1983

Harry Potter tiene dos cosas muy claras a su corta edad: los jarrones de la casa están mucho mejor rotos y las escobas son el mejor invento del mundo. Y esas dos grandes verdades las aprendió el mismo día, su primer cumpleaños. Todo gracias al presente enviado por su padrino, Siro Back.

No había terminado de desempaquetar la pequeña escoba de juguete y ya había destrozado el jarrón de su tía. Luego estuvo unas horas mirando el hueco que había dejado el jarrón y pensando porque su madre no le había regañado por romperlo. Ella le regañaba siempre, hasta por hacer algo tan normal como pintar la pared con mostaza. Y está seguro que esa pared estaba mucho mejor de color mostaza.

Luego nació su hermana y Harry pensó que tendría alguien con quien jugar al Quidditch en el salón, pero tras verla dar sus primeros vuelos Harry cambió de idea. Su hermana volaba de tal forma que habría sido más fácil y menos peligroso volar en una tormenta mientras te persiguen veinte dragones. Y cuando se le ocurrió decir sus observaciones en voz alta descubrió que las escobas y las cabezas pueden romperse. También averiguó que su hermana a pesar de tener año y medio, tenía una fuerza inhumana.

Y ahora, precisamente porque sabe la furia que puede llegar a sufrir su hermana, está corriendo por toda la casa mientras pide perdón a gritos. Para su mala suerte, Prince, que tiene un año menos que él, sabe usar mejor la magia accidental. Harry tiene que atender a sus pies para no tropezarse en su huida, hacia atrás para evitar que su hermana le acierte con la escoba que le está lanzando y con algún que otro hechizo que sale disparado de sus dedos, y sobre todo hacia delante para no darse de bruces contra una pared.

La vida de un hermano mayor era muy dura, y eso que solo le había roto la escoba de su cumpleaños. Apenas tenía un mes pero Harry dudaba que llegara a durar tanto en manos de su hermana y en un impulso por probarla acabó rompiéndola él. Tenía que empezar a pensar antes de actuar o moriría a manos de su propia hermana.

—Tranquila Petunia, solo es una escoba. —trató de calmarla James que corría tras sus hijos sin saber cómo detenerlos y maldiciendo a Lily por haberle dejado en casa con aquellos dos terremotos andantes.

—Si yo toy mu tanquila, papa. Pero tendía que espedád a mañana para que Haddy me de ota dazón para dadle y eso es mucho tiempo. —replicó Prince tropezando con una silla que su hermano había tirado para retrasarla. Vio cómo se escabullía por la puerta trasera pero sabía que no iba al patio. Se levantó y fue hacia las escaleras escabulléndose entre las piernas de su padre que inútilmente quiso atraparla pero sus dedos solo agarraron aire. — ¡Y NO ME LLAMES PETUNIA!

—Ni muerto y enterrado te llamo Prince. — murmuró con cansancio James. Siguió a su hija a través del pasillo al tiempo que recogía a golpe de varita todo el destrozo que había provocado Harry en un intento fútil de retrasar a su hermana. Quedaba un peluche por colocar cuando vio que este se elevaba solo y se iba flotando al cajón de los juguetes. — En que día Lily decidió mandarte esa carta. —rezongó James sin darse la vuelta para saludar al invitado. Bastante tenía con Harry y Petunia tratando de matarse. Subió las escaleras y vio por el rabillo del ojo como le seguía.

—Siempre es un placer hablar contigo, Potter. —replicó Snape con frialdad. — ¿No eres capaz de controlar a tu hijo para que deje en paz a Prince?

—Recuerda que Prince también es mi hija, Snape. Y son cosas de niños, el problema es que uno es hiperactivo y la otra le tiene manía.

—No me extraña, toda la atención la acapara Harry, con su tendencia a romperse todos los huesos del cuerpo y en el proceso todo el mobiliario. —susurró Snape.

—Severus. Vale, admito que tal vez aliente un poco a Harry con el Quidditch y que puede que acapare demasiado tiempo por todos sus accidentes y sus bromas. Pero como lo digas fuera de aquí te tiró de una patada al lago de Hogwarts para que saludes al calamar. —admitió James reconociendo que su hijo estaba sacando a relucir la peor cara del James juvenil. En parte porque Sirius le estaba influenciando demasiado como padrino pero ni borracho de jugo de mandrágora iba a admitirlo. Harry tenía derecho a comportarse como un niño, y más en esos tiempos. Pero no podían dedicarle a Petunia el tiempo necesario por alguna de las trastadas de Harry. — ¡Merlín! Odio cuando tiene razón. —maldijo en voz baja para que no le oyera y por suerte no lo hizo.

