La Leyenda de Zelda
El libro del destino
Sentimientos
No se sentía cómoda a su lado, a pesar de sus incontrolables ganas de estar junto a él. La culpa la tenía el tiempo, a su parecer. Era como perder a un ser querido, no tenerlo por años, asumir que nunca volverá, y que de pronto esté nuevamente vivo. Aquello le daba la sensación de que algo estuviera fuera de lugar: por dentro sentía un acostumbramiento a ver a su padre con aquella mueca de sufrimiento; un acostumbramiento terrible que le hacía incómodo tenerlo nuevamente consciente a su lado.
Consciente, resonó en su mente.
-Padre, durante todo el tiempo que estuviste paralizado, ¿estabas consciente de todo lo que ocurría a tu alrededor? – le preguntó al rey.
Él suspiró un poco para pensar en lo que diría a continuación. Le disgustaba tartamudear, por lo que decidió hablar lento y habiendo pensado bien cada palabra que diría.
-No todo el tiempo, princesa. En momentos estaba consciente, en otros no. Pero casi siempre lo estuve, y no era agradable.
Zelda lo miró con tristeza, tratando de entender su situación. El rey la miraba neutralmente; parecía no pensar nada en específico.
De pronto el rey comenzó a toser levemente.
-Como los viejos tiempos – rió Zelda.
-Sí… así es. Princesa, déjame ahora, ¿sí? Quiero actualizarme respecto a todo lo que ha ocurrido en mi reino – puso un leve énfasis en estas últimas dos palabras – en estos últimos años. ¿Cuántos fueron?
-D-dos… Dos años, padre – titubeó Zelda, perpleja por la petición de su padre.
El rey asintió y agradeció a Zelda por su compañía. Zelda, por su lado, esperaba que su padre hubiera mostrado un mayor interés en estar con ella tras el tiempo que había pasado sin, teóricamente, verla.
Se despidió con una sonrisa triste de su padre. Rápidamente salió de la habitación, sintiendo cómo algo le apretaba con fuerza su garganta, casi exigiendo las lágrimas que comenzaban a rodar por sus mejillas. Corrió hacia su habitación, para dejar caer sobre sí una tristeza incontrolable que la hizo llorar desconsoladamente. Tristeza que, sin embargo, no sabía en qué se originaba, pues la actitud de su padre no le afectaba tanto.
"Dos años" pensó. "Dos años en los que no nos hablamos. Dos años en que no lo he sentido como padre. Dos años… en los que he estado sola."
Sollozaba.
"Completamente sola, y en el primer día en el que puedo estar plenamente con él…"
Entonces comprendió el origen de su dolor. Su corazón había comenzado a explicarle a su mente lo mucho que le hacía falta la figura varonil y protectora de su padre. Quería sentir el cariño que venía usualmente de su padre.
Padre que ahora sólo era rey.
La caravana avanzaba lentamente, el ánimo esfumado de cada una de las caras de quienes iban junto a ella. Carros tirados por caballos llevaban armeros con distintos tipos de armas para los soldados que caminaban junto a la caravana, como arcos, hachas, espadas o mandobles. Otro carro llevaba armeros más grandes, con armas especializadas para los soldados de alto rango. Destacaba una bella espada que relucía con su brillante empuñadura carmesí, decorada con relucientes gavilanes y guarnición dorados, y una fina hoja azulada que llevaba grabada tres palabras, que solo se alcanzaban a leer muy de cerca, y que ningún soldado había tenido la oportunidad de saber qué palabras eran; con dificultad unos pocos lograban distinguir que eran palabras escritas en Hylian. Junto a la espada, una larga lanza hecha de un material brillante que reflejaba todo a su alrededor, con un ligero tono rojizo, y cuya punta parecía una bella hoja de árbol, muy alargada, acompañada por dos pequeñas hojas en su base, todas debidamente afiladas previamente. Era un tipo especial de alabarda, hecha a petición de su dueño. Luego destacaba un arco hecho con una de las maderas más codiciadas de todo Hyrule: la madera del propio Árbol Deku. Cómo se había elaborado aquel arco escapaba de la imaginación de cualquier soldado que miraba aquel majestuoso arco con codicia; recordaban cómo no se sabía de hombre Hylian alguno que haya tenido permiso de entrar al Bosque Kokiri.
