El crujir de las copas de los árboles al son de la brisa cantábrica, eso era lo único que escuchaba Eirian tumbado en una roca cubierta de humedo pero reconfortante musgo. Le dolían las piernas y los pulmones le ardían. Respiraba agitadamente a causa del esfuerzo de las últimas horas. La voz en su cabeza empezaba a molestarle más de lo que quisiera admitir. Llevaba cinco meses entrenando por todo el mundo. El único descanso que tuvo fue en Agosto para poder comprar una varita y aun con todo Smaug se las apaño para convertirlo en un entrenamiento de infiltración.
Aunque debía agradecérselo, de no haber estado disfrazado su padre le había reconocido. No quería a Bellatrix tras él. Y ese pequeño descanso fue suficiente para que Smaug tirara de él hasta España para entrenar en las montañas vascas. Empezaba a pensar que sufría de paranoia, no solo escuchaba voces sino que le ordenaban ir muy lejos a hacer algo que podía hacer en Escocia.
—Ya has descansado suficiente, pierdes el tiempo cuestionándote tu frágil cordura. —la voz de siempre, profunda y aterradora, sin embargo a Eirian empezaba a producirle hastió tener que obedecerla. Pero sabía que le debía la vida a aquella voz.
—Cincuenta kilometros de pendientes escarpadas más resbaladizas que una babosa, creo que me he ganado más de cinco minutos de descanso. —masculló Eirian levantándose y mirando fijamente a la lejanía donde solía situarse Smaug como una alucinación. Un ente luminoso y etéreo que parecía más brillo que ser.
—Debes aprender a descansar en breves lapsos de tiempo. En combate no tendrás enemigos que se preocupen por tu bienestar. —replicó Smaug haciendo que su ilusión se moviera alrededor de Eirian hasta desaparecer de su campo visual.
—Me preparas para una guerra que no existe. Los mortifagos atacan en formación guerrilla. No son una fuerza ofensiva, son terroristas. No hay un combate abierto contra ellos, no hay base enemiga. No hay objetivos. Es como tratar de golpear el aire. Tú me estas adiestrando para un combate contras fuerzas regulares. Estas anticuado en materia bélica. —arremetió Eirian saltando de la roca mientras sacaba la varita y se la enganchaba al brazalete del brazo.
—Mi experiencia me ha enseñado que el enemigo no siempre esta claro. Te estoy preparando para combatir las traiciones que seguro sufrirás. —explicó Smaug con amargura. — Ten por seguro que el poder quiere más poder.
—¿Qué significa eso? —preguntó Eirian girando en redondo para ver la figura fantasmal.
—Ya lo averiguaras. Ahora, si estuviera en tu lugar me agacharía.
—¿Por qué iba a...? —No terminó de preguntar antes de sentir un latigazo en la cara que le lanzó diez metros por el aire hasta chocar contra un zarzal.
Sintió la piel arder por los cortes que le había producido la caída y las espinas de aquel arbusto, también sintió el flagelante dolor de la cabeza y el cuello. Le habían golpeado con tal violencia que por un segundo pensó que su cabeza se desgajaría de los hombros. Se arrastró por el suelo saliendo de entre las zarzas antes de recibir un nuevo golpe en el estomago que le arrinconó contra un tocón muerto.
Eirian empezó a toser y notó el sabor característico de su sangre. Notó los ojos arder por detrás de las corneas, el cosquilleó en la yema de los dedos y la furía en lo más hondo de su mente. Una ira ajena que le envolvía en la idea de ser invencible.
Y estar muy enfebrecido por un sentimiento de pura maldad virulenta. Una sombra a su alrededor, bufando y golpeándole para que no se levantara. Un objeto rugoso que se clavaba en su piel tras rasgar la tela. Fino como un látigo pero había algo extraño en su forma de sacudirse con cada golpe, al final notaba un siseo profundo seguido de un dolor punzante que le abotargaba los sentidos.
Algo se enredo en su cuello oprimiéndole y alzándole del suelo como si fuera un simple muñeco de trapo. Sentía la piel desgarrarse a medida que el lazo que le sujetaba se iba estrechando. La húmeda sensación de la sangre correr por su pecho manchándole la camisa. La presión de sus latidos deteniéndose en las arterias durante un segundo, antes de poder llegar a su destino. La visión emborronándose a medida que su respiración se hacia cada vez más pesada. Notaba la traquea doblarse hacia el interior como si estuviera a punto de partirse.
Ante sus ojos, envuelta en una neblina blanca, producto de la asfixia, una serpiente le bufaba furioso. Tras ella un enorme león de melena roja y ojos negros le rugía victorioso. Un atisbo y su mente se cerró. Sabía que tenía que hacer, las imágenes venían sin parar, un continuo flujo de ideas que su mente le lanzaba sin saber muy bien de donde surgían, pero Eirian no tenía tiempo ni fuerzas para oponerse o buscar la lógica a su repentina estrategia.
