El tocador, una sala de la Mansión Malfoy dispuesta en exclusiva para la matriarca de la casa. Daba igual el tiempo y las generaciones que pasasen por aquella enorme villa, esa habitación debía permanecer en propiedad de la madre y solo de ella. Era una tradición de la familia Malfoy que surgía de la tendencia a engendrar varones.
Los Malfoy casaban a sus hijos con doncellas bien educadas y estas eran recompensadas con su propio espacio. Esa tendencia se forjó cuando tres hermanos quedaron "viudos" a causa de mujeres hartas de ser controladas. El tocador era una válvula de escape para ellas, una mera ilusión ideada por un patriarca harto de bodas y relaciones intermitentes.
Narcissa conocía esa historia, y a pesar de desagradarle el principal propósito de aquella pequeña habitación, no podía negar la utilidad que poseía. En especial en esos días en los que se escondía de Lucius a toda costa.
Sentada en una butaca sin respaldo, frente a un espejo que cubría toda la pared, empezó a pasear su vista por el extenso número de cosméticos que ocupaban buena parte de la superficie del tocador. Sin contar cajones y otros espacios más ocultos en caso de fisgones.
Sus dedos rozaron la colección de pintalabios, muchos colores de diversa intensidad, brillo, e incluso efecto. Cogió un carmín, de tono oscuro pero cálido, delineó sus labios con parsimonia y precisión. El contorno de los mismos adquirió un volumen perfecto para sus rasgos finos y dándoles la importancia ideal en conjunción al resto de su rostro.
Al fin y al cabo el color solo debía remarcar sus labios dándoles otra voz en contraste a su piel blanca y su cabello dorado y brillante. Esos tonos luminosos debían apagarse con un carmín oscuro pero que diera pinceladas de color.
Tenía que resaltar para armonizar las luces y sombras de su belleza. La clave era dar notas precisas y poco llamativas, enfatizar en el atractivo y disimular los claroscuros que pudiera haber, sin llamar la atención. Una Black debía ser siempre sobria a la par que elegante y con distinción. Nunca sobrecargarse, ni usar colores estrambóticos. Algo que su hermana parecía olvidar, o más seguramente obviar, pero Narcissa tenía otras preocupaciones.
Se estaba maquillando con especial lentitud, precisamente para evitar pensar en esas preocupaciones, no era necesario añadir una nueva al ponerse a pensar en Bellatrix y su tendencia a pintarse la cara como si no existiera la sutilidad.
Tras ella, la puerta se abrió con un chasquido, el cerrojo se había desbloqueado. Lucius entró al tocador dejándose ver en el espejo. Se dio la vuelta y cerró la puerta con el pestillo. El girar de engranajes y el repiqueteo metálico de una llave saliendo de la cerradura. Lucius sonrió a Narcissa a través del espejo.
—Date media vuelta, abre la puerta y vete. Da igual a lo que vengas y lo que te propongas. No lo conseguirás. —espetó Narcissa fulminándole con la mirada.
—¿Aun no sabes que me propongo? —replicó Lucius con una voz melosa y atrayente, mientras acariciaba los hombros de su esposa de forma suave por encima de la bata de seda.
Narcissa no se dejó engatusar por el cebo de buenas maneras que le tendía su marido. Le conocía suficiente para ver el hilo del anzuelo, si picaba sería suya. Lucius era un negociador y un manipulador, si entraba a su juego perdería.
—Te lo deje muy claro y no voy a cambiar de opinión. Mi hijo no va a ir a Dumstrang. —atajó quitándose de encima las manos de Lucius y levantándose airada pero con la suficiente dignidad para no salir corriendo o darle una bofetada. No la habían educado para que hiciera ese tipo de cosas tan primitivas.
La expresión de Lucius se heló y su temple habitual volvió a reinar. La sonrisa desapareció y una mirada fría y calculadora se clavó en los ojos de Narcissa pero no la amedrentó. No iba a tolerar que nadie pusiera en peligro a su hijo, daba igual quien fuera.
—Métetelo en la cabeza, Draco asistirá a Hogwarts. No hay más que hablar. Mi hijo no va a ir a una escuela en medio de los Balcanes para que puedan lavarle el cerebro tus amigos y le den la patada para que sea carne de cañón. —añadió antes de que Lucius pudiera decir algo.
