Feliciano estaba ya sin aliento cuando llegó al pueblo. Se precipitó por la puerta de la Cantina Verde, ignorando las molestas miradas del personal. Se dirigió al cuarto posterior pero Lovino estaba parado frente a la puerta ligeramente abierta y agarró a Feliciano para impedirle la entrada. "¿Dónde demonios estabas? Tuve que mentirle al abuelo y… ¿Has estado llorando?"
Feliciano murmuró con urgencia. "Debo hablar con el abuelo, los americanos están aquí."
Lovino lo miró sorprendido. "¿Cómo es que sabes...?" sus ojos se abrieron con entendimiento. "Estuviste con él." Lo acusó.
"!No le dije nada, Lovino! Sólo quería verlo, yo…"
"Calla, Feliciano. No quiero escuchar esto. Hablaremos después." Sus palabras eran una amenaza. Feliciano se obligó a mantenerse en silencio y escuchar a Roma y Antonio, a través de la puerta, hablando en el otro cuarto.
"Quizás no sea quien piensas," dijo Roma. "Quizás es un nombre alemán común."
"No es tan común." Antonio suspiró pesadamente. "No puedo creerlo. De todos los putos lugares del mundo donde los alemanes están luchando en este instante."
"¿Eras amigo de ese alemán?"
"De su hermano. Se suponía que iríamos a la universidad juntos, en Inglaterra, nosotros y un amigo francés nuestro. Pero entonces la guerra empezó y ambos se unieron a la milicia. He intentado seguirles el paso con los años, pero ha sido difícil, aun para mí. Mi amigo francés es básicamente indetectable. Siempre moviéndose, ya que es Capitán en la inteligencia francesa. Y lo último que oí del alemán fue algún tipo de escándalo sobre un músico austriaco. Fue sentenciado a la unidad de penitencia de la frontera más al este. Lo más probable es que ya esté muerto."
"Y su hermano está en esta lista."
"Correcto. La última vez que lo vi era sólo un niño, callado y algo serio, pero ya parecía un tanque. Pero es una de las personas más honorables y decentes que he conocido." Feliciano sonrió tristemente. Era bueno saber que Antonio entendía que los alemanes también eran seres humanos. El hermano de su amigo incluso sonaba como Ludwig.
Roma pausó por un segundo. "Antonio, espero que sepas…"
Antonio no lo dejó terminar. "Es una lástima, pero no hay nada que hacer. Se para quien va mi lealtad."
"Tu lealtad. Debo admitir que últimamente me he estado preguntando, Antonio, si tal vez mi nieto tiene algo que ver en eso."
El cuarto se quedó en silencio. Feliciano miró a Lovino, quien sólo observaba estupefacto, al pie de la puerta. Antonio respondió finalmente. "Roma…"
"No soy estúpido, Antonio. Ha sido obvio por un buen tiempo que tienes sentimientos por Lovino. Demasiado obvio."
Los ojos de Lovino se expandieron como platos y se agarraba fuertemente del marco de la puerta. Feliciano intentó pensar en algo que decir. "Lovino…"
"Calla." Susurró Lovino.
"Roma," dijo Antonio de nuevo. "Sabes que yo nunca…"
"No tengo nada en contra de tus preferencias, amigo, por todo lo que me concierne cada hombre es dueño de sus asuntos. Pero a veces pasas por alto lo que es obvio, así que lo diré en claro. Lovino evidentemente no te corresponde. Tienes que aceptarlo y continuar." Lovino cerró sus ojos e inclinó su frente sobre la puerta. "Lo lamento. Esto no es de lo que hablábamos, pero sentí que debía decirlo."
