Carlos Almeida no era una persona a la que le gustase el tabaco. Detestaba su aroma, el sabor que dejaba en la boca le hacía sentir como si le hubieran ordenado comer asfalto. Y le dejaba una tos áspera y una carraspera digna de una lijadora industrial durante una semana. Sin embargo siempre llevaba tabaco para su pipa de agua de mar. Y lo llevaba para momentos como el que estaba obligado a vivir en ese instante, a las cinco y media de la madrugada.
Madrugada en pleno centro de Madrid con una amenaza de tormenta. Las calles habían sido cortadas en un radio de doscientos metros alrededor del Museo Arqueológico. Un paso obvio por parte de la policía, pero desafortunadamente lo único que conseguirían es cabrear a más de un conductor rumbo al trabajo. Carlos tenía eso muy claro cuando paso por debajo del cordón policial mientras ignoraba los sonoros improperios de un taxista que tenía que dar la vuelta.
Entrecerró los ojos para cubrirse del cegador brillo de los focos halógenos recién comprados por la división científica. Sabía muy bien lo infantiles que podían llegar a ser los de esa sección cuando se trataba de juguetes nuevos. El día que desembalaron las linternas ultravioleta se pasaron todo el día compitiendo por quien tenía más manchas biológicas en la cara. Todos apostaban por la becaria con una oreja totalmente cubierta de pendientes —una moda pasajera a ojos de Carlos— Irónicamente el ganador resulto ser el jefe de detectives, un hombre de ochenta años con la cara tan roja que la gente le llamaba "El Marciano" a sus espaldas.
Carlos aspiró hondo de la pipa y soltó una bocanada de humo negro antes de llegar a la puerta donde ya le esperaba su superior y una joven que tendría la edad de Carlos o poco más. Odiaba cuando López le asignaba esos casos sin más. Se había ganado a pulso el poder elegir en que trabajar a pesar de tener poco más de veinte años. Se llevó la mano a la cara y acarició ligeramente la piel apergaminada y costrosa que se extendía por un lateral hasta la mandíbula. Una cicatriz que le daba derecho a elegir donde trabajar, pero López necesitaba que un novato se encargara de hacer acto de presencia en un simple robo máguel.
Siempre que se producía un robo en alguna institución pública, o en una empresa con el suficiente poder para alterar a los puestos más altos del ministerio, y tenía algo raro —aunque fuera una tos demasiado alta por parte del guardia de seguridad— se destacaba a algún miembro del cuerpo de aurores al lugar solo por si acaso, nunca se sabe; o eso pensaban los de arriba siempre que sucedía.
Por desgracia para Carlos, desde que se convirtió en detective de la policía nacional, se había convertido en el encargado no-oficial de estos casos le gustase o no. Y López siempre le convencía a la primera solo con recordarle que su puesto se había conseguido gracias a mover muchos hilos. Y no sería un trabajo tan cargante si alguno resultara en una amenaza mágica pero siempre termina siendo un máguel más inteligente que la media.
Carlos se resignó y prefirió terminar cuanto antes con las formalidades para irse a casa. Aún tenía que terminar de hacer la colada y luego pasaría cinco horas tratando de encontrar el calcetín que faltaba siempre. Así que cuanto antes terminara de dictaminar que allí solo había una mente fría y mucho tiempo libre, y no magia, mejor. Subió la escalinata mientras golpeaba la pipa para vaciarla de tabaco y guardarla. Ya empezaba a arderle la garganta, pronto tendría la voz como una psicofonía.
—Ya iba siendo hora, jovencito. Hace una hora que mantengo a todo el equipo en espera solo para que eches un vistazo dentro. No sé, qué enchufes tendrás pero sin duda son de los que están muy altos. —gruño su superior cuando vio que se le acercaba. Se notaba a la legua que no le hacía gracia estar a merced de un novato.
—Lo siento, jefe. Hace apenas quince minutos que me han llamado. Un problema con mi línea telefónica al parecer. —se excusó Carlos, y decía la verdad. Su apartamento era demasiado pequeño para una chimenea y con su sueldo no podía permitirse uno que la tuviera o las obras para instalar una. Y para más inri su casero había decidido cortarle el teléfono sin avisar porque se había dado cuenta de que aún seguía a su nombre.