Empezaban a llegar al sitio de control de la región del Oeste, custodiado por soldados de Hyrule y de la región, que se encontraban bajo la supervisión conjunta del General de División Cergalmir y uno de los jefes de la Aldea Mondes.
Un Capitán que llevaba la delantera en la caravana, al ver que a lo lejos se podía ver el sitio de control, característico por su gran estructura de madera que parecía una barricada gigantesca, salió de la procesión montado en su caballo para acercarse a la carroza donde iban los Altos Mandos, la cual estaba cerca del final de la caravana. Se ubicó a un lado de la carroza y, cabalgando junto a ella, se dirigió a uno de los Altos Mandos:
-Teniente General, señor – dijo, levantando su mano derecha hacia su frente –, nos acercamos al sitio de control del Oeste.
El Teniente General abrió los ojos, perplejo.
-¡Capitán! – exclamó, sobresaltado – ¿No hay manera de evitar el sitio de control?
El Capitán lo miró un momento, algo extrañado por la pregunta del Teniente General.
-Me temo que no, señor.
Uno de los acompañantes lo miró con la misma extrañeza que el Capitán.
-Detén la caravana, rápido. Intenta que quienes estén adelante no queden a visibilidad del sitio de control.
El Capitán titubeó un momento antes de responder.
-¡Sí, señor!
Cabalgó rápidamente hacia la delantera de la caravana, con la esperanza de detenerla lo más pronto posible.
-¿Me quieres decir qué está ocurriendo? – preguntó el acompañante que lo había mirado, dirigiéndose al Teniente General.
-Ignoré completamente que tendríamos que pasar por un sitio de control. Recuerda las órdenes del Rey: estamos en camino a Afeldi para encargarnos de un supuesto alzamiento rebelde. No se supone que se enteren de que estamos en dirección hacia el pueblo, pues si los rumores son ciertos, nos estaríamos lanzando gratuitamente hacia una emboscada rebelde. Además, se supone que capturemos a los líderes revolucionarios en el acto; no podemos darles una oportunidad de huir.
Su acompañante rio, siendo observado por el resto de quienes iban en la carroza.
-¡Gloich! ¿Cómo se te pudo haber olvidado un detalle tan importante? – le preguntó riendo, casi a carcajadas.
Gloich no estaba del mejor humor en ese momento.
-¿De verdad, Hyer? ¿De verdad te parece gracioso? – le preguntó Gloich a su risueño acompañante, mirándolo con reproche – Considera que desde un principio esto, pese a mi gran respeto por el Rey, no me pareció la acción adecuada. El Rey realmente se precipitó en su actuar, y envió a parte del mejor destacamento en una misión de represión, cuando lo indicado habría sido enviar a un destacamento de calidad moderada para que el pueblo sintiese que no podía tomar acción en la supuesta rebelión. ¡Supuesta, Hyer! Nadie confirmó la rebelión; fue realmente una decisión de lo más equivocada.
-¡Relájate, hombre! – le sugirió Hyer, algo sorprendido por el humor de su amigo – La verdad es que falta algo de tranquilidad en este ambiente. No creí que te enfadarías de ese modo.
-Pues a veces me sorprendes… Me conoces mejor que a nadie, pero de todas formas no te esperas la mayoría de mis reacciones.
La carroza comenzó a detenerse lentamente.
-Ahhh… – se quejó Hyer mientras se estiraba en su asiento – Y, ¿qué haremos, Teniente General? – le preguntó a Gloich con una sonrisa en su boca.
Gloich sonrió levemente y movió su cabeza de lado a lado, mirando lejos de su amigo.