Su mano agarró la cabeza de la serpiente con una fuerza descomunal. Los huesos de aquel ofidio se astillaron como mondadientes bajo los dedos de Eirian. El abrazo que ahogaba su cuello cedió y cayó pesadamente al suelo. Su cuerpo rodó por encima de la hierba esquivando por poco un potente zarpazo que arranco parte de un árbol de cuajo.
El joven mago se puso de pie con dificultad mirando fijamente a su amenaza. Una quimera, un enorme león de pelaje oscuro, ojos negros y mirada homicida. Su cola se languidecía con pequeños espasmos tras él. Una serpiente con el cráneo aplastado que se arrastraba sin fuerzas producto de los impulsos nerviosos tras la muerte. En el lomo de la bestia dos gigantescas alas de murciélago se contraían para pasar entre los árboles mientras se acercaba a Eirian.
—¿No sé suponía que tenías una cabeza de cabra? —preguntó Eirian jadeando mientras trataba de esquivar los embates de la bestia. Aun le dolía todo el cuerpo y las ideas que hacia un segundo inundaban su mente habían desaparecido. Una sombra blanca se puso a su lado, flotando entre la quimera y el chico.
—Eso es una idea errónea, muchacho. Los griegos hablaban de la cabeza de cabra por una razón bastante peculiar. Las quimeras no suelen volar muy a menudo. Producto de una enemistad acérrima contra los dragones. Odian esa habilidad a pesar de que les podría resultar tremendamente útiles pero supongo que tener dos cabezas no ayuda mucho a ser eficiente y la verdad es que es un depredador basado en las trampas no necesita el componente aéreo cuando es la cola la que atrapa a las victimas. —explicaba la sombra sin prestar atención a la huida de Eirian y a los intentos de la quimera por devorarlo. — Por eso mantienen sus alas plegadas a la espalda y la mayoría de avistamientos de quimeras son siempre de frente, nadie sobrevive cuando los ven en un lateral o los intuyen tras ellos. Y cuando están frente al animal solo ven las puntas afiladas de las articulaciones de las alas. Esos extremos tienen muchas similitudes a los cuernos de carnero. De hay surgió el engaño de que las Quimeras tienen cabeza de león y de cabra.
—Gracias por la charla de biología y mitología, sin embargo me vendría mucho mejor una ayuda. Por ejemplo, ¡DONDE ESTA MI VARITA! —espetó Eirian frenando en seco y encarando a la quimera para después saltar sobre ella y correr en dirección contraria.
—En tu brazo derecho. El enganche se rompió pero la varita sigue en tu brazo. —señalo la sombra, acto seguido Eirian giro sobre si mismo hincando la rodilla en el suelo y apuntando a la cabeza de la fiera.
—Inferno Maxima. —murmuró entre dientes. Lo primero que sintió fue el calor en los dedos, extendiéndose por todo su cuerpo como un baño caliente mientras las llamas de un dorado resplandeciente surgían como líquido de la varita y ondeaban en el aire envolviendo a la quimera. Esta rugió asustada y paralizada por el dolor. El olor intenso del pelo quemado inundo el ambiente mientras la bestia se arrastraba por el suelo tratando de apagar unas llamas que se propagaban sin control. La tierra empezó a brillar incandescente, la ceniza cubrió todo como una nube de muerte. Los árboles se quebraron por el calor y se vinieron abajo aplastando a la quimera en una jaula de la que ya no escaparía.
Eirian observaba al animal con remordimiento, sentía que le habían manipulado para hacer eso pero por otra parte seguía con vida y se alegraba no ser él, el que ardía bajo los árboles. No sabía como sentirse.
—Nunca lo sabrás. Te seguirá el resto de tu vida y siempre te preguntaras que deberías sentir en estos momentos pero siempre será diferente y nunca encontrarás la respuesta adecuada. La vida es dura, y para los humanos más. Sois demasiado imaginativos. Vuestra capacidad para abstraeros y vuestra mortalidad juega en vuestra contra muy a menudo. —explicó la sombra blanca apareciendo entre las brasas y definiéndose a cada paso. Mostrando una versión adulta de Eirian.
—¿Siempre será tan difícil afrontar el quitar una vida?
—¿Quieres que lo sea?
—Ahora no, pero sé que necesitó que sea así.
—No eres un monstruo, Eirian. Llevas un monstruo dentro pero tú no formas parte de él.
—¿Esa no es la escusa de los asesinos para justificar sus acciones? —se mofó con sorna, Eirian mientras se sentaba en un cedro que se había venido abajo y seguía ardiendo. —A lo que si me acostumbro es a no quemarme.
—A eso se acostumbra todo el mundo. —dijo la sombra sentándose a su lado y posando la mano sobre el hombro de Eirian. —Tienes razón, es solo una justificación barata para cometer actos terribles pero se por experiencia que se necesitan actos terribles para combatir ciertos tipos de mal.
—Combatir fuego con fuego para que el mundo arda. No es precisamente mi concepción de héroe.
—Los héroes no son más que villanos que mueren demasiado pronto. No te equivoques la bondad inherente al ser humano termina extinguiéndose. Lo he visto miles de veces. Tenéis todas las virtudes para avanzar pero os arropáis en vuestras deficiencias.
