La Leyenda de Zelda
El libro del destino

El Ejército de Hyrule

Impa caminaba frente a los reclutas que se encontraban en fila frente al puente elevadizo por fuera del mercado. Los miraba con el único propósito de evaluar sus estaturas, ya que con los cascos que les habían sido entregados se le hacía imposible ver sus miradas; hacerlo podría haberle dado una idea del estado emocional de cada uno, sin embargo, se conformaba con observar sus bocas a la vez que comparaba las estaturas que tenían entre ellos. En general eran más bajos que ella, pero en sí tenían una gran estatura. Se encontró con dos o tres que la sobrepasaban por poco, y con un recluta que era más alto que ella por casi dos cabezas.

Ella era la principal encargada de evaluar a los reclutas, pero no la única. De la evaluación se debía encargar el General del Ejército y los Tenientes Generales, además de, como se dijo, la supervisión de la edecán. Como supervisora se encargaba de darle un primer vistazo a los reclutas, fijándose en detalles generales como la estatura y la condición física, y debía decidir quiénes se quedarían y quiénes no. Luego, el General del Ejército se encargaba de hacer una corta evaluación psicológica, que se realizaba charlando personal y brevemente con cada uno de los reclutas seleccionados por la edecán; Reiht hacía esto con gusto, seleccionando sólo a aquellos que consideraba de carácter fuerte, con muy pocas excepciones. Por último, los Tenientes Generales debían evaluar las habilidades de combate, junto con la desenvoltura en el campo (lo que implicaba evaluar cómo se movían, su agilidad, tácticas defensivas, toma de decisiones, entre otros). Ésta última tarea se relegaba a los Tenientes Generales por ser muy amplia para una sola persona; aun siendo ellos los encargados, tanto la edecán y el General del Ejército tenían permiso para ayudarlos. Reiht, por supuesto, no se preocupaba por esos detalles.

Como era usual, la totalidad de los reclutas eran varones. Impa había sido la gran excepción a la regla en su momento, y tras ella ninguna mujer siguió su ejemplo. Algunas personas osaban decir que Impa hacía lo que fuera necesario para evitar que se presenten mujeres, inventando que hacía desaparecer sus postulaciones, que las asustaba contándoles lo terrible que era entrar al ejército siendo mujer, que les negaba la entrada al ejército, entre otras cosas.

Contó un total de treinta y siete reclutas, que según recordaba todos se encontraban en alrededor de los diecisiete años, con algunos casos con dieciséis, quince o dieciocho.

Se dirigió al puente elevadizo y se detuvo allí. Mirándolos a todos, dijo en voz fuerte y clara:

-Bueno, reclutas. La gran mayoría de ustedes se encuentra en buenas condiciones físicas, pero no todos. La razón por la que los traje aquí fue el gran número que se presentó este año. Todos ustedes me seguirán hasta el exterior del cuartel, pero allí les indicaré quiénes tienen que devolver su uniforme, y quiénes procederán a la corta charla personal con el General del Ejército, Reiht. No les daré ninguna pista, pero sí una sugerencia: crean que ya son soldados. Compórtense como tales – finalizó, dando media vuelta -. Andando.

Comenzaron a caminar en fila tras Impa, aun cuando ella no se los había pedido: ya se tomaban en serio el ser soldados. Atravesaron el mercado ante las miradas de las personas que se encontraban ahí. Algunas mujeres miraban a los soldados deleitando su vista al ver a algunos soldados muy tonificados caminar entre los demás, mientras que otras buscaban entre ellos a sus hijos, sin éxito por la imposibilidad de ver sus rostros. Niños y niñas aplaudían al verlos caminar, la mayoría de los primeros deseando crecer pronto para llegar a ser como ellos algún día, mientras que las niñas aplaudían meramente al espectáculo que representaba verlos desfilar. En lugar de continuar el camino hacia el castillo, giraron a la izquierda, buscando el camino hacia el cuartel.

Cuando llegaron al gran patio que adornaba la entrada al cuartel, Impa se detuvo delante de tres personas que se encontraban de pie delante de la misma, dando media vuelta.

