Año 1985
Las sombras del pasillo parecían moverse con voluntad propia a medida que Snape las atravesaba. Su túnica ondeaba con el aire frío y denso que entraba de las habitaciones a su alrededor. Una espesa niebla se había establecido en el suelo y se arremolinaba a los pies de Severus. Sin duda los dementores habían estado hace muy poco tiempo en la casa. Solo ellos eran capaces de crear esa atmosfera rancia y asfixiante, capaz de robar cualquier nimia emoción positiva.
Snape se concentró en sus pensamientos, era capaz de evitar sus emociones y sumergirlas en lo más hondo de su ser. Sin duda una habilidad útil cuando tenía un experto en legeremancia como Voldemort a su lado. Tenía que evitar a toda costa que cualquier titubeo a nivel emocional le delatará. No era solo su vida la que peligraba, y no es que le guardara mucho apreció a Potter o el resto de la Orden, pero si le descubrían podía enfocar la atención del Señor Tenebroso en Lily y eso era algo que no pensaba permitir.
Snape caminó en silencio por el pasillo pobremente iluminado, sus pies se hundían en aquel vaho que se pegaba al cuerpo como un mal sarpullido. El suelo de madera crujía a cada paso a pesar del sigilo que caracterizaba al mago. Al fondo vio una puerta entornada, un rayo de luz la atravesaba y se mecía libremente, seguramente el fulgor de las llamas era el que lo producía. Las voces no tardaron en oírse, hablaban en murmullos, susurros en la oscuridad de aquel pasillo.
La puerta se abrió antes de que Severus pudiera acercarse lo suficiente para coger el pomo. La habitación a pesar del enorme fuego que bullía en el centro, en una chimenea que se había construido usando la magia para que no se viniera abajo al no estar soportada y pendía libremente del techo, los troncos escupían brasas de resina caliente provocando un restallido continuo que ponía nervioso a cualquiera que lo escuchara en aquella habitación, con los nervios a flor de piel.
El Señor Tenebroso estaba detrás del fuego, solo su cuerpo era visible cuando las llamas dejaban entrever el otro lado de la sala. Su cabeza quedaba oculta tras los ladrillos de un intenso color anaranjado. A su alrededor mascaras de plata le sonreían sin sentimiento, Snape miró a través de la suya reconociendo al instante a casi todos. Los pequeños tics les delataban en seguida. Bellatrix era la más obvia. Su frondosa melena no podía ser contenida por una capucha sin que esta se hinchase de una forma extraña y exagerada.
Greyback no le iba muy a la zaga en ser evidente, su olor a sangre seca y carne podrida le delataría hasta en un vertedero muggle. Además tenía tendencia a afilarse las uñas y fortalecerlas con anillos en forma de garra, sin duda intimidante para sus víctimas pero demasiado revelador por su propio bien. Pero Snape no iba a decírselo claro está, toda información le era muy valiosa y cuanta más gente sepa algo menos valor tendrá.
Lucius también era muy reconocible, su ego era como un faro. Nadie era tan arrogante o estúpido como para poner la cabeza de una cobra, hecha de plata maciza, en el extremo de su varita. Además siempre llevaba una pequeña mancha blanca reseca en el extremo de la capa, una jugarreta de Draco sin duda alguna, de la cual su padre parecía desconocedor.
El resto eran más sutiles, pero seguía reconociéndolos con bastante facilidad si le dedicaba un poco de tiempo. Pero había uno que le resultaba tremendamente familiar y al mismo tiempo no era capaz de ubicarlo. No le recordaba de alguna reunión, su expresión corporal no entonaba con el resto, demasiado introvertido. Y sin embargo Snape tenía la certeza de conocerle, de haberle visto en alguna parte.
Estaba a punto de recordar donde cuando la vez del Señor Tenebroso reverberó en el aire.
—Sin duda hoy es un día extraordinario para todos nosotros. Un gran paso es, el que estamos a punto de dar. Llevamos años sufriendo humillantes derrotas debida a vuestra incompetencia y a mis fallos de no ser capaz de haberla visto antes. —la voz parecía provenir de todas partes, como si Voldemort estuviera hablando desde cada esquina de la habitación, sin duda un efecto sonoro debido a que estaba frente al muro de la chimenea. —Pero eso ha acabado. Vuestro fallos dejaran de suceder en el acto, he encontrado la solución perfecta para llevaros al siguiente nivel.