—Déjese de escusas, señor Almeida. Quiero resultados. Y mientras siga aquí perdiendo el tiempo no podré tener esos resultados. Así que ya puede entrar y hacer lo que le hayan dicho que haga y salir antes de que decida convertir su despacho en patio de tiro. —farfulló con un arrebato haciendo que su frente brillara por el sudor y el tono escarlata que estaba obteniendo, cada vez más intenso, fruto de la ira. — Y usted también puede entrar. No voy a permitir que dos novatos hagan que la investigación se paralice durante horas. Entren a la vez y espero por su bien que no encuentre ninguna huella suya donde no deba.
—Sí, señor —balbuceó Carlos entrando por el portón, sin siquiera mirar a la que sería su acompañante. Pero era difícil no sentirla tras él, sus zapatos de tacón repiqueteaban el suelo con un restallido atronador en aquellas salas donde el eco se perdía entre pasillos estrechos y bóvedas tan altas que en la oscuridad no se veían.
—No tiene que correr tanto. Vengo a lo mismo, formalismos del ministerio de magia. —la voz aguda y persistente de su acompañante hizo que Carlos se parase en seco y mirase a la joven sin creer del todo que aquella voz fuera la suya. Y entonces vio perfectamente a su acompañante. Una chica de unos veinte años que aparentaba cincuenta por su atuendo: traje pantalón totalmente negros, a Carlos le llamo mucho la atención esa indumentaria, no estaba muy acostumbrado a ver a las mujeres vistiendo de esa forma. Se intuía una fuerte melena negra que estaba recogida en un denso moño con dos palillos blancos de madera.
Pero lo que más atrajo la atención de Carlos fue la mirada sobresaliente de la chica, casi parecía que se le fueran a salir los ojos de las orbitas y mirase en todas las direcciones a la vez como un camaleón. Era una sensación incomoda mirarla fijamente. Carlos tragó saliva y por ser educado levantó la mano para estrechársela aunque no le hacía gracia que López enviará a otra persona. Si ya había alguien sobre el terreno no entendía porque tenía que ir él también.
—Inés Cuervo, enlace con el ministerio británico. —se presentó la joven extendiendo su mano. No para estrechar la de Carlos sino tendiéndole una tarjeta de visita. Carlos, visiblemente contrariado, tomó la tarjeta de un manotazo y la leyó en voz alta sin acabar de creerse lo que estaba leyendo.
—Asuntos de competencia interna. Ministerio Británico. Espero que esto sea una broma muy pesada de algún listo del departamento de Aurores. Porque como no lo sea, el cabreo que me estoy cogiendo ahora mismo no solo estará justificado, también tendrá consecuencias para usted. —espetó Carlos tratando de mantener la calma. —Los británicos no tienen ningún maldito derecho jurisdiccional sobre terreno Hispanii.
—En realidad según el convenio de 1847 si tenemos derechos. Incluso si quiero puedo acaparar toda la investigación para mi sola. El artefacto que han robado pertenece a una colección privada de un ciudadano Ingles. —explicó con acidez Inés, adelantándole y entrando al ascensor que les llevaría a la sala.
—Me da igual de quien sea, puede ser de Marvin el Marciano y la investigación debería ser realizada por equipo español porque se ha producido en terreno español. ¿Le ha quedado claro o prefiere que se lo diga en ingles por si no me entiende? —preguntó con furia sin poder creerse la desfachatez que llegaban a tener los ingleses.
—Creía que no le interesaba este caso. Según mis fuentes le han enviado por puro formalismo. Ni siquiera sabe si hay un componente mágico en el robo. —contestó mordaz aplastando el botón de la última planta. Las puertas del ascensor se cerraron y el traqueteó del elevador les hizo acercarse demasiado para sentirse cómodos a la vez que mantenían esa conversación tan acalorada. Carlos se echó hacía atrás tosiendo y golpeó repetidamente el botón para que el ascensor fuera más rápido.
—Tengo muy clara una cosa. Hay un componente mágico en todo esto. No sé si es el robo en sí pero le aseguro que lo hay. Y que me cuelguen de la fuente de Neptuno si dejo que esos bebedores de té se interpongan en mi investigación. —dijo con un tono menos temperamental.
— ¿Su investigación? ¿Qué le hace estar tan seguro de que hay magia de por medio?
