Año 1986
El ruido de las botellas rodando por el suelo era habitual en la habitación de su madre, Alex ya se había habituado a escucharlo y alejarse para evitarlo. No era un niño precoz, no era más inteligente que el resto de sus compañeros de prescolar, tampoco era más rápido o más fuerte. No destacaba en nada según sus propios profesores, salvo en una cosa. Era bueno deduciendo, veía cosas todos los días. A la mayoría no les prestaba la más mínima atención. Era un niño de cuatro años al fin y al cabo, pero algunas cosas las asimilaba con mucha rapidez y veía conexiones que el resto no era capaz de ver.
Eso le sirvió para saber quién le había quitado su bocadillo, solo él se dio cuenta de cómo uno de los chicos más populares se hacia un lado para comer al mediodía. Esa habilidad también le permitió llegar a adelantarse a su madre. Había aprendido a las malas que el sonido de botellas no le auguraba nada bueno, aun le dolía la espalda donde su madre le golpeó con una botella de cerveza cuando le confundió con un ratón.
Y por eso no tarda en salir despacio de su cama, vestirse en el más absoluto silencio. Caminó con sus pantublas de Dumbo por su habitación, teniendo cuidado de no dar a nada que pudiera hacer ruido. No quería que su madre se percatara de su presencia. Le costó llegar al pomo de su puerta, tuvo que ponerse de puntillas sobre una vieja y desconchada silla para llegar, pero no se dio cuenta que la silla estaba frente a la puerta y esta golpeó con una fuerza desproporcionada tronando en el pasillo.
El corazón de Alex se aceleró y de un salto se tiró sobre la cama y se cubrió con la manta lo más rápido que pudo. Cerró los ojos con mucha fuerza rezando para que no viniera. Minuto a minuto su respiración fue lo único que rompía el aire mudo. Había sido tan cuidadoso y estaba tan nervioso que al escuchar el ruido de la puerta lo había sobredimensionado. Lanzó a un lado la colcha y volvió a recorrer su habitación, esta vez con más prisa, no quería tentar más a la suerte.
Tras la pared se escuchaban risas y el tintineo de una botella contra un vaso. Alex conocía a muchos chicos que entraban y salían del cuarto de su madre, todos con una sonrisa y un cigarro recién encendido, y sin excepción todos salían abrochándose la camisa o el pantalón. Alex ya no le daba importancia aunque si tenía mucha curiosidad por saber que hacían. Seguramente se hacían cosquillas por las risas que se escuchaba y luego jugaban a gritar muy alto. Alex nunca entendía las reglas del juego solo sabía que nadie repetía, siempre eran hombres distintos, y la mayoría pasaban a su lado sin siquiera fijarse en él, como si no existiera.
Alex no sabía si dar gracias por esa suerte o sentirse mal porque ni una persona reparase en él. De nuevo las risas, esta vez se dio cuenta que solo se escuchaban las de su madre. Debía estar sola, estaría escuchando la televisión de su cuarto y por eso está riendo. Por eso no escuchó el ruido de la puerta al golpear la silla. Dio un paso en dirección al cuarto de su madre para asegurarse que estaba bien, pero el olor desagradable que le llegó flotando desde el quicio de su puerta fue lo suficientemente revelador para que diera media vuelta y fuera directo a la entrada.
Esta vez lo tenía más difícil, la cerradura estaba mucho más alta y necesitaría una silla igual de alta. Por suerte había aprendido a retirar el seguro usando el taburete donde dejaba las llaves su madre y un paraguas. Agarró el paraguas que estaba apoyado contra la esquina y luego trepó el taburete siempre tratando de mantenerlo equilibrado para evitar caerse, el taburete era muy alto y Alex ya había sufrido más de una caída al intentar subirse en él.
Una vez subido se levantó con las manos extendidas para no perder el equilibrio. Tanteo el aire con el paraguas, tratando de acercarse al cerrojo pero sin golpear la madera. El chasquido de la cerradura al girar fue lo más agradable de aquella mañana. Dejó el paraguas en el suelo y con un impulso se lanzó contra la puerta agarrándose al picaporte para después tirar de él hacia abajo y usar su propio cuerpo como impulso para que la puerta se moviera y le dejará pasar.
Salió al descansillo y cerró la puerta tras de sí, teniendo cuidado de no dar un portazo. Su madre podría estar viendo la televisión pero prefería no tentar a la suerte. Una vez la puerta en su sitio de nuevo y él a salvo se dio la vuelta y se acercó dando pequeños pasos hasta estar sobre el felpudo de los vecinos, un joven matrimonio que siempre cuidaban muy bien de Alex cuando su madre jugaba con sus botellas. Además de ser los padres de la mejor amiga de Alex: Eva.