—En Hogwarts es una amenaza para esta familia. Podrían usarle contra nosotros. —replicó como si fuera una obviedad.
—¡Es tú hijo, no una pieza en un tablero! Y no todos son igual de rastreros que vosotros. —Narcissa no lo vio venir. La mano de Lucius fue un borrón blanco y después el dolor en la mejilla le dijo que había pasado. No era la primera vez que le daban una bofetada pero si era la primera que le daba Lucius. Se tocó la cara, le ardía pero no iba a dejar que la viera llorar. Le miró con frialdad homicida. La misma mirada que le había visto a su hermana en multitud de ocasiones.
—Te lo advierto, Draco ira a Hogwarts o lo lamentarás. —amenazó Narcissa destrabando la puerta y marchándose con la cabeza alta. — Y asegúrate de arreglarte. En una hora nos vamos al Callejón Diagon estés listo o no. Tengo que comprar el material escolar.
Lucius no dijo nada. Se quedó en silencio mirándose la mano. Había perdido los nervios y con ellos la oportunidad de aleccionar a Draco sobre su tarea para con la familia. Un Squib que nadie recuerda y un hijo cuya madre esta enseñando a escondidas de él. Los Malfoy no tenían un futuro asegurado; eso preocupaba a Lucius tanto como tener que hacer alguna misión para su señor. No le gustaba mancharse las manos, pero en esa situación debería hacerlo o podría perder a su hijo ante la influencia de Dumbledore.
Tal vez Bellatrix tuviera la solución, pero no quería pedirle más favores, aun le debía el del squib. Cerró el puño con fuerza y salió dando un portazo rumbo a su despacho. No sabía que hacer pero era un Malfoy, y como tal, encontraría una solución. Draco tenía potencial, sería un gran mortífago. No podía dejar que su próxima estadía en Hogwarts le alejase de su futuro. Era su padre y quería lo mejor para él.
El Callejón Diagon estaba rebosante de vida, a pesar de la aterradora realidad que había más allá de sus muros, aquellas calles permanecían inalterables a los sucesos exteriores. La guerra, Voldemort y los mortífagos son olvidados una vez entras en las tiendas. Un movimiento astuto por parte del ministro de magia.
Algo que Neville, a pesar de no saberlo, agradecía. Era la primera vez que estaba fuera de casa y lejos de sus padres. Ver tantas personas, todas ellas hablando alegremente, yendo de un lado a otro con cajas, bolsas y baúles flotantes que volaban a su lado. En cada esquina, y caminando por los tejados, una docena de animales plateados que parecían guardianes del lugar. Cuando Neville se acercaba a alguno de ellos se sentía cálido y a salvo.
La presencia de esos seres casi le hacía olvidar al auror que tenía a su lado, en lugar de a sus padres. Alguien les había ordenado que no podían ir juntos. Neville quería compartir aquella experiencia con su madre y su padre, en su lugar lo hacía con un joven de pelo negro que hacía más caso a las jovenzuelas que había a su alrededor que a su cometido.
—No sé tu nombre. —dijo al fin, Neville tras estar media hora sin hablar. Enfadado por estar allí con su escolta.
—Sirius Black. Y el tuyo es Neville Longbottom. Conocía a tu madre de Hogwarts. Una vez la invite a salir delante de tu padre. No sabía que estaban saliendo, pero ellos amablemente me explicaron la situación. —relató Sirius mirando a Neville de reojo. El chico observaba al auror sin entender el porque de contarle todo aquello. —Tu padre me dio un puñetazo que me dejo el ojo morado toda la mañana. Tú madre intento estrangularme con una tentacula venenosa. Fue un gran día. Te lo cuento porque por ese motivo, le dije al jefe de aurores que me asignara este puesto. Tú madre fue la primera chica que me rechazó. Después de aquello no pude evitar hacerme su amigo. Es una chica dura, quería que no se preocupase por ti mientras estas comprando todos los materiales. Además así fastidio un poco a Crouch.
—¿Por qué quieres fastidiar al Ministro? —preguntó Neville desconfiado, a pesar de que sus padres hablaban de Bartemius Crouch en términos poco amigables.