"Suena correcto. Y yo siento que es necesario decir que mi lealtad siempre ha estado a favor de una Italia libre, y con cualquier grupo que se oponga al movimiento fascista alemán. No olvides lo que me trajo aquí, Roma, o las razones por las cuales elegí luchar por un país que no es el mío. Y ninguna de mis relaciones personales tiene que ver con eso. Ni mi amistad con oficiales alemanes ni mis sentimientos hacia tu nieto. Y ya que estamos en esto, Lovino es un hombre adulto, capaz de tomar sus propias decisiones. Y lo mismo va con Feliciano. No son los niños que crees que son."
Feliciano intentó no hacer ruido. Lovino lucía en shock igual que él. La gente no le hablaba al abuelo así. Esperó ansioso su respuesta, pero no hubo. Al contrario, Antonio siguió hablando.
"Pero tienes razón, Roma. Esto no es de lo que estábamos hablando. En vista de los planes actuales, esperemos que este estúpido error americano no arruine mucho las cosas. Parece como si nuestra mejor oportunidad aun fuera en la mañana del miércoles, pero podemos discutir eso mejor durante la reunión. Feliciano, Lovino, ¿van a entrar o se van a quedar escuchando atrás de la puerta toda la mañana?"
Feliciano y Lovino se miraron el uno al otro, sorprendidos, pero Lovino recuperó la compostura rápido y empujó la puerta. "No te creas el listo, bastardo. Acabo de llegar hace diez segundos. Ah, y en caso de que te interese, aparentemente los primeros Mustangs ya llegaron. Pensé que no lo harían hasta el miércoles." Lovino se reclinó contra una mesa, evitando mirar en la dirección de Antonio, aunque de una manera muy obvia. Antonio le dedicó una sonrisa breve, para después correr una exhausta mano entre sus cabellos y darse la vuelta.
Feliciano siguió a Lovino despacio, entrando a la habitación, un poco confundido. Estaba seguro de no haber mencionado nada sobre los Mustangs… Roma retiró su mirada de Antonio y sonrió animadamente, reclinándose contra su silla atrás del escritorio. Tanto Roma como Antonio parecían no haber dormido en días.
"Buenos días, chicos. Cierto, Lovino, parece que los americanos siempre arruinan nuestros planes incluso antes de que comiencen."
"¿Pero ya aterrizaron los americanos?" preguntó Feliciano en shock y confusión. "¿Sabían que ya habían llegado? ¿Qué están haciendo aquí? ¿Qué significa?"
"La fuerza principal aún no ha aterrizado," dijo Antonio. "Roma explicará todo en la reunión."
"Feliciano no sabe de estas cosas," dijo Roma, mirando a Antonio seriamente. "No debería saber de estas cosas." Roma dejó unos cuantos papeles sobre la mesa. "Es más, Feliciano, ¿por qué no vas a la tienda hoy?"
Feliciano negó con la cabeza vigorosamente y retrocedió varios pasos, temeroso de que Roma lo obligara a irse. Él tenía que escuchar esto, tenía que escuchar sobre estos planes que envolvían planes y aterrizajes y americanos. Tenía que oír lo que eso significaba para él y para Ludwig. "Creo que mejor me quedaré hoy a la reunión, abuelo."
Roma lucía inseguro. "No creo que eso sea una buena idea. No olvides como te afectó la conversación de anoche."
"Quiero escuchar." Feliciano alzó su barbilla desafiante, aun cuando retrocedió un paso más. No quería una discusión por esto. "No me alteraré esta vez. En serio. Ya no soy un niño, abuelo. Tengo derecho a oír lo que planean, y además estaré bien, lo prometo."
Roma se puso de pie y Feliciano temió su respuesta. "Mira, Feli…"
Antonio tosió fuertemente y se cruzó de brazos. "¿Así que está bien que Feliciano arriesgue su vida trayéndonos esta información, pero no se le permite saber cómo vamos a usarla?"
Roma le echó una mirada asesina a Antonio. "No te atrevas a decirme como hablarle a mi nieto, Antonio. Esto no es asunto tuyo."