—¿Esa es la lección? ¿Me has hecho matar a este animal quemando medio bosque solo para demostrarme que tengo que hacer algo horrible para detener algo peor? —Eirian se levantó del tocón y avanzó por el suelo abrasado alzando los brazos y señalando la escena de desolación que le envolvía.
—La lección es que no siempre puedes ganar sin recibir consecuencias o remordimientos. Debes aprender que las victorias no son recompensadas, simplemente dejas de perder pero no ganas nada. Debes ser consciente de que los héroes no son felices. Los que cumplen con el bien nunca estan bajo su manto. No puedes vencer un mal terrible con el bien. Debes usar el propio mal contra si mismo. —La sombra se torno azul celeste con animo reconciliador.
—Eso no me diferencia en nada contra lo que combato. —susurró sin fuerzas temiéndose lo que ya sabía que le diría.
—Esa es la lección. —Eirian se dejó caer apoyándose en los rescoldos de lo que hacia unos minutos era un poderoso y milenario roble. —Si te sirve de consuelo, no has matado nada. —Los ojos rojos le miraron fijamente por primera vez en años. Eirian jamás miraba la sombra, la temía pero en ese momento no dudo en clavar su mirada en aquella ilusión de persona. —Convoca un espejo.
—Accio espejo. —recitó Eirian con un golpe firme de varita. Un minuto después apareció en su mano un espejo con manchas de sangre en una esquina.
—La próxima vez crearemos un espejo. —comentó Smaug. —Mira tu reflejo y úsalo para examinar a la Quimera.
Eirian se levantó y le dio la espalda a la criatura carbonizada. Izó el espejo por encima de su cabeza para poder ver mejor tras él y se quedo asombrado cuando no vio más que las brasas restallando en el suelo. Giró sobre si mismo incrédulo y se encontró con que el enorme león con cola de serpiente ya no estaba.
—Ilusión espejada. Un viejo truco normando. Tan viejo que ya lo ha olvidado todo el mundo a pesar de su utilidad. No había nada aquí. Te traje precisamente por eso. Estos bosques están protegidos no hay seres peligrosos en ellos y los pocos animales que quedan se fueron en cuanto aparecimos.
—¿Pero el dolor? —preguntó Eirian tocándose la espalda. —He sentido el dolor de cada latigazo, el veneno atorando mis sentidos...
—Parte de la ilusión. No puedo permitirte que te creas inmortal, no lo eres. —sentenció con un tono frustrado, como si hubiera tratado en vano de enseñar esa lección antes.
—No era real... Solo estaba en mi cabeza.
—El dolor estaba solo en tu cabeza, pero eso no lo hace menos real. Recuerdalo. Las ilusiones y trampas mentales son tan peligrosas como una daga o una maldición. Muchos han muertos perdidos en manipulaciones tan elaboradas que se dejaron llevar por la inanición convencidos de que el mundo que estaban sintiendo era real. —explicó la sombra haciéndose cada vez más tenue y mirando a su alrededor.
—¿Has metido una enseñanza dentro de otra enseñanza? —interrogó molesto viéndose como un simple títere ante las "enseñanzas" de su "mentor".
—En efecto, lo llamo Inception. —respondió con un tono jocoso.
—Yo lo llamó comerme la oreja y torturarme en el proceso. ¿No era más fácil explicarme esto por separado? —espetó Eirian pateando un tronco y partiendolo por la mitad haciendo que miles de chispas cubrieran el aire.
—¿Donde estaría la gracia?
El suelo tembló y varios árboles que luchaban por mantenerse estoicos ante el embite de las llamas cedieron y cayeron a lo lejos con un crujido potente que levantó una nube de ceniza en el ambiente enrarecido. Eirian miró a su sombra y vio que había desaparecido. Se puso en guardia y su varita en alto. Con voces o sin ellas lograría salir de aquel bosque aunque tuviera que enfrentarse a mil ilusiones.
—Esto no es una ilusión. —la voz provenía del interior de su cabeza. Eso solo significaba que la cosa era peor de lo que podía imaginar.
—¿No decías que no había nada peligroso en estos bosques? —preguntó furioso apretando los dientes.
—¿Y porque crees que no hay criaturas peligrosas? Es un sitio con magia ambiental, grande y suficientemente espeso para que los humanos pasen al lado de un gigante y no lo vean. Es el lugar ideal para cualquier criatura mágica. —explicó la voz. Eirian la notó extraña. Hacia tiempo que no la oía en el interior de su mente pero la notaba distante, demasiado.
—Algo aleja a los posibles inquilinos. —susurró Eirian acuclillándose.
—Bravo. —felicitó sarcásticamente. —Si se ha despertado por las llamas podemos estar en problemas.
El suelo volvió a temblar. Una serie de remolinos se formaron en el suelo arrastrando las pocas llamas que quedaban hasta alcanzar las copas de los árboles, veinte metros más arriba. Era una imagen espectacular en la cual el aire se curvaba a causa de los cambios de temperatura haciendo que todo se desenfocase mientras los torbellinos de fuego se ladeaban en un baile imposible alrededor de una loma que se empezó a hundir por momentos.
