Año 1982

Alice jugaba con su hijo como hacía meses que no podía hacerlo. Meses con una espada de Damocles pendiendo de sus cabezas. Esa situación de amenaza continua y letal la angustió, y Frank, a pesar de no revelarlo, se sentía igual o peor. No eran capaces de dormir, pensando en lo que podría suceder mientras cerraban los ojos. Un segundo y toda su vida podría desaparecer en un torbellino verde.

Pero el peso de la amenaza se fue diluyendo, lentamente se disipó la sensación de estar siendo vigilados y pecaron de tener esperanza. Alice volvía a jugar con su hijo sin importar nada más porque había empezado a subestimar o incluso a dejar de creerse que tal amenaza contra sus vidas existiera. ¿Por qué el Gran Lord Voldemort iba a buscar precisamente a dos aurores? Cierto que eran miembros de la Orden del Fénix, pero no tenían ningún valor real para que fueran buscados de esa forma.

James Potter iba camino de convertirse en Jefe de Aurores, Alastor Moody era el auror más famoso de toda Gran Bretaña, incluso Sirius Black sería a la larga mucho más valioso que Frank y Alice Longbottom. O eso había empezado a decirse Alice, cada noche, para intentar dormir. Al final tanta repetición había dado sus frutos y dejó de considerar la amenaza como real. Pero eso no la convertía en estúpida. Aún no se atrevía a salir al jardín, ni siquiera para regar las plantas. Lo hacía desde la ventana con unos cuantos hechizos.

Frank había desconectado la Red Flu de la casa solo por si acaso y se trasladaba al trabajo usando trasladores autorizados de forma secreta por Arthur Weasley. No escatimaban en recursos para mantenerse a salvo, según su opinión pecaban de exceso. Pero preferían estar preparados y no necesitar la protección, a no estarlo y necesitarla. Black uso una metáfora demasiado coloquial para explicar la situación.

Y eso había llevado a Alice a estar lanzándole pequeñas snitch de peluche a su hijo que reía divertido cuando golpeaba los peluches dorados con la palma y estos rodaban por el suelo con un alegre tintineo. Neville no paraba de agitar los brazos para interceptar aquellas pelotas que su madre le lanzaba. Alice veía al pequeño, lo imaginó atrapando una veloz Snitch en un gran estadio.

Neville agarró uno de los peluches por el ala y lo empezó a agitar con fuerza para que los cascabeles del interior sonasen más. Alice no pudo reprimir una ovación como si su hijo en verdad estuviera ganando el partido de un importante equipo de Quidditch. Neville se sorprendió tanto con el abrupto gritó eufórico de su madre que se cayó de espaldas y dio una voltereta hacia atrás antes de quedar boca arriba.

Alice aguanto la respiración al ver la pirueta que había hecho su hijo por culpa del susto. Vio su cara rechoncha cubrirse de rojo, sus ojos inexpresivos se pusieron vidriosos y se achinaron. Abrió lentamente la boca y un potente llanto surgió de sus pequeños pulmones. En menos de un segundo, la cara de Neville era un mar de lágrimas. El pequeño no paró de llorar a pesar de los intentos de su madre por calmarlo con los peluches.

Alice se levantó de un saltó y salió corriendo de la habitación rumbo a la cocina. Rezando porque Frank hubiera comprado la leche en polvo que le había pedido.

El salón quedo vacío a excepción del pequeño Neville que enmudeció cuando escuchó una risa histérica y como algo golpeaba la ventana. Era como si su padre estuviera golpeando el cristal con las llaves. Neville se irguió como pudo y miró hacia la ventana mientras se limpiaba las lágrimas con el puño. Echaba de menos a su padre, pero no le vio en la ventana. En su lugar vio algo muy divertido: Una cara.

Una cara ancha y a la vez estrecha. Una piel verde brillante que reflejaba el sol y la nieve del jardín. Unos ojos grandes e hipnóticos que daban una lástima inmensa. Neville pensó en los perros de su programa favorito. Siempre ponían esa cara cuando querían jugar. Unas orejas grandes y acabadas en punta, más largas que el sombrero amarillo que portaba aquella cara. Una nariz puntiaguda con la que repiqueteaba en el cristal como si fuera un pájaro carpintero. Y por último, lo que más había llamado la atención de Neville. Una sonrisa de oreja a oreja, de dientes blancos y expresión feliz. Tan feliz que parecía contagiar.

Neville no solo sonrió ante esa extraña criatura, rió y trató de verla más de cerca. Se levantó, pero no tardó en caerse de nuevo en la alfombra. No se le daba muy bien caminar. Lo intentó de nuevo pero al ver lo difícil que era desistió y se acercó rápidamente gateando. A pesar de su torpeza, Neville era muy rápido cuando gateaba, sus padres solían tener problemas para cogerlo cuando jugaban al escondite porque Neville siempre iba más rápido que ellos y se escabullía entre las piernas.

Al llegar a la ventana vio al fin al pequeño ser que le había llamado tanto la atención. Parecía uno de los duendes de los que le hablaba su madre en los cuentos para dormir. Pero parecía más alto y delgado. Y mucho más divertido que un duende. El ser dio un salto en el aire y empezó a bailar en el jardín, y a pesar de dar cabriolas, volteretas, saltos y se movía en todas direcciones, siempre miraba a Neville a los ojos. Nunca separaba su mirada de la del pequeño muchacho.

No paso ni un minuto cuando el ser verde se detuvo y desvió un segundo la mirada. Neville supuso que había oído a su madre tirar media cocina en su búsqueda de la leche. Pero tan rápido como había parado comenzó de nuevo su baile. Esta vez señalaba a Neville con sus largos y finos dedos y le alentaba a unirse a él en aquella extraña danza. Neville apretó con fuerza sus manitas alrededor del pestillo de la puerta y tiró pero no cedió. Probó con la otra ventana con el mismo resultado.

