Capítulo 10 parte 2
Continuamos en el Sengoku… donde el tiempo avanzará algo rápido.
El retorno a las actividades "normales" fue el siguiente día. Era necesario recorrer grandes distancias a las poblaciones de los alrededores para trabajar en su oficio. Muchos monstruos se encontraban en la lejanía porque, por la razón que todos conocemos, esos seres ya no merodeaban por su aldea. Además estaba el hecho de que el monje Miroku, no obstante que su nivel de poder espiritual era menor a lo que tuvo la sacerdotisa Kikyō, principalmente por sus malos hábitos, tenía una reputación muy buena como monje exorcista… aunque algunas veces sus métodos fueran pura charlatanería para salir del paso.
La pequeña Lin había regresado dos noches después, contándoles interesantes historias acerca de la India; había conocido a los elefantes y todos se mostraron muy sorprendidos por lo que les describió. Sesshōmaru siguió visitándola constantemente por un corto periodo de tiempo, sólo para asegurarse de que la chiquilla se encontraba contenta y feliz, aunque evitaba en sobremanera ver a Inuyasha, pues no quería pelear más con él… a menos que el Hanyō lo provocará, lo cual el menor no estaba dispuesto a hacer.
En cuanto a los recién casados… la exterminadora continuó ejerciendo su oficio también, sobre todo para concluir el entrenamiento de Kohaku. Miroku y Sango llegaron a un acuerdo en cuanto a la dedicación de ésta última al hogar, como ama de casa de tiempo completo, a la usanza de las mujeres de la época, pues en ese periodo de guerras era común que las señoras casadas no salieran de casa más que para cumplir con labores propias de su sexo, y el dedicarse al exterminio de yōkai era una profesión verdaderamente peligrosa y comprometedora para su integridad femenina. La castaña le había prometido a su esposo retirarse en cuanto tuvieran a su primer hijo, pero… ella tenía sus propios planes, ya se los haría saber a su tiempo.
Y hablando de hijos…
Diez días después de su enlace nupcial, el aludido matrimonio se encontraba desayunando junto con Inuyasha, Shippou, Kirara y Kohaku. Posteriormente saldrían a realizar sus labores cotidianas. La exterminadora había preparado un excelente desayuno y se encontraban casi listos para partir cuando…
Perdón querido… amigos — dijo Sango levantándose de la mesa, haciendo un extraño y breve gesto de incomodidad —, creo que no podré acompañarlos. Lo siento Kohaku — le dirigió a su hermano una mirada dulce —, de repente me sentí indispuesta.
Amorcito, ¿te duele algo? — dijo Miroku levantándose también y tomándole una mano. Parecía preocupado por algo —. ¿Acaso te lastime?
No cariño — contestó la joven, sonrojada por lo que su esposo le había preguntado —. No es eso y no seas tan… indiscreto — concluyó mirándolo con reproche y vergüenza.
¡Ay Miroku! — Shippou habló para opinar, dándole a su tono un deje de solemnidad por entender el malestar de su amiga —, pues es que no has dejado descansar a Sango.
Esta vez los esposos fulminaron con la mirada al pequeño kitsune, quien mejor se escondió detrás de Inuyasha, mientras que Kohaku también enrojecía y Kirara abría más sus lindos ojos rojos. El Hanyō sí que se había percatado de lo que ocurría.
¡Keh! — dijo en tono de ironía —. Oye Miroku… — y lo miró con suspicacia — todo este tiempo no te ha servido de nada. Pensé que después de tanto darle vuelo…
¿A qué te refieres con eso? — interrumpió el aludido sin soltar la mano de su esposa, con cara de enojado —. Dilo exactamente y sin rodeos.
A la pobre castaña se le subió más el tono rojizo en las mejillas. "¡Ups!," pensó con consternación, desviando la vista de su amado, "Inuyasha ya se dio cuenta".
Pues a que Sango despide… — contesta el ojidorado sin achicopalarse — un olor familiar de cada mes.