Hubo una explosión de polvo y tres dardos zumbaron por el aire hasta clavarse a los pies de Eirian. El segundo que perdió el chico en mirar hacia abajo fue suficiente para perder de vista la enorme figura que surgió de la tierra envuelta en una nube de polvo y fuego. Una cola gruesa le golpeó en las piernas lanzándolo al suelo. Pronto sintió un peso brutal sobre el pecho y cinco garras clavándose en el costado. Un aliento fétido a azufre inundo el ambiente e hizo toser a Eirian provocando una risa burlona y ronca.
—Un apetecible aperitivo. —Eirian sintió que le iba a estallar la cabeza cuando empezó a escuchar a la bestia que le retenía. Vio como el cielo se oscurecía y tronaba a lo lejos en señal de protesta.
—Si intentas comerme te provocare una indigestión de tal calibre que te pasaras seis meses sin poder sentarte. —amenazó sin muchas esperanzas, Eirian, pero contra todo pronostico la zarpa dejo de presionarle y desapareció en una nube de humo.
El chico aprovecho para levantarse varita en mano y apuntar a su agresor mientras se apretaba el pecho con una mueca de dolor.
—¿Quién te ha enseñado mi idioma?— esta vez el dolor fue menor pero aun sentía una presión pulsante en la base del cráneo. A lo lejos se volvían a escuchar truenos con tanta intensidad que parecía que el cielo se partía por la mitad.
—La pregunta sería quien te enseño a ti a hablar en inglés con ese nefasto acento escocés. —masculló Eirian temiendo que si mostraba alguna debilidad la curiosidad de aquel ser oculto en el humo se deshiciera y le entrará el apetito de nuevo.
—¿Ingles? —inquirió con un deje de burla. —Oh, no me digas que sigues con la tontería aun.
Eirian notó como algo tiraba de él en el interior de su mente y pasaba a su lado para ponerse al frente. Dejo de sentir su cuerpo. Era como estar prisionero de su propio cuerpo. Pero el pánico no tardó en desaparecer cuando el humo se asentó de golpe como si una fuerza invisible hubiera aplastado el aire.
Una serpiente de más de cuarenta metros le siseaba curiosa, ladeando la cabeza para poder mirarle con sus ojos verde jaspeado. Sus escamas de un rojo intenso se movían cambiando de tonalidad como si fuera un mural viviente. Sobre el lomo dos alas que triplicaban la longitud de la bestia se plegaban sobre su cuerpo como una túnica. A diez metros de la cabeza surgían dos brazos del tamaño de las patas de un elefante provistas de afiladas garras.
Su lengua bífida siseó olisqueando el ambiente con una expresión parecida a una sonrisa aunque costaba asegurarlo con aquella cabeza en forma de flecha desprovista de labios carnosos. El cuerpo de Eirian controlado por la voz avanzó hacia aquel ser sin ningún tipo de temor.
—Se supone que este milenio te tocaba dormir. —la voz ronca y la carraspera alteraron la voz juvenil de Eirian por una más potente e intimidatoria.
—Se supone que no tienes permitido salir de esa islucha. —escupió con rabia aquel ofidio con infulas de murciélago. Abrió la boca sin labios mostrando una hilera de colmillos huecos que goteaban una sustancia viscosa de color verde intenso.
—Deberías cepillarte los dientes Sugaar. Y de paso ejercitar la memoria, esa prohibición venció el día que Adriano murió. —Eirian daba vueltas alrededor de la serpiente sin prestarle más atención de lo estrictamente necesario. —¿Sugaar? ¿Será una broma? —exclamó Eirian divertido tomando el control por unos segundos.
—Prefería a Meridio, él sabía guardar silencio en nuestra presencia. —siseó Sugaar acercándose peligrosamente a Eirian pero chocando contra un escudo cuando estaba a escasos centímetros de él.
—La juventud de hoy en día no son soldados, Sugaar. Tampoco princesas virgenes a las que te puedes comer. —recordó con cierto tono recriminador.
—¿Me acusas de ser un salvaje por comerme unas pocas princesas? ¿Quién fue el genio que provocó que el Emperador Adriano levantara un muro a lo largo de Inglaterra? Te opusiste a los Durmientes y a todo el Imperio Romano en aquella isla y provocaste más de una urticaria. —contestó Sugaar enroscándose sobre si mismo para mirar desde arriba a su invitado.
—No podía evitar meterme donde no me llamaban, es una mala costumbre y estoy demasiado viejo para cambiarla. —comentó sin darle mucha importancia. Eirian desde su prisión mental veía como aquella conversación estaba haciendo temblar todo el ambiente. Veía nubes de tormenta sacudirse con las descargas eléctricas de mil rayos con cada palabra que pronunciaban Sugaar y la voz que usaba sus labios como propios.
—Algo que veo no has cambiado. Se te encomendó una tarea sencilla, mantenerte en las sombras de las sociedades y lo primero que haces es quemar mi bosque. —se quejó Sugaar escupiendo la suelo que empezó a burbujear y a surgir una enredadera.
