Disclaimer: Los personajes pertenecen a Cassandra Clare. Todo lo demás, es fruto de mi mente traviesa.

Habían pasado cinco días desde la fiesta de Ironworks. Tras ésta, Jace volvió de su estadía en la ciudad silenciosa, todos descubrieron que Clary le había pedido al Ángel Raziel que le volviera a la vida, y que era por ello que no poseía las protecciones que se les da a los cazadores de sombras al nacer, por lo que resultó muy susceptible a la acción demoníaca. Una horda de demonios que se hacían llamar los hijos de Lilith pretendían hacerse con el control de Jace, y de hecho lo habrían conseguido si Jace no hubiera vuelto a disponer de las protecciones y los cazadores de sombras llegaran a tiempo para liquidar el problema. A causa de la influencia demoníaca sufrida, Jace había tenido sueños destructivos recurrentes que no se le iban de la cabeza; aunque Clary estaba trabajando en que se le disipasen las dudas. Simon continuó en casa de Jordan sin que a nadie pareciese importarle qué hacía de su vida. Magnus le propuso volver a viajar a Alec, pero éste dijo que no, que ahora debía pasar un tiempo con Izzy, realmente estaba preocupado por ella. Jocelyn no tenía tan controlada a Clary porque cada vez la boda se acercaba más y las tareas se le acumulaban. Lo mismo pasaba con Luke, por lo que no se dio cuenta del comportamiento extraño que estaba teniendo Maia: cada vez pasaba menos tiempo con la manada y por las noches nunca dormía allí. Por su parte, Isabelle pasó la mayoría del tiempo en el Instituto.

Después de haber matado a los hijos de Lilith no parecía haber ningún demonio por la zona dispuesto a atacar, lo que le resultó un fastidio. A su madre también parecía fastidiarle, pues cada vez que se cruzaba con Isabelle o con Alec por el Instituto, les proponía que se marchasen a pasarlo bien.

Pero a Isabelle, esa chica a la que le gustaban tanto las fiestas, no le apetecía pasárselo bien. Durante aquellos días prefería estar sola en su habitación, cavilando, cuando no tenía la suerte de quedarse dormida.

En aquel momento se encontraba en la biblioteca del Instituto, enfrascada en un libro sobre la historia de los cazadores de sombras. Y estaba realmente concentrada en el tema, pues no se dio cuenta de que alguien entraba en la estancia y se sentaba en el sillón que había en frente del de ella.

–¿Te resulta interesante? –le preguntó Alec.

Ella levantó la mirada del libro y enfocó sus ojos en los de él.

–¿Cuánto llevas aquí?

–No mucho, pero demasiado para que tú no te dieras cuenta. No es normal en ti, Iz.

–Bueno, es que este libro está muy bien.

Alec alargó la mano y levantó la tapa del libro para poder ver cuál era.

–¿Historia de los cazadores de sombras tomo segundo?

–Sí, es que el primero ya me lo he leído.

–¿Izzy, qué haces leyendo eso?

–Vaya, Alec, yo creía que la historia te gustaba, lo preguntas con un asco…

–Claro, me gusta a mí, tú siempre lo has considerado aburrido.

–Bueno, quizás sea que he madurado.

–Quizás… –Alec la miró preocupado. Ella volvió a agachar la cabeza mirando al libro.

–¿Izzy te pasa…?

Isabelle le cortó, preguntando:

–¿Qué crees que hay que hacer para que te incluyan en un libro de estos? Lo digo porque, no sé, seguro que a Jace y a Clary los ponen, si es que ya no han escrito algo sobre ellos. Ay, cómo me duele la espalda –se levantó con el libro entre las manos–, leer es muy cansado. Voy a ir a acostarme un rato a mi habitación.

Se levantó y, con el libro todavía en las manos, cruzó la biblioteca.

–Isabelle.

Ella se giró.

–Dime, Alec.

No sabía bien qué decirle. Sabía que ella no quería hablar, que él no era bueno con eso, pero realmente necesitaba hacer algo, hallar el modo de conseguir ayudarla.

