CAPITULO 5: CONDICIONES

-La información que obtuvimos de Weselton fue inútil- dijo Franz, electrificando una silla y destruyéndola, furioso. Ferdinand, por su parte, parecía más bien concentrado y pensativo. Su hermano lo miró- ¿se puede saber que te pasa?-

-No todo se ha perdido, hermano- dijo Ferdinand- mi ataque de fuego le dio en el corazón al prometido de la reina. Sabes lo que eso significa…-

Franz cambió su mueca de enojo por una sonrisa macabra. Aquello había sido solo un contratiempo, pero al parecer aún tenían la delantera.

-Muy bien- dijo Franz- eso es una ventaja. De ahora en adelante, tenemos que ser más cuidadosos…-

-Quisiera hablar contigo sobre… modificar un poco el plan que tenemos, hermano- dijo Ferdinand, y Franz lo miró, interrogante- jamás había visto a la reina de las nieves, y me pareció que deberíamos… proceder con ella de manera diferente que con la reina de Oeste, si sabes a lo que me refiero- el príncipe de fuego sonrió- y el fuego en el corazón de su prometido se acomoda perfectamente en mi nuevo plan…-

x-x-x

Esa noche, Kristoff y Anna salieron precipitadamente de Arendelle en el trineo del primero rumbo a las montañas en busca de los trolls. Necesitaban ayuda para curar a Hans, aunque una parte de ellos sabía que no podrían hacer mucho, ya que tampoco habían podido quitar el hielo del corazón de Anna. Un consejo era mejor que nada.

Elsa iba en la parte de atrás del trineo con Hans, quien iba descansando su cabeza en el regazo de la reina. Recordaba haber hecho ese viaje con sus padres y Anna cuando tenía ocho años, y recordaba que los trolls habían podido salvar a su hermana.

-No te preocupes, Hans- dijo Elsa, acariciando los cabellos del príncipe y tratando de poner una sonrisa tranquilizadora para él- ellos ayudaron a Anna cuando éramos niñas. De seguro podrán salvarte-

Hans sonrió levemente. Anna y Kristoff se miraron entre ellos al escuchar esas palabras. No estaban tan seguros. Hans seguía apretando los ojos de dolor, y Elsa le puso una mano fría sobre el pecho, llamando a sus poderes para intentar aliviarle la molestia.

Unos minutos más tarde llegaron al valle de los trolls. Grand Pabbie y los demás los recibieron. El mayor de los trolls hizo una seña para que acercaran a Hans, lo que hicieron.

-Tienen razón- dijo Grand Pabbie al examinar a Hans- ese ataque de fuego golpeó su corazón. Se consumirá lentamente hasta…- y se interrumpió.

"No", pensó Elsa "no puede ser la última palabra"

-¿No hay nada que se pueda hacer?- dijo Elsa, ansiosa- tiene que haber algo, quizá un…-

-Un acto de amor verdadero fue lo que le causó esto, Elsa- interrumpió Grand Pabbie- él lo hizo para salvarte-

Elsa sacudió su cabeza con tristeza. ¿Hans había salido herido por su culpa?

Grand Pabbie se quedó pensativo, y se le ocurrió algo que podía ayudar. El mayor de los trolls se descolgó un cuarzo brillante que tenía alrededor del cuello y se lo puso a Hans. Tomó la mano de Elsa y lo puso sobre el cuarzo, haciendo que ella lo congelara.

-Buscaré un remedio para esto- dijo el troll- este cuarzo congelado detendrá la progresión mientras trato de buscar una cura, nos ganará algo de tiempo…-

-Gracias- susurró Elsa, agradecida.

x-x-x

Leo ya se sentía mucho mejor. A pesar que sentía un dolor en su corazón cada vez que veía a Edvard, se estaba reconciliando con el hecho de ya no tener poderes. Una tarde, mientras Leo se encontraba aún trabajando, Ada la llamó, muy alarmada.

-Su majestad- dijo Ada, entrando e inclinándose rápidamente- será mejor que venga pronto. Es Edvard-

Leo sintió un vuelco y se levantó. Salió corriendo tras el ama de llaves hacia la habitación donde el guardia estaba descansando. No dudó en entrar, y se encontró a Edvard respirando agitadamente.

-Hola, Edvard- dijo ella, caminando despacio hacia él, hasta pararse junto a la cama del guardia.

