CAPITULO 2: LA LLAVE

Hans y Kristoff estaban esperando a Elsa y a Anna para dirigirse a la ceremonia. Como era costumbre, cuando esos dos estaban cerca, mantenían su distancia y se miraban despectivamente. Georg estaba con ellos, y le parecía divertida la situación.

-Ustedes dos deberían llevarse mejor- observó Georg, ya que la tensión entre los dos era evidente- pronto se convertirán en hermanos y pasaran mucho tiempo juntos…-

Los dos pusieron cara de sufrimiento.

-Georg, tu sabes la "relación" que tengo contigo y mis otros 11 hermanos- dijo Hans sin mucho ánimo.

-Touché- dijo Georg. A Eugene también le parecía divertido ante la situación.

Primero bajaron Rapunzel y Anna, quienes venían riendo en voz alta. Eugene sonrió y ofreció su brazo a su esposa, quien lo tomó inmediatamente. Kristoff sonrió también al ver a Anna.

-Te ves hermosa- dijo Kristoff, ruborizándose- bueno, más hermosa de lo normalmente hermosa que te ves, es decir…-

-Gracias- dijo Anna, poniéndose de puntillas y besando la mejilla de Kristoff, quien dejó de hablar y solo sonrió. La princesa ayudó a Kristoff a acomodarse los botones de su saco. Eso de vestirse de príncipe aún no se le daba.

Hans puso los ojos en blanco al ver la escena, bufando aburrido, y Georg parecía aún más divertido.

-Esto es empalagoso- dijo Hans, ante la risa de Georg- no le veo la gracia-

Elsa y Leo bajaron las escaleras un par de minutos después. Hans miró a la reina de las nieves con la boca abierta. Si bien ya había sido impresionado con su belleza antes, nunca la había visto vestida tan elegante. El día de su coronación, Elsa se había vestido de la manera más discreta posible porque no le gustaba llamar la atención. Esta vez no era el caso. Su hermoso vestido azul no hacía más que resaltar sus formas y el color de sus ojos. La piel de la reina se veía más blanca de de costumbre, salvo sus mejillas sonrojadas.

Georg acudió al auxilio de su hermano menor, dándole un codazo para sacarlo de su asombro.

-E… Elsa- dijo Hans, inclinándose, luchando para sacar las palabras de su boca- te… te ves muy hermosa-

Elsa sonrió y tomó el brazo de Hans. Finalmente solo quedaron Georg y Leo, quienes se miraron y se echaron a reír de lo que acababan de presenciar.

-Estos enamorados…- comentó Georg, riendo.

-Sí, cada día están peor- dijo Leo.

Leo y Georg se miraron otra vez, y se dieron cuenta que se habían quedado solos. Ambos se encogieron de hombros con una sonrisa.

-Oh, bueno, si no le importa a su majestad que la acompañe a la ceremonia…- dijo Georg, inclinándose y ofreciendo su brazo a la reina.

-Gracias, su alteza- dijo ella, tomando el brazo del príncipe con una sonrisa.

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La ceremonia pasó sin novedades. Ni siquiera madame Hilda se atrevió a objetar la unión del príncipe Jorgen con Violeta. Una vez que la ceremonia terminó, la reina procedió a coronar a los nuevos príncipes herederos. Tomó de las manos a los nuevos esposos.

-Gente de Oeste- exclamó la reina- les presento al príncipe Jorgen y a la princesa Violeta-

La multitud aplaudió a los nuevos esposos.

-Y ahora, vamos a celebrar- añadió la reina.

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La celebración se llevó a cabo en la gran explanada del palacio real, con las puertas abiertas, para que todos los habitantes de la ciudad real pudieran asistir.

Durante la celebración, Elsa no pudo evitar notar que Kristoff miraba nervioso a Anna y después ponía atención cada vez que la reina interactuaba con su nueva cuñada. Adivinando un poco sus pensamientos, Elsa se volvió a Hans.

