Capítulo 12
La gran noticia del embarazo de Sango, la hermosa exterminadora, fue conocida en varias aldeas cercanas. Esto debido a que su marido, el monje Miroku, se encargó de que todos se enteraran del gran acontecimiento. Iba contándole a todo aquel que requería sus servicios que pronto sería padre.
Ella continuo ejerciendo su oficio mientras el embarazo se lo permitiera, pues todavía le faltaba a su hermano algo de entrenamiento, y estas habilidades se adquirían mejor con la práctica. No siempre acompañaba a Inuyasha y su esposo… porque Miroku a veces estaba insoportable.
Pero amorcito — le dijo él a las dos semanas de la noticia —, el bebé podría lastimarse, no te esfuerces.
¡Miroku, no me voy a morir por ejercitarme un poco! Me va ayudar mucho — le respondió Sango mientras terminaban de desayunar. Ya traía puesto su traje de exterminadora — Te consta que aún puedo moverme bien — y se sonrojó ante su último comentario —. ¡Mira lo que me haces decir! — y lo miró con reproche.
Inuyasha, Shippou y Kohaku entendieron a lo que se ella se refería, y una gotita anime brotó de sus frentes, mientras los niños se apenaban e Inuyasha ponía sus ojos de puntito. En los últimos días Sango había tenido antojos extraños, náuseas, vómitos, y al parecer también se le alborotaron las hormonas porque se había vuelto la mar de cariñosa con su marido, siempre y cuando él mantuviera la compostura, algo difícil para Miroku. El joven ojiazul se lo pasaba en grande, aunque algunos de los antojos de ella le habían ocasionado desvelos y grandes travesías.
¡Keh! Ahora me saliste más explícita que el maníaco de tu marido — le espetó Inuyasha, entre divertido y molesto.
Hermana, no te preocupes — dijo Kohaku aún apenado —. Ya casi puedo hacer todo yo solo.
De eso nada — Sango miró a su hermano dulcemente —, mientras aún pueda moverme con agilidad continuaremos con el entrenamiento — y volvió a ver a su marido con reproche —. Ya habíamos hablado de esto, así que no me detengas.
Miroku mejor ya no dijo nada. No quería que su mujercita se enojara… sabía que Sango podía ser peor que una fiera cuando se molestaba de verdad. Además era mejor no alterarla, por el bebé.
Se fueron por rumbos separados, Sango iría con Kohaku hacia el Este y los varones tomaron rumbo al Norte… el kitsune fue a la escuela. Más tarde pasarían a ver al maestro Mushin, pues el anciano monje ya se encontraba enfermo por ser tan beodo. Ya le había dicho a su joven discípulo, en la última visita que le había hecho, que pronto tendría que hacerse cargo del templo y que para ello también debía prepararse más. Eso significaba dejar por un tiempo a su amada en la aldea en tanto él mejoraba su nivel espiritual mediante un intenso entrenamiento.
Pero Miroku aún no había querido tomar el entrenamiento, hasta que su esposa pudiera ya estar tranquila en casa. Serían por lo menos tres meses lejos de ella, prefería saber que en la aldea se encontraba segura antes de irse lejos. Además deseaba ya estar libre para cuando llegara el término y naciera el bebé. El sólo pensarlo lo ponía contentísimo. Por lo pronto tendría que consentir los "caprichos" de Sango y, en lo que se refería a su hermano, ella era muy estricta.
¡Keh! — dijo Inuyasha sacando a Miroku de sus pensamientos —. ¿Anoche tampoco te dejó dormir? — ironizó un poco antes de soltar una sonora carcajada y mirarlo con la burla reflejada en sus dorados orbes —. ¿Qué se le antojó esta vez?
No te burles Inuyasha — el monje le dedicó una fulminante mirada azul —. Fueron camarones… cubiertos con chocolate… — hizo tono de angustia —, ¿dónde los iba a conseguir a las dos de la mañana? Así que mejor le di un masaje para el estrés — culminó con picardía.
¡Keh! Ya cállate y no empieces con tus cosas — fue la brusca respuesta del Hanyō haciendo un momentáneo gesto asqueado —, bien que ya le pegaste tus manías.