—Quería rodearte de aurores y hacer que esta calle pareciera un desfile. Eso es lo último que debe hacerse. No solo para que tú te sientas a gusto. También hay que pensar que un pelotón de aurores llamara más la atención que una persona que acompaña a un niño a comprar materiales. La sutileza no es algo que promueva nuestro querido ministro. Disfruta dando muestras de poder, y lo único que ha funcionado con ese método fue el escudo Patronus que rodea el callejón.
—¿Escudo Patronus? —Neville miró con confusión a Sirius mientras miraba hacia arriba esperando ver alguna burbuja envolviendo la calle pero solo vio el gris claro de la niebla que envolvía Londres.
—Fíjate en los animales que hay en las esquinas. Son plateados. ¿Alguna vez has escuchado de animales plateados?—preguntó Sirius señalando a Neville los diferentes seres que transitaban por las esquinas como guardianes. El niño negó con la cabeza mientras un enorme ciervo les saludaba antes de seguir dando vueltas. —Son patronus de aurores. La mayoría de aurores están aquí de forma permanente, escondidos en caso de que haya una emergencia, y sus patronus los siguen en sus patrullas. Unos pocos son de los magos más poderosos de Gran Bretaña. El Fénix que ves sobre Gringots es de Dumbledore, el ciervo que nos ha saludado es de James Potter, el Jefe de aurores, y me imagino que el lobo de Remus estará en el callejón Knocturn.
—¿Quienes son? ¿Y para que sirven los patronus?
—¿James y Remus? Son amigos míos, los magos más poderosos que conocerás, a parte de Albus Dumbledore claro. Y los patronus son un hechizo protector que adopta la forma animal del mago. Todo mago tiene un animal interior y el Patronus desvela de que animal se trata. Pero no todos los magos son capaces de realizarlo. Se necesita un recuerdo feliz y tener habilidad. Los mortífagos por ejemplo no son capaces de realizar este hechizo, a pesar de ser poderosos, y es lo que pasa cuando tienes como líder a una careta sin nariz. —Una cierva golpeó el hombro de Sirius y se desvaneció ligeramente en volutas de humo antes de volver a formarse unos metros más atrás. —Aunque siempre hay excepciones. —añadió con un gruñido clavando la mirada en la cierva que doblaba una esquina. —Recuerdame comprar un bote de champú.
—¿Y de que protegen los patronus? —preguntó Neville sin prestar atención a la cierva.
—De la magia oscura, principalmente. Especialmente de los Dementores. Es un hechizo protector pero no va a desviar una maldición, no funciona así. Son barreras para alejar a los Dementores y anula los efectos nocivos de su presencia.
—¿Qué es un Dementor? ¿Y qué efectos tiene? —preguntó Neville acercándose a Ollivanders, una tienda de varitas.
—Un Dementor es un ser más feo que una babosa regurgitada que va siempre vestido de negro como los miembros de Las Brujas de Mcbeth y flotan cual globo. Los reconocerás en cuanto los veas porque no son muy agradables de ver y nunca están contentos. Y producen efectos muy peligrosos en los humanos, sean magos o muggles, aunque solo los magos podemos verlos. Sientes como si te arrancaran cada recuerdo feliz que hayas experimentado en tu vida. Tu vida entera deja de tener sentido y todas tus fuerzas desaparecen. Una vez enfrente a una docena, mi compañero tiró la varita y ahora esta en San Mungo en el ala de internamientos. Si alguna vez, ves algún Dementor no intentes enfrentarlo, corre. No soy de dar consejos cobardes pero en este caso es necesario, los Dementores no mueren, no pueden ser heridos y no se detienen ante nada. Solo un Patronus corpóreo puedes hacerles frente y no todos pueden lograrlo. Así que hasta que puedas aprenderlo no los enfrentes. —dijo Sirius agachándose y mirando a Neville de igual a igual. Estaba serio pero no permaneció mucho con esa expresión, pronto una sonrisa surco sus labios y Neville sintió todo el temor desapareciendo. —Tú madre me matara por decirte todo esto, no lo haría en circunstancias normales pero tal como esta el mundo nunca se sabe. Ahora entremos a comprar tu varita, no vamos a quedarnos aquí hablando de cosas desagradables todo él día.