-Su majestad…- dijo Edvard con mucha dificultad- quería pedirle… perdón a su majestad por haberla desobedecido… y por haberle robado sus poderes-

Leo sintió un nudo en la garganta.

-No digas eso, Edvard- dijo ella, poniéndole la mano en el pecho para tranquilizarlo. Podía sentir su respiración agitada- solo estabas tratando de protegerme. Y yo soy la que me siento culpable. Tu no deberías estar así de lastimado por mi culpa, y mis poderes no es algo con lo que debas de cargar tu-

-Estoy feliz de tenerlos- dijo Edvard con seriedad- así usted… tú no tienes que cargar con ellos, y morirán conmigo…-

Leo sacudió la cabeza.

-No digas eso, Edvard, por favor, sabes que te necesito conmigo- dijo Leo.

-Leo…- dijo el guardia- tú sabes que ya es inevitable, ya te lo dijeron. Cuando juré protegerte, te dije que te serviría con mi vida o con mi muerte. Y eso estoy haciendo…-

-No te vayas, Edvard, por favor- dijo Leo, a punto de llorar- no puedo soportar perderte… yo te quiero…-

Edvard sonrió tristemente.

-Me quieres como querías a tu padre, Leo- dijo Edvard- sé que después de lo que hemos pasado, en el tiempo que he sido tu guardián, nunca podrás quererme como yo te quiero a ti- buscó con su mano la de la joven reina, la tomó y la besó- fue un honor y una felicidad para mí estar a tu lado todos estos años. Adiós, Leo-

Leo se quedó sorprendida y asustada de aquello. No se pudo mover mientras veía a Edvard cerrar los ojos por última vez. Una vez que se dio cuenta lo que había pasado, se echó a llorar. Ada, el ama de llaves, la dejó sola,

-Edvard, todo esto es mi culpa- dijo ella llorando amargamente- si hubiera sido más fuerte… si no me hubiera resistido…-

Fuera de la habitación, Ada alcanzaba a escuchar los sollozos de la reina. No pasó mucho tiempo cuando llegó el príncipe Georg, quien iba caminando por ahí, y le pareció extraño lo que estaba ocurriendo. El ama de llaves lo paró en seco en la puerta.

-¿Qué sucede?- preguntó Georg, preocupado- escucho a la reina, ¿está bien?-

-No debe entrar por ahora, su alteza- dijo el ama de llaves con seriedad, bloqueando la puerta- su majestad está muy alterada-

Georg la miró, alarmado.

-Con mayor razón debería asegurarme de que la reina esté bien, podría…- comenzó el príncipe, pero Ada lo interrumpió.

-Usted no entiende, su alteza. Edvard, el guardia personal de la reina, acaba de…- y se interrumpió. Georg comprendió la expresión en el rostro del ama de llaves.

-Oh- solo pudo decir el príncipe.

-Es una lástima, pobre muchacho- continuó el ama de llaves, sacudiendo la tristeza con pena- hijo del más grande almirante que Oeste ha tenido. No sabe usted cuando amaba ese chico a la reina. Lástima que ella nunca se dio cuenta…-

Georg alzó las cejas, tratando de reconstruir las veces que había visto al guardia. No recordaba ninguna muestra en particular. Sí la miraba con mucha devoción. El príncipe se imaginaba que era lo que lo había mantenido separado: la decisión de la reina de querer estar sola. La pared que construía a su alrededor para que nadie la usara para llegar a la corona.

Georg se quedó helado. No sabía que hacer. Es cierto que se había sentido atraído por la joven reina de Oeste cuando la conoció, y se había preocupado genuinamente por ella cuando fue atacada. Pero no sabía que Edvard estaba enamorado de ella. ¿Ella lo había estado de él? Si ese era el caso, Leo estaría…

"Soy un tonto…", pensó Georg.

El príncipe rápidamente sacudió la cabeza.

"No estoy aquí como su pretendiente", dijo Georg "estoy aquí como alguien que puede ser su amigo y… apoyarla en esto…" se encongió de hombros "es lo mejor que puedo hacer por ella, por ahora".

-Iré a preparar todo para… ya sabe- dijo Ada- con permiso, su alteza-

Georg asintió y miró dudoso la puerta, a través de la cual se escuchaban los sollozos de la reina. El príncipe tomó aire y entró. Encontró a Leo de rodillas junto a la cama de Edvard, con el rostro escondido entre sus manos.

