1984

El fino olfato de Remus captó cada ligera nota del dulce y empalagoso aroma que desprendía la tetara que acababan de ponerle delante. Una tetera agrietada pero con una gran ornamentación, líneas delgadas de oro la cubrían en agiles vueltas sobre las que crecían docenas de flores purpuras perfectamente pintadas con una delicadeza que denotaba la paciencia del artista en cada trazo. Sin duda era una tetera con historia. Y en su interior bullía el agua mientras se mezclaba con hierbas que incluso a un cultivado en la materia le costaría identificar. Ni siquiera Remus con su peculiar y agudísimo olfato podía reconocer todas las notas que componían aquel olor tan apetecible como relajante.

Aguardó el tiempo de rigor para que la infusión se fuera asentando y con la educación de todo un caballero se levantó y sirvió tres tazas de té. Un té de un fuerte color rojizo y de amargo sabor, cómo pudo comprobar segundos después, pero dejaba una serenidad tras su paso por la garganta que merecía la pena aguantar su sabor.

—Algún día me contaras donde haces las compras, Andrómeda. —dijo depositando la taza en la mesita de café.

—Si te lo dijera ya no vendrías a visitarnos. —replicó con una sonrisa contenida, Andrómeda Tonks mientras se limpiaba los labios con una servilleta de tela bordada.

— ¿Y a quién le estaría siempre ofreciendo chocolate? —inquirió divertido sacando una tableta y partiéndola en tres trozos.

—Remus, vas a hacer que mi dieta quede en el olvido. —bromeó Ted cogiendo el trozo que le ofrecía y comiéndoselo con evidente placer.

—Voy a tener que controlarte, van a empezar a pensar que estas embarazado. —comentó con picardía Andrómeda acariciando el vientre de su marido.

El reloj de pie que había en la entrada tronó marcando las diez de la mañana con sus correspondientes campanadas. Y apenas unos segundos después se escuchó un estruendo aún mayor en las escaleras. Remus se levantó en el acto y salió corriendo al pasillo. Andrómeda y Ted sonrieron llevándose las manos a la cabeza.

—Es peor que un huracán. —murmuró Ted levantándose del sillón y acompañando a Andrómeda hasta el pasillo.

Allí vieron a Remus agachado mientras consolaba a una pequeña niña con el pelo rojo intenso. La niña sollozaba frotándose las rodillas mientras miraba con abatimiento su baúl abierto, bocabajo y con todo su contenido bañando el pasillo y las escaleras. Remus se puso a buscar en sus bolsillos y saco la última tableta de chocolate. Acarició la mejilla de la niña limpiándole las lágrimas para que le pudiera mirar y le ofreció el chocolate con una sonrisa tranquilizadora.

El cabello corto de la niña brillo entonces en un tono celeste y luego paso a un rosa chicle muy brillante. Remus no pudo evitar reírse divertido.

—Buen truco. —halagó a la niña que sonrió mostrando cuatro huecos donde deberían haber dientes y dos dientes más mellados. — ¿Quieres ver un truco mío? —La niña asintió entusiasmada. Remus sacó la varita y golpeó la nariz de la pequeña una sola vez, haciendo que multitud de chispas bailotearan en sus mejillas, haciéndole cosquillas. La chiquilla abrió los ojos con asombró y luego sonrió mostrando una hilera de dientes blancos, pero la sonrisa no duró mucho, no tardó en empezar a pasar su lengua por sus dientes nuevos.

—Nymphadora, ¿Qué se dice? —preguntó Andrómeda mirando con seriedad fingida a su hija.

Nymphadora la asesinó con la mirada, su cabello se tornó negro azabache, sus mejillas se hincharon con furia. Remus aplastó las mejillas de la niña provocando una pedorreta que hizo que el enfado de Nymphadora se esfumará en un segundo y su pelo volviera al rosa.

—Gracias —dijo lanzándose sobre Remus para abrazarle con fuerza. —Me llamó Tonks. —continuó mientras se ladeaba para mirar a su madre—No, Nymphadora. —concluyó sacándole la lengua en una mueca que provocó la risa de Ted y Remus. Andrómeda negó con la cabeza mientras con un toque de varita recogía todo el estropicio que era el baúl de su hija para ir a Hogwarts.