—Creó que tenéis un espía en la cúpula de la Orden. —empezó Snape con tono serio y visiblemente preocupado.

—Ahora no. —atajó James entrando en un dormitorio y encontrándolo vacío. —El día que encuentren mi capa de invisibilidad me espera una buena.

A pocos metros de James, en el dormitorio de Harry, aguardaba pacientemente su hermana menor. Prince giraba la mitad de escoba que tenía en la mano, sus dedos seguían la línea en relieve que describía el modelo de escoba: Nimbus Four. A Prince no solía agradarle volar, cada vez que subía a una escoba acababa rompiendo alguna ley física y cayéndose de veinticinco formas distintas al mismo tiempo. Pero aquella escoba era su primera escoba de verdad, no era un juguete que la hacía flotar como las anteriores, esa sin duda era una escoba mágica de verdad y su hermano la había destrozado.

Harry siempre la hacía reír cuando comprobaba la solidez de la pared con su cabeza, o cuando hizo un pastel relleno de barro por el día del padre, pero siempre tenía que romperle las cosas que ella quería. Primero fue su liebre de peluche y ahora le rompía la escoba de prácticas. Prince Potter podía tener dos años recién cumplidos pero ya tenía muy bien formada su paciencia y era muy reducida cuando se trataba de Harry.

Cuando le vio asomar su flequillo de punta por la ventana sonrió, sabía perfectamente que Harry había aprendido a escalar a base de caídas, y que podía ir desde el patio trasero a su cuarto gracias a las enredaderas que había cultivado su madre. Harry abrió con cuidado la ventana, sin saber que su hermana estaba tras la cortina para atizarle.

En el momento en que sus pies tocaron el suelo se desplomó mientras se frotaba la cabeza y escuchaba a Prince riéndose. Harry vio perplejo su reflejo en el espejo del pasillo, su pelo estaba completamente de punta y se había convertido en un arcoíris, tenía miles de tonos que brillaban en su cabeza como si fueran fuegos artificiales.

En un primer momento, tras ver lo que su hermana había hecho, se enfureció, pero luego se rió del aspecto tan divertido que tenía.

Padedco un payaso —exclamó Harry riéndose tanto que su hermana quedo eclipsada y le miró divertida antes de volver a reír esta vez abrazando a su hermano.

—Te dije que estarían bien. Son cosas de niños. —replicó James con una mueca victoriosa al ver como sus dos hijos se reían abrazados mientras no paraban de señalar el perro de Harry.

—Está claro que no sabes cómo tratar a tu hijo. Siendo tan magnánimo solo logras avivar ese comportamiento. —refunfuño Snape agitando la varita para arreglar la escoba de Prince. —Deberías castigarlo para que no vuelva a hacer esta clase de cosas.

James se cruzó de brazos con una mueca, su gesto cambio durante un segundo y miró a Snape terminando de arreglar la escoba. Agitó disimuladamente la varita sin que se viera sobresalir de sus brazos.

A su lado Snape soltó un quejido ahogado. Su túnica negra había desaparecido por completo, en su lugar un vestido polvoriento de mil tonos de marrón con bordados del mismo tono cambiante y un sombrero que parecía un nido pues en lo alto un buitre disecado se encaramaba.

— ¿Tienes algún consejo más sobre como criar a mis hijos? —preguntó James con media sonrisa y un tono victorioso.

A sus pies, Harry y Prince, estallaron en una nueva explosión de risas y aspavientos mientras se agarraban fuertemente el estómago.

—Volveré cuando este Lily. —musitó Snape con frialdad y tratando que el rictus de la cara no le delatase las ganas de lanzarse al cuello de James.

—Sin prisas. —dijo a modo de despedida James mientras se sentaba en la cama de Harry y se mordía la mano para no reírse de Snape, quien ya había desaparecido. —Esto no tenéis que hacerlo vosotros. Esto que he hecho solo lo pueden hacer los papas. —advirtió sin mucho entusiasmo a sus hijos que ni siquiera le escucharon. Seguían riéndose sin parar. —Ojala no tuvierais que crecer nunca.