Disclaimer: Los personajes pertenecen a Cassandra Clare. Todo lo demás, es fruto de mi mente traviesa.


Alec continuó mirándose al espejo, sin decir nada.

–¿Alec, estás enfadado?

–Eh, no… –dijo y pareció que se había olvidado de la presencia de su hermana–. Es que, me veo tan distinto.

Repasó por ya quinta vez todo su cuerpo, de arriba abajo. Llevaba unos zapatos terminados en punta con la puntera plateada, unos pantalones de cuero negro ceñidísimos –se preguntaba cómo era capaz de moverse dentro de ellos–, y todavía más ceñidos en aquella zona que le hacía sonrojarse. Y en vez de camisa, llevaba un chaleco plateado con estampados azules, que hacían juego con sus ojos. Además, el chaleco no lo llevaba cerrado, es más, dudaba si le cerraría.

Toda su piel parecía haber sido bañada por una especie de aceite, pues parecía resplandecer. Pero donde podía encontrar más cambios con su yo habitual, era a la hora de mirarse al rostro. Su pelo oscuro estaba modelado con gel y las puntas estaban pintadas de azul, además de tener ciertos toques de purpurina. Su rostro estaba maquillado, haciéndole las facciones más sugerentes. Sus ojos, delineados con negro y una fina raya de azul, y sus labios, con un tono más oscuro, completaban el todo.

–¿Entonces no vas a ponerte loco y a quitártelo todo?

Él se giró y miró a su hermana.

–Ya ves que no lo he hecho.

Alec tenía una mirada enigmática. Estaba condenadamente guapo. Qué buena que soy, se dijo Isabelle.

–¿Entonces te gusta?

Alec sonrió.

–Has hecho un buen trabajo. Creo que nada le podría sorprender más a Magnus.

–Desde luego que no.

Alec caminó hacia su puerta.

–¿Adónde vas? –le preguntó su hermana.

–Voy a darle la sorpresa de su vida a mi novio.

–¿No vas a darme un beso de despedida?

–Izzy, se me estropearía el maquillaje.

Después de decirle esto, le guiñó un ojo, abrió la puerta y se marchó.

Isabelle estaba más que sorprendida. ¿Quién era ese que se había marchado? Porque Alec, desde luego, no. Alec no guiñaba el ojo con picardía, ni se marchaba caminando de ese modo, casi contoneándose. Entonces, sonrió. A Magnus le encantaría. Se lo pasarían genial aquella noche.

Lo que le llevaba al segundo cometido que tenía… debía vestirse para ir al Upper East Side, y tenía mucho, pero que mucho trabajo por hacer para volver a tener el aspecto de diosa que solía tener. No había tiempo que perder.


–¿Es que en el entrenamiento de cazador de sombras no te enseñan nada sobre la puntualidad? –preguntó Maia, que llevaba enfurruñada desde el momento en que Simon había pasado a recogerla.

–No es tan tarde, Maia. Además, debes dar gracias a que es Isabelle la que viene, y no Jordan. Porque, conociéndole, sé que la armaría buena. Isabelle es más… discreta.

–¿Discreta? –preguntaron dos veces a la vez.

Una era la voz de Maia, al lado de Simon. Otra era una vocecilla tonta que procedía de detrás de ellos. Ambos se giraron al instante. Vieron a una chica alta, esbelta y rubia, con los ojos violetas. Llevaba un vestido lila con los brazos cubiertos y el escote más grande que habían visto los dos en su vida, llegaba hasta el suelo y la falda estaba abierta de modo que se podía ver toda la larga pierna. Los zapatos, de tacón de aguja, también eran morados.

Simon entrecerró un poco los ojos.

–¡¿Izzy?!

–¿Oh, te refieres a mí? –la chica hizo una risa tonta–. Te equivocas, me llamo Summer.

Se quedaron unos segundos en silencio.

–¿Entonces está bien mi disfraz? –preguntó Isabelle con su voz habitual–. Parece que sí, pues os ha costado reconocerme.

–¿Por qué te has vestido… así? –preguntó Maia, sin comprender.