-Hans, debo hablar algo con Kristoff- dijo la reina de las nieves- ¿me esperas un segundo?-

-Por supuesto- dijo Hans, agradecido que Elsa no le haya pedido que lo acompañara. Entre más alejado de Kristoff, mejor. Elsa se acercó a Kristoff mientras Anna se había ausentado unos segundos a charlar con Rapunzel.

-¿Kristoff?- dijo Elsa con suavidad, aunque el hombre dio un brinco de sorpresa- ¿puedo hablar contigo un segundo?-

-Claro que sí, su ma… digo, Elsa- dijo Kristoff, aún sin acostumbrarse a llamar a su futura cuñada por su nombre-¿de qué se trata?-

-He visto que has estado un poco nervioso el día de hoy- dijo Elsa- ¿estás bien?- Kristoff asintió, y Elsa continuó- tienes miedo de cuando te toque ser un nuevo príncipe, ¿verdad?-

-Un poco- admitió Kristoff- yo amo a Anna, y solo soy un recolector y vendedor de hielo…-

-Que ha protegido a mi hermana y la ha mantenido a salvo- dijo Elsa- no me tengas miedo. Yo sé que no soy la persona más… cálida- "ay, Elsa, que mala elección de palabras"- pero estoy muy agradecida contigo, y te tengo mucho aprecio. Podemos ser amigos, ¿no crees?-

Kristoff tragó saliva, pero se tranquilizó y asintió. Elsa puso su mano en el hombro del rubio y sonrió, antes de ir a reunirse de nuevo con Hans.

-¿Todo bien?- sonrió Hans al verla volver con él.

-Todo bien- repitió Elsa, aspiró y amplió su sonrisa- ¿vamos a buscar algo de comer? Huele a que hay chocolate cerca-

Hans sonrió y tomó a la joven de la cintura para acercarla hacia sí mismo. Le dio un beso en la frente.

-Tus deseos son órdenes- dijo Hans- el día de hoy no me puedo negar a nada para ti-

Elsa sonrió, sonrojada, y fue con Hans a buscar chocolates.

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Kristoff continuaba algo nervioso desde que Elsa lo había dejado solo y Anna aún no regresaba. Eugene se acercó a charlar con él.

-Vamos, Kristoff, no pongas esa cara- dijo Eugene- no sé porque te preocupa tanto entrar a la familia real-

Kristoff alzó las cejas.

-Recuerda que yo también era un aldeano cualquiera, era hasta un ladrón condenado, cuando conocí a Rapunzel- dijo Eugene- así que no temas, todo va a estar bien-

-¿Tu crees?- dijo Kristoff.

-Estoy seguro- dijo Eugene, mirando con adoración a Rapunzel- cuando amas a alguien, esos pequeños detalles no son importantes-

Kristoff sonrió, sabiendo exactamente a lo que se refería Eugene.

Anna se acercó al rubio y lo abrazó.

-Ya volví, Kristoff, perdona la tardanza- dijo Anna riendo- a Rapunzel se le ocurren muchas cosas extrañas-

Kristoff respondió al abrazo, levantando a la pequeña Anna del suelo.

-Estoy muy feliz de estar aquí contigo- le dijo Kristoff en voz baja. Anna sonrió ampliamente.

-Yo también- dijo Anna, y lo jaló hacia donde estaban el resto de las parejas- ¿vamos a bailar?-

Y Kristoff sonrió ampliamente cuando vio la cara de felicidad de Anna cuando le dijo que sí.

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El príncipe Georg acompañó a la reina Leo de regreso a la celebración. El hermano mayor de Hans no era para nada una compañía desagradable para la reservada reina. Leo, por su parte, estaba absorta mirando lo feliz que estaba su hermano con su nueva esposa.

-Se puede ver que su reino está feliz por la ocasión, su majestad- observó Georg, señalando a la gente festejando, y Leo asintió- solo podría ser superado si su soberana también decidiera casarse-

Leo rió en voz baja.

-Se nota que usted no me conoce, su alteza- dijo Leo, quitando unos momentos la vista de su hermano para mirar al príncipe- eso pasará el día que las vacas vuelen-

-¿Y eso porqué?- quiso saber Georg.

