Tour

Los recuerdos que Sakuno tenía de Osaka se limitaban a lugares históricos y a caminar más pendiente de sus compañeros que de los alrededores, preocupada constantemente de perderlos de vista y terminar dando vueltas por los lugares equivocados mientras buscaba el punto de encuentro.

Casi sentía que nunca había estado ahí, especialmente ahora que, en solo quince minutos, caminando en los alrededores de la estación de Shin-Osaka, había conocido más de la ciudad que aquella otra vez.

—¡Y los manjuu que venden ahí son deliciosos! —aseguró Kintarou, señalando el pequeño local con mesas exteriores, y movió su brazo en saludo cuando un empleado del lugar miró en su dirección, gesto que el hombre respondió con un movimiento de cabeza y una sonrisa.

Kintarou le había estado hablando de todos los lugares por los que habían pasado desde que se separaron de los Oshitari y aunque la mayoría tenían que ver con comida, la familiaridad general que Kintarou demostraba y sus sinceros comentarios la hacían sentirse perfectamente cómoda, aun cuando muchas personas miraban en su dirección gracias a que Kintarou había decidido cargar su maleta en su hombro, a pesar de que no era de colgar, como si no pesase nada.

—Y allí... ¡espera un momento! —Las repentinas palabras de Kintarou sorprendieron a Sakuno y por unos segundos no supo qué hacer, demasiado confundida al verlo correr en dirección a una calle cercana, sin siquiera dejar la maleta junto a ella.

¿Había pasado algo? ¿Quizás debería seguirlo?

Las dudas detuvieron a Sakuno por suficiente tiempo, pues Kintarou regresó en un parpadeo, antes de que ella pudiese dar un primero paso titubeante, y corrió hacia ella, esta vez con un dedo en la manija de la maleta, arrastrándola, y llevando dos vasos plásticos en sus manos.

—¡Aquí tienes! —dijo, entregándole uno de ellos, lleno hasta el borde de Kakigoori, notó Sakuno, quizás de frambuesa si se dejaba guiar por el color.

—No tenías que...

—Pero tú siempre me das algo, Sakuno-chan —se quejó Kintarou con un puchero que pronto fue remplazado por una sonrisa brillante—. Esta vez es mi turno.

Esa sonrisa era contagiosa y el sol de verano sobre ellos era tal que Sakuno aceptó con más entusiasmo del que creía posible.

—Gracias.

Continuar caminando con Kintarou mientras disfrutaba del refrescante postre la relajó aun más, como si no hubiese estado hace poco nerviosa al verse sola allí.

El recuerdo de lo sucedido hizo que Sakuno lo mirase de reojo. Él siguía comentando sobre «aquel lugar de comida deliciosa» y «aquel otro donde una vez Osamu-chan los llevó a comer» y «allá, donde una vez quedó de reunirse el equipo de tenis hace un par de años para ir a Tokio».

Estaba curiosa sobre lo que había hecho que Kintarou llegase tarde, pero no estaba segura de cómo preguntarle sin sonar como si estuviese reclamándole o sin hacerle pensar que la había molestado, cosa que no había sucedido.

—En esa ruta podríamos ir al parque Utsubo —continuó Kintarou, señalando con su cuchara un bus que pasaba por una calle cercana—. Me gustaría jugar allá —suspiró, haciendo tan evidente que realmente deseaba eso que Sakuno volvió a poner toda su atención en él.

—Podríamos ir —sugirió Sakuno.

Kintarou lució pensativo por un segundo, mas luego sacudió su cabeza con fuerza, como si quisiese descartar esa idea por completo, y se giró hacia ella para verla de frente.

—Yup, pero primero vamos a casa.


Kintarou se refería literalmente a su casa y luego de unos minutos en bus, en los que ambos terminaron el kakigoori, y una corta caminata, Sakuno se encontró frente a una pequeña casa de fachada blanca, a la que Kintarou se dirigió al tiempo que le hizo entusiastas gestos para indicarle que lo siguiera.

A pesar de estar nerviosa ante la perspectiva de conocer a la familia de Kintarou, Sakuno se mantuvo solo a unos pocos pasos atrás cuando Kintarou abrió la puerta y entró primero.

—¡Llegamos! —anunció Kintarou a todo pulmón, usando sus propios pies para quitarse los zapatos e ingresando a la casa en medias.

—Con permiso —pronunció Sakuno, agachándose para quitarse los zapatos, aunque se tomó un momento más para ponerse las pantuflas de invitados que se encontraban cerca antes de imitarlo.

