La leyenda de Zelda
El libro del destino

La otra época

Zelda estaba alegre. El chico del bosque sí existía. Impa le había recordado su nombre: se llamaba Link. Impa no estaba al tanto de las cosas que planearon Link y Zelda unos años atrás, por lo que lo que más deseaba Zelda en ese momento era volver a encontrarse con él, para descubrir qué era lo que había pasado. Sin embargo desde que el chico se fue, nadie más había sabido de él; algunos decían que 'aquel niño que corría en el mercado, entrando y saliendo del Templo del Tiempo' se había ido al bosque, sin regresar de él.

-Entonces, todo esto quiere decir que aquel hombre de armadura negra también existió – dedujo Zelda -. ¿Realmente tenía malas intenciones?

-Sí, princesa. Estabas en lo correcto. Pero Link logró derrotarlo y los sabios lo encerramos en el Reino Sagrado.

Algo no le calzaba a Zelda.

-Impa, dijiste que Link fue quien volvió de ese futuro, ¿no?

-Así es.

-Entonces es lógico que yo no recuerde nada, pero, ¿por qué tu sí recuerdas?

Impa sonrió.

-Es astuta, princesa. Verá, es algo simple. Nosotros, los Sabios, en cierto modo también volvimos desde el futuro. Nosotros fuimos invocados por el Reino Sagrado a asumir nuestro nuevo rol como los Sabios; éste llamado existió desde el momento en que Link entró al Reino Sagrado. Lo siguiente es una interpretación propia: de la manera en que lo veo yo, nuestros espíritus, más que nuestros cuerpos, fueron quienes emprendieron ese viaje en el que asumiríamos nuestro rol, acompañando al Héroe del Tiempo. Así, cuando nuestro rol fue completado, el mismo viaje de retorno que realizó Link hacia el pasado lo realizamos nosotros, junto con él; pero una vez más, se trata de nuestro espíritu. Es por eso que recordamos todo.

-¿Estás segura que todos recuerdan todo lo ocurrido?

-Creo que es lo más lógico. Si uno de nosotros - yo - tiene todos los recuerdos de los sucesos que ya no son, no veo por qué los demás no. Además, creo que como Sabios debemos estar preparados por si algo nuevo ocurre, o, si nada ocurre, darles conocimiento a nuestros descendientes.

-Como Sabios… – meditó Zelda – Pero, Impa, ¿no era yo una Sabia también?

Impa miró a Zelda, perpleja. Tenía razón: Zelda era la séptima Sabia. Su teoría carecía de todo fundamento si ella no era capaz de recordar lo más mínimo de lo ocurrido.

Zelda, ante la falta de respuesta de Impa, entendió que no era tan simple como creía.

-¿Crees que seas la única Sabia que aún recuerda lo ocurrido en ese futuro?

-Ahora que planteó su caso, princesa, no lo sé. Podría ser lo que usted dice. O podría ser que usted, por alguna razón, perdió los recuerdos de aquellos días. Cualquiera de ambas posibilidades podría ser la correcta.

Ambas quedaron reflexionando acerca de esto, y al no poder sacar conclusiones al respecto, decidieron pensar en otra cosa. Zelda, entusiasmada por lo que le había dicho Impa, había olvidado el estado de su padre. Lágrimas en sus ojos, Zelda se acercó al Rey y le besó la frente, imaginando el dolor al que debía estar sometido.

-Padre, veré qué puedo hacer por ti. Si puedo quitarte de ese estado, aunque deba hacer lo imposible, lo haré. Y si no… creo que solo quedará esperar a que puedas escapar de este mal que así te tiene.

Zelda e Impa se miraron y salieron juntas de la habitación del Rey; Impa ordenó que escoltaran el cuarto y que tuviesen cuidado con la ventana del cuarto: no se lo había dicho a Zelda, pero temía que más que una maldición, hubiera sido un intento fallido de asesinarlo.