"Feli," dijo Lovino suavemente. "Quizás el abuelo tenga razón. No tienes que oír esto." Feliciano volteó a verlo suspicazmente. Lovino nunca había sugerido que abandonara una reunión antes.
En ese momento, tres miembros de la resistencia entraron por la puerta y saludaron a Roma a voz en cuello. Feliciano aprovechó la distracción para ir hasta el fondo de la habitación y tomar asiento. Se sentía mareado, con nauseas. Sus manos temblaban. Nunca se había sentido tan nervioso en su vida. Pero nada lo haría irse. Por suerte, Roma pronto se encontró muy ocupado, saludando a los recién llegados y ya no le prestaba atención. Más gente se unió a ellos y la habitación se llenó rápidamente. Todos eran ruidosos y hablaban de una manera extrañamente animada. Lovino a cada rato le echaba una mirada consternada, pero Feliciano ignoraba todo. Su mente no estaba ahí. Aun podía sentir los brazos de Ludwig a su alrededor, sus labios contra los propios. Aun podía sentirlo, y respirarlo y escuchar el dolor en su voz cuando dijo adiós.
Feliciano tragó pesadamente. Estaba sentado, esperando y rezando, pensando solamente en Ludwig. Estaba sentado, esperando oír lo que esos devastadores aviones americanos realmente significaban.
Las primeras palabras de Roma entraban por un oído y salían por el otro. Era la típica charla de los movimientos alemanes y estimaciones y vigilancias y cosas que Feliciano nunca entendía. Fue cuando mencionó a los americanos que Feliciano realmente comenzó a escuchar.
"Así que, muchos de ustedes ya habrán notado a los Mustangs sobrevolando esta mañana." Sus palabras fueron recibidas por murmullos de asentimiento y curiosidad. El pulso de Feliciano aceleró. "Bien, pues nosotros apostamos a que los alemanes ya los habrán visto también. Lo cual no era esperado. Parece que un grupo de pilotos americanos se desvió del rumbo en uno de sus vuelos de reconocimiento, y uno de ellos, el piloto más joven aparentemente, pensó que sería divertido tirar un explosivo en un campo vacío." Roma descolgó un mapa de la pared y lo puso sobre la mesa. "La explosión ocurrió justo aquí…" Dijo apuntando el mapa. Algunos de los presentes se reclinaron para ver mejor. "A sólo pocas millas de la base alemana."
"¿Y en que afecta eso nuestra misión del miércoles?" preguntó uno de los hombres. Feliciano se sentía a punto de vomitar. Esto sonaba mal… "¿No se suponía que sería un ataque sorpresa?"
"La afecta, y mucho. Quiere decir que los alemanes ya saben que los americanos están sobrevolando el área." Roma empezó a caminar por el cuarto mientras hablaba. Sus palabras, resonantes como siempre, captaban toda la atención. "Necesitamos encontrar un solución rápido para arreglar este estúpido error de los americanos. Los alemanes no puedes saber de los aterrizajes, ya que los americanos se confían del factor sorpresa. Tenemos que asegurarnos que siga siendo así. Silvano, te necesitamos para que te infiltres en la frecuencia de radio de los alemanes y envíes un reporte falso al aire. Te daré los detalles en seguida. Y Matteo, Antonio te dará una información falsa para que le des a los mandos superiores, haciéndoles creer que los americanos aún están muy ocupados en Francia como para andar por Italia." Roma hizo una pausa y observó la habitación. Feliciano intentó pasar desapercibido. "Convencer a los alemanes de que los americanos no están atacando es de vital importancia para nuestra misión. Si saben de los aterrizajes, todo lo que hemos planeado por meses será de nada."
Feliciano sintió el pánico crecer lentamente en su pecho. No podía entender completamente todo lo que Roma hablaba. Y quería desesperadamente preguntar que era todo aquello, pero no quería atraer la atención sobre él. Jugaba con sus dedos nerviosos y escuchaba con ansias, pendiente de cada palabra que decía Roma.