El corredor de entrada la llevó directo a la sala, pequeña mas acogedora con su sofá bajo y sillas mullidas, junto a las que Kintarou dejó la maleta, y allí se encontraba una mujer, mayor que él pero más baja, de cabello tan rojo como el de Kintarou y expresión amable.

—Sakuno-chan, mi mamá —presentó Kintarou escuetamente con una sonrisa emocionada.

Sakuno hizo una reverencia hacia ella de inmediato.

—Es un gusto conocerla.

—Así que tú eres Sakuno-chan —dijo la señora Tooyama, acercándose con una sonrisa cálida—. Lo siento, mi hijo te hizo esperar.

—N-no, no se preocupe —balbuceó Sakuno. La madre de Kintarou no tenía por qué disculparse por algo así, al fin de cuentas; además, todo había salido bien.

—Claro que sí —suspiró ella, interrumpiéndola—. Y yo debí haberle preguntado a qué horas llegabas. Nos ha estado hablando de ti todo el tiempo y anoche —continuó en un tono cómplice— casi no pudo dormir de la emoción y cuando tomó una siesta hoy, pensé que llegarías en la noche...

—Oh —murmuró Sakuno, sin poder evitar sonrojarse, pero a la vez curiosa de lo que Kintarou había dicho de ella.

—¡Realmente nunca volveré a llegar tarde! —reiteró Kintarou, tal como lo había hecho en la estación, mas apartando la mirada un momento como si estuviese abochornado.

—No te preocupes, no tuve que esperar mucho —le aseguró Sakuno,

—Y eres una buena chica. Gracias por tener tanta paciencia con mi hijo —intervino la señora Tooyama con una nueva sonrisa antes de dirigirse hacia su hijo, poner una mano sobre su cabeza y decir—: Kin-chan, trátala bien.

—Obviamente —resopló Kintarou con seriedad.

En ese instante, un ladrido se hizo escuchar en la sala y al mirar hacia abajo Sakuno vio un Shiba de color castaño claro, el cual estaba junto a Kintarou, observándola con curiosidad.

—¡Tricky! —exclamó Kintarou al tiempo que alzó al Shiba como si no pesase, a pesar de que no era un perro pequeño, y se acercó inmediatamente después a Sakuno mientras tomaba una de las patas delanteras del perro como si quisiese ofrecérsela para un apretón—. El es Tricky.

Tricky batió la cola, emocionado, y Sakuno dejó escapar una suave risa.

—Mucho gusto —dijo, tomando la pata del perro con suavidad por unos segundos, en los que dejó que la oliera, antes de acariciar su cabeza.

El Shiba se retorció, como si quisiera zafarse de su amo, y una vez Kintarou lo dejó en el suelo, Tricky se recostó contra las piernas de Sakuno, batiendo su cola todo el tiempo.

—También le gustas —rió Kintarou de buen humor.

No sonrojarse de nuevo ante eso era imposible, pero Sakuno intentó disimularlo inclinando su cabeza mientras consentía a Tricky.

—Y ahora... —pronunció Kintarou, pensativo—. ¡Ya sé! ¡Vamos a kita-ku!

—¿Eh? —Sakuno no estaba segura de por qué Kintarou estaba hablando de ir a otra parte cuando acababan de llegar.

—Diviértanse —dijo la señora Tooyama, como si estuviese habituada y entendiese las repentinas decisiones de Kintarou, y llamó Tricky para que fuese hacia ella y no les impidiese salir.

Ligeramente confundida, pero igualmente curiosa sobre a dónde planeaba llevarla Kintarou, Sakuno fue tras él luego de despedirse de la señora Tooyama y se encaminó junto a Kintarou a la estación más cercana.


Aunque Sakuno no podía decir que le encantaban los edificios altos y modernos, que le parecían tan similares entre sí que se sentía incapaz de llegar a saber dónde estaba con exactitud, la compañía de Kintarou y las diversas anécdotas que le contó la hicieron sonreír y disfrutar todo el recorrido, el cual terminó en un gran parque bordeando un río y con tantos árboles de cerezo que Sakuno estaba segura de que en primavera era digno de ver.

Allí se detuvieron a comer algo, que compraron en uno de los puestos callejeros pero que comieron sentados en el borde del pavimento, bajo la sombra de un árbol, mirando hacia el río.

Después de eso caminaron por el lugar y solo al final de la tarde, cuando el húmedo calor del verano se había hecho más soportable, se detuvieron un rato en las canchas de tenis, donde vieron un partido de dobles y Kintarou saludó desde el enrejado a dos de los jugadores, moviendo su brazo y gritándoles sus felicitaciones por haber ganado.

