CAPITULO 9: BATALLA

Ferdinand, Franz y los guardias salieron de la iglesia y miraron alrededor. Esperando encontrar a Edvard, el guardia de la reina Leo, listo para pelear por su reina, pero no fue lo que esperaban. Miraron a su alrededor. En vez de él, encontraron a tres hombres armados con espadas: Kristoff y los príncipes de las Islas del Sur, Hans y Georg.

-¿Dónde está?- dijo Franz, ignorando por un segundo a los recién llegados y mirando alrededor, buscando con la vista al guardia que había atacado anteriormente- ¿dónde está el guardia de esa débil mujercilla, la reina de Oeste?-

Georg frunció el entrecejo, su habitual sonrisa cálida desapareció, y Hans lo comprendió perfectamente. Podía ser muy alegre, pero el escucharlo hablar así de Leo lo puso furioso.

Mientras tanto, en el techo de un edificio cercano, una parte del mismo destruido por el temblor que ocasionó, estaban Leo y Anna junto a Merida. Leo tembló de coraje al ver a los asesinos de Edvard, y Anna le puso una mano sobre el hombro, para tranquilizarla y evitar que causara más destrucción.

-Tranquila, Leo, no te alteres por esos dos- dijo Anna en tono tranquilizador- ya tendrás tu oportunidad de darles su merecido-

-¿Son esos dos?- preguntó Merida- ¿los dos gemelos con traje blanco?-

-Son ellos, Merida- dijo Leo- ¿crees poder…?-

-Por supuesto- dijo Merida orgullosamente, tomando una de las flechas- aquí voy-

Leo y Anna tomaron sus espadas.

Abajo, al ver a sus rivales, Franz se echó a reír.

-Así que solo son ustedes- dijo Franz- y díganme, ¿quién causó el terremoto?-

-Eso no es de tu incumbencia- dijo Georg, muy enojado- lo único que tienes que saber es que vas a dejar en paz estos reinos que no te pertenecen y vas a ir de regreso a Troms con la cola entre las patas cuando terminemos contigo-

Franz no dejó de sonreír.

-Así que ella está aquí- dijo Franz, adivinando que esa era la razón de la molesta de Georg- Leo de alguna manera recuperó sus poderes, y está aquí en Arendelle…-

-Entonces, la transferencia de poderes no es permanente- dijo Ferdinand, pensativo.

-Parece que no- dijo Franz, y miró fijamente a Georg- tú la amas, ¿no es así? Si quieres, te podemos dar el mismo trato que a su guardián…-

Mientras hablaba, sendos relámpagos salieron de sus manos y golpearon al quinto príncipe de las Islas del Sur. El joven dejó escapar una expresión de dolor y, cuando iba a caer al suelo, puso una rodilla frente a él para evitarlo. Al mismo tiempo, Leo cerró los ojos y se llevó las manos a la cabeza al escuchar el grito de dolor de Georg. Le había recordado lo que pasó con..

-Son unos tontos si quieren pelear contra nosotros- dijo Franz, mirando fijamente a Georg y los otros- están en desventaja. Ustedes son solo tres, o cuatro, si es que la reina está por aquí escondida, y nosotros somos un ejército y dos con poderes sobrenaturales. ¿Porqué no se entregan? Los dejaremos quedarse a la boda, si quieren, antes de volver a exiliarlos-

Hans iba a decir algo, pero una voz familiar se lo impidió.

-Porque no habrá boda- dijo Elsa, saliendo de la iglesia, pala en mano.

Antes de que Franz pudiera hacer algún comentario sarcástico, Elsa pateó el suelo con todas sus fuerzas. Una gruesa capa de hielo se formó a los pies de ambos príncipes y de los soldados.

-¿Qué demo…?- comenzó Franz, pero fue interrumpido por un fuerte golpe en la cara por una pala, cortesía de Elsa.

-Eso es para que lo pienses dos veces antes de volver a ponerme las manos encima, querido- añadió Elsa con sarcasmo.

Antes de que pudieran reaccionar, Elsa se alejó de ellos y se dirigió a los brazos de Hans, quien la recibió bastante feliz. Y la besó. La besó como si la vida se le fuera a acabar si separaba sus labios de los de ella. La tomó por la cintura y la acercó a sí mismo, sin poder creer que fuera ella otra vez entre sus brazos.

-¡Hans, regresaste!- exclamó ella con una amplia sonrisa, cuando finalmente se separaron- Hans, por favor perdóname, era la única manera de salvar tu vida, yo no…-

Hans le puso el dedo índice en la boca.