Entonces no preguntes si no quieres saber — fue la observación de su interlocutor, ahora con una sonrisa poco disimulada —. Hay que apurarnos para que alcancemos a Hachi donde nos está esperando.
Así que pasaron como cuatro o cinco aldeas en esa lejana región, junto con el tanuki que los llevaba en su lomo. Por supuesto que Miroku cobró caro sus servicios y no perdió la oportunidad de hacer… lo que siempre acostumbraba hacer desde que lo conocieron.
¡Señoritas, reúnanse por favor! — dijo llamando la atención de las mujeres en la primera aldea, parado al centro de la plaza principal del poblado.
Todas las doncellas que andaban por ahí se acercaron, incluso una que otra señora mayor, porque el atractivo monje les diría algo importante. Inuyasha y Hachi pusieron cara de bobitos, pues el Hoshi charlatán tomó la mano de algunas de las damitas para decirles… la letanía tan bien conocida por sus amigos.
Linda jovencita… — le dijo a una — ¿no te gustaría… — soltó a la primera y se dirigió a otra —… tener un hermoso hijo… — le dijo a una tercera, —… cómo el que me va a dar… — y fue con una cuarta —… mi bella esposa? — y también una quinta.
Sus acompañantes por poco pierden el piso ante ese usual comportamiento.
Consigue un marido… — fue con una sexta —… tan guapo como yo — culminó con una séptima y volvió a ocupar su posición en el centro de la plaza.
Esta vez si azotaron el Hanyō y el tanuki… la modestia es una de las virtudes del monje.
¡Muchachas — el monje se dirigió a todas una vez más, éstas se habían quedado con ojos como plato —, son todas tan bonitas que conseguirán muy pronto un apuesto esposo para tener lindos hijos!
¡Gracias Excelencia! — dijeron todas muy sonrientes saliendo de su ensimismamiento —. ¡Y felicidades también, es una noticia maravillosa!
Y eso había pasado ya en varias aldeas.
¡Keh! Oye Miroku, ¿no crees que exageras? — le dijo Inuyasha cuando se dirigían al templo del maestro Mushin, montados una vez más en la espalda de Hachi —. Cobras casi una fortuna y les dices a los desconocidos que serás padre.
Por supuesto que no — le contestó el aludido agitando una mano en señal de minimizar el asunto —. Mis servicios son valiosos, mi familia va a crecer, y este es un gran acontecimiento en mi vida; es importante para mí y quiero que todos compartan mi felicidad.
¡Keh! ¿A quién diablos le importa… tu vida? — le espetó el Hanyō.
A todo el que quiera oírlo — el monje miró fijamente su amigo, con la molestia reflejada en sus ojos azules —. Ya se que a ti no te importa nada…
No quise decir eso… — respondió más calmado el ojidorado —. Es que me parece que… hay cosas que creo no es conveniente que todos sepan. ¡Ya nada más falta que a los espíritus y monstruos también les presumas la noticia! — volvió a encenderse.
Mmm… Tal vez no sería mala idea — dijo el ojiazul como meditando en el hecho y, al ver la cara de asombro que puso su amigo, le sonrió —. ¡Oye, no te lo tomes tan en serio! — se guardó la carcajada.
Excelencia — interrumpió Hachi —, su esposa ya llegó al templo.
Efectivamente Sango y Kohaku, junto con Kirara, ya se encontraban allí, y los saludaban agitando la mano. El pobre joven sostenía a Mushin… que para variar estaba crudo. Miroku descendió de un salto en cuanto el tanuki se acercó a tierra y corrió para abrazar a su mujercita, dejando que Inuyasha cargara todas las ganancias. "¡Keh!" pensó el Hanyō con visible enfado al quedarse con todos los bultos"¡Qué abusivo es este Miroku!".
¡Vida mía! — la abrazó mientras ella se abalanzaba a sus brazos. Giraron un poco dándose un suave beso en los labios y casi pierden el equilibrio —. ¿Cómo les fue?
¡Maravilloso! — respondió al tiempo que le plantaba otro beso, esta vez en la mejilla, y lo miraba con ternura —. Me parece que Kohaku ha progresado bastante, gracias a ti también.