—¿No quieres jugar? —cuestionó Sakuno al ver que Kintarou no parecía querer entrar corriendo y pedir una raqueta prestada para enfrentarse contra alguien.

—No hoy —dijo y alzó su mirada hacia el cielo, frunciendo el ceño por un segundo, mas en el instante en que se volvió a dirigir a ella sonrió de nuevo—. Hay otro lugar que quiero mostrarte.

Si bien todavía estaba claro, Sakuno estaba segura de que ya era tarde y pronto el cielo estaría oscuro y lleno de estrellas, por lo que no pudo evitar preguntar:

—¿No hay problema si nos demoramos?

—Nop, nop. —Kintarou sacudió su cabeza de un lado a otro para remarcar sus palabras—- Te lo aseguro.

Negarse cuando Kintarou parecía tan convencido de sus palabras era difícil, por lo que una vez más Sakuno siguió su guía y ni siquiera dudó una vez la luz del sol poniente fue remplazada por las luces eléctricas de la ciudad.

Aun sabiendo que tenían un destino definido, el recorrido fue tan entretenido que Sakuno no intentó hacer que Kintarou le hablase del lugar que le quería mostrar, pero lo supo en poco tiempo, en el momento en que Kintarou se detuvo, señaló algo frente a ellos y gritó:

—¡Allá está!

No muy lejos, sobresaliendo desde el techo de un edificio, se encontraba una gran rueda de la fortuna, cuyo brillante color rojo la hacía resaltar contra el cielo nocturno.

¿Era ese el lugar que Kintarou tenía en mente?

Sakuno no tuvo oportunidad de confirmarlo, pues Kintarou la apremió con entusiasmo y efectivamente, solo se detuvo cuando estuvieron en la fila para montar en la rueda.

—Tooyama-kun, no... no estoy segura... —balbuceó Sakuno, mirando hacia arriba con aprensión.

—Estarás bien —aseguró Kintarou, tomando una de sus manos al tiempo que le sonrió—. Yo me aseguraré de eso.

Demasiado ocupada luchando contra un nuevo sonrojo, Sakuno permitió que Kintarou la llevara hasta la góndola cuando fue su turno.

Kintarou no soltó su mano, por el contrario: se sentó junto a ella y le dio un suave apretón como si quisiera reconfortarla en el momento en que la rueda comenzó a moverse.

¿Qué tan alto estarían?

No querer saberlo hizo que Sakuno cerrase los ojos, no sin sentirse culpable al no estar apreciando la atracción.

Tendría que disculparse en cuanto se bajasen y compensarlo de alguna forma. ¿Quizás cocinando? Kintarou parecía apreciar la comida que ella preparaba, al fin de cuentas...

—¡Mira, Sakuno-chan, allá está Shitenhouji! —exclamó Kintarou de repente. De reflejo, Sakuno abrió sus ojos y lo vio señalar con su mano libre a algún punto en el horizonte—. ¡Y allá está mi casa!

Según Kintarou continuó hablándole de los lugares que podían ver desde allí, Sakuno se atrevió a dirigir su mirada a los puntos que él estaba indicado y aunque no estaba segura de poder distinguirlos, una vez se fijó en el brillante panorama que tenía frente —y bajo— ella, no pudo dejar de admirarlo.

—Es hermoso —afirmó, su mirada perdida en el horizonte y con una sonrisa en sus labios, relajándose y olvidando por un instante lo alto que estaban.

—Sabía que te gustaría —dijo Kintarou de buen humor antes de reanudar sus indicaciones sobre lo que podían ver desde allí.

Continuará...


Notas: ¡Hola!
Como ya sabrán quienes hayan visto mi perfil, llegó la hora en que continuaré con "En una tarde de verano". Me avergüenza un poco lo mucho que me tardé en hacerlo y sé que les debo una disculpa, por lo que me esforzaré en actualizar de manera regular hasta llegar al final de este fic.

Espero que les guste este y los próximos capítulos y como siempre, comentarios de todo tipo, incluyendo los que contengan latigazos para hacerme escribir más rápido, son bienvenidos.

Nos leemos en el próximo capítulo~
-Nakuru Tsukishiro.

(1) Manjuu: Dulces tradicionales usualmente hechos de harina y con un relleno de judías dulces.
(2) Kakigoori: Raspado al estilo japonés.
(3) Parque Utsubo: Las canchas de tenis de este parque son usadas para torneos profesionales internacionales, de ahí que Kin-chan quiera jugar ahí.
(4) Kita-ku: Uno de los distritos de Osaka.
(5) El parque en el que estuvieron es el Minami-Temma y la rueda de la fortuna es la del centro comercial HEP Five.