-Todo hombre que se acerca a mi para cortejarme está detrás de mi corona, su alteza- dijo Leo, encogiéndose de hombros- usted debería saberlo muy bien, incluso su hermano Hans lo intentó-

Georg se echó a reír.

-Tiene razón en parte, la mayoría de los hombres lo intentarían por eso, y son unos tontos si creen que se pueden meter tan fácil con una mujer tan inteligente como usted- dijo Georg- pero no todos tienen esa intención…-

Leo le dirigió una mirada de incredulidad, pero no respondió.

Ya había avanzado la noche y, tras comer algunos chocolates y bailar un poco, Elsa y Hans se acercaron a Leo para agradecerle y despedirse. Esa misma noche abordaban el barco de regreso a Arendelle, pues a Elsa no le gustaba dejar solo a Kai ocupándose de sus asuntos.

-¿De verdad se tienen que ir?- dijo Leo, algo decepcionada- ojalá podamos vernos otra vez pronto-

-Por supuesto- dijo Elsa, sonriendo- por cierto, en casa buscaré los documentos de mi padre, a ver si encuentro algo relacionado al tema que me dijiste anoche- levantó las cejas de forma significativa.

-Claro, te lo agradezco- dijo Leo, haciendo el gesto de escribir en el aire- seguimos en contacto-

Hans se inclinó y se despidió de la reina, aunque no le hizo ninguna gracia ver a su hermano con ella. Trató de ignorarlo, pero su hermano no le dio la oportunidad.

-Nos vemos pronto, hermanito- dijo Georg con una amplia sonrisa.

-Espero que no demasiado pronto- gruñó Hans, haciendo que Georg riera.

Sin más, Elsa avisó a Anna que se iría, y que se verían en Arendelle en un par de días. Anna no pareció muy triste por la noticia, ya que estaba muy animada bailando con Kristoff. Tras despedirse, Hans y Elsa subieron al carruaje que los llevó al muelle.

-Fue una linda noche- comentó Elsa.

Hans sonrió. No podía quitarle los ojos de encima a la hermosa reina. Elsa apoyó su cabeza sobre el hombro del príncipe mientras viajaban en el carruaje. El sueño estaba comenzando a apoderarse de ella, que no solía estar despierta a esa hora de la madrugada.

-Es una lástima que nos tengamos que ir- dijo Hans, abrazándola para atraerla hacia sí mismo y apoyando su mejilla en el cabello de Elsa- quisiera verte así de feliz todos los días-

-Pronto será así- dijo Elsa- solo necesito que estés conmigo, y…-

-¿Y?- dijo Hans.

-Y que me des chocolates- agregó la reina de las nieves.

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De vuelta en la fiesta, algunos de los invitados ya habían empezado a retirarse. Leo deseaba también irse a dormir, pero decidió quedarse un poco más, pues aún quedaban invitados. Una vez que el príncipe Georg se retiró de su lado para ir a convivir con sus otros hermanos, Leo fue a sentarse e hizo una señal para que Edvard se acercara.

-Edvard, has estado muy callado todo este tiempo- dijo Leo- ¿estás bien?-

-Por supuesto, su majestad- dijo el guardia. Leo sonrió.

-¿No quieres bailar?- preguntó ella.

-No creo que sea una buena idea, su majestad- dijo Edvard.

Leo suspiró.

-Quizá tengas razón- dijo Leo- no tiene nada de malo, pero no quiero que madame Hilda sufra un infarto. Al menos no hoy- se aclaró la garganta- tal vez sería bueno que sacaras a bailar a alguna de las damas. Mereces divertirte un poco-

Edvard sonrió ante el comentario de la reina. Iba a decir algo más, pero el ama de llaves llegó y se inclinó ante la reina.

-Su majestad, un par de príncipes han llegado de una tierra lejana, y desean conocer a su majestad- dijo el ama de llaves.

-Por supuesto- dijo Leo, sonriendo y haciendo una seña a Edvard para que se retirara- hágalos pasar-

Edvard se retiró un par de pasos y se dirigió hacia donde se encontraba la multitud, quizá aceptando seguir el consejo de la reina.

