Año 1990
Hermione siempre ha sido una niña recatada e introvertida, siempre sobresaliente pero siempre en la sombra. Nadie le prestaba demasiada atención a pesar de demostrar grandes dotes para el aprendizaje y el razonamiento. Su familia no la miraba con buenos ojos más allá de sus padres, sus primos y tíos lejanos no eran proclives a acercarse a ella cuando visitaban Londres. La pequeña Hermione con apenas cinco años no sabía porque sucedía siempre eso, a medida que fue creciendo se fue percatando que la gente se sentía incomoda o disgustada por su manía por contestar y corregir a los demás. Pero era algo que no podía evitar.
Para ella era la única forma de evitar que la niebla que cubría la ciudad la afectase. Sus padres se mostraban apáticos cada vez que llegaban de la calle y ella no se sentía como sí misma cuando ponía un pie fuera. Solo su sed de conocimiento parecía mantener a raya esa continua sensación de quedarse sin fuerzas. Y sin embargo lo único que la mantenía feliz era lo único que la aislaba del mundo.
Y hoy con casi once años ve una vez más como su tic de contestar le trae más problemas de los que resuelve. Su compañero de clase, Jonathan McDonald, era justo su némesis, no le importaba nada lo que estaba escrito en sus libros de texto o lo que enseñaba su profesora a diario. Era uno de tantos niños que tenían más ganas de ver un nuevo partido de futbol a aprender algo fundamental para su futuro.
Y como tantos días Jonathan se ve delante de su profesora con una pregunta que no sabe o no quiere responder:
¿Cuántas patas tienen los arácnidos?
Hermione sentía un hormigueo en el brazo derecho, dispuesto a levantarse como un resorte. Sabía la respuesta, le gritaba en su cabeza con tanta fuerza que le parecía inaudito que nadie más la oyera. Jonathan miraba con desgana a la pizarra dando vueltas a la tiza entre sus dedos. La profesora le miraba reprobadoramente.
— ¿Qué es lo que dimos ayer en clase, McDonald? —preguntó con severidad mientras le quitaba la tiza de la mano y la dejaba en la pizarra.
—No lo sé, señorita. —respondió con desgana metiéndose las manos en los bolsillos y dirigiéndose a su silla.
—Señorito McDonald, ¿Se da cuenta de que esa actitud puede acarrearle problemas en su porvenir? —inquirió la profesora en un vano intento por atemorizar al joven quien la miro somnoliento y se sentó en su silla apoyando su pierna en la mesa.
—Jonathan McDonald, quite el pie de la mesa. —ordenó la mujer con los ojos como platos viendo la poca educación que demostraba su alumno. — ¿Es qué no sabe cuántas patas tiene un arácnido?
— ¿Para qué quiero, o para qué quiera nadie saber esa estupidez? —espetó Jonathan con mofa. Hermione le miró de reojo y no aguanto más, no podía mantenerse callada y menos sabiendo que su profesora odiaba que una pregunta se quedara sin respuesta.
— ¡Ocho patas, profesora! —exclamó, dándose cuenta que había estado conteniendo el aliento hasta ese momento.
En los primeros segundos tras contestar correctamente aunque sin que se lo hubieran pedido vio el orgullo en los ojos de su profesora y se sintió bien y cálida tras muchos días. Después tuvo que fijarse en lo que ocurría a su alrededor. Jonathan la miraba con asco, odio y algo más que Hermione no podía identificar. Tal vez rencor. El resto de sus compañeros la miraban como si fuera un bicho raro.
Ninguno parecía alegrarse de que supiera la respuesta. La mayoría ponía la mirada en el techo y la expresión de obviedad, todos los días ocurría lo mismo, con cada pregunta. Hermione vio de reojo como unos compañeros al fondo de la clase se intercambiaban unas libras, sin duda apuestas sobre cuánto tiempo aguantaría sin contestar. Hermione podía estar, o hacerse, la ciega ante ciertas conductas pero acababa dándose cuenta de más cosas de la que debería.