-Shhh, todo está bien, Elsa- le dijo Hans en voz baja, sonriéndole y besándola nuevamente- sé porqué lo hiciste. Ahora que te parece si enviamos a estos dos atrevidos de vuelta a donde pertenecen…- añadió desenvainando la espada.

Elsa sonrió y se volvió a Kristoff.

-Kristoff, yo…- comenzó, pero el rubio la interrumpió.

-Lo sé, no te preocupes- dijo Kristoff con una sonrisa.

-Elsa, será mejor que te cubras- dijo Hans en voz baja, sin quitar la vista de los príncipes- Kai nos dijo que no puedes usar tus poderes por completo con esas cosas. En ese edificio están Anna y Leo, con una arquera que nos ayudará a neutralizar los poderes de esos dos. Corre-

Elsa asintió y se separó de la línea de batalla. Los soldados de Arendelle miraban la escena, sorprendidos. Se les había informado que asistirían a la boda de la reina, y de seguro que no se esperaban una pelea.

-¡Soldados de Arendelle!- exclamó Elsa, colocándose frente a ellos- estos príncipes de Troms y sus tropas no son invitados, son invasores que han estado amenazando nuestro reino. Tomen sus armas, es hora de pelear-

Todos los soldados de Arendelle sacaron sus espadas, dispuestos a pelear por su reina.

-Todo es en vano, Elsa- dijo Franz, incorporándose y limpiando la sangre de su boca, producto del golpe que la reina de las nieves le había propiciado. Creó un par de relámpagos con sus dos manos- esta vez no me detendré, querida. Va a ser divertido ver tu lindo cuerpecito retorciéndose de dolor…-

-Primero muerto yo- dijo Hans.

-Franz, no creo que…- comenzó Ferdinand, en desacuerdo con que Franz lastimara a Elsa.

-Fuera de aquí, traidor- dijo Franz, haciendo un gesto con su mano, y una descarga golpeó a su hermano y lo lanzó unos metros atrás, ovillado de dolor- si no estás conmigo, estás en mi contra. Nuestro padre tenía razón: no sirves para rey. Yo debí haber nacido primero… - se volvió a los soldados negros- maten a todos, excepto a la reina Elsa. A ella tráiganmela con vida, la quiero hacer sufrir personalmente…-

Los soldados negros sacaron sus espadas y se lanzaron contra ellos, para ser detenidos por los soldados de Arendelle, contra quienes se enfrascaron en una batalla.

Franz comenzó a lanzar relámpagos contra Kristoff, Hans y Georg, y ellos los rechazaban evadiéndolos o golpeándolos con la espada. Elsa se alejó un poco de la línea de fuego y miró hacia el edificio. Anna y Leo traían espadas, y estaban rodeando a una chica de cabellos rojos que apuntaba una flecha metálica hacia los príncipes con gran concentración. Leo movía con sus manos algunas rocas de los escombros que producían los ataques, y los lanzaba contra los príncipes para distraerlos mientras peleaban.

Un par de manos tomaron a Elsa de los hombros. Ella se volvió, asustada de haber sido capturada otra vez, pero se tranquilizó al ver que se trataba de su mayordomo.

-¡Kai- exclamó la reina al verlo- ¡me asustó!-

-Le ruego que me perdone, su majestad- dijo el mayordomo.

Kai sonrió y le enseñó las pinzas. Tras un poco de esfuerzo, cubriéndose detrás de un edificio, el mayordomo rompió las pulseras de metal de las muñecas de Elsa. Ésta sonrió y se frotó las muñecas.

-Gracias, Kai- dijo Elsa, aliviada y formando algunos copos de nieve con sus manos para comprobar que sus poderes habían vuelto a la normalidad- ahora tome a Gerda y váyanse a un lugar seguro… esto se pondrá complicado-

-Disculpe la desobediencia, su majestad- dijo Kai, tomando la pala de manos de Elsa y sonriendo- pero me temo que me quedaré aquí a ayudarla-

Con un movimiento de su mano, Elsa cambió el vestido de novia blanco por su hermoso vestido de hielo azul, y sonrió. Se sentía más cómoda para moverse.

-Su majestad- dijo Kai- será mejor que suba con la princesa Anna, ella está allá arriba, en ese edificio. Desde allá podrá atacar mejor al enemigo…-

Elsa asintió, e iba a hacer lo que Kai le indicó, cuando un grito de dolor proveniente de Hans la distrajo. Se volvió para mirar la escena de la pelea. Kristoff y Georg habían sido rechazados, pues estaban en el suelo intentando levantarse. Franz estaba lanzando un relámpago a Hans, haciéndolo gritar de dolor.

