Año 1991

La calle adoquinada era como un mosaico de uniformidad que cambiaba a más mirabas, era un efecto óptico curioso, ver las formas geométricas cambiar cuando te fijabas demasiado en ellas. La desaparición de bordes para formar rectángulos más largos, zetas, incluso figuras mucho más complejas. Hermione podía llegar a ver incluso dragones en aquel mural de ladrillos cobrizos por los que siempre pasaba para ir a su casa.

Era su forma de relajarse, andar mirando al suelo y prestándole mayor atención que a lo que pasaba a su alrededor. Hoy sin duda necesitaba relajarse para no verse sobrepasada. Había sido su último día de escuela antes de las vacaciones de verano, eso siempre solía ponerla un poco triste, saber que no volvería a aprender nada nuevo en dos meses no le gustaba. A pesar de que pasase las vacaciones estudiando los libros del próximo año, no sentía que estuviera aprendiendo nada porque no podía demostrar haberlo aprendido.

Pero no estaba alicaída por el fin del año escolar, se sentía así porque a pesar de ser el último día o a consecuencia de ello, sus compañeros se han divertido con ella de una forma demasiado cruel. Hermione no quería ni pensar en ello, pero agarrar el asa rota de la mochila se lo recordaba. Por suerte no se había partido el forró y los libros seguían a buen recaudo. Pero le dolía el brazo de tener que llevarlo atenazado para poder coger el extremo roto del asa derecha.

Vio como el mosaico cambiaba de color a un tono más suave y armonioso. Había llegado a su casa. Alzó la mirada y abrió la cerca de madera para entrar al patio de la pequeña casa unifamiliar. Respiró hondo y dejo que el aroma a césped recién cortado la embriagase y parte de la tristeza se disolvió en el aire. Aquel pequeño jardín siempre la animaba. Entonces se percató de algo, no olía solo a hierba. Un ligero matiz más oscuro, olía a cenizas. Se extrañó que alguien estuviera quemando algo, hacia demasiado calor, incluso para hacer una barbacoa.

Se sorprendió aún más cuando se fijó en el hilo de humo gris que surgía de su propia chimenea. Entró corriendo en su casa con curiosidad, quería preguntar a sus padres porque habían encendido la chimenea. Dejó la mochila en el armario de la entrada junto a sus zapatillas. Mientras se descalzaba escuchó voces en la sala de estar, donde había estaba construida la chimenea.

Tres voces, Hermione reconocía a sus padres pero no era capaz de identificar la tercera voz, una voz femenina pero recia. Le recordaba a su profesora de matemáticas pero sin gruñido continuo por culpa del tabaco. Hermione se adentró en la casa con más cuidado, no quería interrumpir una conversación privada pero tampoco podía quedarse sin escucharla, le podía la curiosidad.

Notó los pies fríos cuando los posó sobre el parqué, y recordó que había tenido que quitarse los calcetines antes de salir de la escuela para poder arreglar una de las dos asas. Frunció el ceño molesta con sus compañeros, pero ya no le importaba tanto, esa voz misteriosa ocupaba toda su atención. Casi sentía que debía conocerla para algo muy importante. Se acercó a la sala caminando con cuidado, arrimada lo más posible a la pared.

Aquel suelo de madera crujía en el centro pero no en los bordes. Llegó a la puerta, estaba entreabierta y se veía la chimenea, salía un humo gris perla hacia arriba pero no había madera, ni cenizas, ni brasas, nada de nada. Hermione intrigada se atrevió a abrir ligeramente la puerta para echar un mejor vistazo a aquel entuerto.

Pero la puerta se abrió de golpe y Hermione por poco cae al suelo. Sentados en el sofá veía a sus padres que la miraban por encima del hombro, ladeados para poder ver la puerta. Y delante de Hermione, la voz misteriosa, una mujer mayor de rostro arrugado pero a la vez pétreo, de ojos inquisidores y muy alta. Incluso sentada imponía. Sus finos labios dibujaban una débil sonrisa invitadora mientras su mano se extendía como invitación a que entrara a tomar asiento.

—La señorita Granger, imagino. —saludó la señora cuando Hermione entró y se sentó en el sofá, entre sus padres. —Es un placer conocerte. Te estaba esperando.

Hermione miró a sus padres alternativamente sin entender nada. Su padre tenía la mirada perdida y el ceño fruncido, Hermione conocía esa expresión, siempre la ponía cuando tenía que comprender algo nuevo y que no tenía sentido para él. Su madre por otro lado tenía los ojos llorosos pero brillantes, parecía feliz.