-Jóvenes – inició Impa –, éste será su hogar la gran parte del tiempo, si es que son aprobados como soldados. Quiero presentarles, además, a los cargos más importantes de este cuartel: los Oficiales Generales. Dentro del cuartel se encuentra el General del Ejército Reiht, el más alto mando después del Rey, quien dialogará brevemente con cada uno de ustedes, para decidir mediante su personalidad si serán seleccionados o no. Detrás de mí se encuentran los tres Tenientes Generales – mencionó, quitándose de en medio y caminando a su derecha -. A mi izquierda está el Teniente General Hyer, un experto en el uso de lanzas, y conocedor de técnicas muy rebuscadas con las mismas. Al otro extremo se encuentra el Teniente General Marcus, un as en el uso de armas pesadas, aunque su preferencia son las hachas de combate. Y por último, entre ellos dos se encuentra el Teniente General Gloich, a quien probablemente reconocen. Experto en el uso de espada y mandoble, siendo la primera de su preferencia, y combatiente invicto en lo que respecta a duelos.

Gloich rió, y respondió amablemente ante esto último:

-Bueno, eso no es del todo verdad. Cuando era más joven perdí unos cuantos duelos; por falta de experiencia, claro está. Pero tras el último duelo en que perdí, hace unos seis años, he salido victorioso en todos los que han venido.

Los reclutas veían hablar a un hombre tan humilde como orgulloso, que llevaba puesta una armadura plateada decorada con bellas y finas líneas rojas que, vistas de lejos, formaban un águila en su pecho. Sus hombreras tenían tres capas, las cuales se levantaban levemente por sobre el hombro, dando la impresión de simbolizar las alas del águila. De su cintura, en su costado derecho, colgaba una tela de color marrón bordado en dorado, que contenía unos símbolos que no pertenecían al lenguaje hyliano. Lo que veían era la armadura de Gloich en su máximo esplendor, reparada tras el ataque que había recibido, la cual no había recibido ni un rasguño desde el día en que la reparó. Ver semejante figura les infundía respeto; parecía ser que el hombre estaba a la altura de las historias que había sobre él.

Impa sonrió y continuó:

-Muy bien, ya saben cómo funciona esto. Veamos… Los chicos de quince años, inténtenlo nuevamente el siguiente año y probablemente serán aceptados. Ustedes dos – señaló a un par de reclutas – vayan a los vestidores. Ustedes también…

Rechazó a seis reclutas en total, quedando treinta y uno para la evaluación de Reiht.

-El resto, uno por uno entren al cuartel y deténganse frente a la oficina al final del pasillo. El General del Ejército los hará entrar y les hará unas cuantas preguntas. Andando.

Los reclutas empezaron a entrar a la oficina de Reiht. Unos salían alegres y orgullosos, caminando hacia el patio; otros, sin embargo, salían derrotados y algunos incluso se retiraron llorando, dirigiéndose a los vestidores, imágenes que ponían más nerviosos a los que aún debían entrar.

Alrededor de media hora más tarde salió el último recluta, serio, pero dirigiéndose al patio. Detrás de él venía Reiht, quien se acercó a Impa para darle un recuento de los reclutas.

-Señora edecán – le dijo Reiht, reverenciándose – quedan ahora veintidós reclutas para las pruebas de habilidad.

-Te deshiciste de muchos esta vez, Reiht – le respondió Impa con un tono que no se podía diferenciar del enfado o de la entretención.

-Bueno, si… Verá, muchos eran tímidos y no creo que eso le sirva al ejército.

Impa se mantuvo en silencio.

-Sin embargo dejé quedarse a unos cuantos que también parecían algo… extraños.

-¿Extraños? – le preguntó Impa, inquisitiva.

-Le explicaré. Uno de ellos, por ejemplo, se notaba confiado al entrar a la habitación, sin embargo le pregunté su nombre y no parecía recordarlo bien. No le di importancia, y se desempeñó con confianza durante la charla. Otro de ellos pareció sobresaltarse al verme, pero continuó tranquilo a medida que charlábamos, aunque hablaba poco; sólo lo necesario. Y otros casos más que tenían peculiaridades.

-Pues nos fijaremos en su desempeño. Mientras sea bueno, los seleccionaremos.

Impa se retiró del lado de Reiht, quien la quedó mirando un momento, para luego retirarse hacia el cuartel. Ella se acercó a mirar a varios reclutas mientras mostraban sus habilidades, sin embargo quitó pronto su mirada para hacer otra cosa, alcanzando a ver a unos seis reclutas.