–Quería pedirte tu opinión sobre algo…

–Explícate.

Isabelle lo dijo fríamente, como si en realidad no le importara aquello.

–Verás, ya sabes que Magnus y yo hemos tenido algunos problemas… por eso he pensado en hacerle un regalo. El problema es que no sé qué regalarle, y he pensado que tú…

Alec, en realidad, se lo acababa de inventar. Quería motivar a su hermana, y sabía que a ella las compras le gustaban. Además, no estaría mal hacerle un regalo a Magnus.

– ¿No tienes ninguna idea de hacia dónde debe ir encaminado el regalo?

Isabelle dejó el libro en la mesa, como si ya no ejerciera ningún interés sobre ella.

–Ehm… no. ¿A ti se te ocurre algo?

Ella pareció reflexionarlo.

–Debería ser una mezcla entre algo material y algo inmaterial… Uhm, pero a la vez, ¿cómo sorprender a un brujo que ha vivido todo lo imaginable?

Isabelle volvió a tomar asiento.

Alec sonrió. Quizás aquello funcionaría.

–Parece que comprendes mi dilema… No creo que pueda sorprenderle con nada.

Isabelle tenía la mirada perdida, pero de pronto, por sus ojos oscuros pasó algo. Alec sonrió, ella también lo hacía. Se le había ocurrido algo.

–Tengo la idea más perfecta del mundo. Te aseguro que le encantará y le sorprenderá, muchísimo.

– ¿De qué se trata? –A Alec le sorprendió ver a su hermana de pronto tan, pero tan, emocionada.

–Debes jurar que lo harás.

– ¿Que haré qué?

–Por favor, Alec, no preguntes. Tú sólo hazme caso –ella le miró suplicante.

–Deduzco que no me hará gracia, pues si no me lo contarías en seguida. ¿Tiene que ver con el… ya sabes?

– ¿Qué sé?

Alec sabía que su hermana se hacía la inocente, cualidad que había dejado de tener hacía mucho tiempo.

–Lo sabes perfectamente.

–No, no lo sabré si no me lo cuentas.

–Que-si tiene-que-ver-con-el-sexo –soltó Alec como si la frase se tratara de una sola palabra.

Isabelle rió. A Alec su risa le pareció maravillosa.

–Lo que hagáis después de ver la sorpresa depende de vosotros. Pero ve preparado, hermano, pues no creo que Magnus pueda resistirse después de ver… la sorpresa.

–Izzy, sólo dime… ¿me va a molestar mucho? –A Alec se le ocurrían muchas opciones de regalo, pero todas le asustaban. A saber qué maquinaba su hermana.

–Entonces aceptas. ¿No?

Alec, en otra ocasión, quizás se habría negado. Pero en ésta, veía a su hermana por primera vez ilusionada en días, así que terminó aceptando.

Ambos parecían contentos, pero en ese momento apareció su madre, Maryse, y les heló los ánimos.

–Oh, vaya, no sabía que estabais aquí –se excusó Maryse. Estaba claro que si lo hubiera sabido no habría aparecido por allí.

–Tranquila, ya nos marchamos –dijo Isabelle, que se levantó y llegó a la puerta de la biblioteca a una velocidad pasmosa.

–Isabelle… –la llamó su madre.

– ¿Sí?

–Hija, te ves horrible últimamente. ¿Es que te encuentras enferma o algo así?

–Vaya, gracias. Veo que me miras con buenos ojos –soltó Isabelle con evidente sarcasmo.

–Simplemente me preocupo por ti, hija. No te lo tomes a ofensa. Quizás deberías hacer como Alec, desde que está con ese brujo, parece mucho más feliz.

Isabelle no dijo nada, simplemente esperaba a que su madre le dijera que se podía marchar.

–Quería decirte que, si lo que te pasa es porque no estás con ese vampiro, pues bueno, puedes ir con él si lo deseas. Después de todo lo que ha pasado, ya no sorprenderemos a nadie.

