Disclaimer: Los personajes pertenecen a Cassandra Clare. Todo lo demás, es fruto de mi mente traviesa.
Aviso, este capítulo contiene una escena de sexo. He tratado de ser suave porque ha historia debe ser M, pero espero que nadie se sienta molesto, yo he avisado.
Espero que os guste.


Maia volvió a ir a Taki's por segunda vez en aquel día, pero esta vez no entró en el local. El chico duende la había citado en la trastienda. Ella llegó pasados doce minutos de las diez. Le costó reconocerlo, pues era la segunda vez que lo veía en su vida. En lugar del uniforme de trabajo, llevaba una cazadora de cuero, tejanos y botas oscuros. Estaba recostado contra el muro del local pero en cuanto reconoció a Maia, se separó de él y se acercó a ella.

-Hola, preciosa-dijo en voz baja con un tono seductor-ya temía que no vinieras.

La estrechó por la cintura con el brazo izquierdo.

-Y bueno, ¿dónde quieres ir, Maia? ¿Qué es lo que te apetece hacer?

¿Qué es lo que quiero hacer?, se preguntó a ella misma.

-Creo que los dos tenemos muy claro lo que queremos hacer-dijo con voz clara, sin dudas-si lo que quisiésemos fuera charlar, creo que habríamos decidido quedar con algún amigo nuestro, y no con un desconocido.

El chico duende sonrió pícaramente.

-Bien, me encantan las chicas claras y decididas. Entiendo ahora por qué eres amiga de Isabelle.

-No quiero que hablemos de Isabelle.

Y es que no lo quería hacer. Porque si él empezaba a compararlas, a Maia se le cortaría todo el rollo.

-Por supuesto, qué descortés que he sido. Quedar con una chica para hablar de otra. Perdóname, cielo. Entonces, ¿vamos a mi apartamento?

-Está bien.

Comenzaron a caminar por las calles de la noche neoyorkina. Él no le retiró en ningún momento el brazo que estaba ceñido a su cintura. Finalmente, se pararon frente a un edificio. Era un bloque de apartamentos bastante simplón, pero no tenía un aspecto sucio, lo que era todo un logro en una zona como aquella.

Sin quitarle el brazo de la cintura, se sacó las llaves del bolsillo y abrió la puerta con la mano que no estaba ocupada.

Para subir al piso sí que se tuvieron que soltar. La escalera era estrechísima. Él vivía en el cuarto. Abrió la puerta y ella pasó delante.

-Bienvenida a mi casa. Eh… perdón por el desorden, pero como no sabía que iba a venir alguien…

La verdad es que el piso estaba poco desordenado. En realidad, había tan pocas cosas que era difícil que lo pudiese estar. El muro era de ladrillo rojo, el suelo de baldosas blancas. Nada más entrar, se veía una pequeña cocina y una sala de estar de tamaño medio. Un sofá de dos plazas delante de una mesa baja, dos estanterías y un armario pequeño eran todos los muebles del salón.

-¿No tienes tele?-preguntó Maia más que sorprendida.

-No-dijo él mientras cerraba la puerta-no suelo pasar mucho tiempo aquí, y cuando vengo, sólo quiero dormir. Eso en el caso de venir solo. Si vengo acompañado… tampoco tengo muchas ganas de ver la tele-le sonrió pícaramente.

-Entiendo. ¿Y dónde te pasas la vida si sólo trabajas los fines de semana y nunca vienes a tu casa?

-Bueno, tengo muchos amigos. Amigos que siempre están montando fiestas.

-¿Y trabajando sólo los fines de semana puedes subsistir?

-No gasto casi nada, porque siempre estoy en casa de otros. ¿Para qué más? La vida está para vivirla, Maia. ¿Para qué ir amasando monedita a monedita, si cualquier día te mueres? Prefiero disfrutar.

Caminó hacia la nevera.