¡Keh! Oye Miroku, no soy tu mula de carga — le espetó Inuyasha interrumpiendo la romántica escena mientras se acercaba… Hachi lo ayudaba arrastrando un pesado costal de arroz.
Kohaku se acercó también, con el anciano Mushin tambaleándose.
¡Felicidades Kohaku! — le saludó Miroku y sin soltar a su esposa, ignorando por un instante a Inuyasha —. Sango ya me contó de tus progresos.
Gracias — contestó el muchacho con cara alegre, posteriormente se dirigió al anciano maestro con tono respetuoso —. Maestro Mushin… sosténgase solo por favor, ayudaré al señor Inuyasha.
Permíteme Inuyasha — ahora sí, el monje dejó delicadamente a su amada en el suelo y se acercó solícitamente al Hanyō, el cual lo fulminó con su mirada ambarina.
¡Keh! No me pagas por ayudarte a cargar — contestó bruscamente el aludido.
¡Pero bien que te encanta comer hasta cinco porciones de arroz frito! — le respondió sonriente el ojiazul mientras lo ayudaba con dos costales.
¡Keh! — fue la respuesta cortante.
El anciano Mushin iba trastabillando a saludar a su discípulo.
¡Miroku, que bueno que te…! — y por poco cae de bruces sobre Sango. La castaña quiso sostenerlo, pero el olor a alcohol también le dio un mareo.
El viejo monje por un pelo se azota… Kohaku apenas pudo detenerlo y Miroku soltó los costales para impedir la caída de su mujercita. Inuyasha igualmente se mareó por el desagradable aroma a sake, pero se contuvo tapando momentáneamente su delicada nariz.
Se ve que lleva varios días tomando — dijo Sango al tiempo que se llevaba la mano a la boca —. Cariño… ¿me llevas al baño… o a dónde pueda vomitar? — miró tiernamente a su esposo con sus ojos cafés, el mareo la había puesto pálida.
Así que el joven monje, ni tardo ni perezoso, salió con su amada rumbo al baño, cargándola delicadamente. El pecoso muchacho acomodó como pudo al anciano en el pasto porque éste se había desmayado.
¡Keh! — rezongó el ojidorado sin disimular su desagrado —, dejemos dormir al viejo y llevemos estas cosas allá adentro.
Los otros asintieron y ayudaron al Hanyō a cargar los costales de arroz y el saco con las monedas. Tuvieron suerte porque Shippou arribó en ese momento.
¡Enano, que bueno que llegas! — le dijo Inuyasha en son de mando —. ¡No te quedes ahí como tonto y ayuda!
Muy buenas noches a ti también — le contestó el kitsune con una verde mirada de reproche —. ¿Dónde están Miroku y Sango? — preguntó mientras trataba de levantar el pesado saco de las monedas —, y… ¿qué le pasa al maestro Mushin? — dijo señalando al anciano dormido en el pasto.
¡Keh! Borracho como siempre — contestó el ojidorado en su tono habitual —. Caminen.
Tomaron rumbo a las habitaciones del templo.
Mi hermana se mareo del olor que despide el maestro Mushin — le explicó Kohaku a Shippou, en respuesta a su pregunta anterior.
Y su Excelencia la llevó al baño — concluyó Hachi con la explicación.
¡Keh! Ya se le pasará — intervino bruscamente el peli plateado —. Se me hace que a Sango ya se le pegaron muchas mañas del maníaco de su marido.
Entraron en una habitación grande, al parecer una bodega. Colocaron las cosas en ese lugar y salieron para buscar a los esposos. El lugar es extenso, pero no tanto como la mansión de un terrateniente.
¡Keh! Espero que ese mañoso no este… dándole a su esposa un masaje para el estrés — observó el Hanyō con un poco de desagrado en tanto los otros tres se sonrojaron de sólo imaginarlo.
¡PAF! El muy bocón recibió un buen golpe en la cabeza, dado generosamente por el báculo de Miroku, quien lo miraba enojado.
¡Más respeto jovencito! — le dijo el ojiazul con algo de seriedad —, Sango esta tomando un descanso. Creo que por hoy, al menos ella y yo, nos quedaremos.