"Suponiendo que todo sale de acuerdo al plan y los alemanes siguen sin conocer de la pronta invasión, el resto del plan debería salir a la perfección, como establecido. Una reunión ha sido preparada para pasado mañana –el día del aterrizaje. Antonio tiene agentes trabajando, los cuales se encargaran de que la reunión se lleve a cabo. Gracias a mi pequeño Feliciano, fuimos capaces de adquirir esta información para los americanos." Roma sujetó en alto una hoja de papel. Feliciano la observó, sintiendo nauseas, queriendo morir. Él sabía de donde había venido esa información. Del sobre que le habían dado en el café alemán. "Esta… es una lista de los más importantes hombres de la fuerza aérea alemana en el área. Estos hombres son blancos primordiales. Oficiales de alto rango, oficiales que serán ascendidos, y los mejores pilotos. Todos ellos deben eliminados para asegurar el éxito del ataque aéreo de los yankees en las bases alemanas en Italia. Todos los hombres de esta lista asistirán a la reunión del miércoles por la mañana."
Roma arrojó la lista sobre el escritorio y continuó dando vueltas por la habitación. El papel obtuvo la atención de Feliciano inmediatamente, como un magneto. Las palabras de Roma desaparecieron en el fondo y pronto ese papel era lo único que existía. Sin pensar, Feliciano se puso de pie y lentamente se acercó al escritorio. Se sentía como si estuviera caminando en un sueño, con su sangre latiéndole en los oídos, y su mente congelada porque no podía dar crédito a sus ojos. Cuando al fin llegó al escritorio, Feliciano miró el papel encima de este. Uno sobresalía, por encima de todos los demás. Una lista de nombres ocupaba todo el extensor de la hoja y Feliciano los leyó, rehusándose a admitir lo que estaba viendo. Aun cuando sintió que se desmayaría en cualquier instante, aun cuando sentía el temor apoderarse de sus venas. Las palabras y los nombres y las letras comenzaron a mezclarse todas juntas, como un remolino, y entonces se detuvo. Todo se detuvo. Feliciano perdió noción del espacio, sintió su corazón hacerse pequeño, sintió como su mundo se desmoronaba. Sintió todo el mundo aprisionándolo, como dos paredes que se cierran a su alrededor, hasta que al final lo único que existía era esa hoja de papel, esa lista, esas letras y las tres palabras que escribían.
Teniente Ludwig Beilschmidt.
Feliciano observó las palabras hasta que ya no podía distinguirlas más. Cuando al fin alzó los ojos, confundido, y sorprendido, y paralizado y hecho trozos, lo primero que vio fue a Lovino, devolviéndole la mirada, aprehendiéndole con los ojos. La mirada de Lovino de volvió a la lista sobre el escritorio, al abuelo Roma, y finalmente a Feliciano, antes de abrir los ojos incrédulo pero entendiendo. Se llevó la mano a la boca, horrorizado. Feliciano no sabía qué hacer. A penas podía entender cómo se sentía. Puso las manos sobre la mesa, inclinándose, y el discurso de su abuelo volvió a tener sentido de nuevo…
"Hemos logrado conseguir la hora y lugar gracias a los americanos. Ellos aterrizarán temprano, sin ningún aviso. Su primer blanco es la fuerza aérea alemana." La visión de Feliciano empezaba a nublarse mientras su abuelo seguía hablando. Sus palabras lo herían como puñales, mientras todo caía en su lugar, y al entender su corazón se rompía, quedando destrozado. "Su objetivo es eliminar a todo el personal que se encuentre en la reunión, así como a todos los pilotos que les sean posibles. El factor sorpresa es la clave, y la mayor parte de pilotos deberá ser asesinada antes de que lleguen a la base. Sera la destrucción de toda la presencia área alemana en el sector…"
"!NO!" la palabra salió de él, alta y horrorizada y devastada, antes de que Feliciano pudiera contenerse. Se cubrió la boca rápidamente pero era muy tarde. Todo el cuarto lo miraba incrédulo
"¿Feliciano?" preguntó Roma finalmente, alarmado.