–Muy fácil, el duendecillo verde me conoce. Si me ve, se pondrá en guardia. En cambio, si ve a Summer –se señaló a sí misma–, las cosas serán mucho más fáciles.

Simon, todavía anonadado, balbuceó.

–Estás tan cambiada…

–¡No me dirás que te parezco más guapa así, Simon! De ser así, después de la misión, te las verás conmigo.

–Técnicamente, no puedes hacerle nada. Es portador de la marca de Caín, ¿recuerdas? –le informó Maia.

–Hay otros modos de tortura, créeme.

Simon se aclaró la garganta.

–No… tú… a ver, estás muy bien, pero también…

–Simon, parece que vas a empeorarlo… mejor dejémoslo. Ahora, mírate a ti. ¿Cómo pretendes ir a una fiesta del Upper East Side con esas pintas?

–¿Qué pasa? –Simon se cogió de la camisa–. Ésta es mi ropa más elegante.

–Por suerte, contaba con eso. Toma, póntelo.

Isabelle sacó una funda de ropa que parecía contener un traje. Aparentemente, la había sacado de la nada.

–¿Y dónde quieres que me lo ponga? Estamos en mitad de la calle.

–¿Le tienes que poner pegas a todo, Simon? Venga, vamos a aquel café. Te cambiarás en el baño.

Isabelle emprendió la marcha y Simon, instantáneamente le siguió. Maia se quedó parada, resopló, y les siguió.

–La jefa manda, por lo que parece.

El café no estaba muy lleno, pero toda la clientela se giró al ver entrar a Isabelle-Summer. En un barrio como aquél, no era normal ver a chicas tan bien vestidas.

–Ey, ¿te has perdido, bonita? –le preguntó uno de los camareros del local.

–No, no estoy perdida. Pero serás tú el que estés perdido como se te ocurra volver a hablarme o mirarme así –dijo en su mejor tono violento y cortante.

Y el tipo, claro, bajó la mirada y se fue corriendo a atender a otra mesa.

Isabelle llegó a la puerta de los servicios, la abrió con fuerza y entró. Había un chico mirándose al espejo. Él la miró estupefacto.

Isabelle se sacó un espejo de mano del bolso. Se lo lanzó y él lo cogió con nerviosismo. Su mirada, en aquellos momentos, era letal.

–Mírate en ese espejo, pero ahora largo. Necesitamos este sitio libre.

El chico salió del baño tropezándose con Simon y Maia.

–Sabes, quizás si fueras un poco más amable, tendrías más amigos –dijo Maia.

–Estamos en una misión, no estamos para hacer amigos. Cerrad la puerta.

Simon la cerró.

–Creo que te tomas esto demasiado en serio, Isabelle.

–Maia –le cortó la cazadora de sombras–, este asunto es para tomárselo en serio. Quizá el duendecillo te esté haciendo tomar drogas, ¿no te das cuenta que estás en peligro?

–Lo siento, se me había olvidado cuán grande era tu sentido del deber –le respondió Maia con sarcasmo.

–Chicas… –Simon intentó poner orden.

–No estamos para discusiones.

Isabelle colgó la percha de la tintorería y la abrió por la cremallera. Contenía una chaqueta morada y unos pantalones negros.

–Desnúdate, Simon.

–¿Cómo? –el vampiro abrió los ojos como platos.

–¿Es que también tengo que hacer eso yo?

–No, claro que no.

–Yo os espero tras la puerta, no tengo por qué verlo…

Cuando terminó de decir esto, Maia salió y la puerta volvió a quedar cerrada.

–Como si fuese a ver alguna aberración –musitó Isabelle, pero claro, Simon lo escuchó.

De momento, Simon se había quitado la chaqueta y la camisa.

–¿Eres tan lento de normal? –preguntó exasperada Isabelle.

–Isabelle, es que… tenerte ahí plantada mirándome de ese modo, me impone.

–¿Entonces me giro? Es tan ridículo, somos personas adultas…

–En realidad, no hemos cumplido todavía los dieciocho años.

–Simon –Isabelle le miró desde sus lentillas moradas–, después de todo lo que hemos pasado tú y yo, ¿crees que somos todavía unos críos? Porque si nos ponemos estrictos con el tema de la edad, siento mucho decírtelo pero, tú nunca serás un adulto. ¿No te parece absurdo?

