Disclaimer: Los personajes pertenecen a Cassandra Clare. Además, en este capítulo, aparece un fragmento copiado textualmente de Ciudad de los ángeles caídos. Todo lo demás, es fruto de mi mente traviesa.


Apoyada contra uno de los postes que sostenían el toldo, se encontraba Isabelle. Tenía el pelo recogido y llevaba un largo vestido rojo con una abertura al costado que mostraba la mayor parte de su larga pierna. Unos lazos dorados se enroscaban en su brazo derecho. Se veían como pulseras, pero Simon sabía que en realidad era su látigo. Estaba cubierta de Marcas. Se retorcían por sus brazos, se abrían paso ascendiendo hasta su muslo, rodeaban su garganta como un collar, y decoraban su pecho, una gran cantidad de éste era visible gracias al pronunciado escote de su vestido. Simon trató de no mirar.

–Hey, Isabelle –dijo Simon.

Al lado de él, Jordan también estaba tratando de no mirar.

–Uhm… Hola, soy Jordan.

–Ya nos conocemos –respondió Isabelle fríamente, ignorando su mano extendida–. Maia estaba tratando de arrancarte la cara. Con toda razón, también.

Jordan parecía preocupado.

–¿Ella está aquí? ¿Está bien?

–Está aquí –dijo la cazadora de sombras–. Aunque no es como si te importara cómo se siente…

–Tengo un sentimiento de responsabilidad –dijo Jordan.

–¿Y dónde se encuentra ese sentimiento? ¿En tus pantalones, tal vez?

Jordan parecía indignado. Isabelle podía comportarse como la persona más desagradable del mundo si se lo proponía.

Isabelle hizo un gesto con su delgada mano decorada.

–Mira, cualquier cosa que hayas hecho en el pasado, es pasado. Sé que ahora eres un Praetor Lupus, y le conté a Maia lo que eso significa. Está dispuesta a aceptar que estés aquí e ignorarte. Pero eso es todo lo que conseguirás. No la molestes, no trates de hablarle, ni siquiera la mires, o te voy a doblar por la mitad tantas veces que lucirás como un diminuto origami de hombre lobo.

Simon soltó un bufido.

–No te rías –Isabelle le señaló–. Tampoco quiere hablar contigo. Así que a pesar de que está totalmente arrebatadora esta noche (yo misma me estoy planteando ir a por ella) ninguno de vosotros tiene permitido hablarle. ¿Entendido?

Los dos asintieron con la cabeza, mirando a sus zapatos como estudiantes de escuela media a quienes les acababan de entregar informes de detención.

Isabelle se apartó del poste.

–Genial. Entremos.

Nada más entrar en Ironworks, vieron a Maia. Estaba de pie junto a uno de los pilares de ladrillo, hablando y riendo con otros dos hombres lobo. El vestido de satén color naranja brillante le hacía resaltar su piel oscura y su pelo era un halo salvaje de rizos de color castaño dorado alrededor de su cara. Isabelle sonrió complacida al ver lo hermosa que estaba. Maia vio a Simon y a Jordan y deliberadamente se dio la vuelta. La parte posterior de su vestido era una baja V que mostraba mucha piel al descubierto, incluyendo un tatuaje de una mariposa a través de su espalda baja.

Los dos chicos se quedaron estupefactos, no podían quitar sus ojos de Maia. Fue Simon quien dijo:

–Vamos –le puso su mano contra la espalda de Jordan y lo empujó ligeramente–. Veamos dónde estamos sentados.

Isabelle, que los había estado observando por encima del hombro, sonrió con una sonrisa felina.

–Buena idea.

Observó como se marchaban. Un camarero (que era un hombre lobo, como todos los camareros que había en el evento) se acercó con una bandeja con copas de champagne y le ofreció una. Ella la aceptó. Él la miraba con una sonrisa. Estaba claro que le estaba costando mirarla a los ojos. Isabelle sonrió y le guiñó un ojo. Pegó un ligero trago a su copa y se marchó con paso sensual, sabiendo que el hombre lobo no estaría mirando a otro sitio que no fuera su trasero.

Vio que estaban sentados en su mesa Simon, Jordan, Clary, Magnus y Alec. Ninguno parecía divertirse. A ella no le apetecía sentarse con ellos, había ido para beber, bailar y disfrutar. Aquello era una fiesta y era lo que había que hacer, ¿no?