—Encantado de conocerte, Tonks —dijo Remus quitándosela de encima con suavidad y levantándose. Se sacudió el polvo de encima y le estrechó la mano a la niña.

—Vais a llegar tarde, ya os presentaréis en el tren. —cortó Andrómeda mirando el reloj con un deje de preocupación en sus ojos. Tonks miró a su madre y a su padre alternativamente con una mueca de no entender.

—Remus va a llevarte a Hogwarts. —atajó Ted para que su hija no se fijará en la cara de su madre. —Nosotros no podemos porque tenemos que hacer algo muy, muy, muy importante. Y porque nos han obligado a hacerlo precisamente hoy, pero Remus se ha ofrecido a llevarte y a estar contigo en el tren. Vais a pasároslo en grande. Ya verás. —explicó Ted mientras los acompañaba a la puerta con el baúl.

— ¡En serio! —gritó entusiasmada, Tonks mientras saltaba y se caía en cada saltó por mirar a Remus antes que al suelo.

—Yo no te mentiría. —indicó Remus dándole la mano a la pequeña, quien la cogió con fuerza para no soltarse mientras se giraba hacia sus padres y les saludaba con energía.

— ¡Me voy a Hogwarts! —exclamó con gran ilusión sin pararse a pensar en que sus padres no estarían con ella cuando se fuera en el tren. Estaba demasiado nerviosa por conocer todo lo que lleva años escuchando. Las altas torres, el lago, el calamar, el tren. Lo único que no le hacía ilusión conocer eran las miles de escaleras con escalones falsos. No tenía ni pizca de ganas de conocer esa parte del castillo. Llevaba todo el verano pensando en cómo colar una cuerda en su equipaje para descolgarse por la ventana y no tener que acercarse a esas trampas mortales.

—Escríbenos todos los días. —dijo Ted despidiéndose de su hija con un beso en la frente. Andrómeda a su lado se había agachado para abrazar por última vez, hasta diciembre, a su hija.

—No te metas en líos. —le susurró Andrómeda a Tonks. —O enviare un vociferador que gritara a los cuatro vientos tu nombre, Nymphadora.

Tonks gruño mirando con los ojos entrecerrados, pero acabo asintiendo.

—Prometo no meterme en líos. —aceptó temiendo que su madre cumpliera su palabra, o sabiendo con certeza que lo haría.

—Cuidare de ella. —prometió Remus despidiéndose con la cabeza mientras abría la puerta de entrada y salía a la calle. —No respires durante un segundo, Tonks.

La pequeña no entendió muy bien a que venía aquella orden pero lo hizo. Y en ese instante ambos se desaparecieron. Solo dejaron preocupación en las mentes ajetreadas de los Tonks. Ellos también salieron y cerraron mágicamente la vivienda antes de desaparecerse. Tenían que engañar a una Black, eso nunca era fácil, y pocas veces estaba exento de riesgos.

Un resplandor violáceo hizo que Tonks parpadeada y se frotara los ojos con fuerza antes de que pudiera ver donde estaba y entender que había pasado. Sentía el estómago bocabajo, como si hubiera caído desde una gran altura y la parasen de golpe tirándole del estómago. Pero esa sensación tan desagradable se esfumo cuando escuchó un pitido agudo y alarmante.

El pitido de una locomotora. Ante ella vio docenas de trenes pero ninguna locomotora. Todo gris y blanco, nada escarlata. Todos con caras mustias y aburridas, ninguna sonrisa de oreja a oreja. No estaba el Expreso a Hogwarts.

— ¿Dónde está el tren?— preguntó tirando de la túnica de Remus, quien pareció no escucharla, más pendiente de la gente que tenía alrededor que de él mismo. — ¡El tren! —exclamó más alto para llamarle la atención.

Al instante notó como Remus apretaba la mano. Tonks enmudeció pero le dio un pisotón como advertencia de que no volviera a apretar la mano. Remus se agachó y miró a los ojos de Tonks. La niña percibió cierta angustia y cansancio en esos ojos pero pronto desapareció por una expresión de desafío.

— ¿Qué te parece si jugamos a un juego mientras vamos al tren? —inquirió Remus de forma retadora. —Aunque tal vez es demasiado duro para una niña de tu edad.

Tonks se puso colorada y miró desafiante a Remus.

—Pienso ganar. —espetó con orgullo. Remus sonrió divertido y le removió el cabello.