Inuyasha sobó el gran chichón que le había salido, y le lanzó a su amigo una mirada furibunda.
Hola Shippou — saludó más amablemente el monje al ver al pequeño kitsune —, ¿cómo te fue?... Y por cierto, ¿dónde esta el maestro? — preguntó al no notar la presencia de su mentor.
Bien — respondió Shippou a la primera pregunta —, y el anciano se quedó roncando afuera — contestó a la segunda.
Bueno, pasen al comedor para cenar — dijo Miroku después de soltar un leve suspiro de resignación… era la mejor que pudo haber pasado con el anciano monje —. Por favor Hachi, ayúdame a llevar al maestro a su habitación.
¿Ya hay de cenar? — dijo con ansiedad el ojidorado —. ¡Muero de hambre! — la palabra le abrió el apetito.
Sí. Mi adorada esposa llegó desde hace un rato y preparó algo delicioso… — contestó el ojiazul con un poco de entusiasmo, posteriormente se mostró algo serio — aunque el pervertido de Mushin quiso comprobar si sus caderas ya eran más anchas — "Ahora sabemos de quien aprendiste esas mañas" pensaron todos ante estas palabras, poniendo ojos de puntito… el viejecito sí que había sido un buen maestro y el ojiazul un mejor discípulo —. Ya hablaré con él en cuanto despierte. Vamos Hachi — y salió con el mapache para ir por el anciano.
Los demás pasaron al comedor, en donde estaban servidos unos platillos de arroz frito con cerdo y delicioso té caliente. Obviamente que para el tragón de Inuyasha era la porción más grande. En cuanto Hachi y Miroku regresaron, comenzaron a cenar.
Miroku… ¿y Sango? — preguntó Shippou después de darle un sorbo al té
El mareo fue muy fuerte — contestó el aludido mientras también le daba un sorbo a su té —, y no me extraña porque al parecer Mushin lleva… como una semana bebiendo — retornó a ponerse serio y profesional —. Hasta Hachi y yo nos mareamos del olor tan fuerte que despedía por los poros de su enorme cuerpo — el tanuki asintió con la cabeza, para que no hubiera la menor duda de las palabras de su "jefecito".
Pobre de mi hermana — dijo Kohaku dejando de comer, visiblemente consternado —. Entonces… ¿no va a cenar nada? — y se dirigió a su cuñado.
Descuida… por ahorita no quiere ni oler la comida — respondió palmeándole la espalda para confortarlo. Después se dispuso a llevarse a la boca un buen bocado de arroz —. Lo bueno es que ya había preparado estas delicias porque si no… — y lo degustó, poniendo gesto de placer ante tan rico manjar — ¡Esa es mi querida esposa!... Kohaku, no despreciemos sus esfuerzos y hagámosle los honores saboreándola por ella.
Inuyasha devoraba sin miramientos sus porciones de arroz… estaba de acuerdo con Miroku en lo que se refería a la comida, pues lo que la exterminadora cocinaba siempre le salía muy bien.
Oye Inuyasha, ya cuida tus modales — el joven monje lo miró con reproche… ¡cómo tragaba su amigo!
¡Keh! ¡No me molestes que esto esta exquisito! — rezongó con la boca llena y, ni bien se tragó lo que tenía en el buche, cuando se metió otro gran puñado de arroz.
Shippou, Hachi y Kohaku lo vieron comer con los ojos muy abiertos, poniendo caras de asco ante su indecencia. Kirara le lanzó al Hanyō una pequeña mirada y maulló como diciéndole "¿Podrías ser más educado?"
¡Keh! — el peli plateado la miró como adivinando lo que le hubiera querido decir la nekomata — ¿Tú también Kirara… me vas a dar lecciones de modales? — y no dejó de comer… como una bestia.
¡Ah, lo olvidaba! — intervino el kitsune un poco después, todos voltearon a verlo —. Tengo algo para ustedes dos… — se dirigió a sus amigos mayores — la invitación a una boda.
¿Para nosotros? — preguntaron al unísono, el Hanyō con la bocota abierta y el monje tomando más té.
Sí — respondió el pequeño zorro y sacó de entre sus ropas una extraña invitación, parecía una hoja de cuero —. Es de la boda de Koga.