-Recuerdo haber venido, si mi memoria no me falla, tres veces al Oeste. De aquellas, en una tuvimos que tomar un desvío a través de la Ciénaga Oscura. Un viaje complejo, pero es el único camino alternativo hacia Afeldi. Se debe cruzar cuidadosamente; llevar a los caballos puede ser peligroso para ellos, y ni hablar de las carrozas, pero no llevaré soldados sin sus respectivos caballos hacia el pueblo. Nos tardaremos más, mas es la única opción. Las carrozas se tendrán que quedar aquí, junto con un destacamento, aunque tendrán que salir del camino para evitar ser vistas por cualquier persona que no pertenezca al ejército.
-Teniente General – llamó la atención un acompañante a Gloich, una vez que terminó de hablar –, si me lo permite, me gustaría hacer una sugerencia.
Gloich observó al acompañante. Se trataba del General de Brigada Volgrand, reconocido por su experticia con el uso del mangual y por su rápida ascensión hasta el puesto en el que se encontraba en ese momento. Se trataba de uno de los dos Generales de Brigada que lo apoyaban y esperaban que se convirtiera algún día en General del Ejército.
-Adelante – lo motivó Gloich.
-Creo que sería importante, de todos modos, enviar un mensajero al sitio de control para informarles de las acciones que está tomando el Ejército de Hyrule. Si bien los motivos por los que nos dirigimos a Afeldi siguen siendo unos rumores, si son ciertos y alguien informa a los partidarios rebeldes que pudieran encontrarse en el sitio, nuestros hombres podrían verse atacados por sorpresa, y probablemente los perderíamos a todos. Sería conveniente que estuvieran enterados de lo que estamos haciendo y, por consiguiente, que estuvieran preparados para cualquier acción que pudieran tomar los rebeldes, soldados o no – respondió.
-No veo el motivo por el que pudieran atacar los soldados rebeldes a nuestros soldados.
-Vas lento, Gloich – dijo Hyer en un tono gracioso, midiendo sus bromas –. Piensa que si quieren rebelarse y, posiblemente, desligarse del reino, no será sólo porque quieren soberanía de su territorio, sino que también quieren el control del mismo. Sería ridículo para ellos independizarse de Hyrule y permitir que los soldados permanezcan en su adjudicado territorio – explicaba –. No estoy sugiriendo - e imagino que Volgrand tampoco - que los soldados rebeldes pensarán asesinar a los soldados de Hyrule, pero sí creo que sea probable que planeen algo contra ellos.
Gloich se levantó del asiento, e intentó mirar al inicio de la caravana. Tras quedar observando neutralmente por unos minutos, aceptó la sugerencia, acordando enviar a alguien para informar de la situación.
Su mente estaba en otro lado. No podía descubrir dónde.
-Lo lamento, chicos. No se encuentran aquí.
-¿Por qué no nos avisaron? Creo que estamos deberían habernos informado; dependemos de ellos – respondió Larnoa, molesto.
-Mira, Larnoa – explicaba el soldado –. En los últimos días han ocurrido cosas que nadie se esperaba. Apenas despertó el rey, envió a los soldados hacia Afeldi para reprimir cualquier posibilidad de levantamiento, sin dar la oportunidad de aviso a ninguno de ellos.
-El rey… – murmuró Larnoa.
En el pasado no supo nunca del Rey de Hyrule. Para cuando despertó de su largo sueño, el rey ya no estaba vivo, dando lugar para que Ganondorf se autoproclamase Rey. Jamás conoció su actitud, su forma de pensar ni sus métodos de acción. El rey que ahora empezaba a conocer no le estaba gustando.
Ne'hrild permanecía en silencio, casi intentando escuchar los pensamientos de Larnoa. El soldado los miraba, atento.
-¿Qué hay de Impa? – preguntó Larnoa para romper el hielo.
-Oh, Impa no fue enviada, pero salió del castillo por su cuenta – respondió el soldado.
-¿Hacia dónde fue? – preguntó extrañado.
-No te lo puedo decir.
-¿Y la Princesa?