-¡Mira, reina Elsa!- exclamó Franz mientras lanzaba el relámpago- ¿te gusta como se retuerce tu antiguo prometido? Y esto no es nada comparado con lo que te espera a ti…-

Elsa miró la escena con terror. Tenía que detener a Franz antes de que lastimara en serio a Hans. Antes de que ella pudiera hacer o decir algo, una bola de fuego golpeó las manos de Franz, haciéndolo detener el ataque contra Hans. El menor de los príncipes de las Islas del Sur de dejó caer al suelo, agotado por el ataque.

-¡Hans!- exclamó Elsa, corriendo hacia él.

Franz sonrió y le lanzó un relámpago, que Elsa desvió con una barrera de hielo. Franz iba a volver a atacar, pero una nueva bola de fuego lo golpeó.

-¡No!- exclamó Ferdinand, quien estaba desviando los ataques de su hermano- te dije que no debes lastimarla…-

Elsa alcanzó a llegar donde se encontraba tirado Hans, se puso de rodillas junto a él y creó una pared de hielo entre ellos y Franz para evitar ser atacados mientras lo ayudaba.

-¡Hans!- exclamó Elsa, sacudiendo levemente al príncipe- ¿estás bien?-

Hans abrió un ojo, y sonrió.

-Te ves más hermosa así, Elsa- dijo Hans, sonriendo y haciendo una mueca para aguantar el dolor. Elsa sonrió y respiró más tranquila. Levantó la vista y vio a Franz forcejear con Ferdinand.

-¡Eres un idiota, Ferdinand!- bramó Franz- ¡ya los tenía!-

-¡No vas a lastimarla, no otra vez!- exclamó Ferdinand.

Lo que pasó después fue muy rápido. Franz quiso atacar la pared de hielo de Elsa para destruirla, pero Ferdinand se plantó justo frente a él para evitarlo. En ese momento Merida aprovechó la distracción de los hermanos y soltó su primera flecha. Ésta cruzó rápidamente la distancia y atravesó el corazón del mayor de los gemelos. Ferdinand se llevó las manos al pecho y cayó al suelo, boca abajo. Las llamas que Ferdinand tenía en sus manos se apagaron.

Al ver eso, Elsa se llevó las manos a la boca. Sacudió la cabeza y ayudó a Hans a levantarse.

-Hans, tenemos que movernos de aquí- dijo Elsa- no es seguro…-

Hans se incorporó, y Kristoff y Georg se unieron a ellos.

-Sus poderes son muy fuertes- dijo Georg, sacudiéndose el polvo para nuevamente empuñar su espada.

-Pero Merida ya le dio al de fuego- dijo Kristoff, con un noto aliviado- uno menos y falta otro-

-Falta el peor de los dos- dijo Elsa en un susurro.

-Elsa- dijo Hans- necesito que te pongas a salvo, con Anna, Leo y Merida. Desde allá nos puedes ayudar con tus poderes. Y así estaré tranquilo de que no te van a lastimar…-

Elsa iba a protestar, pero tras ver la expresión preocupada en los ojos de Hans, asintió y se dirigió a donde le indicó el príncipe.

-¿Estás seguro, Hans?- dijo Georg una vez que ella se alejó- Elsa es mucho más fuerte que nosotros tres juntos contra los poderes de ese sujeto-

-Si fuera Leo, no te querrías arriesgar a que fuera lastimada- dijo Hans. Georg comprendió y asintió.

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Elsa subió al techo donde estaban las chicas, Anna sonrió y abrazó a su hermana.

-¡Elsa, estás…!- comenzó Anna, pero fue interrumpida por un grito de Elsa.

-¡Cuidado!- exclamó Elsa, y lanzó un dardo de nieve. Uno de los soldados negros, que había trepado del lado contrario y había estado a punto de tomar a Anna por uno de sus pies, cayó golpeado por el ataque de Elsa.

-Uy, estuvo cerca- dijo Anna.

-¿Me pareció a mí, o ese príncipe al que golpeó Merida no estaba precisamente en nuestra contra?- preguntó Leo.

-Es una larga historia- dijo Elsa- pero en resumen, creo que es el otro príncipe de quien nos tenemos que preocupar…-

Merida estaba concentrada apuntando la segunda flecha. Sería más difícil, ya que Franz estaría avisado por lo que le sucedió a Ferdinand. Tenía que aprovechar cualquier oportunidad para terminar con el problema.

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Franz luchaba contra Kristoff y los príncipes de las Islas del Sur, pero se refugiaba siempre detrás de alguno de sus soldados. Había visto a su hermano caer después de ser golpeado por una flecha proveniente de alguno de los techos. Su hermano era un idiota y un traidor, pero al menos al final había servido de advertencia y lo había salvado sin querer.

