Año 1988

El Támesis, un río de 346 kilómetros que recorre el interior de Inglaterra hasta desembocar en el mar del Norte. Su curso parte en dos una de las ciudades más importantes del planeta: Londres. A traviesa Oxford, Eton y el propio Londres, y lleva un mes congelado por completo. Dos metros de hielo impenetrable que impiden a los barcos atracar para dejar sus mercancías, a los pescadores navegar y tranquilizarse en sus turbias aguas. Bajo esa vasta extensión de agua solidificada por un frío imposible los animales ya han empezado a morir. Las aves se han alejado asustadas y la vida a su alrededor ha mermado y se vuelven en una sombría imagen borrosa y tétrica de antaño.

La peor parte venía cuando el río llegaba a Londres, su superficie emitía una densa y agobiante bruma que se extendía por las calles cercanas, en especial la zona de Whitehall. Las calles cercanas a los ministerios se hallaban cubiertas de una impenetrable niebla que hacía que el día más brillante no fuera más que una noche sin Luna a nivel de suelo. La gente tenía miedo de salir a la calle, se sentían angustiados como si aquella niebla les estuviera sorbiendo la vida y cualquier otra emoción que no fuera la desesperación.

Creían que era peligroso salir de sus hogares, no podrían ver más allá de sus manos y les atracarían o atropellarían. Amenazas muy válidas pero no era esa la verdadera razón de su miedo. La realidad era mucho más aterradora, pero también mucho más beneficiosa. En especial a Barty Crouch Senior, quien gracias a esos últimos acontecimientos había logrado una victoria aplastante contra sus rivales. Millicent Bagnold había caído en desgracia tras los acontecimientos de los últimos meses, Cornelius Fudge no era un hombre que levantase al pueblo en momentos de infortunios y Albus Dumbledore no era más que una opción popular que se caía por su propia parsimonia a la hora de actuar como el político que le pedían que fuera, Dumbledore no le prestaba la atención suficiente al cargo que le ofrecían y el pueblo lo había visto.

Y habían encontrado en Crouch al hombre indicado, una persona que no dudaría a la hora de plantar cara a todos los que fueran necesarios para acabar con las amenazas del país, ya fuera enemigo… o aliado. Por eso mismo, la noche de su investidura como nuevo Ministro de Magia, había convocado una reunión secreta con sus competidores, o al menos con dos de ellos, no quería saber nada de Bagnold.

Esperaba en su reciente despacho, atizando los leños encendidos para que el calor surgiera de su interior candente. Un chisporroteo y cientos de chispas se alzaron por encima de los troncos y subieron por el conducto en una corriente de aire caliente. Barty dejo el atizador a un lado de la chimenea. Se quitó la ceniza con un golpe de varita y se sentó para examinar los numerosos pergaminos que cubrían su escritorio, todos ellos de vital importancia para lo que iba a ocurrir a continuación.

Un leve toque en la puerta le anuncio la llegada de su primer invitado.

—Entre. —ordenó con autoridad, Barty sin quitar sus ojos de los pergaminos. Vio por el rabillo del ojo los andares de Fudge, pasos cortos y nerviosos. Sus manos rechonchas agarrando con demasiada fuerza un bombín verde oliva que estaba arrugado en extremo. Sin duda, Fudge había estado usando aquel sombrero como fuga para su frustración tras su clamorosa derrota en las urnas. —Fudge. Tome asiento. —El rostro sudoroso y cansado de Cornelius apareció en el campo visual de Crouch, quien no dudo en regodearse interiormente de aquel individuo.

— ¿Por qué me ha llamado para esta reunión tan apresurada? ¿Quería disfrutar más de su victoria? —preguntó ciertamente ofendido.

—Tranquilícese Fudge, le he invitado por varias razones. Ninguna de ellas es su aplastante derrota. —Una llamarada verde interrumpió Crouch quien ya empuñaba su varita cuando vio al anciano Albus Dumbledore aparecer de su chimenea y caminar con calma y solemnidad hasta su asiento. —Nadie puede entrar a través de esa chimenea, no está conectada a la Red Flu.

—Yo también me alegro de verle, ministro. Su chimenea está conectada con la que está en Hogwarts. A sus antecesores les parecía importante tener un acceso directo a mi despacho. —Respondió Dumbledore con una voz suave y tranquilizadora.

—Eso se acabó, mañana hablare con mi secretaria para que hagan desaparecer esa unión. No voy a dejar una puerta abierta al Ministerio en mi propio despacho. —exclamó tajante Crouch, haciendo que su vuelapluma lo apuntara en un trozo de pergamino.