Volvió a entrar al cuartel, y buscó a Derghis, con paso algo apresurado. Cuando lo encontró, le pidió que buscara a ciertos Oficiales y a ciertos soldados de Tropa específicos, pues quería ayuda para evaluar a los reclutas.

De vuelta en el patio, Gloich y Hyer se dirigieron hacia ella, seguidos por dos reclutas. Notó que estaban risueños, por lo que se extrañó. Ellos no eran del tipo burlesco, como Reiht, por lo que algo debió haber pasado con aquellos reclutas.

-Edecán – dijo Gloich con una venia, la cual fue correspondida por Impa – no se creerá esto. Le traerá recuerdos.

Impa, extrañada, alternaba su mirada entre Gloich, Hyer y los reclutas. Fue Hyer quien continuó:

-¿Qué diría usted si le digo que "encontramos a un espadachín y un lancero que sobresalen del grupo de reclutas"?

La imagen vino a Impa rápidamente: un día nublado, evaluaba, igual que en aquel momento, a los jóvenes reclutas que querían entrar al Ejército de Hyrule, sólo que se trataba de su primera vez. El número de reclutas era grande, por lo que la evaluación se hacía complicada; más aún, en esa evaluación no habían Tenientes Generales: habían sido enviados a investigar, por primera vez, los alrededores del desierto Gerudo. Sin embargo, el General del Ejército Platrius se presentó ante ella.

"-Señorita Edecán – le dijo amablemente – encontramos a un espadachín y un lancero que sobresalen del grupo de reclutas. Creo, en lo personal, que debiéramos evaluarlos con una mayor vara de dificultad, para darles un rango y un entrenamiento especial. Pero me gustaría saber qué opina usted al respecto.

-¿Cuáles son los nombres de estos jóvenes? – preguntó al General del Ejército.

-Este lancero se hace llamar Hyer. Lo único que quería era mostrarme sus habilidades; es orgulloso de sí mismo. Y este tímido joven se hace llamar Gloich. Es demasiado modesto, por lo cual no quería mostrarme sus mejores técnicas; contrario a Hyer, él no quería sobresalir."

Impa miró a ambos Tenientes Generales, con pequeñas lágrimas escapando de sus ojos.

-Cuánto han crecido… - murmuró. Luego aclaró su garganta y se concentró en los reclutas – Muy bien. Ya que ambos sobresalen, los pondremos a una prueba especial. Aparecieron justo a tiempo, ya que por lo que veo están llegando los soldados que pedí que vinieran.

Diez soldados de distintos rangos caminaban hacia el patio donde se ubicaba la plataforma de batalla.

Impa miró a los reclutas y luego a Gloich y Hyer.

-¿A qué altura creen que se encuentren?

-Hyer me dijo que el espadachín soportaría a un Cabo Mayor; habilidades dignas de un suboficial, opinó. Creo lo mismo del lancero – respondió Gloich.

-Soportar… Entiendo que no están hablando de vencerlos, ¿no?

Los reclutas se miraron entre sí. Que hablaran de ellos de esa manera sólo los ponía nerviosos.

-Así es. Desempeñar una buena batalla, sabiendo defenderse y presentar algo de resistencia al oponente – respondió Hyer.

-¿Se entiende? – preguntó Impa a los reclutas.

Ambos asintieron, por lo que Impa los llevó hasta la plataforma. Una vez ahí, se dirigió al recluta que Gloich había dicho era buen lancero.

-Muy bien. Tu oponente será el Cabo Mayor Arnet, que, al igual que tú, tiene experiencia con las lanzas. Si te atreves a combatir con él, sube en la plataforma.

El muchacho se quedó mirando la plataforma por unos momentos, y asintió, indicándole a Impa de lo preparado que estaba para enfrentarse al mejor lancero de Hyrule. Acto seguido subió a la plataforma, y preparó su lanza para el combate; sin embargo, al ver a su oponente subir, se arrepintió de haber aceptado. Alto y robusto, el Cabo Mayor Arnet logró hacer que el muchacho perdiera la confianza en sus habilidades, mas no se iba a espantar; quería demostrar de lo que era capaz. Arnet, con profunda voz, pidió su lanza. Por otro lado, Impa regañó a unos cuantos soldados que se encontraban cerca de ella por no haberle entregado aún al muchacho una lanza que no fuera una vara larga; no tardó en llegar a sus manos.

