Los juncos se mecían con la brisa de finales de verano. El suelo, un limo oscuro y pegajoso, engullía las botas de Barty Crouch Sénior. Era difícil moverse en ese terreno, pero era el punto ideal desde el que aguardar a la presa. Su varita dio un ligero chasquido y una forma etérea surgió de su punta hasta alzar el vuelo. Un pato marrón con el vientre blanco descendió hasta el lago que había a unos metros de distancia y allí se quedó nadando y llamando de vez en cuando a sus congéneres.
Barty sonrió, con la trampa ya tendida solo tenía que tener paciencia. Virtud que sus años en el juego de la política han ayudado a forjar hasta lo indecible. Se acuclilló lentamente sin hacer ruido. Hincó la rodilla que se hundió en el fango pero no le dio importancia. Desde esa posición no le podían ver pero el si veía claramente su señuelo mágico.
Durante las siguientes horas se dejó seducir por el silencio, solo roto por el gorjeo estridente del señuelo y alguna contestación tardía y lejana de su pariente real. La brisa ceso a última hora de la tarde y el zumbido de los insectos se hizo cada vez más insoportable. Crouch miraba con amargura su señuelo inútil. Golpeaba impaciente la varita contra el muslo, provocando chispas rojas que se zambullían en el humedal con un chisporroteó y una nube de vapor.
Entonces vio como una bandada de patos descendía hasta su señuelo y amerizaban en el lago con elegancia y coordinación. Crouch sonrió triunfante mientras apuntaba con su varita. Tenía enfilado un gran ejemplar que sería una delicia de colocar en su despacho. Tal vez con las alas extendidas. Incluso podría ponerlo en el ministerio, eso les enseñaría a sus subordinados como se hacían las cosas. Paciencia. Perseverancia y nada de titubeos.
Se mojó los labios con la lengua, tantas horas de espera le habían secado la garganta. No quería dejar escapar la presa del día por un problema vocal. Sus labios se abrieron y silaba a silaba iba sellando el destino de aquella ave, que sin saberlo se había puesto en el punto de mira del Director del Departamento de Seguridad Mágica. Y futuro Ministro de Magia de Inglaterra si todo iba como había planeado.
Barty disfrutó el momento, sentía de nuevo el poder que le llenaba cada vez que dictaba sentencia. Era excitante.
—Nunca hubiera imaginado que la persona que más torturas, muertes y condenas imparte necesitara de más sangre en sus manos aparte de las que cae durante sus horas de trabajo. —Gritó a pleno pulmón una persona tras él. Los pájaros espantados huyeron en desbandada. Bartemius sin saber a qué apuntar lanzó furioso varios hechizos errándolos todos.
Se dio la vuelta con dificultad y violencia, de tal forma que tuvo que ser sujetado por el inoportuno visitante para que no cayera de cara sobre el barro. Se encontró de frente con la sonrisa burlona de James Potter. Barty frunció los labios intentando controlar las ideas que pululaban por su mente en ese instante.
—James Potter, el valeroso Auror que siempre consigue que el ministerio se llene de papeleo por su culpa. —Escupió las palabras. No le gustaba Potter, era demasiado temperamental y en cualquier circunstancia habría sido despedido en el acto. Crouch lo habría mandado encerrar por su incompetencia. Pero Potter tenía contactos, su familia era rica e influyente, Dumbledore respondía por él y el ministro parecía obcecado en convertirle en el Jefe de Aurores más joven de la historia.
—Siempre es un placer escuchar sus cumplidos, Señor Crouch. —Sus gestos sacaban de quicio a Crouch. James se intentó peinar su cabello pero este volvió a erizarse, casi parecía que James lo hiciera a propósito porque sabía cuan molesto era para ciertas personas.
— ¿A qué debo esta intromisión tan inoportuna?—preguntó Barty limpiándose el pantalón de barro y ajustando la ropa de caza para parecer lo más autoritario posible, y a pesar de ser más bajito que Potter, lograba imponer el suficiente respeto para sentirse superior a él.