"No sé… no puedo…" las manos de Feliciano temblaban, su garganta se cerraba y su mente se negaba a trabajar correctamente. "Es decir... es decir…" miró alrededor de la habitación, el silencio acusador lo confundía y aterrorizaba. Se sentía mareado. Roma le echó una mirada preocupada y fue a su encuentro. Antonio lucía preocupado también. Lovino sacudió su cabeza, mirándolo fijamente… como en advertencia, una mortal y seria advertencia. Casi una súplica. Feliciano intentó tragar el terror que no le permitía respirar. "T-tengo que irme…" Corrió hacia la puerta, pero Lovino llegó primero, bloqueándolo.
"No vas a ninguna parte."
"!Déjame ir, Lovino!" gritó Feliciano, intentando abrirse paso. Lovino lo agarró de los armos y lo retuvo.
"!No!"
"!PORFAVOR!" gritó de nuevo, intentando desesperadamente aflojarse del agarre de Lovino.
"Maldición, ¡Sabia que esto pasaría!"
"!Suficiente!" gritó Roma. Feliciano se quedó paralizado al instante. "¿Qué demonios pasa aquí?"
Con el corazón golpeándole el pecho y su cabeza dando vueltas, Feliciano miró a Lovino con ojos suplicantes. "Por favor…" murmuró. "No le digas."
"¿Lovino? ¿Feliciano?" La voz de Roma sonaba preocupada. El cuarto era ahora un montón de murmullos, conversaciones en volumen discreto, llenas de confusión y curiosidad.
El pulso de Feliciano martillaba en su garganta. La habitación empezó a dar vueltas. Ludwig… Tenía que ver a Ludwig. "No le diré a Ludwig del aterrizaje, prometo que no lo haré, yo sólo…. Tengo que verlo, necesito…" Habló de manera tan acelerada que su quedó sin aliento para continuar.
"No es nada, abuelo." Lovino dijo en voz alta. Sus ojos estaban llenos de conflicto. Susurró "¿Al menos sabes dónde queda la base?"
El corazón de Feliciano dio un vuelco y su piel se tornó helada. "No…"
Lovino casi suspiró aliviado, y soltó su agarre. "No seas estúpido, Feliciano. Ni siquiera sabes a donde ir. No hay nada que puedas hacer. "
Feliciano quería gritar. Iba a desplomarse. Sus piernas le temblaban. El ruido y la luz de la cantina eran como trozos de vidrio incrustándose en su cráneo. El suelo debajo de él se sacudió inestablemente. Los americanos iban a aterrizar, iban a bombardear la base aérea. Y él no tenía como llegar a Ludwig… No tenía como avisarle. No tenía como decirle adiós. Un pánico enfermizo sofocó sus pulmones. "Lovino," sus palabras salieron ahogadas; de repente no podía ver, ni pensar, ni respirar. "Lovino, ayuda…" Feliciano se derrumbó, cayó al piso, apoyó su frente sobre el piso frio. Casi de inmediato, escuchó la voz d Roma hablar a su lado.
"Todo está bien, Feli. Sólo respira, sólo respira." Feliciano sintió las manos de Roma sobre su frente. "Todo est´s en orden, sólo te exaltaste una vez más. Ahora siéntate." Roma Lo enderezó y Feliciano se llevó una mano al pecho. La habitacion y todas las personas dentro de ella, parecían condenarlo. Roma miró a Antonio. "¿Ahora ves? !Por esto es que no quiero que él escuche estas cosas!" Feliciano miró a Lovino, rogandole en silencio. Sus ojos se suavizaron, e inmediatamente se arrodilló, pasó un brazo por detrás de Feliciano, y junto con Roma lo ayudaron a levantarse. Feliciano se inclinó hacia Lovino, agradecido, e intentó esconder su rostro de las miradas de la repleta habitación.