—Usted. Puede que le cueste creerlo pero no todos los detectives son Sherlock Holmes. Me acaba de decir que esto le interesa al Ministerio de Magia Británico. Eso es prueba suficiente. —respondió Carlos mientras las puertas del montacargas se abrían. Carlos se escabulló en cuanto tuvo el espacio necesario para salir de aquel habitáculo tan incómodamente estrecho. Inés le siguió los pasos mientras le observaba caminar.
—Estoy impresionada, no esperaba tal nivel de observación. —exclamó Inés sacando una libreta y una vuela pluma que dejó flotando a su lado para que fuera apuntando lo que iba viendo mientras caminaba.
— ¿Esperaba un policía imbécil? Hasta un ciego, sordo y mudo habría visto que algo raro tenía que pasar para que la envíen a usted. —comentó molestó por la insinuación de incompetencia que dejó caer Inés. —Ahora si me permite, me gustaría contar con algo de silencio. Así que deje de escribir notitas y déjeme examinar a mi manera.
Inés no contestó pero el vuelapluma dejó de escribir en el acto. Carlos camino por el pasillo. Vio el cadáver cubierto por una manta, con los focos del forense apuntándole. Los apago y se agachó frente al cuerpo. Sacó la varita del bolsillo de la chaqueta e hizo levitar la sábana blanca, mostrando al ladrón muerto. Carlos examinó el cuerpo primero a oscuras. Luego sacó con la mano libre una pequeña linterna.
Un potente haz de luz ilumino el suelo alrededor del cuerpo. Carlos fue perfilándolo. Examinando cada muesca extraña de las baldosas y cada hilo caído. Luego pasó al cadáver y pasó la luz desde la punta de los zapatos a la cabeza. No quedo un solo centímetro de piel sin visualizar. Se detuvo unos segundos de más en el corté que mostraba en uno de los brazos y el desgarró que mostraba el tejido del traje en esa zona específica.
Apagó la linterna y volvió a guardarla. Extendió la mano y tocó ligeramente la tela. Frunció el ceño pero no dijo nada. Bajó la varita y la sabana volvió a cubrir el cuerpo como si nada hubiera pasado. Carlos se puso en pie y se dirigió a la sala del robo. Sus pasos quedaron acallados por el repiqueteó de los tacones de Inés, unos metros más atrás.
Se detuvo delante de la entrada a la sala. Al fondo podía ver la vitrina rota y los cristales tirados por el suelo. Sus ojos inspeccionaron todo el espacio sin pasar nada por alto. Dio un paso hacia delante y miró el pórtico de piedra, se quedó observando la línea negra que separaba en dos el pórtico, muy fina para que dejara caer una reja de seguridad.
Tocó con cuidado aquella abertura sintiendo calor en la yema de los dedos, como si pasara su mano por encima de una vela, demasiado cerca de su llama. Carlos se alejó y entró en la sala con paso rápido, mirando en cada esquina y cada rincón hasta que se plantó delante de la vitrina rota. Palpó el cristal, estaba frío. Tocó con sumo cuidado los bordes aserrados donde se había roto y cogió un trozó de tela que estaba enganchada a él.
Se llevó la tela a la nariz y aspiró hondo, tratando de descifrar el aroma de aquel amasijo de hilos rotos. Se mordió la mejilla como solía hacer siempre que estaba ante algo demasiado obvio para ser cierto. Se dio la vuelta y con paso rápido salió de la sala, Inés por poco se rompe un tacón al seguirle en su repentino ataque de velocidad.
— ¿Ha encontrado algo? —preguntó cuándo se detuvo de nuevo delante de la entrada a la sala.
— ¿Tiene un pintalabios? —inquirió a su vez sin prestarle atención. Inés le miró contrariada y se sacó del bolso un pequeño pintalabios. Se lo tiró al pecho con fuerza. Carlos lo cogió al vuelo. —Espero que no sea muy caro. —comentó antes de lanzarlo con todas sus fuerzas contra el pórtico. El pintalabios explotó en una bola de luz en cuanto atravesó la entrada y solo quedo un rastro de humo.
— ¡Qué demonios! —exclamó Inés golpeando Carlos en el hombro. —Ese pintalabios era un regalo de mi madre.
—Ahora no lo es. ¿Le gustaría explicarme porque esa maldita sala está protegida con un sistema de seguridad mágico? —preguntó Carlos haciendo que Inés enmudeciera en el acto y desviara la mirada de nuevo a la sala donde el humo ya se había disipado. —Déjeme que adivine. El objeto robado no solo es mágico, también es peligroso, pero tiene un pasado máguel. Demasiado máguel a mi entender o no habrían permitido que se expusiera aquí. E imagino que es un objeto inofensivo bajo las medidas de seguridad que estaban vigentes en la vitrina.