— ¿Qué ocurre? —preguntó Hermione tras ver que sus padres no se lo explicarían.

—Esta es la profesora Mcgonagall, ha venido porque tienes una plaza reservada en un colegio muy famoso e importante. —explicó su madre entregándole un sobre abierto a Hermione. Era un sobre bastante rugoso, no era papel. Había un símbolo lacado que cerraba el sobre, ahora estaba partido por la mitad pero se podía distinguir el dibujo. Un escudo de armas.

Una hache muy ornamentada en medio del sello, custodiada por cuatro estancias en las que perfectamente perfilados había dibujados cuatro animales distintos. Un león rampante enfrentado a una serpiente enrollada en forma de "S" en la parte superior. Un tejón y un cuervo se daban la espalda en la parte inferior. Era un sello tan detallado que Hermione casi podía ver como se movían los animales aunque el lacado estuviera partido por la mitad para poder acceder a la carta del interior.

Hermione le dio la vuelta al sobre comprobando que a pesar de su aspereza inicial era un tejido muy suave y las letras resaltaban en él de una forma que jamás había visto. Y en esa cara vio en letras verdes y con una caligrafía fluida y artística su nombre y dirección. Incluso, para su sorpresa, ponía claramente: "Entregada por su madre" Frunció el ceño y miró por el rabillo del ojo a sus padres esperando verles disimular una risa o algo por el estilo. Solo encontró seriedad.

Sorprendida y muerta de la curiosidad volvió a darle la vuelta para abrirlo y sacar la carta. Cuatro hojas distintas salieron del sobre. El primero era una misiva normal, el resto parecían listados de material o algo semejante, e instrucciones de algún tipo. Hermione solo lo miró por encima antes de ponerse a escudriñar la página de presentación.

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COLEGIO HOWGARTS DE MAGIA Y HECHICERÍA

Director: Albus Percival Wulfric Brian Dumbledore

Querida señora: Hermione Jean Granger

Tenemos el placer de informarle de que dispone de una plaza en el colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. Por favor, observe la lista del equipo y los libros necesarios. Las clases el 1 de Septiembre. Esperamos su lechuza antes del 20 de Julio.

Muy cordialmente, Minerva Mcgonagall Subdirectora.

Uniforme Los alumnos de primer año necesitarán:

Tres Túnicas sencillas de trabajo.

Un sombrero negro puntiagudo para uso diario.

Un par de guantes protectores.

Una capa de invierno.

Libros Todos los alumnos deben tener un ejemplar de los siguientes libros:

El Libro Reglamentario de Hechizos Miranda Goshawk.

Una Historia de la Magia, Bathilda Bagshot.

Teoría Mágica, Adalbert Waffling.

Guía de Transformaciones para principiantes, Emeric Switch.

Mil Hierbas y hongos mágicos, Phyllida Spore.

Filtros y Pociones Mágicas, Arsenius Jigger.

Animales Fantásticos y Dónde Encontrarlos, Newt Scamander.

Las Fuerzas Oscuras. Una guía para la autoprotección, Quentim Trimble.

Resto del Equipo:

Una Varita.

Un caldero.

Un juego de redomas de vidrio o cristal.

Un telescopio.

Una balanza de latón.

Los alumnos también podrán traer una lechuza, un gato, una rata o un sapo.

Se recuerda a los padres que a los alumnos de primer año no se les permite tener escobas propias."

Hermione parpadeó varias veces mirando con desconcierto e incredulidad aquella carta. Levantó la vista y miró de hito en hito a los tres alumnos que aguardaban pacientemente a que ella terminara de asimilar lo que había leído.

—¿Esto es alguna de broma, papa? —preguntó Hermione a sabiendas que su padre no era capaz de mentirla.

—No, por lo que nos cuenta la profesora Mcgonagall. No es ningún tipo de broma. —respondió su padre peinándose el cabello con la mano. —Nos hemos enterado hace unas horas, creo que es mejor que le preguntes a la señora. —añadió echándose hacia atrás en el sofá y apretándose los ojos con las palmas de las manos.

—¿De verdad es usted bruja? —preguntó Hermione fijándose bien en Mcgonagall para buscar cualquier atisbo de burla.

—En efecto, lo soy. Y antes de que preguntes, tú también lo eres. Piensa un poco Hermione, ¿Nunca ha habido algún suceso inexplicable a tu alrededor? ¿Alguna caída inevitable que al final esquivaste? ¿Luces que se encendían cuando las necesitabas? ¿Que ocurriera algo que tú deseabas que ocurriera? —la profesora se mantuvo en silencio durante unos minutos mientras contemplaba con cierto orgullo como aquella niña de once años iba analizando sus propios recuerdos y dándose cuenta de la realidad sin necesidad de más ayuda que la suya propia.