–Tienes razón.

–Siempre la tengo –dijo Isabelle con una sonrisa–. ¿Entonces hace falta que me gire?

–No, da igual. Está bien, allá voy.

Simon se bajó rápidamente los vaqueros oscuros y se los quitó.

–¿Tres, dos, uno, cuándo piensas reírte?

Simon alzó la mirada para encontrarse con los ojos de Isabelle, pero ella tenía la mirada perdida, fingiendo indiferencia.

–¿Reírme de qué?

Se giró y sacó los pantalones de la funda, se los dio a Simon.

–¿Me vendrán?

–Más les vale a los de la tienda. Les he dado tu talla justa.

–¿Cómo la puedes saber? ¡Si no la sé ni yo!

Isabelle le sonrió.

–Anda, póntelos.

Simon se los puso y, sólo con tocarlos, notó la buena calidad del tejido. Se los abrochó y, en efecto, le quedaban de maravilla.

Isabelle, con la camisa en las manos, se puso por detrás de él para ayudar a ponérsela. Una vez metidos los brazos por las mangas, se acercó por delante a él para abrocharle los botones.

Si su corazón todavía latiese, a Simon le estaría latiendo a mil, por tener a la bella Isabelle abrochándole la camisa. Cuando ella terminó, le miró a los ojos y sonrió.

–Voy a por la corbata.

Simon, incapaz de hablar, asintió.

Después, Isabelle le ató la corbata y le ayudó a ponerse la chaqueta. Le peinó y le alisó la ropa. Finalmente, le hizo mirarse al espejo.

–¿Cómo te ves?

Simon se miró en el espejo, pero al instante en vez de mirarse a sí mismo la miraba a ella.

–Creo que estoy bien.

–Estás más que bien, Buddy –Le sonrió Isabelle.

–¿Buddy? ¿Has buscado los nombres más tontos del mundo?

–Sí. Hoy vamos allí en una misión, pero actuaremos. Seremos la pareja más tonta del mundo, ¿vale?

–Vale.

Isabelle caminó hasta la puerta, pero luego se giró.

–Simon.

–¿Sí?

–¿Las tortugas de tus calzoncillos… están dibujadas allí por alguna razón?

Simon bajó la cabeza. Sabía que Isabelle acabaría diciéndolo.

–Son las Tortugas Ninja.

–¿Cómo pueden ser ninjas unas tortugas? –preguntó Isabelle sin comprender.

–Es un cómic, Isabelle. Es pura fantasía.

Ella asintió y sonrió.

–Venga, dime lo patético que estaba. Pero diré a mi favor que Jordan se encargaba de hacer la colada y no cumplió con su deber, y eran los últimos calzoncillos que me quedaban limpios.

–Eres tan tierno, Buddy –Isabelle hizo una pequeña risita, abrazó a Simon y lo besó.

–¿Cuánto tiempo más pensáis tardar? –Maia abrió la puerta y alzó las cejas al verles–. Porque hay gente que quiere entrar en el baño, sabéis.

Isabelle apartó lentamente sus labios de los de Simon.

–Ya hemos terminado. ¿A que sí, Buddy?

–Claro, corazoncito.

Isabelle soltó una carcajada.

–Vamos, en marcha.

–¿Vamos a dejar mi ropa aquí?

–Simon, te compraré ropa nueva. No nos da tiempo de ir a guardarla.

–Está bien.

–¿Se supone, entonces, que volvéis a salir? –preguntó Maia mientras esperaban un taxi.

Simon no respondió, y Maia miró a Isabelle.

–Estamos aquí por ti, Maia –fue la respuesta que la cazadora le dio.

Un taxi paró y se subieron los tres.

Diez minutos después, llegaron donde Jordan había dicho que era el garito de Ian. El lugar estaba protegido por un fuerte glamour.

–Está bien, Maia, tú espéranos aquí –dijo Isabelle–. Simon vendrá a buscarte en el caso de que debas ver algo, ¿de acuerdo?

Maia asintió.

–Genial. ¡Cuídate!