Hyer observaba hacia el patio del cuartel, disfrutando el ambiente mañanero que se sentía en aquel jardín. Desde siempre era un amante de ver los amaneceres reflejados en un jardín, pero el único que replicaba esa sensación en cualquier época del año era el jardín del cuartel. Mientras él en la ventana bebía una taza de leche caliente, Gloich revisaba unos papeles que había repartido sobre una mesa, analizándolos detenidamente. Se trataba de pequeños reportes acerca de la presentación de reclutas que tendría al día siguiente, que indicaban datos como la condición física de los reclutas que se habían postulado, la edad general de ellos, el arma preferencial del grupo, entre otras cosas. Para su gusto, los reclutas estaban más a gusto usando espadas, aunque por experiencia él sabía que el gusto no mandaba finalmente en el arma que usarían como soldados, puesto que muchos descubrían un arma que les atraía más que la original durante su entrenamiento. De pronto, fue sacado de su concentración por Hyer:

-Gloich, ¿qué crees que haya sido lo que provocó que el Rey terminara postrado en el castillo? Es decir, ¿no te parece extraño? – le preguntaba, intrigado – Es el único en todo el sector del castillo, incluyendo el mercado, que tiene esa inusual 'enfermedad'.

-¿Qué es lo que insinúas? – le respondió Gloich, sin quitar la vista de sus papeles.

-Estaba pensando en que quizás esto fue obra de Reiht, ¿no crees?

Gloich lo miró a los ojos, con el ceño fruncido y muy pensativo. Luego de pensarlo un rato, le respondió:

-Sería inútil, en mi opinión. ¿De qué le habrá servido enfermar al Rey? Aparte de evitar que tome decisiones, el Rey sigue vivo y no podrá contar con su puesto.

-Pero, piénsalo, Gloich. Quizás ése es precisamente su plan: pasar desapercibido. Primero, se deshace del Rey sin asesinarlo, para no levantar sospechas. Luego, ¿quién queda a cargo? La joven princesa, inocente, influenciable. Pero ahora es otra persona quien lo estorba: Impa. Quitando a Impa del camino estaría libre para convencer a la princesa de que haga lo que él quiere, e incluso, si la princesa se niega a cooperar con él, basta con deshacerse de ella.

-Ya hablamos eso mismo ayer – le respondió Gloich -. Si tienes algo que agregar, dilo ahora. Parece que viene gente, y por lo mismo habla rápido y bajo.

-¡El punto es que hay que detenerlo ya, Gloich, antes de que continúe con su plan! – le dijo en voz baja y desesperadamente – Reiht es-

-¿Oí mi nombre? – preguntó una voz que venía desde un pasillo.

Alto, de cabello largo y desordenado, muy tonificado, de paso confidente y aspecto altanero, Reiht entró al cuarto en el que estaban Gloich y Hyer. Su expresión solía infundir respeto en los soldados, pero esto no resultaba con ellos dos: al contrario, ambos solían mirarlo y tratarlo como si se encontrasen a la par, manteniendo un mínimo de respeto únicamente para no meterse en problemas, puesto que la personalidad de Reiht era, a veces, explosiva. Él miro a ambos seriamente, con una leve sonrisa de superioridad.

-¿Acaso fuiste tú, Hyer, quien mencionó mi nombre? – preguntó Reiht – Soy 'General del Ejército' Reiht para ti, no Reiht a secas. ¿Se entiende?

-Sí, se entiende – le respondió Hyer fríamente.

-Oh, pequeño Hyer – dijo Reiht, riendo –, pensaba que solo los novatos cometían el error de no responder con un 'señor' a sus superiores. Sé que lo que más deseas es tener mi cargo, pero créeme, planeo tenerlo por un buen tiempo más. Es una lástima que me hagas decir una frase tan repetida, pero está bien. Ahora, dilo: 'Sí, señor'.

Hyer, sin demostrar la rabia que le provocaba estar en aquella situación, respondió a regañadientes: "Sí, señor".

Reiht se largó a reír ante aquella respuesta, sin quitar los ojos de la cara de Hyer, y con las manos en su espalda salió de la habitación, sin dejar de reír. Hyer se mantuvo estático hasta que las risas se dejaron de oír en la habitación. Miró a Gloich y éste, que no se había movido de su asiento, le devolvió la mirada. Apenas notó que Hyer iba a abrir la boca, le espetó:

-Ni una palabra más, Hyer. Los oídos en este lugar están atentos a los ruidos. No vayas a hacer uno.