Vio al príncipe Georg tratando de incorporarse, y sonrió. Era su oportunidad. Iba a lanzarle un ataque, cuando una enorme roca cayó frente a él, bloqueando su relámpago.

-Así que Leo está aquí y tiene de vuelta sus poderes, príncipe- dijo Franz, rompiendo la piedra con su ataque- y te está protegiendo desde lo lejos. ¿Cómo lo logró? ¿Acaso ese guardia bueno para nada se los regresó?-

Leo, que podía escuchar la conversación desde lo alto del techo, tembló de furia. Georg, por su parte, miró a Franz con odio, y éste se echó a reír.

-El guardia murió, ¿verdad?- dijo Franz con una carcajada- no esperaba que sobreviviera. Entonces la reina se olvidó tan pronto de su guardia y se consiguió un príncipe…que conveniente-

Leo alcanzó a escucharlo y, furiosa, lanzó una roca desde donde estaba, revelando su posición. Franz miró el techo, y vio el brillo de la flecha que Merida estaba apuntando.

-Niña tonta, es tan fácil provocarte…- dijo Franz, que sonrió y lanzó su ataque en esa dirección.

-¡Cuidado!- exclamó Anna, tomando a Merida por la cintura y apartándola de donde iba a golpear el ataque de Franz. Ambas princesas cayeron al suelo de un lado del edificio. El impacto hizo que el edificio se tambaleara, y Elsa y Leo cayeron del otro lado del mismo.

-Maldición- dijo Merida, levantándose del suelo y tomando su arco y la flecha- nos descubrió, y ahora es más difícil sin la altura-

-Concéntrate, Mérida- dijo Anna, levantando la espada que tenía con dificultad- yo te cubro mientras-

Merida sonrió y volvió a apuntar. Leo y Elsa se reunieron con ellas pronto para ayudarlas. Los soldados negros comenzaban a retirarse, y los soldados de Arendelle las rodearon para ayudar a protegerlas.

Al verse en desventaja, Franz sacó su espada. Con un fuerte relámpago apartó nuevamente a Kristoff y a Georg. Otro relámpago destruyó el edificio detrás de donde estaban Merida y las otras chicas, haciendo que los escombros cayeran sobre ellas.

-¡Anna!- exclamó Kristoff, al ver los escombros del pequeño edificio caer sobre Merida, Leo y Anna. Elsa se había protegido instintivamente con un escudo de hielo. Kristoff y Georg se apresuraron a ayudarlas. Hans iba a hacer lo mismo cuando la voz de Franz lo detuvo.

-¿Sabes, Hans? Mi hermano tenía razón sobre tu hermosa prometida- dijo el príncipe maliciosamente- Elsa debe ser un bombón delicioso, ¿no te parece?-

Hans lo miró con verdadero odio, su rostro enrojeciéndose de coraje. Aquellas palabras no le habían gustado ni un poco. Franz sonrió al ver que lo había provocado.

-Se me ocurren muchas cosas que hacer con ella una vez que termine con ustedes, que de seguro disfrutaré con una mujer tan hermosa como ella, ya que mi hermano no se quiere animar- dijo Franz, continuando con su sonrisa maliciosa- quien sabe, quizá al final también a ella le guste…-

Eso fue todo lo que Hans pudo soportar. Decidido a que el príncipe no le pusiera un dedo encima, Hans se lanzó contra él espada en mano. Franz sonrió. Con la mano libre le lanzó un relámpago, pero Hans lo evadió. Las espadas de ambos chocaron haciendo un fuerte ruido.

-Acabas de cometer un grave error, Hans- dijo Franz, haciendo que la electricidad recorriera su espada, pasara a la de Hans e hiriera su cuerpo. Hans sintió el golpe y separó su espada. Sin embargo, se sentía aturdido. Franz hizo que Hans tirara su espada con un golpe, lo hizo voltearse y lo tomó por el cuello.

-¡Elsa!- gritó Franz, creando chispas de electricidad en su mano que apretaba el cuello de Hans- quiero que veas esto… quiero que veas como muere tu príncipe…-

Elsa los miró con terror. Hans frunció el entrecejo. No lo permitiría. Saliendo de su aturdimiento, golpeó de un codazo al príncipe, obligándolo a soltarlo. Sin mucha energía, Hans cayó al suelo de rodillas, muy cerca de donde se encontraba Ferdinand aún atravesado por la flecha de metal. Hans estiró su mano y sacó la flecha, para después dejarse caer sobre el suelo boca arriba.