—La magia es real. ¿Y yo voy a ir a Hogwarts?

—Solo si tu quieres. —dijo rápidamente su madre. —No te estamos obligando a ir. No es un lugar para que te escondas del mundo, no sirve para ocultarte. Allí habrá más magos y te instruirán en estas habilidades. Si tu quieres. Si no quieres ir no hay ningún problema, podrás seguir yendo a tu colegio y de vez en cuando vendrá alguien a enseñarte a controlar tu magia para que no sea un problema. Es tu decisión.

—No puedo tomar mi decisión sino sé que me estoy perdiendo. ¿Cómo es Hogwarts? —preguntó ilusionada Hermione pero tratando de ser formal y que no se notase sus ansias de aprenderlo todo de ese lugar.

—Hogwarts es la escuela de hechicería más importante de Europa. Esta situada en un castillo en el norte de Escocia. Allí te instruiremos en todas las artes mágicas que existen. Vivirás allí durante el año escolar, en las vacaciones de navidad, pascua podrás visitar a tus padres o permanecer allí, y en los meses de verano volverás con tus padres. —explicó Minerva levantándose de su sillón y encaminándose a la chimenea.

—¿Es un internado? ¿Por qué?

—Es por vuestra propia seguridad, soy demasiado jóvenes e inexpertos para controlar la magia que estáis aprendiendo. No solo los nacido de personas no mágicas, todos los alumnos de Hogwarts tienen que permanecer en el castillo para evitar accidentes domésticos que alerten a las autoridades o, Merlín no lo quiera, sufráis algún daño. Mientras permanezcáis en el colegio siempre habrá profesores para ayudaros en caso de algún apuro. Y no correréis riesgos. Aunque tengo que hacer un añadido a esto último ya que tus padres y tú cuando estés en casa, corréis peligro. —apuntó Minerva mirando a los Granger con cierta pena. —Esto ya se lo he explicado a tus padres pero creo que tienes la capacidad suficiente para entender la situación y sopesar los pros y contras para decidir. Sé ve que eres muy madura para tu edad.

Minerva se quitó las gafas y se frotó los ojos con cansancio antes de continuar, llevaba toda la semana dando esas noticias a distintas familias muggle con hijos mágicos. No era una tarea agradable decirles lo que podría ocurrir de entrar a su mundo, o de no hacerlo, solo por tener un hijo mago ya estaban en una lista peligrosa.

—El mundo mágico y el mundo muggle, vuestro mundo hasta el día de hoy, están separados desde hace siglos. Pero viendo la situación actual podréis imaginaros que la barrera que nos separa es muy delgada. Londres lleva años bajo una niebla perpetua y el Tamesis esta congelado nueve meses al año desde hace ya varios años también. Estos sucesos que tienen desconcertados a todos son producto de una guerra que lleva en marcha desde antes de que tú nacieras, Hermione. Estamos en guerra contra personas que no toleran tu existencia, ni la de tus padres. Os consideran ladrones y usurpadores. Los que están de mi lado tratan con todos los medios de capturarlos y repelerlos pero se esconden muy bien. Y su líder no tiene intención de detenerse. Y el problema es que desde que apareciste en las listas de niños mágicos también apareciste en sus listas y existe la probabilidad de que vengan a por ti o a por tus padres. Se que es aterrador pensar en ello, personas que no conoces y que no les has hecho nada te quieran hacer daño. Eres la primera a la que se lo cuento, y llevo ya más de veinte familias en esta semana. —Minerva tomó aire, la expresión de profunda concentración y atención de la niña la estaba impresionando. — Esto no significa que si decides no ir a Hogwarts no vayamos a ayudarte. Elijas la opción que elijas se te asignara a ti y a tus padres una escolta. No se preocupen hacen muy bien su trabajo y son discretos cuando quieren. Al menos la mayoría, pero no tendrán que preocuparse que Black sea su guardián. Y yo misma doy fe de sus aptitudes, la mayoría son viejos alumnos míos altamente cualificados para sus puestos.

—No hace falta que diga nada más. Quiero aprender. No solo para defenderme, quiero saberlo todo de este mundo. Además seguiría necesitando protección asista o no. Vistas las opciones prefiero estar en peligro mientras aprendo magia, que estarlo sin aprenderla. —concluyó Hermione cortando a Minerva. —Lo siento profesora, no quería interrumpirla pero tampoco quería que perdiera el tiempo si tiene otras casas que visitar. —la pequeña castaña miró con una sonrisa cálida a su futura maestra.