¡PAF!... Inuyasha fue esta vez golpeado por su amiga, la cual le plantó tremendo coscorrón mirándolo con gesto ofendido, mientras Miroku ponía una cara de "¡Ah!... es eso".
¡Inuyasha por favor! — le espetó Sango al tiempo que lo golpeaba —. ¡No digas eso!
¡Keh! — respondió con enfado, sobándose la cabeza —, sólo estoy comunicando tus razones.
Kohaku seguía ruborizado, y esta vez Shippou también se sonrojó. Miroku pensó "Para que veas lo que se siente" al momento en que su amigo fue golpeado por su mujer, cambiando el gesto de asombro por uno que aparentaba seriedad.
Amor mío, no te angusties — dijo el ojiazul con aire comprensivo, aunque observaba fijamente a su amada como diciéndole "se me hace que me hiciste trampa" —. Me esforzaré más el mes que viene — y la abrazó cariñosamente, más su mano antes maldita fue a parar… donde siempre le gustaba entretenerse.
¡PAF!... Ahora el golpeado fue Miroku, pero en el cachete. Inuyasha lo miró por un instante, sobándose aun la cabeza, con cara de "Ahora entiendo lo que sufres".
¡No lo digas de esa forma! — la exterminadora se puso tan roja como el traje de su amigo peli plateado, —. ¡Que vergüenza! — y esta vez se tapó la cara con un poco de desesperación —. ¡Y ya te dije que te controles delante de Kohaku! — agregó llamándole la atención.
No te enojes primor — le dijo su esposo sobándose la mejilla —, sólo deseo evitarte esos sufrimientos… por lo menos nueve meses — y trató de abrazarla otra vez.
¡Keh! De plano contigo Miroku — intervino Inuyasha en son de burla —, creí que serías más efectivo.
¿¡PUEDEN HACER EL FAVOR DE NO HABLAR ASI! — gritó Sango con la furia desbordada, haciendo que el ojidorado se escondiera detrás del monje, mientras el kitsune, su hermano y su mascota la veían asustados… hasta a los dos mononokes se les erizó la colita —. ¡Váyanse ya a trabajar! ¡Ahora! — señaló la puerta.
Salieron como alma que lleva el diablo, bueno… todos menos Kohaku, quien recibió un cariñoso beso de su hermana.
¡Cuídate mucho — le dijo ella como despedida en cuanto el jovencito salió de la vivienda —, y no permitas que su Excelencia sea abusivo!
Lo siento Kohaku — le dijo Miroku en cuanto el muchacho los alcanzó —. No pienses mal de mí, únicamente deseo consentir a tu hermana.
Pero Excel… cuñado — le contestó el aludido, sonrojándose otra vez —, creo que debe hacerle caso y no ser… tan expresivo delante de las personas.
Inuyasha, Shippou y Kirara asintieron moviendo la cabeza.
Si Miroku — intervino el kitsune, como si supiera más de la vida que el monje —, sino Sango acabará mandándote a dormir con el perro.
¡PLONC!, el pobre zorrito recibió un golpazo en la cabeza.
¡Keh, chaparro! ¿A quién le dijiste perro? — espetó Inuyasha con furia en tanto a Shippou se le salían las lágrimas de dolor, lanzando un grito lastimero.
Tranquilo Inuyasha — dijo Miroku con calma, mientras Kohaku le sobaba la cabeza a su amiguito —, no te enojes. Tomaré sus consejos en cuenta aunque… — puso cara de seriedad, cerrando momentáneamente los ojos, como si meditara en algo — aun hay algo que no me queda claro… Bueno, luego le preguntaré a Sango — concluyó encogiéndose un poco de hombros.
Y fueron a cumplir con sus deberes.
