La mansión Black fue de las pocas que sobrevivió a los bombardeos durante la segunda Guerra Mundial. Durante esos años, la mayor parte de la población mágica decidió trasladarse a poblaciones enteramente mágicas para poder protegerse de forma más eficaz sin necesidad de preocuparse por el acta de secreto mágico. Sin embargo tanto la familia Malfoy como la familia Black declinaron la opción. No tolerarían que sus mansiones, casas y otras propiedades fueran arrasadas por armamento muggle.

Usando sus contactos en las altas esferas del ministerio de magia lograron un permiso especial. No solo protegieron, de forma demasiado obvia, sus residencias particulares. También se encargaron que nada cercano fuera destruido por los bombarderos. No fue caridad, simplemente no querían que el humo y el polvo les empañaran los cristales. Y a pesar de resultar vergonzosamente obvió no tuvieron reparo en generar escudos mágicos. Escudos que fueron vistos por numerosos soldados que patrullaban para alertar del inminente ataque alemán.

Esto provocó una serie de alertas del servicio de aurores para desmemoriar a cientos de personas solo por la arrogancia y el poder de unos pocos privilegiados demasiado obcecados en su superioridad como para pararse a pensar en lo que sería más aconsejable o llevadero. Sin embargo ninguna de esas personas tuvo amonestación por estos sucesos acaecidos entre 1940 y 1944.

Y ahora casi cuarenta años después la mansión más grande y que más controversias causo en su día ha desaparecido a pesar de no recibir ni un solo ataque directo. De pronto de la noche a la mañana la gente dejo de verla, y nadie reparó en esa peculiaridad.

La mansión, junto a las doce hectáreas de terreno ajardinado, había sido embrujada. Bajo el hechizo fidelio permanecía oculta al mundo. A ojos de cualquier viandante solo era un gran bosque con una vaya de tres metros rodeándolo. Esta ilusión era de vital importancia para las tres personas que la habitaban.

Lord Voldemort se había asegurado de que fuera totalmente inexpugnable haciéndola imposible de encontrar. Había pasado siete años en Hogwarts. Años que utilizo sabiamente. Se había ocupado de memorizar todos y cada uno de los libros de su basta biblioteca y entre ellos se encontraba una descripción detallada de las barreras que rodeaban la escuela. Barreras replicadas en la mansión para su seguridad. Necesitaba un lugar seguro en el que descansar y organizar su ejército. Y pensar, su futuro residía en lo que guardaban esas paredes. Cientos de planes de refuerzo.

Hacia años, cuando aún se creía imparable, había aprendido la lección. Un enfrentamiento con Nagini casi le cuesta la vida. La primera vez que encontró a la serpiente, que ahora le acompañaba siempre, no fue precisamente un encuentro amistoso. Nagini se abalanzo sobre él, intento asesinarle con su veneno y ni siquiera hablando en parsel logró calmarla. Se defendió y fue cuando iba a matarla cuando esta se agachó. No para pedir clemencia sino para dar una muestra de respeto a su nuevo amo. Aquel que la había derrotado en combate singular.

Nagini era una extraña serpiente, una que no se volvería a ver en la Tierra pero ligada a un turbio pasado que ni siquiera Voldemort logró discernir. Lo único que saco de aquel enfrentamiento, a parte de la lealtad de la serpiente, fue su propia debilidad mortal. Podía fallar, podía morir a pesar de sus intentos de evitarlo.

Y entonces comenzaron los preparativos. Los planes de los planes de los planes. Cada escenario que estudiaba tenía un plan de refuerzo. Se había asegurado de que ningún ser, hombre o bestia fuera capaz de arrancar su alma de esta vida. Tenía muy claro que su futuro era gobernar el mundo y no podía permitir que un descuido o su propia arrogancia le hicieran caer. Se estaba preparando incluso para luchar contra sí mismo, contra la insensatez de la arrogancia de quien cree ser el mejor del mundo.

Sin duda alguna era el mago más extraordinario de la historia pero no podía permitirse el lujo de que esa superioridad le cegara. Había estudiado demasiado bien la historia para saber que los grandes hombres caían presa de hombres menores e insignificantes. Él no podía permitirse caer. No iba a dejar el mundo en manos de seres inferiores. Ese poder solo podía poseerlo alguien especial y Lord Voldemort era ese alguien.

Por eso la Mansión Black está bajo una potente serie de hechizos. Por eso Bellatrix vuelve a apellidarse Black. Y por eso una niña de no más de dos años está jugando con un sonajero a los pies de Lord Voldemort.