-Tengo algo perfecto para la ocasión.

Sacó una botella de color amarillento.

-¿Qué es eso?-preguntó Maia acercándose.

-Licor de hada. Es maravilloso, créeme.

Sacó dos vasos y los llenó. Uno se lo tendió a Maia.

-¿Estás seguro que no me sentará mal? Ya sabes, yo soy… una licántropa.

-Lo sé, preciosa. ¿Es que te crees que no tengo ojos en la cara? Créeme. No te hará ningún daño. Palabra de Ian.

-¿Te llamas Ian?

-Oh, claro, no te lo había dicho. Lo siento. Sí, me llamo Ian.

-Es un nombre tan humano…

-Me hieres, Maia. En efecto, no soy humano. Pero el apelativo inhumano es empleado siempre como algo negativo.

-Lo siento. Sólo es que… creía que tendrías un nombre más de duende.

Él sonrió.

-Lo tenía, pero me lo cambié. ¿Piensas coger el vaso, cielo? Se me va a dormir el brazo de tenerlo todo el rato así.

Maia tomó el vaso. Lo olió un poco. Ian se rió al ver que ella seguía desconfiando. Él se bebió el suyo entero y se relamió. Ella le imitó. Se quedó un rato parada, como si pudiera seguir al líquido por el interior de su cuerpo.

-¿Qué, cómo te encuentras?-dijo mientras llenaba de nuevo los vasos.

-De momento… bien.

-Eso es que no te ha hecho efecto. En unos minutos, te encontrarás más que bien-le guiñó el ojo-supongo que es la primera vez que tomas licor de hada, ¿cierto?

-Cierto-respondió ella, que seguía sin moverse el sitio-¿se supone que es como la cerveza para los humanos?

-Oh, no, es mucho mejor. Te hacer estar… desinhibido, como el alcohol, pero sin estar idiota perdido y sin poder andar correctamente.

-Venga Maia-dijo cogiéndola del brazo-no tengas miedo. Vamos a sentarnos en el sofá.

Ella le siguió. Ian la rodeó por los hombros.

-Quería esperar a que estuvieras desnuda, pero quiero decirte que estás buenísima.

Maia notó que se sonrojaba. Dio gracias a Dios por tener una piel oscura que evitaba que se pudiesen notar esas cosas.

-Gracias, tú tampoco estás mal.

-Sé que lo dices por decir. Supongo que un chico con orejas puntiagudas, el pelo teñido de verde y la piel verdosa no es tu tipo, ¿no? Aunque creo que cuando me veas desnudo, cariño, cambiarás de opinión.

Abrió más sus piernas, dejándole claro cuál creía que sería la razón por la que ella pensaría que no estaba mal.

-¿Y de qué color es tu pelo al natural?

Él sonrió.

-Rubio platino, casi blanco. Puaj, es horrible. Desde hace años no lo he vuelto a llevar así. Prefiero los colores.

-¿Y además de la piel y las orejas, tienes algún rasgo más inhumano?

Él volvió a sonreír.

-Espérate a verme desnudo. Ya te he dicho que algo te sorprendería.

Por la cara de Maia pasó una expresión de cierto miedo.

-Tranquila, Maia. No es que tenga una polla bífida, o algo así.

Ella se rió, por primera vez en aquel día lo hacía.

-Tienes una sonrisa preciosa.

-Gracias-dijo ella volviendo a sonreír.

Él pegó otro trago al licor y le dio el brazo a ella.

-Venga, ya has podido notar que no te hace nada malo.

Se acabaron los dos el segundo vaso.

De repente, él se le echó encima y la empezó a besar con una ardiente pasión. Ella, al principio sorprendida, no le respondió, pero luego entreabrió sus labios permitiéndole a él meter su lengua en su boca, y besándose así, estuvieron un rato. Luego, él se quitó la cazadora y se quedó en una camiseta gris de manga corta, mostrando así más piel verdosa. Se puso a acariciar a Maia, por las piernas, los brazos, la cintura, los pechos, y acabó en la espalda, donde comenzó a buscar su cremallera. Ella sonrió contra su boca al notar que él no podía bajarla. Dos intentos después, lo consiguió, y fue directo a buscar el cierre del sujetador.