—Entonces la espero el primero de septiembre en Hogwarts, señorita Granger. —replicó a modo de despedida Mcgonagall antes de desaparecer como una nube de fuego esmeralda en la chimenea.

Hermione miró las últimas chismas verdes revolotear en las corrientes de aire caliente que ascendían por el conducto, mientras pensaba en los misterios que estaban a punto de abrirse ante ella. El conocimiento que podría obtener y... los amigos que podría llegar a hacer. Había encontrado su mundo. Ya no estaba sola y aislada. No sería un bicho raro nunca más. Los recuerdos de aquella mañana en su antiguo colegio se desvanecían para dejar paso a los nuevos, las nuevas ilusiones, su imaginación ya trabajaba para darle más y más posibilidades de su futuro en Hogwarts.

Una simple carta había trastocado toda su mente. Le habían abierto la puerta a un inmenso saber.

La puerta crujía ante los golpes constantes y decididos de alguien que la aporreaba sin vacilar al otro lado. Alex se había escondido detrás del sofá, tenía las rodillas pegadas al pecho y se abrazaba las piernas para ser lo más pequeño posible. No sabía quien estaba llamando con tanta insistencia, solo sabía que su madre llevaba tres días bebiendo y que el día anterior se le había acabado las botellas, seguro que el ruido la enojaría.

Llevaba diez minutos en esa posición y la escayola de la muñeca izquierda empezaba a picarle pero no se atrevía a salir. Escuchó ruido en el dormitorio principal. Su madre se había levantado. Escuchó como maldecía mientras apartaba a patadas las latas de cerveza, hacía un año que no era podía permitirse botellas. Alex pensó que su madre bebería menos pero fue al contrario. Sino hubiera tenido a los padres de Eva, Alex se hubiera muerto de hambre.

La puerta del dormitorio se abrió de golpe y su madre salió de ella echa una fiera, agarrándose la cabeza con ambas manos como sino pudiera tenerla derecha sin ayuda. Su pelo ondulado era una maraña encrespada y revuelta de cabellos que iban contra la gravedad creando un revoltijo como un nido de aves. Se le había corrido el maquillaje dejando la apariencia que se le estaba derritiendo la cara.

Sus ojos teñidos de un tono anaranjado estaban enrojecidos por el humo del tabaco. Iba tambaleándose a lo largo del pasillo, tirando los pocos objetos que aun no había empeñado o que valían demasiado poco para que se lo comprara alguna tienda. Llegó a la puerta y miró la cerradura sin verla, empezó a tantear a lo largo de la pared para atinar con la cadena pero los golpes que sacudían la hoja no paraban de moverla haciendo que le fuera aun más difícil de destrabar.

Al final la puerta se abrió, el cerrojo y la cerradura reventaron el marco haciendo que saltaran cientos de astillas. La madre de Alex calló hacia atrás. Y se agarró con fuerza la cabeza con una expresión de dolor que dejaba ver la piel cetrina del cuello estirarse hasta el extremo. Tres hombres uniformados entraron de golpe rodeando a la mujer y levantándola en vilo antes de ponerle unas esposas.

—Queda usted detenida por maltrato infantil. —recitaba de memoria uno de los hombres, pero Alex no pudo escuchar el resto. Solo vio desaparecer a su madre por el umbral mientras alguien le levantaba y le daba la vuelta. De pronto se vio reconfortado por un abrazo que no pedía pero que necesitaba.

El padre de Eva le estaba abrazando mientras le sacaba del apartamento para no volver nunca. Al otro lado del descansillo vio a Eva y su madre esperándole con una sonrisa, Alex no prestó atención a los gritos histéricos que procedían del hueco del ascensor, ya no quería saber nada de aquellos gritos.

—¡ALEX, MIRA! —exclamó Eva agitando una carta como si fuera algo mágico. —Aquí dice que puedes quedarte con nosotros para siempre.

Alex abrió los ojos desmesuradamente, no podía creérselo. Imaginaba que durante unos días estaría tranquilo, ya se había acostumbrado a estas incursiones que apenas duraban unas horas antes de que su madre regresara. Pensar que sería esa la última vez le hacia sentir como si fuera un sueño. Era demasiado bueno. Miró al padre de Eva y este sonrió. Solo afirmó con la cabeza.

No hizo falta más. Alex era libre.