Neville tiró del picaporte y escucho una campana sonando sobre su cabeza. La tienda era un espacio pequeño en la entrada, bordeado por una mesa que servía para separar la zona de clientes del almacén, decenas de estanterías apenas separadas entre si. Cubiertas de polvo y llenas de pequeñas cajas amontonadas desde el suelo hasta el techo. Entre las estanterías, un hombre mayor de pelo cano y mirada vivaz corría por el almacén al ver entrar a Neville.
—Pero si es el joven Sirius Black , roble, 28 centímetros con núcleo de fibra de corazón de Dragón. Hacia mucho tiempo que no pasabas por mi tienda. —saludó el anciano Ollivander. —Y trae a otro joven, imagino que vienes a por tu primera varita. ¿Me equivocó? —añadió mirando a Neville quien bajo la cabeza después de asentir.
—Necesita una buena varita. —dijo Sirius palmeandole la espalda y haciéndole avanzar hasta el centro de la tienda.
—La varita escoge al mago, Sirius Black, recuérdelo. Estoy seguro que nuestro pequeño amigo saldrá con una varita perfecta para él. —explicó Ollivander cogiendo una cinta métrica. Se acercó a Neville y le puso los brazos en cruz antes de ponerse a medir. Primero medía el tamaño de los dedos, la mano, el brazo, la altura, luego empezaba con la distancia entre la muñeca y el codo, incluso la separación entre la punta de la nariz y los labios. Cualquier medida que pudiera obtener la ponía en una libreta que flotaba a su alrededor. Mientras hacía todo aquella no paraba de murmurar. —La varita elige al mago. Eso ha estado siempre claro para aquellos de nosotros que hemos estudiado varitología... Si usted es cualquier mago será capaz de canalizar su magia a través de casi cualquier instrumento. Los mejores resultados, sin embargo, siempre deben venir donde hay mayor afinidad entre mago y varita. Estas conexiones son complejos, una atracción inicial, y luego una búsqueda mutua de la experiencia, el aprendizaje de la varita del mago, el mago de la varita.
La cinta métrica se enrolló sobre si misma y Ollivander sin decir nada se irguió y se dio la vuelta de nuevo a pasearse entre los estantes mientras susurraba para si mismo innumerables números. Sus dedos se paseaban por las cajas de cartón desprendiendo una nube de polvo a su paso.
—¿Qué hace? —preguntó Neville a los quince minutos de ver a Ollivander dando vueltas sin dar muestras de saber que seguían allí.
—Buscar una varita para ti. A veces cuesta dependiendo del mago. —respondió Sirius en voz baja. —Aunque viendo lo que tarda cualquiera diría que a su edad empieza a chochear viendo lo que tarda.
—Nogal, treinta centímetros, núcleo de musculo de dragón. — dijo Ollivander saliendo de entre los estantes con una caja abierta. Le tendió la varita a Neville. —Agítala un poco.
Neville dio un pequeño golpe seco con la varita. Al principió no paso nada. Neville empezó a sentir como la madera empezaba a calentarse y la punta a brillar.
—Creo que tenemos ganadora. Que suerte tienes Neville, a la... —empezó Sirius pero se calló de golpe cuando la varita explotó y se le metió la punta de la varita en la nariz. —Es la primera vez que me pasa esto, me siento un troll. —continuó quitándose la punta de la varita y tirándola a la papelera. —Pruebe con otra, Olli.
Ollivander volvió a la trastienda limpiándose el rostro con un pañuelo sin decir nada. Trajo otra varita con el mismo resultado. Lo mismo con las otras diez que le siguieron. Neville cada vez se alejaba más de la varita a la hora de agitarla y Sirius ya estaba en la puerta de la tienda cubriéndose con su propia varita creando un escudo blanco transparente.
—¿Esto es normal? —preguntó Neville intentando ver a través del humo rojo que había dejado la explosión de la duodécima varita.
—¿Ves normal que alguien diga una tontería agitando un palo y que del palo salga un torrente de agua? Lo normal cuando hay magia de por medio no se aplica demasiado bien. Pero si te refieres a sí alguna vez he visto que una persona haga explotar una varita, es la primera vez. —respondió Sirius agitando la mano para disipar el humo.