-¿Leo?¿Estás bien?- preguntó el príncipe al verla tan descompuesta.

-Edvard… Edvard…- dijo simplemente entre sollozos, sin levantar la cabeza poder explicar lo que había pasado. No había necesidad.

-Shhh… lo sé…- Georg comprendió, se arrodilló junto a ella y la abrazó para consolarla. Ella se resistió al principio a separarse de la cama, pero después se dejó abrazar y siguió derramando silenciosas lágrimas sobre el pecho del príncipe. Este no sabía como reaccionar.

A veces, cuando era niño, Georg había visto llorar a sus hermanos menores, sobre todo a Hans, pero nunca había tenido que consolar a una mujer. Menos a una mujer que le importara tanto como ella. Suspiró.

-Tranquila, vas a estar bien- dijo él con ternura, sintiendo que lo hacía muy torpemente, pero era lo mejor que podía- Edvard fue un gran hombre, que vivió hasta el ultimo aliento por su reina…-

Georg se quedó junto a ella mientras lloraba. Pasó un largo rato cuando su silencio fue interrumpido por un guardia que llamó a la puerta y entró, seguida de una apenada Ada.

-Su majestad- dijo el guardia, llamando la atención de ambos e inclinándose- lamento muchísimo tener que molestarla en un momento así, pero tengo noticias importantes y urgentes que darle. El día de la boda de su hermano, el príncipe, alguien irrumpió en la prisión aislada del norte, y sustrajo por la fuerza al duque de Weselton-

Leo miró al guardia por unos segundos, y levantó los ojos húmedos hacia Georg, con una silenciosa petición de ayuda. El príncipe besó con cariño la frente de la reina.

-Tranquila, aguarda un segundo- susurró.

Sin muchas ganas de hacerlo, soltó un momento a la reina y se dirigió hacia el guardia.

-Por orden de la reina, hagan traer a todos los prisioneros que estaban con Weselton al calabozo de este castillo para ser interrogados. Yo me encargaré de cuestionarlos- dijo Georg al guardia en voz baja, y éste asintió.

-Sí, su alteza, inmediatamente- dijo el guardia, retirándose.

-Ada, por favor busque a madame Hilda para avisarle que su majestad no podrá atender hoy al parlamento ni a los dignatarios- continuó el príncipe- después vaya a preparar lo que tenía pendiente- añadió con un gesto significativo, y el ama de llaves se inclinó y se fue.

Georg se volvió nuevamente hacia la reina, quien seguía derramando silenciosas lágrimas, ajena a lo que pasaba a su alrededor en ese momento.

-Vamos, te llevaré a tu cuarto- le dijo el príncipe en voz baja- no te preocupes por nada más, yo me haré cargo hasta que te sientas mejor-

Antes de que ella pudiera protestar, Georg la alzó en brazos y la sacó de esa habitación.

El príncipe la llevó a su habitación y la colocó en la cama. Una vez que Leo se quedó dormida, más por agotamiento que por tranquilidad, Georg salió de la habitación y le pidió a los guardias que había mandado poner en la puerta de la reina que le hicieran saber si despertaba. Se apresuró a buscar a madame Hilda para pedirle que se hiciera cargo del reino por esos días, ya que la reina estaría indispuesta. Después iría a esperar a los prisioneros a los calabozos. Tenía que averiguar que habían visto los testigos del "rescate" de Weselton. Quizá podrían ayudarle a entender que estaban tramando los príncipes que habían atacado a la reina.

x-x-x

Elsa se encontraba sola en su habitación, nerviosa, caminando en círculos. Los bordes de las ventanas estaban comenzando a congelarse. Se acababa el tiempo, y no sabía si el corazón de Hans iba a resistir hasta que Grand Pabbie encontrara una cura. Si es que llegaba a encontrarla. Elsa sentía un gran dolor en el pecho, su corazón latiendo tan fuertemente que le costaba respirar.

-Vaya, vaya, sí que estamos nerviosos el día de hoy- dijo una voz entre las sombras- nada que ver con el valor que demostraste la ultima vez que nos vimos, reina Elsa-

Elsa se puso en guardia, con su hielo en sus manos. No era para menos. La voz pertenecía al príncipe Franz. En una esquina de su habitación estaban los dos hermanos.