Dos jóvenes un poco mayores que ella se acercaron a la reina y se inclinaron. Leo sonrió levemente y asintió.

-Los príncipes Ferdinand y Franz de Troms, su majestad- los presentó el ama de llaves, antes de retirarse para seguir atendiendo a los invitados.

Leo sintió un vuelco al escuchar eso. La copa de vino que sostenía en su mano se quebró.

"Contrólate", pensó la joven reina, "controla tus emociones, no dejes salir tus poderes… es solo una coincidencia…"

Los jóvenes no parecieron inmutarse ante el hecho de que una copa de cristal se rompió de la nada, sino más bien sonrieron. Leo los miró alternadamente. Eran gemelos idénticos, de la misma estatura. Uno vestía un traje azul oscuro y el otro un traje verde botella. Los dos eran rubios, de cabello corto y con un fino bigote sobre el labio superior.

-Estábamos ansiosos de conocerla, majestad- dijo uno de los dos, el que estaba vestido de azul- yo soy Ferdinand, príncipe heredero de Troms-

-Y yo soy Franz, el segundo príncipe de Troms- dijo el otro hermano.

-Sean bienvenidos a Oeste, sus altezas- dijo la reina- hasta hace poco, no había escuchado hablar de su reino-

-No nos sorprende, su majestad- dijo Franz- sobre todo por la triste historia entre nuestro padre y el difunto rey de Oeste-

"¿De qué están hablando? ¿Hubo un conflicto entre ellos y mi padre?", se preguntó la reina.

-¿De que…?- comenzó Leo, pero Ferdinand la interrumpió.

-No hemos venido a hablar de esos temas tan desagradables, su majestad- dijo el príncipe Ferdinand- hemos venido a dar nuestros respetos a la nueva pareja-

-Y también- agregó Franz con una sonrisa algo impertinente- queríamos darle un vistazo a sus poderes, su majestad-

Esto último alarmó a Leo.

"¿Mis poderes? ¿Cómo lo saben? Mis poderes no son tan famosos como los de Elsa", pensó Leo. "No es posible que a un país tan lejano haya llegado el rumor"

-No se alarme, su majestad- dijo Franz nuevamente, al ver que la reina se había quedado callada- solo queremos verlos expresados a su máxima potencia. Queremos que cause una explosión-

-¿Disculpa?- dijo la reina, frunciendo el entrecejo y poniéndose de pie- no se quienes sean ustedes, pero nadie me habla así, y menos me presiona para hacer algo que pueda lastimar a otras personas-

Ferdinand y Franz no se inmutaron.

-Vaya, ha logrado controlarlo casi por completo, Franz, no ha roto nada a pesar de estar muy molesta- dijo Ferdinand, como si la reina no estuviera presente frente a ellos- parece que necesitará un estímulo algo más… extremo-

A Leo no le gustaba nada lo que estaban diciendo.

-Se los advierto, salgan de aquí inmediatamente o llamaré a los guardias para que los echen- dijo la reina en tono amenazante, aunque una parte de ella estaba asustada.

-No será necesario, su majestad- dijo Ferdinand, sin dejar de sonreír- nos dará esa demostración que le pedimos aunque no quiera. Existen métodos para obligarla…-

Y, tras decir esto, le mostró a la joven reina la palma de su mano. Leo se llevó las manos a la boca, ahogando un grito de sorpresa. En la mano del joven había una llama de fuego, la cual controlaba al igual que como había visto a Elsa controlar sus copos de nieve. El otro príncipe hizo lo mismo, y le mostró varias chispas eléctricas, como si tuviera relámpagos en sus manos. Leo dio un paso atrás y cayó sentada en la silla donde había estado.

"Ellos también tienen poderes", pensó alarmada, y pasó su mirada discretamente a los invitados de la fiesta. Su hermano y Violeta seguían ahí, al igual que Anna, Kristoff, Rapunzel y Eugene, así como su prima de Escocia, entre otros invitados. Al parecer ninguno se había dado cuenta del bizarro intercambio que estaba llevándose a cabo.