Se terminó la copa y la dejó sobre una repisa. Inspeccionó la sala. Los hombres, en su gran mayoría, eran hombres lobo (algo obvio, pues se trataba una fiesta de hijos de la luna). Ella nunca había estado con uno, y se planteó si era hora de probarlo. Recordó la conversación tenida con Maia la noche en la que la loba se quedó a dormir en su cuarto. ¿Te estás planteando ser lesbiana?, le había preguntado. Ella no había descartado la idea, pero era más bien una broma. Nunca se había fijado en las chicas, no de aquella manera. Sabía decir si una chica era bonita o no, sus puntos a favor y sus puntos en contra. En ello ella era toda una maestra. Pero ¿estar con una chica? Nunca se lo había planteado verdaderamente. Su hermano, Alec, siempre había estado enamorado de Jace, y luego había llegado Magnus… estaba claro que nunca se había planteado su sexualidad. Y Max… él sólo era un niño. Mierda, ¿ya estás pensando en Max? Esto es una fiesta, concéntrate. Has venido a divertirte, a olvidar toda la mierda que te pasa por la cabeza. Se dijo a sí misma.

–¿Te encuentras bien? –le preguntó alguien que se encontraba.

Era un chico lobo. Tendría como máximo tres años más que ella. Era alto, como ella llevaba tacones estaban a la misma altura. Le miró a los ojos, que eran marrones.

–Sí.

–Parecía que tenías algún problema…

–El único problema que tengo es que no encuentro el maldito botón de apagado de mi cabeza.

–Conozco esa sensación. Yo… no es que te quiera llevar al vicio, pero en estas ocasiones el alcohol ayuda un poco a desconectar.

Isabelle le ofreció una sonrisa pícara.

–¿Te crees que tú puedes llevarme al vicio? Te equivocas, lobo –le dijo tocándole la solapa de la camisa–. La que te puede llevar al vicio soy yo. Y lo haré sólo si me apetece.

Él le correspondió con una sonrisa igual.

–Entiendo…

Isabelle tomó una copa de un camarero que estaba cerca, y se la bebió. Toda de golpe, pero sin perder el estilo. La devolvió vacía y después, empezó a caminar.

–¿Significa que no te intereso? –preguntó el chico.

–No de momento. Quizás… luego –Isabelle se alejó con una sonrisa en los labios.

Unas copas después, se encontraba bailando, a veces con gente, a veces sola. Echó una ojeada a la mesa, y vio que Magnus y Alec no estaban. Sonrió. Quizás habrían ido a hacer las paces. Y mientras miraba a lo lejos, no se dio cuenta de quién se encontraba cerca de ella.

–¿Te diviertes, cazadora de sombras?

Era Maia, que estaba más sonriente de lo habitual. Sin duda había bebido tanto o más que ella.

–Debo reconocer que no os montáis mal las fiestas los hijos de la luna…

–Seguro que ésta le da mil vueltas a cualquier fiesta nefilim, si es que las tenéis… y eso que esta es de las más suavecitas, pues se trata de una situación formal.

–Uhm… ya me invitarás a una de esas fiestas vuestras.

–¿Isabelle Lightwood en una verdadera fiesta de licántropos? ¡No lo veo posible!

–Maia, todavía no me conoces-le sonrió-soy la reina de los imposibles.

Maia rió.

–Y dime, reina de los imposibles, ¿sabes bailar?

–Eso ni se pregunta.

Estuvieron bailando un rato, hasta que llegó el momento de la cena. En su mesa, la cosa estuvo un poco fría. Clary no paraba de pensar en Jace, se le veía en la mirada. Simon y Jordan estaban realmente cohibidos por las amenazas de Isabelle, y permanecían en silencio. Magnus y Alec parecían un poco más relajados, pero Alec decía poco, como siempre. Magnus y ella eran los únicos que hablaban un poco, hasta que ella miró a la silla de Jace, vacía, y en vez de en él pensó en Max. No sabía si Magnus seguía hablándole, pero ella ya no podía seguir la conversación porque la tristeza le recorría el cuerpo. Del resto de la fiesta se enteró de poco, comió, bebió, permaneció callada. Miró hacia donde todos miraban, aplaudió cuando todos aplaudían. Cuando unos hombres lobo se pusieron a hacer un espectáculo de fuego en el centro del salón, ya no pudo más. Los ojos se le inundaron de lágrimas. Esto le gustaría tanto a Max… Se levantó, dijo tan rápido como pudo un "tengo que salir un momento" y salió al exterior.

Se apoyó contra el muro e hizo lo que se había negado en varias semanas: llorar, llorar a mares.