—Tengo permitido usar parte de mi poder si veo que pueden abusar de él. —se escudó la voz con una mirada severa haciendo que la enredadera cubriera todo el terreno quemado. —Y tú eres precisamente el menos indicado para llamarme llamativo. Al menos yo no voy por medio País Vasco como una serpiente voladora.
—No soy tan estúpido para fijarme a un huésped humano como tú. Además soy el protector de este bosque y sus cuevas. Debo protegerlas.
—Siendo una serpiente de cuarenta metros... Me marchó Sugaar pero ya que estas despierto déjame advertirte.
—¿Es una amenaza? —preguntó la serpiente erizando las escamas y mostrando los colmillos con un siseo agudo y penetrante.
—Una advertencia. Me caes mal pero sigues siendo un negari y no puedo permitir que ninguno caiga en malas manos. —respondió Eirian visiblemente preocupado.
—Nadie sabe de nuestra existencia. Sabes que todo el que la conoce muere por la maldición.
—Esa maldición tiene dos mil años, se ha deteriorado y tiene fisuras. Ten esto presente Sugaar estamos ante algo que puede destruirnos.
—Siempre has sido un paranoico, sobrestimas a tus humanos.
—Tú los subestimas, algunos están llegando a niveles de catarsis pura.
—Imposible. —espetó contrariado con un bufido.
—Svetlana. —Al pronunciar ese nombre Sugaar se desenrosco y se alejó con un espasmo.
—¡Eso fue un caso completamente aislado! —exclamó airado Sugaar alejándose de Eirian. —No te quiero volver a ver en mi territorio. La próxima vez te matare. —amenazó Sugaar hundiéndose entre las enredaderas hasta desaparecer.
—Es un poco arisco. —comentó Eirian mirando el suelo donde se había enterrado la serpiente.
—Nunca nos hemos llevado bien, es demasiado humano para mi gusto y lo gracioso es que los odia precisamente por eso. —explicó la voz haciendose corporea de nuevo en forma de sombra blanca.
—Tienes amigos muy extraños. Has dicho que nos vamos. ¿A donde? ¿Nepal? ¿La Luna? ¿El Infierno de Dante? Conociéndote no puede ser un sitio agradable. —preguntó divertido Eirian mientras caminaba por encima de los troncos.
—Primero iremos a Vizcaya, tengo que hacer unas cosas allí. Luego volveremos a casa. —respondió la sombra sobrevolando su cabeza hasta posarse delante de él.
—Genial. Voy a perder otro día de mi vida, ¿verdad? —masculló Eirian deteniéndose.
—Estarán bloqueados hasta que convenga que puedas necesitar la información. De momento cada vez que necesite tu cuerpo guardare estos recuerdos a buen recaudo. —indicó desapareciendo.
—Al menos podrías decirme un nombre por el que te llamarte en público ya que tengo prohibido llamarte Smaug, vete a saber porque.
—Llámame Segador, es como me llamaban hace unos años. Ahora te haré dormir. —Eirian sintió de nuevo como todo su ser se volvía inexistente. Cada centímetro de su cuerpo apagándose hasta quedar envuelto en las sombras. De vuelta a lo más oculto de su cerebro donde habitaba Segador cuando no se le necesitaba. El proceso no duraba mucho y pronto el cuerpo adolescente de Eirian era controlado por su otra personalidad. —Espero que no necesites nunca acceder a estos recuerdos. —comentó mientras visualizaba el lugar al que debía ir pensando en los peligros que aguardaban. Una llamarada le cubrió el cuerpo y este se desintegró en un millón de ascuas que se elevaron en un remolino hasta confundirse en la distancia.
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Cae y rueda por el suelo. Esta mareado y le cuesta ponerse en pie mientras se sacude la ceniza de su túnica. Mira a su alrededor y entonces una mirada azul intenso le atraviesa. Casi siente que se va a derretir. Quiere bajar la mirada y escabullirse de allí pero no puede. Siente que si la aparta aquellos ojos lo destruirán. Traga ruidosamente y sus manos comienzan a juguetear. Se escucha un croar y un borrón verde salta del bolsillo de Neville. Sus ojos se abren como platos al ver a su sapo saltar hasta la mesa del director y luego agarrarse a la barba plateada. Quiere que la tierra se lo trague o volver a su casa. Quiere abrazar a su madre.
El director sonríe y Neville respira tranquilo mientras le ve juguetear con su sapo antes de devolvérselo. Neville corre para volver a guardarlo en el bolsillo y no tentar más la paciencia de Dumbledore. El director da la vuelta al escritorio y se agacha frente a él colocando la mano sobre el hombro.
— Tranquilo Neville. No hay motivo para ponerse nervioso. Bienvenido a Hogwarts. — Dice con afabilidad el anciano. — Sé que esto debe ser difícil después de vivir toda tu vida en casa con tus padres, pero trataremos de que sea la mejor experiencia posible. Asegurándonos de que no corres ningún peligro. ¿Estás listo para tu selección?