"Si estos sujetos me quieren a mí, será mejor que me aleje de los demás cuanto antes para evitar que alguien salga lastimado"

Frunció el entrecejo, calculando su plan.

"No tardaré mucho", pensó la reina "en la cabaña del bosque, si llegan a alcanzarme, ahí no haré daño a nadie"

Leo se puso de pie.

-Lo siento, altezas- dijo Leo- no será como ustedes quieren-

Y empujó con sus poderes a los dos príncipes, alejándolos lo más posible de ella. No esperó a ver donde habían caído. La reina rápidamente se dio vuelta y corrió hacia el interior del castillo, cerrando la puerta tras de sí.

x-x-x

A Leo no le tomó ni cinco minutos cambiarse el vestido de fiesta por uno más cómodo, se puso un par de botas, se ciño una espada liviana a su cinturón, salió rápidamente a los establos.

-¡Su majestad!- exclamaron los cuidadores de los establos, inclinándose ante ella alarmados- ¿que…?-

-No tengo tiempo de explicar- dijo la reina, haciendo un gesto con la mano para que se apresuraran- ensillen mi caballo lo más rápido que puedan-

-Sí, majestad- los hombres respondieron y se apresuraron.

Leo sintió un par de manos sobre sus hombros. Asustada, se volvió sacando su espada, pero se tranquilizó al ver que se trataba de Edvard.

-¡Edvard! Me asustaste- dijo la reina, volviendo a enfundar la espada.

-¿Qué estás haciendo?- le dijo Edvard en voz baja, mirando a la reina, extrañado de su actitud. Ella puso los ojos en blanco. No tenía tiempo de explicarle a Edvard, pero tenía que convencerlo de que no la siguiera.

-Hay algo que tengo que hacer- explicó Leo- yo sola. Necesito que te quedes aquí y los protejas a todos. A mi hermano y a Violeta. ¿Puedes hacer eso por mi?-

Edvard la miró, alarmado.

-No puedes pedirme que te deje ir así- dijo Edvard- irte del castillo sola a la mitad de la noche, sin ninguna explicación, y a donde…-

-Es una orden- dijo Leo de manera cortante. Un par de vidrios del establo se quebraron ante su nerviosismo y la urgencia que tenía de alejarse de cualquier persona que pudiera salir lastimada- maldita sea…- se llevó las manos a la cabeza- Edvard, por favor-

-Está bien, lo haré- dijo Edvard tras un minuto, resignado- pero promete que tendrás cuidado-

-Gracias Edvard- dijo Leo, poniendo su mano en el hombro del guardia por unos segundos- te explicaré todo cuando regrese-

Los mozos del establo le entregaron el caballo. Leo subió al mismo y salió del castillo, desapareciendo en la oscuridad del bosque.

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El barco de Arendelle zarpó del puerto de Oeste a la hora establecida. Elsa, para desilusión de Hans, se había cambiado de ese magnífico vestido, para ponerse uno más ligero y cómodo, parecido al que normalmente usaba. Una vez que se cambió, Elsa salió de su camarote, un tanto tambaleante, a conseguir un vaso con agua.

-¿Estás bien, Elsa?- preguntó Hans, quien había estado en la cubierta del barco- te ves un poco pálida-

-Me siento mareada- dijo Elsa, llevándose la mano a la cabeza- voy a buscar agua-

-Permíteme- dijo Hans, haciéndola sentarse en una silla que estaba en la cubierta- yo buscaré el agua, espérame aquí…-

Elsa no opuso resistencia. Se quedó quieta en la silla, con la cabeza entre sus manos, mientras esperaba que Hans volviera. El príncipe volvió y le ofreció el vaso con agua.

-Gracias- dijo la reina, tomando el vaso y dándole un sorbo.