-No tan rápido, Hans- dijo Franz, lanzándose contra él tratando de tomarlo del cuello para administrarle la descarga fatal- no te vayas, Elsa tiene que verte morir. No queremos decepcionarla, ¿verdad?-

-No… no lo creo- dijo Hans con dificultad. Cuando el príncipe se lanzó sobre él, Hans sacó la flecha y dejó que él solo se la enterrara a la altura del corazón. Las chispas en sus manos desaparecieron y el príncipe también quedó inconsciente encima de Hans.

Elsa corrió hacia ellos, y quitó a Franz de encima de su prometido.

-¡Hans!- exclamó la reina de las nieves al verlo- ¿estás bien?-

-Perfecto- dijo Hans, cansado, pero con una enorme sonrisa en sus labios- la batalla ya terminó. Y tú estás a salvo-

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Georg y Kristoff quitaban los escombros de sobre las chicas. Primero apareció Leo, que estaba alarmada, pero aparentemente ilesa.

-¿Qué pasó?- exclamó Leo- ¿dónde…?-

-Tranquila, ya estás bien- dijo Georg, ayudándola a levantarse y retirándola del lugar- espéranos aquí, vamos a sacar a las otras-

-Puedo ayudar- dijo Leo. Con un movimiento de sus manos, los escombros se levantaron. Merida apareció tosiendo, y se levantó sacudiéndose el polvo de la ropa y el cabello. Anna estaba inconsciente, con un golpe en la frente.

-Anna, no…- gimió Kristoff con lágrimas en los ojos- se suponía que tú no te ibas a lastimar…-

-Calma, Kristoff- dijo Leo, examinando rápidamente a Anna- estará bien, solo está un poco aturdida…-

Kristoff la alzó en brazos, y Anna instintivamente acomodó su cabeza sobre el pecho del rubio con una sonrisa, murmurando el nombre del rubio. Kristoff también sonrió.

-¿Ves? Te lo dije- dijo Leo- Anna está bien-

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Sin el apoyo de los poderes del príncipe Franz, los guardias de Arendelle pudieron arrestar a todos los soldados negros y a los príncipes intrusos. Por órdenes de la reina, los príncipes fueron recluidos en celdas separadas. También atraparon al duque de Weselton tratando de robar un bote de remos para escapar de Arendelle. Una vez de vuelta en el palacio, dieron la bienvenida de regreso a todos sus sirvientes, y Elsa reunió a todos para decidir que harían con los prisioneros.

-Weselton debería volver a Oeste a terminar de cumplir su sentencia- dijo Hans con seguridad- y los dos príncipes y sus soldados volver a Troms, con una carta explícita a su padre para que jamás se le ocurra volver a atacar Arendelle-

Elsa estaba pensativa.

-No creo que sea buena idea enviar a ambos príncipes- dijo Elsa- Ferdinand, el príncipe que tenía el poder del fuego, al final se unió a nosotros. Si no fuera por él…-

-¿Cómo sabes que no fue un truco para ganarse tu favor?- pregunto Hans algo celoso.

Elsa sonrió levemente. Se inclinó de su asiento al de él y le dio a Hans un beso en la mejilla, haciéndolo sonrojar delante de los demás.

-Desde que parecía que ellos iban ganando, Ferdinand parecía arrepentido de lo que nos estaba haciendo- dijo Elsa- y si lo regresamos a su país, su hermano lo acusará con su padre y quien sabe que será capaz de hacer con él el rey Hardrada. Solo por ese gesto final no se merece que lo enviemos a su muerte-

Los demás, incluso Hans, estuvieron de acuerdo. Ferdinand lo había salvado a él y a Elsa. Quizá se merecía esa piedad, aunque fuera a pasar el resto de su vida en la prisión de Arendelle.

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Después de la reunión, Elsa llamó a Anna y a Kristoff a su habitación. Los dos entraron con una sonrisa y tomados de la mano. Anna había despertado de su aturdimiento hacía rato y lo primero que hizo fue pedir chocolate, lo que le indicó a Kristoff que la princesa estaba perfectamente bien.

-Quisiera disculparme con ustedes- dijo Elsa, cabizbaja, una vez que cerraron la puerta- por todos los inconvenientes que les causé, sobre todo a ti, Kristoff. Me refiero a… ya sabes… por lo que pasó aquí…- y se ruborizó. Aún no podía creer lo que le había hecho a Kristoff, y era incapaz de describirlo.

-No te preocupes, Elsa- la interrumpió Kristoff con una sonrisa tranquilizadora- lo hiciste porque estabas siendo amenazada. Cualquiera de nosotros hubiera hecho lo mismo, no tenías opción-

Elsa asintió.