– ¿Te refieres a Simon? –Isabelle estaba estupefacta–. ¿Qué sabes de mi relación con él? –Isabelle comenzaba a enfadarse.

–No estoy ciega. Sé que quedabas con él. Sé que ahora no sales de casa y, por lo tanto, no le ves. Parecía que te llevabas con él, por eso, te quería proponer…

– ¿Que me eche un buen polvo con él para mejorar mi aspecto?

– ¡Por el Ángel, Isabelle! Está claro que pasar tanto tiempo por los barrios bajos de Nueva York no te sienta bien. Modera tu vocabulario.

–Pero si básicamente te referías a eso…

–Hija, no sé lo que te pasa últimamente, pero quiero que sepas que, aunque no te lo parezca, padezco por ti. Y me gustaría que volviésemos a estar tan unidas como antes…

– ¿Y de qué me serviría eso, sino para amargarme la vida todavía más?

Maryse la miró con ojos de hielo. Aquello le había dolido, y mucho.

– ¡Izzy! –exclamó Alec con tono de reproche.

–Está bien, está claro que no me queréis aquí. Me marcho. Ahora resultará que eres la modélica madre. Os dejo para que tengáis una bonita conversación sobre lo mucho que apoyas la homosexualidad de tu hijo –dijo Isabelle con tono mordaz y soltó una falsa carcajada.

Y después, salió de la biblioteca y corrió a su habitación.

Dentro, se miró en el espejo. Tenía un aspecto verdaderamente deplorable. Ojeras acusadas, tez enfermiza, un pelo horrible… Dejó de mirarse y se tumbó en la cama.

La puerta de su cuarto se abrió, y ella sabía con total certeza que era Alec. Cruzó la habitación y se dejó caer sobre el sofá de la ventana.

–Siento mucho si te ha molestado mi comentario –admitió ella.

–No es eso lo que quiero que sientas, Iz.

–Ah, ¿no?

Alzó la cabeza para mirar a su hermano. Volvía a estar serio.

–Lo que me gustaría que sintieras es que no compartas conmigo lo que te está pasando. Yo te he contado siempre todo, y lo sabes. Yo nunca me he entrometido en tus asuntos. Pero estoy muy preocupado por ti. Me duele verte así. Yo…

Isabelle se levantó y fue a su armario. Se puso a rebuscar dentro de él.

–Yo… –prosiguió Alec–. Yo soy malísimo hablando. Y, admitámoslo, tu capacidad de escucha también es terrible. Por ejemplo, ¿qué estás haciendo ahora mismo en lugar de escucharme?

–Me estoy vistiendo para salir.

Alec miró a su hermana. Llevaba unas mallas negras, botas negras y una sudadera negra. El pelo en una coleta. Al menos no iba en pijama como últimamente.

– ¿Y adónde vas a ir?

–Voy a comprar la sorpresa para Magnus. ¿Recuerdas? ¿Cuándo se la vas a querer dar?

–Lo antes posible.

– ¿Esta noche?

–Bien, entonces veo que no es algo que se compre por encargo.

–Alec, nunca lo acertarás.

–Uhm… seguiré intentándolo.

–Bien, sigue haciéndolo. Yo estaré aquí dentro de… pongamos que después de la comida. Tú avisa a Magnus que reserve su apartamento esta noche para ti y para él solos.

– ¡Pero entonces no será una sorpresa!

–Cierto. Tranquilo, yo me encargaré. Esta tarde, cuando vuelva, te quiero arreglado en tu cuarto, ¿de acuerdo?

–De acuerdo.

Isabelle le dio un beso en la mejilla a su hermano y se marchó.

Durante los últimos días Maia había estado saliendo de forma constante con Ian. Aunque en realidad, no salían de la casa de éste. Pasaba las noches allí y a primera hora de la mañana iba a ocuparse de la librería de Luke. Por suerte, no había vuelto a cruzarse con el tándem Simon-Jordan. Pero la suerte estaba a punto de acabársele.

