Año 1989

Toda historia tiene un comienzo. Rivalidades. Amistades. Amores. Todos comienzas en algún punto y siempre es algo que jamás olvidas aunque creas no recordarlo. Lo mismo ocurre con los primeros pasos en la infancia, crees que todos esos recuerdos se pierden en aras de preservar los nuevos. No es cierto. Se mantienen, ocultos tras capas y capas de experiencias, a veces simplemente ignoramos su presencia, otras tienen un matiz más oscuro. Eirian es una de esas personas, su pasado mágico apenas es un viejo recuerdo que se esfuerza por olvidar y los últimos días con su familia han sido eliminados de un plumazo como si una fuerza ajena le impidiera acceder a ellos.

Eso y solo eso fue lo que propicio una amistad inaudita, sin saberlo, en su nueva vida como huérfano muggle conoció a alguien de su pasado sin ni siquiera saberlo: Elizabeth Black, una niña que se supone perdida en el mundo y hace muy bien ese papel. Pero ninguno de los dos esperaba encontrar nada bueno de aquella experiencia y se reencontraron el uno al otro aunque Eirian no supiera la verdad y Elizabeth la ocultara a toda costa.

Eirian y Elizabeth, dos personas que fueron fijadas a un plan mayor que ni ellos mismos conocen. Amigos inseparables aunque en el principio y en el final serán grandes enemigos, tal y como Voldemort tiene planeado.

Pero lo importante es el presente. La niñez de dos entidades relevantes para la historia. Eirian y Elizabeth son por encima de todo, el último plan de Voldemort.

Pero ni siquiera el mago tenebroso más poderoso de todos los tiempos fue capaz de predecir que esas dos personas fueran a enamorarse a tan tierna edad, no solo forjaron una profunda amistad, también empezaron a albergar otra clase de sentimientos que ni ellos mismos entendían. Voldemort no podía imaginar tal giro de acontecimientos, no tardó en enviar a Bellatrix para que separara a su hija de Eirian y así comenzar la cuenta atrás de un plan de refuerzo.

No podía imaginar que causaría esa orden…

Como cada lunes a las diez y media de la mañana, el profesor de ciencias está gesticulando sobre la ineptitud de sus estudiantes. Veinte años de enseñanza y aún no sabe que sus alumnos tienen diez años. Muchos se preguntan cómo logró obtener el puesto de profesor en un orfanato viendo su nula capacidad de empatía paternal que si tenía el resto de profesorado.

Eirian Malfoy, un joven de pasado turbio, y Elizabeth Black tratan de no reírse mientras hablan mediante signos. El Profesor Kin nunca ha sabido enseñar pero es muy divertido. Eirian hace un gesto con la mano y Elizabeth sonríe y le da un beso en la mejilla.

Eirian se sonroja tapándose la cara con las manos y agachando la cabeza. Siempre busca esos pequeños gestos de Liz pero cuando los logra pierde la concentración. Una regla se parte con estrepito en la mesa compartida y ambos saltan en sus asientos al ver la mirada severa de Kin. Su rostro envejecido parece a punto de estallar y la vena de la frente le palpita como si tuviera vida propia. Tanto Eirian como Elizabeth saben que se han ganado una bronca de quince minutos sobre atender en clase.

Un fogonazo verde es, sin embargo, lo único que obtienen. El profesor Kin se derrumba hacia atrás con la mirada ausente. Tras él se alza una figura encapuchada y enmascarada con una calavera de plata. Eirian se levanta de golpe protegiendo a Elizabeth. Parte de su memoria se ha ido desvaneciendo por voluntad propia pero conoce esa figura, le visita en sueños.

Algo le empuja hacia arriba y sale volando hacia atrás como si fuera un muñeco de trapo.

— Vamos Eli. —La voz tras la máscara es femenina y hasta cierto punto atractiva pero con un cariz de maldad que desquebraja la imagen mental de una bella y amable mujer. El cuerpo de Eirian choca de forma violenta contra la pared, el niño grita de dolor y se agarra el pecho mientras cae como un saco inerte al suelo, apenas nota como se le rompe la nariz al impactar contra el suelo. —Aunque bien pensado… —murmura con deseo mientras aparta a Elizabeth y se acerca a Eirian con malevolencia. —Crucio

Eirian dio un latigazo y su espalda se dobló por completo, primero hacia atrás hasta que su nuca toco sus botas sucias y desgastadas, después hacia delante hasta aovillarse como una pelota. Sus manos temblaban sin saber a dónde agarrarse, su cuerpo se convulsionaba sin parar. Ya no gritaba, su mandíbula se había cerrado con tanta fuerza presa de la agonía que casi podía oír sus dientes partiéndose.