— ¿Acaso cree que los mortifagos entrarían en mi despacho sin ningún problema y los profesores o yo mismo les dejaríamos pasar? —preguntó Dumbledore observando fijamente a Barty.

—No correré el riesgo. Lo diré claro, Albus. No me fio de usted. Es tan peligroso como El-que-no-debe-ser-nombrado. Aquí tengo una extensa biografía de sus primeros años tras abandonar Hogwarts y no estoy nada contento con lo que he leído. Le aseguro que ya estaría usted destituido si hubiera encontrado el más mínimo indicio que sus antiguas amistades siguen en contacto con usted. Se lo advierto, voy a terminar con esa oposición suya a que él ministerio haga lo que debe hacer.

—Nunca he interferido en el buen hacer del ministerio, solo quiero lo mejor para mis alumnos y para sus familias. Y en estos tiempos no podemos permitirnos estar separados a pesar de nuestras diferencias.

—Disculpen, pero aun no sé qué hago yo aquí. —interrumpió Fudge visiblemente malhumorado de haber sido ignorado ante la aparición del Director de Hogwarts.

—Usted está aquí para ser mi mano derecha. Estamos en guerra, y Fudge, déjeme ser claro, no sirve para nada en estas situaciones. Francamente no sé porque se presentó siendo un inútil en el plano bélico. Pero no le quitare méritos a sus otras virtudes, las cuales han hecho que sea muy seguro que le contrate como asesor. Es usted un buen pez, capaz de nadar muy bien en las turbulentas y opacas aguas de la política. Le quiero para que se encargue de los quehaceres más arraigados a nivel gubernamental del Ministerio, así como lazos con nuestros vecinos más próximos. Tal como estamos debemos estrechar lazos con Alemania, Francia y la península. —explicó Crouch entregándole a Fudge una lista de tareas así como su contrato. Fudge no dijo nada, simplemente salió del despacho dejando firmado el contrato.

— ¿Y qué labores recaerán sobre usted si ha dado todo ese poder a Fudge? —preguntó Albus que seguía sin apartar la vista de Crouch, quien ya se había desecho de su máscara de afabilidad y se mostraba descontento y airado con Dumbledore.

—Yo me encargare de que este país prevalezca por encima de los sueños megalomaniacos de dos magos con un grado de locura y egocentrismo sin par. Puede que El-que-no-debe-ser-nombrado sea la cabeza visible de estos movimientos terroristas que tratan de derrocar nuestro gobierno y destruir siglos de vida en paz con los Muggles, pero no se le ocurra pensar que me he olvidado de sus movimientos golpistas en Hogwarts. Lo sé todo de esa Orden del Fénix que tanto daño está haciendo a la población civil. Sin irme muy lejos en el tiempo la semana pasada uno de sus miembros, Sirius Black si mal no recuerdo, voló por los aires una calle atestada de gente mientras trataba de atrapar a un antiguo amigo, ahora Mortifago. Tiene suerte que nuestros Aurores estuvieran allí para salvar a todos esos civiles inocentes. —Crouch empezaba a alterarse, levantándose de la silla e inclinándose sobre Dumbledore como si fuera un halcón sobre una presa.

—Tengo entendido que ese altercado, tal y como el Profeta publicó y tal y como el jefe de Aurores declaró, fue provocado por dicho mortifago en su afán por escapar con vida de su captura. —rectificó Dumbledore sin darle importancia al tono de Crouch.

—James Potter —escupió Crouch con asco —Un auror con demasiada suerte, es un inepto infantil. De no ser por lo que sucedió el año pasado no habría llegado a nada, y seguramente habría acabado en la calle dada su incompetencia. Esta obcecado en encontrar a personas sin importancia en lugar de poner todos los recursos del Departamento en capturar a quien-no-debe-ser-nombrado. Sin duda influenciado por su esposa quien tengo entendido es su mano derecha en esa organización suya. Empiezo a ver su plan, su tela de araña envolviendo cada pequeño resquicio de poder de esta institución. Y no permitir que intente dar un golpe de estado, estamos en un único frente, contra los mortifagos. Si no ve ese frente por estar obcecado en su intento por derrocarme y ocupar mi puesto no dudare en encarcelarle a usted y a todos sus amigos y subordinados. —amenazó Crouch apartando los papeles para que Dumbledore pudiera ver un pergamino con una lista inmensa de nombre y su posición dentro de la Orden del Fénix. —No me costó demasiado recopilar esta información. Así que espero que disuelva todo ese grupo antes del año que viene o lo hare yo. Necesito concentrarme en el verdadero problema.