Eran las siete de la mañana, y ella cerraba con cuidado la puerta del apartamento de Ian. Esta vez no iba con el vestido de Isabelle. A partir de la primera noche con Ian, siempre había quedado con él con su ropa habitual; al fin y al cabo, acababa desnuda cinco minutos después de haber llegado.

–¿Maia?

Se giró y vio a Simon bajando las escaleras y llegando al mismo rellano que ella.

–Hola Simon.

Simon pareció valorar la expresión facial de Maia, en realidad quería saber si ella estaba de humor para hablar con él o no.

– ¿Cómo estás?

–Bien. Yo me iba a ir… ¿bajas conmigo?

–Claro.

Bajaron las escaleras y salieron a la calle.

– ¿Vienes mucho por aquí?

–Últimamente sí.

–Lo sé. Jordan está que trina.

– ¡¿Pero ese tío de qué va?! ¿Es que no me va a dejar vivir mi vida?

–Maia –Simon le miró a sus ojos color avellana–. Debes saber algo.

–Venga, dime…

–Supongo que no querrás creerme, pues es Jordan el que me ha dado la información. Pero quiero que tengas cuenta que yo te conocí antes que tú al tío verde ese y, por tanto, deberías confiar en mí más.

–De poco me valió confiar en ti.

–Ay, Maia. Sabes que lo siento muchísimo –dijo Simon con arrepentimiento en su rostro.

–Está bien, a lo pasado, pasado. ¿Y cuál es la gran revelación de Jordan?

–No te va a gustar.

–Simon, ¡esto empieza a parecer una película de suspense! ¿Me lo vas a decir ya?

Cuando torcieron la esquina, Simon tomó una bocanada de aire, aunque ésa era una de las cosas que ya no necesitaba hacer, y dijo:

–Ese tipo es vendedor de droga. Droga humana no, es droga demoníaca.

– ¿Cómo?

–Jordan me explicó que se pasaba la vida en un local del Upper East side…

–Anda Simon, ¿cómo va a vivir un tío del Upper East Side en ese apartamentucho?

–Es lo mismo que le dije a Jordan, pero él estaba seguro. Además, estos días, desde que sales con él… Jordan no ha parado de investigarle.

– ¿Y dime, iba en plan Sherlock Holmes o más bien como Rick Deckard?

Simon sonrió.

–Maia, es Jordan. Iba como Bruce Willis en La jungla de cristal.

–Ajá. ¿Y adónde le han llevado sus investigaciones?

–Maia, esto es serio. Ayer por la noche se enteró de todo y me lo contó. Tenía pensado contártelo hoy.

–¿Así que me estabas esperando, y has disimulado que hemos coincidido.

–Eso es algo que nunca sabrás –le sonrió Simon –. Pero ahora basta de risas, esto es muy serio.

–Vale, ¿pero te importaría que fuéramos a por un café? Si no, me voy a derrumbar en mitad de la calle.

–Claro, ¿qué te parece aquel café?

Isabelle se lo había pasado bien comprando el regalo de Magnus. En realidad, no sabía por qué no había salido en todos esos días. No había tenido ganas, y las veces que la habían invitado a salir, pensó que no le convenía. Estar junto a Clary y a Jace o junto a Alec y Magnus, no es que le diera celos, pero pensaba que no era conveniente, que estarían mejor solitos. Y luego estaba Maia, una chica que le había parecido fascinante pero a la que había herido tanto que le parecía imposible conseguir ser su amiga de nuevo. Si es que alguna vez lo había llegado a ser.

Después de ir de compras, como siempre, necesitaba reponer fuerzas. Se planteó ir a Taki's, pero descartó la idea al momento. No puedo entrar con estas pintas –se dijo a sí misma–, a no ser que quiera tirar mi reputación de cazadora sexy y arrebatadora por la alcantarilla. Y por eso se metió en el café más mundano que tuvo cerca.

Se sentó en una mesa apartada del bullicio del local. En seguida, un camarero rubio, joven y mundano se acercó a tomarle nota.

–¿Qué desea?

–Café, mucho café. Y luego… ¿los sándwiches vegetales están buenos?