-¿Qué hacen ustedes aquí?- dijo Elsa, furiosa- ¿y qué hicieron con Hans?-

Ferdinand se echó a reír. Se acercó a Elsa con sus dos manos encendidas con fuego, y ella las detuvo con su hielo. El resultado: emergía vapor en el hueco entre ambos pares de manos.

-Hermosa y muy poderosa- susurró Ferdinand.

-¿Estás segura que quieres seguir peleando con nosotros, Elsa?- dijo Franz, mientras veía como Elsa se resistía al ataque de su gemelo- ¿no sería mejor que te tranquilizaras y nos escucharas? Quizá puedes encontrar una manera de salvar a Hans, si haces lo que te decimos…-

Elsa abrió los ojos grandemente al escuchar esto, y detuvo su ataque. Ferdinand sonrió.

-Vaya, mira como nos interesó de pronto- dijo Ferdinand.

-¿Cómo puedo salvarlo?- demandó Elsa, ignorando lo anterior.

-No tan rápido, querida- dijo Ferdinand, dando una vuelta alrededor de ella- primero que nada, a cambio de esa información, tienes que hacernos un favor. Ya sabes, para demostrarnos tu buena voluntad…-

Elsa frunció el entrecejo. Por supuesto que no la ayudarían gratis.

-¿Qué es lo que quieren?- demandó la reina.

-Queremos que te deshagas de tu futuro cuñado, Kristoff- dijo Franz, y Elsa alzó las cejas, sin entender que tenía que ver el rubio en todo eso- queremos que provoques algo que haga que tu hermana y él rompan su compromiso, y algo lo suficientemente fuerte para que lo destierres de Arendelle para siempre-

Elsa tragó saliva.

-Eso es imposible- dijo Elsa, nerviosa- no le puedo hacer eso a Anna…-

-No es imposible, Elsa- dijo Franz, cruzándose de brazos- tú sabes que nada es imposible si es para mantener a salvo a Anna, ¿verdad? Sabes que si te niegas seguirá ella de tener fuego en su corazón, ¿verdad?-

Elsa tembló de ira. No sabía que hacer. No podía arriesgares a que lastimaran a Anna o a que se quemara el corazón de Hans. Pero no podía hacerle eso a su hermana, y a Kristoff, a quien consideraba un buen hombre y ya parte de su familia también. ¿Sería capaz? Tenía que ser capaz.

-Eso pensé, querida- continuó Franz, riendo en voz baja con malicia.

-Pero no tengo idea de que hacer- dijo Elsa, tratando de reprimir el temblor en sus manos.

-Nosotros tenemos una idea- dijo Franz- ahora escucha con cuidado, Elsa, esto es lo que vas a hacer…-

x-x-x

Anna se encontraba en ese momento en la habitación Hans, charlando mientras el príncipe descansaba, para intentar distraerlo del dolor que tenía en el pecho. Ella ya había pasado por algo parecido, y sabía que no era nada agradable.

-Gracias… por haber salvado a mi hermana otra vez- dijo la princesa de Arendelle- vaya, jamás pensé que podría charlar contigo sin…-

-¿Sin tratar de romperme la nariz?- dijo Hans, haciendo una mueca. Los dos rieron.

-Algo así- dijo Anna.

-No es nada- dijo Hans, alzando las cejas significativamente- quizá si yo no hubiera estado ahí, Elsa no habría tenido necesidad de ser salvada, no habría bajado la guardia-

Anna sonrió, y Hans, al intentar hacerlo, hizo otra mueca de dolor.

-No es lindo, lo sé- dijo Anna, señalando su propio pecho, refiriéndose a cuando tenía hielo en su corazón. La princesa se levantó, remojó un paño con agua fresca y lo puso sobre el pecho de Hans, quien inmediatamente sintió un alivio. Se quedaron en silencio unos minutos.

-Perdóname, Anna- dijo Hans por fin con seriedad, reprimiendo otra mueca de dolor- nunca podré pagarte el mal que te hice. Debí haber hecho algo más para…-

Anna sacudió la cabeza.

-Ya, Hans- dijo Anna, sonriendo levemente- ya aprendiste tu lección. Y amas a mi hermana. Eso es lo más importante. Ahora solo concéntrate en descansar para que te sientas mejor, en lo que encontramos una cura para…-

De repente, un grito los interrumpió. Los dos se miraron alarmados al reconocer a quien pertenecía ese grito.