— ¿Y se puede saber quién te ha preguntado a ti, Castor? —le espetó Jonathan. —Siempre haciéndose la lista, está claro que haces trampas, todo el mundo lo sabe. Deberías dejar de intentar ser el ojito derecho de la profesora y tratar de arreglar ese nido de águilas que tienes por cabeza.
—McDonald quiero que vaya ahora mismo…—la frase de la profesora quedó enmudecida por el timbre del recreo. Los alumnos no parecieron querer saber el final de la frase pues todos se levantaron en tropel de sus asientos y fueron hacia la salida de forma atropellada, algunos formando grupos para cuchichear, otros se acercaban a Jonathan y le daban ánimos en la espalda antes de salir junto a él, quien no parecía dispuesto a recibir ninguna reprimenda por parte de su profesora.
La anciana miró con tristeza a Hermione que mantenía la mirada fija en su mesa, haciendo que leía los libros. Se acercó a ella y estiró la mano para darle ánimos pero no puedo hacerlo. A su espalda se escuchó un fuerte estruendo y el ruido de risas inundo el pasillo. La profesora tuvo que darse la vuelta y salir de la clase para ver que hacían el resto de alumnos sin supervisión.
Hermione respiraba de forma pausada y profunda. Piensa en las conversaciones con sus padres sobre adelantarla un par de cursos para estar con gente y proyectos más a su altura. Algo a lo que ella se negó creyendo que perdería a sus amigos. Ahora, meses después, empezaba a darse cuenta de que no había nada que perder, nunca había tenido amigos. No quería admitirlo pero a pesar de todos sus intentos, o tal vez por ellos, no había conseguido ni un solo amigo en más de una década de vida.
Solo sus padres hablaban con ella como si fuera una persona interesante. El resto de su familia, la poca que tenía, la rehuía de las cenas familiares, luego les escuchaba llamarla pedante o sabelotodo y tenía que fingir el resto de la velada que no había escuchado nada. Lo mismo ocurría en clase, al ir de compras con su madre o al visitar sus padres a la clínica. El resto de personas parecía rehuirla como si estuviera enferma.
Hermione miró a la clase, pestañeaba más de lo normal y sus ojos brillaban acuosos pero no derramaba ni una lágrima. No quería hacerlo, tenía demasiado orgullo. Y podía herirle las palabras que dijera Jonathan pero nunca permitiría dejar entrever que la había herido semejante individuo. Negó con la cabeza, nada tenía sentido. Los que más sabían eran aislados. Los menos dotados eran los que finalmente conseguían los premios que la vida les ofrecía. Era un poco injusto pero Hermione empezaba a aceptar que tal vez no todo fuera así, y lo que ocurría es que no era especial, que no merecía más que ese trato. Pero luego se ponía a leer y se veía a sí misma en las páginas impresas.
Era compartir la vida de cientos de autores que antes que ella ya se habían hecho esa clase de preguntas y otras muchas que Hermione todavía no había contemplado. Tal vez no estaba en el lugar correcto, nunca se había sentido demasiado a gusto en su clase o en Londres, no se veía encajando en aquel mundo.
Escuchó un rumor y se dio cuenta que su estómago rugía con hambre. Miró a su alrededor, aún estaba el aula vacía y a oscuras, habían apagado la luz. Gruño, no quería levantarse a encender las luces. No tuvo que hacerlo, los fluorescentes empezaron a titilar y se encendieron de uno en uno. Hermione frunció el ceño y miró fijamente el interruptor, no se había movido. No lo entendía pero tenía hambre y poco tiempo para comer antes de que se acabase el recreo.
Abrió la mochila y saco una fiambrera de hoja delata, tenía dibujada en un lateral la portada de uno de sus libros favoritos, El Hobbit. Su padre se la había regalado por su cumpleaños y cada mes añadía una escena distinta hasta que se terminasen los huecos. Veía el dragón pesimamente pintado de verde intenso y con la mirada perdida, un dibujo muy malo pero a Hermione siempre le sacaba una sonrisa el verlo porque recordaba como su padre se lo había enseñado con la nariz totalmente manchada de verde.