–Sí, son altamente recomendables.

–Está bien, pues ponme cuatro.

–¿Hambrienta, no?

A Isabelle le entraron ganas de soltarle un: ¿Y a ti qué te importa, mundano? Pero se contuvo.

–Sí, ir de compras es tan cansado –dramatizó todo lo que pudo.

El camarero con una sonrisa se marchó a atender a otra mesa: una que estaba ocupada por un chico alto y delgado, de tez muy blanca y a una chica con bonitas facciones y piel morena.

–Vale, Maia, sé que estás flipando. Yo también lo estaba cuando me lo contó Jordan. Me costó tanto controlarle, él estaba a punto de subir al apartamento, echar la puerta abajo y hacerle papilla a ese tío.

–O sea que, en resumen, lo que me quieres decir es que ese tío regenta una especie de fumadero de opio pero con polvos de demonio y estaba acostándose conmigo para engatusarme, llevarme allí y… ¿qué?

– ¿Os estabais acostando? –Simon se quedó tieso.

–No, si te parece, me pasaba las noches jugando al parchís con él.

Eso ha sonado muy a Isabelle, pensó Simon.

–A partir de ahí, son especulaciones de Jordan. Cree que te diría que te fueras con unos amigos tuyos para engancharles a ellos también.

–Ah, eso son especulaciones. ¿Y no podría serlo todo? ¿Qué os hace creer que no estaba conmigo porque me quería? Ah, claro, porque Maia es del tipo de tías que sólo le interesa a los tarados… ¡Me tenéis harta! –Maia se levantó con intención de irse.

– ¿Tomaste algo extraño estando allí?

Entonces, se quedó quieta. Nada más escuchar la pregunta de los labios de Simon, le vino a la mente una imagen… el licor que le había dado Ian, el supuesto licor de hada.

–¿Qué es lo que tomaste? –preguntó preocupado Simon. Sabía, por la expresión de Maia, que sí que había tomado algo.

–Él dijo que era licor de hadas… ¿tú sabes cómo es el licor de hadas?

–Yo lo único que sé de bebidas mágicas es que la única vez que tomé una acabé, por una serie de sucesos, convirtiéndome en lo que soy ahora.

Maia volvió a sentarse.

–Puede ser que simplemente lo estemos liando todo. Quizás, al fin y al cabo, sólo es licor de hadas.

–¿Cuántas veces lo has tomado?

–Todos los días que he ido allí.

–¿Efectos secundarios?

–Pues…

–¿Síntomas de dependencia?

–Simon, al fin y al cabo sólo he tomado seis días, y no mucho, la dependencia sería imposible…

–Menos mal que hemos llegado a tiempo. Pero ni se te ocurra volver a ir con él.

–Para el carro, Simon. No sé todavía si esto es verdad o una paranoia que se ha inventado Jordan para joderme todavía más.

– ¿Crees que te estoy mintiendo?

–No, pero creo que quizás Jordan ha mirado siempre con mal ojo a Ian, y eso le ha podido llegar a especular… y a pensar cosas que no son. Lo único a lo que estoy dispuesta es a ir a comprobarlo.

– ¿Ir? Podría ser peligroso…

Simon, a pesar de poseer la marca de Caín, seguía siendo el chico que había sido siempre. Y a ese chico no le gustaba meterse en líos.

– ¿Esa es Isabelle? –preguntó Maia señalando a una mesa que había al fondo del local.

Simon miró en aquella dirección.

–Imposible, ¿no ves cómo está vestida? –Pero entonces, volvió a mirar–, pero si es ella…

–Menuda pinta tiene…

–¿Has hablado con ella últimamente?

–¿Yo? ¿Por qué tendría que haberlo hecho?

–Parecíais muy unidas últimamente.

–Sí, eso me parecía a mí. Pero luego resultó que ella simplemente estaba conmigo por un deber de cazadora de sombras, por proteger a los indefensos subterráneos.

Esto último Maia lo dijo con un tono muy dramático.