-Me extraña que te sintieras mal- dijo Hans- la última vez que viajamos no te pasó- Elsa sonrió levemente, y apoyó su cabeza en el hombro de Hans- shhh tranquila, ya se te pasará-

Elsa gruñó en voz baja, la cabeza le daba vueltas, y Hans se echó a reír. No sabía que Elsa hacía eso.

-Tranquila, no gruñas- dijo Hans, alzándola en brazos- vamos a llevarte a que descanses-

-Tengo miedo de vomitarte encima- confesó Elsa mientras la llevaba a su camarote.

-Shh, no te preocupes- dijo Hans, sonriendo divertido- vas a ver como te vas a sentir mejor-

Acostó a la joven reina en la cama y la arropó. Después, Hans se sentó a un lado de la misma, se inclinó para besar su mejilla, y comenzó a acariciar sus cabellos. Esto tranquilizó a Elsa y la dejó respirar mejor.

-¿Hans?- dijo Elsa.

-¿Mmm?-

-Gracias-

Hans sonrió, y la dejó dormir.

x-x-x

En el palacio, la fiesta había terminado. Los novios ya se habían ido, pasarían su luna de miel en un reino cercano. Kristoff acompañó a Anna a su habitación en el palacio, sin mucha prisa ya que sabían que al día siguiente podían dormir a pierna suelta.

Por fin llegaron a la habitación de Anna, y Kristoff se detuvo sonrojado en la puerta.

-Fue una linda noche- dijo Anna, para romper el silencio. Kristoff estaba algo nervioso y la princesa quería tranquilizarlo- gracias por haberme acompañado-

Kristoff sonrió.

-Sabes que haría lo que fuera por ti, ¿verdad?- dijo el rubio, y Anna asintió.

-En este momento quiero un beso- dijo Anna, sonriendo de forma astuta. Kristoff no tuvo más remedio que dárselo. Anna se puso de puntillas y el rubio se inclinó para poderla besar. Una vez que se separaron, Kristoff siguió abrazándola.

En el pasillo se escucharon unos pasos, así que Anna y Kristoff se separaron para ver de quien se trataba. Eran Eugene y el príncipe Georg de las Islas del Sur.

-¿Eugene?- dijo Kristoff- ¿qué sucede?¿qué hacen…?-

-Hay un problema- dijo Eugene- la reina Leo no está en ninguna parte del castillo-

-¿De que hablas?- dijo Anna, y miró a Kristoff- ¿otra vez desapareció?-

-Yo la vi salir precipitadamente de la fiesta- dijo Georg- estaba siendo presentada con unos invitados, cuando se levantó y volvió a entrar al castillo. Uno de los sirvientes dijo que la vio ir a los establos-

-Y yo vengo de ahí. Faltan los caballos de la reina y de su guardia Edvard- dijo Eugene- los mozos dijeron que la reina fue muy apresurada a pedirles su caballo, y le ordenó a Edvard dejarla irse sola-

-Es peligroso que esté sola- dijo Georg un poco impaciente- se fue hace ya varias horas y no ha vuelto. Ya casi amanece. Queríamos que Kristoff nos acompañara a buscarla, por las dudas-

-Por supuesto- dijo Kristoff, y se volvió a Anna- ¿te importa si voy…?-

-Ah, no, claro que no- dijo Anna, soltándose el cabello y haciéndose su par de trenzas- yo voy con ustedes-

-Su alteza, es peligroso que usted vaya con nosotros…- comenzó Georg, un tanto preocupado.

-Déjala, Georg- dijo Kristoff, resignado- ahórrate la saliva, una vez que ves esa mirada en los ojos de Anna, ya sabes que no hay manera humana de persuadirla de lo contrario-

-Me voy a quitar este estorbo- dijo Anna, señalando su vestido y metiéndose a su habitación- dos minutos. Nos vemos en los establos-

-Hecho- dijo Eugene.

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Leo cabalgó varios kilómetros al norte del palacio, dentro del bosque, a toda velocidad.

"Debo estar cerca ya", pensó la joven reina.

A lo lejos vio la conocida cabaña del bosque. Era una cabaña propiedad de su familia, a la que a veces escapaban en verano. O para aprender a controlar sus poderes. Esta vez era diferente. Sería su escondite.