— Si, señor. —respondió Neville con la voz temblorosa y con las manos en el bolsillo para evitar que Trevor volviera a intentar escabullirse.
Dumbledore se levantó con lentitud y apoyando su mano sobre el hombro de Neville le llevó a la puerta del despacho. El chico aun tuvo tiempo de girarse ante un murmullo bajo y agradable que provenía del fondo de la sala. Una enorme ave de colores brillantes y porte señorial le miraba con curiosidad. Su pico arqueado se abrió emitiendo un gorjeo a modo de saludo mientras extendía las alas y se inclinaba hacia delante en una reverencia hacia el pequeño Neville.
El anciano director se dio cuenta de lo que sucedía a sus espaldas y se detuvo con una sonrisa. Se colocó las gafas de media luna y extendió el brazo en dirección al pájaro escarlata.
—Neville, te presentó a mi ave Fénix. Fawkes. Un ser mágico sin igual, su canto da fuerza y esperanzas a aquellos puros de corazón e infunde el miedo en los impuros. Tiene facultades muy curiosas. Puede cargar con pesos varias veces superiores al suyo, sus lágrimas son curativas, además sus plumas, si las concede voluntariamente, son el material más poderoso para la construcción de núcleos de varitas. Y su facultad más conocida, cuando ven que llega su momento estallan en llamas y renacen de sus cenizas. Aves nobles y grandes compañeros si son tratados de forma cordial. —explicó Dumbledore. Fawkes miró a su dueño y luego a Neville. Inclinó la cabeza a modo de despedida antes de ponerse a picotear sus plumas para limpiarlas.
—Es muy bonito. —dijo Neville volviendo a andar y abriendo la puerta. Pudo escuchar un arrullo suave tras él, iba a darse la vuelta pero tuvo que agarrarse como pudo a la pared por no ver las escaleras que le aguardaban.
—Cuidado, Neville. Estas escaleras no tienen escalones falsos pero aun así pueden llegar a resbalar si no prestas atención. —le advirtió Dumbledore con afabilidad bajando tras él. — Fawkes te agradece el cumplido pero la próxima vez mira lo que tienes delante antes de andar. Lo que nos depara el futuro es más importante que lo que dejamos en el pasado.
—Lo siento.
—No lo sientas, cometer errores es parte importante de tu educación. Debes aprender de ellos tanto como de tus profesores. Es más fácil recordar los peligros del fuego si antes te has quemado. —explicó Dumbledore mientras conducía a Neville por pasillos alumbrados por antorchas y decorados con cientos de cuadros que murmuraban a su paso y decenas de armaduras que parecían mirarles.
—¿Puedo preguntarle una cosa? —preguntó Neville mirando hacia arriba tratando de mirar a la cara de Dumbledore que era demasiado alto para que Neville pudiera hablar con él de forma cómoda.
—Por supuesto. —alentó Dumbledore con cierta curiosidad.
—¿Por qué vino en persona a mi casa? Mi abuela me explicó que a los magos solo se les envía la carta, son los nacido de padres muggles los que reciben la visita del subdirector para explicar la situación. —afirmó Neville recordando la visita de Dumbledore durante el verano y tratando de obviar el miedo que sintió ese día.
—Tu madre no estaba segura de que vinieras. Estás en peligro, en realidad todos estamos un poco en peligro, y la postura de tu madre es lógica. Tu padre tampoco lo tenía claro. Ambos han pasado por mucho durante los últimos años, te han protegido toda tu vida. Se les hace difícil separarse de ti. Por eso necesitaba hablar con ellos en persona. Hogwarts es el lugar más seguro a día de hoy. Y mientras quede un solo profesor entre sus muros ningún alumno sufrirá daño alguno. Es algo que tenía que recordarles a tus padres. Era esencial que asistieras a tus cursos en Hogwarts —respondió Dumbledore señalando a Neville para que bajara por unas escaleras anchas que daban a una enorme sala abovedada. A lo lejos se veía un portón con un grupo de niños y un adulto que los reunía a su alrededor.
—Creía que se podía enseñar magia en casa, podría haber seguido allí ¿No? —preguntó Neville al no entender porque tenía tanta importancia que asistiera al colegio.
—Cierto, pero Neville, no podemos negarte algo esencial en el crecimiento de todo niño. Enseñarte y educarte es importante pero no es lo esencial. —Neville le miró con cara de no comprender. —Asistir a Hogwarts no solo te enseñara a manejar tu varita, a crear pociones, transformarte o volar en escoba. Te enseñara algo muy importante. Te enseñara a querer, te enseñara cosas como el valor, el compañerismo, la lealtad y la confianza. Y no lo aprenderás de un profesor o de un libro. Lo aprenderás de tus amigos.
—¿Amigos?