—En realidad llevo un rato aquí, solo esperaba molestar lo mínimo posible y hace unos instantes vi el momento indicado para no alterar su itinerario de caza. —respondió con una chulería que no dejaba ver delante de su esposa.
—Vaya al grano, Potter. —exigió levantando la voz más de lo que pretendía.
— ¿Por qué ha denegado a mi sección la autorización para introducir a su hijo en el listado de mortifagos conocidos? —Toda infantilidad reinante en el semblante de James desapareció en un suspiro y sus gafas descendieron por el puente de la nariz hasta hacerle parecer una versión joven de Dumbledore.
—Mi hijo no es un mortifago. Jamás ha sido un mortifago. Y jamás lo será. Me niego a introducirlo en la lista sin pruebas contundentes. —La irritación en su voz iba en aumento, junto a un tic en su ojo izquierdo muestra de lo férreo que era su autocontrol.
— ¿Le parece poco contundente el testimonio de doce aurores y de Alastor Moody? —inquirió dando un paso adelante y poniéndose frente a frente a Barty, obligándole a alzar la mirada.
— ¿Sé refiere a una docena de aurores novatos recién salidos de la academia y que fueron atacados por mortifagos antes de que se les tomara declaración sobre mi hijo? No puedo tomar por valido el testimonio de unos jóvenes irresponsables que pueden estar bajo la maldición imperio.
—Solo cuando le conviene puede hacer eso ¿Verdad? —Barty obvió ese comentario con una sacudida furiosa.
—Y Alastor Moody está siendo investigado de forma interna por su comportamiento errático. No confiaré en la palabra de un loco. Y si no tiene más pruebas, haga el favor de marcharse y dejar de manchar mi apellido con esas acusaciones hacia mi hijo.
— ¿Y qué me dice de la declaración bajo los efectos del veritaserum de los dos mortifagos capturados durante la huida de su hijo? —preguntó James colocándose las gafas en su sitio. Sabía de antemano que no cedería pero le gustaba molestar lo máximo posible, sobre todo si era Barty Crouch Sr. quien soportaba el incordio.
—Está más que demostrado que esa poción puede ser eludida. Puede ser una estratagema del enemigo para desacreditarme públicamente y perder el favor del pueblo. Potter, debería pensar en el bien de su país antes de lanzar acusaciones sin fundamento. No podemos debilitar a nuestra mejor arma contra los mortifagos. —James se frotó los ojos sin poder creerse del todo lo que acababa de pasar. Crouch le hablaba como si estuviera en una conferencia de prensa. Odiaba la política.
— ¿Usted? Nuestra mejor arma contra los mortifagos es usted. Entiendo. Por esa regla de tres, Voldemort es nuestra mejor arma también.
— ¡NO SE ATREVA A DECIR ESE NOMBRE! —exclamó encolerizado Barty apuntándole con la varita. —Ese nombre está prohibido y usted lo sabe. Haré constar su desobediencia civil por este acto, no le quepa duda. Ahora márchese antes de que considere emitir una orden de captura y ejecución con su nombre. —James le miró desafiante pero al final se rindió y levantó la mirada hacia el lago.
—Está bien, ¡SEÑOR!— La voz amplificada mágicamente de James tronó en los alrededores asustando a todas las presas en kilómetros a la redonda. —Buena caza. —dijo a modo de despedida mientras se desaparecía con una sonrisa burlona.
Barty miró el cielo tratando de serenarse de aquella charla. Negaba con la cabeza con furia. Escuchó el alteó rápido de algo que pasaba a su lado y como un relámpago lanzó un látigo de luz roja contra lo que había captado su atención. Vio, satisfecho, como el agua se enturbiaba de escarlata mientras algunas plumas se mecían y danzaban en la superficie.
El pato aún tenía espasmos cuando Barty lo recogió y se lo colgó en la cintura. Al menos no se iba a casa con las manos completamente vacías.