Leo bajó del caballo y tropezó al hacerlo. "Maldita sea", pensó, mientras se levantaba lo más pronto posible. Se quitó la capa que traía encima y la puso sobre el caballo.

-Vamos, amigo, vete- le susurró al caballo, azuzándolo para que se fuera corriendo. Leo miró a su alrededor y, al encontrarse sola, corrió a la cabaña. Se introdujo en ella y cerró la puerta con llave.

"Menos mal, ya estoy aquí", pensó la joven. Corrió todas las cortinas para cubrir las ventanas, y comenzó a buscar a tientas en la oscuridad algo que la ayudara a encender las velas. Lamentablemente no fue necesario, ya que todas las velas, antorchas y la chimenea se encendieron repentinamente.

"Ya están aquí", Leo sacó su espada, que era pequeña y liviana, pero había aprendido a usarla hacía tiempo. Además, sus poderes podían ayudarla, ya que éstos podían alejar de ella cualquier cosa que pudiera lastimarla, incluyendo fuego o relámpagos, que era lo que había visto a esos dos príncipes usar.

-Vaya vaya- dijo la voz de uno de ellos, al parecer Franz- ¿sinceramente creíste que podías escapar tan fácilmente?-

-No- dijo Leo, sin mostrar miedo en su voz, levantando su espada de manera amenazadora- aléjense de mí-

-Ya sé que querías hacer, Leo- dijo Franz- querías alejarte lo más posible del palacio. Aún no confías del todo en el control que tienes sobre tus poderes. Tenías miedo de lastimar a alguien. O que nosotros lo hiciéramos…-

Leo frunció el entrecejo.

-No te preocupes, no es por eso que vinimos- continuó Franz- ya te dijimos que solo queremos una demostración de tus poderes-

-Ya se los demostré- dijo Leo, apuntando la espada alternadamente a los intrusos- los mandé a volar en la fiesta-

-No lo entiendes- dijo Ferdinand, dando un paso hacia ella- queremos que actives tus poderes al límite. Queremos que causes algo grande. Algo parecido al invierno eterno que causó la reina Elsa de Arendelle-

"Saben también sobre Elsa", pensó Leo.

-Oh, sí, sabemos sobre ella- dijo Franz, dando un paso también hacia la reina, adivinando sus pensamientos- todo el mundo lo sabe. Lo que no saben es que tú también guardas un don similar al de ella, y al de nosotros- agregó creando un pequeño relámpago con sus manos y lanzándoselo a Leo. Ella lo detuvo con sus poderes, y lo desvió a un lado, haciendo que una silla se rompiera.

-Solo queremos una demostración- dijo Ferdinand, ignorando el estruendo- queremos ver que pasa cuando te esfuerzas al máximo. Esa información nos será valiosa para cuando vayamos a visitar Arendelle-

-No voy a hacerlo- dijo Leo, sin soltar la espada, que mantenía la distancia entre los dos hombres y ella- causaría un terremoto o algo parecido, y mucha gente sería lastimada. No pueden pedirme que haga eso-

-Lo harás por las buenas, o tendremos que obligarte- le advirtió Ferdinand.

-Jamás- dijo Leo.

-Tu lo pediste, majestad- dijo Ferdinand, inclinándose con sarcasmo.

Con un movimiento de la mano de Ferdinand, un círculo de fuego rodeó a la joven reina. Las llamas eran tan altas como ella, y Leo no podía ver nada. Solo atinó a girar sobre sí misma, agitando la espada para defenderse en caso de que la atacaran. Ferdinand aprovechó esto y entró entre las llamas por detrás de ella, con un movimiento ágil la hizo soltar la espada y la tomó por ambos brazos, forzándola a mantenerlos en la espalda- ya te tengo-

El fuego alrededor de ellos se apagó por órdenes del príncipe. Leo no podía volverse ni soltarse, pero no quitó su rostro desafiante.

-Haz lo peor que tengas- dijo Leo entre dientes- no lograrás que haga nada-

Ferdinand no dijo nada, pero Franz se echó a reír.