El soldado quedó perplejo con la pregunta, y luego sonrió.
-Te interesa la princesa, ¿eh? – le preguntó, riendo con picardía – Vamos, Larnoa, eres inteligente. No creas que tendrás oportunidad alguna con ella.
-No estuve ni cerca de decir eso – replicó Larnoa, sonrojado y molesto, cosas que no se lograban notar fácilmente a través de su casco, pero sí en su tono de voz.
-Oh, ¿no? – insistió el soldado, mirando con picardía a Larnoa, intentando ver a través de su casco.
-¿No me responderás?
El soldado se echó para atrás al ver que Larnoa ignoraba sus miradas pícaras. Frunció su ceño y, girando su cabeza, respondió:
-Pues, en su castillo, como siempre.
Larnoa negó con la cabeza. Ne'hrild y el soldado lo miraron interesados.
-No buscaba saber dónde estaba, sino su condición actual. Si Impa no está en el castillo, se encuentra totalmente desprotegida.
El soldado rio suavemente.
-No estarás pensando que te elegirán para escoltarla…
-No, claro que no. Pero una princesa debe estar bajo resguardo; aun estando en el castillo más fortificado, no puede estar desprotegida.
-Es por eso que la Princesa está entrenada para aquellas ocasiones en la que deba estar sola.
-No todos los enemigos son más débiles. Alguien podría atraparla con facilidad en aquellas condiciones.
-Vamos, Larnoa. ¿Quién crees que sería capaz de superar el entrenamiento que le dio la mismísima Impa a la Princesa?
-No lo entenderías aunque te lo dijera – expulsó Larnoa las palabras con molestia de su boca, recordando todos aquellos sucesos que quedaron plasmados en su memoria y, aparentemente, la suya sola.
El soldado torció su boca, demostrando su desconcierto.
-Pues, veré qué puedo hacer al respecto. Es cierto que la Princesa no debe estar sin una escolta que la cuide.
-Aún si se pudiera cuidar sola, una escolta le puede servir para huir si fuese necesario. Por ello es imprescindible una defensa externa.
-Sí, sí… tranquilízate, Larnoa. Hablaré con mis superiores apenas pueda.
Larnoa miró con frustración a Ne'hrild. Quería creer que entendería lo que estaba diciendo, y que lo apoyaría en su posición. Sin embargo, él lo miraba fijamente, intentando escudriñar en su interior, investigando la identidad oculta de su amigo. Sabía que había algo que aun escondía. Larnoa sabía que Ne'hrild lo sabía. E intentaba alejarlo siempre de aquella deducción.
-¿Hacia dónde fue Impa? – preguntó Larnoa.
-Creo haberte dicho que no podía decirte eso – le respondió el soldado, reprochándolo con su mirada.
Larnoa no quería quedarse con aquella información tan vaga.
-¿Podré saber cuánto tiempo estará fuera?
Al soldado le frustraba la insistencia de Larnoa respecto al tema, sin embargo contestó su duda.
-Tratándose de la edecán… Un poco menos de un par de semanas.
Larnoa sonrió.
-Eso no satisface mi apetito de preguntar. Dime, ¿te dio alguna razón por la cual no debiéramos saber? – le preguntó al soldado.
El soldado se resignó a responder las dudas de Larnoa, dentro de lo posible.
-Recuerdo que por su rango. Son jóvenes aún; involucrarse en misiones con la edecán supondría un riesgo muy grande. De seguro hay otro motivo, el cual desconozco – añadió el soldado.
Era la respuesta que Larnoa esperaba.
-Pues verás, querido Ethal… En unos días seremos evaluados para determinar si finalmente seremos Cabos Mayores. Inmediatamente, según nos informó la edecán, haremos las pruebas para ascender al grupo de Suboficiales. Para cuando ya seamos Cabos Mayores - lo que, sin ánimos de alardear, probablemente consigamos -, Impa seguirá de viaje, y estaremos en condiciones de ir a ayudarla.
-Tienes un punto – admitió Ethal –, sin embargo, olvidas un detalle.