—Primero tendrás que saber las reglas. ¿No crees? —Tonks asintió muy deprisa y le instó a continuar. —Estamos jugando al escondite contra otros magos, no quería que te sintieras triste porque tus padres no pueden estar aquí así que he llamado a unos amigos para alegrarte la mañana. Están repartidos por la estación y les diferenciaras del resto porque todos van de negro. Y llevaran túnica, una túnica muy fea y larga que estará sucia de irla arrastrando por el suelo. —Tonks no paraba de asentir y agitarle el brazo a Remus para que no parase, quería saber cuanto antes las reglas para empezar a jugar. —Como es un juego de esconderse y pillar no deben vernos. Tenemos que cambiar de aspecto, ¿Sabrás hacerlo? —Tonks simplemente apretó los ojos muy fuerte y su pelo se volvió de un castaño apagado, cuando volvió a su expresión normal toda su cara había cambiado por la de otra niña. —Perfecta. Y ahora yo. —Remus se apuntó con la varita y un segundo después era un hombre con una barba descuidada, una larga y picuda nariz de halcón y el pelo castaño como el de Tonks. —Ahora que ya nos hemos "camuflado" y sabemos quiénes son los "malos", solo nos queda una cosa: Encontrarlos y lanzarles un hechizo para que sepan que han sido pillados. ¿Te gusta el juego?

Tonks asintió por última vez antes de poner cara de concentración y mirar de un lado a otro como si fuera un pájaro. Pronto empezó a tirar de la manga de Remus para susurrarle donde había un "malo". Remus miró en la dirección que le señalaba y vio un hombre alto completamente vestido de negro, parecía un cura por la túnica que llevaba pero algo en su expresión dejaba claro que la vida santa no era su profesión.

Remus felicitó en voz baja a Tonks y juntos rodearon al hombre y se acercaron por detrás. Lupin usando una velocidad endiablada saco la varita y golpeo en el hombro al hombre, unas chispas rojas surgieron de la varita y se pegaron a la túnica como si fuera una telaraña antes de desvanecerse. El primer "malo" estaba paralizado.

Tonks tiró de Remus para escapar de otro "malo" que por poco les descubre y habría terminado el juego. Para suerte de Remus, la pequeña le estaba llevando a los andenes 9 y 10. Bajo la cabeza en el momento justo para que un "malo" que pasaba cerca no se percatará hasta que sintió la quemazón en el hombro que significaba que estaba paralizado durante las siguientes doce horas.

Remus estaba impresionado con la destreza que estaba demostrando Tonks aun sabiendo por sus padres que cualquier superficie, por áspera y lisa que esta fuera, tenía todas las papeletas para recibir un abrazo violento de Tonks. Pero ahora demostraba grandes dotes para pasar desapercibida y encontrar al enemigo. Sin duda tenía un talento natural para ser auror.

En cuestión de minutos habían recorrido toda la estación hasta los andenes 9 y 10, sin que nadie les viera ni notara sus juegos con los demás viandantes. Y aun pasarían horas hasta que se percataran de la media docena de hombres que permanecían estáticos en la estación. La turba que se formaba en hora punta mantendría disimulados a los paralizados por Remus y eso le daría el tiempo suficiente para llevar a Tonks al Expreso de Hogwarts y alejarse de Londres.

Tonks no se lo pensó dos veces antes de lanzarse de cabeza contra la pared que separaban los dos andenes. Remus la vio desaparecer entre los ladrillos, miró por encima del hombro para asegurarse que nadie les seguía y entró a través de la pared. Se encontró con Nymphadora, ya con su aspecto habitual, tirada sobre su baúl. Remus se sintió aliviado que Ted y Andrómeda hubieran podido llegar tan rápido.

Levantó a Tonks con cuidado y hechizó el baúl para que fuera levitando tras ellos.

—Algún día aprenderé ese hechizo. —murmuró Tonks con el ceño fruncido e imitando con la mano el movimiento que había realizado Remus.

—Estoy seguro que algún día serás una gran maga. Has ganado de forma abrumadora al escondite, eso no lo hace cualquiera. —alabó Remus dándole un poco de chocolate.

—Das mucho chocolate a la gente. ¿Por qué? —preguntó con curiosidad mientras subía al tren y buscaba un compartimento donde estar.