Hyer oprimió su malestar y se mantuvo callado. Entendió que si Reiht sospechaba, las cosas podrían ir aún peor de lo que creían.

-¿Dónde podemos hablar de esto? – le preguntó Hyer.

-Claramente, no aquí. Preferiría que lo conversáramos en Kakariko, sé que allí por lo menos están de nuestra parte. Podría decir que el castillo le pertenece a Reiht, en ese sentido.

Hyer continuó bebiendo su leche, disgustado. Ya no se sentía tan buena.

-¿Has sacado algo útil de los reclutas? – preguntó Hyer, refiriéndose a los papeles que estaba investigando Gloich.

-Sólo unos cuantos detalles, como por ejemplo la total - y lógica - ausencia de reclutas provenientes de las aldeas circundantes a Hyrule… ¡Pero, claro! ¡Hyer, ahora es el momento! Ven aquí, acércate.

Hyer se acercó y empezó a mirar los papeles, esperando encontrarse con algo interesante, sin embargo lo que Gloich quería era hablarle en voz baja.

-Hyer, ahora es la oportunidad de ver cómo se encuentran las aldeas – le susurró.

Él lo quedó mirando, extrañado; sencillamente no entendía de qué estaba hablando.

-¿De qué…?

-¿Cuál era nuestra gran duda, Hyer? – le preguntó, con su rostro iluminado – ¿Quién es realmente quien ordenaba atacar las aldeas? ¿Se trataba del Rey, o…? – no terminó la pregunta, en el extraño caso de que alguien oyera sus susurros.

-Entiendo, y tienes un buen punto – respondió Hyer, también susurrando – pero las tropas podrían moverse solas.

-No, Hyer. Proyéctate a nuestro pasado. Nosotros, aún en las tropas de élite no nos manejábamos solos; necesitábamos las órdenes directas del Rey o del General del Ejército. En este momento el Rey no puede enviar ninguna orden, por razones obvias, por lo que si las tropas aún siguen atacando las aldeas, tendríamos frente a nosotros la evidencia de que es 'él' – susurró, refiriéndose con 'él' a Reiht – quien las está dirigiendo. Si tenemos suerte, no se habrá dado cuenta y seguirá atacando.

-Brillante – respondió Hyer -. Más, ¿cómo podremos preocuparnos de las aldeas? No sabremos cuál ni cuándo atacarán, y no sabemos en cuánto tiempo se recuperará el Rey de su estado.

-De eso tendremos que enterarnos personalmente. Nuestras opciones son 'espiarlo' y conseguir la información, o ir analizando las aldeas, ya que es probable que 'él' esté usando un patrón de ataque, con lo que visitan las aldeas en cierto orden. El punto negativo aquí es que estamos hablando de nueve aldeas, y sólo dos están cerca entre sí.

Pasó un par de soldados por fuera del cuarto en el que se encontraban, mirando de reojo a Gloich y Hyer.

-¿Qué haremos, entonces? – le preguntó Hyer, silenciosamente.

Gloich se encogió de hombros y respondió:

-Estar atentos, supongo. No veo otra alternativa.

Se levantó y acto seguido Hyer hizo lo mismo, finalizando su taza de leche. Gloich empezó a reunir todos los papeles que había colocado a lo largo de la mesa, los enrolló todos juntos y amarró el rollo con una cinta roja, para luego dárselo a Hyer.

-Entretente un rato – le dijo Gloich, y de pronto se le iluminó la cara -. Nos podría ser útil unos cuantos reclutas de nuestro lado.

-Caballeros – interrumpió una voz femenina.

Ambos se pusieron rígidos y, con el orgullo en sus pechos, se presentaron a ella.

-¡Señora! – le dijeron.

-Ya, déjense de tanta formalidad. Como sabrán las cosas están tensas, y necesito relajarme un poco, lo que lamentablemente no puedo hacer.

Impa se notaba tensa, pero estar con ellos la hacía entrar en un ambiente más relajado, aún dentro de la formalidad. Esto se debía a que ambos habían logrado tener una relación muy cercana con ella, con lo que lograron tener conversaciones muy amenas con ella al estar a solas.