La campana de la puerta sonó y un chico de trece años se quedó en el umbral mirando alternativamente a Neville cubierto de hollín de colores y a Sirius escudándose en un hechizo protector. Llevaba unas gruesas gafas de pasta negra y cristales hondos que impedían verle bien los ojos. Tenía el pelo de un rubio muy claro y cortado al raso, de piel blanca.
—Buenos días. —saludó con cortesía acercándose al mostrador y dejando un puñado de galeones en la superficie. —Disculpe, le robare poco tiempo. Necesito una varita.
—Ahora mismo estamos buscándole una varita al joven. —dijo Ollivander señalando a Neville con cansancio.
—No hace falta que la busque, se perfectamente cual es mi varita. Roble inglés, centro de dragón, 31,25 centímetros y sorprendentemente susurrante. —Ollivander le miró con curiosidad al joven. —Era mi antigua varita hasta que me la rompieron. Me gustaría tener otra idéntica. Por favor.
Ollivander miró a Neville un segundo y este solo asintió, no tenía problema con que el fabricante de varitas atendiera al joven. Ollivander se acercó a las estanterías y sacó diez cajas distintas. Las deposito sobre la mesa y le dio una de las cajas al joven y las otras nueve a Neville.
—Ve probando estas varitas. No hace falta que las agites, si al tocarla empieza a calentarse de forma intensa déjala en la caja. —le explicó Ollivander a Neville antes de centrarse en el joven rubio. —¿Donde compraste tu anterior varita? Si no es indiscreción que pregunte. Ya que no le recuerdo y tengo buena memorias para las varitas.
—La fabricó mi abuelo con una reliquia familiar, fue lo último que me dio antes de morir. —respondió el joven dejando la caja y guardando la varita en el interior de la túnica.
—Una varita con conexiones emocionales. Entiendo. Pocos jóvenes guardan la varita en el interior de la túnica, es una buena costumbre. —dijo Ollivander señalando el lugar donde había guardado la varita. —Es el sitio más seguro, ya he visto casos de chicos que se han quemado las nalgas por llevarla en el bolsillo trasero.
—Llevarlo en un bolsillo del pantalón es tentar a que te la quiten y una desventaja táctica. —respondió el chico alejándose hacia la puerta. —Pasen un buen día. Gracias por dejarme pasar. —añadió asintiendo de forma agradecida a Neville.
—No hay problema. —dijo de forma entrecortada mientras deja caer la novena varita. El chico salió por la puerta y se alejó por la calle. —Esto es imposible, ¿No hay ninguna que me sirva?
—Eres un caso complicado. Pero no imposible. —tranquilizó Ollivander guardando las varitas y quedándose pensativo apoyado en el mostrador. —Si quieres, siéntate en aquel rincón mientras pienso en alguna varita que te sirva. —señaló una pequeña silla cerca del ventanal. Neville asintiendo se dirigió a la silla y se sentó. Sirius se puso a su lado apoyando su mano sobre el hombro del chico con intención de darle ánimos.
—No te preocupes, Neville. Dudo que te quedes sin varita.
—¿Cómo está tan seguro? —preguntó Neville mirándose los pies sin prestar atención a la mujer que entraba con su hijo.
—Sería digno de verse que venzas al calvo malvado sin varita. —bromeó Sirius. —¿Qué tal estás Lily? Hace tiempo que no te veía. —continuó dirigiéndose a la mujer que acaba de entrar con su hijo.
—Me viste el mes pasado, Sirius. Y la verdad creo que tendría que ponerte otra vez el ojo morado. A quien se le ocurre darle el mapa del merodeador a un niño de once años. Además Harry no me lo quiere dar. A saber donde lo tiene. —espetó la mujer mirando con mala cara a su hijo que prefería ignorar a su madre y silbar como sino fuera con él la conversación. Pero no dudo en mirar a su padrino y señalarse el calcetín derecho. Sirius le guiño un ojo aprovechando que Lily saludaba a Ollivander.
—Es mejor que este preparado para todo. —respondió Sirius con mofa a la mujer de su mejor amigo.
—Te lo advierto Black. Si mi hijo se mete en líos en Hogwarts te tirare de cabeza al sauce boxeador.