–Yo que la conozco más, te digo que a veces dice cosas que no siente de verdad. ¿Has visto cómo es su madre? Dios, si es que yo creo que toma vinagre en vez de agua. Sería extraño que no se le haya pegado eso…

–Quizás a ti esa explicación te valga, pero a mí no me va eso de ir detrás de alguien que me trate a patadas.

–Wow, Maia, no sé si será la droga que te ha metido ese tío pero… parece que la toma vinagre eres tú.

–Tienes razón, estoy siendo un poco mala contigo. Voy a ir al baño, ¿me esperas?

–Claro –Simon le sonrió y la vio marcharse.

Después, volvió a mirar en dirección a Isabelle. Se estaba tomando unos sándwiches con una avaricia desmesurada. Decidió acercarse a su mesa.

–¿Cómo está la reina del estilo?

Isabelle, al verlo, se quedó mucho más pálida de lo que estaba. Dejó el sándwich en el plato, pero prácticamente ni pestañeó.

–Parece que hayas visto un fantasma, Izzy. Pero no –bajó la voz–, sólo soy un vampiro diurno.

–¿Qué diablos haces tú en un bar mundano?

–Creo que podría preguntarte lo mismo.

Isabelle apretó sus labios.

–Quería estar sola. ¿Vale? ¿Y tú?

–He venido con Maia. Por cierto, tengo que contarte algo, quizás podrías echarnos una mano…

–¿Maia se encuentra en problemas, o sois los dos?

Simon se planteó cuánto le molestaría a Maia que se lo contara a Isabelle.

–¿La has dejado embarazada?

–¡Isabelle!

Ventajas de ser un vampiro –pensó–, de no serlo estaría todo colorado.

Dentro del baño, Maia pensó en lo que le había contado Simon. ¿Sería cierto lo de Ian? Intentó aclararse las ideas: tenía un piso vacío, totalmente vacío. En la nevera sólo había licor de hadas. Había insistido mucho en que ella tomara, recalcando que no le iba a hacer daño. Nunca quedaban fuera del apartamento. Ian tenía problemas de eyaculación, lo que podía ser síntoma de una adicción a las drogas, o al menos eso había oído una vez.

Y luego intentó mirarlo de otro modo. Ian era un tío simple, pasaba la vida de fiesta en fiesta porque era muy alegre, y en su casa sólo paraba para dormir, por lo que no necesitaba nada más. El licor de hadas era licor de hadas. Había insistido en que tomara porque quería que se lo pasara bien, y había insistido porque la había visto insegura. Lo del apartamento… no le veía otro punto de vista. Y los problemas de eyaculación pues… nadie es perfecto.

La verdad es que le pegaba más el punto de vista pesimista que el optimista. Pero claro, es que ella tendía a verlo todo muy negro últimamente.

Después de darle mil vueltas al asunto, salió del baño.

En su mesa, Simon no estaba. Miró en dirección a la de Isabelle y, en efecto, allí estaba él, sonriendo como un idiota con una Isabelle con cara de amargada, ceño fruncido y labios apretados.

Y encima hoy está tan fea… definitivamente hoy no tiene nada bueno en su favor.

–¡Maia, ven! –dijo Simon, llamándole con la mano.

A regañadientes, se acercó. Isabelle bajó la mirada en cuanto ella se sentó a la mesa.

–Isabelle se ha ofrecido a ayudarnos.

–¿Ayudarnos?

–Verás, Isabelle ha trazado el siguiente plan: vamos nosotros dos al local. Tú te esperas fuera, nosotros lo vemos con nuestros propios ojos. Yo luego saldré para hacerte entrar, si es que debes ver algo malo. Y si no, pues Ian nunca se enterará y tú podrás volver junto a él como si nada.

–Lo que sería, a todas vistas, la peor opción de todas. Yo opino –dijo Isabelle con magnificencia–, que podríamos ir allí y patearle el trasero directamente. Pero he tenido una idea mejor –sonrió con malicia.

–Isabelle, ¿le ha pasado algo a tu maquillaje hoy? –preguntó Maia con tono socarrón.

