Pov. Jacob
Electricidad.
Eso era lo que sentía en cuanto las frías y empalagosas manos de estos sangre fría me tocaban. Electricidad. Fuertes descargas eléctricas que por un lado dolían como el infierno y por otro, no me permitían moverme, ni quejarme, ni siquiera abrir los ojos. Me mantenían completamente inmovilizado.
La chica que se hacía llamar Kathleen enviaba descargas más leves que del estúpido de nombre Dan. Imbécil. Le ponía una mano encima a Ronnie y moriría en el acto.
Nos llevaron por la calle, por el centro, a los dos inmovilizados aunque sin levantar sospecha en la gente que pasaba a nuestro lado. Salimos de la ciudad, nos llevaron por un camino de tierra bastante abandonado. Detrás de mi, a pesar de no poder girarme, sentía como Kathleen y Thomas charlaban animadamente y se besuqueaban. Repugnantes chupasangres. Yo sólo quería ver a Ronnie. ¿También estaba sufriendo descargas como yo?
Me hicieron pasar a la fuerza por una cerca de alambre, haciéndome varios tajos en los brazos que sanaron enseguida. Un kilometro más allá divisé una casa. No, no era una casa, me dije a mi mismo. Era una enorme mansión.
Ronnie, a mi lado, masculla atónita:
-¿Y eso?
-Eso, Ron, es mi preciada morada.-contestó Dan con voz melosa.
-Hablas ridículo.-comentó mi Ronnie y me sonreí.-Y no me llames Ron.
-Como quieras.
Dan abrió las grandes puertas de vidrio de la gran mansión. Me empujaron dentro del salón, rodeado de lo que parecía ser piedra y con el único objeto de una escalera de caracol y una lámpara de cristal que podía costar millones de dólares. Me pregunté por qué necesitarían ellos cosas tan lujosas, pero no mencioné nada en voz alta. No es que pudiera tampoco. Kathleen solía mandar corrientes eléctricas más fuertes de vez en cuando.
Nos detuvieron en el centro del salón, y pude por fin ver a Ronnie, que colocaron en frente de mi. Ronnie no me miró de vuelta pero el tan sólo verla me había tranquilizado. Entonces, Dan, a quien fulminé con la mirada lanzándole maldiciones mentalmente, habló:
-Llévate al chucho al sótano número dos porque… Tú sabes por qué, sabes qué hay en el uno.-se sonrió solo y me dieron ganas de vomitarle encima.-Que Thomas los acompañe, ¿vale? Yo me quedaré con la dulce Ronnie unas horas. Luego váyanse. No quiero que el resto note que hemos estado mucho tiempo fuera.
-Vamos, chucho.-me escupió Thomas a un lado mientras me hacían avanzar por el salón hasta una puerta. Yo giré la cabeza para ver a Ronnie, que me miraba entre afligida y concentrada. Luego la perdí de vista, aunque mis pensamientos seguían a su lado.
"No te preocupes, mi vida. Saldremos de esta y juntos los dos."
Pov. Ronnie.
Bueno, que se llevaran a Jake era un problemón más que añadir a la lista, uniéndosele que tenía que averiguar qué clase de vampiro era yo, si Liam seguía vivo y cómo detener los asesinatos de este vampiro raro de ojos cafés y una seguridad de si mismo impresionante.
Dan me miraba, girando alrededor de mí como si me inspeccionara. Me hacía sentir muy incómoda, sólo quería que se detuviera. Al final sí lo hizo, manteniendo los brazos cruzados sobre el pecho. Sonrió.
-Eres la única que se me escapó.-confesó de repente, elevando la vista al techo. Bastó otros dos largos minutos para que volviera a hablar, y no añadió nada sobre la oración antes dicha.-Vamos, te llevaré a una habitación más cómoda que este salón. Tenemos mucho de qué hablar.
Tendió su mano pálida hacia mi, para que yo la tomase. Titubeé; esto era como confiar en el enemigo. Pero si quería averiguar las cosas y llevar a cabo todos mis planes, debía ir con él.
Así que la tomé. Un acto que hizo que Dan sonriera fieramente.
Dan me llevó escaleras arriba, por un pasillo con más de veinte puertas que sólo él recordaría que hay dentro de cada una. Escogió una de al fondo, o eso me pareció. No tenía nada fuera de lo común, más que nada una mesa al centro con unas 6 sillas alrededor y un enorme ventanal que nos daba toda la luz que necesitábamos. En cualquier parte que me sentara iba a resplandecer con la luz de sol al rebotar contra mi piel, pero aun así me senté en la esquina más alejada. Dan tomó asiento en frente. Todo indicaba que esto iba a ser una reunión. Una reunión larga e importante.
Había tantas preguntas que me moría por hacerle, encabezando la lista la de "¿Qué soy? ¿Por qué soy diferente a los demás?" y siguiéndole la de por qué convierten adolescentes, por qué sus ojos eran cafés, cómo inmovilizaban a Jacob o a qué se refería con esa "conexión" de la que tanto me hablaba. Pero, en vez de eso, de mis labios brotó otra simple y temblorosa pregunta:
-¿Liam está muerto?
Dan no puso cara de "¿De qué estás hablando?" como yo esperaba. Sólo juntó las yemas de sus dedos con los codos sobre la mesa e inclinó un poco la cabeza hacia adelante. Tantos gestos me desesperaban. Que me lo dijera de una vez no estaría nada mal.
-Podría haberlo cuidado más.-empezó a decir. Me dio la impresión de que estaba hablando para si mismo.-Podría haberte amenazado con él.
Esas palabras hicieron que el alma, que seguramente no tenía, cayera a mis pies. Cayó y no en el suelo, sino que en un profundo e interminable agujero negro.
-Yo no lo maté, sólo por si las dudas.-me aclaró, mirándose las manos con fingido interés.-Abajo, los chicos… Se vuelven un poco locos. A veces se enfadan. Ese Liam era distinto, él era más tranquilo, a veces hablaba como loco de ti y había que traerlo a la realidad. Les hartó en un tiempo. Quemaron sus restos.
Un escalofrío recorrió mi espalda.
-Imbécil, ¡Eres un imbécil, sádico y maldito vampiro!-le grité haciendo que mis manos se volvieran puños temblorosos.
-Cuidado con lo que dices. De cualquier manera, yo tengo prisionero a tu querido Jacob.
Golpeé la mesa de madera con mi puño derecho, quebrajándola un poco.
-Quiero respuestas y ahora.
-No tan deprisa.-esta vez Dan no sonreía.-Primero quiero que acordemos un mínimo de cosas.
Respiré hondo y bajé la mano de la mesa, mirándolo fijamente, esperando a que siguiera.
-Yo te cuento toooodo lo que deseas saber… Libero a tu lobo sin hacerle ningún daño… -fijó sus ojos en mi.-Pero tú te quedas aquí conmigo.
Hubo un momento de silencio en donde contuve la respiración.
-¿Para… siempre?-pregunté en un susurro.
Él se limitó a asentir un par de veces.
Tragué saliva simultáneamente.
-¿Qué pasa si digo que no?-inquirí con un tono algo mordaz.
Él se demoró un poco en contestar, mientras entrecerraba los ojos mirándome.
-En ese caso, tendremos que tomar unas medidas diferentes.