El kitsune se dirigió a la escuela de zorros mágicos, de la que deseaba graduarse como maestro; para poder incrementar su nivel tenían que hacer muy buenas bromas, y para ello utilizaban incautos viajeros u otros monstruos que tenían la desgracia de pasar por las cercanías del colegio. Los demás fueron a varias aldeas a hacer trabajos de exorcismo de espíritus y exterminio de monstruos. Kohaku ya había aprendido bastante, aunque aun mostraba un poco de inseguridad, pero la compañía de Miroku e Inuyasha lo animaban a seguir adelante. El peli plateado no hacía mucho esfuerzo y dejaba que el joven exterminador se encargará de casi todo, mientras los demonios no salieran de control. Por supuesto que el monje sacó provecho de la roca espiritual que recibió como regalo de bodas, y por ello cobró una buena cantidad. "Tengo una familia que alimentar" le había dicho al ojidorado cuando éste lo miró con reproche. Al caer la noche ya regresaban a la aldea, con un buen cargamento y muchas monedas.
Menos mal que aun se requieren nuestros servicios por seres malignos — dijo Miroku contando las monedas, con cara de estar visiblemente satisfecho —. Así no pasaremos penurias.
¡Keh! Miroku, sigo pensando que te pasaste — dijo Inuyasha al tiempo que lo miraba nuevamente con reproche —. En realidad no era la gran cosa eso que Kohaku mató.
¿En serio? — el pecoso pareció entristecer ante la observación —. Pensé que lo había hecho bien.
Lo hiciste bien Kohaku — le respondió el ojiazul sonriéndole y poniéndole una mano en el hombro para demostrarle su apoyo, —. Lo que pasa es que, para Inuyasha, esos monstruos son insignificantes — y le dirigió a su amigo una mirada enojada.
¡Keh! Lo siento… — contestó el Hanyō entendiendo la indirecta — no es que lo hayas hecho mal, te esforzaste.
Sango salía en ese momento de la cabaña y corrió a abrazar… a su hermano. Miroku se quedó con los brazos abiertos y gotita anime en la frente cuando su esposa lo ignoró por un momento, e Inuyasha hizo ojos de puntito.
¡Kohaku! — dijo ella mientras lo abrazaba, dándole un cariñoso y tierno beso en la mejilla —, ¿cómo les fue?
Bien — respondió apenado el jovencito —, pero su Excel… mi cuñado también quiere un abrazo.
¡Querido! — ella abrazó al aludido muy suavemente y le dio un tierno beso, pero no le permitió que la apretara —, no creas que me olvide de ti. ¿Cómo les fue?
Bien — le contestó él al tiempo que correspondía el abrazo… aunque quisiera que fuera más apretujado —. ¿Qué tal estas?
Mucho mejor — le sonrió amorosa.
En ese momento Shippou se asomó por la puerta:
¡Hola! — saludó amablemente —. Veo que el día fue fructífero — señaló el cargamento.
Si — contestó el monje controlando sus ganas de darle un buen apretón a su mujer —, fue un buen día.
Pero pasen a cenar por favor — sonrió la joven y miró a su esposo con ternura —. Adelante… tú también Inuyasha — se dirigió a su amigo ojidorado mirándolo con alegría.
¡Por la comida lo que sea! — dijo el Hanyō entrando a la cabaña, seguido de Shippou y Kohaku —. ¡Huele bien! — aspiró extasiado el aroma de los manjares preparados.
Sango acariciaba a Kirara, la cual había subido a su regazo y ronroneaba muy contenta, y también entró junto a Miroku, quien la tomó tiernamente por los hombros al tiempo que le susurraba:
Oye amorcito, creo que hay algo que me debes explicar ¿o no? — mientras la veía escrutadoramente con sus profundos ojos azules.
Más tarde cariño — contestó, también en un susurro, mientras se sonrojaba —, vamos a cenar.
Degustaron alegremente en tanto platicaban las anécdotas y peripecias del día. La exterminadora felicitó a su hermano por su hazaña, y todos también felicitaron a Shippou porque había conseguido ascender su nivel… ya sólo le faltaban como 20 niveles para ser considerado "un zorro maestro". "¡Keh!," pensó Inuyasha lanzándole una mirada escrutadora al pequeño, quien parecía más esponjado de lo habitual, "pero a mí ya no me jugará ni una bromita".