La luz del sol entraba con fuerza a través del ventanal que se abría en un lateral del salón. En el exterior se veía el cielo azul brillante, algunas nubes de aspecto esponjoso y de un blanco puro surcaban ese cielo como barcos de vapor en un mar infinito. Se podía percibir como sus formas cambiaban presas del viento que las arrastraba sin remisión por todo el mundo. Primero parecían montañas lejanas, donde podían vivir gigantes que custodiaban gansos que ponían huevos de oro.

Después giraban sobre sí mismas y sus formas redondeadas se precipitaban creando una nueva figura, a Neville le recordó a una nutria que trataba de ponerse en pie antes de que otra nube chocase con ella alterando de nuevo el dibujo hasta hacerlo irreconocible. El chico buscó alguna otra pero parecía que se estaba despejando. Se apoyó con los brazos en el ventanal y se sentó sobre la alfombra de lana gruesa y mullida. Había un círculo perfecto en la alfombra, alrededor de Neville, donde la lana se había quedado muy corta.

Había pasado tanto tiempo, durante tantos años mirando por aquella ventana sin otra cosa que hacer mientras arrancaba sin darse cuenta algunos hilos del entramado que había acabado por dejar zonas calvas en aquella alfombra. Nunca se había fijado en ellos, se sentaba mirando por la ventana e inconscientemente tiraba de ella como si arrancase briznas de hierba.

Sus padres sin embargo si se habían dado cuenta y no habían dicho nada, se sentían culpables de que su hijo no hubiera pisado nunca el exterior. Verle allí todos los días con los ojos brillantes, aguardando que algo ocurriera afuera, era insoportable para Alice. Sin embargo no podían hacer nada. Habían pasado más de una década y aún tenían que enfrentar cada pocos meses alguna amenaza. No directamente mortifaga, ellos no podían encontrarles y Él tampoco podía pero se había estado valiendo de seres a los que el hechizo fidelio no les afectaba.

Duendecillos, gorros rojos, incluso sorprendentemente una vez tuvieron que protegerse de un Grindylow. No fue difícil, aquella criatura apenas podía moverse, arrastraba sus tentáculos por el suelo enlodado y daba zarpazos al aire, emitiendo bufidos ahogados de cólera pero no era capaz de hacer mucho fuera del agua. Frank tratando de devolverlo a algún lago se llevó unos cuantos mordiscos, pero no trascendió de ahí.

Cada año desfilaban sin número de criaturas mágicas, la siguiente más estrambótica que la anterior, demostrando que se estaba desesperando. Eso a Alice le preocupaba, y Dumbledore compartía su preocupación. Cuando alguien así se desespera puede llegar a hacer lo impensable. Alice no podía dormir bien pensando en esa posibilidad. De no tener la certeza que los Dementores y Gigantes eran incapaces de detectar casas bajo encantamientos de escudo no habría pegado ojo en años.

Neville suspiró al ver dos pájaros volar desde un sauce cercano. Sus alas se deformaban para adaptarse al viento imperante, su planeo grácil les hizo descender lentamente en círculos hasta posarse sobre un montículo de tierra cubierto de amapolas rojas. Empezaron a dar pequeños saltos meciendo su cabeza adelante y atrás de una forma cómica. Cada tres o cuatro saltos bajaban la cabeza como si fuera un resorte y enterraban el pico en el suelo para sacarlo luego con una lombriz u otro insecto.

Un chasquido lejano, y tan pronto como habían volado hacia allí, se alejaron. Neville bajo la cabeza envidiando esa capacidad de ir donde quisieran, nunca frenadas por cuatro paredes, ni prisioneras en su propio hogar. Libres para ir donde quisieran. Se hurgo en un bolsillo y sacó un pequeño muñeco de plomo, un león rugiente que hacía tiempo que había perdido sus colores.

Era su juguete favorito, había pasado tanto tiempo con él que le había arrancado la pintura de tanto usarlo y había dado brillo con sus dedos regordetes al frío metal. Había algo en aquella figura que le daba fuerzas a Neville y lo sacaba de la apatía cuando pensaba demasiado en el exterior. Su padre se lo regalo cuando cumplió los tres años. Un símbolo de nuestra casa, eso fue lo que le dijo.

Neville no preguntó a qué casa se refería, no se le ocurrió preguntar, pero ahora empezaba a darse cuenta que el escudo familiar no era un león, en la biblioteca había un grabado de madera que mostraba otra criatura. Se levantó de la alfombra sin prestar atención a la figura que se acercaba entre los árboles. La biblioteca ocupaba gran parte de la planta baja y la mitad del sótano. Su madre le contó que la había construido su abuelo cuando era joven cuando estaba enfebrecido por un brote de tuberculosis benigna.