-Recuerda, muchacho – habló Impa – que no espero que ganes. Quiero un combate decente; que sepas cómo responder, cómo bloquear y contraatacar, por ejemplo.

Muchos reclutas habían detenido sus actividades para presenciar el inminente duelo. La gran mayoría de ellos reía por lo bajo, envidiándolo y esperando una victoria indiscutible por parte de Arnet. Otros, sin embargo, observaban con admiración la valentía de aquel muchacho, mientras que los soldados llamados por Impa, al igual que los Tenientes Generales, observaban expectantes; una situación así no era cosa de todos los años, por lo que no inclinaban su esperanza a ninguno de los oponentes.

-Caballeros – dijo Impa para todos los presentes –, como suponen nos encontramos ante algo inusual. Los Tenientes Generales se encontraron con un par de reclutas que, en sus propias palabras, muestran habilidades dignas de un suboficial. Por la posibilidad de esta situación llame, como siempre, a diez soldados de distintos rangos para poder evaluar casos especiales como éstos. En este caso seleccioné al Cabo Mayor Arnet para que fuera el oponente del muchacho que ven sobre la plataforma, ya que, como saben, es un excelente lancero, sin embargo su gran habilidad la ha desarrollado en alrededor de dos años en el ejército. Mi interés es comprobar si este recluta es realmente un buen luchador, de tal manera que si lo es, recibirá un entrenamiento y rango especial, fuera del común que recibe el soldado raso, ya que favorecería de sobremanera al ejército. Combatientes – dijo esta vez dirigiéndose al muchacho y a Arnet –, nada de ataques con el propósito de herir. Esto es un entrenamiento común de clase baja, por lo que se sigue bajo las reglas de éste tipo de entrenamientos. Sin más que decir, que comience el combate. Prepárense.

Ambos se ubicaron tras unas marcas que se ubicaban a cada lado de la plataforma, quedando frente a frente. Se pusieron en sus propias posiciones de combate, cómodas para cada uno, y empuñando firmemente sus lanzas. Mientras esperaban a que sonara una campana que diera inicio al combate, el muchacho se mantuvo aun preocupado, y empezó a sudar lentamente. De pronto, sonó la campana.

Arnet corrió hacia el joven y trató de golpearlo lateralmente, para no utilizar la punta de la lanza, sin embargo éste lo esquivó agachándose e intentó hacer lo mismo con su lanza. Arnet esquivó rápidamente el ataque, no sin sorprenderse, pues no esperaba esa calidad de batalla por parte de un novato. Empezó a maniobrar con su lanza para despistar al joven, y lo logró, pues éste se preocupó por el hecho de que Arnet parecía manejar demasiado bien su lanza. Se dejó dominar por sus impulsos, y, tomando su lanza por la punta, atacó de frente hacia la zona abdominal de Arnet, quien golpeó la lanza con la suya, provocando que el joven la soltara y que ésta cayera lejos, sin salir de la plataforma. El joven se dirigió a buscarla, esquivando el ataque desde el suelo hacia arriba que hizo Arnet, sin embargo éste aprovechó el movimiento ascendente de la lanza para atacarlo lateralmente. Si el joven no se hubiera agachado en ese momento, Arnet lo hubiera golpeado de lleno en el pecho, sin embargo al agacharse perdió el equilibrio y cayó al suelo, quedando de espaldas, a lo que Arnet aprovechó y, para evitar que el joven se levantara, colocó bruscamente su lanza bajo la entrepierna del joven, quedando la punta a la altura de las rodillas, y toda el asta sobre su cuerpo, signo suficiente para Impa de que el joven había quedado fuera de combate.

-Alto – ordenó ella.

Arnet quitó su lanza de sobre el muchacho, y éste se levantó.

-Interesante, sin duda. Si bien no lograste ganar, un soldado raso habría perdido ante el primer ataque que Arnet hizo. Tienes potencial, y mucho. Sin embargo, te hace falta el entrenamiento que te brindaremos.

En seguida miró al otro muchacho.

-Tú, el espadachín. Es tu turno de combatir; quiero que logres un desempeño igual o mejor al de tu compañero.

El muchacho permaneció en silencio, mirando a Impa con algo de miedo. Se notaba un cierto rubor en sus mejillas. Los reclutas a su alrededor reían, mientras murmuraban "tiene miedo".

-Espero que no sea verdad lo que dicen. Combatirás contra el Cabo Mayor Wahlmir, un espadachín como tú, aunque, a diferencia tuya, él es diestro.