Enfurruñado hinchó los mofletes y se cruzó de manos pero el duendecillo seguía incitándole. Le señalaba la puerta de la casa. Neville aplaudió con una risa de victoria. Se bajó con cuidado del mueble de la ventana y gateó por el salón hasta el pasillo y de allí casi rodó hasta la puerta principal. Quería jugar con su nuevo amigo. Vio a su madre abrir todos los armarios de la cocina y vaciarlos para luego golpear el suelo con el pie y hacer lo mismo con otro armario. Neville se rio un poco, le parecía muy cómico cuando su madre no encontraba lo que quería.

Llegó a la puerta y entonces se encontró con un nuevo problema. Miró furioso el pestillo. Si estuviera más alto tendría que subir en un dragón para desengancharlo. O eso pensó Neville al verlo. Aun así saltó para intentar llegar hasta él, pero solo lograba rozar la cadena. Frunció los labios y apretó fuerte los puños. Estaba frustrado y escuchar las risas del duendecillo tras la puerta no le gustaba. Solo le recordaba la diversión que se perdía.

Volvió a saltar y esta vez por alguna razón, salto mucho más alto e incluso se quedó flotando en el aire el tiempo suficiente para destrabar la puerta. Neville rió muy alto al ver como el suelo se acercaba muy lentamente. Estaba flotando y sentía cosquillas en el estómago, era muy divertido. Aplaudió complacido y abrió la puerta. La abrió de un empujón porque estaba escuchando los pasos de su madre acercarse y eso significaba que no podría jugar fuera.

Y allí, parado en el umbral, el pequeño duendecillo sonreía a Neville ladeando la cabeza. Neville se cayó al suelo al ver aquella sonrisa. No era la misma de antes, era cruel. Le daba miedo. Los ojos encolerizados del duende parecían brasas ardientes y sus dientes se abrían y cerraban con un sonido cortante como el de las tijeras al cerrarse muy deprisa. Era desagradable y aterrador. Neville no se decidía si le daba miedo, pavor o asco. Tal vez las tres cosas pero el problema es que ahora no era capaz de cerrar la puerta. Ni de moverse.

El duendecillo se acercaba lentamente hacia él, extendiendo sus largos dedos, que parecían arañas hambrientas, y Neville solo podía sentir miedo y llorar para que aquel horrible monstruo le dejará en paz. Escuchó tras él un gritó angustiado. Su madre estaba gritando. Neville lloró con más intensidad, si su madre gritaba es que aquella criatura daba mucho más miedo.

—Inmovilus. —exclamó una potente voz. Neville parpadeó y vio un brillo azul. El duendecillo se había quedado estático en el aire, con la boca abierta mostrando sus dientes de tiburón. Una figura negra caminaba por detrás muy deprisa y con un golpe de su capa hizo que el duende saliera despedido por el aire antes de desaparecer en con un "pluf" y una bola de humo azul.

— ¡Largo de aquí! ¡Asqueroso Mortifago! —gritó Alice golpeando al señor que Neville consideraba su salvador.

—Señora Longbottom, cálmese de una vez. —espetó la figura ataviada de negro, tratando inútilmente de que Alice dejará de golpearle en el pecho.

—Calmarme. ¡Calmarme! ¡UN MORTIFAGO ENTRA EN MI CASA Y ME DICE QUE ME CALME! —gritó histérica Alice dando un paso atrás y sacando la varita. —Petrificus Totalus. —La piel cetrina y brillante del mortifago se tornó azul. Los brazos y piernas se le unieron al cuerpo con fuerza y cayó de espaldas como si fuera una estatua.

El mortifago se quedó congelado en el suelo mientras Alice corría hacia el salón para escribir una carta y pedir ayuda a Frank o a cualquiera de la Orden que al que le llegase el mensaje. Su caligrafía elegante y con multitud de florituras se tornó en un amasijo de letras escritas con prisas y apelotonadas. La lechuza parda de ojos ámbar miró a su dueña desde lo alto de la percha. Supo enseguida cuando su ama había terminado y voló hasta posarse sobre su hombro para que Alice atase el pergamino arrugado a la pata. En cuestión de segundos salió volando por la ventana y Alice volvía corriendo al pasillo de la entrada.

Lo que vio en la puerta la dejó atónita. Neville estaba sobre el mortifago, abrazado a su cuello y durmiendo tranquilamente sobre el pecho de aquel extraño. Alice camino lentamente con la varita en la mano y tomó a su hijo en brazos. El mortifago la miraba con hastió desde su inmovilidad. Alice se agachó y le arrebató la varita de la mano petrificada. Le costó bastante separar los dedos de la mano para quitarle la varita, pero eso la tranquilizó. El hechizo era potente, lo suficiente para mantenerlo en ese estado hasta que llegará la Orden.

—En mi propia casa. No tenéis decencia. Sois una manada de salvajes. —musitó indignada Alice, apretando los dientes para no hechizarlo de mil maneras distintas.

—Alice, no tienes nada que temer. Severus acaba de salvar a Neville. —dijo una voz en el umbral de la puerta. Una figura alargada y muy alta, con un sombrero picudo de color azul claro y una barba blanca que le llegaba a la cintura.

— ¡Dumbledore! —exclamó sorprendida Alice dando un paso atrás e invitando a entrar a su antiguo director.

—Lo siento mucho Severus. Tu mensaje no llegó a tiempo. — se disculpó Albus anulando el hechizo de Alice y ayudando a levantarse a Snape.

—Que esto no salga de aquí, Albus. —murmuró Severus alisándose la túnica y marchándose. Al cruzar el umbral de la cerca se desapareció.