-¡Elsa!- exclamó Anna, y se levantó y salió corriendo. Hans lo intentó, pero no se pudo mover.

-Maldición…- dijo entre dientes el príncipe.

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Elsa había estado dando vueltas en su habitación, una vez que Ferdinand y Franz la dejaron sola tras darle sus instrucciones. No estaba segura de poderlo hacer. Estaba tan nerviosa que todas las ventanas ya estaban completamente congeladas. Quería olvidarse de todo y echarse a llorar. Pero si quería salvar a Hans, tenía que hacerlo, aunque le doliera. Anna tendría que entender. Anna se daría cuenta. Suspiró.

Toc… toc…

-Adelante- dijo Elsa.

Kristoff entró a la habitación de Elsa, confundido de porqué había sido llamado ahí, tan sorpresivamente y sin Anna. Elsa tomó aire y se preparó para hacer lo que se le había pedido.

-Buenas noches, Elsa- dijo el rubio.

-Buenas noches- dijo la reina- perdona por hacerte venir tan tarde…-

Kristoff iba a decir algo, pero Elsa lo interrumpió.

-Perdóname por lo que voy a hacer, Kristoff- dijo Elsa en voz baja, tomando un cuchillo de su tocador. Con éste, para sorpresa de Kristoff, comenzó a rasgar la falda y una de las mangas de su vestido.

-¿Qué estás haciendo, Elsa?- preguntó Kristoff, alarmado, sin poder entender que era lo que estaba ocurriendo. Se acercó a ella y le quitó el cuchillo de las manos, para después detenerla por las muñecas con suavidad-¡Elsa, detente! No entiendo…-

-Te juro que esto es por tu bien, el de Anna, y el de Hans- dijo Elsa con lágrimas en los ojos- en serio, espero que un día me perdones, Kristoff-

Antes de que el confundido Kristoff pudiera decir nada, Elsa lo tomó de los hombros, y con uno de sus pies lo hizo tropezar. El resultado fue que la joven reina cayó sobre su cama boca arriba, y Kristoff cayó encima de ella, con el cuchillo aún en la mano. Una vez que estuvieron en esa posición, Elsa gritó, y el rubio, asustado y sorprendido, trató de levantarse.

Demasiado tarde. Cuatro de los guardias de Arendelle entraron a la habitación inmediatamente y vieron a Kristoff, el maestro de hielo de Arendelle, cuchillo en mano, encima de una llorosa y asustada reina Elsa, quien tenía su vestido deshecho y rasgado. Los guardias asumieron lo peor, sometieron a Kristoff y lo retiraron de encima de Elsa.

-¡Cómo te atreves a ponerle las manos encima a la reina!- exclamó uno de los guardias, furioso, mientras veía como Elsa se ovillaba sobre su cama y sollozaba-¡asqueroso campesino!-

-No, no, suéltenme, esto es un error- dijo Kristoff, alarmado. No podía creer lo que estaba pasando- ¡Elsa! ¡por favor, diles que es un error!-

Elsa no dijo nada, y los guardias empujaron a Kristoff contra la pared.

-Debería darte vergüenza- ladró otro de los guardias- después de todo lo que su majestad ha hecho por un bueno para nada como tú…-

-No, están equivocados…- insistía Kristoff- Elsa, por favor…-

Anna llegó, atraída también por el grito de su hermana, y alcanzó a ver parte de la escena. Elsa ovillada en su cama, llorando con el vestido deshecho y creando hielo por toda la habitación, y los guardias sometiendo a Kristoff y gritando furiosos.

-¡Alto!- gritó Anna, haciendo silencio en la habitación, salvo los sollozos de Elsa- ¿alguien puede decirme que rayos sucedió aquí?-

-Su alteza- dijo uno de los guardias- escuchamos gritar a su majestad, y encontramos a este sucio campesino encima de ella sobre la cama, rompiendo su vestido y tratando de aprovecharse de ella-

-¡No!- exclamó Kristoff, tratando de soltarse de los guardias- ¡Anna, eso no fue lo que pasó!-

Anna no podía creer sus palabras. Pero se dio cuenta que la evidencia contra él era abrumadora. Miró alternadamente a Kristoff y a Elsa, y finalmente su vista se clavó en el rubio.