—Siempre tan encantadora, mostrando porque James se enamoró de ti. No te preocupes, no les pillaran.
—Y deja de contarle anécdotas imitables. Quiero que mi hijo vaya a estudiar no ha colgar a su profesor de pociones de la torre de astronomía. Y no me mires así, sé que querías que lo hicieran en Halloween.
—No sé porque, pero empiezo a entender porque Albus te puso al mando de la Orden. —comentó divertido Sirius e impresionado por lo enterada que estaba Lily de ciertas cosas.
—Espero que no estés incitando a Longbottom a que te imite. —amenazó Lily apuntándole con el dedo. —Tú no le escuches, esta loco. —añadió mirando con una sonrisa a Neville para no asustarle como había intentado con Sirius sin mucho éxito.
—Mama, ¿Podrías dejar de meterte con el tío Sirius? He conseguido mi varita y ni te has enterado. —interrumpió Harry enseñándole la varita.
—Acebo, veintiocho centímetros, núcleo de fénix. Interesante, muy interesante. —dijo Ollivander mirando a Harry con una expresión meditativa.
—¿Núcleo de Fénix? —preguntaron de forma sombría Lily y Sirius y mirando a Harry con la misma expresión.
—¿Pasa algo? —inquirió Harry con mala cara agarrando fuerte la varita, que empezó a chispear.
—No nada. —contestó rápidamente Lily agarrándole de los hombros y sacándolo de la tienda después de dejar siete galeones en el mostrador. —Nos vemos la semana que viene en la reunión, Sirius. Siempre es un placer, Ollivander. Y espero saber pronto de ti, Neville. Tus padres son buenos amigos.
Lily salió por la puerta y casi choca de frente con tres personas que entraban sin prestarles atención. Como sino existiera.
—Siempre tan educado, Malfoy. —espetó en voz baja pero audible Lily antes de irse a otra tienda.
—Pero mira a quien tenemos aquí, —comenzó Sirius con sorna. —La mortifaga más guapa de todo Londres, junto a mi prima favorita. La única que no ha intentado matarme.
—Perro sarnoso y traidor. —masculló Lucius encarándose a Sirius mientras su mujer los ignoraba y llevaba a Draco a un lado para que Ollivander les atendiera. —No tienes pruebas de que sea un mortífago.
—Tampoco tengo pruebas de que seas un buen ciudadano. O una buena persona ya que estamos. Pero que se puede esperar de alguien que se pasa dos horas diarias planchándose el pelo y otras dos rizándose las pestañas. ¿Cuanto te gastas al mes en tinte? Ese color de pelo no es normal, un poco más y podría broncearme con él. —se mofó Sirius sabiendo que Lucius no podía hacer otra cosa que amenazar veladamente. Disfrutaba mirando de reojo sus puños apretados tentado de coger la varita.
—Dejar de hacer el idiota. —atajó Narcissa con su hijo bajo el brazo con su varita nueva.
—Mi querida, prima. Siempre tan diplomática.
—No todos son tan estúpidos como tú, primo. Hay que saber cuando guardar las formas y esperaba que un Black, por traidor que sea, fuera más educado. Nos vamos, Lucius. —Narcissa se marchó por la puerta sin esperar a su marido.
—Ten cuidado, Black. No siempre amenazaras o insultaras a alguien inocente. —espetó Lucius dando zancadas para alcanzar a su esposa y alejarse de Sirius antes de que lo maldijera.
—¿Tú inocente? Si ese es inocente yo soy una cabra montesa. —murmuró Sirius volviendo a donde estaba Neville. —Lo siento chico, pero los Malfoy son de lo peor de esta sociedad. Al menos Narcissa no ha intentado matarme.
—¿Tus otras primas si lo han intentado? —preguntó Neville con curiosidad mirando de reojo como Ollivander se rascaba la cabeza tratando de encontrar una varita para él.
—Si, lo mejor de todo es que una de ellas no es una sádica mortifaga. Te daré un consejo, si llegas a conocer a Andrómeda Black, ni se te ocurra jugar al Quidditch con su hija en el salón. Y menos cuando usas el mueble que guarda la vajilla como portería.