-No seas ingenua. Ya sabemos que por ti no lo harás- dijo Franz- pero todo el mundo tiene una llave. Todo el mundo tiene una persona por la que haría cualquier cosa. Y ahora harás lo que te pedimos. Lo harás para salvar a Edvard-

Leo abrió los ojos, asustada.

-Así es. Tu querido Edvard está afuera de esta misma cabaña, escuchando junto a la puerta, y esperando el momento oportuno para entrar aquí a salvarte y a castigarnos- dijo Ferdinand, susurrando al oído de la reina- ahora voy a quemar tu mano, y tu vas a gritar, y él entrará a intentar salvarte-

¿Entonces Edvard la había seguido? No lo podía creer. Aquello era peor de lo que se había imaginado. ¿Porqué Edvard la había desobedecido? Ya no se sentía tan segura como antes.

-No…- comenzó Leo, pero no pudo terminar. Un grito de dolor se le escapó al sentir su mano izquierda quemarse contra una superficie caliente. Solo duró un par de segundos, pero hizo que a la joven se le escaparan un par de lágrimas de dolor.

Tal como lo había predicho Ferdinand, Edvard entró precipitadamente a la cabaña al escuchar el grito, espada en mano, y se dirigió hacia donde estaba Leo con la intención de atacar al príncipe.

-No tan rápido, insecto insignificante…- dijo Franz, haciendo un movimiento de su mano. Un torbellino de electricidad rodeó a Edvard por unos segundos, haciéndolo gritar de dolor, y posteriormente cayó al suelo, a los pies de Leo.

-¡Basta, basta!- gritó Leo. "No, no puede estar pasando esto", pensaba ella.

-Entonces, querida- dijo Ferdinand al oído de la reina, aún sin soltarla- estamos esperando tu terremoto-

-No puedo…- dijo Leo.

-Claro que puedes- dijo Franz- ¿no has estado poniendo atención? Este guardia, este… plebeyo, es tu llave. Vas a liberar toda tu energía o lo vas a ver morir- conjuró más rayos en sus manos- es tu elección-

-No, por favor…- pidió Leo, pero fue inútil. Los dos príncipes no parecían dispuestos a ceder.

Otra descarga recorrió el cuerpo de Edvard, haciéndolo gritar nuevamente. La reina cerró los ojos, pero los gritos del joven penetraban sus oídos. Todos los vidrios de la cabaña se quebraron, y las paredes de la misma comenzaron a crujir.

-Ya casi lo logras, Leo- le dijo Ferdinand al oído- pero deberías hacerlo pronto, o Edvard morirá-

Otra descarga eléctrica, y otro grito desgarrador, mientras que Leo apretaba los ojos con todas sus fuerzas, tratando en vano de no escuchar. Las piedras que formaban la chimenea se quebraron.

-No creo que sobreviva otra descarga- le dijo Ferdinand- pero bueno, supongo que tendremos que averiguarlo…-

Vino una nueva descarga, y otro grito.

-¡Basta!- gritó Leo. El suelo debajo de ellos comenzó a temblar. Ferdinand soltó a la reina, y Franz dejó de atacar a Edvard por un segundo. La cabaña se vino abajo, cayendo todos sus fragmentos alrededor de los cuatro que se encontraban en ella. Algunos árboles a los alrededores cayeron también. Un gran temblor sacudió la tierra.

-Lo hizo- Leo escuchó la voz de Franz.

La reina se sintió débil, y se dejó caer al suelo, boca abajo. Estiró su mano derecha, que no estaba lastimada. Se encontró con la mano de Edvard, que estaba inconsciente después de los ataques de Franz. Leo sintió que una fuerza salió de su cuerpo. Su vista comenzó a nublarse y volverse oscura.

-Interesante…- escuchó decir a Ferdinand antes de perder la conciencia.

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Hola! Gracias a todos por seguir leyendo. Espero que les esté gustando. Hay nuevos malitos sueltos. Disfruten, y nos leemos pronto.

Abby L.