-Bueno, a lo que venía; debo ser breve. Debo mantener unas cuantas conversaciones con ciertas personas en Kakariko, lo que obviamente me mantendrá lejos del Castillo por lo menos por gran parte de hoy. Sé que ustedes dos tienen habilidades sobresalientes en sus respectivas armas, por lo que vengo aquí a pedirles algo… Lo cual de mi parte significaría una orden, como entenderán.

Gloich y Hyer esbozaron una sonrisa, permaneciendo en silencio.

-Quizás imaginan que lo más lógico es que necesitaría personas que cuiden al Rey, debido a su estado, y es exactamente lo que necesito, pero no a ustedes; eso ya está listo. En cambio, lo que realmente quiero de ustedes es que cuiden a Princesa Zelda. Ella se mantendrá, por el día de hoy, en su habitación, y el rol de ustedes en esto es prohibir que entre cualquier persona a la habitación; como se trata de mí quien da la orden, no puede entrar nadie que se encuentre por debajo de mi mandato, y la única persona que cumple ese requisito en todo Hyrule es el Rey. Por lo mismo, ustedes tampoco podrán entrar. Ahora bien, órdenes específicas: si la princesa necesita alguna cosa, uno de ustedes buscará a una sirvienta que cumpla con sus necesidades; si la sirvienta necesitase entrar a la habitación, mientras lo haga ustedes no le quitarán el ojo de encima mientras se encuentre dentro de la misma. A la hora de comer, ustedes la acompañarán hasta el comedor, se mantendrán con ella mientras esté comiendo, y finalmente la llevarán de vuelta a su habitación cuando termine. Repito una vez más: absolutamente nadie entrará. La princesa no tiene cosa alguna preparada para el día de hoy. Y bueno, la cortesía… eviten hablar con ella, pero si les habla, ustedes podrán conversarle. Eso es todo. Y, ante cualquier evento, quiero ser informada inmediatamente. ¿Entendido?

Impa había sido clara, y al buscar la respuesta a su pregunta en los Tenientes, no encontró ni una pizca de duda:

-Sí, señora.

Impa se acercó a Hyer y le pegó una palmada en la nuca.

-Les pido menos cortesía y así me responden… Par de graciosos… - refunfuñaba Impa, y golpeó de igual manera a Gloich al verlo intentando aguantar su risa. Luego, mientras se retiraba de la habitación, recordó decir algo – Hyer, por cierto… Lo lamento por ti, pero mientras mantengan la guardia solo podrán pedir aperitivos. Quiero que estén totalmente atentos, por lo que retirarse a comer no me parece una opción. Y lo mismo va para el uso del baño – indicó mientras se retiraba, riendo por lo bajo.

Gloich y Hyer se lanzaron unos cuantos comentarios entre ellos, y se dirigieron al castillo.


La larga caminata a través del campo estaba por terminar: ya lograba ver el puente del castillo frente a él. A medida que avanzaba lograba distinguir la entrada al Rancho Lon Lon, recordando aquellos momentos en que viajaba a lo largo y ancho de todo Hyrule sobre su querida Epona, sin embargo ella ahora era aún pequeña como para montarla, y, de todos modos, no tendría manera de recuperarla, ya que fue Ingo quien se la ofreció si le ganaba en una carrera. Su única opción era un favor por parte de Talon o Malon.

El camino le hacía recordar lo que alguna vez había sido un Hyrule devastado por la propia obra de Ganondorf. Eran recuerdos tristes y lejanos, que sin embargo le hacían dudar de si lo que estaba viviendo en el momento era real, o si era alguna ilusión creada por alguien… Las posibilidades para él eran muchas; imaginaba que quizá Zelda había decidido enviarlo a una realidad inexistente; o quizás había fallado en la batalla final contra Ganon, y todo lo demás había sido una creación de alguna especie de purgatorio; o quizás todo fue, de alguna manera, una creación de la Espada Maestra, en la que apenas la tocó le hizo creer todo lo que el sintió que vivió, para luego ser depositada inmediatamente en su pedestal, y ser cerrada nuevamente tras la Puerta del Tiempo; o tal vez todo aquello fue un producto de su imaginación, y nunca se reunió con la Princesa Zelda. Incluso, le parecía posible que quizás su salida del Bosque Kokiri también había sido un producto de su imaginación. Por ello era que estaba así. Era por eso que caminaba con rumbo al Castillo de Hyrule a medida que el sol empezaba a caer. Link no se había atrevido a hacerle a Saria la pregunta que a veces lo desconcertaba, acerca de qué había ocurrido realmente, pero la persona que más recordaba al pensar en aquel futuro que no ocurrió era Zelda, por lo que, según creía, ella era la más indicada para darle las respuestas que él necesitaba.