Esta respuesta pilló desprevenido a Larnoa.
-¿Qué fue lo que olvidé? – preguntó.
Ethal sonrió.
-Tienes muy buena voluntad al querer ayudar a Impa. Pero mientras no seas un soldado del grupo de Oficiales, no tienes libre albedrío por Hyrule. En otras palabras – explicaba mientras Larnoa expresaba haber entendido su punto mediante su rostro –, no podrás salir de tus actividades diarias mientras no poseas una orden explícita de un superior, requiriendo mínimamente que éste pertenezca a los Oficiales; orden que puede ser fácilmente revocada por otro superior, si así lo deseara.
Larnoa permaneció en silencio.
-¿Por qué tanto interés en ayudar a Impa? Ni siquiera sabes si necesita ayuda – preguntó Ethal –. No estarás pensando en lamer botas, ¿o sí?
-No, no estoy lamiendo botas – respondió Larnoa, algo frustrado –. Mira, Ethal: entiendo los comportamientos de la edecán, más de lo que pudieras creer, y estoy seguro de que una desaparición como la de ahora no tiene nada de normal.
Ethal no dijo nada. Quedó algo desconcertado con la afirmación de Larnoa. Inmediatamente Larnoa se dio cuenta de que, quizás, no debió haber dicho eso. Comprendió que, con ello, cualquier persona podría pensar dos cosas: por un lado, estaba la opción de que Larnoa estuviera diciendo la verdad y así mismo, estaba la gran posibilidad de que Impa estuviera privilegiando a ambos; por el otro lado, si Larnoa conocía tan bien a Impa como él decía, estaba también la posibilidad de que hubiera estado espiando durante un buen tiempo al ejército.
-¿Por qué dices conocer tanto a la edecán? – preguntó Ethal, interesado.
Pocas opciones.
-No es algo relevante, Ethal. Te lo puedo decir en otra ocasión. Creo que lo importante ahora es que me digas hacia dónde fue.
-Larnoa – respondió Ethal, con un tono totalmente distinto –, ¿entiendes lo que me estás diciendo? No sé el motivo por el que conoces tanto a la edecán, pudiendo tratarse de algo totalmente sospechoso. No puedo decirte hacia dónde fue así.
-¿Desconfías de mi?
-Me han enseñado a desconfiar de todos los novatos, lamentablemente – contestó con un tono cortante –. Sí, nos llevamos bien y compartimos algunas cosas, pero la confianza se gana con hechos y no con conversaciones de pasillo. No puedo confiar plenamente en un novato como tú, aunque suene duro decirlo. Hasta este momento me has parecido muy interesante, pero aquello que dijiste respecto a la edecán permitió que dudara de ti. No sólo tienes un potencial destacable, como si supieras de batalla desde mucho antes de entrar al ejército, sino que también pareces tener información valiosa de la edecán. Alguien con esas características suena más como un espía que como un novato.
Gloich resonaba en la cabeza de Larnoa. "El enemigo estará siempre un paso más adelante, y tienes que estar preparado para ello".
Cierto era que Ethal no era su enemigo, pero debió haber considerado que sus palabras podrían haberlo transformado en uno, y empezaba a creer que lo estaba logrando. Perfectamente podría tratarse de un espía, y no tenía manera de probar lo contrario. Si lo detenían en ese momento, no tendría a nadie para defenderlo.
A excepción de…
-Y, ¿quién estaría espiando al ejército? – preguntó Ne'hrild.
Ethal lo miró. Había olvidado completamente que se encontraba ahí.
-No es tan difícil. ¿Has escuchado de los rumores respecto a levantamientos rebeldes? No es primera vez que se sabe de estos levantamientos. Ya hemos encontrado y nos hemos encargado de espías previamente.
»Sin embargo, no se encuentran sus tutores acá, por lo que no podré plantearles esta posibilidad. Mientras sus tutores no estén, tendré que ponerlos bajo la vigilia de un par de escoltas – explicó.