-Kristoff, a ti ya te considero un hermano- dijo la reina de las nieves- y te agradezco todo lo que has hecho por Anna y por mí. Jamás creí que podría considerar a un hombre digno de quedarse con mi hermana, pero me has demostrado que estaba equivocada…-

Kristoff sonrió, tomó la mano de Anna y ambos salieron del estudio. Hans entró. Elsa suspiró al mirarlo. No le hacía ninguna gracia verlo con todas esas heridas, pero al menos estaba bien. Una vez que estuvo cerca de él, se dejó caer en sus brazos.

-Oh, Hans, de verdad espero que me puedas perdonar- dijo Elsa, intentando no echarse a llorar- ellos me dijeron que la única cura era romperte el corazón. No quería hacerlo, pero tenía que salvar tu vida. Te dije cosas horribles, que de verdad no creo ni siento. Lo lamento mucho…-

-Shhh… sé porqué lo hiciste- dijo Hans, poniendo su dedo índice sobre los labios de Elsa- parece una decisión imposible, pero yo también la tomaría si fuera necesario para salvar tu vida también…-

Hans tomó entre sus manos el rostro de Elsa, haciéndola mirar hacia arriba. Sonrió y volvió a besar sus labios como si no lo hubiera hecho en mucho tiempo. Elsa pasó sus brazos detrás del cuello de él. Mientras se besaban, Hans la atrajo hacia sí mismo y se sentó sobre la cama de la reina, haciendo que Elsa se sentara en su regazo. Una vez que se separaron, Elsa sonrió.

El príncipe se quitó los zapatos y se metió a la cama de Elsa.

-¿Hans?- preguntó ella, confundida.

-No me voy a separar de ti ni un segundo hasta que esos sujetos estén camino a Troms- declaró Hans. Elsa sonrió y se ovilló junto a él. No tenía ni energías para reclamar, y había extrañado demasiado a Hans para que se alejara de ella.

x-x-x

A la mañana siguiente se pasaron los juicios de los prisioneros. El duque de Weselton volvió a Oeste a terminar de cumplir su sentencia, esta vez sin hacer ningún reclamo. El príncipe Franz y sus soldados fueron enviados de regreso a Troms con una fuerte vigilancia. Elsa y Hans bajaron a los calabozos para ver a Ferdinand. El joven príncipe estaba sentado, con sus manos encadenadas contra la pared, sin ofrecer ninguna resistencia. El guardia abrió la puerta de la celda. Al verlos llegar, Ferdinand se levantó de su asiento y se puso de rodillas en el suelo.

-¡Su majestad!- exclamó el príncipe.

-No… no es necesario esto, Ferdinand- dijo Elsa, apenada, aferrándose al brazo de Hans- hemos venido a hablar conmigo sobre las opciones que tienes. Levántate, por favor-

Ferdinand obedeció, y miró a Elsa y a Hans con tristeza.

-Hoy hemos enviado a tu hermano y a sus soldados de regreso a tu país- dijo Elsa- como te imaginarás, no podemos tolerar su presencia aquí. Pero no olvidamos que al final te arrepentiste de lo que hiciste contra nosotros y nos ayudaste. ¿Qué deseas que hagamos contigo?-

-Es igual, su majestad- dijo Ferdinand con tristeza- soy un traidor que atentó contra Arendelle y su reina. Si regreso a casa, mi padre me hará ejecutar por haber desobedecido sus deseos. Si me quedo, yo sé que merezco quedarme preso de por vida- se encogió de hombros- aceptaré lo que se decida, porque sé que me lo merezco-

Hans miró al príncipe con algo de tristeza. No hacía mucho tiempo, él había estado en la misma situación: había intentado lastimar a Elsa para ganarse su corona, y había salido de esa situación gracias a que su padre comprendió sus sentimientos y que Elsa abrió su corazón a que podía haber cambiado. Y Ferdinand no tenía ningún apoyo del rey Hardrada o de su hermano Franz.

-Elsa- dijo por fin Hans- creo que tengo una idea. Podría ser como cuando volví de las Islas del Sur- Elsa lo miró, alzando las cejas de manera interrogante- asignar un guardia para él y que ayude en algún lugar del castillo…- miró a Ferdinand- quizá se lleve bien con Sitron, Sven y los demas-

Elsa sonrió. Quizá era una buena idea.

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Leo y Merida se despidieron. Leo volvería a Oeste, donde su hermano y madame Hilda estaban actuando de regentes durante su ausencia, mientras que Merida haría una escala en ese país para visitar a sus primos antes de volver a Escocia.

-Gracias por todo- dijo Elsa, abrazando a su amiga.

-A ustedes- dijo Leo- y gracias a Merida y a Hans, nuestros reinos ya estarán a salvo, porque ya no existen los poderes de Ferdinand ni de Franz-

Elsa sonrió.