Un poco más tarde… Kohaku se retiró a su habitación acompañado por el zorrito, pues Sango le pidió que se quedara. Llevaban también a Kirara con ellos, porque la nekomata se había quedado dormida en el brazo del muchacho.
Están en crecimiento y deben dormir adecuadamente — les dijo dándoles el beso de las buenas noches, haciendo que los dos niños se ruborizaran un poco.
Así que la de castaños y largos cabellos se dedicó a la limpieza nocturna de su hogar mientras su marido y su amigo repartían las ganancias del día. Claro que el monje dirigía la vista de vez en cuando a donde su mujercita.
¡Keh! Miroku no te distraigas — le habló Inuyasha con fastidio.
Perdón… a ver, si. — el aludido regresó la vista a las monedas —. Bueno, este es tu porcentaje — continuo diciendo, después de un cálculo rápido, y le dio un poco menos de la mitad de las mismas.
¿Y tú por qué tienes más? — le dijo el ojidorado al tiempo que señalaba el montón que su amigo se había asignado.
Inuyasha amigo — contestó seriamente el monje —, tengo cuatro bocas que mantener por ahora, ya te lo había dicho.
¿Cuatro? — preguntó sorprendido el peli plateado.
Sí — respondió el ojiazul haciendo la cuenta con los dedos —. Mi bella esposa, su hermano, Kirara y, por supuesto, yo.
¡Keh! — espetó bruscamente el Hanyō—, aún así se me hace mucho… Por cierto Sango — ahora se dirigió a su amiga, la cual en ese momento terminaba con sus quehaceres —, ¿qué hiciste para no embarazarte? — cuestionó mirándola escrutadoramente —. Porque este maníaco no te ha dado ni un día de tregua, ¿verdad?
La aludida volvió a sonrojarse, pero contestó con un poco de orgullo:
Lo siento Inuyasha, pero no te voy a decir nada.
Sabía que tenías un secreto — le dijo mirándola con picardía —. ¡Pobre Miroku!
Amorcito… ¿es en serio eso? — fueron las palabras de Miroku poniendo gesto de chico triste, —. ¿Por qué no me lo dijiste? — y la miró aparentemente ofendido.
Sango le lanzó a su amigo ojidorado una mirada furibunda, la cual claramente significaba "Tenías que hablar de más". El Hanyō se sintió intimidado… las miradas enojadas de su amiga podían ser mortales. Después, la castaña abrazó a su esposo con ternura.
Cariño, perdóname — dijo dándole un beso… "Mugre Miroku," pensó el peli plateado mientras observaba fijamente la cara un tanto sonsa de su amigo "si sólo quiere que Sango lo apapache" —, lo que pasa es que quería probar algo que me dio Aome antes de irse… y veo que si funcionó.
¿Ah sí? — contestó él abrazándola también, retornando al gesto de niño triste —. Te perdonó — y la apretó un poco más fuerte… sin embargo tuvo que conservar la cordura para no caer en la tentación de acariciar de más frente a su compañero.
¿Y qué es? — preguntó Inuyasha en tono de curiosidad, sin darle tiempo a Miroku de besar a su mujer —. Creí que conocía todas las cosas raras que Aome traía de su época.
Pues esto era algo especialmente para mujeres — Sango le dirigió una fugaz mirada que aun reflejaba su molestia para con él por indiscreto. "Junto con unas toallas femeninas que también me dejó" pensó rápidamente al recordar que la pelinegra había tenido algunos secretitos con el Hanyō, relacionados con intimidades propias de las féminas —. Y ya que quieres saberlo, se los contaré:
********** Flash Back **********
Aproximadamente dos meses antes de que Aome volviera a su época, cerca de la batalla final contra Naraku, le había traído a Sango algunos obsequios de su tiempo, obsequios hechos especialmente para mujeres:
Veamos… — decía la chica de negros cabellos a su castaña amiga, revisando su gran bolsa — ¡Aquí están! — y miró muy contenta a la exterminadora —. Te van a servir amiga, porque me imagino que el monje Miroku querrá hijos en cuanto se casen — y le entregó en las manos unas pequeñas cajas.