Los reclutas dejaron de reír. Wahlmir era algo reconocido; era un hombre respetable, y podía ser algo malo ponerlo a combatir con alguien que ellos suponían tenía poca experiencia. Wahlmir era un hombre con demasiado potencial, pero que hasta ese momento no había sido ascendido por tener un bajo autocontrol. Wahlmir se presentó en la plataforma: no era tan grande como Arnet, sin embargo era más ancho, macizo, y lo que se lograba ver de su cara (parte de su nariz, y su boca) estaba cubierto en cicatrices. El muchacho se acercó a paso lento hacia la plataforma. Nadie lograba describir miedo o duda en su andar, simplemente caminaba a hacer lo que le había sido encomendado. Empuñaba una espada que le había sido entregada antes de que Impa pudiese regañar a alguien, que mostraba características comunes de espadas de entrenamiento: muy poco filo, mucha magulladura y símbolos del Ejército de Hyrule. Se usaban esas espadas para recrear lo máximo posible un combate real, pero sin dañar al adversario. Sin embargo, Wahlmir llevaba una espada verdadera, afilada y de apariencia nueva, con una funda de fina procedencia, que llevaba con orgullo a todas partes. Él era de esos soldados que gustaban mucho de la práctica militar, se preocupaba del honor, tenía mucho orgullo y obedecía sin dudar las órdenes de sus superiores, aún si se trataba de algo que pudiese ser calificado de macabro o sangriento; él no era un hombre sensible, por lo que no le preocupaba matar gente, lo hacía sin problemas y no se quejaba. Impa advirtió que Wahlmir podía no estar dispuesto a detenerse en uno de sus ataques mortales, por lo que pidió a quienes se ubicaban cerca de ella, por lo bajo, que estuvieran preparados para cualquier evento. Ella, por un lado, no quería poner en riesgo la vida de un recluta, y menos de uno con tanto potencial como el joven espadachín, sin embargo necesitaba saber qué tan capaces eran los muchachos. Ya había puesto a prueba a uno, no podía dejar al otro sin algo que hacer.

El espadachín y Wahlmir se pusieron en sus puestos. No se notaba expresión en sus rostros, ni tensión en sus manos, ni sudor que corriese por la cara. Ambos se encontraban iguales, sin hacer más que respirar y, aparentemente, mirarse el uno al otro.

-Prepárense - dijo Impa.

Ambos prepararon sus espadas para combatir. El joven espadachín solo se preocupaba de una cosa: no importaba si no lograba golpear a Wahlmir; sí importaba esquivar sus ataques, pues su espada, a diferencia de la suya, era mortal.

Sonó la campana.

Wahlmir gritó muy fuerte y fue corriendo contra el muchacho, rápidamente cortando el aire con su espada en dirección al cuello de éste. El muchacho esquivó el ataque e intentó atacarlo, pero Wahlmir lo bloqueó con su espada y lo empujó, causando que el primero se desequilibrara, y nuevamente atacó intentando matar al chico. Éste, sin embargo, aprovechó su caída y el movimiento diagonal de la espada de Wahlmir, con lo que esquivó el ataque, y con su espada golpeó la de Wahlmir, causando que el movimiento llegara más lejos y evitando que contraatacara con facilidad; pateó un pie de éste, causando que cayera, y se levantó rápidamente para intentar dejarlo fuera de combate. Wahlmir cayó pero se apoyó en sus manos, y atacó al chico mientras seguía apoyado con la otra; un ataque inesperado por el muchacho y que causó que la espada cortara superficialmente bajo su mandíbula. Rápidamente retrocedió unos pasos, sorprendido por el ataque, dándole tiempo suficiente a Wahlmir para levantarse. Éste hizo unos cuantos movimientos de muñeca con la espada, y arremetió nuevamente contra el muchacho. Apenas vio los brazos de Wahlmir moverse para realizar una estocada, se movió a un lado, apartando la espada de su cuerpo con su propia espada. Wahlmir clavó su espada en la plataforma y giró alrededor de ella utilizando el impulso de su anterior ataque; una vez se encontraba corriendo hacia el muchacho, tiró de su espada y la arrastró, atacando nuevamente desde abajo hacia arriba, con un movimiento diagonal. El muchacho nuevamente tomó ventaja del movimiento de Wahlmir y golpeó con fuerza su espada con un movimiento horizontal, causando de nuevo que Wahlmir se desequilibrara y cayera al suelo. Éste se dio vuelta rápidamente, para encontrarse con la espada del muchacho a un lado de su cuello. Parecía una victoria por parte del muchacho, sin embargo Wahlmir había alzado su espada, quedando ésta junto al cuello del joven. Estaban a la par; ninguno había ganado, pero Wahlmir no estaba conforme, quería seguir combatiendo hasta que hubiera un ganador.