–Sí. Magnus me lo ha robado todo. Y hablando de Magnus… tengo que irme a hacer unas cosas, pero esta noche estaré para vosotros dos.

–Adiós, Izzy –dijo Simon con cariño.

–Adiós. Arréglate un poco, si no, asustarás a todo el mundo.

–¡Maia! –le reprendió Simon.

Isabelle, ignorando los comentarios hirientes de Maia, se marchó del local, recuperando su caminar digno habitual.

Isabelle abrió la puerta del cuarto de Alec con fuerza.

–¡Ya estoy aquí! –dijo con energía.

–¡Izzy! –Alec estaba muy alarmado.

–Ya está todo preparado. Magnus cree que en dos horas iré a su casa porque estoy preocupada por un asunto de papá y mamá, le he dicho que necesito que se ponga a buscar unas cosas de hace mil años suyas para intentar que se reconcilien y bla, bla, bla. Magnus está agobiadísimo pensando en lo que le espera esta noche. Pero en cambio, lo que le espera, serás tú.

Alec se sonrojó levemente.

–¿Dónde está el regalo? No llevas nada ahí, ¿no?

Alec registró rápidamente los bolsillos de su hermana.

–Nada, estoy limpia. Lo único que tengo es… esto.

–¿Tu estela? ¿Ese es el regalo?

–No, es que voy a dibujarte una runa, alarga el brazo.

Alec obedeció. Ella empezó a dibujar.

–¿Qué runa, Isabelle?

–¿Recuerdas aquella que creó Clary?

–¿Cuál? –Preguntó Alec, mirando los trazos de su hermana–. Izzy, ¿no es esa una runa del sueño?

Nada más terminar de decir aquello, Alec cayó redondo sobre la cama.

Isabelle sonrió.

–Así todo será mucho más fácil.

Alec despertó de un sueño muy pesado, y tardó más de lo normal en abrir los ojos.

–¿Izzy?

–Dime, querido hermano.

–¿Qué ha pasado? ¿No hablábamos del regalo de Magnus?

–Sí, claro. El regalo de Magnus ya está listo.

–¿Lo puedo ver?

–¡Claro!

–A ver, enséñamelo…

–Alec, prométeme que no lo destrozarás.

–¿Cómo voy a destrozar el regalo de Magnus?

–¿Lo juras?

–Lo juro.

–Vale, espero que lo tengas en cuenta. Bueno, ¿no te sientes raro?

Alec se lo pensó.

–¿Debería estarlo?

–Mírate.

–¿Que me mire?

Alec no comprendía nada pero, al bajar la cabeza y verse las piernas, lo comprendió.

–He traído mi espejo, para que te veas completo…

Alec se levantó y corrió hasta situarse en frente del espejo.

Isabelle se esperaba una reacción completamente distinta a la que Alec tuvo. Se esperaba gritos, se esperaba que se lo quitase todo en un segundo; pero Alec permaneció mirándose en el espejo más de lo que lo habría hecho en toda su vida.

–Definitivamente, éste no soy yo –concluyó Alec.

He tardado porque los malditos trabajos me tenían atada de pies y manos. Además, no me convencía lo que tenía hecho… el principio del capítulo me ha quedado un poco patata, lo reconozco. No sabía qué poner en vez de todo lo que pasa al final de Ciudad de los ángeles caídos, y al final, se me ha ocurrido eso. Este capítulo me ha quedado mucho más largo que los otros, pero es que me ha parecido el mejor punto desde el que cortar la historia. Y el final… uhm, me ha dado la idea de hacer un fic de un capítulo sobre el regalo de Alec a Magnus… Creo que ambos, tanto el que continúa a éste como el de Alec y Magnus, los tendré en breves.

Ahora mismo las dos protagonistas tienen un comportamiento extraño, unido a que no se llevan muy bien… pero creo que después del siguiente capítulo todo mejorará. Espero que os haya gustado, gracias a todos los que leéis. ¡Los reviews me dan la vida, en serio! :)