El salón está en penumbra. Una débil vela es lo único que da algo de luz en la habitación. El ambiente es tenso entre los ocupantes. Frank y Alice Longbottom miran a Alastor Moody sin saber muy bien de qué hablar. Lo ocurrido minutos antes casi en la entrada de su casa los tiene ahora trastornados por los posibles significados ocultos que se les escapan. O al menos que Alastor se guarda para no revelarlo antes de que llegue Albus.

Alice no para de moverse incomoda en el sillón mientras mira de reojo hacia el techo como si pudiera ver a través del mismo. Frank la observa sin saber muy bien que hacer, lo único que se le ocurre es levantar su brazo y acunarla en su pecho. En el momento en el que Alice toca el pecho de su marido parece tranquilizarse. Frank nota como el pulso de Alice va haciéndose cada vez más lento y su respiración se normaliza, aunque sigue mirando al techo de vez en cuando con una expresión de miedo y desesperación.

Alastor se levanta con energía de su asiento en la butaca más cercana a la chimenea y se mueve cojeando hasta la ventana. La cortina está echada aunque el edificio entero este bajo un encantamiento desilusionador. Alastor echa la cortina a un lado con un dedo mientras mira con atención en ambas direcciones. La calle está totalmente vacía, no parece haber rastro de nada ni de nadie. Su expresión preocupada no cambia cuando vuelve a su asiento, se le ha erizado el vello de la nuca. Siente como si alguien le estuviera observando desde las sombras.

La chimenea empieza a crepitar, primero de forma imperceptible, poco a poco gana intensidad mientras pequeñas chispas saltan entre la madera carbonizada y la ceniza. Un humo gris verdoso empieza a elevarse formando espirales. Una llamarada verde engulle la chimenea entera. Una figura alta y encorvada en extremo aparece girando sin parar entre las llamas. Lentamente las llamas se apagan y la figura sale de la chimenea irguiéndose y mostrando un hombre alto, de larga barba blanca y sombrero picudo. Sus ojos azul intenso miraban por encima de unas gafas de media luna que colgaban de su nariz torcida.

Albus Dumbledore miró a los presentes con detenimiento antes de sonreír con cansancio y ademán tranquilizador. Su mirada se detuvo entonces en Alastor y se tornó serio.

— ¿Qué ocurre, Alastor?

—Problemas. He capturado a Barty Crouch Jr. en esta misma calle hará escasos minutos. Parece ser que Voldemort ha puesto a los Longbottom en su punto de mira.

— ¿Qué te hace pensar eso? Podría ser que quisiera escalar entre los mortifagos y por eso nos buscaba. —preguntó Frank sin dejar de abrazar a Alice.

—Estaba completamente destrozado por dentro. Solo los Lestrange serían capaces de hacer algo así por ganarse la admiración de Voldemort. Cualquier otro habría guardado cama durante semanas. Si estaba aquí es porque se lo han ordenado y si no sabía qué hacía, solo que debía encontrar la casa de los Longbottom es que se lo ha encargado Voldemort. —contestó Alastor sin apartar la vista de Albus quien se mantenía en silencio y con la cabeza agachada. — ¿Albus?

—El joven Crouch está camino de Azkaban, supongo. —dijo con tono tranquilo mientras se colocaba bien sus gafas. Miró a Alice quien seguía abrazada a su marido sin quitar la vista del techo. — Alice, querida. ¿Me harías un té con miel? La última vez me quede con ganas de una segunda taza de ese maravilloso té que preparas. —Su sonrisa parecía eliminar de un plumazo toda la tensión del ambiente, como si un aura de tranquilidad le cubriera y se extendiera al resto de presentes. Alice bajó la mirada y asintió rápidamente antes de levantarse y desaparecer por la puerta.

—Dudo que ese mocoso inepto sea el único. —masculló Moody volviendo a la ventana para mirar de nuevo.

— Trabajaba solo, Alastor. —afirmó Albus con seguridad. —Tom nunca se atrevería a que se extendiera la información. Intuye que nuestra red de informantes es más amplia de lo que parece. Dudo que airease demasiado esto.

—Y con esto, ¿A qué nos referimos? —preguntó Frank visiblemente preocupado. Se había levantado y agarraba con fuerza la varita dentro del bolsillo.