Elizabeth Black agitaba fuertemente su sonajero rojo mientras reía dulcemente. Sus primeros dientes sobresalían ligeramente cada vez que se reía e intentaba morder el juguete. Tras ella, Voldemort la observaba con curiosidad. Sentado en una butaca en una esquina oscura de la habitación. Elizabeth le daba la espalda mientras miraba a su madre que se mantenía en pie a unos metros de ella con una sonrisa orgullosa y expectativa.

Entonces la puerta crujió mientras se abría, Nagini entró reptándose por el suelo. Sacaba la lengua lentamente con un siseo profundo y apagado. Ladeó la cabeza hacia su amo quien solamente asintió. La gigantesca serpiente siguió acercándose a la pequeña niña hasta que estuvo a escasos centímetros de ella. Empezó a elevarse del suelo hasta tener su cabeza a la altura de la de Elizabeth quien aún le daba la espalda y reía con el sonido de su sonajero que ocultaba el siseo de la sierpe.

Nagini abrió sus mandíbulas, mostrando dos poderosos colmillos rodeados de una hilera de dientes afilados y resplandecientes de una baba venenosa. Se retiró lentamente para dar una estocada mortal, como un latigazo se lanzó hacia delante a una velocidad increíble. Justo antes de llegar a morder a Elizabeth, esta se dio la vuelta y la golpeó con el sonajero que se partió. Nagini salió despedida, envuelta en humo verde, contra la pared.

Enfurecida siseó y se lanzó de nuevo contra Elizabeth quien alzó su mano regordeta, tocando el hocico seco y escamoso de la serpiente y deteniéndola en seco. Flotando ingrávida. Bellatrix rió como una histérica mientras veía a su hija manipular a Nagini como si fuera un juguete. Voldemort si embargo era más cauto y se guardaba sus impresiones, pero dejó escapar una sonrisa rápida y fría.

En ese instante la puerta entreabierta se abrió de golpe dejando ver una figura monstruosa. Un hombre cubierto de pelo grueso y grisáceo, demasiado pelo para ser natural. Sus dientes sobresalían prominentemente dándole un aspecto fiero, al igual que sus ojos inyectados en sangre y siempre alerta. Su nariz no paraba de resoplar como si olfateara el aire como un sabueso. Voldemort se puso en pie con rapidez complacido de la oportunidad que tendría ahora. Se mantuvo en la sombra mientras Greyback entraba en la habitación sin percatarse de su presencia.

Greyback al ver a la niña no pudo resistirse a su afición y se acercó con curiosidad. Saludo con un gruñido a Bellatrix solo porque sabía que no debía estar a malas con ella, pero su atención estaba totalmente centrada en la niña que jugueteaba con Nagini como si fuera una mascota más.

—Hola, pequeña niñita. ¿Qué hace un bocado tan suculento jugando con un animal tan peligroso? —preguntó Greyback salivando en exceso y relamiéndose de la emoción. Elizabeth con sus grandes ojos azules dejó de prestar atención a la serpiente y le miró. Parpadeó un par de veces antes de bostezar y seguir jugando con Nagini. Sus rizos pelirrojos cayeron grácilmente tapándole el rostro. —Es de mala educación no mirar a tus mayores. Creo que mereces un castigo, y se cual darte. —Greyback mostró sus dientes sin molestarse en mantener su saliva dentro de la boca. Parecía un perro rabioso a punto de atacar.

Acercó sus manos peludas a Elizabeth con intención de izarla del suelo y dejarle un par de cicatrices que no olvidaría nunca. No llego ni a rozarla.

Mata —siseó Elizabeth en un lenguaje indescifrable para Greyback pero claro como el agua para Nagini y para Voldemort quien sonríe victorioso.

Nagini rugió abriendo la boca y lanzándose contra Greyback quien antes de poder reaccionar ya estaba totalmente inmovilizado por el cuerpo de Nagini que le estaba constriñendo con una fuerza aplastante. Nagini iba a realizar su golpe mortal y alimentarse de una vez esa noche.

Nagini, para. Deja a nuestro invitado y ve a cazar algún elfo. —ordenó Voldemort mientras se acercaba a Greyback quien le miraba entre confuso y furioso pero sabiendo que debía contenerse ante el Señor Tenebroso. —Espero que traigas buenas noticias, Greyback. Sino, dejare que Elizabeth y Nagini jueguen contigo como iban a hacer hace un momento. —la voz de Voldemort, desprovista de toda emoción salvo de la amenaza tristemente velada, no permitía entrever cuan orgulloso estaba ahora mismo de su plan. Miró a Bellatrix por encima del hombro de Greyback. —Bellatrix, llévate a la joven Black a otra habitación.