Isabelle y Simon comenzaron a caminar hacia la entrada del local. Ella le cogió del brazo.

–¿Qué haces?

–¿Es que te doy asco?

–No, sólo es que… me has tomado por sorpresa.

–Tendrás que fingir mejor que somos novios, Buddy.

El cartel de la puerta ponía:

Si venís buscando el paraíso, éste es el lugar indicado.

Pero si venís buscando el infierno, también lo encontraréis aquí.

–¿Qué venimos buscando tú y yo, Izzy?

Isabelle tocó al timbre.

–Buscamos la verdad sobre el tío que está saliendo con Maia.

–¿Tú qué crees que será?

–Creo que Jordan tendrá razón.

–¿Por qué?

–Jace me ha enseñado que, la mejor forma de no tener sorpresas en esta vida, es verlo todo del modo más negro posible. Por experiencia personal, sé que lo negro siempre puede ser más negro aún.

–Izzy…

–¿Sí?

–Ya sabes que si necesitas ayuda…

Isabelle tocó al timbre de la puerta de nuevo.

Esta vez, alguien abrió la puerta al instante. Era una chica con piel amarilla resplandeciente, ojos negros y, como pudieron comprobar en cuanto se giró, una enorme cola también amarilla. Iba prácticamente desnuda.

–¿Quiénes sois? –preguntó sonriendo.

–Somos Summer y Buddy. Unos amigos nos han contado que éste es el sitio más cool del Upper, ¿podemos entrar?

–¡Claro! La primera consumición es gratuita.

Entraron detrás de la chica. El local estaba todo cubierto de alfombras y sobre ellas, había mucha gente sentada en círculos, sentados en torno a cachimbas. A Simon le sorprendió ver que aquéllos que compartían cachimba tenían la piel y el pelo del mismo color.

–Es como si fuera el parchís… –le susurró a Isabelle.

–Perdona, chica –Isabelle le tocó en el hombro a la chica amarilla–, ¿podríamos ver al jefe? Es que, unos amigos nos dijeron que podría hacernos un buen precio.

–Ah, claro. Aunque ahora mismo el jefe está reunido. Os indicaré dónde esperarlo.

Cruzaron una sala también llena de alfombras y con literas en las paredes. En ellas, había seres de todas las clases que parecían dormir. También había una escalera y subieron por ella.

Esta vez, en la sala la gente que había no consumía nada. Había siete "personas", cuatro estaban sentadas en un sofá y conversaban en voz bajísima. Una estaba sentada en una esquina aovillada, y otros dos permanecían de pie apoyados contra la pared.

–Esperadle aquí. Se va entrando por orden, en seguida os atenderá. Y recordad, estáis aquí para pasarlo bien.

–Claro –le respondió una Isabelle entusiasmada.

Simon le apretó más la mano.

–No aguanto este sitio.

–Tranquilo, Buddy. Pronto saldremos con la mercancía y podremos disfrutar tú y yo solitos en casa.

Se sentaron en un sofá, Isabelle recostada contra el hombro de Simon.

–No te había visto en días –le susurró Simon–. ¿Me evitabas?

–No te evitaba especialmente. He estado sin salir del Instituto.

–¿Cómo es eso?

–No tenía nada interesante que hacer fuera. Me apetecía descansar.

Durante un rato, ninguno dijo nada.

De la puerta salió una pareja de seres muy pequeños y con tez grisácea con un cofrecito en la mano. El grupo de los cuatro que estaban en el sofá, se levantaron y corrieron para entrar.

–¿Tienes pareja para ir a la boda?

–¿Qué boda?

–La de Jocelyn y Luke.

–Ah –dijo Isabelle con tono despreocupado–. No de momento.

–¿Querrías…?

–Simon, no me lo preguntes, pues no sé que respuesta darte.

–Menuda cara tienes.

Isabelle se giró y le miró sorprendida.

–¿Por qué dices eso?

–Yo soy Buddy. Que sea la última vez que me confundes con tu ex, Summer.

Los dos rieron.

Al poco, salió el grupo de cuatro y entró la pareja.

–Uno menos –dijo Simon–. Maia debe estar desesperada.

–Todo esto es mi culpa.