Snape sintió algo desgarrador subiendo por su espalda, como si su cuerpo estuviera entrando en pánico. Sus manos empezaron a notarse húmedas y su corazón le golpeaba en el pecho como un martillo. La voz de Voldemort, tranquila y serena le estaba haciendo perder todo su autocontrol. Respiró hondo y apretó los puños con fuerza hasta que los oyó crujir. Las uñas se le clavaron en las palmas y aun así lo único que notaba era su corazón desbocado. Algo no estaba bien.
—En los últimos meses y años hemos sido víctimas de una constante falta de progresos, incluso nos hemos visto obligados a retornar a las sombras a causa de nuestros enemigos, aquellos incapaces de ver la verdad. —Voldemort se dio la vuelta dándoles la espalda y se alejó con amplias zancadas hasta hundirse en las sombras, más allá del alcance de la luz de la chimenea que ahora no era más que un gran montón de rescoldos incandescentes. Sus ojos brillaban resplandecientes, reflejando el calor intenso que desprendían las brasas. Y aun a pesar de reflejar el fuego no había un atisbo de pasión, solo frialdad calculada al milímetro.
El mortifago que Snape no era capaz de reconocer se adelantó de forma imperceptible, adelantando los brazos y juntándolos. Fue como un destello blanco y algo encajó en el cerebro de Snape:
Peter Pettigrew.
Las ideas le inundaron como un torrente, las teorías danzaban a una velocidad vertiginosa y su instinto de supervivencia era tan ensordecedor que apenas podía concentrarse en lo que ocurría en la sala.
—Al principio no pude evitar mi admiración por el viejo Albus Dumbledore. Sin duda debía ser un gran estratega para adelantarse a mis planes. Nuestras derrotas las achaque a la grandeza de un brillante mago, sin duda un hombre que debería haber reinado a mi lado. Pero estaba equivocado. Aun en mi eterna sabiduría, puedo llegar a equivocarme. Sobreestime a mi mentor y subestime a mis lacayos. —sus ojos se posaron en las máscaras cadavéricas de todos los asistentes. No hubo ninguno que no se estremeciera al entrecruzar miradas con el Señor Tenebroso. Algunos agradecidos de ser mirados de esa forma, otros aterrados. Uno desconfiando.
Snape se movió lentamente, se puso tras la línea de mortifagos sin que se notase que estaba retrocediendo. Su mano palpo el hueco de la manga de la túnica donde guardaba la varita. Sus dedos se asieron a la madera que se calentó de forma amistosa al contacto de su dueño.
—En especial, subestime a un joven mortifago. Sin duda un chico prometedor al que no veía capaz de jugar tan bien a uno de los juegos más difíciles del mundo. Mentir a propios y extraños con una expresión de genuina honestidad está al alcance de muy pocos. Me sentiría muy impresionado con dicha persona sino la hubiera usado contra mí. —el tono de Voldemort adquirió un tono molestó y ofendido. Snape con lentitud fue sacando la varita de la funda del interior de la manga sin llegar a mostrarla fuera de esta. — ¿Tú que crees, Colagusano?
Snape no lo pensó más, dejó la sutileza para momentos más propicios y lanzó un hechizo contra la chimenea. Un gigantesco murciélago carmesí chilló, los mortifagos se doblaron de dolor ante la intensidad del grito y el enorme animal, compuesto de llamas, salió de entre las brasas con violencia. Cada aleteó lanzaba chispas que cegaban a los que trataban de atacarle, el suelo comenzó a arder y el humo se extendió.
Voldemort entró en cólera y lanzó un hechizo que lanzó al murciélago contra el techo haciéndolo estallar. Las llamas cayeron como una cascada sobre los mortifagos que había debajo, los cuales no tardaron en gritar de dolor y arrogarse contra las paredes, frotándose con virulencia tratando de aplacar el fuego. Se arrancaban las túnicas y las máscaras, sin temor a mostrar sus rostros pues el dolor era demasiado avasallador para dar importancia a cualquier otra menudencia. Incluida su identidad ante un potencial enemigo.
Snape no se detuvo esperando que su distracción fuera suficiente para ahuyentarlos. Lanzó un nuevo hechizo a la chimenea. Esta vez flamas verdes brotaron de los rescoldos y Severus no dudo en lanzarse contra ellas aun cuando al hacerlo se acercaba peligrosamente al Señor Tenebroso. Vio su expresión de intensa furia y se sintió de nuevo un niño delante de su padre tras uno de sus ataques, en los cuales Severus siempre era el responsable de algo que a él no le complacía.