Bellatrix asintió con vehemencia antes de coger a la niña y marcharse con una reverencia y una sonrisa complaciente y sincera. Voldemort en ese momento invitó a Greyback a tomar asiento mientras el permanecía en pie y dando vueltas a su alrededor. Algo que desagrado al licántropo aunque tuvo que soportarlo.

—Los clanes del norte y el este me son leales y son leales a la causa, mi señor. —explicó Greyback claramente irritado por tener que usar un lenguaje más complejo que el de los gruñidos y las amenazas. —Las manadas dispersas por el sur y el oeste están demasiado desorganizadas para ser una amenaza pero iré este mes a recordarle a sus líderes quien es el macho alfa.

—No me interesan tus opas al poder de esos sucios perros de presa, Greyback. Solo quiero una confirmación. ¿Estarán listos para el combate en mi nombre? —preguntó Voldemort apoyándose en el respaldo de la butaca en la que estaba Greyback. Sus dedos largos y esqueléticos parecían arañas sobre los hombros del licántropo.

—A partir de este viernes empezarán las matanzas como usted pidió, y a cambio esperamos la protección prometida. Y yo quiero vía libre. — Voldemort no solía tolerar ese tono con nadie, pero se lo permitía a Greyback. Era un animal y los animales no admiten las sutilidades del liderazgo humano. Debía ser más permisivo con la hosquedad y rudeza de Greyback a la vez que mantenía claro quién era el dueño de quien.

—Greyback podrás rasgar, morder, perseguir, comerte e incluso bañarte en la sangre de todo niño muggle, squib o traidor siempre que antes acates todas mis órdenes. No te permitiré que hagas daño a los sangre limpia, son un bien muy preciado. Ahora no eres más que un perro vagabundo, te voy a poner una correa, Greyback y la vas a aceptar porque sabes que te conviene más que ir por libre y enfrentarte a los dos bandos. Así que tenlo muy claro, soy tu dueño, y harás todo lo que pida. A cambio te dejare alimentarte de quien te plazca. Como si quieres crear un ejército de licántropos con toda la escoria muggle del país. Pero en cuanto note que te desvías o incumples cualquier orden, aunque sea que no me traigas las zapatillas, me encargaré de que os extingáis como alimañas. —Cualquier persona normal habría levantado la voz y mostrado alguna emoción amenazadora y hostil con aquellas palabras, Voldemort sin embargo hablaba con un tono neutro y monocorde aterrador. No había pizca de emoción en su voz. Greyback respiraba rápidamente con furia pero asintió antes de levantarse y dirigirse a la puerta.

—Tendrá a su perro de presa, señor. Pero recuerde alimentarlo bien. —espetó furioso y sin pensar.

—Greyback, sal por el jardín. Eres un perro, es tu sitió. —ordenó Voldemort con la misma frialdad cómo si le diera absolutamente igual. Greyback torció el gesto y gruñó quedamente. Bajó la cabeza, derrotado, e hizo lo que le ordenaba.

Voldemort vio cómo se alejaba por el sendero que llevaba al bosquecillo tras la mansión. Los licántropos eran impredecibles, al igual que los dementores y la mayor parte de fuerzas no-humanas a las que estaba reclutando. Pero era solo fachada. Todo es controlable, pero nadie era tan valiente o astuto como para encontrar la solución. Él sí. Había averiguado como tentar y doblegar a los guardianes de Azkaban. Y ahora estaban bajo su mando la maquinaría bélica más sádica y sangrienta de toda Inglaterra y sabía perfectamente que le eran leales. Todo buen perro sabe cuál es su posición cuando el macho dominante toma el grupo. Los licántropos tenían a Greyback como su líder y no le iban a retar esa posición. Y Greyback estaba bajo el control de Voldemort porque Voldemort había averiguado como manipular a un licántropo. Se había convertido en el líder de los hombres lobo solo con la dominación de un hombre.

Cada día era más evidente que Voldemort había nacido para algo grande, y lo tenía muy claro sería el amo de la Tierra. Los sangre-limpia serían respetados como debía ser y los muggles dejarían de constreñir la vida de los magos. Serían totalmente exterminados.