Año 2002

Los árboles, desprovistos de toda su frondosa hojarasca, y decorados con cientos de luces azules, blancas y rojas, iluminan el paseo hasta la plaza donde se habían instalado los puestos navideños. En pleno Madrid de los Austrias, cientos de personas se apelotonan para llegar a la pequeña feria de magia.

A cien metros el dulzor del incienso llena el frío ambiente. Pronto los letreros de Tarot y visiones de futuro llenan las farolas. Entre el gentío aparecen trapecistas e ilusionistas tratando de ganar unos pocos euros con sus trucos. Un equilibrista se planta delante de una joven pareja que le miran con una sonrisa ilusionada e infantil, de quien quiere ser engañado como cuando era un niño.

El equilibrista, viendo una posible paga en esas dos miradas cargadas de curiosidad, inicia sus trucos. Hinca rodilla en el suelo adoquinado para después, con un impulso sobrehumano, dar dos volteretas invertidas en el aire. Apoyándose con las manos comienza a bailar y saltar, usando los pies para acercar una gorra a los dos jóvenes que gustosos dejan unas monedas dentro.

Eva Avalos y Alex Espinosa se alejan del equilibrista mientras alaban los maravillosos y complicados movimientos que acababa de realizar. Iban haciendo señas de lo impresionados que habían quedado y deseando ver más en el interior de la feria. Amigos desde la infancia, tan íntimos que nunca van a ningún sitio sin el otro, demasiado tímidos para dejar de ser amigos. Los padres de ambos llevan bromeando sobre su relación desde que iban al colegio. Ellos solo se sonrojan y salen de la habitación. Nunca han sido personas expresivas y lo único que logra sonsacarles algo más que la mera cortesía y amabilidad es la magia.

Siempre se han visto atraídos hacia ese mundo que surgió en el circo donde engañar al público era esencial para conseguir su admiración. Les encantaban los trucos y siempre jugaban a desenmascarar a los magos, buscando los fallos y el cómo a sus actuaciones. Era algo que les permitía mostrarse más expresivos de lo normal.

Esa noche no dudaron en coger tres metros y dos autobuses para llegar a esa zona de Madrid. Nunca se habían dado cuenta de lo difícil que era orientarse en esas calles de la zona de los Austrias. Parecía construido de tal forma que perderse era irremediable, pero no eran los únicos visitantes del festival y fueron arrastrados por la corriente de gente hasta la plaza principal.

Miraron a izquierda y derecha. Todo lo que veían les parecía llamativo y no eran capaces de decidirse si ir primero al tarot, a los ilusionistas; a lo lejos un número, de escapismo les atraía; pero al final no tuvieron que decidir. Un hombre gigantesco posó sus manos en el hombro derecho de Alex y en el izquierdo de Eva y los miró desde arriba con una sonrisa misteriosa.

Su rostro oculto bajo una melena y barba leonina de color rojo intenso sólo dejaba entrever un ojo negro como el azabache que contrastaba con el otro, de un blanco mortecino y aparentemente muerto. Su sonrisa aparecía entre el pelo bien cuidado de la barba, mostrando una hilera de dientes tan blancos que parecían hechos de madreperla.

—Dos almas como las vuestras piden un vistazo a lo que les depara. —Su voz encandilaba a pesar de ser muy ronca y carente de cualquier atisbo de emoción. Era una extraña mezcla de artificialidad y virtuosismo lírico.

— ¿Una echadora de cartas? —preguntó Eva mirando de reojo a Alex.

—Es algo más que un simple truco de cartas. —respondió aquel hombre con cierta contención. Alex pensó que el comentario de Eva le había molestado. —Svetlana es una lectora cosmológica. Ve más allá de las estrellas y devela lo que está oculto a simple vista. —La mirada chispeante de ambos jóvenes dejaba bastante claro que habían sido pescados. —Seguid a Vasyl y él os llevará con Svetlana. —dijo con una reverencia mientras se alejaba de ellos y se internaba en la multitud. Alex y Eva no tardaron en seguirle, ni siquiera se pararon a pensar, estaban demasiado intrigados.

No era difícil seguir a Vasyl. Era tan alto que sobresalía un par de cabezas por encima de la multitud, la cual no parecía reaccionar a su presencia. Atravesaron toda la plaza y se adentraron en un pequeño callejón iluminado por farolas antiguas. Allí Vasyl los invitó a pasar a una pequeña tienda con un desvencijado cartel de madera donde se leía: Entre las Nieblas del Tiempo. Svetlana Carapenco.

Alex fue el primero en entrar y respirar el fuerte aroma a incienso. Avisó a Eva para que se pusiera un pañuelo en la boca para evitarle un ataque de asma pues tras años juntos ya conocía su límite en cuestión al olor y la densidad del aire. No había electricidad en la estancia. Todo estaba iluminado con velas negras que despedían un candor azulado que imprimía tenebrismo en cada una de las sombras.

Al fondo, vieron como dos pesadas cortinas se hacían a un lado, mostrando una pequeña figura encorvada sobre un brillo cristalino. A primera vista Alex creyó que era una anciana por el pelo blanco que se balanceaba alrededor de la bola de cristal pero cuando se acercó más vio un rostro juvenil, casi más joven que él.

Eva lo empujó un poco para que avanzaran a la par hasta quedar frente a la mujer que los miraba con curiosidad. Sus ojos de un azul claro dejaban entrever los vasos sanguíneos en un cuadro de tonos rojos y azules con una profundidad infinita.