-Espero tener noticias tuyas pronto- dijo Elsa.

Leo asintió, y subió al barco con su prima pelirroja. Mientras que se alejaban de Arendelle, Leo se volvió a Merida mientras miraban el país de la reina de las nieves desaparecer en el horizonte.

-Y entonces… ¿mi tía Elinor aún te quiere casar con alguno de esos clanes?- preguntó Leo.

-Así es, no se rinde- dijo Merida, pensativa, con un leve gesto de fastidio- yo le dije que el día que las vacas vuelen-

Leo se echó a reír.

-Creí que le habías dicho una vez que el día que yo me casara lo ibas a considerar- dijo Leo- porque sabes que es imposible que pase-

-Eso creía antes, ahora no estoy tan segura- dijo Merida, alzando las cejas significativamente. Leo parpadeó un par de veces y bajó a su camarote, murmurando algo como que Merida estaba equivocada.

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Elsa había dado la orden que el príncipe Ferdinand fuera liberado de los calabozos, que se le asignara un par de guardias para seguirlo a todas partes, y se le dio un puesto en los establos del palacio. Ferdinand estaba agradecido de que Elsa no lo hubiera mandado a enfrentar a su padre, y que tampoco lo hubiera dejado a pudrirse en el calabozo.

Finalmente, esa noche, Anna y Kristoff decidieron comunicarle a Elsa sus deseos de casarse pronto. Elsa y Hans celebraron la idea, y comenzarían los preparativos para el día siguiente.

En la mesa de la cena estaban todos: a la cabecera Elsa, y a su derecha Hans. A su izquierda estaban Anna y Kristoff. Más lejos, Gerda y Kai los habían acompañado, así como Ferdinand y sus dos guardias.

-Mañana temprano tenemos que empezar las órdenes de reconstrucción- dijo Elsa de pronto, alarmada- Kristoff y Anna no pueden casarse en la iglesia medio destruida-

Anna se echó a reír, y Kristoff asintió.

x-x-x

En esa noche Leo había bajado a su camarote a descansar, sola, ya que Merida estaba absorta mirando las estrellas. Sabía que en las primeras horas de la mañana el barco llegaría a casa. Una parte de ella aún se sentía extraña. Extrañaba a Edvard. A veces él era el eco de sus pensamientos. Y ahora ya no estaba.

-Al menos esos dos ya no volverán a lastimar a nadie- se dijo Leo con tristeza.

Se metió a la pequeña cama, apagó la única vela en la mesita de noche y cerró los ojos, tratando de dormir. Así le pasaría el tiempo más rápido y llegaría a casa. No pasó mucho tiempo cuando sintió un bulto junto a ella en la pequeña cama.

-¿Merida?- dijo Leo en voz baja- ¿qué haces acá? Tienes tu propio camarote, y…-

-No soy Merida y no tengo un camarote ni cama, ¿me prestas la tuya?- dijo una voz masculina.

De la impresión, Leo dio un pequeño grito ahogado y cayó de la cama para atrás, mientras Georg, quien se había metido a su camarote, se echaba a reír.

-¡Georg, realmente me quieres hacer enojar!- exclamó la reina Leo, levantándose del suelo de mal humor.

Como el príncipe no dejaba de reír, Leo extendió su mano derecha hacia él y, con sus poderes, lo levantó de la cama y lo hizo flotar en el aire. Su risa se suspendió casi inmediatamente.

-Ya no somos tan graciosos, ¿verdad?- dijo ella sarcásticamente, reprimiendo una risita al ver la cara sorprendida del príncipe, para después dejarlo caer pesadamente sobre la cama.

-No se vale usar poderes, Leo- dijo Georg, volviendo a reír, una vez que estuvo a salvo nuevamente sobre la cama.

Leo sonrió, pero volvió a su mirada seria.

-Georg, ¿qué haces aquí?- preguntó ella- creí que volverías con tu hermano Hans a las Islas del Sur-

-Yo también- confesó Georg- pero al final cambié de opinión. No sé como demostrarte que no quiero ser rey. Quiero estar contigo, tenerte a ti, seguirte a ti. No ha existido ninguna mujer que admire más que tu…-

Leo sonrió con algo de tristeza. Si bien su corazón no era indiferente, y también se había arriesgado en la pelea para evitar que los rayos de Franz lo lastimaran, no creía que pudiera entregarle su corazón a un hombre. No podía arriesgarse a que, como Hans, Georg también quisiera apropiarse de su corona.

-Mira, Georg, yo…- comenzó ella.

-Shhh- dijo el príncipe- no pienses. Cierra los ojos y dime que piensa tu corazón-

Leo lo miró con incredulidad, y Georg insistió.

