oreja y le susurró al oído.

-Nambelle, preciosa mía… -y se sintió como aquella vez que la había rescatado de la fortaleza de hierro. Le respondió apretando su mano con fuerza, para decirle sin palabras cuánto lo amaba. Buscó con sus ojos castaños entre el público, y en un rincón apartado y con vista privilegiada pudo notar la parte VIP. Unos sillones Luis XV donde una pareja abrazada compartía un martini, y dos muchachos tomaban una gaseosa con limón. Reconoció enseguida al príncipe de Bosque Negro, estaba igual; siempre igual. Lo mismo con su esposa, la inmortalidad les sentaba bien. Parecían siempre tan jóvenes, a Belén le daba algo de envidia. Y lo cierto es que no lo había notado antes, porque la apariencia les decía que tenían todos la misma edad; pero ahora podía decir que eran realmente sabios, habían vivido muchas vidas humanas. El chico rubio le llamó la atención, ¿sería el mismo al que le había disparado? Nicolás la vio mirándolo y lo señaló.

-Son los muchachos que me invitaron a venir –susurró el viejo.

-Creo que el rubio es el príncipe de Rohan

-Lo sé, se parece mucho a sus padres. No estoy seguro sobre el otro –Belén se encogió de hombros y aventuró una respuesta.

-Quizá es el heredero de Bosque Negro. Se parece mucho a la esposa de Legolas –Nicolás asintió, al momento en que el príncipe elfo le dedicaba una mirada gélida. Lo había reconocido, no había duda. Pero cuando terminó la canción, los reyes de Rohan se retiraron del escenario entre los aplausos, dejando al próximo intérprete. Notó que era una noche amateur, en la que varias personas de entre el público pasaran a tocar y cantar. Sofía y Gabriel volvieron al VIP con sus amigos, mientras Nicolás y Belén disfrutaban del show en silencio. Eso les recordaba otra época, una retrospectiva.

-¿Está ocupado? –preguntó una voz de hombre, pero se sentó a su mesa sin esperar respuesta.

-Bueno, ahora sí –respondió el viejo- ¿Cómo estás Gabriel? –sonrió.

-Tranquilo por Rohan. Algo aburrido la verdad –resopló- pero nos deja tiempo para venir de vacaciones. ¿Ustedes?

-Toda una vida, tenemos hijos, nietos, y un bisnieto –sonrieron.

-Me alegro de oírlo –contestó el elfo, mientras unos delicados brazos lo envolvían por los hombros.

-Hola –comenzó alegremente- ¿Me perdí de algo? ¿Les gustó la canción?

-Me llegó al corazón –contestó Belén.

-Benjamín nos contó tus confesiones sobre el anillo negro –siguió Sofía.

-Me alegro, en verdad quería que lo supieran. No estás enojado porque no te lo dí, ¿verdad?

-Para nada –contestó el rey de Rohan-. En verdad le tenía miedo. Había visto cómo te había corrompido, y no quería arriesgarme.

-No es por presumir, pero un poder político como el nuestro usado para el mal podría haber hecho mucho más daño –confirmó la rubiecita.

-Son bienvenidos si quieren pasar algún día por nuestro reino –rió Gabriel- Es bueno saber que están bien.

-Gracias –balbuceó Belén- ¿Sin rencores?

-Claro –le contestó Sofía- Hicieron lo correcto sin siquiera llevarse el crédito. Todo terminó bien para todos, ¿verdad?

-No sé –contestó Nicolás, negando con la cabeza-. Siempre he sentido pesar por todo el dolor que causé, todos los días. En especial el dolor que le causé a mi amada –Belén le apretó la mano.

-Una vez te aconsejé, ¿me permitirías volver a hacerlo? –inquirió Gabriel, y el viejo asintió- No es la historia quien debe perdonarte, sino vos mismo. Todos nos equivocamos, no está mal no ser el mejor en todo todo el tiempo.

-Ladrón de frases –rió Sofía, mientras su esposo le dedicaba un guiño.

-¿Puedo preguntar algo? –aventuró la anciana, mientras los elfos asintieron- ¿Cómo lo hacen? La tienen fácil, aman para siempre, pero ¿eso alcanza? ¿Nunca se han peleado ni nada? –se miraron de reojo.

-No, no alcanza en verdad. No es tan fácil, hay que alimentarlo, hay que dedicarse con sacrificio y paciencia… como ustedes lo han hecho por los últimos cincuenta años. La única diferencia es que nosotros estamos juntos hace casi trescientos –explicó Sofía.

-Sería iluso creer que nunca hemos discutido –complementó Gabriel, mientras los demás asentían en modo casi sincronizado. No ocurrió demasiado. Simplemente bebieron juntos unos tragos por primera vez.

Sería la última vez que se vieran, los humanos ya habían vivido muchos, muchos años. Para Nicolás esto significaría la cúspide de su redención, saber que ha hecho lo correcto, que ha sido perdonado por los demás; pero sobre todo que ha logrado perdonarse a sí mismo.

El fin del aprendizaje es para el hombre el fin de la vida; y el paso hacia otro plano. No pasarían muchos meses hasta que ambos ancianos se acurrucaran en su cama, recapitularan todos los increíbles sucesos que los habían llevado hasta allí; y se tomaran de las manos. Se mirarían a los ojos, negro contra azul; diciéndose cuánto se amaban. Al final simplemente se abrazarían y se quedarían dormidos juntos, un sueño tranquilo y eterno.

Lejos, muy lejos, en otro mundo; ellos lo sabrían. Pero no llorarían la muerte de esos dos, sino que sonreirían y honrarían ese recuerdo. Cada vez que tuvieran miedo, recordarían al hombre que se enfrentó solo a todo el ejército de Isengard sólo por amor. Esa idea les daría fuerza, los haría seguir intentando. Nunca dejarían de aprender o de enseñar. Un buen día se darían cuenta todo lo que habían aprendido de los hombres, todo lo que les debían a pesar de su corrupción y sus errores. Sabrían que la eternidad no sería suficiente cuando de aprender a amar se trata.


Bueno muchachos hasta aquí esta historia. Si llegaron hasta aquí por favor, POR FAVOR, déjen una review. ¡REVIEW! Si llegaron hasta aquí, necesito saber qué les pareció. No importa hace cuánto tiempo terminó el fic, quisiera que me lo hagan saber.

Gracias por acompañarme en esta historia, que tomó vida propia y se escribió sola jaja. Espero que les hayan gustado los personajes, quise que los buenos no sean tan buenos y los malos no sean tan malos. Quizá son más humanos que elfos en ese sentido.

Gracias a mis fans número uno que se fumaron toda esta historia larguísima, los amo, me suben el ego. Igual que todo pienso seguir leyendo y escribiendo. Yo también soy "lectora y periodista". Nos leeremos pronto. Besos enormes! :D