—Alex Espinosa y Eva Avalos, es un placer conocerlos ¿Qué clase de vidente sería sino fuera capaz de ver sus nombres? —preguntó adelantándose a la expresión de asombro que mostraron ambos. La pregunta les provocó una sonrisa educada pero fingida, empezaron a no sentirse cómodos en aquel lugar. —Habéis venido a ver el futuro pero no sabéis que futuro es el que queréis ver ¿El vuestro? ¿El de la humanidad? ¿El de un familiar? ¿El del propio universo? Tenéis tantas preguntas rondando vuestra mente que no sois capaces de enfocaros en una sola y la más importante. Una pregunta que os lleva rondando varios años a los dos pero que nunca habéis pronunciado en voz alta. —A cada palabra se levantaban un poco y los obligaba a sentarse en las dos sillas que tenían a cada lado. — ¿Qué os parece si develo parte de vuestro futuro antes de mostraros la pregunta que os atormenta? — Tanto Alex como Eva se miraron sin saber qué decir, la mujer hablaba demasiado rápido, casi como si no quisiera darles tiempo a pensar. — Lo tomaré como un sí. Yurinovich, baja las persianas. Necesitamos un ambiente turbio para develar el sendero del destino. —Su acento empezaba a hacerse notorio a medida que iba haciendo gesticulaciones con las manos alrededor de la bola de cristal. Poco a poco esa bola fue iluminándose al mismo tiempo que surgía un humo denso y verde de ella y se adentraba en la nariz de Svetlana quien lo aspiraba sin mostrar signo alguno de molestia.

Entonces se desplomó en la silla, con la cabeza oculta bajo su melena blanca. Se mecía ligeramente de un lado a otro como si dormitara. Tras unos minutos Alex fue a levantarse para asegurarse que estuviera bien pero Vasyl posó su mano sobre el hombro de Alex y le obligó a sentarse de nuevo.

Svetlana empezó a respirar profunda y sonoramente.

—Los durmientes despertaran cuando la serpiente se eleve y el gusano se devele. El león decidido detendrá o morirá por mano de la serpiente. Dos serán uno a la luz de la profecía. —Svetlana rugió esas frases como si las estuviera escupiendo, era desagradable y desgarrador escucharlas pero los presentes no las olvidarían nunca.

—Señora. —Vasyl inclinó ligeramente la cabeza de forma interrogante.

—Una profecía poderosa sin duda. —espetó sin aliento Svetlana. Levantó la cabeza y miró fijamente a Eva y Alex. —Sin duda sois buenos canalizadores. —Desvió la mirada hacia Vasyl quien entendió a la perfección, con una velocidad imposible para alguien de su tamaño atrapó a Eva y Alex encadenándolos a la silla. —La verdad es la siguiente, sois dos personas con una cualidad única. Sois catalizadores de magia. No hay muchos, la verdad sea dicha es que tampoco ayuda que me alimente de ellos. Para que vuestra muerte no sea tan vacía os diré que me estáis haciendo un gran servicio. Vais a dotar a Vasyl de su antigua vida. Deberíais agradecerme tal honor.

—Suélteme y verá como se lo agradezco. —gruñó Eva moviéndose frenéticamente en su silla. Alex a su lado miraba perdidamente sus cadenas, parecía en estado de shock. Vasyl se alejó de él y atrapó entre sus manos a Eva y su silla y la levantó en el aire.

—Gracias, Vasyl. —murmuró Svetlana sacando una varita muy corta de color verde claro. Empezó a dibujar círculos en el aire, formando un halo de luz humeante que se fue llenando de letras sin sentido y dibujos rocambolescos. Todo el conjunto fue dando vueltas hasta posarse en el suelo donde iluminó toda la estancia y lanzó en múltiples direcciones cientos de miles de palabras en lenguas muertas. El aire se llenó de un polvo denso y oscuro haciendo difícil el poder respirar.

Alex no dudo en aprovechar la mezcla de luces y sombras, por algo su mago favorito era Harry Houdini. Pateó una pata de la silla desencajándola del resto y haciendo que el soporte se cayera hacia atrás. Las cadenas literalmente se deslizaron hasta los pies. Ya estaba corriendo hacia Eva cuando Svetlana se dio cuenta de que se había escapado. Vasyl soltó sin pensar la silla haciendo que Eva también se zafará de las cadenas cuando el asiento se destrozó al caer.

Alex agarró del cuello a Vasyl y saltó para hacerle perder el equilibrio. Alex colgaba del cuello de Vasyl y con la altura del segundo no podía mantenerse en pie y empezó a tropezar con todo mientras tiraba y golpeaba a Alex. En su caída golpeó a Svetlana y rompió una de las líneas de luz que se extendían como telarañas por la estancia. Lo que ocurrió a continuación se marcó a fuego en la mente de Eva. Una llamarada negra consumió a Vasyl en el acto. Svetlana presa de la furia gritó encolerizada mientras lanzaba una bola de luz naranja contra Eva.

La chica lo último que vio antes de quedar cegada por una potente explosión fue a Alex lanzarse entre la luz y ella. Eva notó como su espalda chocaba contra el cristal del escaparate y lo atravesaba cortándose a lo largo del cuerpo. Sintió una quemazón horrible a lo largo de la espalda y un dolor de cabeza tan insoportable que sintió alivio con el latigazo que azotó su cuello al tocar el suelo de la calle y rodar hasta detenerse en una pared.

Antes de desmayarse escuchó a la multitud agolparse a su alrededor y el grito enloquecido e hiriente y desolador de Svetlana. Pero ella solo pensaba en una cosa: ¿Y Alex?