—Con el tiempo he aprendido que cuando los problemas nos absorben y el peso de la vida es insoportable —empezó sombrío deteniéndose al ver la cara sería de Tonks —o me he caído por las escaleras y me he puesto un baúl por sombrero. —añadió con una sonrisa tranquilizadora. —Solo hay dos cosas que te harán sonreír.

—El chocolate es una. —dijo rápidamente Tonks entrando en un compartimento vacío y colocando con cuidado el baúl flotante en el portaequipajes con ayuda de Remus. — ¿Cuál es la otra?

—El amor, aunque he mentido hay tres cosas. —Tonks le miró con mucha curiosidad. Y una expresión expectante que le daba un aura risueña. —La sonrisa de una chica guapa como tú. —agregó mientras le cogía la nariz haciéndole cosquillas y provocándole una risa aguda y muy gritona que hizo pensárselo dos veces al chico que acababa de entrar con su baúl con intención de quedarse allí hasta que escuchó la risa de Tonks.

El chico pelirrojo con un dragón bordado en el jersey dio media vuelta y cerró rápidamente alejando de allí a otros que querían sentarse de una vez. Remus no pudo sino reírse al darse cuenta de la espantada general que había provocado Tonks con su extraña risa. Pero se calló al escuchar el pitido de la locomotora y con un suave tirón la locomotora empezó a moverse.

Suspiró aliviado y se apoyó en el asiento mullido del compartimento y se permitió cerrar los ojos durante unos momentos. Hacía días que no podía dormir, la última luna llena había sido demasiado intensa, aun le dolía el pecho. Parpadeó un segundo viendo a Tonks apoyada en la ventana y estrujando la nariz y los mofletes contra el cristal para no perderse nada.

Los niños y su inocencia hacían que Remus encontrara un poco de paz. Todo lo que él podía llegar a sufrir tenía su recompensa en la mirada inocente de esos pequeños niños. Y sin darse cuenta ese pensamiento fue el último que tuvo durante más de seis horas. Al abrir los ojos de nuevo, lo que él considero un parpadeo se convirtió en todo un viaje. Se había dormido y el frenazo del Expreso le había despertado.

Notó una presión en el costado y se encontró con Nymphadora apoyada contra él mientras roncaba sonoramente con un libro de dibujo abierto sobre la cabeza a modo de sombrero. Remus le quitó el libro con cuidado y la empujó un poco para que despertara, y consiguió más de lo que quería. Tonks le dio un codazo en las costillas antes de despertarse por completo. Remus se levantó y llevó a Tonks hasta el andén mientras se frotaba el pecho.

—Me he dormido. No quería dormirme. Es culpa tuya, roncas igual que yo y me ha entrado sueño. —exclamó Tonks con un mohín.

— ¿Tú roncas? —preguntó Remus divertido. Tonks le miró de arriba abajo y su pelo se tornó rojo oscuro.

— ¿Quién ha dicho que yo roncó?— preguntó con incredulidad Tonks mientras se alejaba unos pasos.

—Lo acabas de decir. —contestó Remus dándole alcance y llevándola en dirección a un hombre muy alto que les estaba llamando desde el final del andén para que se acercaran todos los de primer año.

—Lo habrás soñado. —atajó Tonks con una sonrisa manipuladora y volviendo a su pelo rosa.

—Puede ser…—admitió Remus siguiéndole el juego.

—Seguro.

—Hola, Remus. Hacía tiempo que no te veía. —saludo con afabilidad y buen humor el hombre de larga barba negra y tan alto que los niños que tenía cerca apenas podían verle la cara. —Pareces…

— ¿Viejo?

—Cansado.

—También; ya sabes cómo es esto, Hagrid. Esta semana es de insomnio y la siguiente es para dormir. —dijo con un deje de hastió y amargura en la voz.

—No te aflijas y preséntame a esta pequeña brujita. —atajó Hagrid agachándose para ver mejor a Tonks, pero aun así seguía quedando a la altura de Remus.

—Me llamo Tonks. —se presentó la niña. —Voy a ser la mejor Hufflepuff de todos los tiempos. —espetó con orgullo y mucha seguridad.

—Estoy seguro de ello, pero no hagamos esperar a los demás. Vamos a los botes. —ordenó Hagrid al grupo de niños llevándolos por un camino de tierra hasta un pequeño puerto a las afueras del pueblo de Hogsmeade.