Según contaba la abuela de Neville, todo apareció de la nada en un alarde de poderosos encantamientos y dotes mágicas muy avanzadas, algo impensable para un chico de quince años enfermo que no volvió a dar muestras de genialidad en el resto de su vida pero tampoco se le dio mucha importancia. La mayoría opinaba que había pedido ayuda para sobresalir por encima de sus primos y que admitiese que no recordaba como lo hizo no hacía sino reafirmar esa postura.

Neville abrió con cuidado la puerta, era demasiado pesada para él y estaba inclinada hacia fuera por lo que si la soltaba se cerraría sola, golpeándole y tirándole al suelo, había aprendido a las malas esa lección. Uso el calzador de madera para trabarla y que no se cerrara. La luz que entraba por el pasillo era suficiente para iluminar la lúgubre sala que no contaba con una sola ventana, permaneciendo siempre en completa oscuridad.

Se escuchaban pequeños crujidos de las estanterías quejándose de su carga continuamente. Parecía un lamento de almas en pena condenadas a pasearse en las sombras de aquella biblioteca. Neville siempre sentía que le vigilaban en aquella sala, pero quería ver el grabado de madera y asegurarse de que no era un león. No sabía porque tenía esa necesidad de verlo, pero tampoco tenía mucho que hacer. Ya había terminado las tareas que le había puesto su madre hacia horas.

Se adentró en la oscuridad, cerró los ojos muy fuerte hasta que vio pequeñas chispas en sus parpados, al abrirlos de nuevo veía mucho mejor la luz que se filtraba. No se podía ver las estanterías al fondo de la habitación pero Neville sabía que estaban allí, cientos de miles de historias acumulando polvo y cayendo en el olvido hasta que alguien las recogiera para surcar de nuevo sus hojas.

A izquierda y derecha solo podía entrever la silueta de los muebles que se perdían, engullidos en negrura densa, casi como si hubiera algo que se alimentase de la luz y se moviera a su alrededor solo siendo capaz de verlo por el rabillo del ojo. Neville dio un paso atrás, no teniendo tan claro querer adentrarse más. El suelo crujió y se escuchó el choque de madera contra madera. Una enorme tabla ovalada de roble macizo cayó desde el techo. El suelo retumbó. Neville se quedó petrificado, el grabado perfilado con maestría sobre la madera parecía vivo. Un ser indefinido le clavaba su mirada inerte de madera como si fuera capaz de salir de su latencia y atraparle. Ojos negros y profundos envueltos en tentáculos y alas titánicas.

Neville corrió hacia la puerta dándole una patada al bloque que mantenía cerrada la puerta y tirando de esta con fuerza para cerrarla con un estruendoso golpe. Pero Neville no se detuvo, no quería estar cerca de aquella sala. Sus pies le llevaron por el pasillo hasta que se golpeó de frente con alguien que no había visto aparecer.

Neville dejó escapar un gritó ahogado, como si al intentar gritar hubiera absorbido el sonido hacia su interior. Se agarró el pecho y respiraba agitadamente. Ni siquiera miró a la persona con la que había chocado aun sabiendo que nadie a parte de su familia entraba en aquella casa. Algo en su cabeza pitaba de forma hiriente, un susurró agudo y lejano. Pero era capaz de comprender aquel murmullo.

"Un indescifrable enigma abrirá las puertas de Ryleh y los profundos durmientes despertaran"

—¿Estas bien, Neville? —exclamó con preocupación Alice mientras palpaba la frente de su hijo con la palma de la mano en busca de fiebre. Neville se dio cuenta que estaba tumbado en el sofa con una compresa fría en la nuca.

—¿Cómo he llegado aquí? —preguntó levantándose del sofá.

—Te has desmayado. Te dije que no entraras en la biblioteca sino ibas conmigo. —le recriminó Alice frunciendo los labios.

—No seas dura con él, Alice. Ya ha sufrido mucho con el susto que se ha llevado. —atemperó una voz desconocida para Neville. Un hombre alto, de larga barba blanca, con la nariz torcida y unas gafas de media luna apurando hasta la punta de la misma. —Me presentare. —añadió al ver el desconcierto de Neville. —Albus Dumbledore. Director de Hogwarts. Y vengo...

—De visita. —cortó Alice fulminando con la mirada a su antiguo profesor, quien no pudo evitar una risa al ver a su alumna luchar con tanta ferocidad cuando la recordaba tímida y callada.

—Alice, Neville debería ser quien decida sobre este asunto. A mi parecer. —replicó Dumbledore ofreciéndole una carta a Neville. El chico la atrapó sin dar tiempo a su madre a que se la quedase.