Entró al mercado durante la tarde, faltando unas cuatro horas para el anochecer. Sin vacilar, se dirigió directamente hacia el Castillo. Caminando con seguridad, se detuvo ante el portón que cortaba el paso hacia el mismo, y fue detenido por los guardias.

-Joven, ¿qué es lo que busca aquí? – le preguntó uno de los dos guardias que custodiaban el portón.

-Estoy buscando a la Princesa Zelda; necesito hablar con ella – respondió.

El guardia quedó mirando a Link, incrédulo, y se largó a reír al mismo tiempo que su compañero. Link claramente había olvidado que no tenía ninguna relación con la princesa, por lo que no podría acercarse a ella como estaba planeando en el momento. Se alejó de ambos guardias mientras seguían riéndose de él, y se acercó a la enredadera que le permitiría subir hacia la parte superior del portón, sin embargo lo pensó nuevamente y recordó el pequeño orificio por el que había entrado para ir a ver a Zelda en el jardín del Castillo, y dudó que pudiera entrar por ahí con su tamaño actual. Por el momento no había ninguna manera de entrar, o eso creía, por lo que pensó que tendría que buscar otra manera.

Lo primero en venir a su mente fue la posibilidad de contactar a alguien cercano a Zelda, y la única persona en venir a su mente fue Impa, pero no tenía ninguna pista para lograr encontrarla. Se dirigió al mercado para preguntar a alguien dónde podría buscarla, y al hacerle la pregunta a un soldado que pasó cerca de él éste no se detuvo para responderle, pero le mencionó algo de un cuartel. Recordaba que en algún lugar del mercado se encontraba el cuartel del Ejército de Hyrule, y como probablemente estaría cerca del castillo, creyó que se encontraría en la zona norte del mercado. Mientras buscaba, pensaba en que probablemente el soldado que casi lo ignoró se encontraba en lo cierto, pues si bien no era seguro que encontrara a Impa en aquel cuartel, probablemente habría alguien que sabría dónde se encontraba.

Caminaba por los callejones cuando, de pronto, vio un camino que lo llevaba hacia un amplio y hermoso jardín, el cual deleitaba su vista con mucho césped, y una gran cantidad de flores. Se posicionó en la mitad del camino que lo llevaba al que suponía se trataba del cuartel, para poder contemplar el lugar con detalle. Desde donde venía se veía unas cuantas casas, entre medio de las cuales venía el camino que se encontraba pisando en ese momento; desde el estrecho camino, el espacio se expandía para dar lugar a aquel enorme patio, que en tamaño abarcaba probablemente dos veces el espacio que usaba el Templo del Tiempo. A un lado de este patio había unos cuantos árboles colocados minuciosamente, para no estorbar en las actividades que allí se realizaban; notó que había unos cuantos muñecos de entrenamiento en fila, para el uso de los soldados, que aún dejaban suficiente espacio para mucha gente a un lado de ellos. Al otro lado del camino había mucho más espacio libre, sin embargo en medio de este espacio se encontraba una gran plataforma cuadrada, de alrededor de medio metro de altura, que, a su parecer, debía servir para prácticas de combate. Dirigió su mirada hacia la amplia edificación a la que se dirigía el camino. A simple vista daba la impresión de ser una mansión, sin embargo al mirarla con detención notó que en al menos cuatro lugares de ésta podía verse el escudo de la Familia Sagrada de Hyrule. La casona, hecha a partir de madera y otros materiales no tan lujosos como los del castillo, estaba separada del patio por una reja metálica de color negro, un poco más alta que él, y que se detenía a ambos lados del camino que llegaba hasta el cuartel. Junto a la puerta doble de entrada, a la cual se llegaba tras subir tres peldaños desde el camino, se encontraban dos guardias, uno a cada lado de las puertas, de pie y sin hablar entre ellos, cumpliendo sus labores de guardia.