—Así es. —confirmó a regañadientes Inés. —Se trata de la Piedra Lunar, el regalo de la Diosa Elphyra a los Egipcios por su devoción. Al menos eso es lo que cuenta la leyenda.
—Tengo un poco oxidada la Egiptología, señorita Cuervo. Si hiciera el favor de concretar la historia de esa piedra. Asegúrese de explicarme que tiene de peligroso. —pidió Carlos con una seriedad fría y calculada. Había entrado al juego y ahora no se dejaría ganar por el ladrón.
—Elphyra es una deidad egipcia. La única que enseño a los humanos como manipular su propio mundo. Fue la primera maestra en enseñar magia y nos convirtió en magos y brujas. Esto no era del agrado de los dioses, no podían permitir que sus súbditos tuvieran sus mismos poderes por lo que advirtieron a Elphyra de que dejara de hacerlo sino quería ser castigada. Elphyra accedió pero a espaldas de todos creo una joya, una piedra preciosa que captaba toda la luz y la devolvía amplificada. Si un rayo de Sol incidía sobre su superficie cristalina, la piedra lanzaba destellos ondulantes de miles de tonalidades durante varias horas. Pero esa no era su única función. También era un catalizador de poder mágico. En un principio la piedra era un gran monolito de varios cientos de metros de altura. Y estaba fijada en el interior de Gran Faro de Alejandría. Era lo que hacía brillar el faro y alertar a los marineros. Al mismo tiempo toda Alejandría se veía recompensada por la proximidad del obelisco lunar. Sus poderes se veían increíblemente incrementados, como sabrá Alejandría era de las pocas ciudades enteramente mágicas de la antigüedad.
—Sintetice, señorita Cuervo. Estamos en una investigación policial no en Hogwarts. —cortó Carlos frotándose los ojos con cansancio. Estuvo tentado de fumar, pero desistió necesitaba estar alerta.
—El obelisco amplificaba el poder mágico hasta tal punto que la ciudad quedó destruida por sus propios habitantes y se decidió que la piedra era demasiado peligrosa. Pero aun así levantaba demasiada ambición a su alrededor. Poco a poco la piedra fue decreciendo. La gente empezó a colarse en lo que quedaba del faro para robar un trozo y construir núcleos de varitas con él. Viendo en que había degenerado su regalo, Elphyra trato de inutilizarlo pero los dioses se lo impidieron. La obligaron a permanecer expectante de lo que su "regalo" acabaría haciendo a sus amados magos, al mismo tiempo se la privó de su poder y se la condeno al olvido. Ningún humano volvió a recordarla. Y si hoy tenemos constancia de esta historia es por restos arqueológicos de algunos magos inmunes al olvido. O eso dicen.
—Vuelve a darme una clase de historia. Tratamos de obtener información útil, no me interesa la condena de una diosa.
—Durante los siglos siguientes el obelisco quedo reducido a nada. Lo habían desmantelado poco a poco para crear varitas más poderosas de lo normal. Pero Esas varitas acababan consumidas por las llamas de un fuego maldito porque no eran capaces de soportar la energía mágica de su núcleo. Debido a esto una familia romana decidió guardar el último fragmento en forma de joya y huyeron a Britania antes de las guerras contra los Pictos. Y la Piedra Lunar permaneció en suelo Británico hasta nuestros días. Pasando por distintas familias mágicas y máguel.
—Eso no explica por qué acabó en un museo máguel en otro país.
—Una de las familias que poseyó la Piedra Lunar fue la familia Real. La Reina Isabel la llevó engarzada en su corona durante su reinado. Un mago la reconoció y la robó, pero acabó siendo detenido por los Aurores. Y en vista de que no sabían qué hacer con ella decidieron dársela a un pariente cercano de la reina, de descendencia mágica. Y a día de hoy sus descendientes decidieron cederla al museo. No me pregunte porque, tal vez querían evadir impuestos o librarse del seguro, no es un objeto fácil de mantener por muy rico que seas. —concluyó Inés. — ¿Ahora me dirá qué ha averiguado? ¿Y por qué mi pintalabios ha sido víctima de su investigación?