-Hazlo- dijo el príncipe, y Leo obedeció. Cerró los ojos y sonrió. Podía sentir el aroma del príncipe, su respiración en su rostro. Las manos de Georg en su cintura, y ella recorrió con sus manos los brazos de él, hasta llegar a los hombros. Rió.

-¿Qué se supone que estamos haciendo?- preguntó ella, sonriendo aún con los ojos cerrados.

-Espera- le dijo Georg, y entonces fue cuando lo sintió. Los labios del príncipe tocando los suyos. Ella se asustó y se echó hacia atrás, pero las manos de Georg en su cintura la atrajeron cada vez mas cerca de él. Y por fin lo sintió. Se relajó y sonrió mientras el príncipe la besaba.

-Georg…- dijo casi sin aire, tratando de recuperar el aliento- ¿qué fue…?-

-Te lo dije- dijo Georg con una sonrisa. Se volvió un poco serio- no te pido más que una oportunidad de demostrarte que es a ti a quien quiero. Tienes el poder de cambiar las leyes de tu país, haz que si me quedo contigo no pueda ser rey nunca. No me importa. Solo déjame quedarme contigo-

Leo sonrió.

-Está bien- dijo ella en un susurro, besando su mejilla y tomando su mano- puedes quedarte en Oeste… un tiempo. Ya pensaremos en eso cuando lleguemos a casa-

Georg sonrió y la dejó dormir en la pequeña cama, mientras que él se acomodó en una de las sillas del camarote.

Merida había estado espiando, y cruzó los brazos, triunfal.

-El día que las vacas vuelen- dijo la princesa pelirroja- porque mi prima ya cayó…-

x-x-x

Una vez que su barco terminó el largo viaje hacia Troms, Franz fue escoltado por su guardia al castillo oscuro. Llevaba puesta la peor de sus muecas. Ya escucharía a su padre, el rey Hardrada. No se la iba a acabar. Y todo era culpa del tonto de su hermano Ferdinand. Y de Elsa y de Hans.

-Su majestad- anunció el guardia de la puerta del trono- su hijo, el príncipe Franz, ha vuelto de Arendelle-

Franz dio un paso adelante.

-Su majestad- dijo Franz, poniéndose de rodillas.

-¿Y bien?- dijo el rey Hardrada, cruzándose de brazos- ¿Arendelle ya es parte de nuestro creciente imperio? ¿Y que me dices de Oeste?- alzó una ceja- ¿y dónde está tu hermano? Creí que estaría con nosotros, celebrando nuestro triunfo-

-Padre- dijo Franz- Ferdinand nos ha traicionado…-

El rey Hardrada arrugó el entrecejo, y Franz dio un paso atrás. Su padre era tenebroso, aunque Franz hubiera estado protegido por sus poderes… hasta que Hans le clavó esa flecha. Franz le narró a su padre lo que había ocurrido, y éste se levantó de su trono lleno de furia.

-¿Cómo es posible?- bramó el rey, furioso- ¿cómo los dos príncipes de Troms pudieron caer ante dos débiles mujeres?¡Es impensable!-

-Pero padre- dijo Franz, temblando de miedo- las dos mujeres no estaban solas. Y las dos se unieron en nuestra contra, como sus padres…-

-¡Silencio!- bramó el rey Hardrada, y Franz no dijo nada más- sígueme-

Franz obedeció a su padre. En ese estado, no se atrevería a contrariarlo. Siguió a su padre a través de varios pasajes en el castillo hasta que llegaron a una torre. Al final de la misma había una recámara llena de estantes de libros. El rey hizo a un lado los libros y tomó una caja escondida detrás de los mismos. La abrió, y ésta solo contenía dos fragmentos de un espejo quebrado.

-¿Qué es eso, padre?- preguntó Franz.

-La última oportunidad- dijo el rey Hardrada, mirando a su hijo con desprecio- y me aseguraré de que no la desperdicies…-

El rey cerró la caja de golpe, y Franz notó un copo de nieve grabado en la tapa de la misma. Pronto comprendió de que se trataba.

-Pero padre- dijo Franz- en el palacio de Arendelle aún vive uno de los sobrevivientes del espejo del diablo…-

-¡Silencio!- bramó el rey Hardrada- no importa. Iremos y terminaremos de una buena vez con tus errores y los de tu hermano. Y en cuanto a Ferdinand… haremos un buen ejemplo de él…-

x-x-x

Hola! Ja! ¿Creyeron que se acercaba el final? Pues al parecer los malitos tienen otros planes. Espero que hayan disfrutado esta batalla tanto como yo disfruté al imaginarla, que acepten mi bandera blanca y que nos sigamos leyendo!

Abby L.