Simon la miró sin comprender.

–¿Por qué dices eso?

–¿Te acuerdas de aquel día que os vimos a Jace, a Jordan, y a ti en Taki's? Él era nuestro camarero. Le dije a Maia que había estado una vez con él y que era un tío fácil.

–¿Estuviste con él?

–Lo conocí en una fiesta, hace unos meses. Yo estaba muy, muy borracha.

–¿Así que esto es por venganza personal?

–Ya te he dicho que estoy aquí por Maia.

–Para conocerla tan poco, parece que te importa mucho.

Isabelle, mirando hacia el suelo, dijo.

–Así es, Simon, me importa mucho.

La puerta volvió a abrirse.

–Está bien, ve a buscar a Maia, yo hablaré con él.

–Pero Izzy, es peligroso. Además, no sabemos en realidad si el que está ahí es él o no.

Cuando la pareja que acababa de salir estaba a su altura, Isabelle les dijo.

–¿Os importaría decirme una cosa? Es que, soy nueva en la ciudad –se rió tontamente.

–Claro, dinos, bonita –dijo un chico alto y delgado. Era un vampiro.

–¿El que atiende es un tipo con pinta de duende, con el pelo y la piel verdes?

–Exacto.

–¿Sabéis si sale con alguien?

–Rubita –dijo la vampiresa que le acompañaba–, si lo que quieres es pagarte la droga de ese modo, que sepas que está saliendo con Myra, y a Myra no le gusta que nadie se acerque a sus hombres.

–Vale, tranquila, yo sólo quería información. Gracias por dármela –le guiñó el ojo al vampiro que le había hablado primero.

Y dicho esto, se marcharon.

–Es él, no hay duda. Venga, ve por Maia.

–Hasta luego, Summer.

Ave atque vale.

Cinco minutos después, el tipo que había estado sentado en el rincón, salió con una sonrisa a toda prisa del sitio. Isabelle entró y dejó la puerta mínimamente entreabierta.

El despacho podría haber pertenecido a un empresario de Wall Street, pues estaba decorado como tal. El chico se encontraba sentado en un sillón orejero y le estaba sonriendo.

–Parece que tenemos aquí a una neófita, ¿me equivoco?

–No –le respondió intentando ponerle un toque de miedo a sus palabras.

–Tranquila, preciosa. No tienes nada que temer. Esto es bueno. Venga, acércate. ¿Qué es lo que quieres?

–Tengo a mi novio, Buddy. Está enganchado a los polvos plateados. Lleva días sin tomar, y está fatal, no sé qué hacer. Yo…

Isabelle permaneció callada por unos segundos.

–Cuéntamelo, preciosa.

–Me preguntaba… –Isabelle se acercó deliberadamente al duende, hasta encontrarse ante su sillón– ¿Te importa que me siente?

–Adelante –dijo él con una sonrisa en los labios.

Isabelle se sentó apoyando el trasero sobre el reposabrazos y poniendo las piernas sobre las de Ian.

–¿Cómo decías que te llamabas? –le preguntó él.

–Yo… soy Summer.

–Summer, qué bonito. ¿Y qué es lo que te preguntabas, Summer?

–Quería saber si… si podría pagarte las consumiciones de mi chico con algo que no es dinero.

Él la miró por un rato.

–Tendría que pensármelo.

–Pero mi novio lo necesita ya…

El duende le puso un dedo sobre los labios pintados de morado.

–Sin prisas, Summer. Hazme una demostración de lo que sabes hacer.

Inclinó su cabeza hacia él y comenzó a besarle, y mientras lo hacía cambió de posición, sentándose a horcajadas sobre él.

¿Cuándo piensan venir Maia y Simon? Se preguntaba Isabelle mientras se dejaba sobar por el ser verdoso. Y entonces es cuando escuchó la dulce voz de Maia, preguntando:

–¿Ian?

Al momento, Isabelle se giró y fingió sorpresa formando con sus labios una O.

–¡Buddy! –Isabelle se levantó y a toda prisa fue junto a Simon, lo abrazó y le dijo: – puedo explicártelo cariño, vayamos fuera.

Salieron.