—El pórtico que da acceso a la sala de exposición está protegido. En teoría por una red laser de última tecnología por lo que he leído de camino hacia aquí. Pero no es así. No existe en el mundo esa tecnología. Al menos de momento. Lo que lo protege es un escudo mágico pasivo. Solo se activa cuando detecta peligro. Nos ha dejado pasar porque no tratábamos de robar nada. Nuestras intenciones nos delatarían gracias al hechizo protector. Pero el pintalabios iba con una trayectoria de colisión. Por muy pequeño e insignificante que pudiera parecer, el escudo lo detectó y lo destrozó. Siento que fuera un regalo. En caso de fallar ese sistema, claramente homicida y prohibido, saltarían los del interior, detectores y chivatoscopios muy complejos. Dudo que haya más de una docena de personas en ese país que supieran hacerlo. En Europa la lista solo sería de medio centenar. Y luego el cristal de la vitrina. Es un cristal mágico irrompible.
—No se nota. —replicó mordaz, Inés. Señalando los restos esparcidos por el suelo.
—Irrompible para los términos normales. Los magos solemos pasar por alto otras ramas más máguel. La física y la química por ejemplo. Por muy protegido que este ese cristal si lo enfrías a doscientos grados bajo cero su estructura se volverá tan frágil que simplemente se astillara y con un golpe se vendrá abajo. Si no me equivoco, han usado nitrógeno líquido. Pero el cristal no solo se rompe, también se vuelve extremadamente afilado en los bordes, el ladrón se cortó al sacar la mano. —explicó mostrando los restos de tela que había guardado en una bolsa de plástico. —Aquí es cuando han surgido los problemas. Seguramente la científica dictaminará que el traje repelía la red laser de algún modo y por eso entró. Eso es en parte cierto, pero la tela es muy fina para que sirviera. La he tocado, casi es una segunda piel, no tiene la densidad necesaria para repeler los sistemas máguel de la sala. Estaba hechizada. Pero el cristal rajó la tela y dejó un punto vulnerable que hizo saltar la alarma y fue lo que le provocó el corte en el brazo. Al salir de la sala atravesó el escudo sin toda la protección. El hechizó encontró el hueco y le vaporizo todo lo que vio a su alcance.
—Eso no pudo matarle. Según el forense esa herida parece cauterizada y va de un lado al otro del brazo pero no más allá. —dijo Inés releyendo sus apuntes.
—Tiene razón. Lo que le mató es una maldición asesina. Tengo que avisar al Ministerio para verificar si se ha producido alguna infracción en referencia a las imperdonables.
— ¿No acuden nada más activarse la señal? —preguntó confundida Inés.
—No estamos en Inglaterra, señorita Cuervo. —Le señaló Carlos —Las maldiciones imperdonables no suelen ser un problema y no tenemos un sistema tan eficaz como el suyo. Eficaz por decir algo, sino me equivocó siguen apareciendo cuerpos por doquier a pesar de saber dónde se producen los hechizos. Y nunca atrapan a nadie.
—Deje de tratarme como si yo también fuera inglesa, Almeida. Soy española, solo trabajo para ellos. —exclamo exasperada por la actitud abiertamente hostil de Carlos hacia los Británicos.
—Lo sé, simplemente no entiendo como una mujer tan atractiva como inteligente puede trabajar para esos adora pastas. —contestó Carlos. Inés le miró sorprendida pero no le dio tiempo a replicar. —Necesitó llamar a López. Tienen que venir con un equipo completo antes de que los máguel lo contaminen. —murmuró para sí mismo mientras salía corriendo por el pasillo. — ¿Dónde estarán los teléfonos públicos en este antro?
— ¿Por qué no usa el mío? —inquirió Inés haciendo que Carlos se detuviera y la mirara extrañado. Inés abrió su pequeño bolso y sacó un enorme trozo de plástico de color verde vomito. Parecía muy pesado. Carlos dio dos zancadas y se lo cogió antes de que cayera. Casi se desploma al cogerlo, debía pesar diez kilos. Lo levantó y vio una antena salir de un extremo y un cable enrollado esconderse en el bolso.
— ¿Esto que diantres es? —preguntó incrédulo Carlos.
—Un teléfono portátil. —contestó Inés.
—Portátil y unos… —se cayó y marcó el número del departamento de aurores. —Si alguien le pregunta yo jamás he llamado con este trasto.