—¿Voy a ir a Hogwarts? —preguntó con ilusión al ver el blasón de la escuela en el sobre y empezar a leer la carta.

—Tienes una plaza reservada desde el día que naciste. —contestó Dumbledore asintiendo con una sonrisa. Ninguno parecía prestar atención a Alice, quien ya estaba roja de furia pero no decía nada porque se había quedado petrificada al ver la mirada de inmensa felicidad que tenía Neville.

—¿Puedo ir, mama? —toda la ilusión que poblaba la expresión de Neville se desvaneció al preguntar a su madre. Sabía que no podía salir de casa.

—Te recuerdo, Dumbledore. Que desde el día que nació también le buscan para asesinarle. —afirmó tajante sin poder mirar a su hijo y conteniendo el picor de ojos. —Júrame que estará a salvo en el castillo. Si algo le pasa a mi hijo mientras este allí te juro que Voldemort dejará de ser el principal enemigo de este país.

Neville saltó hacia su madre y la abrazó casi tirándola al suelo.

—¡Gracias! ¡Gracias! ¡Gracias! ¡Gracias! —repetía Neville una y otra vez.

—Aun no he dicho que si. —dijo tranquila Alice, sabiendo que en el fondo ya no podía negarse. Miró a Dumbledore de nuevo. —¿Y bien?

—Estará protegido, ya tiene un guardián que velará por él, uno de confianza. Y el Ministerio va a duplicar la vigilancia de Hogsmeade y el bosque prohibido. Estará a salvo y rodeado de los magos más talentosos de Gran Bretaña, el profesorado jamás dejaría que le ocurriera algo.

—Neville... —comenzó Alice con hilo de voz. Era un paso que no estaba preparada para dar, pero debía hacerlo. —prepara tú baúl.

Los Gnomos de jardín salieron corriendo. Sus pequeñas piernas saltaban y brincaban entre la hierba, las rocas y los juguetes desperdigados de toda una familia, desde coches de juguete, a escobas partidas por la mitad, pasando por una colección de cromos bastante arrugada. Nada les detenía en su huida desesperada. Habían sufrido demasiado a manos de los dos varones más jóvenes del lugar, los cuales se ofrecían voluntarios cada vez que había que desgnomizar el jardín.

Lo usaban como practica para el Quidditch, se habían dado cuenta que ver una Snitch era tan complicado como ver un Gnomo en medio de un jardín como aquel. Harry James Potter siempre era el primero en ver a los Gnomos. Tenía un don para ver pequeños objetos en movimiento, aunque estuvieran muy lejos o muy ocultos.

Ronald Billius Weasley por su parte tenía habilidad para atrapar a los Gnomos que trataban de escaparse por debajo de sus rodillas y los que lanzaba Harry para que los llevase fuera del jardín lo más lejos posible. Ambos se compaginaban muy bien en esa tarea, Harry los encontraba y Ronald los atrapaba. En una tarde lograban limpiar por completo el jardín que sus padres no eran capaces de limpiar en una semana.

Por eso no paraban quietos, corriendo de un lado al otro del enorme patio que estaba a la sombra de la Madriguera. Les divertía ver a sus madres mirando recriminadoramente a sus padres porque unos niños habían hecho mejor el trabajo que dos miembros del ministerio.

Harry saltó por encima de una silla de madera rota y rodó por el suelo para atrapar al último Gnomo del día. Se levantó usando el impulso de la voltereta y con toda la fuerza que fue capaz lanzó al pequeño monstruo hasta el otro lado de la colina. Miró al diminuto duende desaparecer a lo lejos, casi podía verle agitar los brazos en protesta por el vuelo inesperado.

—Y con ese gano yo. —dijo orgulloso Harry mientras se limpiaba la cara con la manga embarrada provocando que se le ensuciara aun más.

—De eso nada. Esta claro que esas gafas te están afectando la vista, amigo. Íbamos cincuenta y siete a ochenta y tres. Esta claro que ese gnomo no ha marcado la diferencia. —replicó Ron mirando a su amigo y sabiendo que quería jugársela.

—Era un Rey Gnomo, mínimo debería valer cien puntos. —defendió Harry tirándose en el suelo junto a su amigo para descansar.

—¿Y cómo sabías que era un Rey Gnomo? ¿Acaso llevaba una corona de oro? —preguntó riendo Ron.

—Se lo pregunte naturalmente. ¿Nunca te he dicho que hablo con fluidez el Gnomico? —dijo Harry mientras se limpiaba las gafas.