—Si he insistido tanto en que asistas a este curso es para que tengas amigos. Lo indispensable en esta vida es sentir amor, querer a alguien y que ese alguien te quiera. Tú quieres a tus padres y a tus abuelos, pero no has aprendido a querer de otras formas. No tienes un mejor amigo por el que harías cualquier cosa ni alguien especial por el que saltar al vació. Eso es lo que tendrás que descubrir a partir de aquí. —Dumbledore se detuvo y miró fijamente a Neville, el chico sintió de nuevo como si viera hasta sus más íntimos pensamientos. —Ve con el grupo, yo tengo que entrar por otro lado. Y recuerda lo que te he dicho.
—Lo recordare, señor. —dijo Neville no muy convencido de poder guardar todo lo que le había explicado el director. Se quedo unos segundos quieto mientras veía desaparecer tras una esquina a Dumbledore, antes de darse la vuelta y correr hacia el grupo de niños. Nadie le vio acercarse salvo la mujer que estaba al frente de los niños, una mujer de rostro severo, pelo negro y túnica verde. Era alta pero a Neville lo que más respeto le imponía de aquella mujer eran sus ojos, no era alguien a quien se debía enfadar.
—Ya estamos todos, Bienvenidos a Hogwarts. Ahora, en un momento pasarán a través de estas puertas, y se unirán a sus compañeros de clase. —comenzó la mujer señalando los portones que había visto Neville desde las escaleras. Sacó su varita y dio un ligero toque a las puertas haciendo que estas giraran sobre los goznes y se abrieran lentamente mostrando una sala aun mayor.
Neville pudo ver cuatro largas mesas llenas de alumnos, cada mesa de una casa como pudo comprobar por los colores de los uniformes de cada alumnos. Al fondo una quinta mesa colocada perpendicular a las otras cuatro daba asiento a todos los profesores del colegio. En el centro de dicha mesa un podio custodiado por un búho de bronce con las alas extendidas y delante de este una silla de madera con un viejo sombrero deshilachado y cubierto de remiendos.
Neville se quedó maravillado cuando alzó la cabeza y vio el cielo estrellado sobre él. El techo había sido hechizado para mostrar lo que había en el exterior pero dejaba entrever, como si de nubes de realidad se trataran, el verdadero techo que no hacía sino reavivar la sensación de maravilla de aquella fastuosa visión. Y cientos de velas flotantes hacían compañía a las lejanas luces de las estrellas. Neville no tenía dudas, Hogwarts era un lugar más impresionante y maravilloso de lo que podría haber imaginado y tan solo estaba viendo el Gran Comedor.
Pero pronto tuvo que bajar la mirada cuando chocó contra un compañero. Habían llegado casi al final de la sala. Las mesas de los alumnos les daba la espalda y delante de ellos se encontraban los profesores. La mujer que les guiaba subió un par de escalones desenrollando un pergamino y colocándose al lado de la silla de madera.
—La Clasificación de Las Casas es una ceremonia muy importante porque, mientras estén aquí, su casa será como su Familia en Hogwarts. Tendrán clases con el resto de su casa, dormirán en el dormitorio de su Casa y pasarán su tiempo libre en la Sala Común de su casa —comenzó la mujer mirando a todos los alumnos sin pararse en ninguno. —Ahora se os llamará por orden para vuestra selección. Una vez tengáis vuestra casa asignada bajaréis y os uniréis a vuestros compañeros. La selección la llevara a cabo el Sombrero Seleccionador.
Al decir las últimas palabras el sombrero empezó a moverse. Unos pliegues de la tela, haciendo la misión de labios, comenzaron a moverse. Entonaban una canción o rima, Neville no sabría precisar.
"Oh, podrás pensar que no soy bonito,
Pero no juzgues por lo que ves.
Me comeré a mí mismo si puedes encontrar
Un sombrero más inteligente que yo.
Puedes tener bombines negros,
Sombreros altos y elegantes.
Pero yo soy el Sombrero Seleccionador de Hogwarts
Y puedo superar a todos.
No hay nada escondido en tu cabeza
Que el Sombrero Seleccionador no pueda ver.
Así que pruébame y te diré Dónde debes estar.
Puedes pertenecer a Gryffindor,
Donde habitan los valientes.
Su osadía, temple y caballerosidad
Ponen aparte a los de Gryffindor.
Puedes pertenecer a Hufflepuff,
Donde son justos y leales.
Esos perseverantes Hufflepuff
De verdad no temen el trabajo pesado.
O tal vez a la antigua sabiduría de Ravenclaw,
Si tienes una mente dispuesta,
Porque los de inteligencia y erudición
Siempre encontrarán allí a sus semejantes.
O tal vez en Slytherin Harás tus verdaderos amigos.
Esa gente astuta utiliza cualquier medio
Para lograr sus fines.
¡Así que pruébame! ¡No tengas miedo!
¡Y no recibirás una bofetada!
Estás en buenas manos (aunque yo no las tenga).
Porque soy el Sombrero Pensante."
Al concluir pareció hincharse y mirar a la profesora que tenía a su lado que lo tomó con una mano mientras leía el pergamino con la otra. Neville comenzó a sentir un vacío en el estomago cuando empezó a pensar que cuando dijeran su nombre no solo tendría que subir y ponerse frente a todo el colegio, también tendría que ver como reconocían su nombre. Los nervios empezaron a aturdirle los sentidos y apenas prestaba atención a lo que sucedía a su alrededor donde casi todos los alumnos de primer año tenían su misma expresión de terrible nerviosismo.