Y como un niño asustado se vio dando vueltas y más vueltas, en un torbellino de imágenes, salones desconocidos, gente desconocida con vidas desconocidas. Snape no perdía de vista esos cientos de mundos que se abrían ante él, personas que no tenían ni idea de quien estaba mirándoles durante una fracción de segundo. Sería digno de una conversación filosófica pero ahora tenía otras preocupaciones. Salir vivo era la principal.
Lo primero que notó fue su túnica rasgarse y una quemazón intensa en las rodillas cuando salió rodando por una chimenea cualquiera. Tenía suerte de haber encontrado una chimenea conectada, casi se había lanzado sin pensar en una dirección clara, le beneficiaba, Voldemort no sabría seguirle pero también podría haberle lanzado al olvido, vagando en la Red Flu hasta que saliera por accidente. Había tenido mucha suerte.
A su alrededor cientos de ratas se dispersaron asustadas por la repentina aparición del fuego y de un humano. L o único que quedaba en píe era la chimenea, el resto de la vivienda no era más que una vieja y mohosa reliquia, un fantasma de un pasado mejor que se podía vislumbrar en la piedra tallada hasta el más mínimo detalle. Trabajo artesanal que no estaba en el lugar indicado, una casa en ruinas, infestada de ratas. Sin duda una antigua rama mágica que perdió todo su poder tiempo ha.
Snape se aseo su túnica como pudo, se sentía exhausto ante lo que acababa de acontecer. Tenía mil cosas en la cabeza, suficientes para colapsarle y hacer que se derrumbará en aquel inhóspito lugar durante horas hasta que lograse entender todas las implicaciones que se desprendían de lo que acababa de suceder. Sin embargo no tenía tiempo para analizarlo todo, debía atender asuntos de vital importancia de inmediato. Una vida… Dos vidas estaban en juego.
Sus pies levantaron una nube de polvo cuando se puso en pie. La casa era un laberinto de escombros pero Snape pudo salir fácilmente, por alguna razón la Red Flu funcionaba pero algo le impedía aparecerse. Sin duda magia que se resistía a desvanecerse, creada por los anteriores propietarios.
Ante él, un inmenso jardín surgió de las sombras alumbrado por la tibia y tímida luz de la luna menguante. Una autentica foresta salvaje y toda ornamentación se había asilvestrado fruto de la falta de cuidados y el abandono total.
No le prestó mayor atención, solo quería salir del escudo lo antes posible y no tardó en sentir que algo se desvanecía sobre él. Un único pensamiento le confirmó lo que su hábil instinto sabía de antemano.
Ante él, dos enormes vergas de pesado acero negro. Dos pilares a ambos lados que hacían de portones y reinando en su cúspide dos jabalíes alados que parecían mirarle y juzgarle ante su intromisión a deshoras. Les lanzó una mirada furibunda, nunca le había gustado nada como le observaban esas estatuas. Sus dedos se adelantaron con cierto temor y tocaron el frío metal. Una oleada de alivio se extendió desde su mano.
No había conjuros protectores, o al menos él podía atravesarlos. La otra opción, y la que menos le atraía era que ya lo hubieran tomado y el castillo ahora fuera un bastión para el Rey de Slytherin. Casi a modo de bálsamo su varita se volvió más cálida, como si se fundiera entre los dedos en un ademán protector.
Empujó un poco y los goznes a pesar de sus protestas, a modo de chirridos, se abrieron permitiéndole el paso y volviéndose a cerrar tras él. El camino embarrado y cubierto de marcas de carruaje se le hizo demasiado largo. Sus pies se hundían en aquel barrizal sin que pudiera hacer nada. Allí no se podía aparecer a voluntad.
Notó la túnica pesada, pero no era producto de su psique atormentada por mil ideas a cada cual más terrible. El lodazal en el que se había convertido el camino de acceso se estaba impregnando en cada fibra del borde de su túnica. Estuvo tentado de tirarla para ir más rápido, y casi como si el destino lo tuviera en cuenta se le hundieron los pies hasta la rodilla, absorbidos por un pozo de tierra y agua.
