El suave resplandor de la farola no impedía que la oscuridad se adueñase de la calle adoquinada. La niebla subía del Támesis como si estuviera devorando la propia ciudad metro a metro. Primero como pequeños jirones de espumosa blancura, lentamente ese tono gris verdoso característico se fue adueñando del ambiente y las farolas a plena potencia no podían hacer nada, solo ver indefensas como su fulgor se veía reducido al insignificante brillo de una luciérnaga.

Sólo las calles principales y con mayor número de luces se mantenían aparentemente iluminadas. Los callejones secundarios se veían envueltos en la negrura.
Y en los tiempos que corren, esa negrura es peligrosa. Un movimiento en falso. Un giro equivocado y puede que adentrarse en esa calle, a priori inofensiva, logre hacer que a la mañana siguiente adornes, con tu cara sonriente, una docena de portadas sensacionalistas que usan las desapariciones como método para aumentar las ventas del día. Y últimamente es algo que sucede demasiado a menudo. Se nota en la tensión casi palpable de ese aire viciado. Las casas mantienen día y noche las luces encendidas, las puertas, que antes permanecían abiertas durante horas hasta que los niños dejasen de jugar para ir corriendo a la cena, ahora se mantienen cerradas como si de un banco se tratase.

Hay miedo.

No es un miedo irracional. Algo sucede. Algo maligno y nocivo. Nadie sabe cuándo empezó, solo que cada día desaparece más y más gentes. Algunas veces aparecen destrozadas mental o físicamente. Otras no llega a quedar ni un solo cabello que diga a las familias que ha ocurrido con su ser querido. Los muggles están asustados por esto, no tienen ni idea que en sus calles se libra una guerra de la que son víctimas. Pero no colaterales, sus verdugos los buscan con ansia queriendo demostrar algo a su retorcida mente.

Esta noche no es diferente y los predadores no tardarán en acechar a su presa favorita. Sin embargo no saben que hay otro jugador en la partida y está a punto de cambiar las reglas del juego. En una esquina, oculto por la sombra de un pequeño toldo, aparece una figura robusta apoyándose en un grueso bastón. Se escabulló en un callejón y aguardó con paciencia. No quiere asustar a quien persigue. Lleva días tras su rastro y al fin da con él, o al menos con el lugar donde va a estar en breve.

Alastor no suele fiarse de Mundungus pero en esta ocasión da su brazo a torcer y admite que es muy probable que el timador de Mundungus este en lo cierto sobre la posición del mortífago. No tarda en aparecer al otro lado de la calle. Encapuchado y mirando de un lado a otro de forma constante. Empieza a caminar lentamente, intenta mirar hacia atrás cada pocos pasos pero con la capucha le es imposible sin girarse completamente. A los pocos metros se la quita mostrando un rostro que roza lo infantil.

El pelo rapado de mala manera con muchas calvas y cortes, como si lo hubiera hecho el mismo sin mirar y con unas tijeras oxidadas. La cara cubierta de marcas de acné, ocultan eficientemente más de media docena de cicatrices. Solo la que le baja de la oreja hasta la barbilla es visible y por ser muy reciente. Alastor reconoce la herida, se la ha hecho él hacia pocas semanas en su última misión. Los andares del joven mortífago le terminan por delatar. Cojea de forma evidente y respira entrecortadamente de vez en cuando. Aún tiene heridas abiertas en alguna parte del cuerpo que le está pasando factura.

Alastor no puede sino sonreír con su suerte, por fin tras años de enfrentarse a mortífagos curtidos, da con uno que está a punto de desmayarse y es el que tiene información útil. En otras circunstancias pensaría en una trampa, era un cebo demasiado evidente, pero en los últimos meses Voldemort se ha visto obligado a usar todo lo que puede para mantener su organización. El alto mando es demasiado valioso para mandarlo a ciertas misiones. Y esa misión que estaba realizando el joven era sin duda esencial por su rapidez a pesar del dolor que estaba sufriendo de forma evidente.