Ne'hrild echó un bufido. Larnoa observaba el piso.
Lo había conseguido. No tenía ni la menor idea de que incluso las palabras representaban una batalla, y ésta la había perdido.
-No me tomes a mal, Larnoa – le pidió Ethal –. No llegué a ser Alférez confiando en quien se cruzara en mi camino. Lamento que esto haya tenido que tomar esta dirección, pero es lo que hago con todos.
Larnoa lo ignoraba. Pensaba en la situación, y pensaba tomar ventaja de ella.
-Ethal – llamó su atención Larnoa.
-¿Si?
-Dijiste que nos escoltarían desde ahora, ¿no? – le preguntó.
-Así es, no tengo otra opción.
-Pues, ya que nos escoltarán…
Larnoa tomó un tiempo antes de formular su siguiente pregunta. No quería volver a cometer un error.
-¿Por qué no nos dejas ir tras Impa con la escolta? Te dará más confianza, imagino, a que vayamos por nuestra cuenta.
Como Larnoa esperaba, Ethal no se esperaba aquella proposición. Larnoa esperaba que la escolta fuera de un nivel mayor que el que tenían ellos, para que, en el caso de ser realmente unos espías, no pudiesen derrotarlos.
-Si la edecán descubriese de que los envié tras ella junto con unos escoltas… – comentó Ethal.
-Inventaremos algo. Ella no tiene motivos para saber de esto. Podemos, incluso, decir que ellos estaban siguiéndonos.
Ethal ya no soportaba tanta insistencia.
-Está bien – contestó, exasperado –. Hay algo extraño en ti. Algo me dice que te debería creer. No logro encontrar la razón por la que debiera hacerlo, así que toma esta oportunidad como una prueba. Gánate mi confianza, como te dije: con acciones.
Larnoa sonrió. Era justo lo que necesitaba. Pronto confiaría en él.
-¿Hacia dónde? – preguntó el muchacho.
-Gar'dandt. Es un pueblo al este de Hyrule – respondió Ethal.
Larnoa estiró su boca hacia un lado. Miró a Ne'hrild esperando que él conociera el mencionado pueblo, sin embargo se encontró a éste mirando el suelo, inmutable.
-Pues, yo no lo conozco, por lo menos – explicó Larnoa –. ¿Existe la posibilidad de que seamos guiados al lugar?
-No esperarás que la edecán se trague la idea de que estaban siendo seguidos mientras sus "seguidores" guían el camino. Si no conoces el lugar, lo mejor será que no vayan.
-Yo conozco el lugar – soltó Ne'hrild.
Larnoa y Ethal lo miraron.
-Perfecto – dijo Ethal tras un momento de silencio –. Ahora podrán ir.
-Así es. Larnoa, vayamos a prepararnos, lo mejor será que salgamos pronto de aquí – sugirió Ne'hrild, sin dudar de sus palabras.
Había tomado desprevenido a Larnoa. Por alguna razón había creído que la conversación aún tendría detalles que pulir. ¿Cómo pensaba viajar el mismo día? El sol se ocultaría en un par de horas, por lo que no habría manera de llegar hasta ese lugar de noche; ni siquiera sabía si Ne'hrild realmente conocía aquel lugar.
Ethal, notando la duda en Larnoa, decidió finalizar la conversación.
-Perfecto, repórtense antes de que planeen retirarse. Conseguiré a sus escoltas en el transcurso.
Ne'hrild salió de inmediato, mientras Larnoa aun vacilaba ante el repentino fin de la discusión. Luego, siguió a ambos mientras salían de la oficina. Ethal se fue por un pasillo a la izquierda, mientras que Ne'hrild siguió por el mismo camino. No se dirigía a las habitaciones.
Larnoa lo siguió de cerca. Probablemente se dirigía a los vestidores, pero no lograba entender por qué. Minutos más tarde se encontraban ambos sentados frente a frente en el solitario vestidor. ¿Cuál era su plan?
-Larnoa.
Larnoa le devolvió la mirada a Ne'hrild.
