Capítulo I
Keeping memories
Terminaba y comenzaba de nuevo. Tenía una fascinación por artistas clásicos, capaces de transportarla a los confines más remotos de su mente. Después de todo, lo que creía real o parte de su imaginación se hallaba allí. Las teclas emitían un sonido cautivante al punto de hipnotizar las aves que reposaban en los árboles del jardín. La puerta de la sala se abrió y una sombra a sus espaldas interrumpió la sonata.
— Padre —expresó sorprendida y algo avergonzada.
— Ven —ordenó con frialdad.
Natsuki asintió con la cabeza y lo siguió. Subieron las largas escaleras de piedra que adornaban el centro de la casa. Una vez en la biblioteca, se sentó en un sillón antiguo cerca del escritorio, esperando. Admiraba los cuadros de la habitación con total concentración. Imágenes del Sengoku, de sus ancestros y otros tantos más, que escondían tras la pintura parte de su historia. Deseaba volver a correr por las praderas sin restricciones, pero con el paso de los años, se daba cuenta de cuan efímera era la idea de volver a vivir tales recuerdos. Extrañaba encontrarse en el medio del campo con su primo menor y correr hasta el cansancio.
El albino tomó un libro y se lo entregó, para luego posarse en frente de la chimenea.
— Deberás encargarte de una misión. Es importante que me prestes atención.
Había un trabajo que realizar, algo que su padre no podría cometer por sí mismo. Pero, ¿por qué se lo encargaría a ella? El libro contenía una leyenda antiquísima que su familia había estado conservando por años, ocultándosela al resto de los youkai. Estaba en un idioma extraño que jamás había visto antes. Unos dibujos en la tapa inferior resolvieron el misterio.
Desentendida, frustrada y con un nudo en la garganta exclamó.
— ¿Qué? —se preguntó desorbitada—¡Me lo prometiste, dijiste que todo había terminado!
Corrió.
Un dolor incontenible se apoderó de su cuerpo cegándola. Sus ojos se tornaron blanquecinos como la nieve y habían perdido el rumbo. Las figuras de los árboles circundaban su figura al paso de un rayo. Con una velocidad que la hacía casi imperceptible atravesó el bosque hasta caer en el río. Ninguna lágrima cayó por su rostro. Miró al cielo desorientada, buscando respuestas a sus tantas preguntas. Se sentía traicionada por su propio padre y no lograba entender el por qué. Se quedó allí hasta que cayó el atardecer, rasgando el cielo un rojizo profundo y divergente.
La casa se tornó vacía y gris. El silencio atormentaba a Rin, sentada en el borde del diván. Una mano se posó suavemente en su hombro, obligándola a quitar la mirada del rio.
— Jamás te perdonará, Sesshoumaru.
El albino frunció el ceño con resentimiento, sabiendo la contundente verdad de aquellas palabras. Había condenado a su única hija, dejándole en sus manos el destino de su raza entera. Un deje de vacilación apareció en su semblante, quizá por primera vez.
Recordaba cómo había luchado para proteger a Rin, aunque fuera una molestia de vez en cuando. No tenía ningún tipo de sentimiento que no fuese el orgullo y el karma. La única persona capaz de conmoverlo en toda su vida había sido aquella mujer, y más tarde su hija. Sin embargo, su verdadera esencia nunca se quedaba bajo su piel. Calculador, frío y de espíritu líder. No podía encarecerse en tacto para despedirse, preparar e incluso animar a la niña frente a lo encargado. La había entrenado él mismo para que supiera defenderse, sabía usar armas y había heredado las habilidades del Daiyoukai. No tenía motivos para temer por su destino, exceptuando uno: tenía el corazón de su madre, y podría ser una debilidad mortal si lograban engañarla.
Dejó el río y buscó a su madre. Rin le explicó que el mundo había cambiado por completo. Desde que la perla de Shikon había pasado a ser un mito, los seres espirituales y mágicos habían tomado rumbos diferentes. Las razas ahora eran diversas y abarcaban desde hadas de los bosques hasta magos, que decían dominar las habilidades espirituales. Los Dioses del Sengoku se ocultaban en una tierra lejana y protegida. Ni siquiera los ojos de los youkai podían ver sus cielos. Y ellos, que apenas eran un grupo reducido conformado por familias, habían decidido unificarse en clanes para asegurar su supervivencia. Los grandes templos que recordaban con gran añoranza, ahora eran atracciones.
— ¿Por qué debemos ocultarnos?—cuestionó con detenimiento.
Rin se estremeció ante la pregunta. Los humanos eran seres incomprendidos, en busca de un poder mayor al que se les fue otorgado. Acarició suavemente la mejilla de su hija. Un futuro no muy lejano debería enfrentarse con ella, definiendo su destino.
— Hay personas que creen que podrían utilizar nuestra sangre para volverse más fuertes, incluso encontrarle curas a sus enfermedades—sentándose en el césped. —La caída de uno podría significar la caída del resto de nosotros.
Aunque sonara increíble, era más que certero. Kagome enseñaba el arte curativo de las plantas y hierbas en un recinto antiguo cerca de Tokio, junto a su esposo Inuyasha y sus tres hijos. A menudo solía brindar clases de arco y flecha como diversión ocasional. Eran ellos quienes debían adaptarse a los humanos. Todos corrían peligro de ser descubiertos, aún así se resguardaban con gran esmero.
— Creí que sólo nos conservaban en historias y cuentos—comentó.
Rin la abrazó fuertemente, dejándola ir. Natsuki se dirigió a la habitación para preparar sus cosas. Creyó que necesitaría unas cuantas si se iría de viaje, y unas tantas despedidas más, por si acaso. Buscó una gran maleta de su armario y empacó cuanto pudo. Aunque tenía una idea de la tarea que su padre le encomendaba, había muchas cosas que debería averiguar por su cuenta. Se mantendría oculta bajo su forma humana, gracias a un poderoso sello que su padre había obtenido de una sacerdotisa miles de años atrás. Sintió por un momento el peso del mundo en sus hombros; no encontraba la fortaleza suficiente para no quebrantarse. Sesshoumaru le advirtió cautela, que a nadie revelara su verdadera identidad, de lo contrario podrían matarla.
—Es tu deber lograrlo en siete días —explicó.
— ¿Y si fallo?— inquirió dubitativa.
Un silencio punzante se apoderó de la habitación.
— Lo descubrirás —concluyó dejándole una dirección sobre el escritorio.
Las maletas le pesaban demasiado para cargarlas ella sola. Una mirada de soslayo la atravesó por completo.
— Será mejor que las guardes—mientras se iba—, no las necesitarás.
Debía irse para eliminar al único hijo de Naraku, que ni siquiera él era consciente de ello…o irse para nunca volver, morir en aquél sitio desconocido y fallarle a su padre.
— Llévate a Sora contigo —aconsejó Rin con delicadeza.
Sora era uno de los hijos de Kirara, quien falleció tras darlo a luz junto con sus seis hermanos. Era capaz de transformarse en todo aquello que desease.
El animal se encogió hasta ser un pequeño colibrí. Se posó en el hombro de su compañera, sacudiéndose y limpiando con su pico las plumas color oro del torso.
