Año 1987

Los pasillos del ministerio suelen estar rebosantes de vida. Siempre con el traqueteo de cientos de funcionarios que van corriendo de un lado a otro con cientos de papeles entre sus manos y una veintena de aviones de papel sobrevolando sus cabezas. Todo aquel ajetreó siempre llevaba la misma sonoridad de fondo: El murmullo incesante de miles de voces al unísono que tratan de sobresalir a las demás convirtiéndose en una cacofonía de gritos sin sentido.

Todos esos sonidos y esa vida trabajosa quedaron reducidos a la nada. Gritos de dolor, paredes teñidas de escarlata y suelos cubiertos de cuerpos inertes y escombros. Una auténtica batalla campal se había iniciado en cada planta del ministerio, una batalla que degenero rápidamente en masacre. Los mortifagos habían entrado sin contemplaciones, no les importó a quien aniquilaban a golpe de hechizo, ni siquiera parecían querer hacerse con el ministerio, tenían más pasión por torturar que por subir a las estancias superiores.

Y el propio Ministerio no podía hacer gran cosa, la mayoría de Aurores estaban de patrulla constante, apenas había un destacamento de una docena de hombres en los despachos, hombres demasiado mayores o demasiado jóvenes para entrar en combate. Aun así lo intentaron con ahínco. Pero no tardaron en verse empujados a una contienda de continua defensa y retirada, no eran capaces de mantenerse en un lugar fijo. Los mortifagos atacaban como una bandada, entraban por doquier y se valían de su número para destrozar cualquier defensa.

Por momentos la gente empezó a imaginar que aquella guerra había llegado a su fin, que habían sido derrotados en su propio terreno. James Potter no opinaba igual, no iba a dejar que le vencieran y menos en su propia casa. Era demasiado terco para dejarse amilanar por el número de enemigos o por sus exiguas fuerzas. A fin de cuentas había logrado vencer en multitud de partidos de Quidditch cuando estaba en clara desventaja y como auror ya había afrontado peleas de alto riesgo.

Y como bien le recordaba a Lily, él nunca perdía. Siempre encontraba un punto débil o un punto fuerte y sacaba ventaja de él. Y había dado con ese punto. Los mortifagos se agrupaban en la zona de los juzgados, parecían atraídos por esa zona y James la conocía lo suficiente. Sabía que la entrada a los ascensores era un pasillo muy estrecho, un capricho arquitectónico para deprimir a los presos.

En ese lugar el número dejaba de importar y una buena defensa podría destrozar cualquier ofensiva. Logró agrupar a sus compañeros, o a los que quedaban con vida, media docena, y llevarlos por el hueco del ascensor hasta el noveno piso, desde allí podrían bloquear las escaleras al tribunal. Fue difícil bajar sin los ascensores, por suerte a pesar de la inexperiencia de unos y la vejez de otros, todos lograron bajar sin problemas.

Una vez atrincherados en ese pasillo destruyeron los ascensores e inundaron los huecos con fuego mágico de protección, no dañaría a nadie con malas intenciones. También enviaron varios Patronus para avisar a quien fuera, James lanzó su ciervo en la búsqueda de algún miembro de la Orden que estuviera cerca. Vio la estela plateada dividirse en dos docenas de ciervos astados antes de desaparecer tras los muros.

Allí, en esa posición que aguantó durante horas el embate de decenas de mortifagos, James se labró una reputación y fama que eclipsó la que hubiera tenido antes. Se convirtió en el auror más importante de Gran Bretaña. No solo había evitado que el Ministerio cayera en manos del enemigo, además lo había hecho con un puñado de hombres que no estaban preparados para semejante ataque.

Se granjeó la amistad del pueblo y se le recompensó, apenas unas horas después ya había sido proclamado por clamor popular como Jefe de Aurores, algunos ya hablaban de un futuro Ministro aunque Barty Crouch era quien llevaba las de ganar en ese apartado.

Pero no fue lo único que cambio aquel día, apenas se empezó con la reconstrucción y el recuento de bajas, Alastor Moody y Sirius Black entraban por la Red Flu en el maltrecho edificio con una tarea de vital importancia. Aunque solo uno de ellos conocía esa tarea, ya que el otro había llegado tarde.