El embarcadero era bastante largo y estrecho con una veintena de barcas a ambos lados para que los estudiantes se montaran en grupos de tres. Al final del muelle esperaba una barca mucho más grande, sin duda para que llevara a Hagrid. Remus iba a subir a una barcaza del principio cuando Remus tiró de su mano y la condujo hasta el final donde Hagrid ya les esperaba con un farol para empezar la travesía por el lago.

Tonks saltó con ímpetu, balanceando violentamente la embarcación y por poco hundiéndola con Hagrid y Remus dentro. Pero no fue el único tropiezo a causa de esa acción. Al sentarse se resbaló hacia atrás golpeándose con el suelo de madera y quedándose bocarriba, mirando las estrellas mientras todos los botes comenzaban a moverse solos a través de las calmadas aguas del lago.

De pronto todos los niños gritaron con asombro. Tonks se levantó lo más deprisa que pudo, revolviéndose en el suelo de la barca para poder erguirse mientras tiraba de la barba de Hagrid como asidero. Y al ponerse en pie lo vio, un gigantesco castillo. Docenas de torreones, cada uno con miles de ventanas centelleando de amarillo, impregnando de magia y calidez el ambiente. Tonks se entusiasmó, era una imagen mucho más impresionante de lo que sus padres le habían contado todas esas noches en las que no podía dormirse y necesitaba una historia para entretenerse.

—Es enorme…—musitó con un hilo de voz mientras daba un paso hacia atrás para verlo mejor ya que las barcas seguían acercándose. Había olvidado que estaba en el último asiento del bote y al dar ese paso tropezó con la popa y cayó hacia atrás.

No sabía que había pasado solo notaba un frío helador en todo el cuerpo y una sensación opresiva en el pecho que iba a más. Y de pronto vio el farol de Hagrid ondearse en la lejanía y comprendió que se había caído y estaba hundiéndose en un agua demasiado fría para ser normal. Pataleó y solo logró hundirse más porque no era capaz de darse la vuelta y nadar hacia arriba.

Algo le agarró el tobillo, asustada empezó a patearlo sin piedad. Notaba como su bota chocaba contra algo duró y no paró hasta que literalmente voló por el aire y acabó estrellándose en el fondo de la barca de Hagrid, de nuevo en la superficie. Miró a su alrededor y vio a Hagrid sentarse e iniciar de nuevo la travesía mientras suspiraba con alivio. Y en el borde, sujetándose para subir a bordo, Remus Lupin con la nariz rota y achatada y con la sangre brotándole como una cascada.

— ¡Lo siento mucho!— exclamó Tonks al darse cuenta que había golpeado a Remus con sus botas. —No sabía…

—No pasa nada, he sufrido peores golpes. —murmuró Remus subiéndose a la embarcación y dejando ver su torso sin ropa. Cogió su jersey y se lo puso a Tonks por encima de los hombros para que entrase en calor. —Tengo que preguntarle a Madame Pomfrey algún hechizo para secar, ahora no recuerdo ninguno así que tendrás que hacer tu selección completamente empapada.

—No me importa— susurró Tonks alzando la mano, había algo en el pecho de Remus que le había llamado la atención. A lo largo del costado tenía un corte muy profundo de un color rosa pálido y rojo salmón. Sus dedos fueron más rápidos que Remus y tocaron toda la herida, provocando una mueca de dolor. —Deberías ir a la enfermería.

—Estas heridas no se curan tan fácilmente. —contestó Remus frotándose la herida con cuidado.

— ¿Cómo te la hiciste?

—Ya hemos llegado. —atajó Hagrid. —Será mejor que te despidas de Remus, a partir de aquí tendrás que ir sola. —continuó con un tono tranquilo mientras asentía al mudo agradecimiento de Remus.

—Algún día me contaras tus secretos. Aunque tenga que casarme contigo. —dijo con seguridad, Tonks. Después saltó al muelle y le dio un beso en la mejilla a Remus antes de subir por las escaleras con el resto de alumnos de primer año. Iba por la mitad de la ascensión cuando se dio la vuelta y miró a Remus a los ojos sonriendo. — ¡Lo prometo! Nos casaremos y me contarás todos tus secretos, como que me llamó Nymphadora Tonks que lo harás.