-Kristoff, ¿cómo pudiste?- dijo Anna con lágrimas en los ojos- no… jamás lo creí de ti…-

-Anna, no, eso no es lo que pasó… tienes que creerme…- quiso decir Kristoff, pero Anna ya se había ido-¡Anna, por favor!-

Kristoff quería soltarse, correr detrás de Anna y explicarle que todo era un error, que no podía entender que era lo que estaba pasando, pero los guardias lo tenían firmemente detenido, y no se podía mover.

-Llévenselo al calabozo- dijo por fin Elsa a los guardias entre sollozos, una vez que Anna estuvo lejos de la habitación- y no quiero que la princesa Anna sepa donde lo han puesto-

-Sí, su majestad- respondieron los guardias.

-No, Elsa, no, ¡por favor!- exclamó Kristoff, tratando de resistirse-¡esto no está bien, y lo sabes! ¡no lo hagas!-

Elsa no dijo nada, solo lo miró con los ojos llenos de lágrimas mientras los guardias intentaban sacarlo de la habitación.

-¡Elsa, tú sabes que amo a tu hermana!- gritó Kristoff- ¡no nos hagas esto!-

Kristoff no pudo decir nada más, ya que uno de los guardias lo golpeó en el estómago con el mango de su espada, dejándolo sin aire, y entre los demás lo arrastraron fuera, hacia los calabozos.

Pronto Elsa volvió a quedarse sola. Continuaba ovillada sobre su cama, llorando amargamente. No podía creer lo que acababa de hacer.

"Soy la peor persona del mundo, acabo de arruinar la ilusión de mi hermana y de condenar a un buen hombre… y todo por…"

Franz surgió de entre las sombras, y aplaudió tres veces, interrumpiendo el diálogo interno de Elsa.

-Muy bien hecho, Elsa, muy buena actuación- dijo el príncipe, sonriendo maliciosamente- buena chica…-

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Anna no supo a quien más acudir. De seguro Elsa estaría aterrorizada ante la situación, no podría hablar con ella. Regresó a la habitación donde Hans estaba descansando. Sin ningún cuidado cerró la puerta de golpe.

-¡Anna!- exclamó el príncipe de las Islas del Sur al verla tan alterada- ¿qué sucedió?¿Elsa está…?-

-Esta bien… bueno, dentro de lo que cabe- dijo Anna, con lágrimas en los ojos, dejándose caer en una silla junto al príncipe.

-¿A qué te refieres "dentro de lo que cabe"?- dijo Hans, muy preocupado, tratando de ignorar el dolor en su pecho y volviendo su cuerpo hacia ella- Anna, ¿qué fue lo que sucedió?¿porqué estaba gritando? ¿y porqué estás así?-

Anna le relató lo que había visto. Hans la escuchó con incredulidad. Kristoff, ese chico que miraba a Anna con ojos de cachorro siempre que está cerca de ella, quien la ha protegido desde el momento que la conoció, sería incapaz de hacerle eso a Anna, o de intentar aprovecharse de Elsa. Era simplemente imposible, como decir que las vacas vuelan.

-Es imposible, Anna- dijo Hans con seguridad, una vez que la princesa terminó de relatar lo que vió- Kristoff no es mi persona favorita en el mundo, pero sé que es incapaz de hacer eso… debe haber un error-

-Yo lo vi con mis ojos, Hans- dijo Anna entre sollozos- el vestido de Elsa estaba hecho pedazos, y ella estaba aterrorizada y no paraba de llorar y de congelar todo. Y Kristoff…-

-Kristoff no es capaz de hacer eso, él te adora- dijo Hans, convencido, casi escupiendo las palabras. Vaya, no sabía que era tan molesto tener que hablar bien del rubio- tienes que averiguar la verdad-

Anna lo miró sin creerle.

-¿Cómo?- preguntó la princesa.

-Habla con él, y con Elsa- dijo Hans- no asumas nada, y aclara las cosas. Yo una vez cometí ese error con Elsa, y casi me di cuenta demasiado tarde…-

Anna lo miró, pensativa.

-Estás equivocado, Hans- dijo Anna, levantándose- creo que mejor te dejaré descansar…- y se retiró. Hans se quedó pensativo.

"Es imposible que ese gorila haya hecho eso. Por más bruto, él adora a Anna y no se arriesgaría a hacer nada que la lastime. Algo no está bien aquí, y me huele a que es obra de esos dos"

Haciendo un gran esfuerzo, Hans se levantó de su cama. El cuarzo que le había dado Grand Pabbie brilló con fuerza. El príncipe suspiró, y caminó lentamente hacia la habitación de Elsa. La explicación de Anna no había sido suficiente. Tenía que preguntarle qué estaba pasando.