Oyó un ruido cerca de ella. Era alguien que se acercaba. Echó a correr, pero ese alguien le tomó de las muñecas con fuerza, le estiró hacia ella para que cayera en su regazo. Ese alguien no era otro que Alec. Ella no dijo nada, sólo siguió llorando sobre el traje de su hermano, mientras él le acariciaba su espalda desnuda. Nunca habían estado así, habían sido criados para no llorar. Y luego, cuando Max había muerto, ella se apartó de todos. Y al poco Alec se había marchado de viaje con Magnus.

Ella levantó la cabeza para mirarle a los ojos. Los ojos azules de Alec siempre la calmaban. Pero aquella vez vio que lloraban. Mostraban una tristeza igual a la suya. No se dijeron nada, sólo permanecieron abrazados un buen rato. Alec nunca había sido un gran hablador, y a ella no se le daba hablar bien de sentimientos. Pero en silencio, se comprendieron. Aunque habían estado separados, habían sufrido lo mismo. Finalmente, cuando se sintió sin más lágrimas en su interior, se separó un poco de él y dijo:

–Creo que debemos volver a la fiesta. Por Jocelyn y Luke. No se merecen más ausencias en su fiesta. Y nosotros –dijo quitándose las lágrimas del rostro–, los Lightwoods, jamás quedamos mal ante la concurrencia.

Alec le sonrió. Era una sonrisa un poco amargada, pero era una sonrisa al menos.

Se puso también a secarse las lágrimas. Caminaron hasta las puertas de Ironworks.

–¿Qué tal estoy, Alec?

–Preciosa –Alec la miraba con real admiración.

–Va, no mientas. Seguro que estoy terrible. ¿Cómo está mi maquillaje?

–Yo… –la miró–. Ya sabes que no sé de eso. Yo te veo divina, como tú eres.

Isabelle le sonrió. ¿Cómo podía tener un hermano tan distinto a ella?

–¿Cómo puedes saber tan poco de moda cuando tu novio es el rey de la purpurina?

–Yo… no sé.

Alec no se sonrojó, pero se le vio un poco nervioso. Como todas las veces en las que se hablaba de Magnus.

–Sólo te pido –le dijo ella–, que algún día, y espero que no sea dentro de mucho, celebréis los dos una fiesta como esta. Una mucho mejor, en realidad, pues está claro que la organizaré yo.

–¿Te refieres a…? No creo, Isabelle…

–Alec –Isabelle le miró a los ojos–, sé que debes estar celoso, pero olvida todo eso. ¿No ves cómo te mira cuando estás cerca de él? Yo daría todo mi estupendo vestuario por una simple mirada como esas. O quizás más. Magnus y tú estáis hechos el uno para el otro. Alec, no eches a perder eso, por favor.

–Yo… sólo es que… no puedo dejar de pensar en su pasado. No creo que yo sea nada en comparación con…

Isabelle le puso un dedo en los labios.

–Por favor, no quiero oír más que eso. El pasado es pasado Alec. Por mucho que pienses en el último de vida de Max, ¿a que no puedes cambiarlo? Lo único que podemos es aprovechar todos los momentos felices que se nos presenten. Porque al final, es eso lo único que cuenta.

–Amén –dijo Magnus, que estaba detrás de ellos.

–¿Has estado… escuchando todo el tiempo? –preguntó Alec un poco asustado. Ya empezaba a sonrojarse.

–Vine a saber qué os pasaba. Me teníais preocupado, y me aburría mucho. Me sabe mal decirlo, pero sin el comportamiento repelente de vuestro querido Jace, no es lo mismo.

Isabelle rió.

–Vamos, chicos. Volvamos a la fiesta. Necesitan nuestra imponente presencia.

–Isabelle, sueles tener siempre razón, pero hoy más que nunca. Si mi presencia es algo, no es otra cosa que imponente –dijo Magnus, pagado de sí mismo.

Alec rió, y el azul de sus ojos volvió a iluminarse. Isabelle se giró, justo cuando iba a abrir la puerta.

–¿Me prometéis que seré la organizadora de vuestra boda?

Esta vez, no sólo se quedó sin palabras Alec –quien, como de costumbre, enrojeció como un tomate–, sino también Magnus.

–Es algo inaudito dejar sin palabras por una vez al gran brujo de Brooklyn –rió Isabelle victoriosa y los tres volvieron a la fiesta.


Reconozco haber llorado escribiendo el capítulo. ¡Soy una maldita sensiblera! En fin, qué se le va a hacer. Mil gracias a Kaira Fenix, porque saber que a alguien le gusta lo que escribo me da las ganas que necesito para ir escribiendo y subiendo capítulos.