Golpeó la jamba con sus regordetes nudillos y aguardó. Delante de aquel portón siempre le venía a la mente la ilusión de que fuera un hombre alto y tapado por las sombras el que abriera la puerta, siempre tenía ensoñaciones con que ese hombre que le atendía y le cuidaba era su padre. Aunque era imposible, y el padre de Eva era quien le tendía la mano para cuidarle.
Así lo hizo en ese instante, Alex escuchó emocionado como el picaporte giraba y Francisco le saludaba con afabilidad. Vio también tras él a María, su mujer. Ella tenía una cara diferente pero Alex no le dio importancia, simplemente se dejó llevar y abrazo a Francisco con gratitud mientras este le izaba del suelo y le devolvía el abrazo.
María saludó con una sonrisa radiante a Alex, cuando este le miro por encima del hombro de su marido y le dijo que podía encontrar a Eva en su cuarto, ya levantada. El chico saltó de los brazos de Francisco y salió corriendo a ver a su amiga. El hombre se rio con la velocidad del pequeño, quien derrapaba en el parque y en más de una ocasión estuvo a punto de caerse.
—Francisco, esto no es cosa de risa. —repuso María con amargura y abatimiento. Se llevó a su marido a la cocina y aseguró la puerta para que no entrase su hija o Alex sin llamar.
— ¿Qué quieres que haga, María? ¿Le dejo en la calle? ¿Le devuelvo a su casa? Antes de que llegue el mediodía tendríamos a la Guardia Civil llamando a nuestra puerta para decirnos que ha habido un crimen. No pienso dejar al niño con esa alcohólica. —sentenció con firmeza, Francisco.
—No tenemos derecho a tenerlo en casa sin el consentimiento de su madre. Podríamos buscarnos un lio. —replicó María preocupada por la posibilidad de perder a su hija por cuidar de un hijo que no era suyo.
—Ella no tiene derecho a usarle de diana, y aun así ya le viste las marcas en la espalda. Y oíste al pediatra, tiene suerte de que no se haya roto nada. Unos centímetros más y ahora mismo tendría que llevar escayola en el pecho. —Francisco se frotó la cara con cansancio. Tratando de olvidar los moratones de Alex.
—Te olvidas mencionar que el pediatra dio parte de la acción de la madre y nos aconsejó que no hiciéramos esto más. No quiero que los servicios sociales se queden con nuestra hija porque nos detengan por secuestro.
—No es secuestro, cariño. Yo… No puedo. Simplemente no puedo dejarle en el pasillo cuando llama, no cuando he visto de lo que es capaz su madre cuando se bebe media licorería. No sería capaz de dormir ni de mirarme al espejo si un día esa mujer se descontrola y yo no hice nada por evitarlo.
—Al menos prométeme que iras a un abogado a hablar de este tema. Al menos quiero tener la seguridad de que nuestra hija está a salvo.
—Mañana pediré hora en el despacho de abogados que hay frente al trabajo. Pero ahora tendríamos que salir de la cocina, no quiero preocuparles.
—Tal vez convenga sacarlos a dar un paseo. Eso los animara. Y me despejara, necesito que me del aire y olvidar todo este asunto unas horas. No quiero pensar demasiado en que una alcohólica violenta tenga más derechos como madre que nosotros. —murmuró fatigada, María. Hacía días que no podía dormir pensando que alguien entraría a golpe de corneta y la detendría por secuestro infantil.
—Iremos al retiro, creo que esta semana había teatro y seguro que a los niños les encanta ir en barca y ver a los patos.
—Y dar de comer a los peces. —añadió María mostrándole una bolsa de pan duro de la semana pasada.
—Empiezo a pensar que tú quieres ir más que ellos.
Alex y Eva iban cogidos de la mano, a su vez Francisco y María les cogían la mano a ellos para que no desaparecieran en la marea creciente de gente. El Retiro parecía una calle comercial en plena hora punta, una multitud avanzaba en todas direcciones, evitando a los otros y chocando irremediablemente contra ellos. Francisco apenas era capaz de mantener sujetos a los niños en esa marea humana.