—No voy a decirle a mis hermanos que dejen jugar a Ginny con nosotros. —zanjó Ron sabiendo porque Harry quería ganar la partida.

—Ron, en serio, no estoy bromeando. Tú hermana es la mejor jugadora de Quidditch que he visto, incluso mejor que Fred y George. Si la dejaseis jugar estoy convencido de que en poco tiempo superaría a los mejores de Hogwarts. —exclamó Harry como si lo que estuviera diciendo fuera algo obvio y Ron fuera una pared.

—¿Y tú como sabes como son los jugadores de Hogwarts? ¿Eres vidente? No me lo digas. Te lo ha dicho el Gnomo, y a él se lo dijo una lombriz que pasa sus vacaciones aquí y el invierno en Hogwarts porque el alquiler es muy barato. —Ron miraba a su mejor amigo con una expresión que invitaba a la risa.

—Venga, Ron. Es muy buena.

—No insistas Harry, no vamos a dejar que Ginny juegue al Quidditch. Es muy peligroso y podría hacerse daño.

—También podría haceros mucho daño, la he visto practicar a escondidas. Os lo aseguro chicos va a ser una de las grandes. Y yo tengo buen ojo para eso. —Harry y Ron se dieron la vuelta de golpe y vieron a Sirius Black comiéndose una manzana apoyado en el filo de una silla destartalada.

—¡Tío Sirius! —exclamó Harry levantándose para abrazar a su padrino. —¿Qué haces aquí?

—Tal vez ha venido a morderme la pierna. Otra vez. —gruño Ron mirando a otro lado. Sirius no puedo evitar reírse.

—Ron, te lo repetiré por última vez... Hoy. Fue un sueño, nunca he saltado sobre ti para morderte la pierna y arrastrarte hasta una cueva bajo un árbol. Ahora ven aquí. Tengo tres cosas para vosotros. Una para cada uno y otra para que la compartáis sin decir una palabra ni a los gemelos ni a vuestras madres. Especialmente a tu madre Ron, pero especialmente a la tuya Harry. Ni una palabra. —susurró con el tono que utilizaba cuando les daba algo a escondidas.

—¿Qué es? —preguntaron ambos a la vez.

—Lo primero es lo primero. Vengo de hacer un trabajito en Hogwarts. Nada interesante solo querían mi presencia para calmar a la gente. Y os he traído esto. —les dio una carta a cada uno. —Vuestra carta de Hogwarts. Pero no digáis nada. —añadió rápidamente adelantándose a los impulsos de saltar de los niños. Luego podréis ir corriendo a enseñarlas. Ahora viene la parte más importante. ¿Os conté cómo formamos los merodeadores tú padre, Remus, … y yo? Y juntos creamos el Mapa del Merodeador. Pero lo perdimos, ¡Estúpido Filch! Alejaos de ese carcamal cuando vayáis allí. Esta más loco que su gata. Y esta loco por su gata. Gente rara. He intentado por todos los medios recuperarlo pero por más que he registrado el despacho de ese carcamal no he encontrado el mapa. Sospecho que se lo han llevado —murmuró mirando por encima del hombro a la casa. —Pero eso no me va a impedir darle a mi ahijado el mejor regalo del mundo.

Sirius saco un pequeño cofre de madera y se lo entregó a Harry quien lo abrió con solemnidad. En el interior, un trozo de pergamino perfectamente doblado. Sirius sacó su varita y tocó el centro del pergamino.

—Juro solemnemente que mis intenciones no son buenas. —El pergamino empezó a oscurecerse en ciertas partes, como si estuvieran vertiendo tinta sobre él. Poco a poco se formaron letras, muros, habitaciones, pequeños pasos que se movían en aquel vasto y completo mapa. —El nuevo mapa del Merodeador. Y es todo vuestro. El original tenía un saludo inicial, pero prefiero que eso lo añadáis vosotros. Por eso he incluido todo lo necesario para que sepáis como alterar el mapa. Hogwarts esta lleno de secretos, incluso para los merodeadores. Seguro que dejamos recovecos ocultos que descubriréis, y tendréis que incluirlos en el mapa.

—Gracias, Sirius. —dijo Harry abrazando del cuello a su padrino sin soltar en ningún momento ni el mapa ni la carta.

—No sé que decir. —susurró Ron que se había quedado pensando en las posibilidades que le brindaría ese objeto. Sirius se separó de Harry y miró con una sonrisa ladeada a Ron. Cogió el mapa y volvió a poner la varita sobre él.

—Solo tienes que decir dos palabras: Travesura realizada.