Notaba un sabor a cobre en la boca, se había mordido la lengua pero no la sentía. Nunca antes había sentido nada igual. Es capaz de ver cada nervio y musculo contraerse y dilatarse, desintegrarse en una amorfa solución de moléculas estáticas y volver a fundirse en un único ente. No son dolores punzantes, ni siquiera puede localizar el foco. Es como tratar de atrapar el agua, el dolor cambiaba y evolucionaba dentro de su cuerpo. Era como aceite hirviendo golpeando todo su cuerpo a la vez sin darle tiempo a reaccionar en un único punto en concreto. Su cerebro se abotargaba con tantas señales.

Empieza a cuestionarse su propia realidad, no concibe nada más allá del sufrimiento. Sus días felices en el Orfanato son ilusiones vacuas ahora, incluso su pasado oscuro e injusto le resulta frívolamente envidiable en esos instantes. Y entonces ocurre algo.

A lo lejos, como un murmullo ausente, escucha las risas maniacas de la mujer, su tía Bellatrix, y lo que es aún peor, de Elizabeth. Algo profundo, enterrado y olvidado bajo capaz y capaz de hechizos y barreras se remueve incómodo. Se despereza ansioso dentro de su mente y una oleada arrolladora de recuerdos inunda la mente de Eirian.

Ahora recuerda perfectamente lo que antes estaba bajo una profunda capa de oscuridad, recuerda a Elizabeth como realmente es, es capaz de ver aun esos ojos de intenso azul clavándose en los suyos cuando apenas tenían tres años. Recuerda como lo maldijeron y lo que ocurrió después de esa maldición.

Una ola de rencor ajeno y furia le impulso. Sin saber cómo lo hace se ve a sí mismo levantándose del suelo con dificultad. No presta atención a la agonía, sus ojos le arden bajo los parpados pero no le disgusta la sensación. Nota como sus pensamientos, uno a uno se van dispersando en un mar profundo y algo surge de ese inmenso mar, algo que lleva mucho contenido.

Ahora es un mero espectador, siente cada resquicio de su cuerpo, puede ver, puede oir, puede oler todo lo que hay a su alrededor. Ve a Elizabeth con una sonrisa curiosa, ve a Bellatrix con una nota de temor en su mirada, oye su propia respiración y el llanto silencioso de sus compañeros, huele la loción para el afeitado de su difundo profesor y siente aun todo el dolor de la maldición. Puede sentir todo eso pero es incapaz de moverse por propia voluntad. Ni siquiera puede mover un dedo, y sin embargo nota su cuerpo moverse paso a paso y sus manos agarrotarse en extrañas posturas.

Debería sentir miedo y pavor hacia Bellatrix, lo más lógico para él es que le esté controlando, pero no es Bellatrix. Lo sabe. No solo es el brillo temeroso de sus ojos desquiciados o la incredulidad que ha hecho aparición en sus labios, algo en lo más profundo de su ser le dice a Eirian que no está controlado desde el exterior. Algo ha despertado. Ha tomado conciencia de sí mismo tras ser un cautivo y ahora esta encolerizado y tiene a sus presas delante después de casi una década.

Bellatrix no tarda en actuar, su mano se arquea y de su varita surge una intensa luz blanca que lanza a Eirian de nuevo a la otra punta de la habitación destrozando la pared y a punto de hacer que la atraviese. El chico cae junto a los escombros al suelo respirando entrecortadamente. Escucha el sonido de tacones alejándose y ve por el rabillo del ojo la túnica negra desaparecer por la puerta. Eirian respira hondo y golpea con el puño en el suelo. Sus ojos despiden autentico odio. El ambiente se enrarece y empieza a oler a azufre.

Una corriente de aire caliente arremete contra las ventanas hasta convertirlas en una nube de cristal machacado. El viento sopla con tal violencia que los chicos, aun asustados por lo que está pasando, se agrupan en un rincón abrazándose unos a otros. Los lamentos se intensifican hasta cesar de golpe cuando Eirian se levanta del suelo como si levitase.