¡Keh! ¿Ese Sarnoso ya se va a casar? — dijo Inuyasha sin ocultar su felicidad —. ¡Al fin reaccionó! — eso significaría que el lobo nunca más volvería a molestar a Aome cuando ella regresara.
¡Esa es una buena noticia! — contestó Miroku y tomó la invitación para abrirla con cuidado —. Que bueno que recordó la promesa hecha a la señorita Ayame, y aceptó al fin casarse con ella.
¿Cuándo es? — preguntó el ojidorado con emoción mientras su amigo revisaba la invitación.
Dentro de tres meses y medio. La envían con anticipación… para que lo pensemos bien antes de ir — sonrió el ojiazul mientras ponía un gesto que bien podría significar "¡Qué gracioso es Koga!" —. ¿Quién te la dio Shippou? — le preguntó al kitsune mirándolo con curiosidad.
Hakkaku fue a buscarme a clases — contestó el aludido —, y me sirvió para subir dos niveles más — dijo muy contento y orgulloso de sí mismo.
¡Abusivo! — le dijo el monje mirándolo esta vez con reproche.
¡Keh! Lobo tonto… — intervino Inuyasha un tanto burlón — todos ellos son igual de brutos.
Oigan — Kohaku los interrumpió y le lanzó a su cuñado una mirada de curiosidad —, ¿de verdad van a ir dónde los lobos?
¡Por supuesto! — contestaron los dos amigos al unísono.
No me la perdería por nada del mundo — puntualizó Inuyasha muy sonriente y con cara de maníaco.
La señorita Ayame nos invita con mucho cariño — agregó Miroku —, sería una grosería no ir. Puede que sea arriesgado porque habrá muchos lobos come humanos… — dijo un poco más serio, como cuando habla en tono de monje exorcizador capacitado para acabar con todos los males del mundo.
¡Keh! Esos lobuchos me tienen sin cuidado — espetó el Hanyō con un dejo de burla en la voz —. Únicamente quiero burlarme del Sarnoso porque bien que recordaba su promesa… sólo se hacía el tonto desmemoriado.
Inuyasha por favor — le interrumpió su amigo tomándolo del hombro, sin cambiar el gesto serio y profesional —, no vayas a pelear con Koga en su boda… muchos lobos juntos te darían buena batalla por más fuerte que seas. Recuerda que están acostumbrados a trabajar en manadas y él es el líder. Además… a la señorita Aome no le agradaría en absoluto que cometieras esa atrocidad — y esta vez lo miró muy fijamente, como para hacerlo entrar en razón.
¡Keh! Mmm… tal vez tienes razón — dijo al fin el Hanyō, la sola mención de Aome lo hizo reaccionar. Lo menos que se llevaría sería un buen regaño y unos cuantos "¡Osuwari!" si ella se enteraba de eso —. Por lo menos quiero ver que ese Sarnoso se case ya con su prometida.
Tres meses… bien — el monje le palmeó el hombro a su amigo volviendo a sonreír, posteriormente se llevaba a la boca los últimos bocados de arroz que quedaban en su plato —. Aún hay tiempo para poner las cosas en orden.
Se dedicaron a terminar de cenar.
Inuyasha se fue con Shippou a la aldea en tanto que Miroku y Sango, junto con Kohaku, Kirara y Hachi, se quedaron en el templo para que la castaña descansara y ver que el anciano maestro Mushin se recuperara de su cruda. El joven monje tenía muchas cosas que hablar y arreglar con su mentor.
Y para la boda del Ōkami… había tiempo de pensarlo bien.
Nota: Vamos un poco rápido en el Sengoku… las gemelas van a nacer pronto y recuerden que Koga sí se casó con Ayame en el anime. Y en la época actual habrá otras pequeñas sorpresas porque, fuera de la escuela, no me parece que le hubiera ocurrido a Aome algo más interesante que le hiciera desear quedarse allí… ella anhelaba volver al lado de su amado Hanyō y, aunque tardaría un poco, al final sabemos que lo consiguió, en cuanto su corazón quedó en paz en su época. Me parece que fue ese sentimiento el que volvió a abrir el sello del pozo. Sean felices.