"Está cansando, abuelo. Ha estado trabajando duro. Lo llevaré a casa."
Feliciano se recostó en su cama, observando el techo de su dormitorio. Las palabras del abuelo Roma giraban en una espiral infinita alrededor de su cabeza, golpeándolo, rompiendo su mundo hasta hacerlo pedazos. Pasado mañana. Si Ludwig no se encontraba con el mañana, Feliciano nunca lo vería de nuevo. A duras penas sintió las manos de su hermano coger las propias cuando se sentó a su lado sobre el piso. La habitación se veía demasiado oscura para ser la tarde; una tormenta en el horizonte estaba lista para caer. Los truenos sacudían con tanta fuerza las paredes que casi parecían temblar. Por primera vez en su vida, Feliciano no estaba asustado de la tormenta.
"No le dijiste al vuelo." Feliciano dijo con suavidad.
"No." respondió Lovino. "Realmente amas a este alemán."
"Así es." A veces, no era necesario hacer preguntas.
"¿Le habrías dicho del ataque?" Feliciano no respondió. "Feli, él es nuestro enemigo. He lucha para controlarnos, para quitarnos nuestro país."
Feliciano sacudió su cabeza suavemente. "No. El lucha porque su país le dice que lo haga, y él ama su país. Él es un buen hombre, Lovino."
"Es alemán."
"¿Sabes? A pesar de lo que tú y el abuelo piensan, es posible ser ambos." Lovino no respondió, pero apretó la mano de Feliciano, entendiendo. Un trueno acentuó el silencio. "¿Y si Antonio fuera tu enemigo?" Preguntó Feliciano finalmente. "¿No lo amarías aún así?"
"Yo no amo a Antonio." Lovino lo dijo demasiado rápido
"Si lo haces."
Lovino deslizó su pulgar sobre la palma de Feliciano, y entonces reposó su cabeza sobre su brazo. Sus siguientes palabras fueron tan silenciosas que Feliciano tuvo que esforzarse por escucharlas. "Antonio va a morir pronto."
Feliciano miró alarmado en la dirección de Lovino. "¿A qué te refieres?"
"Sabes lo que él hace, ¿no es así?"
"Sí. Nos da información. Sobre los alemanes."
"Exacto. ¿No ves cuan peligroso es eso? Antonio es uno de los hombres más buscados por los alemanes en este país. En Europa. Una día lo atraparán. Lo torturaran para saber lo que él sabe, y entonces lo matarán. Él lo sabe. Todos lo saben. Sólo es una cuestión de tiempo."
"Pero Antonio es listo, él es…"
"No, no lo es. Porque no va a detenerse." Lovino casi sonaba enfadado. "No va a dejar de hacer lo que hace, y cada día está un paso más cerca de la Gestapo."
Feliciano se quedó boca abierta y casi pega un respingo. "Por eso no quieres amarlo. ¡Porque no quieres salir herido!"
Lovino se rió sin ánimos. "No es tan simple."
"Sí lo es, sabes. Y también es muy egoísta. Lo amas, pero tienes miedo de que algo malo suceda, y tienes miedo de perder. Pero nunca sabemos lo que va a pasar, y siempre tenemos algo que perder. Sé que tienes miedo, Lovino. Tienes miedo de correr el riesgo. Pero déjame decirte algo…" Feliciano pensó en aquellas hermosas tardes con Ludwig, aquellas gloriosas horas que se iban volando, las sonrisas y palabras y los roses de sus manos; pensó en aquellos fabulosos, devastadores besos bajo el árbol de roble. Entonces pensó en la muy real posibilidad, la probabilidad, de que nunca vería a Ludwig de nuevo. Pensó que lo perdería, y pensó que el dolor sería incontrolable, sobrecogedor, consumidor. Y aun así… "Algunas cosas valen el riesgo al final."