La abrió con cuidado, no quería desconchar la pintura, y sacó un sándwich perfectamente envuelto y un libro con las portadas arrugadas y tan ajadas que se veía a la legua que lo habían reparado con celo varias veces. Hermione desenvolvió con cuidado el sándwich y guardó el papel de plata en la fiambrera antes de ponerse a comer mientras leía.
La portada había perdido todas las letras y apenas quedaban un par de letras sueltas haciendo inidentificable el titulo pero Hermione no necesitaba leer el título, era su libro favorito desde el año pasado. "El Ocaso de los Ídolos" de Nietzche. Y allí, en su soledad habitual se ve inmersa en los pensamientos de un hombre muerto hace siglos. Pensamientos con los que se ve más a gusto que con sus coetáneos.
Y mientras almuerza Hermione sigue viéndose como un ente extraño en ese mundo tan anodino en el que tiene que vivir sin llegar a entenderlo del todo. No se siente parte del mundo, no se siente similar a las personas que tiene a su alrededor. Hermione Granger no se siente humana. Y a la vez se siente más humana que el resto. Sabe que es distinta pero que no es única. No lo entiende pero lo entiende.
Pero algo le dice que lo entenderá.
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"Podría hacerle daño, lo sé. Podría hacerle mucho daño"
Eirian se arrastra por las calles mirando hacia atrás y viendo al patán que le ha echado a patadas del hostal.
—Podrías hacerle tanto daño que quedaría irreconocible pero por tú bien espero que no lo hagas. —le susurró una voz en el fondo de su cabeza. No recordaba haberla oído nunca pero le resultaba familiar.
— ¿Por mi bien? Puedo con él
—Claro que puedes, pero no debes. No eres tú quien habla sino yo. No caigas en esta espiral de violencia, Eirian. Basta un loco en esta cabeza, no necesitó otro.
— ¿Cómo ha podido echarnos?
—Somos un adolescente de trece años sin dinero para pagarle el hospedaje, ¿Qué esperabas? Nos habrá tirado a la calle para que volvemos a casa. Seguro que piensa que nos hace un favor.
—Puede… ¿Dónde voy?
—Yo soy tú, no sé más que tú.
—Vayamos al norte.
—Alejémonos durante unos meses de las ciudades, no me siento a gusto con tanta gente.
—Buena idea. —murmuró Eirian colocándose la pequeña y raída mochila al hombro y guardando un pequeño papel en el bolsillo.
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—No es justo.
—La vida nunca lo es. —dijo Alex con una sonrisa cansada, ya estaba acostumbrado a las decepciones. Eva le acarició con cuidado el brazo cubierto de moratones.
—No lo entiendo, tu madre te usa de diana y el juez sigue diciendo que debes estar con ella hasta que se hagan las entrevistas oportunas. — Eva apretó los puños con fuerza y los agitó con furia en el aire. Alex miraba la expresión de su amiga con diversión, siempre solía poner esas poses cuando algo no salía como quería. Aun se acordaba de verla saltar cuando un truco de David Copperfield no se realizaba como ella creía.
—Ya deberíamos estar acostumbrados, hay que tener paciencia, Eva. —concluyó Alex bajándose las mangas para que no se vieran las marcas de las botellas pero no podía taparse los puntos que le habían deformado el labio y ahora le hacían sisear.
—La vida no debería ser tan cruel.
—La vida no es cruel, las personas lo son. Y es decisión nuestra imitarlas o dar un ejemplo distinto.
—A veces me asustas cuando hablas de esa manera, pareces más mayor.
—Es que soy mayor que tú. —exclamó entre risas, Alex.
—Solo me llevas un mes ¡Menos de un mes! —gruñó Eva.
—Eso me hace el mayor igualmente. —concluyó dándole un beso en la frente y saliendo de la habitación.