—Hannah Abbot —comenzó la profesora. Una niña de cabello rubio subió lentamente mirando alternativamente a la silla y a la profesora. Cuando se sentó apenas el sombrero rozó el sombrero su cabeza y prorrumpió con sonoridad la casa elegida.
—Hufflepuff. —Hannah bajó rápidamente y se sentó en el primer asiento libre que vio en la mesa de su casa entre estruendosos aplausos.
Luego se sucedieron los nombres sin que Neville prestara mucha atención, solo quería postergar lo máximo posible su nombre, pero cada vez estaban más cerca y los alumnos cada vez eran menos. Entonces todos los nervios quedaron acallados de golpe cuando Neville vio una cabellera castaña que parecía más la melena de un león que de una niña. Reconocía de otra ocasión ese pelo tan estrafalario. Maldijo su suerte no haber prestado atención al nombre pero no tenía dudas, era la misma chica que vio en el callejón Diagon, casi olvida que estaba en la Selección y sube a presentarse.
—Gryffindor. —exclamó el sombrero y la chica bajo con una sonrisa hacia su mesa. Neville la siguió con la mirada sin saber muy bien porque no podía dejar de verla. Neville escuchó de fondo otros nombres pero solo pensaba en como presentarse, quería que fuera su amiga.
—Neville Longbottom. —El jolgorio que había sido el Gran Comedor, aplausos, gritos y vitores quedaron silenciados de golpe. Neville tragó saliva y subió lentamente los dos escalones. Escuchaba sus zapatos sobre el suelo de madera a medida que sus pasos le llevaban hasta la silla. Notaba en la nuca todas y cada una de las miradas de los alumnos. Todo lo que había imaginado Neville se quedaba corto ante tal silencio.
Notó como la profesora posaba el sombrero sobre su cabeza y algo cálido inundo su mente, como si estuviera dándose un baño de burbujas.
—Longbottom, interesante muy interesante. Llevaba años queriendo saber donde acabarías. Sin duda tienes aptitudes para ser un gran Hufflepuff pero no eres solo lealtad. Veo otras cualidades que pareces no haber descubierto. —murmuraba el sombrero, Neville no sabía si hablaba solo en su cabeza o lo estaba oyendo todo el mundo solo sabía que no podía ver a nadie con el sombrero puesto y era suficiente alivio. —No sientas tanto miedo. El miedo es importante pero aquí no debes temer. Creó que serás un gran Gryffindor.
—¿Cómo lo seré si tengo tanto miedo como dices? —pensó Neville nervioso. Por un lado quería ir a Gryffindor, toda su familia había asistido a esa casa, incluso la chica que quería conocer había acabado en ella pero por otro lado no tenía las cualidades que tanto ansiaba un Gryffindor.
—¿De qué sirve el valor sin miedo? —preguntó el Sombrero sin esperar una respuesta. —¡Gryffindor! —anunció. Neville notó como le quitaba el sombrero. Estuvo unos instantes sin moverse, la repentina luz le había cegado y aun no había acabado de comprender lo que acababa de pasar, pero al oír el próximo nombre de la lista se levantó y caminó lo más rápido posible hacia su nueva mesa.
Buscó con la mirada un sitió libre pero no hizo falta, los alumnos se hicieron a un lado dejándole demasiado espacio para sentarse. Le miraban de reojo pero no se atrevían a acercarse. Neville se dejo caer en el asiento, apoyó los brazos en la mesa y bajo la mirada deseando que aquella situación durase lo menos posible. Ni siquiera presto atención a los alumnos que quedaban por seleccionar. Como si estuviera muy lejos escuchó nombres como Harry Potter, Draco Malfoy, Pansy Parkinson, Ron Weasley,... Nombres que a Neville no le decían nada pero que parecían levantar suficiente expectación como para que la gente que le rodeaba empezara a prestarles más atención a ellos que a él.
"¿Qué era la valentía sin miedo?"
Eso le había preguntado el sombrero antes de asignarle su casa, Neville no acababa de entender a que se refería. Los valientes nunca sentían miedo, Neville sabía eso, lo había leído en muchos cuentos de la biblioteca de la mansión así que no comprendía como el Sombrero Seleccionador podía designarle a Gryffindor cuando estaba muerto de miedo. Sin duda se había equivocado. Neville Longbottom no era un león.
El chico siguió cavilando y hundiéndose en sus pensamientos sin darse cuenta de como una muchacha de cabello castaño le miraba desde el otro lado de la mesa con una expresión de profunda compasión. Tampoco vio como le miraba un grupo de chicos desde la mesa de enfrente, un chico rubio le miraba con una expresión hueca mientras sus compañeros le miraban con odio.
El primer día de Neville en Hogwarts, el segundo día en el mundo mágico, y no parecía alentarle a continuar, pero el tiempo le demostraría que el Sombrero tenía un motivo para enviarle a la casa de los valientes. Todo tiene un porque.