-Alto – ordenó Impa, sin embargo Wahlmir golpeó un pie del muchacho, causando que cayera, acercándose peligrosamente a su espada.

Los soldados sabían qué hacer: tomaron a Wahlmir y lo arrastraron fuera de la plataforma, a pesar de la rabieta de éste.

La reacción de quienes observaron el duelo no fue otra que aplaudir y celebrar el encuentro. Había sido realmente un espectáculo para ellos, ya que no se solían ver batallas como la que acababan de presenciar, donde se privilegiara la estrategia más que el ataque al adversario. Ver algo así le daba ideas a varios soldados y reclutas para usar en sus combates futuros, siempre que tuvieran la posibilidad.

-Espléndido – comentó Impa -. Me has dejado satisfecha. Tienes un potencial enorme que explotar. No te sientas menospreciado, muchacho – le dijo al joven lancero –, él recibirá el mismo nivel de entrenamiento que tú. Entrarán ambos con el rango de Cabo Mayor, aunque no harán uso del título hasta más adelante, una vez que hayan concluido con gran parte de su entrenamiento.

Los muchachos se miraron entre sí y se felicitaron. Hazañas como las suyas se habían visto pocas veces. Gloich y Hyer se sintieron identificados en aquellos jóvenes que ahora se abrazaban. Recordaban que aquel fue el momento en el que comenzó su fuerte amistad, y no dudaban que entre esos jóvenes nacería también una gran amistad.

Impa caminó hacia los muchachos mientras la multitud comentaba los encuentros recién presenciados. Todos se mostraban ansiosos por poner a prueba sus habilidades en batalla, al igual que ambos muchachos. Impa les pidió que la siguieran mientras hacía señas a los Gloich y Hyer para que hicieran lo mismo, y los llevó a través del cuartel, hacia un patio trasero. El ambiente de calma en aquel patio era muy relajante, y logró calmar los ánimos de los jóvenes que acababan de combatir.

-Gloich, Hyer – rompió el silencio Impa –. Lamento hablar de esto, pero, imagino que recuerdan a sus antiguos mentores.

-No lo olvidaría nunca – le respondió Gloich, mientras Hyer asentía.

-Él te tomó – le mencionaba a Gloich – en esta misma situación: dos jóvenes con habilidades sobresalientes, que acababan de llegar al reclutamiento y, tras unos duelos, lograron ganarse sus rangos y entrenamientos especiales, más aún eran jóvenes y necesitaban aprender mucho, por lo que él decidió tomar a uno de ellos como su mentor para enseñarle gran parte de sus conocimientos.

»Así mismo, me preguntaba si ustedes desearían seguir con aquel honor que les fue brindado muchos años atrás. En otras palabras, me preguntaba si ustedes, al igual que sus mentores, gustarían ser los mentores de estos jóvenes que tienen frente a ustedes.

Gloich y Hyer no dudaron en aceptar esta propuesta de Impa, lo que alegró mucho a ella y a los reclutas.

-Pues bien – dijo Impa –. Cada uno tomará al recluta que usa la misma arma que su mentor. Ahora, conocemos sus habilidades, su potencial, su nuevo rango, sus mentores, pero nos falta algo muy importante que olvidé preguntar – y, mirando al muchacho lancero, preguntó –. ¿Cuál es tu nombre?

El muchacho se sobresaltó y se puso nervioso. Impa, extrañada, seguía esperando una respuesta de parte del joven, sin embargo esta tardaba en llegar. Tras unos tensos segundos, el muchacho iba a hablar.

-Yo… no recuerdo bien mi nombre, señora – contestó.

Impa se extrañó aún más.

-¿Sería este joven de quien hablaba Reiht? – murmuró pensando en voz alta.

-¿E-el General del Ejército? Es posible, tampoco pude recordar bien mi nombre con él – respondió el recluta, sumiso.