-No podrás-dijo ella separándose de sus labios y mirándole a los ojos, unos ojos verdes y dorados.

-No es la primera vez que lo hago, ¿sabes?-le respondió en tono chulo.

-Está bien-ella se giró, mostrándole la espalda-Y bien, ¿dónde está el cierre?

En efecto, el cierre del sujetador no estaba a la vista.

-No lo sé. ¿Es un truco de chica lobo?

-No, no es que sea un truco-dijo ella girándose y mirándole a la cara.-simplemente, no me gusta que me desnuden. Me gusta desnudarme cuando yo quiera que me vean desnuda. Y por eso, me pongo sujetadores que se abren por delante.

-Chica lista…

-¿Y a qué ha venido eso de besarme tan de repente?

-Muy simple, está claro que ambos queríamos. El tema de conversación se nos acababa y… ¿quieres ir al dormitorio?

Ian tenía razón. En realidad, sólo habían quedado para eso. Así que Maia dijo sí.

El dormitorio era de un tamaño normal, pero prácticamente estaba ocupado de manera exclusiva por una cama de casi dos metros de ancho. El resto eran un espejo de cuerpo entero y un armario.

-¿Te gusta?

-Sí.

-Mira el techo.

Y, oh sí, como en algunas películas había visto, había un enorme espejo en el techo.

Maia rió de nuevo.

Ian se recostó en la cama, la espalda contra el cabecero.

-Desvístete tú entonces, Maia.

-Primero, hazlo tú.

Ian, por enésima vez, sonrió. Se quitó la camiseta dejando ver un torso flaco, con músculos poco marcados. Después, se desabrochó los pantalones y se los bajó. Todo esto lo hizo muy rápido.

-¿Sigo? Tenía la fantasía de que una loba me lo quitara con los dientes.

Maia no respondió. Se quitó las botas y se terminó de quitar el vestido que Isabelle le había regalado.

La loba se subió a la cama y, sentándose encima de Ian, comenzó a besarle. Él le respondió con agrado, mientras le pasaba las manos por la cintura, dándole ligeros apretones lentamente.

Después, Maia se separó de él, colocó las manos sobre el cierre delantero de su sujetador, lo desabrochó y lo lanzó hacia atrás.

Ian no podía estar más excitado. Ver cómo de pronto aparecían los pechos oscuros de Maia era todo un regalo para la vista.

-Eres la loba más bonita que he visto en mi vida-se colocó sentado, delante de ella, y empezó a besarle por los pechos, deteniéndose y regodeándose en sus pezones, cosa que a ella le produjo un placer inusitado. Estaba muy húmeda, y al echar un vistazo hacia los calzoncillos de él, vio que el duendecillo tampoco podía esconder su excitación.

Ella quería llevar la iniciativa, así que le dio un ligero empujón para que volviera a estar tumbado bajo ella. Se quitó las bragas y al instante tenía una mano verdosa de Ian dentro de ella.

-Estás tan húmeda…-dijo relamiéndose.

La estimuló un buen rato. Maia nunca había conocido a nadie con las manos tan hábiles. Llegó al orgasmo en pocos minutos, y él se llevó los dedos mojados por sus fluidos a la boca. La degustó con agrado. Maia le besó por el pecho, y al llegar al elástico de los slips, lo hizo, los mordió con fuerza para bajárselos, pero se pasó con la fuerza y lo que hizo fue romperlos. Ella le miró, y lo descubrió mirando hacia arriba. ¿Adónde mira? Pensó, y luego recordó el espejo.