Aome, ¿qué son? — le preguntó la castaña con curiosidad al tiempo que se le subía el rubor a las mejillas.
A estas alturas sus compañeros de viaje ya sabían que Su Excelencia Miroku le había ofrecido matrimonio y, en cuanto destruyeran a Naraku, formalizarían las cosas. Ella aceptó gustosa la proposición, porque verdaderamente deseaba una vida formal al lado del monje. A pesar de las mañas del ojiazul ya no podía negar lo mucho que le gustaba… por lo menos no a su amiga Aome.
Son píldoras anticonceptivas… — respondió la aludida mientras sonreía — por lo menos evitaras embarazarte pronto — después hizo gesto un tanto preocupado —, lo malo es que sólo conseguí estas tres y debes tomarlas diario para que sean efectivas.
¿Crees que de verdad nos casemos? — preguntó con tristeza la exterminadora… el sólo imaginar que podría perderlo le apachurraba un poco el corazón.
¡Por supuesto! — afirmó Aome muy segura —, no te preocupes por cosas y piensa en la felicidad que les espera.
Tienes razón — Sango sonrió también para posteriormente observar detenidamente las cajas —. Aome, me sorprenden los adelantos de tu época… — y preguntar nuevamente en forma curiosa — pero, ¿hay algo que puedan usar los hombres también para eso?
Sí — contestó la pelinegra mientras buscaba otras cosas en el interior de su mochila, también se había sonrojado —, pero dudo mucho que el monje Miroku quiera ponerse uno.
********** Fin Flash Back **********
Por eso no me he embarazado — continuó Sango aun apenada, evitando la mirada de su esposo. —, pero ya se están acabando… — esto último lo dijo en un susurro y ocultó su lindo rostro en el regazo de su amado mientras pensaba "¡Qué vergüenza!".
Amor mío… que no te de pena, no te sientas mal por cuidarte — dijo Miroku consolador mientras le frotaba suavemente la espalda —. La culpa la tengo yo por ser tan… incontrolable — aunque sus palabras no eran reflejadas por sus acciones, pues estuvo a punto de ganarse una cachetada otra vez… —, y te prometo firmemente que ya no lo seré — lo bueno es que reaccionó a tiempo para evitarle el disgusto a su mujer.
"¡Keh! Si como no." pensó Inuyasha observándolo atentamente con sus ambarinos ojos "De lengua me como un taco".
Bueno — se levantó el Hanyō en cuanto considero que ya no debía estar más ahí —, creo que ya es hora de descansar.
Que pases buena noche amigo — le dijo el ojiazul, pues la castaña se mostraba todavía apenada, oculta en el abrazo de su esposo —, y que tengas dulces sueños.
Y ustedes… ahora si van a poder dormir temprano — contestó el ojidorado dirigiéndoles una última mirada burlona al tiempo que salía —, por lo menos tres días — se aguantó las ganas de echarse a reír.
¡Muy gracioso! — le respondió el monje desde adentro.
"Así que Sango le ha jugado chueco a Miroku… con razón le permitió esos excesos" meditaba Inuyasha mientras se dirigía al Árbol Sagrado para descansar. "¡Lástima que ya se le están acabando sus truquitos! Dentro de poco no la cuenta." Se sonrió un poco al recordar la apuesta que había hecho con el pequeño kitsune. Llegando al árbol dirigió estas palabras:
Aome, ten dulces sueños conmigo, y duerme bien. Todos te extrañan y yo más que todos. No olvides que te amo y espero tu regreso.
Las ramas se agitaron suavemente, y el Hanyō durmió envuelto en lindos recuerdos mientras sus palabras llegaban del otro lado del tiempo, en los sueños de una linda chica de negros cabellos.
Inuyasha… — susurró Aome dormida — volveré contigo.
Y tres meses más tarde… la vida daría el giro esperado para la feliz pareja de esposos.
Nota: Gracias por leerme… seguiremos en el Sengoku por lo menos hasta que nazcan las gemelas. No se pierdan las sorpresas. Saludos.