—Yo nunca he salido de casa, pero sé que el Quidditch no es que no se deba jugar, es que no se puede jugar en el interior. Es de sentido común. —replicó Neville como si fuera obvio.
—Hablas como Lily y tú madre. Pero a veces es divertido saltarte las reglas e ignorar el sentido común. —comentó Sirius. —No has disfrutado de tu infancia aun, es mejor que la aproveches mientras dure. Aunque te metas en algún lio. Sino, lo lamentarás el día de mañana.
—¡Lo tengo! Es de las primeras, pero seguro que funcionara. —exclamó Ollivander interrumpiéndoles y corriendo hasta el fondo de la tienda. Volvió corriendo y con un trozó de tela enrollado sobre si mismo. —Había olvidado que la tenía. Mi primera varita. Un experimento, más que una varita. No la vendí porque le costaba transmitir la magia y creo que es justo lo que necesitas. Una resistencia, por lo que he visto creo que transmites demasiada magia de golpe y sobrecargas el núcleo. Lo mejor es que tengas una varita que no transmita tan bien la magia.
—¿De qué es? —preguntó con curiosidad Neville extendiendo la mano.
—Ciprés con núcleo de esencia de esfinge. Veintisiete centímetros rígido. —explicó Ollivander dejándola en la mano de Neville. Una varita de color gris oscuro con lineas verticales que ondeaban a lo largo de su superficie y brillaban al contacto con la mano del joven mago. —Perfecto. Es la primera vez que un mago es capaz de cargar la varita.
—Es perfecta. —murmuró Neville sintiendo el cálido contacto de la varita como si se estuviera derritiendo en su palma y filtrando en su piel.
—Siento las molestias, Ollivander. —se disculpó Sirius dándole una bolsita de cuero al fabricante de varitas. —Espero que sirva para las varitas.
—No te preocupes Sirius, estas cosas suelen pasar. Nunca a mi pero suelen pasar. —dijo con afabilidad despidiéndose de Neville quien iba ensimismado mirando el brillo escarlata de su varita.
—¿Qué le has dado? —preguntó Neville al salir de la tienda, mirando a su alrededor para ver la siguiente tienda.
—Cien galeones para pagar las varitas que se han roto. —contestó Sirius quien no pudo evitar reírse al ver la cara de susto de Neville. —Tranquilo, chico. Lo he pagado de mi bolsillo, aun tienes dinero para pagar el resto de cosas.
—No puedo aceptarlo. Las rompí yo. —dijo volviendo a acercarse a la tienda. Sirius le agarró y tiró de él de nuevo a la calle y arrastrándole a otra tienda.
—Vamos, Neville. Me sobra el dinero, no es necesario que te gastes todo el dinero que llevas solo por un accidente. —cortó Sirius metiéndole en la tienda de mascotas. Un coro de lechuzas ululó como saludo a su entrada. —Ahora escoge una mascota, puedes llevar una a Hogwarts y te aseguro que te será muy útil.
—Pero...
—Nada de peros, ahora echa un vistazo. —Sirius reía ante la insistencia de Neville, le recordaba un poco a Remus.
Neville se puso a caminar por la tienda, mirando las lechuzas de diferentes tamaños y colores. Vio una enorme lechuza de color blanco con los ojos de un ámbar profundo. Parecía muy inteligente. Neville se acercó a ella, parecía que había encontrado su mascota pero entonces notó algo golpeándole la cara. Sintió algo viscoso y grande deslizándose por su mejilla. Lo cogió con la mano con un poco de repulsión.
Un sapo gordo y de un tono verde fango le miraba con sus ojos marrones mientras hinchaba su boca como si fuera un globo. Croaba de forma acelerada, Neville casi podía sentir el miedo del animal. Miró a ambos lados y vio a una niña pequeña con pecas y coletas que se arrastraba por el suelo buscando algo mientras agitaba su mano pequeña. Neville vio que tenía una jaula abierta y rota por siete sitios que estaba agitando constantemente sin parar.
—Ven aquí asquerosa, cuando te compre podre transformarte en lo que quiera. —murmuraba con odio.