—Te lo vuelvo a repetir, Alastor. Tengo un buen motivo para llegar tarde, es más de no ser porque casi pierdo a mi mejor amigo me habría quedado con ese motivo. —farfulló Sirius tratando de que Alastor dejara de mascullar para sus adentros indignado por la impuntualidad de Sirius.

— ¿Y qué color de pelo tenía esta vez el motivo? —inquirió Alastro adelantándose a su aprendiz.

—Estaba muy oscuro pero estoy casi seguro que Danielle tenía el pelo negro. Menuda mujer. —silbó abrumado, Sirius rememoró el encuentro de hacía apenas una hora y una sonrisa se extendió por su rostro. Se fijó en un grupo de oficinistas que le miraban con ojos brillantes y le lanzaban sonrisas coquetas. Sirius les guiño un ojo y se metió en el ascensor con Alastor. La cabina se sacudió con violencia al ponerse en marcha. —Creo que le enviare una lechuza.

—Eso lo dudo. —musitó Alastor carraspeando. Conocía perfectamente a Sirius, mejor que él mismo. Un gran alumno con mucho potencial que no solía usar por pura chulería.

—Y aun no tengo claro para que me necesitas, seguro que tú lo habrías hecho más rápido y mejor. Y sin interrumpir citas a nadie. —repuso Sirius mientras palmeaba el hombro a Alastor quien no parecía muy contento.

—Albus quería tener a dos personas en esta misión y dado que el resto están ocupados, en San Mungo o en una misión, solo quedabas tú. Y no estabas ocupado, ya encontraras otra, cada día estas con una distinta. Tienes mucha labia no te costara.

—Gracias por el cumplido pero tal vez esta era la indicada con la que sentar cabeza. —el ojo azul eléctrico de Alastor giro sobre sí mismo y se quedó mirando fijamente a Sirius quien estaba muy serio pero con una ceja delatora. —Vale, ni yo me creo eso. —terminó con una carcajada. —Aun así, ¿Qué venimos a hacer? James ya demostró lo genial que es echando a patadas a esos mortifagos. ¿Para qué estamos nosotros aquí? —preguntó Sirius tratando de no caerse ante el golpe que recibió el ascensor antes de abrir las puertas del noveno piso. —Recuérdame tirarle una piedra a James por cargarse los ascensores.

Alastor salió cojeando y agarrándose al bastón sin detenerse a esperar a Sirius quien ya se había quedado contemplando las paredes llenas de ceniza, sangre y agujeros.

—James las debió pasar canutas, menuda armó. Esto no se arregla con un poco de chapa y pintura.

—Vamos pulgoso, tenemos que llegar a la sala de las profecías.

— ¿Hay una sala de las profecías? ¡Y por qué no hemos ido allí antes! Seguro que hay algo en esa sala que hable de cómo matar a Voldemort o convertirle en un caniche.

—Atiende de una vez, no sé cómo alguien con tantas cualidades puede ser tan obtuso. Sala de Profecías. Solo son un montón de paparruchas sobre el futuro, de poco nos sirven si ocurren dentro de cincuenta siglos.

—Y aun así Albus nos envía a buscar una. —dijo Sirius poniéndose a la altura de Moody y abriéndole la puerta a una gran sala. Se quedó embobado unos minutos viendo el centro de aquella gigantesca sala. Un pórtico de proporciones mastodónticas con un velo difuso flotando en el umbral. Un murmullo inidentificable le tapono los oídos. Se golpeó las orejas hasta que notó como el aire dejaba de presionarle el tímpano.

—No lo mires así, podría traerte problemas. —murmuró Alastor tirando de él. —Albus nos ha enviado a por una profecía porque Voldemort la quiere. Y si el enemigo quiere una profecía es mejor que no la tenga.

— ¿Cuestión de principios? —bromeó Sirius.

—Cuestión de no darle una ventaja. Si lo quieren tenemos que evitar que lo tengan.