Entonces ambos se encuentran, sus miradas chocan. El miedo surge de los ojos castaños del joven quien saca la varita solo para que salga volando a la mano de Alastor. Desprovisto de arma y de escapatoria no le queda otra que huir. El auror observa como huye a trompicones, tropezando con las farolas por culpa de las heridas y la niebla. Sonríe hoscamente antes de desaparecerse. Un segundo y se planta delante del joven quien acaba rodando por los suelos mientras trata de darse la vuelta.

Alastor golpea al muchacho con el bastón y una cadena de hierro se enreda alrededor del cuerpo del chico antes de caer como un saco de patatas al suelo. Las cadenas titilan con el impacto y el mortífago gime de dolor y de pavor. La leyenda de Alastor Moody es de sobra conocida por todos los mortífagos. Un enemigo a temer, es el único junto con Dumbledore de quien debe huir sea cual sea la situación. Solo los más hábiles mortífagos se atrevían a enfrentarle, pero él apenas ha cumplido los diecisiete y la única clase práctica de duelo la tuvo con el mismo Alastor una semana antes, de la cual había salido gravemente herido y aun no se había recuperado.

—Atajo de ineptos, antes teníais cierta capacidad estratégica pero últimamente os estáis volviendo muy descuidados. —Alastor golpeó el suelo con el bastón y una bola de luz blanca salió disparada hacia el cielo desapareciendo entre la niebla. —Tengo unos minutos antes de que lleguen los refuerzos que te llevaran a Azkaban. ¿Qué hacías en esta zona?

El mortífago frunció los labios y le miró desafiante aun cuando se notaba la poca resistencia que tenía en ese momento.

—Tenacidad, teniendo en cuenta que tienes el músculo femoral destrozado no es una buena posición el resistirse. —Aplicó presión con el pie en la pierna encadenada. El grito de dolor no se hizo esperar. — ¿Qué hacías aquí?

— ¡Alastor! ¿Qué haces aquí? —exclamó una voz tras el veterano auror. Al darse la vuelta, Alastor vio a Frank Longbottom aparecer en pijama y con la varita en ristre, corría por la calle con unas zapatillas de deporte mal puestas.

— ¿Vives aquí? —preguntó Alastor con una expresión sombría. Frank llegó a su lado y le miró extrañado ante la pregunta, simplemente asintió. Alastor volvió a centrarse en su joven capturado, volvió a aplicar presión sobre la pierna, esta vez con más fuerza. La tela empezó a oscurecerse de sangre. —Veo en tu mirada que la presencia de Frank juega en tu contra. Es la última vez que te lo preguntare antes de que tengas que usar una silla de ruedas para volver a desplazarte. — ¿Qué hacías en esta calle? ¿Cuál era tu misión?

—…Confirmar… que aquí… viven los Longbottom… —masculló farfullando de dolor. —Cabrón. —El bastón silbó en el aire y de un golpe secó sacudió la cabeza del mortífago, que quedó inconsciente en el acto.

—Buenas noches, Barty. —murmuró Alastor con el semblante serio. Entonces miró a Frank que le miraba sin entender nada. —Vamos a tu casa. Ya he enviado un patronus, se lo llevarán en un minuto. Tengo que llamar a Dumbledore. Esto no es bueno. Ni remotamente, y lo peor es que no sé porque no es bueno.

—Esa mirada no presagia nada alegre y colorido. —comentó Frank.

—Vamos a tener que trasladaros a un lugar seguro. Espero que Alice se haya recuperado del parto.

—Yo espero que tu intuición te esté fallando. —murmuró circunspecto Frank antes de echar a andar.

—No tendremos esa suerte. Por cierto, bonito pijama. —dijo Alastor mientras seguía a Frank sin prestar atención a los dos aurores que acababan de aparecerse para llevarse al mortífago encadenado.

— Alastor Moody tratando de relajar el ambiente con bromas. ¿Será posible que la situación sea peor de lo que imaginaba?

—Mucho peor.