-¿Qué es lo que ocurre? – le preguntó – Algo me dice que tienes un plan.
-No, no tengo un plan. Quiero hablar al respecto de lo que se habló en aquella oficina.
Larnoa asintió con la cabeza. Ne'hrild miró el suelo y continuó:
-Nos acaban de decir que Impa no quiere que vayamos. Sabemos que lo dijo específicamente por nosotros.
-Pues, sí…
-¿No te parece extraño?
Larnoa intentaba averiguar el punto al que quería llegar Ne'hrild.
-No me llama la atención, a decir verdad – respondió Larnoa.
-Link – susurró Ne'hrild –, ¿no es así?
Él asintió nuevamente. Ya no cuestionaba la extraña memoria de Ne'hrild.
-¿Piensas, realmente, que es normal que la edecán haya viajado en el preciso momento en que se necesitan a los mejores cargos del ejército para detener aquel supuesto levantamiento en Afeldi? – preguntó Ne'hrild, con un tono desconfiado – ¿Crees que es normal que prohíba ir justo a ti y a mí? A mí, que recuerdo fuertemente el nombre de Gar'dandt, como si se tratara de una de las cosas más importantes de mi vida.
Link abrió sus ojos.
-Tú eres…
-No lo digas – lo interrumpió.
Hizo caso, y prestó atención a las palabras de Ne'hrild.
-Hace dos años fui despojado de un objeto extremadamente valioso para mí.
» Cuando era pequeño, tuve un accidente. No recuerdo qué fue lo que ocurrió, pero lo más seguro es que me golpeé la cabeza. ¿Por qué seguro? Bueno, te habrás dado cuenta ya de mi triste memoria. Al respecto no se pudo hacer nada; sé que hubo gente que intentó ayudarme a recuperar la memoria, pero simplemente no hubo una solución, fuera de medidas que se podían tomar con la esperanza de que algún día yo la recuperase. Una de esas medidas la tomó, por lo que me he obligado a recordar durante años, la que era mi madre.
» Recuerdo sus manos. Eran muy delicadas, pero trabajaban los materiales más tenaces como si se trataran de algo tan débil como una hoja. Así fue como ella modificó un brazalete que ella poseía, tallándolo, dejando dibujos, escrituras, y mi nombre. Actualmente la manera por la que recuerdo mi nombre es gracias a ti, Link. Sin embargo el resto de lo que aparecía en aquel brazalete me permitía recordar otros detalles. Recuerdo que tengo dieciséis años, o de lo contrario no hubiese podido entrar al ejército. Pero no recuerdo detalles como de dónde vengo, cómo se llama mi madre, cómo se llama mi padre, o por qué me alejé de mi pueblo.
» Pero es probable que aquel lugar sea Gar'dandt. Resuena en mi memoria con fuerza, con aún más fuerza que Hyrule, que es el lugar donde he estado los últimos años. Gar'dandt debe ser mi pueblo de origen.
» Y es precisamente eso lo que me preocupa. ¿Por qué nos prohibiría justamente a nosotros dos ir a Gar'dandt, en el preciso momento en que ella va allí? Justamente al pueblo que siento que pertenezco…
Link pensó en todo aquello que dijo Ne'hrild. Tomaba sentido, visto desde ese punto; Impa estaba tras algo, y no quería que se enteraran.
-Y luego estás tú – agregó Ne'hrild, mirando inquisitivamente a Link.
¿Qué significaba eso? Link miró atónito a Ne'hrild. ¿Dudaba de él?
-Te escondes bajo un falso nombre, no me has dicho nada de ti y, siendo un mero recluta dices conocer muy bien a la edecán. ¿Quién eres, en realidad?
Link se mantuvo en silencio. Miraba hacia el suelo, mientras Ne'hrild aún intentaba conseguir información a través de su mirada. Bajo el helado ambiente de los vestidores, la fría apariencia de las blancas murallas y el triste silencio, Link intentaba formular algo que decir. La verdad era que ni él estaba seguro de qué había tras él. No era muy distinto de Ne'hrild, después de todo; ambos tenían la memoria dañada en cierto aspecto, y no lograban recordar la certeza de algunas cosas importantes del pasado. ¿Qué era real?