Sirius y Alastor llegaron a una puerta, y al abrirla, Sirius no puedo evitar reírse. Cientos de miles de estanterías que se perdían en la oscuridad tanto a lo largo como a lo ancho y a lo alto, brillaban gracias a millones de esferas de cristal que emitían un tenue azul plateado. Al acercarse a una de las estanterías vio cada esfera con una nube en su interior que giraba sin parar.

—Vale ¿Alguna idea para conseguir la que queremos y no la que habla de cómo Slytherin gana la copa de las casas en el 5600?

—Solo la persona relacionada con la profecía puede encontrarla.

—Perfecto, dame cinco minutos y vuelvo con Voldemort. Seguro que la encuentra y nos la da encantado.

—No seas mentecato. Esa es la forma oficial. Nosotros usaremos la extraoficial.

— ¿Preguntaremos a las profecías por la dirección de la nuestra?

—Hablaremos con el encargado de la sala y quien las ordena y ubica.

— ¿Y dónde está? —preguntó Sirius dando vueltas y mirando en todas direcciones en aquel mar de estantes.

—Aquí. ¿Qué quieren? —espetó una voz. Sirius dio un salto y miro a su alrededor sin ver a nadie. Entonces vio a Alastor y su ojo mágico girando hacia abajo. Entonces lo vio, un hombre muy bajito y encorvado, parecía una mantis religiosa con un bastón.

—Alguien ha dejado suelto un terrario. —murmuro Sirius recibiendo un golpe de bastón en la espinilla.

—No sea impertinente. ¡Qué hacen aquí!

—Venimos a llevarnos una profecía. Aquí tiene los datos y la autorización. —contestó Alastor entregándole un pergamino a aquel hombre que se encorvó aún más para leerlo y alejarse rápidamente. Sirius le siguió pero Alastor le detuvo. —Milverton te romperá el bastón en la cabeza si le sigues. Es muy posesivo con las Profecias. Y la verdad es que al único que le llega a hacer caso es a Dumbledore. Hace unos años un inefable primerizo trató de entrar a estudiar las profecías. Lo encontraron una semana después colgado del Atrio.

— ¿Y le dejan encargarse de todo esto? A mí me castigaban dos meses sin ir a Hogsmeade por hacer eso con Quejicus.

—Tú no eres experto en alquimia, pociones y escudos de protección. Se ha granjeado suficientes amistades para mantenerse en este puesto y hacer lo que quiera. Aunque debería decir que le mantienen prisionero para que nadie le use en su beneficio. Lleva aquí desde antes de que yo entrara a estudiar para Auror.

—Eso es imposible, nadie es tan viejo. —bromeó Sirius mientras miraba al fondo del pasillo esperando ver aquella mantis trajeada aparecer.

—Mocoso insolente. —farfulló Alastor conteniéndose de no lanzarlo por los aires. —Y luego te preguntaras porque Snape no te dirija la palabra en las reuniones y Evans te dé de guantazos cada vez que vas a su casa.

Quejicus solo es un rencoroso, solo porque le colgara un par de veces de la torre de astronomía y le envié con un licántropo me odia. Y Lily solo me pegó una vez, quiero dejarlo claro, una única vez. Y lo único que hice fue enseñar a Aurora y a Harry a hacer piruetas con la escoba. —se excusó Sirius dejando claro que la culpa era de ellos.

— ¿Aurora? —preguntó Alastor.

—Ni muerto la llamo Petunia, hay que ser cruel de llamarla así y el otro nombre es peor que llamar a la niña Voldemort. —espetó indignado Sirius viendo como Milverton aparecía con una esfera entre las manos. —Al fin.

—Trátenla bien, y espero que Dumbledore sepa lo que hace, estas cosas no son juguetes. Son muy poderosas y frágiles. —Sirius se inclinó para cogerla pero una sola mirada de los ojos hundidos y grises de Milverton le hicieron retroceder. El pequeño inefable se acercó a Alastor y le entregó la profecía y con un golpe del bastón la envolvió en una caja de madera. —Así llegará a salvo a su destino y nadie podrá abrirla salvo Dumbledore.

—No se preocupe, está en las mejores manos. —dijo orgullosamente Sirius. Milverton le observo, se peinó el poco pelo que le quedaba y volvió a mirar a Alastor.

—Qué este espécimen no se acerque a la profecía.