Neville se asustó y ocultó el sapo con sus manos mientras corría al dependiente y le daba un par de galeones por el sapo y huía de la tienda con Sirius detrás aguantándose la risa. Estuvo corriendo hasta que llegó a un gran tumulto en la librería. Respiraba entrecortadamente mientras se guardaba en el bolsillo a su nuevo sapo.
—Es la primera vez que veo a alguien comprando una mascota para salvarla de otro alumno. —dijo Sirius cuando le dio alcance. —¿Cómo lo llamarás?
—Trevor, supongo. —respondió Neville mirando a su sapo acurrucado en el bolsillo.
—Curioso nombre. Bueno, ya que estamos aquí compremos tus libros. —comentó Sirius mirando por encima de la cola. —Estaremos un buen rato, por lo que parece.
—¿Por qué esta toda esta gente esperando? —inquirió Neville intentando ver el interior de la tienda.
—Ni idea, pero espero que no sea lo que me temo.
Neville no le escuchaba. Se había quedado embobado mirando a una chica que salía de la tienda con sus padres. Tenía la mirada brillante y no paraba de mirar con emoción en todas las direcciones con un montón de libros, más grandes que ella misma que llevaba como podía, pues sus padres ya iban cargados de un baúl y una docena de bolsas.
Sirius vio como Neville la seguía con la mirada y no dudo en animarle dándole un empujón.
—Los amigos no vienen a ti, tienes que ir a buscarlos. —instó Sirius, Neville le miró con ilusión y se salió de la cola para ir a hablar con la chica que estaba a punto de desaparecer en alguna esquina.
Sin embargo no llegó a dar tres pasos antes de que alguien le agarrara y le diera la vuelta. Un destelló intenso y cegador hizo que Neville se llevará las manos a los ojos y se los frotara con fuerza mientras miles de chispas brillaban por dentro del parpado de forma dolorosa.
—¿Quién le iba a decir a Neville Longbottom que la primera vez que viera el mundo exterior se encontraría con el apuesto y famoso mago, Gilderoy Lockhart durante su firma de libros? Sin duda el niño elegido tiene mucha suerte de asistir al estreno de mi último libro, pues va a tener el privilegio de recibir la primera entrega de la saga, de la famosa Angélica Buttom. Mi primera novela de ficción basada en mis aventuras por todo el mundo. —exclamaba con pompa una voz que Neville no era capaz de reconocer y por culpa de los cegadores destellos era incapaz de verlo. —Aquí tienes joven promesa, Angélica Buttom y el Hijo del Destino. Por supuesto, firmado por su fantástico autor, Gilderoy Lockhart.
Neville sintió como le aplastaban un libro contra el pecho, lo cogió por inercia mientras pestañeaba sin parar tratando de discernir algo. Sintió una mano tirando de él y se dejó llevar, con tal de salir de aquella extraña situación le servía cualquier escusa.
—Maldito Lockhart. Es peor que un lagarto. Y aun no logró desenmascarar a ese arrogante egocéntrico. —farfullaba Sirius encolerizado. —A quien se le ocurre hacer tal imbecilidad, sabiendo el peligro que corres y te pone delante de los focos. Para mi que su madre le dio laca de uñas en vez de leche. Aunque viendo como viste cualquiera pensaría que sigue bebiendo pintura.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Neville con las manos extendidas hacia delante para no tropezar con nada, solo veía blanco con una mancha roja en el centro.
—Un idiota en busca de fama que robar. Vamos a comprar los instrumentos de pociones antes de que vuelva a partirle la cara. Siento que hayas perdido la oportunidad de hablar con la chica.—dijo apenado parándose un poco para que Neville recobrara la visión.
—Irá a Hogwarts. Tendré otra oportunidad.
—Ese es el espíritu. Nunca pierdas la esperanza, siempre hay otra oportunidad. Yo conocí a mis mejores amigos allí. Seguro que tú los conocerás también.
—¿Seguimos con la lista?
—Por supuesto. Luego te llevó a comer un helado para disculparme por ese idiota. Además tengo ganas de un helado. Y de la hija de la heladera, ya que estamos. —dijo Sirius caminando al lado de Neville cuando este pudo empezar a ver bien. Aun les quedaba mucho día y tenían que esquivar a no pocos periodistas y reporteros. Por suerte Sirius era un maestro en ese sutil arte.