-Es triste, Ne'hrild. No puedo decirte mucho de lo que hay tras de mí. Pero te puedo decir unos cuantos detalles para que sepas de mí; de lo que sé que es real.
Ne'hrild, con aquellas últimas palabras, supo lo que Link acababa de pensar: tenía algunos problemas para recordar el pasado.
-No sé dónde nací. Sé que crecí con los Kokiri, pensando que era uno de ellos, pero los años han dicho lo contrario. No soy como ellos, he crecido mucho más de lo que un Kokiri podría jamás llegar a medir. Me uní al ejército con un propósito - no soy un espía, te lo puedo asegurar -, el cual era y es encontrarme personalmente con la Princesa.
-¿Qué es lo que quieres de ella? – preguntó Ne'hrild.
Link sonrió y respondió:
-Es algo que no puedo explicar; no aún. Lo único que te puedo decir es que sé que ella me puede explicar ciertas cosas. Para bien o para mal, ella es la única que puede hacerlo.
Ne'hrild no le quitó la mirada de encima. Aquella declaración no cambiaba nada; los misterios sobre Link sólo lograban aumentar.
-Hay muchas cosas que no me explicas – le dijo Ne'hrild –. ¿Por qué tienes tanta experiencia con la espada? ¿Por qué dices conocer a Impa, y por qué quieres ver a la Princesa, ambas siendo de las personas más importantes del reino?
-Todas las respuestas que podría darte necesito confirmarlas con la Princesa – respondió secamente.
-¿Cómo esperas que confíe en ti? – preguntó Ne'hrild, de manera fría, esperando que Link le diera una respuesta gracias a su apelación a los sentimientos.
Link sonrió tristemente, ahogando una risa producida por la situación en la que se encontraba.
-No esperaba que confiaras en mí.
Ne'hrild se sobresaltó.
-¿De qué hablas?
Link buscó los ojos de Ne'hrild, para decirle con la mayor seriedad lo que pensaba.
-Si yo fuera tú… – soltó Link –… no confiaría en mí.
Sentía un vacío en su corazón. Parecía que el cielo se burlara de sus sentimientos: había empezado a llover apenas llegó a su habitación. El ambiente no podía estar peor. Había pedido que no encendieran su chimenea, por lo que la habitación tenía una sensación gélida insoportable; a ella no le importaba. Había luchado tanto en los últimos años, para ver que sus esfuerzos dieron un fruto que ella no esperaba. Deseaba haber aprovechado aquellos años para aclarar su mente, lo que conocía, lo que era real y lo que no. Los había desperdiciado intentando adaptarse a gobernar un pueblo que aparentemente no la quería, que deseaba vuelta a su rey, y él a éste. Ella estaba de sobra. Había intentado hablar con él, cosa que él aceptó, pero cada vez que se juntaban, el tema de conversación era el reino. En ningún momento la había llamado hija.
El frío la abrazó. Le daba la bienvenida, y ella lo sentía entrar a través de su piel. Su corazón se helaba ante el pensamiento de aquella persona. Aquella figura varonil ya dejó, en ese momento, de producirle sentimiento alguno. Pero aquel espacio quedaba vacío, y sentía la pérdida. Se largó a llorar nuevamente, como lo había hecho día tras día en la última semana. La falta de cariño, de afecto, de amor; toda esa falta hizo que sintiera pena de sí misma. No se sentía querida. No sentía agradecimiento de parte de los demás. No sentía nada, por más que quisiera.
Estaba completamente abandonada, y por dentro pedía a gritos que alguien la rescatara de su miseria. Pero era algo que ella solo podía hacer hacia sus adentros, ya que no sabía qué pensarían de ella si llegase a pedirlo de verdad.
Ella era ahora la princesa. Él era el rey.
Y nada más.
