Año 2028
La luz que emite un objeto en su punto de fusión despierta algo oculto en nuestro ser. Si miramos como brilla el metal de una forja veremos nuestra propia naturaleza alborozada pues percibimos el salvajismo oculto tras la civilización de nuestra alma enclaustrada en una sociedad hiriente hacia sí misma.
Es algo que pocos llegan a comprender pues sucumbimos como polillas y somos atraídos por el brillo incandescente del hierro candente, pero otros son visionarios de otro tiempo en el que la humanidad, aun primitiva en cuestiones avanzadas, era capaz de alterar la propia realidad bajo la supervisión de los ancestros. Seres ahora desaparecidos que antes de marchar dividieron a la humanidad en magos y muggles. Son los primeros los que, en un ínfimo número,dilucidaran la verdad tras la fascinación por el candor del metal ardiente. Sin embargo son los segundos los que pueden provocar que esa visión quede forjada en la mentalidad de los magos.
Por ese motivo, y no otro, Voldemort hizo que Eirian Malfoy fuera un squib, o fingió que el joven primogénito lo fuera. Se aseguró que fuera educado en la sociedad que él mismo tanto aborrecía. Así Eirian, criado como Muggle pero siempre consciente de su origen mágico, fue capaz de aunar ambos mundos. Mientras Elizabeth era educada para ser capaz de someter a Eirian y el poder de las dos sociedades.
Voldemort se aseguraba su regreso usando los horrocruxes, pero forjaba su eternidad con algo mucho más peligroso. Hacía años que su plan para ser omnipotente se venía realizando sin que tan siquiera sus integrantes lo supieran o vieran el conjunto de la acción a realizar.
Y ahora tenía encadenado a Eirian Malfoy, renombrado Lovegood, en el borde de una fosa magnatico. El joven miraba fijamente el brillo dorado y rojizo del burbujeante líquido. Estaba en trance, pero no debido a un hechizo. Algo bullía en su interior y la verdad se estabaderramando en su mente, por encima de barreras antiquísimas estaba viendo lo que la humanidad olvido hace eones.
A su lado Elizabeth lo miraba con frialdad para que su padre no viera la debilidad que bullía en su corazón. La rivalidad que llevaba años gestada entre ellos no podía destruir su niñez junto a Eirian. Además, ella debía ser la que realizara la última estocada sobre su enemigo y no su padre, pero no lo tenía permitido. Años de control absoluto hacían difícil que la nueva correa se asentara alrededor de su arrogante figura.
—Tom, te diría que lo que estas a punto de desencadenar no tienes forma de controlarlo. Pero la verdad quiero que lo desencadenes. —la voz de Eirian surgía como un murmulló de sus labios resecos, pero se escuchaba en todas partes con una potencia y gravedad que hacía vibrar el pecho con temor. Voldemort avanzó hasta el borde del abismo y lanzó un hechizo.
La lava comenzó a burbujear con violencia y ascender hasta arañar las cadenas encantadas de Eirian. El sudor que bajaba por su frente se evaporaba con rapidez y sus ojos, siempre rojos, en ese momento estaban ennegreciéndose.
—Sabes lo que busco. Lo pienso obtener ahora y tus burdos intentos de detenerme con la labia no han resultado. —musitó Voldemort lanzando un cuchillo a su hija. — Haz lo que debes. No puedo obtener la sangre yo mismo.
Elizabeth avanzó con paso seguro y con hábiles movimientos desvistió a Eirian de cintura para arriba. Sabía que no necesitaba mucha sangre para el ritual, aun así clavó la hoja con fuerza hasta tocar el hueso y bajó con una velocidad endiablada. Al sacar el filo, completamente carmesí, se podía ver la espina dorsal moverse con el vaivén de la respiración. Eirian apretó los dientes. No le gustaba la idea de morir encadenado pero aquel corte no auguraba clemencia alguna por parte de la única persona presente que podría otorgarla.
Elizabeth ofreció a su padre la hoja ensangrentada. Un toque de varita y líquido escarlata voló del cuchillo hasta una copa que se llenó por completo. El vidrio tallado comenzó a brillar con una tenue luz blanco azulada. Voldemort se llevó la copa a la boca sin labios y bebió. La garganta se le fue iluminando a medida que la sangre llegaba al estómago.
La luz se fue difuminando hasta desaparecer. Voldemort se agarró el brazo con fuerza en un rictus de dolor. Sus rodillas cedieron y cayó sobre el suelo carbonizado. Elizabeth dio un paso antes de que una orden silenciosa la detuviera en seco. La respiración de Voldemort se aceleró convirtiéndose en un aullido jadeante.
Soltó su brazo y acarició el suelo volcánico con suavidad. Impulsándose con los brazos se levantó y avanzó con rapidez, como si de una serpiente se tratara, hasta Eirian. Respiró profundamente antes de expulsar el aire por la boca con un olor putrefacto, repitió el proceso siete veces hasta que el aroma se transformó en algo neutro e incluso agradable. Eirian lo miró con furia y las cadenas chirriaron en un intento por soltarse.
—Te dije que conseguiría lo que me propusiera, Smaug. —Eirian abrió los ojos con una expresión de sorpresa y miedo lo que provocó el regodeo de Voldemort y la curiosidad de Elizabeth. — Conozco tu verdadero nombre. Ahora sabes que no soy tan iluso como piensas. Esconderte en un burdo pseudónimo no te ayudó a huir de mi investigación. Conocía tu existencia mucho antes de que este cuerpo que habitas naciera.
—Hace mil años que nadie me llama por ese nombre y muy pronto tú tampoco lo harás. —amenazó Eirian mostrando los dientes con un gruñido. Voldemort se levantó con una carcajada mientras manoseaba su varita con impaciencia.
—Eso no es del todo cierto, Smaug. Si mal no recuerdo le contaste tu secreto a un escritorzuelo que creía que ser mago era demasiado irrelevante y prefirió dedicarse a perder el tiempo con bisutería. Y si no me falla la memoria, tú anterior vida termino en ese mismo instante, no tienes permitido mostrarte a nadie más que a tu portador. Pero ahora yo lo sé… creo que ya imaginas a donde lleva mi razonamiento.
— ¿Me vas a soltar y te vas a tirar al volcán? —bromeó Eirian escupiendo a la lava. No quería que vieran la hemorragia interna.
—Muy gracioso. Tardaste décadas en nacer tras tu última muerte. Según mis cálculos no deberé preocuparme por ti hasta dentro de un siglo. —Los grilletes se contorsionaron alrededor del cuerpo de Eirian antes de desprenderse del suelo. Voldemort dio un paso, colocándose tras Eirian. Sonrió, un simple movimiento y todos sus planes de conquista se iniciarían. La muerte de Eirian le daría la vida, la muerte de Neville le daría el mundo. Dio una potente patada en la espalda de Eirian, lanzándolo al lago de fuego. Elizabeth corrió al borde y observó a su antiguo amigo sumergirse en aquel profundo abismo líquido.
Observó impasible como desaparecía dejando un simple guiño en la memoria de Elizabeth. La joven miró a su padre sin reconocerle. El cadavérico cuerpo acabado en un cráneo ralo y un rostro huesudo y hundido, había desaparecido. En su lugar se erguía un hombre que rondaría los cuarenta, incluso tal vez los treinta. Increíblemente atractivo con un pelo de color negro brillante y ojos castaños, que evocaban la perdurabilidad de un bosque milenario.
—Bellatrix se va a alegrar mucho de verle, mi señor.
—El mundo se alegrara de verme, Elizabeth. Solo que aun no lo sabe.