—Voldemort os ha marcado, sois sus próximas víctimas, o al menos las más importantes. Vuestro hijo incluido. —contestó Albus.

En ese instante se escuchó el ruido de algo rompiéndose en mil pedazos. Los tres magos se dieron la vuelta como un relámpago, empuñando sus varitas en alto. Alice se tapaba la boca sin articular palabra. Le temblaba el labio y sus ojos llorosos estaban a punto de derramar un mar de lágrimas. A sus pies toda una vajilla de porcelana se hallaba convertida en añicos y bañada por un té oscuro que a la luz que se filtraba de la calle parecía sangre.

—No pienso permitir que nada te pase, ni a ti ni a nuestro hijo. —prometió Frank corriendo a abrazar y consolar a su esposa.

—Nuestro pequeño…, apenas ha llegado a este mundo y… ese… ese sádico quiere matarlo. ¿Por qué? —Alice hipaba mientras contenía las lágrimas y sus emociones se turbaban a la furia que solo una madre conoce. —Qué se atreva a poner un solo pie en esta casa. Le mandare a Azkaban convertido en un jarrón. —Sus ojos chispeaban entre las lágrimas y la rabia.

—Tengo mis razones para creer que Voldemort piensa que vuestro hijo es una amenaza muy grave a su poder. —explicó Dumbledore a la pregunta de Alice mientras reparaba la vajilla de té y se preparaba una taza. Se la ofreció a Alice quien la cogió con ambas manos y el cálido aroma de la miel pareció tranquilizarla.

— ¿Qué razones, Albus? —inquirió Moody sin dejar de mirar por la ventana con el ceño fruncido.

—Es pronto para revelarlas, Alastor. Es necesario que investigue a fondo este asunto, pero puedo deciros sin temor a equivocarme que os persigue por Neville. Debemos empezar de inmediato a reubicaros constantemente. Al menos hasta que podamos crear un encantamiento Fidelio sin levantar sospechas.

—Preparare las maletas —comentó Frank saliendo de la habitación casi corriendo. Alice se dejo caer en el sofá, aun con la taza humeante entre las manos. Dumbledore se sentó a su lado y poso su mano en el brazo de ella.

—Hare todo lo que esté en mi mano para protegerla, Alice. No permitiré que intenten matar a mis alumnos. —dijo Albus con tono suave pero cargado de energía y determinación. Una sonrisa fugaz terminó con la frase que hizo que Alice riera de forma cansada y ronca.

—No me preocupa mi vida, Dumbledore. Me preocupa la de mi hijo. ¿Qué clase de vida tendrá si es perseguido constantemente? Va a vivir de forma atropellada, siempre moviéndose sin poder considerar ningún sitio como un hogar. No quiero que mi hijo viva sin saber lo que es tener amigos. Pero tampoco quiero que muera sin haber vivido. No sé que debería hacer, ¿Qué haría una madre en mi situación? —preguntó Alice mirando los ojos azules de Dumbledore. El anciano le sonrió, como acostumbraba a sonreír cuando estaban en Hogwarts. La sonrisa que delata que ha encontrado algo interesante.

—Una madre en tu situación haría exactamente lo mismo que estás haciendo, Alice. Ahora debemos concentrarnos en manteneros a salvo, a los tres. Ya tendrás tiempo para pensar cuando hayamos habilitado un lugar seguro. Allí descubrirás que la maternidad no tiene caminos ni respuestas fáciles pero tampoco querrás tenerlos. —Respondió Dumbledore levantándose. La chimenea lanzó una llamarada verde. —Me pondré a trabajar de inmediato. Alastor, ¿Te importaría?

—En absoluto, me quedaré hasta que tenga noticias. —asintió Moody despegándose de la ventana para despedirse de Dumbledore. — No tardes. No me gusta la forma en la que se mueven ciertas nubes.

—Alice. —llamó Dumbledore mientras se volvía a introducir entre las llamas. La mujer de cabello corto le miró con sus ojos cafés almendrados— Tú hijo hará grandes cosas, no tardarás en verlo.

—No me hace falta verlo. Sé que hará grandes cosas, ya ha hecho grandes cosas: Ser mi hijo.