Su paciencia se agotaba a cada segundo, tiró con fuerza arrancando sus pies del absorbente abrazo del suelo y se adentró en el linde del bosque donde la maleza hacía de un buen aislante, lo suficiente para que sus zapatos no se pegaran al barro. Al llegar a las colinas y subirlas con la velocidad del rayo comparado con el recorrido anterior, se vio envuelto en un duelo sin siquiera darse cuenta.
Tres rayos le silbaron en las orejas y desaparecieron en la noche. Miró en todas direcciones y vio a tres personas en un ventanal mirándole con furia y apuntándole con sus varitas. Snape corrió y chocó contra el portón de entrada al castillo. Este cedió despacio, muy despacio para el gusto de Severus quien tenía que pegarse a la pared para evitar los hechizos continuos que venían de más arriba.
Se escabulló dentro en cuanto hubo el suficiente espacio. Sus largas zancadas reverberaban entre los pasillos vacíos y le impedían oír a posibles enemigos. Las escaleras se convirtieron en una batalla a tres alturas en cuanto puso un píe en el primer escalón. Por encima de él le lanzaban todo hechizo posible, reconoció la voz de su antigua profesora: Minerva McGonagall, Snape no podía haber elegido peor contrincante. Pero no era la única, por encima de ella podía entreoír a su profesor de Encantamientos y su antigua profesora de Herbologia.
La cosa no podría empeorar ni aunque Voldemort y Dumbledore se unieran a la lucha. Snape tenía que defenderse como podía. Los hechizos que levantaba apenas duraban un par de embates de sus rivales, mucho más poderosos y hábiles con la varita que él. Pero no trataba de defenderse de forma indefinida, solo quería el tiempo suficiente para poder llegar al Despacho del Director.
El último tramo de escalera lo realizó de un salto y se escabullo en una esquina mientras cientos de esquirlas de piedra maciza pulverizada silbaban en el aire.
Al final del pasillo una majestuosa estatua comenzó a moverse y girar sobre sí misma. Snape apuró los últimos metros sin preguntarse porque aquella estatua estaba girando sin la contraseña. La escalera aún no había terminado de formarse, pero Snape ya estaba en lo más alto aporreando la puerta de madera y cayendo de bruces sobre una mullida alfombra. Una varita se le clavó en la mejilla y vio la furia de Minerva brillar en sus ojos cubiertos por varios mechones plateados que se habían desecho de la prisión de su hermético moño.
—Tranquila, Minerva. Es amigo. —calmó una voz profunda y suave. Snape miró hacia el escritorio y Dumbledore le saludó desde su asiento como si hubiera ido de visita y no estuviera en el suelo con la varita de McGonagall apuntándole.
—Tiene un traidor en sus filas. ¡Traslade de inmediato a Lily Potter y Prince Potter! —exclamó Snape sin siquiera haberse levantado. Necesitaba decirlo cuanto antes, no tenía tiempo para nada más.
La expresión de Dumbledore no cambio un ápice y siguió tranquila, serena e incluso mística. Se levantó del sillón y rodeó con lentitud el escritorio con la mirada fija en el infinito. Snape notaba a Minerva tras él, aun con la varita en la mano y el aliento agitado por la carrera, pero le preocupaba más la calma aparente de Dumbledore que la furia contenida de Minerva.
—Tiene que darse prisa, me prometió que estaría a salvo. —espetó impaciente.
—Tranquiló, Severus. Las prisas no traen más que problemas. Debemos ser pacientes. —murmuró Albus mirándole fijamente por encima de sus gafas de media luna.
—Ya he sido suficientemente paciente, casi me han matado y ahora seré perseguido como un perro por ambos bandos por ser un traidor y por ser un mortifago así que le exijo que me dé algo a cambio de lo que voy a sufrir. ¡Le exijo que ponga de inmediato a salvo a Lily y Prince! —Snape ya no podía controlarse más. Estaba dándose cuenta de lo que significaba la aparición de Peter en la reunión. Ahora no solo era un Mortifago a ojos del Ministerio de Magia. También era un traidor a ojos de Voldemort. Todos le querían muerto.
— ¿Exigir? — inquirió Dumbledore con un tono autoritario pero pausado. — Severus, si mal no recuerdo fuiste tú quien me pediste ayuda.
—Le he servido durante años, me lo debe.
—No te debo nada, Severus. Se lo debo a Lily Potter y el resto de su familia. Las he puesto en peligro por ti. —Dumbledore suspiraba con cansancio. — Minerva, envía una lechuza a la Orden y otra a los Potter, serán trasladados de inmediato. Los cuatro. —añadió haciendo énfasis en el número para que Snape lo notará. — Ahora Severus, cuéntame que ha ocurrido.