—Buenas noches, Ministro. —cortó Dumbledore levantándose y acercándose a las llamas que ya se tornaban verdes y empezaban a hacer amagos de atrapar a Dumbledore. El anciano director se dio la vuelta antes de entrar y miró una última vez a Barty Crouch quien bebía con urgencia de una taza de té de porcelana china. —Todos queremos lo mismo, Ministro. Queremos que la siguiente generación viva en libertad y sin temor. Y da igual quien luche por lograrlo, lo importante es conseguirlo. Hogwarts.

Dumbledore desapareció en el fuego y la chimenea se apagó de golpe dejando solo el bailoteo de unas hebras de humo negro. Crouch se sentó agotado en su sillón terminando de beber y repasando su conversación con Dumbledore. Era posible que su movimiento le hubiera granjeado un poderoso enemigo, no podía permitirse aquella brecha. Por suerte aunque no encontrase algún punto débil explotable en Albus, aun tendría su turbulento pasado para pararle los pies de ser necesario.

La puerta del número doce de Grimauld Place se abrió de golpe y un hombre envuelto en túnicas rasgadas y polvorientas cayó al piso sin fuerzas. Respiraba de forma agitada y descontrolada, le costaba hacerlo y gemía de dolor. Se arrastró por el estrecho pasillo tratando de llegar hasta la cocina. Su varita saltó de su bolsillo y rodó por la alfombra hasta detenerse en el paragüero de pie de Troll.

La puerta a su espalda se cerró con suavidad y un pequeño elfo se acercó corriendo a su amo, en sus manos cargaba con un montón de vendajes y frascos con pociones. Regulus había enviado un mensaje apenas unos minutos antes para que Kreacher lo tuviera todo listo para cuando él llegará. El elfo tomó la mano de su amo como pudo y los transportó hasta la cocina, donde pudo tenderle sobre la mesa.

Regulus se arrancó la túnica negra y los restos de camisa para dejar ver un torso desnudo cubierto completamente de sangre. Kreacher no tuvo contemplaciones y vació el contendido de uno de los frascos sobre la sangre. Una espuma purpura burbujeo con violencia limpiando de sangre toda la piel y dejando en carne viva las heridas, pero sin permitir que el preciado líquido carmesí volviera a salir.

— ¡SIRIUS! —exclamó una voz afligida y rota.

—No madre, soy Regulus, he vuelto de comprar esa lengua de Dragón que tanto te gusta. —gritó Regulus ocultando su terribles dolores.

—Avísame cuando llegue Sirius. —contestó Walburga desde su habitación.

—Lo haré Madre. —replicó Regulus como tenía acostumbrado. Hacía años que no veía a su hermano pero no iba a decírselo a su anciana madre, y menos después de la muerte de padre y de la enfermedad que la tenía postrada en cama. —Kreacher, ¿Qué tal lo llevas?

—Ya casi termino amo. Las heridas de hoy han sido más profundas de lo que tenía acostumbrado a Kreacher. —respondió el elfo cortando un trozo de venda para cubrir las heridas antes de envolver el torso de Regulus con un vendaje más fuerte.

—Gracias Kreacher. —agradeció Regulus mientras palmeaba la espalda de su fiel amigo. —Creo que tenemos que hablar.

— ¿De qué quiere hablar el amo? —preguntó Kreacher encantado de recibir alguna orden de nuevo, llevaba meses sin recibir ninguna.

— ¿Dónde te llevo el Señor Tenebroso? —preguntó Regulus recordando lo que acababa de pasar hacía unas horas. — ¿Qué hicisteis el día que me pidió llevarte y volviste medio muerto y empapado? Cuéntame que paso. Cuéntamelo todo

—Amo, me hizo prometer que no le contaría eso a nadie. Qué sería un secreto. —murmuró Kreacher sin saber qué hacer, si obedecer la orden que le dio Regulus hace tantos años o la que le decía ahora, sus amos nunca habían hecho ese tipo de contradicciones, salvo Sirius.

—Da igual lo que te dijera, Kreacher. Necesitó saberlo. Es necesario. Tengo que confirmar una cosa. Lo que he visto hoy y lo que tú viste hace tanto tiempo podría cambiar el curso de la guerra. Y empiezo a pensar que es necesario ese cambio, así que necesito que me lo cuentes todo ahora mismo, viejo amigo. ¿Entendido, Kreacher?

—Sí, amo.