–¿Y tú puedes explicármelo? –le preguntó Maia, colérica.

Simon e Isabelle se recostaron contra la pared a esperarla.

–Supongo que decirte que esa rubia se me echó encima no es una explicación plausible para una chica tan lista como tú, ¿no?

–No vayas en ese plan, no funcionarás halagándome. Está claro que nuestra relación no iba en serio, que podías morrearte a la vez con todas las rubias que quisieras. Pero me mentiste. ¡Eres un traficante!

–No, Maia. No lo soy. Eso es un término mundano. Mi local es un local de ocio, como las boleras de los mundies. La gente viene a tomar algo y a divertirse, y ya está.

–¿Me estabas dando drogas, Ian?

–Yo… –Ian se acercó lentamente a Maia, sopesando los movimientos–. No son drogas en términos mundanos, compréndelo. Nuestros cuerpos son más resistentes, no nos volvemos como los drogadictos.

–¿En serio? Porque he visto a algún colgado que otro abajo, en el salón.

La mirada de Maia era helada. Ian parecía… apenado.

–Yo no quería volverte como ellos, Maia. Yo sólo quería… que te lo pasaras lo mejor posible.

–Ya, claro, sin decirme nada. ¡Debería haberlo sabido, para poder juzgar!

Ian apretó los labios. Realmente no sabía qué decir.

–¿Por qué trabajabas en Taki's, si tienes aquí montado este "local"?

–Yo…

–Para camelarte a los clientes y traértelos aquí. Para convertirlos en dependientes, ¿no?

–Maia…

–No digas nada más. Lo único que te pido, es que no me llames mal y que si tenemos la desgracia de volvernos a ver, finjamos que no nos hemos conocido.

Maia se giró.

–Dame veinte segundos. No es para que me perdones, pues sé que la decisión ya la tienes tomada, y eres una chica de ideas fijas. Sólo quiero que sepas que, a pesar de lo malo que parezco ahora, mis actos estaban en parte justificados. Al principio te vi como una clienta a la que atraer, cierto. Pero en cuanto estuviste dentro de mi casa, me di cuenta de que me valías mucho más que cualquiera de por aquí, Maia. Me di cuenta que la había cagado, y que me habría gustado conocerte de otro modo y siendo otra persona para poder merecerte.

Maia dijo, justo antes de marcharse, sin girarse:

–Podrías replantearte cambiar de profesión y hacerte guionista de películas románticas.

Maia salió a toda prisa del local, y una vez fuera, corrió hasta llegar al Central Park a toda velocidad. Isabelle y Simon la siguieron por detrás. Finalmente, entró en el parque y se echó sobre la hierba. Los otros llegaron diez segundos después. Se sentaron a su lado, estando Simon entre las dos chicas.

–¿Cuándo va a empezar tu charla aleccionadora de nefilim, Isabelle? –preguntó Maia, que llevaba ya un buen rato esperando a que Isabelle soltara una de las suyas.

–No va a empezar. No he venido en calidad de cazadora, he venido en calidad de amiga.

–¿Y en qué se diferencia eso, siendo tú Isabelle, una nefilim con gran sentido del deber, y siendo yo Maia, una subterránea con tendencia a cagarla en las relaciones?

–Corta el rollo ya, Maia –Isabelle le dijo con rudeza–. Mira, si lo hubiese hecho como cazadora de sombras, para empezar, no me habría puesto una peluca rubia –y dicho esto, se la quitó–, no te imaginas lo que pica y lo que va en contra de los principios de una morena natural. Y en segundo lugar, todo el mundo la caga en las relaciones. Mira a Simon, por ejemplo.

–Me alegra servir al menos de ejemplo –dijo Simon con tono alegre.

–No te quejes, que hoy te has ganado un traje de los caros que te sienta genial. Bueno, ¿qué os parece si finalizamos este día yendo a tomar algo? Os invito yo, que hoy he amanecido espléndida.

–¿Es que algún día no lo haces? –le preguntó Maia con sarcasmo, pero luego le ofreció una sonrisa.

Bueno, pues parece que también podré acostarme espléndida, pensó Isabelle mientras emprendía la marcha.


Espero que os haya gustado.