Lovino levantó su cabeza despacio y miró a Feliciano como si lo estuviera viendo por primera vez. Sonrió con suavidad. "¿Cuándo te convertiste en el sabio, Feli?"
Feliciano le devolvió la sonrisa. "Siempre he sido el sabio."
Lovino soltó un suspiro pesado y miró a la ventana, con los ojos brillosos. Feliciano podía escuchar el viento en las ventas. "¿Dónde se suponía que te encontrarías con tu alemán?"
"Nos vemos todos los días en el árbol de roble. Pero con todo lo que está sucediendo, como el ataque de hoy temprano, probablemente no estará allí mañana."
"Ya escuchaste que lo de esta mañana no fue un ataque, los americanos estaban en una misión de reconocimiento. Esos Mustangs están lejos ahora, y para el aterrizaje aún faltan días, y por todo lo que los alemanes saben, los americanos ni siquiera van a aterrizar." Feliciano entendió de pronto. Lovino tenía razón. Con los americanos idos, no había nada que detuviera a Ludwig de encontrarse con él como lo hacía todos los días. Su corazón empezó a martillear. "Así que, Feli, ve a verlo mañana." Feliciano miró a Lovino incrédulo.
"Tú… ¿tú me dejarías ir a verlo?
Lovino apoyó su frente sobre la mano de Feliciano. "Sí. Ve a decir adiós."
El corazón de Feliciano se detuvo inmediatamente. Sí, Ludwig podría verlo mañana. Pero sería la última vez. Feliciano cerró los ojos con fuerza, y sacudió su cabeza. "No, no puedo." Los americanos atacarían al día siguiente. Feliciano lo había escuchado todo. Atacarían durante la reunión de los alemanes, destruyendo la base y a los oficiales presentes. Pero si Feliciano le avisaba a Ludwig, sería un traidor. ¿Cómo podía verlo sabiendo que era la última vez? "No puedo… Yo sólo…"
"Feli…"
Sus lágrimas surgieron y Feliciano no intentó detenerlas. "No quiero decir adiós, Lovino. ¡Sólo quiero estar con él! Nunca pensé que podría sentirme de la forma en que me siento cuando estoy con él. Si tan sólo supieras lo maravilloso que es. Le gusta escucharme, y no piensa que soy molesto o que hablo demasiado, y le gusta como canto y es tan amable, y tan tímido, aunque luce tan fuerte. Tiene un hermano y un abuelo, igual que nosotros. Es tan bueno y honesto… y él lo es todo." Feliciano se enjugaba las lágrimas con rabia. "¿Por qué tuve que conocerlo así? ¿Por qué él tenía que ser un enemigo? ¿Por qué no puedo estar con él? ¿Por qué…?" Feliciano no sabía cómo expresar el furioso dolor que lo inundaba. Quería romper algo, caer al piso, gritar. "Oh, Dios ¿Por qué, Lovino? No es justo ¡Para nada justo!"
"Lo sé. No es justo. Pero nada en la Guerra es justo." Lovino se detuvo e inhaló profundo. "No se suponía que esto te sucediera a ti, Feli. Pero al menos tienes la oportunidad de decir adiós."
Feliciano sintió su pecho oprimido por las palabras de Lovino. Eso no era suficiente. ¿Cómo se suponía que eso fuera suficiente?
"Y, Feliciano, una cosa más." Al escuchar el tono en la voz de Lovino, Feliciano giró su cabeza para poder mirar directo a sus ojos. Un escalofrío lo recorrió al descubrir la mirada que encontró ahí. La habitación de pronto parecía aún más oscura. "Mi pequeño hermano, te amo con mi vida. Pero si nos traicionas… si traicionas a Italia… Te mataré."