— ¿Para qué? Voy a ir a Azkaban igualmente y allí me matarán. Necesito toda la información posible para evitar que me encierren. Ahora si me lo permite quisiera irme. —Snape se dio la vuelta pero la puerta estaba cerrada, Minerva se había marchado sin hacer ruido.
— ¿A dónde? No tienes opciones. Y ahora que has llegado a este punto es cuando puedes empezar a hacer realmente el bien. —expuso Dumbledore mientras le daba la espalda para escribir una nota rápida.
— ¿Y qué cree que he estado haciendo hasta ahora? —espetó furioso, pero se contuvo nada más ver los ojos azules de Dumbledore observándole desde un espejo.
—Has estado haciendo tu propio bien. —respondió mientras enrollaba el pergamino y lo dejaba sobre la mesa. —Todos tus actos, traiciones y confidencias a favor de la Orden no eran más que una forma de sentirte mejor y poder mirar a Lily a los ojos. Solo lo hiciste por puro egoísmo, porque era la única forma de que ella volviera a tu vida. No le quitare merito, tus actos han demostrado una fortaleza encomiable pero tus motivos no eran por el bien, eran por ella. —Albus no levantaba la voz, no tenía cambios de tono. Siempre monocorde y aun así, Severus lo notaba como un martillo. — Ahora has sido desenmascarado. Ahora puedes tener una nueva motivación mucho más altruista y benévola.
—Ya no soy útil para la Orden y dudo que nadie quiera tenerme cerca. No me obligue a seguir un camino imposible. —repuso Severus.
— ¿De verdad lo crees imposible? Aun eres valioso, Severus. Pero solo si tus motivos son más nobles que por sentir el beneplácito de una viaje y reconciliada amiga.
—No sé qué tarea considera tan valiosa, dudo que exista. Lo más seguro es que me esté entreteniendo mientras llegan los Aurores.
—No soy tan mezquino, Severus. Además, no necesitaría a nadie si quisiera encarcelarte. Lo que quiero es darte una segunda oportunidad de verdad, una en la que cambies porque quieres hacer el bien y no por querer congraciarte con tu pasado. —Albus se sentó de nuevo en su butaca y decidió ir directamente al grano. —Quiero que seas el nuevo profesor de Hogwarts.
La expresión de Snape se quebró, nunca hubiera adivinado las intenciones de Dumbledore.
— ¿Por qué? Yo no soy, Trelawney, no me puede mantener prisionero del castillo con embustes sobre un puesto en el profesorado.
—Tienes un deber para con un niño, Severus. Y quiero que lo cumplas siendo profesor de Hogwarts.
—Dudo mucho que Longbottom necesite que yo dé clases a mocosos malcriados.
—Necesitará un guardián en el castillo. Alguien que le vigile de cerca sin despertar sospechas y tú tienes esa habilidad. —explicó Dumbledore invitándole a sentarse. Snape lo hizo y de pronto todo el cansancio le asaltó de golpe. Cerró los ojos pero siguió concentrado en la absurda conversación.
— ¿Sé da cuenta de que hablamos de un niño que habrá cumplido cinco años hace unos meses? No es precisamente como si fuera a venir mañana mismo.
—Aunque uno de tus cometidos sea la protección de Neville, debes familiarizarte con el puesto, tu tarea principal es la educación de los alumnos.
—… Supongo que no tengo elección. —replicó Severus sabiéndose derrotado al darse cuenta de que era su única salida. Daba igual lo mucho que pataleara porque Dumbledore le estuviera condenando a estar en Hogwarts para evitar que le capturaran, sabía desde el principio que tendría que aceptar.
—Si la tienes, puedes irte por esa puerta y pasar el resto de tu vida huyendo o marcar la diferencia y demostrarle a mucha gente que se puede ser mejor persona.
—Peter Pettigrew es un espía de los mortifagos. Lo más probable es que esté pasando información de alto nivel. Debería cambiarse todos los planes de la Orden de inmediato. —musitó Snape a modo de aceptación del ofrecimiento de Dumbledore. —Y cambie de lugar a los Longbottom cada cuatro días, dudo que él, no tenga planes para el niño ahora que tiene un espía dentro. Necesitará estar ilocalizable. No podemos dejar que le encuentre.