Viendo huecos por los que meterse logró llevar a su familia hasta el lago. Allí, en el borde de piedra, se sentó y puso a su hija y a Alex sobre sus rodillas para que vieran las barcas mecerse y navegar a la deriva de aquellas aguas verdes y turbias pero aun así relajantes y misteriosas. Los niños empezaron a señalar ilusionados las ondulaciones en el agua diciendo lo que creían haber visto. Eva discutía con Alex sobre la sirena que acaba de ver y Alex replicaba que en realidad era un calamar gigante.
Francisco siempre disfrutaba de escuchar esas disparatadas conversaciones, los niños siempre lograban sacarle una sonrisa aunque estuviera hasta arriba de trabajo. Daba igual lo mal que fueran las cosas, ellos le hacían sonreír. Por ese motivo no entendía como la madre de Alex podía ser así, dejar al pobre desatendido, e incluso pegarle en un rapto de locura. Eso llevaba a María a elucubrar por los motivos de que el padre del pequeño los abandonase a ambos con Alex teniendo menos de una semana.
Lo más probable para ella era que no soportase que su mujer se diera a la botella, pero Francisco dudaba de eso, se habría llevado al niño. No sabía que había hecho que ese hombre decidiera abandonar a su familia y francamente le daba igual, solo quería que creciera sano y para conseguirlo tenía que empezar a moverse, y preguntar cómo conseguirlo. Aunque tuviera que adoptarlo.
Estaba pensando en cómo quitarle la custodia a la madre cuando Alex y Eva gritaron a la vez señalando el lago. Francisco extrañado miro en la dirección que señalaban percatándose que todos a su alrededor se giraban en la misma dirección con asombro. Lo que vio, no acababa de creerlo. Dos hombres y una mujer saltando de barca en barca en medio del lago. El primero con una túnica negra que ondeaba en el aire como si fuera un vestido, y una máscara plateada siniestra que simulaba una calavera en descomposición. El otro hombre tenía el rostro desfigurado, o quemado no lo veía bien, y estaba ataviado con un pantalón marrón y una camisa mal abrochada. La mujer por su parte llevaba un traje completo de un negro perlado.
El de la túnica parecía huir de los segundos y ambos se apuntaban con ramas de madera. Francisco pensó que sería algún espectáculo pero entonces hubo una explosión, no la vio pero la sintió. El suelo vibró y se sacudió molesto y el agua del lago se elevó un metro en el aire antes de estallar en todas direcciones y cubrirlo todo con una densa niebla.
Nadie veía nada, salvo Eva y Alex, quienes por algún raro motivo o un futuro presagio, vieron perfectamente lo que ocurría. Los hombres se lanzaban rayos de colores que salían despedidos de sus ramas. Gritaban cosas extrañas que hacían que esas ramas se iluminasen y lanzasen más y más rayos. Todo aquel combate, tan violento como espectacular a ojos de los niños, no se detenía o contenía a pesar de estar los contrincantes saltando de una balsa a otra. Y demostrando una destreza inigualable casi nunca fallaban, siempre chocaban contra escudos o rozaban por pocos centímetros pero a pesar del tambaleo de las barcas no erraban el tiro. Siempre en la misma dirección.
Y entonces el hombre con la túnica saltó hacia ellos, Eva le vio perfectamente, incluso vio sus ojos a través de la máscara de plata. Y entonces desapareció, como si el mismo aire lo hubiera hecho invisible, desvanecido como un espectro en aquella niebla. Alex cogió la mano de Eva y se miraron por el rabillo del ojo sin acabar de creerse lo que pasaba y queriendo saber cómo lo había hecho, pero no tuvieron respiro y los perseguidores también empezaron a saltar en su dirección.
La mujer se adelantó y le sacó varias barcas de ventaja al hombre quien parecía agotado y respiraba con dificultad mientras trataba de seguir el ritmo. La mujer le miró por encima del hombro sin parar de saltar, como si supiera que había delante de ella aun sin mirar.
— ¡La madre qué te parió, Carlos! ¡Cómo lo perdamos te voy a igualar la cara a hostias! —exclamó furiosa.
—Qué fina es la inglesita. —masculló Carlos poniéndose a su altura y adelantándola para saltar sobre Eva y desaparecer en el aire como había hecho el otro hombre. Alex vio la expresión de ira en la mujer y como sus ojos chispearon.
— ¡No soy inglesa, cazurro! —gritó antes de desaparecer también.
Nada más desaparecer el vapor empezó a disiparse. La gente se movía con lentitud mirándose unos a otros, haciéndose todos, la misma muda pregunta.
¿Qué había ocurrido?
Sin embargo, tanto Eva como Alex se hacían una pregunta distinta al resto que los marcaría para siempre en sus vidas:
¿Cómo habían hecho todo eso?