Decidió devolverle el favor, y se puso a estimular el miembro del duende. Había que reconocerlo, no era en absoluto pequeño. Menos aún con lo excitado que estaba. Lo masajeó lentamente, quería llevarlo al placer como él la había llevado a ella.

-No… no sigas-dijo él.-Móntame, quiero ver cómo me monta una loba.

-Y… ¿los preservativos?

-Tranquila, Maia, no te puedes quedar embarazada de mí. Créeme.

Así que Maia se montó sobre él, y pudo hacer lo que más le gustaba. Dominar la situación, controlar el ritmo. Él se la comía con los ojos, cuando no estaba mirando hacia el espejo relamiéndose.

Un rato después, llegó al orgasmo por segunda vez en aquella noche. Ella se recostó sobre el pecho de él para recuperar la respiración contenida. Una simple mirada le bastó para constatar de lo que ya se había dado cuenta: él todavía no lo había hecho en toda la noche.

-¿Es que no te gusto?-preguntó Maia, con cierto dolor.

Él al principio no la comprendió. Luego se dio cuenta.

-Oh… no, no es eso. Maia-la tomó del rostro y la besó-eres una auténtica diosa. Una diosa de color café. He disfrutado mucho, pero sólo es que… me cuesta llegar. No me mires con esos ojos así. Me haces un favor, ¿podrías tocarte?

Maia, en otra ocasión, se habría resistido. Aquello era algo que jamás había hecho delante de nadie. Aquello era algo que hacía ella en la intimidad, para su disfrute personal. Pero había tomado el licor de hadas, que, como se podía dar cuenta, estaba dando sus frutos.

-Pero mírate… mírate en el espejo.

Maia estaba tumbada a su lado, y empezó a tocarse mirando hacia arriba. Desnudos, eran una extraña combinación. Verde y marrón. Como un árbol.

Mientras Maia se acariciaba, Ian no paraba de halagarla. Quizás era por eso por lo que Isabelle decía que Ian era un baboso. No paraba de decir cursilerías bonitas acerca de su cuerpo. Entonces le vino a la mente la imagen de Isabelle, de espaldas a ella, cuando se cambió de ropa. Su cabello negro como el ébano, en contraste con su piel blanca como la nieve. Una piel plagada de pequeñas cicatrices plateadas.

Volvió a la Tierra cuando Ian se puso encima de ella. Pero, por un rato, no vio a Ian encima de ella, sino vio a Isabelle: vientre plano y pechos abultados. Debía tener unos pezones rosados y puntiagudos, pensó Maia con una sonrisa.

Esta vez, tanto Ian como Maia llegaron al orgasmo. Se dio cuenta de que era imposible que fuera Isabelle quien estaba encima de ella al darse cuenta de que estaba inundada de líquido blancuzco.

Ian se recostó a su lado y la besó por el cuello, plagándola de mordiscos. No paraba de repetirle lo maravillosa que era. Y al poco rato, ella se durmió.

El despertador marcaba las cinco treinta y siete cuando se despertó. A su lado, vio una melena negra y larga. Se restregó los ojos con las manos y volvió a mirar. No, lo que veía era una espalda y una cabellera verdes. ¿Qué demonios me está pasando en la cabeza?, se preguntó desconcertada.

Se levantó y se observó en el espejo de pie de la habitación. Esta vez, se vio más guapa que últimamente. Fue al baño, en el que la única muestra de que alguien iba de vez en cuando por allí era un bote de gel de baño. Era de color verde. Maia sonrió. Estuvo un buen rato bajo el agua. Luego, se dio cuenta de que no había ni toallas. Se esperó un poco a que su piel se secara. Se puso la ropa silenciosamente y salió de la casa. Quizá un paseo le ayudaría a recuperar la cordura.


¿Os ha gustado? Ya había advertido que el capítulo iba a subir de tono la historia. ¿Merece algún review? Gracias a todos los que la leéis :)