Su mano se dirige a las ventanas y el muro enteró se derrumba ante sus ojos. Comienza a caminar hacia el exterior. Sus pies van dejando un reguero de llamas tan calientes que empiezan a derretir el suelo de piedra. Sus ojos escudriñan la calle que se ve tres plantas más abajo. Un corredor de piedra rodeado de árboles moribundos, una verja de hierro oxidado al fondo que da acceso al Orfanato y que se encuentra abierta de par en par y completamente doblada sobre sí misma, sin duda Bellatrix no tuvo paciencia con el portón. Tras ella la carretera donde los peatones y los coches que pasan, empiezan a pararse para observar el Orfanato.

Elizabeth y la figura encapuchada salen en ese momento del edificio. Eirian ve como su cuerpo ni siquiera titubea y se acerca al borde. Y sin un atisbo de vacilación se lanza por el boquete que el mismo ha creado. Algo le impulsa y frena en su caída, un chorro de aire caliente le sacude la cara cuando empieza a acercarse peligrosamente al suelo. Aun así, al llegar al mismo este se comba bajo sus pies como si su mera presencia destruyese la materia.

Las ventanas del orfanato se convierten en telarañas y el aire se vuelve irrespirable en cuestión de segundos, antes incluso de que el incendio que está dejando a su paso convierta todo lo que toca en humo venenoso. Tres pisos más arriba se puede ver a los niños correr hacia la puerta huyendo de las llamas. El resto de aulas y dormitorios empiezan a vaciarse, Eirian nota el movimiento tras él de cientos de personas saliendo por la puerta trasera rumbo al centro deportivo que está detrás del edificio.

— Huyendo de un combate, Bellatrix. —La mujer se giró intrigada mientras se quitaba la máscara. Conocía suficiente de Eirian para saber que no era él quien hablaba y a pesar de la cautela impuesta por Voldemort, siente curiosidad. Una voz grave y penetrante había sustituido la voz infantil del chico.

—No hay combate sin varita, mocoso. Vengo a por lo que es mío. Además tú no eres precisamente alguien digno, Squib. —contestó Bellatrix atrayendo a Elizabeth hacia ella. La chica ladeaba la cabeza sin comprender que le había pasado a su amigo y aun así divertida por esa nueva apariencia más salvaje, incluso atraída por las llamas que empezaban a envolverle.

—Tuyo… Nunca te tome por una persona maternal. —Eirian estaba alterado veía a Elizabeth sin saber que sentir, recordaba aquella noche y los años de Orfanato como un todo, le estaba confundiendo pero lo que controlaba su cuerpo no tenía dudas.

—No me conoces tanto, sobrino. —repuso Bellatrix con un ágil movimiento de varita. — ¡Crucio!

—Buen intento. —Eirian no dio muestras de estar sufriendo el maleficio pero Bellatrix vio como apretaba fuertemente el brazo y se le tensaba el cuello.

— Impresionante. Lástima que todo haya resultado así, eres mucho más interesante que tu hermano. —Ante la mención de Draco una ola de llamas negras tiraron a Bellatrix y Elizabeth al suelo. Ambas gritaron durante un segundo antes de que las llamas se alejaran. Elizabeth se agarraba con fuerza el hombro, tratando de tocarse la espalda, donde había desaparecido la ropa y solo quedaba una gran extensión de piel carbonizada. Bellatrix, a su lado se curaba la mano sin perder de vista a Eirian. El chico se acercaba sin contemplaciones, sus ojos solo mostraban una furia primigenia que intimidaba incluso a la mortifago. A su espalda una gigantesca cortina de humo se iba formando y cambiaba de forma. Algunas veces parecía que Eirian tenía unas inmensas alas negras.

— Te odio. —Eirian paró en seco. —Te odio — Elizabeth ni siquiera gritaba, no podía a causa del dolor. Era un murmullo cargado de rencor y frialdad. — Te odio — Elizabeth tanteó a su madre con la mano hasta dar con su varita. — ¡AVADA KEDAVRA! — El rayo verde chocó contra el humo negro. Elizabeth miró embelesada el humo, esperando ver el cuerpo sin vida del que había sido su amigo y confidente, pero también de su enemigo mortal tal y como le habían enseñado. No llegó a hacerlo. Bellatrix agarró a su hija y ambas se desaparecieron.