Inquisitiva, Impa lo miró completamente, analizando cada parte de su cuerpo. Era interesante: un joven que mostraba un gran potencial, como para llegar a los altos rangos en un muy corto periodo de tiempo y ganar la gran mayoría de sus batallas, tal como lo había hecho Hyer como lancero. El hecho de que no recordara su cumpleaños hacía más peculiar al muchacho.

-¿Qué edad tienes, muchacho? – preguntó, dudando por dentro si sería capaz de responder eso.

-Dieciséis años, señora – respondió rápidamente.

-¿Por qué motivo no recuerdas tu nombre, teniendo dieciséis años?

-Yo… siempre he tenido problemas para recordar mi nombre, desde pequeño. Mi madre había hecho un brazalete para mí, y había escrito mi nombre en él, pero… me lo robaron en el bosque, alrededor de dos años atrás.

Impa hizo una mueca de sorpresa. Definitivamente no era un muchacho como el resto. Miró al otro muchacho. Sentía que la miraba harto, aun cuando no lograba ver sus ojos.

-Imagino que tú sí recuerdas tu nombre, muchacho.

El recluta se sobresaltó, y titubeó al decir su nombre:

-L… Esto, Larnoa – respondió.

-¿Larnoa? ¿Algo así como "Lárnoa"? – él asintió – Hasta sus nombres son inusuales. Muy bien. Desde ahora ambos son Cabos Mayores, más mientras estén aprendiendo sobre el ejército se mantendrán como soldados rasos. Yo les informaré cuando puedan usar su título. Por cierto, éste título es meramente temporal. Creo que ustedes con su potencial son dignos de empezar su paso por el Ejército de Hyrule como suboficiales, sin embargo creo también que dejarlos de inmediato como suboficiales no es lo correcto. Deberán hacer la prueba para poder pasar de ser un Cabo Mayor a un Sargento, y para eso deberán aprender harto. De eso se encargarán sus mentores. Creo que está todo claro, ¿no? – todos asintieron – Muy bien. Yo me iré con los Tenientes para seguir con el reclutamiento, ustedes vayan a los vestidores y conózcanse un poco más. Luego los mandaré a buscar.

Gloich, Hyer e Impa se retiraron del pequeño patio. Detrás de ellos caminaban Larnoa y el otro recluta. Ellos doblaron en un pasillo que los llevaba directamente a los vestidores, mientras que los demás siguieron su camino. Al llegar a los vestidores, el muchacho que había olvidado su nombre se quitó su casco. Larnoa pudo ver a un chico de pelo castaño, casi tan alto como él, con una mirada decidida, pero a la vez parecía perdida.

-Peleaste de maravilla – comentó el muchacho –. Sentí envidia al verte combatir con Wahlmir. Por un momento creí que después de tu combate se olvidarían de darme el entrenamiento especial.

Larnoa rió y agradeció el comentario.

-Tú también luchaste bien. Es difícil luchar con lanzas, y al nivel al que combatiste muchos, como dijo la edecán, habrían fallado al primer golpe de Arnet.

El muchacho sonrió.

-¿Te puedo preguntar algo? – consultó Larnoa.

-Adelante.

-¿Realmente no recuerdas tu nombre?

-Sí, es verdad. Me cuesta mucho recordarlo. Recuerdo las primeras letras: "Neh", o "Ne'h". Era complicado y nunca he sido capaz de aprenderlo bien. Intenté memorizarlo después de que me robaran el brazalete, sin embargo al poco tiempo empecé a confundirme, y lo olvidé nuevamente.

-Te lo robaron hace dos años; eso dijiste, ¿no?

-Así es. Ha pasado mucho.

Breve silencio.

-¿Y tú, Larnoa? – preguntó el muchacho – ¿Realmente te llamas así?

Larnoa se sobresaltó, y replicó:

-¿Por qué lo dudas?

-Te llamó la atención cuando mencioné que me habían robado el brazalete en el bosque. Y, titubeaste al decir tu nombre. A mí no me pareció que te hubiera costado pronunciarlo, si me explico bien.

Larnoa lo miró.

-Si prometes no decirle a nadie…

-Con decirme tu verdadero nombre sólo te ganarás más mi confianza.

Miró al suelo, aun decidiendo si le diría o no su verdadero nombre, aunque por dentro sentía que podía confiar en el muchacho.

-En realidad…

»Mi nombre es Link.