Link caminó hacia la entrada lentamente, sospechando que podrían no dejarlo entrar, sin embargo al subir los tres peldaños los guardias no se movieron ni parecieron mirarlo. Ignoraba si se trataba de un lugar que pudiera visitar con libertad o no, por lo que se acercó al guardia a su izquierda, y consultó si es que podía entrar. El guardia sin mirarlo asintió, por lo que Link concluyó que no sería tratado muy amablemente en aquel lugar.

Al entrar se encontró con un pasillo no muy largo con piso de madera, decorado con un sillón a cada lado del mismo. Por la mitad del pasillo pasaba otro corredor, del cual desde donde estaba no lograba ver mucho. En cada esquina de ambos pasillos se encontraban cuatro puertas, situadas en el pasillo principal, que era donde él estaba. Por último, lograba ver un cuarto sin puerta al final del pasillo, y notó que había alguien sentado frente a un escritorio al medio de ésta. Temerosamente se fue acercando a ese cuarto, pensando en la frialdad con la que podría ser tratado. Cuando pasaba por el pasillo que cruzaba al principal, un hombre pasó con prisa por delante de Link, empujándolo. Link cayó de espaldas, y el hombre se detuvo a mirarlo. Link hizo lo mismo, y se encontró con una mirada altanera y vanidosa clavándose en sus ojos, haciéndole sentir una pequeña cantidad de odio por haberle hecho perder parte de su tiempo en un tropezón. Reiht, molesto, siguió su camino mientras Link se levantaba y se quitaba la suciedad de su túnica. Siguió caminando hacia el cuarto, y se detuvo en frente del escritorio. El hombre que estaba sentado del otro lado leía un par de papeles, y alzó su vista al notar la presencia de Link.

-Buenas tardes, joven. Mi nombre es Derghis, soy el General de División encargado del norte de Hyrule. ¿Qué es lo que buscas?

Link, aún algo temeroso, demoró en contestar.

-E-estoy buscando a una mujer conocida como Impa – respondió Link, desesperanzado.

El General lo quedó mirando. Link examinó su cara: joven, de pelo corto y rubio algo apagado; ojos color ámbar; nariz algo respingada; boca de labios finos, y las tradicionales orejas Hylianas.

-¿Tú, un niño, buscando a la edecán de la Princesa, Impa? – preguntó Derghis, desconcertado – Bueno, eso realmente es inusual… Verás, la edecán se encuentra lejos del Castillo, y acabo de recibir este mensaje – explicó, indicando a los papeles que tenía sobre el escritorio – que me informa que ella no volverá hasta mañana. Y, bueno, mañana será la evaluación de los reclutas, y tras esto todos nosotros estaremos muy ocupados enseñando a los mismos, por lo que la edecán no podría atenderte hasta un gran tiempo más. Aun así, lamento desilusionarte, pero ella no tiene reuniones con alguien que no sea, al menos, un Oficial en el Ejército de Hyrule, por motivos de formalidad.

Link miró el suelo. Su viaje no había dado frutos, pero sentía aún la necesidad de resolver todas esas dudas que tenía en su mente. Ni siquiera podía unirse al grupo de reclutas del día siguiente, primero por su edad, y luego por el hecho de que el proceso de inscripción había finalizado.

-¿Te encuentras bien? – le preguntó el General.

Él lo miró y asintió.

-Sí… es solo que esperaba tener un poco más de suerte. Muchas gracias.

Salió caminando lentamente del cuartel, notando cómo el sol se había ocultado de su vista. Llegó al centro del mercado, junto a la fuente, y lo encontró ocultándose tras la silueta del castillo. Con paso lento, le dio la espalda, esperando volver a verlo pronto, pues seguiría buscando la manera de reencontrarse con Zelda. Se apresuró para salir del mercado antes de que elevaran el puente. Debía regresar al Bosque Kokiri lo más pronto posible, ya que se encontraba sin una espada para poder defenderse, por lo que contaba sólo con sus habilidades para evadir a los monstruos que pudieran aparecer en su camino.

Pensó en Saria…

No, algo le impedía preguntarle a ella. No quería preguntarle acerca de aquella otra época.