Eirian vio el humo desaparecer y se encontró solo, escuchaba las sirenas a lo lejos y el murmullo de una multitud a su alrededor, demasiado lejos para que le vieran pero lo suficientemente cerca para oírlos. Empezaba a recuperar un poco de poder sobre su cuerpo, muy poco en realidad pero el suficiente para darse la vuelta y entrar corriendo en el edificio incendiado. No le preocupaba le fuego, instintivamente sabía que no tenía por qué temerle. Por una vez dio gracias de que su dormitorio estuviera junto a la salida.

Pateó la puerta y recogió la maleta que siempre tenía preparada, no le gustaba guardar sus cosas en el armario, sentía que hacerlo sería dejar de tener esperanzas a una vida normal y que siempre viviría en el Orfanato. Una idea estúpida que ese día desaparecía. Abrió la maleta y busco entre la ropa raída, vio la carta en seguida, un trozo de papel grueso muy arrugado con un escudo en relieve de lacre partido por la mitad. Odiaba esa carta pero no podía dejar que se quemase.

Iba a salir de la habitación cuando el techo se hundió. La habitación entera estalló en una bola de fuego purpura y Eirian dejo de tener el control de su cuerpo una vez más.

La furia de tres personas había destruido por completo un Orfanato entero. Los bomberos tardaron días en apagar el incendio que parecía tener vida propia y los supervivientes tardaron años en superar aquella experiencia.

Mientras los primeros camiones de bomberos entraban en acción, Eirian ya caminaba por un bosque virgen en otro continente. Iba medio desnudo a causa del incendio y de su huida a la desesperada de su habitación, pero no tenía frío. La poca nieve que había caído se derretía a su paso. Una tormenta emocional en su interior le sacudía constantemente mientras el ser que le controlaba le hacía avanzar sin parar.

— No te culpes. Fue un accidente. Aun no puedes controlar mi poder. —La voz de Eirian se volvía grave por momentos para volver a su tono habitual cuando se contestaba. Parecía que dos personas distintas estuvieran manteniendo una conversación.

—Casi mato a Elizabeth. Y no sé porque no lo veo mal.

— Y ella casi te mata a ti. Lo veo justo.

— ¿Por qué lo he hecho? ¿Y cómo? Se supone que soy un Squib. Lucius me envió lejos de madre por ser un Squib. Pero no lo soy, ¿O sí? Es evidente que no. Bellatrix me hizo algo.

—Y aun así, la hija de tu tía estudiaba contigo. Es intrigante, y evidentemente nos hizo algo, un hechizo antiguo muy complejo.

—No lo sabía. Había olvidado aquella noche… Y no creía que fuera posible que fuera una Black, tenía que ser…

— ¿Casualidad? A partir de ahora no puedes darte ese lujo. Debemos escondernos. Nos buscan.

— ¿La policía?

—Lo dudo. Los mortifagos. Bellatrix parecía saber algo. Algo sobre ti. Me preguntó que será. Siempre le ha atraído el poder, supongo que soy yo. Siempre supe que la magia corrompía al hombre pero nunca pensé que llegarían a este extremo.

— ¿De qué hablas?

— Lo averiguaras. Con el tiempo. Es peligroso darte esta información ahora. Creo que bloqueare de tu memoria esta conversación.

—No juegues así con mi cabeza.

—También es la mía, tenlo presente. Y necesito tiempo para pensar, tu intromisión me haría ir lento. Tengo que volver a mi estado natural. Voy a bloquear tu memoria de las últimas horas y te daré una orden sencilla de guarecerte. A nivel instintivo sabrás como hacerlo. Estoy dejándote las habilidades básicas para hacerlo y que estés protegido. Si no lo hiciera correríamos peligro, aun así sabrás básicamente que paso pero no cometerás ninguna estupidez. Ahora que he roto el escudo podre protegernos.

— Eso es… —No pudo terminar la frase. Eirian se detuvo en seco y sus ojos se turbaron hasta quedarse completamente blancos. Unos segundos después el tono rojo regreso y Eirian comenzó a andar de nuevo.

Lo que habitaba en su interior volvió a dormitar en un letargo inducido para planear. Sin saberlo, Eirian se estaba preparando para un futuro tenebroso. Y el futuro comenzó a prepararse para él.