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-Muy bien hecho, Elsa- le dijo Franz- al principio creí que esas lágrimas y temblores tuyos eran un poco demasiado, pero vaya que fue una excelente actuación. A ellos los convenciste, y al menos a mí me conmoviste…- y se echó a reír.

Elsa los miró con odio. A los dos. Era obvio que esos dos… seres no entendían como se estaba retorciendo de dolor, de solo imaginarse como estarían sufriendo Kristoff y Anna, y todo por su culpa. Todo por salvar a Hans.

-Ya hice lo que querían- dijo Elsa, incorporándose y limpiándose las lágrimas de sus ojos- lastimé a mi hermana y a un chico inocente. Ahora, díganme como curar a Hans de lo que le hicieron. Ese era el trato-

Los gemelos se echaron a reír.

-No tan rápido, querida Elsa- dijo Ferdinand, rodeando a Elsa y sentándose en la cama detrás de ella- tenemos otra pequeña condición para ti… y afortunadamente, el cumplirla también salvará a Hans… es como matar dos pájaros de un tiro-

A Elsa no le estaba gustando nada lo que estaba sucediendo.

-¿Y bien?- preguntó la reina, cruzándose de brazos con impaciencia, mientras intentaba seguirlos a ambos con la mirada.

-Tienes que romper tu compromiso y casarte con Ferdinand, para que le rompas el corazón a Hans- dijo Franz- así de sencillo…-

Elsa se quedó helada.

-¿Qué?- dijo la reina con dificultad.

-Lo que oíste- dijo Franz- romperás tu compromiso con Hans. Le dirás que no lo amas de la manera más cruel que puedas. Le ordenarás que regrese inmediatamente las Islas del Sur y le dirás que no lo quieres volver a ver. Eso romperá su corazón… y salvará su vida-

Elsa los miró con incredulidad.

-No me pueden pedir que haga eso- dijo Elsa con un hilo de voz.

-Un corazón roto no se puede quemar, Elsa- explicó Ferdinand- si le rompes el corazón a Hans, se salvará. Es la única manera-

Las manos de Elsa temblaron otra vez. Se abrazó las manos para evitarlo.

-¿Tengo que… lastimarlo?- dijo Elsa con voz temblorosa.

-No te preocupes, te ayudaremos a romperle el corazón- le dijo Ferdinand, tomándola por los hombros y susurrando en su oído. Elsa se llevó las manos a la cabeza y cerró los ojos.

-Ya basta- dijo la reina en un susurro, tratando de no quebrarse otra vez y, sin embargo, no le importó pedir- por favor, no me hagan eso… no me obliguen a hacerle eso-

Ferdinand rió macabramente al oído de la reina, y comenzó a jugar con su hermoso cabello.

-Ya, ya, no te alteres, hermosa- dijo Ferdinand- no es tan difícil lo que tienes que hacer-

Elsa se alejó de él, molesta, tomando su trenza entre sus manos para alejarla del príncipe.

-¿Qué ganan con todo eso?- preguntó Elsa.

-Para asegurarnos de que seguirás siendo nuestra aliada y haciendo lo que te ordenemos, querida- dijo Franz- además, le dirás a tu hermanita que se case conmigo. Para eso queríamos que te deshicieras del gorila que tenía por novio. Eso cerrará la alianza de Arendelle con Troms y garantizará que vas a seguir nuestras órdenes-

Elsa sintió náuseas. ¿Casarse con uno de esos príncipes?¿Anna tenía que casarse con el otro?

-Tomará tiempo convencer a tu hermana, lo sé- dijo Franz, adivinando sus pensamientos- pero tú sabes muy bien que Hans no tiene tiempo. Ese remedio congelado que le pusiste fue solo temporal, y lo sabes. O rompes su corazón ahora, o lo verás morir aquí. Es tu decisión…-

Elsa se quedó helada.

-Aquí viene tu enamorado, Elsa- dijo Franz con una sonrisa macabra, señalando la puerta- es tu oportunidad-

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Hola! Ya estoy escondida en mi trinchera anti-tomates. Por favor no me odien. Prometo actualizar pronto. Nos leemos.

Abby L.